Las mejores firmas madridistas del planeta

I + D

Escrito por: Angel Faerna22 octubre, 2015

Quiero agradecer en lugar bien visible, y no en ese estrambote a nuestros artículos que son las respuestas a los comentarios, lo que escribió Manuel Matamoros en uno suyo a mi anterior entrega: “tu artículo evidencia que, a la hora de las proposiciones de carácter general, es difícil pensar como jurista lo que no se sabe resolver en términos filosóficos”. Dios te lo pague, Manuel, y que las autoridades educativas te oigan. Está mi profesión que no le llega la camisa al cuerpo con la entrada en vigor de la desdichada “ley Wert”, que ha reducido en más de la mitad las horas de filosofía que estudian nuestros vástagos entre secundaria y bachillerato. Pronto las Facultades de Filosofía y de Humanidades recibirán tan poca savia nueva que dentro de nada podremos emular a Japón, cuyo gobierno promulgó en septiembre un decreto instando a sus universidades a que se centren en “áreas que satisfagan mejor las necesidades de la sociedad”. Dicho y hecho: veintiséis Facultades niponas ya han anunciado la supresión de sus títulos de Letras. Siento, pues, el peso de la grave responsabilidad que cae sobre mis hombros: como nadie se atreverá a cuestionar que el fútbol, y no digamos el Real Madrid, son necesidades sociales perentorias, si sigo mostrando desde aquí los grandes beneficios que aporta a sus asuntos la sagaz mirada de la lechuza de Minerva quizá nos salvemos de la quema. ¡Y yo que me enrolé en La Galerna para relajarme!

Pero es que el resto del comentario de Matamoros es tan jugoso que, además, me anima a abundar en el tema. Mi proposición de carácter general era que, en el fútbol, el juego precede a las reglas. La idea no es mía sino de Wittgenstein (un pensador, por cierto, muy frecuentado en La Galerna, lo que se convierte en un hándicap con vistas a nuestra conquista del mercado japonés). En realidad, su idea era todavía más general: toda práctica sigue un conjunto de reglas, pero las reglas pueden ser de dos tipos muy distintos, las que se limitan a regular la práctica y las que crean la práctica que ellas mismas regulan. Oigámoslo en el inimitable estilo del autor del Tractatus, pura fibra lógica sin un átomo de grasa: “quien se guía, cuando cocina, por reglas distintas a las correctas, cocina mal: pero quien se guía por reglas distintas a las que son propias del ajedrez, juega a un juego diferente” (Zettel, § 320). De aquí sacaba yo la conclusión, con la mente puesta en la FIFA, de que nunca deberíamos dejar de preguntarnos si las reglas que se aplican en el fútbol son las correctas o las mejores, como los cocineros nunca dejan de preguntarse si no habrá modo de mejorar todavía un poco más la receta de la tortilla de patata, visto que los efectos de la revolución industrial sobre el sector primario nos han dejado unos huevos que ya no saben a nada. Y si los chefs han ampliado su menaje con instrumentos de tecnología punta como sopletes, centrifugadoras o bombonas de nitrógeno líquido, no veo por qué las cámaras de alta velocidad, los balones con chip o los programas de edición virtual en 3D no podrían añadirse al equipamiento tradicional del árbitro, consistente en un pito, un cronómetro y visita periódica al oculista. Por dios bendito, ¡si ha costado un mundo que le den siquiera un triste bote de espuma de afeitar para marcar la distancia de la barrera!

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Matamoros sugería muy oportunamente el papel decisivo que tiene la sensación de poder, entendido como poder absoluto, en las dificultades con que tropieza entre los propios colegiados cualquier iniciativa de introducir ayudas técnicas en el arbitraje, por modestas que sean. Un papel lleno de aristas que haría las delicias de los filósofos foucaultianos si fueran un poco menos franceses intelectualmente hablando y se avinieran a escribir de cosas normales y corrientes. En efecto, nada puede persuadirte de que tu poder es realmente absoluto excepto que hasta tus errores adquieran rango de ley. El monarca que gobierna por voluntad divina no se cree absolutamente poderoso, pues piensa que es simple ejecutor de una voluntad superior a la suya; pero el soberano que se siente libre de dictar una ley injusta a los ojos de dios y de los hombres si así se le antoja, ese sí tiene poder absoluto a sus propios ojos. Bien, pues de ese modo hacemos que se sientan los árbitros cuando permitimos que un penalti mal pitado tenga exactamente los mismos efectos prácticos que uno correctamente señalizado. Un sentimiento tan peligroso como insano, porque hay que ser un Calígula para vivir tan pancho con semejante idea dentro de la cabeza, e incluso es dudoso que Calígula no fuera en realidad un hombre existencialmente atormentado y digno de conmiseración, como muy bien supo ver Albert Camus. En todo caso, los árbitros de fútbol no me parecen calígulas, y apuesto a que la idea de que gozan de poder absoluto les produce más ansiedad que otra cosa (puede que hasta una náusea sartreana en los muy leídos), lo que hace que cometan más errores incluso de los esperables. Pero es que, para decirlo todo, tanto la sensación de poder absoluto como la de libertad absoluta son sólo eso, sensaciones, y se compadecen muy mal con los hechos. A Calígula se lo cargaron sus pretorianos, que eran quienes realmente lo dejaban gobernar, y a los árbitros los lleva la Federación por donde quiere con sus designaciones opacas y caprichosas. Así pues, la paz mental del estamento arbitral, su estima pública y, sobre todo, el mejor cumplimiento de su deber al servicio del fútbol saldrían ganando mucho si pudieran dejar parte de su onerosa carga en las expertas manos de la tecnología. A no ser, claro está, que los que mandan en todo esto se hayan pasado un poco con sus lecturas de Heidegger y vean en la Técnica la verdadera muerte del hombre y, por ende, del fútbol, que también podría ser.

Volviendo a las reglas propiamente dichas, Matamoros interpreta perfectamente lo que yo quería decir cuando pone el ejemplo de la importación del fuera de juego como un retoque reglamentario que, lejos de cambiar el fútbol, le ayudó a parecerse más a sí mismo. Otros cambios más recientes, como la supresión de la ridícula norma de los tres pasos para los porteros o la introducción de la que les prohíbe recibir con las manos una cesión, han resultado igualmente felices. Hace más de 400 años un colega de Manuel, Francis Bacon, asoció por primera vez el método experimental con el progreso. Siendo Lord Canciller, intentó convencer a Jacobo I de Inglaterra de que invirtiera en I+D, cosa que este por supuesto no hizo. Por lo que se ve, la FIFA tampoco lo hace, y eso que dispone de esos excelentes laboratorios que son las categorías inferiores para ensayar nuevas mejoras y ver qué pasa. Y hablando de laboratorios, espero con verdadero interés el artículo sobre el doping que Manuel anuncia en su comentario. Como nos enseñó a algunos el empirista radical William James, lo que piensa el jurista debe ser oído antes de que la lechuza aventure cualquier proposición de carácter general (lo que vale para el juez Oliver Wendell Holmes Jr. debe valer también para Manuel Matamoros).

Echo la cuenta y llevo mencionados ya media docena de filósofos. Si tienen ustedes algún amigo en el país del Sol Naciente, por favor envíenle este artículo, hay mucho en juego.

Número 2

Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

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