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El Dharma de Zidane (Ciclo Kármico 2ª parte)

El Dharma de Zidane (Ciclo Kármico 2ª parte)

Escrito por: Pepe Kollins23 enero, 2017
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El término Karma es un concepto común en todas las religiones dhármicas y refiere a una energía derivada de los actos de las personas que genera una repercusión futura. Supone el impulso de un ciclo de causa y efecto en el que quedamos atrapados y que en el caso del budismo se denomina Samsara. Según esta doctrina, para revertir el mal Karma y liberarse del sufrimiento producido por esta constante repetición, cada ser debería seguir el buen camino del Dharma cuya aplicación continuada nos permitirá trascender al Nirvana, la liberación.

Hace años, me tomé la licencia de establecer una semblanza entre este proceso de carácter religioso y la situación reincidente por la que atravesaba el Real Madrid desde hacía años. La denominé: el Ciclo Kármico Madridista. Para los que no han tenido ocasión de conocerla en toda su extensión explicaré que dicha tesis defiende que el Real Madrid está sumido, desde hace décadas, en una secuencia de tres etapas que se van sucediendo reiteradamente y cuya inercia se basa en el equilibrio existente entre la plantilla, el técnico y el entorno mediático.

De este modo, la primera etapa -bautizada Caudillo- comprende un periodo dominado por un entrenador severo que consigue encauzar a una plantilla mal acostumbrada. Los éxitos alcanzados en esta fase – si se dan - no consiguen en ningún caso aplacar una tensión inevitable entre el  entrenador, por un lado y una plantilla y unos medios de comunicación que sufren las consecuencias de su fuerte carácter, por el otro. Por ello su sucesor acostumbra a responder a un perfil radicalmente diferente, menos rígido y más jovial. En el transcurso de esta nueva etapa -que denominamos Happy- jugadores y periodistas adoptan una actitud positiva y la implicación de todas las partes alumbra momentos de paz y felicidad. Pero dicha distensión no es un estado sino una tendencia que crece por momentos. La tercera y última escala -la etapa Asador- es el momento de los quilos de más, del exceso de confianza y el desenfreno. Carentes de una autoridad que les fiscalice, los jugadores terminan relajándose al punto de condenar al técnico con el que tan cómodos vivían. De este modo el equipo entra en una dinámica destructiva que solo se ataja con la llegada de un nuevo Caudillo. Y así, vuelta a empezar.

La última vez que vimos reproducirse el ciclo fue con Mourinho/Ancelotti/Benítez. El entrenador portugués instauró una etapa de disciplina y compromiso en la que consiguió plantar cara a un Barça hegemónico. No obstante, el desgaste producido por los roces con algunos sectores del vestuario y la prensa precipitó su marcha. El club optó para sustituirle por un pacificador como Carlo Ancelotti. El entorno y el vestuario volvieron a reforzar la figura del entrenador con el que consiguieron la ansiada Champions League.  Pero tras la conquista del Mundialito el equipo se abandonó física y mentalmente y colapsó. Benítez fue un amago de Caudillo, un profesional que venía, ante todo, a hacer trabajar a los jugadores, a elevar la exigencia. Aunque lo hizo en tal grado que el equipo no resistió más de media temporada.

Desde una perspectiva presente debemos preguntarnos ¿Qué valor ha adquirido el posterior relevo de Zinedine Zidane en esta secuencia?

Zizou aplaude

Dado su talante tranquilo y también su inexperiencia que, aparentemente, le desarmaba ante la plantilla, cabía pensar que el club volvía a virar hacia una etapa Happy en busca de la complicidad de los protagonistas. Pero el beneplácito, del binomio plantilla/periodismo, al francés no supuso  un argumento suficiente para ratificar este supuesto. La esencia del ciclo kármico madridista responde a la naturaleza del impulso que motiva a los futbolistas a ofrecer su mejor versión,  no al impulso en sí. En un caso, se trata de un liderazgo duro, exigente y estricto. En el otro, de un gobierno condescendiente y con amplio margen de libertad. La radicalidad de ambos estilos en confluencia con la extremada exigencia del club, les condenaba a un deterioro inevitable que garantizaba el incesante relevo.

