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Fort Apache, un beso y la Duodécima

Fort Apache, un beso y la Duodécima

Escrito por: Fred Gwynne5 junio, 2017
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Mi primer recuerdo de ese día fue (es) un fuerte marrón, de plástico duro, con su empalizada, cuatro torres vigías para otear el horizonte, indios y vaqueros con brillantes colores y un nombre que nunca he olvidado: Fort Apache. Me hizo especial ilusión ya que mi madre (la que consiguió la Décima y estoy seguro de que algo tiene que ver con las posteriores) lo escondió debajo del sofá. Yo cumpliría siete u ocho años y era el único regalo que había pedido. Mi madre, que siempre conseguía sorprenderme, me dio primero un estuche de pinturas Alpino, luego un par de libros de Los Cinco y por último varios pares de calcetines. Lo hizo despacio, por orden, paquete a paquete, dejándome tiempo para abrirlos y preguntándome un alegre “¿Te gusta?” detrás de cada regalo.

Imagino que sí, que me gustaron aquellos regalos, pero también puedo imaginar que la desilusión se reflejó en mi cara cuando los paquetes se acabaron y mi Fort Apache no apareció por ningún lado.

-¿Te falta algo?

-Nooo –dije sin mucha convicción.

-¿Seguro?

-...

-¿Seguro?

-Bueeno…el fuerte.

-¿Qué fuerte?

-El que había pedido, el Fort Apache.

-¡Ah! pues no sé, igual se ha caído, mira debajo del sofá por si acaso.

Recuerdo que corrí, me agaché y allí estaba el regalo. Abrí el paquete rompiendo el papel en mil pedazos y cuando mi (era mío, era mi vida) Fort Apache apareció, miré a mi madre y todavía hoy recuerdo su alegre y orgullosa cara delante de mi alegría desbordada.

Unos años más tarde, me regalaron una fiesta sorpresa, en un barco, en el viaje de fin de estudios de segundo de BUP. Coincidió el viaje a Mallorca con mi cumpleaños y me apuntaron a un concurso de imitaciones que organizaban en el enorme salón del paquebote. Me tocó hacer de Charlot y, asombrosamente, gané. A la doce de la noche, delante de cientos de personas, cuando estaba recibiendo un diploma y el dinero del premio (creo que eran mil pesetas que me fundí convenientemente en aquel viaje) varios de mis compañeros empezaron a cantar cumpleaños feliz y todo el pasaje (al menos todo el que estaba allí con ganas de fiesta) secundó el coro e hizo que me sonrojase de felicidad. Nunca me habían cantado tantas personas y nunca hasta aquel momento la vida me había regalado tantas ganas de vivir. Tenía un montón de amigos a mi alrededor, un capital enorme en el bolsillo y sobre todo una juventud exultante que hoy, muchos años más viejo, echo de menos tanto como mi Fort Apache. Y eso que en aquella época de mi vida para hacer el indio no me hacía falta ningún fuerte.

La vida y los cumpleaños siguieron su camino. Cuando estaba estudiando Magisterio, en un viaje a Paris, paseando por los frondosos jardines de Versalles, la que hoy es mi mujer me regaló un beso. O al menos yo siempre me lo he imaginado así, ya que por vergüenza fui incapaz de cogerla entre mis brazos y me limité a caminar (igual dimos vueltas al mismo parterre durante horas y horas sin darnos cuenta) embobado mirando sus enormes ojos negros. Ese fue el primer beso que me regaló aunque no me lo diese. Hay veces que el amor supera las barreras del tiempo. Hasta aquel luminoso día (cuando luce el Sol en París luce más que en ningún otro lugar) nunca pensé que un beso que no fue un beso fuese capaz de cambiar mi vida.

Con el tiempo he recibido muchos más regalos. Desde un viaje al Mediterráneo hasta una cena en Arzak pasando por una palmera que vino en una maceta y hoy cobija con su sombra varias matas de tomate en la pequeña huerta de mis padres. He sido y soy un privilegiado. Nunca me ha faltado de nada y como Keylor doy gracias a Dios cada día aunque Abellán pueda pensar que soy un paleto. Hace un par de años recibí una botella de Dom Perignon metida en una preciosa caja con blancos molinos recortados bajo un cielo azul y con una sentencia del Quijote que habla de la libertad. Beber un Dom Perignon de vez en cuando es uno de los placeres que se aprenden con la edad. Mi vida ya se ha estabilizado y aunque a veces recuerdo el poema de las velas de Cavafis y pienso que tengo más cumpleaños por detrás que por delante, confío en abrir  una botella de este insuperable Champagne año tras año para brindar por una vida tan larga y dichosa como el primer beso que no me dio mi mujer. Eso sí, a su lado. Siempre a su lado.

El 3 de junio es mi cumpleaños y a veces la vida te ofrece regalos inesperados. El sábado el Real Madrid me ofreció ser leyenda, vivir eternamente, perpetuarme en una infinita primavera. A uno le llega un momento de sosiego en el que recibe los regalos sin rasgar el papel como un poseso. Tener salud y tener a todos los que te rodean con salud es mi Fort Apache, mi beso que no fue un beso y mi cántico de aniversario. Por eso, el sábado pasé el día sabiendo que tenía un regalo escondido debajo del sofá, un regalo que nunca nadie me había hecho, un regalo inesperado pero largamente esperado todo el año. Y salté, y me abracé a mi mujer, y rompí el papel de la felicidad sin mesura, de forma loca, con ansiedad, con vida. Y cuando Ramos levantó la Duodécima en una plataforma parecida a un fuerte y mi mujer me dio un largo beso, pensé que este había sido el mejor cumpleaños de toda mi vida.

Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.