Normalmente, la Copa Mundial de la FIFA, conocida mejor como Copa Mundial de Fútbol o, simplemente, como Mundial de Fútbol, es un acontecimiento grandioso a nivel universal. Para quien les escribe, tiene menos importancia que las Copas de Europa, pero eso ya depende de los gustos de cada cual.
El Mundial de Qatar (o, mejor dicho, el mundial de Qatar, sin mayúscula, tal y como lo minimizamos en La Galerna) es bochornoso y vergonzoso para muchos, y por numerosos motivos ya descritos, y por eso no vamos a darle mucho espacio ni ninguna publicidad en nuestro portal. Pero en estas líneas queremos señalar el curioso romance – uno más – que tiene nuestro club, el Real Madrid, con la Copa de Europa, precisamente en los años en los que coincide ésta con el Mundial de fútbol.
Como es bien sabido, la Copa de Europa se fundó en 1955, y su primer campeón fue nuestro equipo del alma al año siguiente. El primer año en el que coincidieron Mundial y Copa de Europa fue 1958. Ese año el Real Madrid se coronó en Bruselas por tercera vez consecutiva (3-2 al AC Milan, con gol de Paco Gento en una agónica prórroga), y Brasil se impuso en Suecia a los anfitriones de la Copa del Mundo por 5-2, en una exhibición de un Pelé, que contaba 17 años por entonces.
La única representación destacable de jugadores del Madrid en Suecia fue la de Raymond Kopa, que lideró a su selección francesa hasta un gran tercer puesto, tras haber perdido la final anticipada en semifinales contra el ganador, Brasil (con hat-trick del mago Pelé, bien acompañado en la delantera por Vavá, Zagallo y Didí, que luego vestiría la elástica merengue, sin mucha suerte, por cierto).
Kopa ganaría aquel año el Ballon d’Or, tras su fantástica campaña madrileña (Copa de Europa + Liga), aunque indudablemente fue beneficiado al no poder ser elegibles por entonces nada más que los jugadores europeos.
Desde entonces, se han disputado 15 campeonatos mundiales más, y en 6 ocasiones nada menos, en los años de coincidencia de celebración, ha logrado el Real Madrid alzarse con la Copa de Europa (1966) o la UEFA Champions League (1998, 2002, 2014, 2018 y 2022).
Vayamos por partes. 1966, la Sexta Copa de Europa, con nuestros 11 españoles ganando la final al Partizán de Belgrado (con goles de Amancio y de Fernando Serena). Un mes después, Inglaterra ganó su único Mundial en Wembley. Muchos de los Ye-Yés del Madrid jugaron en Inglaterra con la selección (Betancort, que fue suplente de Iríbar, Sanchís y Amancio, goleadores ante Suiza, Pirri, que marcó ante Argentina, Zoco y Gento), pero España fue eliminada en primera ronda.
Bobby Charlton llevó a los suyos a la gloria, tras una polémica final ante Alemania, con gol fantasma de Geoffrey Hurst incluido, lo que permitió al actual Sir Bobby a finales de año ser nombrado Balón de Oro.
Pasó una eternidad. 32 años que parecieron siglos para los madridistas, pero, por fin, en el Ámsterdam Arena, Mijatovic rompió el maleficio en el minuto 66 y la rezagada Séptima pudo llegar a las vitrinas de Concha Espina. El Mundial de Francia fue conquistado por los anfitriones, y Zidane marcó 2 goles en la final a Brasil, vengando a sus huestes 40 años después de Suecia’58. El peso del oro de la Copa Mundial llevó a Zidane a conquistar su único Balón de Oro, pese a haber sido batido con su Juventus en Ámsterdam por los merengues.
Por cierto, que uno de los titulares galos en la final fue Christian Karembeu, que logró la doble corona Mundial-Champions en 1998, hito también logrado por otros tres madridistas en la historia: Roberto Carlos en 2002, Sami Khedira en 2014 y Raphaël Varane en 2018. Este exclusivo club se completa con 7 jugadores del Bayern, que lo consiguieron en 1974: el meta Sepp Maier, Schwarzenbeck (el que arrebató la gloria al Atlético de Madrid tras su zapatazo en Bruselas contra Miguel Reina), Beckenbauer, Hoeness, Kappelmann, el Torpedo Müller y Paul Breitner, que aquel verano de 1974, tras su triunfo mundialista, con gol de penalti incluido contra Países Bajos, hizo las maletas y recaló en nuestro club, donde coincidió con otro campeón del mundo, Günther Netzer.
En ese restringido club podrían entrar este año nada menos que otros 11 jugadores merengues, a saber: Courtois y Hazard (Bélgica), Casemiro, Militão, Vinicius y Rodrygo (Brasil), Modric (Croacia), Carvajal y Asensio (España), Camavinga (Francia), y Fede Valverde (Uruguay), si se proclaman vencedores en el mundial (con minúscula) de Qatar. Obviamente, no incluimos a Benzema al tener hoy mismo noticia de su retirada del mundial por culpa de una lesión (mucho ánimo, Karim).
2002 fue el año de la Novena con el golazo de Zidane y los milagros de Casillas en el Hampden Park de Glasgow, y la conquista de la 5ª estrella para la selección con mejor palmarés del mundo, la brasileña, que enamoró en Corea-Japón 2002, con nuestro Roberto Carlos en sus filas. Nada más acabar el campeonato, Ronaldo Nazario, máximo goleador con 8 goles, 2 de ellos en la final a Oliver Kahn, recaló en el Real Madrid. Y en diciembre se llevó para casa su segundo Balón de Oro, tras el de 1997, y tras vencer en la votación precisamente a Roberto Carlos.
