Cuando Catar se cruza en tu camino,
perder no se puede concebir.
Allá donde remonta el fugitivo.
Pongamos que hablo del Madrid.
Cuando el partido provoca temblores,
La fe siempre deposito en ti.
Que me dejo la vida con tus goles.
Pongamos que hablo del Madrid.
A niñas, a mocitas madrileñas
y a los niños les da por perseguir
el gol dentro de un campo de grandeza.
Pongamos que hablo del Madrid.
El pájaro ya corre por la banda.
Las estrellas más grandes son de aquí.
Las Champions llevan camisetas blancas.
Pongamos que hablo del Madrid.
El gol lo para Curtu con la mano.
La vida un centro a punto de partir
del exterior de Modric, no es humano.
Pongamos que hablo del Madrid.
Cuando un trofeo venga a visitarme,
que me lleven a Cibeles, allí.
Aquí no se rechaza a nadie.
Pongamos que hablo del Madrid.
Del Madrid.
Del Madrid.
Del Madrid.
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Si usted es de los que no acaban de creerse aquello de que la fe mueve montañas, no hace falta que acuda a la Biblia: repase lo que ha sucedido en esta Copa de Europa, en la Copa de Europa más madridista de la Historia. El Real Madrid este año ha conseguido lo que ningún profeta había logrado hasta ahora: no sólo predicar la fe, sino demostrarla, hacerla tangible, mover las montañas más altas a la vista de todo el mundo y en alta definición. Si del Real Madrid se predica la grandeza, de este Real Madrid habría que predicar la enormidad, o acaso la infinitud. Es tan imposible lo que este equipo ha hecho este año, que no cabe la hipérbole al glosarlo; el Real Madrid es la hipérbole vestida de blanco. Y así, el Real Madrid ha obrado el milagro de convertir al incrédulo, a tanto infiel que no ha podido sino rendirse al aluvión de milagros, a la torrentera de remontadas inconcebibles, a la emoción arrolladora producida por la contemplación de aquellos que creen con más fuerza, con una convicción más imparable, cuando la razón más les demuestra que no es posible. Sí, amigo, la fe mueve montañas. La fe es la que ha movido a este Real Madrid por el que nadie apostaba al comienzo de la temporada, la que le ha hecho fuerte, la que le ha empujado a rubricar una Liga brillante y una Copa de Europa construida peldaño a peldaño, dificultad a dificultad, pundonor a pundonor, negativa a rendirse a negativa a rendirse, determinación a determinación. Ya digo, la Copa de Europa más madridista de la Historia.
El Real Madrid este año ha conseguido lo que ningún profeta había logrado hasta ahora: no sólo predicar la fe, sino demostrarla, hacerla tangible, mover las montañas más altas a la vista de todo el mundo y en alta definición
Y así ha sido también la Final. En frente, un adversario a la altura del desafío, un formidable rival, un grande de Europa que aunaba la apabullante fortaleza de su escuadra con la confianza que proporciona una tradición —antigua y reciente— sustentada también en el triunfo. Un equipo al que la ambición de conquistar Europa le es casi tan natural como al propio Real Madrid, y que era el gran favorito para ganar la Final... si no fuera porque se enfrentaba al Real Madrid, y cuando uno se enfrenta al Real Madrid en una Final de Copa de Europa, los méritos y las razones y los argumentos pierden automáticamente todo su sentido ante la realidad incontestable de que vencer al Real Madrid en tal circunstancia es sin duda la empresa más difícil a la que uno puede enfrentarse en el fútbol. El Real Madrid ha ganado esta Final como ha ganado toda la Copa de Europa: a pulso, agarrándose a la competición como el brezo se agarra a la tierra inhóspita y azotada por el viento, sin desfallecer un segundo, con los músculos en tensión, sin aflojar el ánimo. Y en la segunda, al tiempo que la carcoma silenciosa pero letal de la duda comenzaba a socavar la confianza de los diablos rojos, el Real Madrid ha dejado que se impusiera la fuerza incontestable de esos ojos inyectados en triunfo, de la mirada de quien sólo contempla un horizonte: la gloria. La fe, de nuevo; esa fe sorda a razones e inasequible al desaliento. La fe que proporciona ese escudo, que unge a su portador con el aceite de los elegidos, de los llamados a las grandes gestas, a escribir la historia.
