La confirmación de La Quinta. La llegada de Beenhakker y el fútbol total. El amago de rebelión de Hugo Sánchez. La efímera rareza del falso play off. Podríamos tirar de muchos hilos para evocar la temporada 86/87, de la que ahora se cumplen 40 años, pero sin dejar de tocarlos, nos inclinaremos por el de más carga de profundidad: fue la última de Juanito en Chamartín.
Dos fotos ilustran aquel Real Madrid. La primera es de un entrenamiento en Manzaneda (Orense), donde los blancos pararon durante varias pretemporadas. De izquierda a derecha, aparecen Míchel, Juanito, Solana, Camacho, Santillana y Butragueño. Veteranos y noveles. Tres canteranos y todos españoles. Todo un símbolo de una era. La segunda está tomada el 21 de junio del 87 tras el último encuentro liguero frente al Espanyol (2-2). Los madridistas eran campeones y Juanito, que no pudo jugar por sanción, aparece elevado a hombros por sus compañeros con la réplica del trofeo en la mano. El mito se despedía en lo más alto.
Entre medias, un año en el que el 7 alivió la decepción de alternar en el banquillo más de lo que hubiera deseado con uno de los proyectos que más ilusión le hizo, la dirección de la Escuela de Fútbol de la AFE. Aquel equipo sonaba así: Buyo bajo palos; Chendo, Camacho, Sanchís y Salguero en defensa; Gallego, Míchel, Gordillo y Solana o Martín Vázquez en el medio; Hugo Sánchez y Butragueño (con Valdano y Santillana en la recámara) como piezas de artillería. Y todo aderezado con la llegada del balcánico Jankovic para el último tramo del calendario. Casi nada. Es importante recordar que, a estas alturas, Juanito ya no era ni jugaba de extremo veloz, sino que había reconducido su arte hacia las labores de centrocampista creativo. O, como él mismo dejó dicho, ahora cumplía las labores de “un mecánico que en ocasiones debía sacar el violín”.
Con todo, cada vez que pisó el césped ese año, cumplió con la misión de recibir un balón y devolver una solución. La calidad jamás abandonó sus botas, y bien lo sufrió un Atlético de Madrid (vendetta hasta el final), que en la jornada 33 fue testigo de un excelso Juanito, titular y protagonista en dos de los cuatro goles de su equipo aquella tarde.
A Beenhakker no se le escapó el peso del malagueño y su importancia en el equipo, pero si alguna vez rozó la duda, su amigo Gordillo entró al quite con una admirable picardía. Como cuenta en Juanito. El 7 infinito, si el extremo veía a Juanito calentar, levantaba la mano para ser sustituido, consciente de que por entonces las primas dejaban fuera a los que se quedaban en el banquillo. El holandés, que acabó por descubrir la treta, jamás se la reprocharía.
Sólo los vestuarios sanos ganan títulos y aquel Madrid se impuso tanto en la fase regular como en la añadida, que lo enfrentó de nuevo contra Barcelona, Espanyol, Sporting, Mallorca y Zaragoza. Fue la única temporada del play off. La última de Juanito. El nacimiento del mito.
Getty Images













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