2006 fue un año nefasto para el club merengue (que vio conquistar a su rival culé su 2ª Copa de Europa en París ante el Arsenal), pero al menos se trajo del Mundial 2006 de Alemania a un campeón del mundo, Fabio Cannavaro, capitán de Italia y que fue premiado con el Balón de Oro de aquel año.
Otros 12 largos años pasaron para el Real Madrid, hasta que llegó en 2014 la tardona y muy deseada Décima, lograda tras el toque sutil de Modric, la cabeza prodigiosa de Ramos y la puntilla impartida por Gareth Bale, también de cabeza. El Mundial 2014 disputado en Brasil fue la tumba, primero, de la vigente campeona del mundo, España, masacrada por Países Bajos y Chile en fase de grupos, y de la propia anfitriona, que sufrió en el estadio Mineirao un nuevo Maracanazo, 64 años después del de 1950, ante el rodillo alemán de Joachim Löw, liderado por Toni Kroos, quien también, como Breitner en 1974 y Nazario en 2002, eligió al Madrid para seguir su carrera futbolística. Como se apuntó anteriormente, Sami Khedira fue titular en 2014 tanto en la final de la Champions en Lisboa ante el Atlético de Madrid, como en Brasil ante la Argentina de Leo Messi, batida por 1-0 en la prórroga tras gol de Mario Götze.
2018 fue la culminación de un trienio maravilloso del Madrid, dirigido por Zidane (campeón del Mundo como jugador con Francia y de Copa de Europa en el Madrid, tanto como jugador como de entrenador), en Kiev llegó la Decimotercera ante el Liverpool de Klopp. En Rusia 2018, logró su 2º Mundial Francia, dirigida por Didier Deschamps (que también ganó el de 1998 como jugador, hito solo logrado por Mario Zagallo y por Franz Beckenbauer), que no contó con Benzema pero que, entre Kanté, Pogba, Griezmann y Mbappé lograron el éxito tras golear a la Croacia de Modric (Balón de Oro ese año) por 4-2. Varane representó muy dignamente a su club y logró ser el mejor defensa de dicho campeonato mundial, además de lograr el exclusivo doblete Champions-Mundial.
2022 ya ha sido para todos los madridistas un año glorioso, con la conquista de la Decimocuarta, tras el recorrido más épico y heroico de la historia. 12 de los nuestros (aunque Casemiro, por desgracia, ya no es nuestro, aunque lo será eternamente) pueden sumarse a las increíbles gestas de Karembeu, Roberto Carlos, Khedira y Varane. Lo celebraremos, si llega el caso, como un triunfo individual para ellos. Pero pocos comentarios habrá por parte de quien les escribe sobre el mundial de la infamia que está a punto de dar comienzo.
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Fue una boda en la que todos los invitados se casaron con la novia, que presidía el banquete con las orejas abiertas como en la película de Stephen Frears. Se celebraba la novia, de hecho, así como todas las novias anteriores, que es lo más parecido a celebrar la vida a lo que pueden aspirar unos cuantos miles (cada año más) de orates descontrolados, blancos como la propia desposada. Tal cual sucede en nupcias más mundanas, la cena transcurrió salpicada aquí y allá por cánticos espontáneos y servilletas al aire. Qué bonito es estar vivos, diez años vivos, Catorce veces vivos.
La mesa presidencial irradiaba distinción. Conseguir convocar a Eduardo Fernández de Blas es un éxito innegable (qué entusiastas y certeras palabras cuando agarró el micrófono), pero lograr lo propio con JAS es un fenómeno paranormal, dada la proverbial discreción del personaje. Hora era ya de que la afición le aclamara como el titán de despacho que es, aunque le incomoden las loas extemporáneas. JAS es filósofo de carrera, que es una cosa que la gente desconoce, y alguien explicará algún día de qué modo una formación humanística de ese calibre ha jugado un papel en el fichaje de Vinicius y alrededores, ha jugado un papel en lo de hacernos felices.
Si estuviera aquí leyéndome, que a lo mejor lo está, Mario el de Fans (con él empezó todo) me recriminaría gentilmente el feroz oficialismo del último párrafo.
-Nos vamos a llevar bien. Eres florentinista pero no pasa nada.
-Tú también lo eres, y tampoco pasa nada.
¿Quién no es florentinista? ¿Se puede no serlo? Este y otros temas apasionantes sobrevolaron los corrillos en las copas, pero estábamos con la mesa presidencial, donde también, entre otros, se sentaron Arbeloa (aclamado como “eterno capitán” cuando oficialmente nunca lo fue -ahí tenemos otro tema sobre el cual escribir-y que se hizo fotos hasta con los pilares de la gloria atizando sonrisas), un restallante Lorenzo Sanz (emocionado ante los cánticos de recuerdo a su padre) y José Luis Sánchez, el responsable del área social que sobrellevó con envidiable entereza los “años de plomo” a los que se refirió Matamoros en su alocución. Los sobrellevó Sánchez, pero todos los de Primavera lo hicieron. Matamoros, mi amigo Manuel, de los que más. Ganaron, pero ya habían ganado antes de ganar: el camorrismo sale derrotado de casa.