Tengo dicho aquí en alguna ocasión, que en el frontispicio de uno de los edificios adjuntos al Capitolio de California, en la ciudad de Sacramento, puede leerse grabado en granito el verso inicial del poema The Coming American, tal vez la obra más conocida de Sam Walter Foss, poeta norteamericano del siglo XIX. El poema, que es de un madridismo emocionante, se me viene hoy de nuevo a la cabeza al pensar en los jugadores de este equipo de leyenda. A ellos mi gratitud infinita, no ya por la victoria —incluso los madridistas sabemos que en el fútbol se puede perder a veces—, sino por recordarnos este año la grandeza de compartir la fe madridista, y por hacernos sentir tan inmensamente orgulloso de ellos.
Bring me men to match my mountains,
Bring me men to match my plains,
Men with their empires in their purpose,
and new eras in their brains.
Este equipo ha demostrado que está hecho, quizás como ningún otro en nuestra gloriosa historia, de hombres a la altura de nuestra ambición y nuestra grandeza, de hombres resueltos a crear imperios y a concebir nuevas eras. Que Dios los bendiga.
Y el año que viene, a por la Decimoquinta.
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Será este vino, australiano, uva Shiraz. Será mi padre, que no ha podido verlo pero sí porque yo se lo he ido contando mirando al cielo. Serán mis amigos, unos aquí, otros allá, algunos en París, como Ilsa, como Rick, como Thibout Courtois. Será que no era posible, que las estadísticas no lo contemplaban, que los presupuestos aún menos, que el nuevo orden mundial del fútbol sonreía con altivez, que la máxima institución europea de este deporte miraba para otro lado, siniestra. Será y seguirá siendo lo que tenga que ser mientras un equipo de fútbol enseña a quien quiera saberlo que esto de vivir se hace queriendo, insistiendo, apurando los minutos y los segundos de cada lance, sin más añoranzas de pasado que las que obligan a hacer futuro, en presente continuo. No hay más tiempo que ese. Se subvierte toda cronología. Se hace jugando.
Decía San Agustín que no se sabía lo que era el tiempo cuando se lo preguntaba uno, y que se sabía perfectamente cuando no se lo preguntaba. Pero cesen todas las preguntas. Es tiempo de certezas. Las que ofrece un equipo empeñado en que la historia se vuelva a erigir hoy desde cero, porque cada vez es la única vez, porque solo los necios viven en la melancolía o en el anhelo y solo los tristes creen que el pasado quedó atrás, clausurado, museo, polilla, blanco y negro. La alegría, en cambio, sabe que ese pasado no es menos que una ofrenda actualizada cada vez que esto comienza, cada vez que el Real Madrid levanta una Copa de Europa porque Paco Gento vuelve a levantar una Copa de Europa, la catorce, su catorce, nuestra catorce. Entonces se detiene el reloj, ese bastardo invento de hombres grises. Entonces luce el milagro y el único acontecimiento que merece tal nombre: el de estar hechos de memoria de futuro, el de poder llevarlo a cabo con una camiseta blanca y un balón.
