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Diarios del Cherengueti: Edición especial

Diarios del Cherengueti: Edición especial

Escrito por: Mario De Las Heras9 junio, 2018
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No estoy seguro. Pero creo que esta noche he sentido temblar la tierra. He salido de mi tienda y había niebla. He notado un escalofrío y he visto muy cerca al Dr. Rydell, el rey del Cherengueti. Parecía que estaban los de Coldplay tocando un piano triste. El Dr. Rydell parecía un espectro en medio de la noche. Hacía sonar unas campanas y de entre la niebla han empezado a salir cherenguis por doquier.

De pronto el ambiente sereno ha dado paso a la algarabía. Los cherenguis descocados, felices como cheerleaders, han empezado a ubicarse en sus lugares en la sabana. Parecía una especie de cónclave cherenguético. Incluso el sabio Rafiki, a quien en familia llaman "el loco", afirmaba sentirse nervioso. Yo estaba paralizado. Cuando el bullicio se calmó, apareció Nutria (el joven experto en Cristiano) de la nada para decir que la relación de Florentino con el portugués estaba rota. En realidad, eso fue un chupinazo selvático. Todos esos cherenguis estaban allí esperando a que empezara su San Fermín.

Escribo hoy este diario especial de urgencia. Ayer envié señales de humo a mi jefe Stanley Bengoechea para avisarle de que algo gordo estaba sucediendo en el Cherengueti. Algo así como unas fiestas patronales. Algo inusitado y ciego. Un fenómeno natural inesperado. Una celebración cherenguética de la que un ajeno como yo no podía saber nada, pero sí presentir el movimiento.

Vino Tommy a decir que todo se iba a arreglar, lo de Cristiano, justo cuando una nube ocultó por unos instantes el sol. El Padre Damián no estaba de acuerdo. Nunca antes había visto al Padre Damián. El Padre Damián parece que salta todo el rato. Su voz también. Un duelo entre Tommy y el Padre Damián suena como una pugna entre una metralleta normal y un AK-47. Yo eché cuerpo a tierra y me cubrí la cabeza.

Miré al cielo por si venía fuego aéreo. Estaba nublado. Calcetines parecía sorprendentemente preocupado por la situación de Cristiano. Y Richelieu y Kim y Nikita. Empecé a asustarme un poco. Parecían sucesos paranormales. Eddy Monster de mayor habló de chantaje. El mayor Duncan Heyward perdió un poco la serenidad británica con el Cardenal francés. Era como si hablaran de Tratados o de matrimonios, pero hablaban de una supuesta promesa incumplida de Florentino a Cristiano. Vi ira en los ojos de Duncan (no sé por qué alguien lo llamó Manu) mientras el mechoncito sublabial de Richelieu, que lo negaba todo, parecía hipnotizarlo con su movimiento pendular.

Fue un hito la contemplación de Petain, que no es forofo del PSG sino del Atlético. Mucho había oído hablar de él y por eso no me sorprendió que dijera que Cristiano estaba sumamente amortizado. Petain es un cherengui de gran fama que sin embargo a mí no me impresionó demasiado. Desde luego no tanto como la deseada Karma, la gran sacerdotisa culé del Cherengueti, dueña de Nikita, a la que al fin encontré y que, cuando se mencionó el nombre de Messi, comenzó a hacer conjuros esperpénticos que siempre suenan como desde el otro lado del patio.

Hubo un cruento enfrentamiento entre Eddy Monster y Karma. Eddy (cuyo nombre real responde a las siglas JFD) dijo que Messi estuvo jugando con su continuidad en el Barsa durante todo un verano y entonces a Karma le empezó a dar vueltas la cabeza mientras pronunciaba obscenidades en armenio, o en kirguizistano, no lo sé bien. Tuve que taparme los ojos y morderme una mano para no sucumbir al pánico. En ese momento Freud estalló también como estirando una pata para iniciar un tango argentino, y eso que parecía venir relajado de la pelu.