A lo mejor hay que contar que sin Primavera Blanca no existiría La Galerna, no solo porque Manuel Matamoros diera su apoyo moral a la creación de esta página en aquel desayuno en El Aviador, sino porque sus bendiciones eran básicas por ser Primavera lo que era y sigue siendo diez años después, es decir, gente que combate el relato desde casa y que impulsa uno nuevo desde la grada, cuando los demás nos circunscribimos a lo primero en el mejor de los casos. Toni Kroos mandó a esparragar a un periodista al ponerle en la tesitura de tener que defender al Madrid tres minutos después de proclamarse Campeón de Europa. Toni no lo sabe, posiblemente, pero Primavera le saca diez años en la renuencia a la aceptación de esa mierda. “Las manos de la prensa fuera del Madrid”, era el lema de entonces, aunque ahora podría acuñarse algo parecido sobre las manos de los jeques o las de Tebas. Primavera sigue ahí, acompañando al Madrid en su historia, atenta a establecer las defensas antes aun de que nadie perciba las amenazas contra la autonomía institucional, como la asociación de vanguardia que ha sido durante una década y sigue siendo hoy. “Otro Bernabéu es posible” era otra de las proclamas de antaño, y la vigencia de la misma fue otro de los temas en los corrillos de las copas, con Ángel y Marta del Riego, con la inigualable Anita, con Ochaita (cuya reconversión vía pertenencia a la Grada de Animación es el mejor argumento a favor de la misma y no el mejor argumento contra ella), con Fantantonio (media Galerna) y Richard Dees, con Juanpa Frutos y Diego Montero, con todos los que mi mala memoria me impida recordar ahora, incluidas damas cuyos nombres quedan inevitablemente eclipsados por tanta belleza. Otro Bernabéu es posible, pero ¿es deseable? Los corrillos hervían. Escohotado (el lunes se cumple un año de su muerte) defendía el Bernabéu tal cual tradicionalmente es, con su música de viento, fundamental según él en la forja del carácter blanco, la famosa exigencia. Recordé las palabras de Antonio y alguien replicó que “Escohotado era un gigante del pensamiento, pero también un pipero descomunal”. Primavera es audacia, y a Antonio le habría encantado.
Diez años después de su fundación, Primavera Blanca sigue representando un madridismo pasional, contestatario, disidente, insurrecto a los tópicos, apolítico, alegre, esencial.
Por muchas décadas más.
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Buenos días, queridos.
¡Cómo nos apetece portanalizar estos días, qué maravilla! ¡Cómo vamos a gozar durante las próximas semanas con ese mundial de Catar que no vamos a catar! Nos apetece “horrores”, tanto como que nos echen cera ardiente de una vela por la espalda, sumergirnos en el Ártico en pelota picada o ver en bucle el último partido de los del Cholo. Pero es nuestra obligación y así lo haremos por ustedes, así que allá vamos, comencemos.
El delantero suplente del Barça, Ferran Torres, nos cuenta que allí son todos muy amigos, tanto, que en la foto aparece echando harina a las pizzas que van a hornear a continuación para tomárselas todos juntos después, mientras disfrutan el streaming del suegro. Qué maravilla de concentración, qué planazo de viernes noche.
Por cierto, Ferran sin tilde, porque es valenciano y no queremos cometer el doble error: uno por ponerla (la tilde) y otro por ponerlo (a Ferran).
Otra maravilla de portada: Luis Enrique estirándose. ¿Cabe portada más glamurosa en la historia de las portadas? Observen la postura corporal, el gesto sudapollista nivel top, el recado a su antiguo club con el logo de Naranjito, la mascota del Mundial del 8-2, y esas palabras… No las referidas a sus deseos sobre Messi y el mundial (el de Catar irá siempre con minúsculas), sino las que vemos en el párrafo inferior, de las cuales destacamos las siguientes (atentos, amics):
“Los más graciosos son Pedri, Alba, Ferran, Gavi…”.
El Club de la comedia, no tenemos ninguna duda. Ni Tip y Coll, ni Martes y Trece, ni Faemino y Cansado, ni los Monty Python, olvídense de todos esos genios del humor e imaginen los chistacos en esas veladas de pizza y streaming de los pupilos de Luis Enrique:
Pedri.- ¿Qué le dice un grano de arena a otro en este desierto? Tío, creo que nos siguen, jojojo.
Gavi.- Nos has dejado fríos. Casi tanto como tú en Valdebebas.
Todos se ríen, se descoyuntan, se parten la caja, comienza el festival del humor desbocado.
Jordi Alba.- Me toca, me toca. ¿Qué le dice el Jardiner a otro de su gremio? Seamos felices mientras podamos.
Jo, jo, jo, nos imaginamos las risotadas, codazos de complicidad (menos en el caso de Gavi, pues no controla la fuerza con la que golpea las costillas de Pedri). “Otro, venga, otro”.
Ferran.- ¿Y tú, Jordi, sabes cuál es el colmo de tu peluquero? Que descubras que nada es permanente, jojojo, no pongas esa cara, ¡no te ha gustado un pelo, ¿eh?!
Jordi no se ríe inicialmente, mira pensativo al yerno del jefe y cuando los jóvenes empiezan a pensar que se ha mosqueado de verdad, se carcajea, al principio lentamente, luego se despolla. Todos respiran aliviados y continúan su particular Club de la comedia.
-Gavi, Gavi, cuéntanos un chiste verde. No, mejor esperamos que ambos maduréis, ¡jojojojo!!!!