Será y seguirá siendo lo que tenga que ser mientras un equipo de fútbol enseña a quien quiera saberlo que esto de vivir se hace queriendo, insistiendo, apurando los minutos y los segundos de cada lance, sin más añoranzas de pasado que las que obligan a hacer futuro, en presente continuo
Lejos de mí quien reduzca esto a estadísticas, flechas, tácticas, bloques bajos y demás miopías. Lejos quien piense que esto va (solo) de fútbol. Lejos quien pretenda medir el tiempo en minutos y segundos. Lejos quien no conozca la intensidad contenida en un instante, en otro instante, en este instante. No se escribe nada en progreso. No se avanza ni se retrocede. Ahora es cuando podemos hacer posible —cuando hemos hecho otra vez posible— que todo vuelva a suceder a la vez, comprimido justo a la izquierda del pecho, inconcebiblemente en un número 14 que vuelve a ser el uno y el dos y el tres, hasta el trece, casi ayer, de nuevo hoy. La razón, inventora de relojes, retrocede y no basta. Su tic-tac ni nos roza. Se retira y apenas la necesitamos para leer, con Cortázar, que “allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”. El Real Madrid corre y llega antes y comprende. Es lo único que hemos venido a hacer aquí. Es tan simple que emociona. Es tan grande que no cabe la derrota. Tenemos todo el tiempo del mundo.
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Mi padre, un 13 de junio de 1956, con 18 años recién cumplidos, vio por la radio la primera Copa de Europa del Real Madrid. Una década después, con dos años y once meses, su hijo, este que hoy les escribe con tanta emoción que los dedos todavía le tiemblan contra el teclado, vivió, aunque mis recuerdos no tengan constancia de ello, los goles de Amancio y Serena para remontar (no podía ser de otra manera) un complicado partido y levantar la Sexta. Hoy, 28 de mayo de 2022, mi sobrina, después de que el árbitro pitase el final de la mejor Champions de la historia, ha festejado la Decimocuarta saltando encima del sofá abrazada a su tío.
El fútbol son equipos que engarzan la historia del Madrid, que la magnifican, modas que van y vienen para dar lustre a una leyenda eterna
El Real Madrid, la institución deportiva más grande que ha pisado (y pisará) un terreno de juego, lleva remontando toda su historia, a veces le cuesta dos minutos hacerlo y a veces 32 años. Remontó al Real Unión y al Athletic de Pentland, al Benfica y al Inter de los 60, al Ajax de Cruyff, al Bayern de los 70, al rodillo del Milán de Sacchi, al Barcelona de Messi y ahora, en la mejor Champions de la historia, a Clubes estado que juegan con reglas diferentes y a un excelso Liverpool que vendió tan cara su derrota que obligó a Courtois a realizar un milagro que se estudiará en las escuelas de porteros. El fútbol son equipos que engarzan la historia del Madrid, que la magnifican, modas que van y vienen para dar lustre a una leyenda eterna.
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Enumeraba esta mañana las 13 razones por las que hoy había que ganar la 14. Habría sido más esperable que diera 14 razones para ganarla, pero como ya indiqué usar el 14 me parecía que daba mal fario, influido como estoy por las procelosas corrientes del contragafe.
Había otra razón, sin embargo, para decantarme por 13 en lugar de 14, y es que me guardaba la decimocuarta razón para cuando se confirmase la Decimocuarta. Se ha confirmado, y con ella se rubrica la que sin ambages me atrevo a decir que es la mejor temporada en la Historia del Real Madrid. Tres títulos, entre ellos los dos más importantes, logrados en un caso (la Liga) con un dominio tan abrumador que solo se abandonó el liderato en la segunda jornada, y el segundo (la Champions) como resultado de la serie de eliminatorias más gloriosas e inimaginables que haya encadenado jamás un equipo en la competición.
Tres títulos, entre ellos los dos más importantes, logrados en un caso (la Liga) con un dominio abrumador, y el segundo (la Champions) como resultado de la serie de eliminatorias más gloriosas e inimaginables que haya encadenado jamás un equipo en la competición
Dichas eliminatorias han sido coronadas por una Final de superlativa exhibición defensiva y de solvencia en el toque ante el rival que ejerce la mejor presión alta del planeta. La defensa no falló jamás. Fue sencillamente perfecta, y cuando por sus propios méritos el Liverpool se las apañó para generar ocasiones se encontró con el mejor portero del planeta y que ahora, desde que la Orejona obra en su poder, puede aspirar tranquilamente al título de mejor guardameta de los 120 años de Historia de la entidad. Su currículum está encima de la mesa. No se recuerda una exhibición igual de un guardarredes en una Final de la competición. Media Final es suya.