Hubo unos instantes de excitación máxima. Se oía chillar a las cotorras nerviosamente. Passepartout, ya recuperado de su epopeya a Kiev, iba vestido para la ocasión vestido con una chaqueta de raya diplomática hippy y una camisa como de Blade Runner flamenco; empezó a boquear como un pez. Había un compadre de Calcetines, de la misma zona del Cherengueti que Calcetines, del que en todo momento temí que se pusiera a zapatear. En lugar de eso, Wolfie dijo de repente: “Nadie venció al tiempo”, y algo en el aire sonó que parecían castañuelas. Yo me agaché pensando que se me caía encima una rama, pero lo que cayó como un rayo en el Cherengueti fue Tommy diciéndole al bosquimano de Los dioses deben estar locos (un cherengui serio y cabal al que cortaron con una vil charanga su argumentación) que eran familia.

Empecé a oír un pitido cada vez más ensordecedor. De pronto no oía nada. Tan sólo algunos ruidos y palabras sueltas. Nikita y no se qué de Griezmann y de la inflación y otra cosa sobre el frío que hace fuera del Madrid. Quizá por eso vi a Karma hacer la danza del vientre, para entrar en calor, y pensé que mi sordera se debía a alguna pócima que hubiera lanzado al aire. Los cherenguis parecían inmunes. Rafiki luchaba contra el mal de los conjuros y Freud le cacareaba como con intención de picotearle.

Al fin, recuperé la audición y escuché a Passepartout vendiendo bragas de señora en un puesto callejero en medio del Cherengueti. La visión comenzó a nublárseme. Uno de los chicos de peinado inclinado del Dr. Rydell apareció para decir que estaban demasiado tranquilos. Yo pensé que aquello era un proposición casi sicalíptica, pero en mi estado de aturdimiento no lo pude asegurar.

Karma tiraba de la cadena a la que tenía atado a Nikita y éste rezongaba. Cualquier alusión al Barsa les provocaba un espasmo. Anoté los síntomas en mi cuaderno. Freud también reaccionaba ante esos estímulos. Apenas podía centrar la vista para escribir en medio de toda esa turbación.  Casi ni me di cuenta de que había llegado Barry Lindan con sus patillas blancas decimonónicas si no fuera porque Karma gritaba, completamente desquiciada, en una especie de ataque ninfomaníaco, que Barry venía marcando musculitos.

Alguien dijo que Magua enviaba señales de humo desde Rusia, pero no parecía importarles nada que tuviera que ver con el temible Magua (creo que antes se llamaba Roberto, pero no me hagan caso) en un día de fiesta. La noche se acercaba y empecé a inquietarme, pero no podía regresar al campamento aún. Petain comenzó a anunciar casi en éxtasis el apocalipsis blanco y todos empezaron a reírse como en una película de Lars von Trier. El niño de Terminator (un individuo singular y sereno, al estilo del bosquimano, al que algunos veían como posible entrenador madridista) le pedía que siguiera con sus pretensiones para así ganar la cuarta Copa de Europa consecutiva.

Aquello fue el preámbulo de la apoteosis. Me pareció ver una aurora boreal cuando apareció en medio del Cherengueti el mismísimo Georgie Dann en persona, al que todos los cherenguis recibieron alborozados. Creí que era una alucinación, pero no lo era. Cuando Georgie, Georgie Dan de verdad, el auténtico, empezó a cantar su gran éxito, El Cherengueti, caí en una especie de ensueño consciente en el que Passepartout movía los codos sin parar, Rydell reía como en una fiesta en el Moulin Rouge y Richelieu aprovechaba para bailar pegado a la bella Keira. Me pareció ver una amenaza de conga iniciada por Karma, que se levantaba las faldas como poseída, y cuernos de vaca y cabezas de caballo danzando igual que en un carnaval.

Tampoco me había dado cuenta a tiempo de que había aparecido Calzaslargas, que siempre marca el imperativo toque de queda. Me lo había saltado y ahora estaba perdido. Comencé a adormecerme y después ya no recuerdo más. Cuando desperté estaba solo en medio del Cherengueti. Tenía frío y miedo, tenía que conseguir llegar sano y salvo al campamento y, lo peor, no podía quitarme una extraña y terrorífica imagen aparecida en mi cabeza: la de Passepartout con una camiseta de Quadrophenia.