En eso que aparece Luis Enrique, que acaba de terminar su directo del día. Tiene el semblante serio, mira a Ferran y le suelta:
-Tú, eh, tú, ¿tú tienes buenas intenciones con mi hija?
Ferran sigue imbuido del buen rollete de estos chicos tan graciosos y contesta:
-Sí, jefe, por supuesto. ¡Lo malo es cuando pasamos a la acción!
-¡Ja, ja, ja, ja! Se parten todos de risa. Jordi Alba lo hace con un par de segundos de retardo.
Desconocemos si esta escena les ha parecido graciosa. Lo cierto es que a nosotros no mucho. Con el diario As se entrega hoy un suplemento especial de 32 páginas dedicadas a lo que llaman “Un lujo de mundial”. Y no se nos ocurre otra imagen mejor que la siguiente para definir ese “lujo”:
Cuenten ustedes, cuenten. Son 203 individuos, 203 currantes. Cada una de las 32 páginas del suplemento del As podría poner esta imagen y aún necesitarían cuatro individuos más para alcanzar la cifra de 6.500. Esos currelas que aparecen con su bolsa al hombro provenían de Filipinas, Pakistán, Bangladés o Sri Lanka en su mayoría, y ahora yacen sepultados no se sabe muy bien dónde. Podríamos hacer otra división: se han construido 8 estadios para el mundial, lo cual hace una media de 812 fallecidos por estadio. Desde la redacción de La Galerna proponemos dejar 812 butacas vacías en cada uno de los partidos como recuerdo permanente al mundo de lo que se está blanqueando con este mundial.
No nos gusta hacer bromas sobre este asunto y por eso creemos conveniente recordarlo casi a diario. Como hizo Bellerín ayer. Resulta que el lateral del Barça, que tiene el honor de ser uno de los pocos jugadores de la plantilla que no acudirá a Catar, recibió ayer el premio GQ al Hombre del Año. No nos pregunten por qué. Tampoco se extrañen. Si Gavi es el mejor joven y el City el mejor club, no vemos por qué Bellerín no puede aspirar a tamaño logro.
Durante la entrega del premio, el bueno de Héctor dejó esta perla:
“Como futbolista no estar en el Mundial de Catar me entristece, pero hay una parte de mí que se alegra. No sé si lograría disfrutar de la carga de los 6.500 obreros fallecidos".
Olé, olé y olé. Parafraseando a Saza, ya saben ustedes que en esta web es verdadera devoción lo que hay por Bellerín, y desde hoy mucha más.
Pasamos con desgana a las portadas cataculés.
Vaya comparación, amics. El último tango. Se aprecian ciertas ganas por ver a Messi levantar este trofeo, pero lo que nos sorprende es la película elegida, aquella en la que la famosa escena de la mantequilla volaría la cabeza a los jeques cataríes. Cuídense en Catar de practicarla entre personas del mismo sexo, o incluso de forzar a una mujer que no sea la propia, so pena de que a la pobre se la considere adúltera. Es todo tan repulsivo que no nos apetece continuar.
Si no se gana nada, el titular se convertirá en “Récord en balde”, pero nos dará bastante igual, como todo lo que ocurra a partir de mañana y el apasionante Catar-Ecuador.
Que pasen un feliz fin de semana.
La selección española es la Nochebuena del fútbol, la mesa en la que los madridistas coincidimos con algunos de los que no defienden nuestros colores el resto del año, aquellos que, como escribió Jabois, renunciaron voluntariamente a la felicidad. La selección, como la Nochebuena, está en otra esfera, está vinculada al nacimiento y no a la elección, sin que ello signifique que sea mejor lo que viene impuesto que lo que se elige; simplemente, son cosas distintas.
El fútbol de selecciones, en su esencia, está impregnado del espíritu navideño: jugadores de diferentes equipos se juntan para luchar por un objetivo común y los aficionados cambian el golpe en la mesa por el grito del gol cuando marca un futbolista del eterno rival. Por eso, me siento extrañado cada vez que veo a madridistas españoles renunciar a este sentimiento de unión con el prójimo, como si no fueran capaces de soltar las armas ni un momento, cuando hasta en la I Guerra Mundial se dieron una tregua por Navidad.
Es cierto que las selecciones nacionales han saturado aún más un fútbol exprimido y que deberían desaparecer los parones en mitad de la temporada para jugarse todos los compromisos entre selecciones al final de la misma, para evitar que los infortunios con los combinados nacionales tengan repercusión en los clubes que pagan millonadas a los futbolistas, pero deberían promoverse reformas y no la destrucción del fútbol de selecciones, que se vuelve especialmente precioso cuando llegan el Mundial y la Eurocopa.
También he escuchado a muchos madridistas decir que no se sienten representados por Luis Enrique y que, por ello, no apoyarán a la selección en el Mundial. Busquemos la respuesta en el Madrid: todos hemos tenido entrenadores o jugadores a los que no soportábamos y no por eso se nos ha pasado por la cabeza desear ver a nuestro equipo perder. Que un antimadridista declarado triunfe con la selección puede hacer felices a muchos aficionados madridistas: es la magia de la Navidad.