El 28 de mayo de 2016 me tocó pasar la noche de gloria en el plató de Real Madrid TV. El 28 de mayo de 2022 me vuelve a tocar hacer lo mismo, y me enfrento ahora mismo al desafío de una noche sin dormir con la confianza de que el motivo que la causa lo convertirá en un placer. La decimocuarta razón para ganar la Decimocuarta, y que me guardaba para hoy, es de hecho esta felicidad que esta mañana no me conformaba aún y que sin embargo es la misma de siempre.
Hala Madrid.
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Arbitró el francés Clément Turpin. En el VAR estuvo su compatriota Jerome Brisard.
La primera parte discurría demasiado tranquila y normal para ser una final de Champions. Todo explotó en el 41' con un gol anulado a Benzema. Una jugada gris y de interpretación. El francés recibe en fuera de juego tras una acción donde Valverde toca el cuero y sale rebotado tras tocar en Konaté y Fabinho. Se interpretó que era un rebote del brasileño y no tocó el cuero de forma voluntaria. Algo bastante cuestionable. Sí es más punible el penalti del central francés a Valverde al que barre con su pierna izquierda y derriba claramente.
La segunda mitad tuvo más dureza y juego subterráneo. Empezó Arnold en el 49' con una falta en jugada prometedora sobre Casemiro que se quedó en amonestación verbal. Seis minutos después el que se libró fue Luis Díaz por dar en la cara a Militao en una acción peligrosa. En el 61' vio la primera y única amarilla del encuentro Fabinho por llegar tarde ante Valverde. Mané también debió recibirla por una planta peligrosa a Kroos. Además, no olvidamos algún córner regalado a los reds como cuando Militao sufrió falta de Jota en una disputa por el pico izquierdo del área.
Turpin, MAL.
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Courtois (10)
Titán. Héroe. Guante de oro. Excelso juego de pies. Ángel.
Mendy (7)
Sólido. Sostuvo al mejor del Pool; Salah.
Militao (8)
Concentrado es imparable. Soberbio.
Alaba (8)
Conoce todos los trucos del oficio y además tiene carisma y liderazgo. Jefe. Siempre bien posicionado, magnífico sentido táctico.
Carvajal (9)
Desesperó a Luis Díaz, el cafetero de moda. El mejor Carvajal de siempre. Corajudo.
Casemiro (7)
Se reivindicó con un clinic de ejercicio defensivo en la que ha sido su temporada más irregular. Ahora, sabe más el Diablo…
Kroos (7)
Criterio. No se puso nervioso.
Modric (7)
Bravura. Notable CMK.
Valverde (9)
El Pajarito hoy es nuestra Águila Real. Su cabalgada desequilibró el partido.
Vinicius Jr (8)
Lo intentó una y otra vez. Hasta que obtuvo el premio de un gol de la victoria en una final de la Champions. Tiene aura, tiene estilo.
Benzema (8)
Capitán y caballero.
Camavinga (7)
Buenos minutos defensivos.
Ceballos (7)
Dinamismo y entusiasmo en sus pocos minutos.
Rodrygo (-)
Sin tiempo.
Ancelotti (10)
No queda otra que ponerle una matrícula de honor a un señor que tiene cuatro Champions. Yo solo sé que no sé nada.