¿Se ha producido alguno de esos fenómenos también con Zinedine Zidane? La respuesta, por el momento, es no.

Hay un concepto del Derecho Romano que explica el porqué de esta singularidad del actual técnico madridista: la auctoritas. Se trataba de una condición que legitimaba un mandato en la antigua Roma. Si la potestas, que ejercían las magistraturas, era el poder socialmente reconocido, la auctoritas, que detentaba el Senado, representaba el saber socialmente reconocido. Fue durante el periodo del Principado cuando ambas funciones se concentraron en una sola persona: Octavio Augusto. No obstante, aunque Augusto gozaba de potestas en virtud de algunos cargos, su régimen se sostenía fundamentalmente en su auctoritas, en el prestigio que le reconocían tanto las legiones como el pueblo a raíz de sus heroicas conquistas militares. Gracias a esta ascendencia sobre las gentes y las instituciones Augusto no solo se convirtió en el emperador romano con un mandato más prolongado, sino que consolidó la mayor era de paz y prosperidad del imperio: la Pax Romana.

En cierto modo, Zinedine Zidane también ha conseguido aunar, merced a su carisma, las dos tipologías de entrenadores que se han venido sucediendo hasta el momento. En Zizou podemos distinguir al entrenador enérgico al que no le tiembla el pulso por alinear a un jugador con menor bagaje en un partido trascendente. También es el único técnico que, recordemos, haya hecho valer su jerarquía para incluir en la rotación a las estrellas del equipo. El galo tampoco es una persona que siga el juego de las preguntas capciosas en rueda de prensa o que se deje atrapar por corrientes de simpatía mediática para ganarse su favor. Pero Zinedine es, a su vez, un entrenador cercano a los jugadores y amable con la prensa. Un tipo dialogante, al que nunca veremos desafiando a nadie frente a los micrófonos. Y si todo esto ha sido así es tanto por la admiración que le han profesado unos y otros, desde el primer momento, como por su carácter tranquilo y equilibrado.

Al igual que Augusto carecía de suficientes atribuciones para ejercer el poder omnímodo que en la práctica ejerció, de Zidane se dudó desde su llegada por el déficit de conocimientos y de reconocimiento que todo entrenador adquiere, en gran medida, por  vía de la experiencia. Y sin embargo, los acontecimientos no han hecho más que reforzarle. Podríamos afirmar que si el Caudillo ordena y el entrenador Happy libera, Zinedine seduce como vía para activar a sus discípulos. Las expresiones, de niños pequeños obnubilados ante su ídolo, de todos los jugadores en la presentación de su nuevo técnico bastaron para intuir que esta vez era diferente. También su primera rueda de prensa se enmarcó en un respeto casi monárquico. Desde su llegada, los futbolistas no han dejado de implicarse. Nadie ha rechistado sus decisiones. Y la prensa ha mantenido su consideración. Zidane no era un simple magistrado más, era un ex general, curtido en mil batallas que conservaba intacta el aura alcanzada en el pasado.

Después de su primera derrota, tras cuarenta partidos invictos, el galo sorprendió a los periodistas con un “no estoy preocupado” coronado por una sonrisa que desmontó a los allí presentes. Una vez más, respondía a la excepcionalidad con normalidad. La resolución de los problemas surgidos a comienzos de este año,  con las primeras derrotas y la plaga de lesiones, determinará si el francés puede,  mediante su templanza y firmeza, domar a ese potro desbocado- conformado por afición, vestuario y medios - que es hasta ahora el Real Madrid. De lograrlo puede que el Dharma de Zidane  sea el factor que por fin rompa con el ciclo kármico y haga alcanzar el Nirvana al madridismo. De lo contrario, estaremos muy posiblemente ante otro, aunque singular, periodo Happy. Y la rueda seguirá girando.

Pepe Kollins
Redactor jefe de La Galerna @pepekollins

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