La selección es la familia que te toca, aunque la elija Luis Enrique
Hay gente para la que la selección era un utensilio de usar y tirar una vez que la ha visto ganar. Conseguido el objetivo que creía imposible (ver a España campeona del mundo), la considera amortizada e inservible para el futuro: es el miedo a no volver a ser tan felices como lo fuimos en el pasado. Siguiendo este razonamiento, no habría vida después de la infancia. También hay madridistas que consideran que esta selección, al no contar apenas con jugadores del Real Madrid, no merece contar con su apoyo, olvidando que la grandeza del Madrid, como sus jugadores, es universal, y que la selección es la familia que te toca, aunque la elija Luis Enrique.
La selección son los abrazos prohibidos el resto del año. Todos tenemos a seres queridos aficionados de otros equipos, incluso antimadridistas, con los que durante el próximo mes tendremos la oportunidad de compartir celebraciones que normalmente están bifurcadas. El fútbol de selecciones permite cenar con el enemigo, como la Nochebuena.
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Todos sueñan con el magnicidio. Y es la reacción natural y lógica. Cada año, 19 equipos de Primera División señalan en rojo dos fechas; las de los partidos de ida y vuelta con el Real Madrid, sus particulares finalísimas del Mundial. Podríamos hacer dos excepciones. En el caso de Sevilla y Betis, su enfrentamiento local es el que sin duda marca toda la temporada. Para ambos, el del Madrid es ‘solo’ el segundo partido que aguardan con más ganas.
Después de más de 20 años siendo socio y abonado del Madrid me he hartado de escuchar a otros aficionados incidir en que, si el rival de turno se aplicara con la misma intensidad durante el resto de la temporada, no pasaría apuros para mantener la categoría, clasificarse para competición europea o incluso ganar títulos. Y no creo que los madridistas nos debamos quejar de ser el indiscutible y perenne rival a batir para el resto. De hecho, es una condición que apuntala la simpar grandeza del club, una deferencia tácita que desmiente buena parte del relato. Para la inmensa mayoría de nuestros contrincantes en España, Europa y el mundo, jugar contra el Madrid es su propia final de la Champions. Para el catorce veces campeón de Europa, en cambio, su única final de la Champions es la verdadera final de la Champions.
Incluso en la era dorada del Barcelona, con Messi en su plenitud y Guardiola en el banquillo, el rival más deseado por todos siempre fue el Madrid. Un buen número de entrenadores (también de equipos punteros como el Sevilla) preferían reservar a sus titulares contra los azulgranas, conscientes de su inferioridad, pero también de que los más habituales se resignarían a no disputar ese partido, siempre que sí jugaran contra el Real Madrid, contra el que nunca he visto rotaciones de este tipo. Ni siquiera contando con rentas amplísimas de puntos en la punta de la tabla o con marcas históricas en cuanto a goles anotados. Para nuestros dos grandes rivales en España, ganar a su némesis incluso ha salvado temporadas. Aún sonrío cuando un culé agita el 0-4 de la temporada pasada como gran logro, recordando el desenlace de las grandes competiciones.
Para la inmensa mayoría de nuestros contrincantes, jugar contra el Madrid es su propia final de la Champions. Para el catorce veces campeón de Europa, en cambio, su única final de la Champions es la verdadera final de la Champions
Tiene sentido que todos los jugadores, especialmente los de los equipos más modestos, busquen lucirse contra el Madrid. Saben que los focos están puestos por una vez sobre ellos y que una actuación destacada puede cambiar su carrera. Además, siempre está la obsesión con matar al rey, con triunfar ante el mejor de los mejores, aunque solo sea una vez. También justifico que se incremente la intensidad, e incluso en que se traspasen los límites del reglamento y se llegue a la violencia. El problema ahí es de aquellos que tienen que impartir justicia y no lo hacen. En los países que hay más acceso a las armas hay más heridos y muertos por armas de fuego. Y en los partidos en los que se permite el juego duro, muchas más entradas violentas y agresiones. Casualmente, la tolerancia con aquellos que no respetan las reglas es mucho más frecuente contra cierto equipo que va de blanco y lleva un escudo redondito en el pecho. Es otra de esas coincidencias tan difíciles de explicar como los fríos datos de tarjetas y penaltis a favor y en contra en las últimas décadas. Entiendo que todo forma parte, una vez más, del peso de la corona y el cetro, y lo opulento del trono en el que se sentaba y se sienta el Real Madrid.
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Buenos días, amigos. Los Globe Soccer Awards han premiado al Real Madrid en todas las categorías imaginables. Ha habido premio a Florentino Pérez por ser el mejor presidente, a JAS por el ser el mejor vicelíder en la sombra, a Juni Calafat por fichar divinamente, a Ancelotti por entrenar como los ángeles (como angelotes de Murillo, tal vez), a Benzema por jugar mejor que nadie con un dedo roto (y con todos los dedos sanos también) y no sabemos cuántos más. Seguro que nos olvidamos de alguno.
Los premios gustan más aún en contraste con la excentricidad de los que se otorgó Roures hace bien poco en la Gala del Balón de Oro, ya sabéis: ManCity mejor equipo del año pasado (a despecho del equipo que lo eliminó para unir el logro de la Champions al de la Liga española) y Gavi Premio Kopa al mejor joven mayor de quince años que aún no se ata las botas. Estos otros premios tienen una mayor naturalidad que aquellos, no ponen bombas al sentido común, aunque alguna excentricidad hemos observado también en esta ocasión, como se verá también.