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Final del trayecto, un sendero tortuoso, una escalera sinuosa, con enemigos agazapados bajo cada escalón con cimatarras cataríes prestos a propinar una estocada definitiva que no acaba de llegar. Sabemos que no somos bienvenidos por los unos poderes fácticos que sintonizaron alegremente el espectacular himno del Liverpool mientras silenciaban nuestro amado Hala Madrid y nada más. Football for the fans, ya saben. Pero más para unos fans que otros.
La final tuvo que retrasarse 36 minutos para resolver el problema causado por una legión de Hooligans sin entrada. Le vino bien el retraso a Thiago, finalmente de la partida, y tal como advertía Al Cosín en la galernauta previa del encuentro, los ingleses salieron a avasallar con su característica avalancha de veinte minutos.
El Madrid apretó los dientes para salir airoso, o sin sufrimiento, agazapado atrás, sin balón e inofensivo en ataque. Frente al huracán red, balones largos a Vinicius, la mayoría infructuosos, parecían la única idea de los de Ancelotti.
Final del trayecto, un sendero tortuoso, una escalera sinuosa, con enemigos agazapados bajo cada escalón con cimatarras cataríes prestos a propinar una estocada definitiva que no acaba de llegar
Antes, Courtois había respondido a un disparo seco de Salah desde cerca entorpecido por Militao con una mano discreta. Discreta si la comparamos con el guante prodigioso con el que envió al poste, poco después, un sangrante, dañino, duro y malévolo latigazo dentro del área de Mané.
El Madrid, con Casemiro achicando, Militao y Alaba, como últimos diques de contención y Carvajal, fajador, ante el colombiano Luis Díaz, que vuela por banda con esos alerones que tiene por orejas, resoplaba ante la despiadada máquina de presión de ese científico loco que es Jürgen Klopp.
Buscaban los de Carletto recuperar el aliento con la pelota y rebajar el ritmo infernal del encuentro. No obstante, el primer periodo agonizaba y no se contaba con ningún tiro merengue. Ni fuera, ni entre los tres palos.
Entonces llegó. Si pensaban que con el sinpa de los ingleses colándose en el estadio UEFA ya había dado por concluido su retablo jovial, el colegiado Clément Turpin anuló un gol psicológico de Karim al filo del descanso por razones aún por dilucidar para este cronista.
Alaba, preciso, sirvió un balón largo para Benzema, que lo depositó en el área con delicadeza un segundo antes de quebrar a su par. Aguantó bien Alisson. Entonces, Karim trató de servir un pase de la muerta que, entre el arquero y la defensa red trataron desesperados de desactivar. Llegó Valverde cual trolebús charrúa. El balón, impulsado por el uruguayo rebotó en el muslamen/rodilla de Fabinho, y acabó por llegar a Benzema que marcó sin contemplaciones.
Si pensaban que con el sinpa de los ingleses colándose en el estadio UEFA ya había dado por concluido su retablo jovial, el colegiado Clément Turpin anuló un gol psicológico de Karim al filo del descanso por razones aún por dilucidar para este cronista
Una eternidad después, los torturadores del VAR decretaron fuera de juego por no sé qué. Sólo Alberto Cosín podrá despejar un enigma allá donde servidor sólo ve mala sombra en una jugada de presunto reglamento alambicado que recuerda a aquella de Mbappé con Eric García. Nunca pensé que me acordaría de él esta noche. De Eric García, claro.
Más sospechosa resultó la nube negra aún, cuando Alexander Arnold propinó un manotazo a Vini con toda desfachatez ante un árbitro de oh la l je ne sais pa.
Empate sin goles al descanso. Vivos y con las espadas en todo lo alto. Saboteada la jugada o no, lo cierto es que el pie de Alaba y Karim demostraba a orillas del Mersey que el Real Madrid siempre cuenta con varios botones rojos para desatar el pánico nuclear.
