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De Mourinho, Rubicones y nostalgias

De Mourinho, Rubicones y nostalgias

Escrito por: Pablo Rivas15 junio, 2026
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Cartas de un madridista millennial

 

 

Hola de nuevo:

 Hace casi dos años, cuando la crisis deportiva del Madrid aún no se había llevado por delante al triunvirato de entrenadores cuyas cabezas acabaría segando, te hablé aquí ( https://www.lagalerna.com/del-imperio-romano-y-de-fantasmas-del-pasado/ ) acerca de la solución que algunos senadores de la República romana encontraban cuando venían horas bajas.

La medida no era otra que la de echarse en brazos de un militar que, con su puño de hierro, pusiese orden en medio del caos y el libertinaje. Quizá recuerdes que en aquel artículo salió a la palestra el nombre de Mourinho. No me escondo: un servidor desconfiaba entonces del retorno del portugués, pues siempre me ha parecido que en el Madrid suele funcionar mejor, antes que un Lucio Cornelio Sila, la acumulación, incluso desordenada, de futbolistas talentosos vinculados en torno a su superioridad técnica y a una grandeza de carácter. Es decir, confiaba más en la reunión de un nuevo puñado de jerarcas que en el látigo de un procónsul del banquillo. Y, como consecuencia, invitaba al club a continuar profundizando en esa estrategia, frente a alternativas más castrenses.

Mourinho

He de reconocer, sin embargo, que las circunstancias posteriores exigen alguna matización a mi postura de 2024. En primer lugar, los últimos dos años aciagos han demostrado que a la inmensa mayoría de nuestra plantilla el apelativo de jerarca le queda grande; no tanto por una cuestión exclusivamente futbolística -si bien más de uno posee bastante menos calidad de la que se le autoatribuye- como por un tema de temperamento. Confieso que, a lo largo de este bienio negro, he ido cogiendo algo de manía a algunos de nuestros muchachos. Uno preferiría mantener intacta esa mirada indulgente y un punto infantil del hincha, pero cuesta demasiado tolerar a quien, despreciando el esfuerzo y colocando su interés por encima del colectivo, luego no es capaz de responder como debe el día D a la hora H. Estarás conmigo en que hemos visto demasiados gestos de desgana, demasiadas carreras ahorradas, demasiadas guerritas internas y demasiadas declaraciones de adolescente enfadado. En definitiva, demasiado ego y a cambio escasa responsabilidad, la cualidad por antonomasia del jerarca.

Yo no sé si la opción Mourinho es la mejor solución para el Madrid pero, dado que está visto que vamos a intentarla, he decidido buscarle una virtud inesperada: salga mejor o peor, ¡me rejuvenece dieciséis años!

De manera que puedo entender, aunque no lo comparta del todo, el movimiento de Florentino con la contratación de Mourinho. Ignoro si se trata de una decisión correcta, pero comprendo la lógica que la impulsa. Por primera vez no me atrevo a torcer el gesto del todo cuando los senadores romanos, tras constatar la ingobernabilidad de la república, acaban mirando a los cuarteles. No sé si esto quiere decir que me hago mayor. Al fin y al cabo, también es la primera ocasión en que la edad de todos los integrantes de la plantilla del Madrid es menor que la mía. Acaso mi irritación no sea más que una pequeña venganza histórica de los intensos millennials frente a los distraídos y frívolos zetas. Puedo ver la sonrisa de boomer que se te ha dibujado al leer estas líneas, y casi puedo oír tu mortificante sermón: “todas las generaciones primero desafían a sus mayores y después descubren, horrorizadas, que empiezan a parecerse a ellos”. Puede ser. En ocasiones me sorprendo cabreado con algún pasmao de mirada huidiza, incapaz de sostener una conversación durante cinco minutos sin consultar el móvil, del mismo modo que me exaspera ver a algunos delanteros del Madrid haciendo el payaso en Instagram para después fallar un mano a mano que cuesta una liga o una eliminatoria. Quién sabe, tal vez la edad no consista tanto en acumular años como en empezar a exigir profesionalidad.

Pep Guardiola: el último Mourinhista

En cualquier caso, existe otro aspecto rotunda y genuinamente millennial en este asunto. Verás, si hay una característica que define, por encima de todas, a mi atribulada generación, sin duda se trata de una desmesurada propensión a la nostalgia. No hay más que asomarse a cualquier industria del entretenimiento: estamos desbordados de secuelas, de reboots y de resurrecciones. Los productores de todo tipo saben perfectamente que cuentan con un filón que parece inagotable. Yo no sé si la opción Mourinho es la mejor solución para el Madrid pero, dado que está visto que vamos a intentarla, he decidido buscarle una virtud inesperada: salga mejor o peor, ¡me rejuvenece dieciséis años!

Mourinho

De repente, en un abrir y cerrar de ojos, he vuelto a la universidad. Han regresado las tardes larguísimas, las amistades compartidas para una diversidad inabarcable de planes, las conversaciones eternas en bares y cafeterías que ya no existen y, sobre todo, una rutina no colonizada por las facturas, las reuniones y las horas extra. He ahí mi gozosa postal particular del mourinhismo. Recordarás una frase de Jabois según la cual al Madrid había que venir a entrenarlo soltero y sin hijos, una observación que describió mejor que ninguna otra la intensidad enfermiza de aquellos años. Las únicas preocupaciones auténticas oscilaban entre los exámenes finales y las eliminatorias contra el Barcelona o cualquier otra organización disfrazada de institución deportiva.

En este año en que han vuelto la Oreja de Van Gogh y Scrubs, personalísimas magdalenas de Prousts desprovistas de cualquier solemnidad, la vida me regala también el regreso del líder que consiguió aglutinar y galvanizar a una afición que llevaba demasiado tiempo torturada y acomplejada. No pretendo engañarme: mis dudas ante la opción marcial para el Madrid continúan ahí y no se han disipado. No obstante, la nostalgia juega con cierta ventaja, en la medida en que nunca compite contra la realidad: lo hace contra el recuerdo, a menudo embellecido y maquillado. Quizá la vuelta de Mourinho sea, después de todo, una noticia menos futbolística de lo que parece, y tenga que ver más con nosotros que con él. No en vano llega un momento en la vida en que se deja de esperar el futuro y uno empieza a reencontrarse con el pasado.

 Quizá la vuelta de Mourinho, después de todo, tenga que ver más con nosotros que con él. No en vano llega un momento en la vida en que se deja de esperar el futuro y uno empieza a reencontrarse con el pasado

Hubo un general romano que, al asumir el mando por encima de los senadores, cruzó el Rubicón. El gesto tenía algo de desafío y algo de renuncia: quien atravesaba aquel río aceptaba que ya no podía volver atrás. Tú y yo no pertenecemos a la misma generación, pero creo que, de algún modo, podemos considerar la vuelta de Mourinho como un Rubicón compartido. No porque vaya a garantizar, ay, ninguna conquista. Al otro lado del río no nos espera necesariamente la gloria; solo el reconocimiento de que el tiempo ha pasado. Y, sin embargo, mientras observamos al viejo general acercarse desde el horizonte, una parte de nosotros sonríe. No porque crea que volveremos a ser quienes fuimos, sino porque, durante un tiempo, consigue olvidarse de que ya no lo somos.

 Cuídate. Volveré a escribirte pronto.

 Pablo.

 

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