Marca otorga la mayor parte de la portada a Ansu Fati, que jugó muy bien en el amistoso de la Selección Previamente Conocida como España ante Jordania (¿era Jordania?), pero reserva un buen espacio a los Globe Soccer para enumerar los premios madridistas arriba consignados. Únicamente echamos de menos el premio a Chendo como mejor delegado del balompié europeo y a La Galerna como el mejor portal futbolero del multiverso. Es por ello que podríamos levantamos (y nos levantamos) con la vena del cuello hinchada reclamando a Mendes lo que es nuestro. Pero no nos vamos a quejar. Son premios eminentemente madridistas porque la realidad es madridista. Lo normal.
Con todo, no son ajenos estos galardones a ciertos apuntes de excentricidad. Sergio Ramos fue nombrado mejor defensa de todos los tiempos, lo que (con todo el amor que tenemos a Sergio) nos parece mucho decir, y su representante y hermano, el inefable René, mejor representante de la galaxia. Son como es sabido premios que otorga en la sombra Mendes, representante de representantes, por lo que la primera noticia es que no se lo haya dado a sí mismo, como tiene por costumbre. Ahora bien, si no te das el premio a ti por lo menos dáselo a alguien con más fundamento, digamos.
El resto de periódicos del día pasan por encima de los Awards. En el caso de la prensa cataculé era esperable, por razones obvias, pero que As ignore el tema sin una mención portadil es más de extrañar.
No nos importa porque la portada del día viene en realidad del Levante español. Es la portada del día porque, puesta en relación con nuestro portanálisis de ayer, nos permite descubrir una tendencia.
¿Recordáis de qué manera Mundo Deportivo nos revelaba ayer la castidad de De Jong, que al parecer se mantiene puro hasta en la ducha?
Pues bien. Tras esta chocante revelación de la jornada previa, hoy nos llega, gracias a Superdeporte, un scoop que nos pone sobre la pista de lo que puede ser una epidemia de castidad.
Gayá tampoco. ¿Cómo os quedáis? Vaya por delante que cualquier tendencia (a)sexual nos parece respetable mientras no haga mal a nadie, pero no terminamos de asombrarnos ante esta ola de neoconservadurismo. ¿Os parece que exageramos al llamarlo “ola”? Hemos estado buceando en la hemeroteca y podemos hablar, sin temor a errar, de una verdadera epidemia de castidad. El asunto es impactante.
Es tremendo, amigos. ¿Nadie se toca ya en estos tiempos? Sí, este es un país libre y quien quiera permanecer puro está en su perfecto derecho, aunque imaginamos que al tratarse de varones jóvenes, en algunos casos aún en plena explosión hormonal, les costará no poco perseverar en la abstinencia.
El que lo respetemos no implica que debamos privarnos de manifestar algún estupor. Todos los que se han revelado como espíritus puros pertenecen a clubes intrínsecamente antimadridistas. Son por tanto chicos que sufren mucho habitualmente, y ante ese padecimiento es una verdadera lástima que no aprovechen la gratuita producción de endorfinas asociada al noble hábito del tocamiento propio. La Catorce, por ejemplo, la habrían llevado mucho mejor tocándose.
Nosotros (nos disculparéis) nos tocamos sin remilgos —casa uno para sí— ante la lluvia de premios madridistas de ayer, y os deseamos un buen día de amor, ajeno y propio, el primero para quien pueda y el segundo para quien quiera.
Nos toca irnos. Adiós.
Una de las primeras imágenes que recuerdo de Vinicius en España fue hace cuatro años, en un duelo de filiales contra el equipo del Frente Atlético. Su capitán, Tachi —hoy sin equipo tras un oscuro periplo en segunda—, no encontró mejor forma de parar al brasileño que pegarle un mordisco en plena cabeza. Desde entonces, Vinicius ha venido sufriendo una violencia en los terrenos de juego que de un tiempo a esta parte se ha ampliado a redes sociales y medios de comunicación. Vinicius y, por añadidura, el Real Madrid.
Contra el Mallorca, Vini fue objeto todo tipo de tarascadas. Maffeo, que ya el año pasado a punto estuvo de lesionarle, y Raíllo, capitán mallorquinista, disfrutaban en redes sociales atacando al brasileño de no se sabe muy bien qué. En los enfrentamientos con Rayo Vallecano y Cádiz, más de lo mismo. Y aquí, como protagonistas, dos jugadores con —casualidad— pasado atlético: el cadista, con el mismo estilista capilar que Maffeo, y el vallecano, con apellido de animal —Camello, para más señas—, vomitaban su odio antimadridista en Twitter e Instagram.
Como puede apreciarse, suelen ser jugadores de medio pelo quienes buscan que alguien les conozca a base de dar hachazos en el terreno de juego y de decir tonterías fuera de él. Son muertos de hambre que nunca llegarán a nada en el mundo del fútbol y que necesitan del barro para que les hagan caso. Cada vez que alguien juega contra el Madrid, sale el animal de turno para repartir estopa y ladrar después en redes, que todo va unido últimamente. Y una buena parte del periodismo deportivo ha comprado esa mercancía averiada a sabiendas, poniéndole además altavoces.
Los futbolistas antimadridistas suelen ser jugadores de medio pelo que buscan que alguien les conozca a base de dar hachazos en el terreno de juego y de decir tonterías fuera de él
Vini debe aprender a contar hasta diez. O diez mil si hace falta. ¿Injusto? A todas luces. Pero es un hecho que cada vez que salte al césped le van a buscar las vueltas, empleando violencia y juego sucio. Y que como ya le han colgado el sambenito de provocador, esas acciones serán poco menos que justificadas. Por muchos. Es fácil desde la comodidad del sofá pedir cabeza fría a quien acaba con las espinilleras gastadas cada partido, y encima tiene que leer después auténticos exabruptos. Pero no le queda otra. Es el precio que ha de pagar quien es infinitamente mejor que sus agresores —físicos y verbales— y quien será recordado como un excelente jugador importunado por gañanes. El club a nivel institucional no debe permitir que los malos ganen la batalla de un relato falaz. Y nosotros tampoco.