Arrancó furioso en el encuentro en el segundo tiempo con un envenenado centro interior que despejó con brillantez Carvajal batiéndose el cobre ante Luis Diaz como pistoletazo de salida. Por el contrario, y frente a la actitud contemplativa del primer tiempo, el Madrid salió enrabietado, seguramente algo tendría que ver el árbitro. Fíjense hasta donde llegó el dislate del señor del silbato que un animado Salah, ya saben, el vengativo, se apresuró a pedir una mano absurda de Alaba.
Lo hizo justo al filo de la media hora, un instante antes de que la enésima cabalgada de Valverde por la derecha acabara con un centro seco y raso del Pajarito que se convirtió en Águila Real, un centro de los que duelen, de los que dan miedo a los defensas por si se la cuelan, peor, si cabe, aún, que un pase de la muerte.
Al otro lado llegó el infatigable Vinicius para anotar el 1-0 sin oposición en el 58´.
Anúlalo ahora.
Sin embargo, aún medio grogui, el Liverpool enseñó su colmillo a los cinco minutos por medio de un disparo con rosca faraónica de Salah que, una vez más, desbarató un imperial Courtois. Lo haría de nuevo sacando con la espinilla un balón bombeado de cabeza —eterna su caída al verde— rematado otra vez por Salah.
No le gustaba el asunto a Klopp que decidió sustituir por Diogo Jota al peleón de Luis Diaz, frustrado una y otra vez por Carvajal. Carlo, mientras tanto, mascaba su nonagésimo primer chicle. Máxima tensión camino del último cuarto de hora.
Angustia que nos pudo ahorrar Casemiro cuando recibió absolutamente solo una magistral falta botada por Kroos dentro del área. Incomprensiblemente no quiso fusilar a Alisson y sí descargar para un compañero… sin éxito. Entraba Firmino por los reds a la desesperada.
Carletto, el viejo zorro de cabello plateado, mascullaba paciente como en los viejos tiempos con su banquillo, sin cambios, completamente enajenado. Ocurre que el Liverpool, como el Madrid, tiene fe, tiene historia, no es de plástico regado por oro negro o fortunas rusas. El Pool nunca camina solo y trató por todos los medios, por tierra, mar y aíre, de empatar el encuentro. El Madrid, no obstante, tenía un escudo. Thibaut.
Había que recordar a la UEFA quién es el Real Madrid
A falta de 8 minutos para el final, Salah, siempre incisivo en pos de su venganza, recibió un balón largo, aguantó el embate de Mendy, sólido durante todo el partido, y ganó un medio metro al francés para fusilar al belga. El antebrazo de Courtois, milagroso, envío el balón a córner. Thibaut acabaría por contener toda acometida, mientras Ceballos, Rodrygo y Camavinga relevaban finalmente a un dolorido Valverde, Modric y Vini.
La imagen era otra no obstante en el descuento.
La de un flamígero Kroos levantando al fondo madridista de Saint-Denis de sus asientos.
Toda la experiencia del Madrid se concentró en ese puño cerrado de Toni para aguantar el resto del partido y traer la Decimocuarta a casa.
Donde debe estar.
Había que recordar a la UEFA quién es el Real Madrid.
Y nada más.
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El partido tiene para mí tres claves. La primera sería la perspectiva futbolística, es decir, que todos en el equipo sean plenamente conscientes del enfoque histórico y de los retos que supone una Final. Existe el peligro, por la trayectoria seguida hasta aquí, no de un exceso de confianza, pero sí de dejar cosas al azar, dado que el azar pudo ayudar al Madrid antes. Deberían evitarlo.
Otra clave, ligada a la anterior, es el orgullo, orgullo de saberse parte de una tradición gloriosa, pero que al mismo tiempo debe conciliarse con la tercera, que es la imprescindible humildad para plantear un desafío de la magnitud de esta Final. Hay que tener la humildad de no perder jamás de vista que los demás también quieren ganar. Y que a veces son muy buenos, como lo es este Liverpool de Klopp. El madridismo no debe dar por hecho que es el que más sentimiento tiene, aunque su sentimiento sea infinito. El Liverpool también lo posee.
