La Galerna

Otro VAR es posible

El fútbol se empezó a modernizar hace un año y medio cuando se decidió introducir en el Mundial de Rusia de 2018 una herramienta tecnológica que ya funcionaba con éxito en otros deportes. El objetivo del llamado VAR no era otro que evitar que decisiones injustas del árbitro o acciones que no hubiese podido ver decidiesen el resultado del partido, y por tanto pusiese en tela de juicio la justicia de un deporte que mueve y genera miles de millones de euros.

La premisa era sencilla: los árbitros pueden no ver acciones porque físicamente sea imposible o por la rapidez del juego y el VAR, permite desde la comodidad de una sala y el uso masivo de tecnologías, tomar esas decisiones con toda la información posible y con escasísimo margen de error.

A partir de aquí, hemos visto como esa aplicación fue exitosa durante mundial o lo ha sido en otros países, como en la Premier, y como en España ha seguido generando polémica y debate. Hasta anteayer, donde si alguno tenía dudas, se despejaron inmediatamente. El VAR en España no funciona como debería. Ha mejorado, sin duda, pero la mera existencia de decisiones como las del clásico cuestionan todo el funcionamiento del sistema.

El VAR, la designación arbitral o cualquier otro sistema no funciona si quienes lo aplican prevarican. No hay otra manera de explicar que, desde la sala de un centro tecnológico, con cientos de imágenes, árbitros profesionales no viesen dos penaltis tan claros. Tanto que en uno de ellos hay una prueba física: los tacos de Lenglet en el muslo de Varane. Y en el otro, hasta el Mundo Deportivo, periódico de cabecera del F.C. Barcelona, lo reconoce. Esto es casi como si el acusado en un juicio reconoce su culpabilidad, aunque en este caso tanto Lenglet como Rakitic se hicieron los sorprendidos, quizá demasiado acostumbrados a disfrutar de normas arbitrales diferentes a otros jugadores.

Si entendemos que Hernández Hernández estaba al lado de donde se produjo la jugada y que Burgos Bengoechea tenía a su alcance las imágenes repetidas, la única conclusión posible es que estos árbitros no hacen su trabajo bien, no por incompetencia sino por prevaricación. Y esto, que es gravísimo arroja una gigantesca sombra de duda sobre la competición, no solo este año, sino durante un largo periodo. Aunque en años anteriores sospechásemos, podíamos pensar finalmente que los árbitros eran simplemente tremendamente incompetentes.

Ahora ya, con pruebas irrefutables, sabemos que no era un problema de visión o de capacidad. Como en el caso de O.J Simpson, se trata simplemente de mirar a otro lado y negarlo todo hasta el absurdo. ¿Penalty, que penalty? Eso debía pensar Hernández al cuadrado cuando Varane le enseñaba desesperado su muslo marcado por las botas del central francés del Barsa. Quizá pensase el árbitro que la marca se la había hecho el propio Varane o un jugador del Real Madrid. Y arriba, en la sala Var, Burgos Bengoechea pensaría quizá lo mismo que el jugador del Barsa, que su intención era despejar la pelota, aunque por el camino solo tocase la pierna del jugador madridista.

El VAR, bien aplicado, limita las decisiones injustas y es un muy buen sistema para garantizar que un deporte que mueve tantas pasiones tenga un resultado justo (arbitralmente hablando). Como cualquier sistema, aplicado por personas corruptas es un sistema injusto, pero en su versión más pura con unas pocas mejoras es una herramienta que debería ser indispensable.

Dentro de ese margen de mejora deberían implementarse ya una serie de normas, al estilo de la NFL haciéndolo más eficiente y claro. Como ya existe, se trata simplemente de copiar lo que funciona:

El objetivo único del VAR es que no se produzcan resultados injustos por malas decisiones arbitrales. Ese debería ser el único criterio imperante. Da igual si el árbitro de campo lo ha pitado o no, o si es dudosa la jugada o no. Si hay una jugada que perjudica a un equipo y no se ha pitado, el objetivo es solucionarlo. Todo lo demás son criterios absurdos para tratar de proteger la figura del árbitro que se equivoca. Y aquí, el árbitro, que no es el protagonista de nada, es un mero instrumento para garantizar la justicia de un partido.