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Si existe un deporte poliédrico, capaz de combinar enormes dosis de comedia, drama, épica, patetismo, suspense y terror, ese es el fútbol. Cada hincha crea un relato acerca de su equipo y los rivales en el que encaja las desventuras que sufren jornada a jornada. Al echar la vista atrás, la temporada suele poseer un carácter tragicómico, con etapas de distinta índole y múltiples matices, que además ha de enmarcarse en la identidad que cada uno atribuía previamente a sus colores. Ante esto, y en espera del ansiado retorno del fútbol de clubes, abruptamente interrumpido por un cuestionado Mundial, en La Galerna proponemos el siguiente juego: identificar la esencia narrativa de los tres principales clubes españoles con ejemplos de películas de cada uno de los géneros principales. Somos conscientes de la dificultad subjetiva que supone el reto, mas siempre fuimos echaos palante. Comenzamos con la comedia dramática, denominación que parece contradictoria en sí misma. Aunque quizá sea, precisamente por esto, la más realista a la hora de describir la vida. La nuestra, la de nuestro equipo y la de sus adversarios.
«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. (…) Elige pudrirte de miedo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… Pero, ¿por qué iba a querer yo elegir algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. Quién necesita razones cuando tienes heroína».
Basta el monólogo inicial del film de Danny Boyle, extraído del conocido texto de Irvine Welsh, para condensar en un puñado de frases la retórica exclusivista en la que la afición del Atleti encuentra el mayor confort. Empleo deliberadamente el término “exclusivista”, y conviene ahondar en este punto para desterrar equívocos. Desde hace años una corriente exacerba artificialmente la identificación rojiblanca con lo obrero, sobre todo en la parte de su hinchada más románticamente izquierdista. ¡Quiá! En mi opinión, se trata de algo totalmente discutible. Los obreros reales no constituyen esa clase estéticamente pura tantas veces idealizada por según qué vanguardias. Los obreros reales escuchan pop y reggaetón, quieren progresar en la vida antes que revolcarse en el fetichismo y, horresco referens, la mayor parte de las veces son del Madrid.
Los obreros reales no constituyen esa clase estéticamente pura tantas veces idealizada por según qué vanguardias
Sin embargo, la afición del Atleti se autodefine como especial, recalcando específica y altivamente su oposición al “camino fácil”. La naturaleza colchonera conllevaría en puridad, entonces, un punto de hipsterismo, de algún modo similar al que se atribuyen los protagonistas de Trainspotting. Por si fuera poco, las críticas de Renton a la rutina consumista y al calor del establo nietzscheano resuenan a cierto eco atlético dirigido contra ese enemigo, nebuloso e indefinido, que ellos voluntariosamente identifican con el madridismo; que la comparación no sea justa ni cierta no impide que la perciban así. Y existe otro nexo, menos obvio, entre la cinta y el Atlético. Se trata del leitmotiv de la droga: antes de la llegada de Simeone, la categoría de sustancia que te hace sufrir y no puedes dejar constituía un estereotipo del que los propios aficionados se enorgullecían, para alivio de los publicistas sin ideas.
En última instancia, es probable que considerar Trainspotting una comedia, aun con el apelativo atenuante de dramática, suponga sobredimensionar las escenas de sorna e ironía salpicadas a lo largo de la cinta para lograr encajarla en ese género. Pero concédasenos un ejercicio de piedad: al fin y al cabo, nadie dijo que ser del Atleti fuese sencillo. Que se lo pregunten a los abonados al Metropolitano este año.
«Finalmente nuestros sueños se hacen realidad».
Difícilmente encontraríamos una metáfora mejor para el Barcelona de hace una década, pues la comparativa se sostiene en todos los ámbitos. El éxito en taquilla y el elogio prácticamente unánime de la crítica se corresponderían con el metal atesorado en la sala de trofeos y la admiración conseguida en todo el planeta. La escenografía primorosa —que, como el poeta, a punto está de morir de pura delicadeza— valdría como alegoría de su juego, de propósitos tan preciosistas como eficaces. La sutil banda sonora incidiría en este apartado, y su carácter pegadizo redundaría en la nueva condición del Barcelona como club generador de simpatías. Por último, el reparto estelar con Ryan Gosling y Emma Stone equivaldría a la sucesión de cracks más o menos recientes que han pasado por el conjunto azulgrana, desde Ronaldinho hasta Messi.