La velocidad de Vinicius puede ser fundamental, y está en la esencia misma del Madrid de las finales europeas desde los tiempos del mismísimo Gento
Deben aprovechar las oportunidades que se presenten ante Alisson. Y jugar bien, porque lo normal es que si juegas bien ganes. Ahora bien, ¿qué es jugar bien? Existe la tendencia de valorar los partidos por su cómputo general, sin reparar a veces que en un partido hay minipartidos. Hay ratos donde no estás jugando bien pero estás aguantando bien el asedio del rival, y eso también forma parte de lo que hay que hacer para ganar el encuentro. El fútbol es un compendio de todos los fútboles. El Madrid, por fases, ha jugado muy bien todos esos fútboles en esta Champions.
Hay que fijarse en la reacción ante el PSG, por ejemplo. Remontar en tan pocos minutos un partido tan atascado es la cumbre del fútbol. Recuerdo una eliminatoria contra el Ajax. Nos pasaron por encima, y solo las "quinientas" paradas que hizo Mariano García Remón nos privaron de una goleada en contra. En cambio, al final, Pirri marcó, y nos fuimos con un muy preciado 2-1. Quiero decir que el fútbol no son solo partidos concretos. Son fases.
Por cierto, este Madrid me recuerda un poco al fútbol total de aquel Ajax. Hay desorden dentro del orden. Con esa bendita locura han obrado esas remontadas. Si tienes futbolistas especiales, explótalo. Como Karim o el propio Vinicius. Estoy de acuerdo con el primero en que el segundo puede ser el hombre de la Final.
No demos por hecho que los madridistas son los que más sentimiento tienen, aunque su sentimiento sea infinito. El Liverpool también lo posee
Yo he jugado en ese puesto, y soy un gran creyente en la virtud de la velocidad. Vinicius la tiene. Hay que pasarle el balón en largo y que la líe. Es curioso tener un diestro cerrado que solo quiere jugar por la izquierda, pero ya empieza a darle con la zurda también, y cada vez mejor. Antes parecía que tenía una mayor necesidad de acomodársela en la derecha y eso le hacía perder tiempo. Ya no. Su velocidad puede ser fundamental, y está en la esencia misma de los blancos de las finales europeas desde los tiempos del mismísimo Gento.
Otro aspecto importante será mantener la máxima atención en las jugadas de estrategia. Tienen centrales altos que aprovechan muy bien los balones aéreos. El gol que marcaron en la Final de Kiev fue en una jugada así, muy bien aprovechada por Mané. El senegalés y Salah me parecen, desde luego, sus principales bazas ofensivas, sin olvidar la solidez de Fabinho.
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La lista de las siete finales vividas va a ampliarse dentro de muy pocas horas. La intensidad de estos momentos en la memoria es tan violenta, que desde el mismo instante en el que suceden crean un surco al que quienes las hemos sentido como propias regresamos con frecuencia.
En mi caso, es un salmo de alineaciones y de goleadores. Lo primero es más complicado, sobre todo porque el club de nuestros amores ha jugado en contra de mi capacidad de memorización: no se puede ganar tantas veces seguidas y pretender recordarlo todo de carrerilla. Así que los goleadores son el recurso comodín. ¿Un recurso para qué? Pues para pensar en algo conocido y gozoso cuando se necesita distraer la atención.
No conozco mejor bálsamo para las experiencias que uno desearía acortar que esmerarse en citar en orden los lugares y goleadores de cada día grande madridista
En mi caso, los goleadores del Madrid asoman —junto a la letra de alguna canción—, en cuanto me enfrento a una sutura, a una extracción de sangre o al empaste de una muela. No conozco mejor bálsamo para las experiencias que uno desearía acortar que esmerarse en citar en orden los lugares y goleadores de cada día grande madridista.
Ámsterdam: Mijatovic; y el torno del dentista empieza a reverberar sobre tu mandíbula como si te trepanara, pero a ti, plim, porque aquello ya no va contigo. Tú estás en otro lugar, uno mejor. París: Morientes, McManaman y Raúl; es sólo un pinchacito. Y los que vengan, qué más te da. Glasgow: Raúl y Zidane. Para qué más. Es como si te anestesiaran.
Aunque esté feo contarlo, recitarse a uno mismo la lista también tiene un efecto beneficioso en ocasiones radicalmente contrarias. Es decir, cuando el placer se ha desatado y el cerebro racional ataca con todo su fondo de armario con tal de estirar el instante un poco más. Porque para que el cuerpo no sucumba, a veces es necesario llevar la mente bien lejos, donde la sobredosis de los sentidos no la alcance. ¿Dónde refugiarse entonces? Nadie quiere abandonar el placer para ir a un lugar peor, y ahí de nuevo brota la lista de goleadores como una escapatoria perfecta. Lisboa: Ramos, Bale, Marcelo, Cristiano Ronaldo. Francamente, si un orgasmo tiene que pillarte en alguna parte, ese no está nada mal.
Sobre todo, porque la siguiente final es el más difícil todavía. Recordar el orden de una tanda de penaltis de carrerilla tiene mucho mérito, especialmente cuando se está sometido a determinadas circunstancias externas. Era Milán, eso seguro. Y marcó Ramos. Y los penaltis... ah, sí, ya me acuerdo. Lucas Vázquez girando el balón como un globetrotter. Y Marcelo. Y Bale cojo. ¿Ramos otra vez? Ramos otra vez. Y Cristiano, claro. Suena todo muy repetitivo, pero en realidad es que tiene rima. Los goles del Madrid en las finales son poesía.
Una final Europea del Real Madrid. Unos minutos que, con un poco de suerte, duran para toda la vida, para buscarlos en los peores momentos o para permanecer un ratito más en el efímero gozo de sentirse capaz de cualquier cosa
Una voz te anuncia que ya va quedando menos. Quizás para animarte, quizás para advertirte. ¡Pero es que a ti aún te faltan! Cardiff: Cristiano, Casemiro, otra vez Cristiano y Asensio. Kiev: Benzema y Bale al cuadrado. Y ya está. Si la lista termina rápido y sabe a poco, conviene recrearse en los detalles, como en casi cualquier otra faceta de la vida que merezca la pena ser vivida. ¡Pero no le echen la culpa al Madrid, que lo ha puesto todo de su parte! Si aún con ese derroche de goles usted no supo disfrutarlo suficientemente, la responsabilidad sólo podrá ser suya.
Este es el nivel de intimidad que se puede llegar a desarrollar con una final europea del Real Madrid. Unos minutos que, con un poco de suerte, duran para toda la vida, para buscarlos en los peores momentos o para permanecer un ratito más en el efímero gozo de sentirse capaz de cualquier cosa.
Así, los goles de las finales nos acompañan para siempre. Mi generación nació para el fútbol creyendo que no vería ninguna, crecimos disfrutándolas y llegamos a pensar que nos moríamos en el transcurso de alguna de ellas. Y, quién sabe, quizás algún día las recordemos cuando el dolor sea definitivo e inaguantable. Ojalá nos quede lejos.
De momento, lo único cierto es que ya tengo cuarenta y dos años y siete finales vistas, de las que no puedo ni quiero escapar. En estas horas interminables, la duda de siempre lo ha invadido todo. Hoy como ayer, e igual que sucederá mañana, pasado mañana y el resto de los días que me queden, me pregunto en la intimidad de mi cabeza quién será el siguiente nombre de la lista.
Como no tengo respuestas, espero que se presente algún voluntario. Y, si puede ser, que no tarde mucho, porque detrás de él vendrán más y aún nos quedan ganas de vivir todo lo que nos echen.
Hala Madrid.
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