Francamente, uno no sabe si el culé es más feliz cuando gana o cuando puede quejarse de los árbitros: quizá por eso a veces combina ambas circunstancias de manera vergonzante
Por otro lado, la analogía permite lecturas menos superficiales y amables. La película describe el abordaje a los sueños y cómo perseguirlos hasta alcanzarlos, del mismo modo que el barcelonismo anheló los triunfos y la gloria durante décadas en las que permanecía ajeno a estas suertes. El protagonista, Sebastian, posee unas firmes convicciones acerca del jazz, género musical al que pretende no ya honrar sino incluso salvar. Este ánimo redentor evoca la estirpe de los hijos de la filosofía cruyffista, cuyo respeto reverencial a la Idea se convierte en puro talibanismo; uno escucha la efervescencia entusiasta e inflexible de Gosling y enseguida recuerda a Xavi Hernández, un hombre a un discurso pegado. Asimismo, el film tiene un deje melancólico que permanece incluso al relatar el éxito: todos notamos una punzada con la sonrisa que Mia dedica a Seb cuando, ya casada con otro, piensa en su amor de juventud perdido, en lo que pudo ser y no fue. El culé, sobre todo el hincha clásico, no renuncia a ese punto de melancolía en el que refugiarse en las derrotas —últimamente muy frecuentes, y, para los jóvenes malcriados en la confortable cuna meneada del guardiolato, aún más dolorosas—, y acaso alguno aún lo arrastra también en las victorias, como sin querer rechazar del todo el prestigio moral que el vencido conserva. Ese impulso voraz de ansiar una cosa y la contraria, resuelto en La la land con una toma de partido un tanto frágil —¿quién de la pareja es más feliz, al final?—, interpela a muchos aficionados azulgranas. Francamente, uno no sabe si el culé es más feliz cuando gana o cuando puede quejarse de los árbitros: quizá por eso a veces combina ambas circunstancias de manera vergonzante. Una frivolidad muy propia del carácter veleidoso y contradictorio de la ciudad de las estrellas.
«Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre 8 millones de personas. Entonces, vi una huella en la arena y allí estabas. Es maravilloso, cena para dos».
Hablábamos antes de aficiones que hacen gala de su hipsterismo, y frente a esa perspectiva se erige el Madrid. Incapaz de moldear un relato común que unifique mínimamente a su hinchada, como si el blanco de su uniforme representase un lienzo dispuesto a recibir las motivaciones particulares de cada cual, se convierte en el equipo más llano y acogedor. Podría parecer paradójico al observar la sala de trofeos, pero no hay club menos elitista. Cualquiera puede ser del Madrid, característica señalada con displicencia por parte de algunos de sus enemigos, más satisfechos de su condición de tribu cerrada con valores compartidos. Dicho de otro modo y que se dé por aludido quien lo desee: al Madrid todos lo pueden entender.
De ahí que su esencia se ajuste a la película de Billy Wilder. El protagonista, Baxter, se trata de un modesto trabajador de una compañía de seguros de Manhattan. Solitario, taciturno y soltero, trabaja mucho y gana poco. Con el afán de progresar, pelotea a sus jefes prestándoles su humilde piso para sus citas amorosas. Hasta que uno de ellos pretende llevar a la señorita Kubelik, ascensorista por la que Baxter bebe los vientos, situación que pondrá a prueba su integridad y sus contradicciones. La trama, sencillísima, coloca el foco en un arquetipo muy explotado en la cultura estadounidense: la escondida grandeza del hombre corriente, aquel que jamás tuvo alardes ni lo pretendió. Como en Las uvas de la ira, como en Qué bello es vivir, se pone a prueba la capacidad del don nadie en una encrucijada imprevista. Sin destripar más detalles, confío en que a estas alturas a nadie le quepa duda de que el pobre diablo Baxter es madridista.
Dicho de otro modo y que se dé por aludido quien lo desee: al Madrid todos lo pueden entender
Contemplada de un modo más global, y evitando subrayar su evidente categoría de clásico imperecedero en blanco y negro para establecer el símil facilón con la época de Di Stefano, la cinta posee otros rasgos homologables al Real Madrid. Por ejemplo, el carácter de fábula con afable moraleja, que incide en la ingenuidad del planteamiento, con el que se consigue empatizar sin esfuerzo —ya se sabe que uno se hace del Madrid por inercia, porque nunca juega a nada—. O la necesidad de un refugio victorioso para tantas almas humildes pisoteadas por la presión de lo que se espera de ellos. Y sobre todo ese final, que desprende un feliz aroma de minuto noventa merengue, pero permanece lo suficientemente abierto como para dejar intriga hacia lo que está por venir. Como le ocurre al Madrid tras ganar un título: no hay descanso que valga porque enseguida se piensa en el siguiente.
Invitamos a los lectores a que completen estos esbozos, continúen el debate en las redes sociales o a que propongan sus propias opciones, de este género o de otros. Por lo menos hasta que vuelvan la liga y la Champions, y podamos regresar a lo importante.
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Buenos días, amigos. Sí, nosotros también tenemos alguna dificultad para procesar el título del portanálisis de hoy. Pero no por una cuestión de concepto, sino prepositiva. Muchas “des” ahí. “La castidad de De de de Jong” y tal. ¿No podría considerarse que, en la eventualidad de hablar de un neerlandés, la primera parte de su apellido sirviera al mismo tiempo de primera parte de apellido y de preposición?
LA CASTIDAD DE JONG
Y todos tan contentos.
Como estamos, no obstante, casi seguros de que la RAE nos afearía esta medida, pues esos señores siempre están por el rigor aun en caso de manifiesta cacofonía, nos hemos abstenido de lanzarnos al vacío.
LA CASTIDAD DE FRENKIE DE JONG, podíamos haber titulado, sorteando el mal efecto vía inclusión del nombre de pila. Pero queda demasiado largo, ¿no?
A estas alturas, es posible que ya os andéis preguntando si no es hora de ir al meollo del asunto. Nos parece una duda razonable. Pero es que parecemos tartamudos. “La castidad de-de Jong”. Aclaramos que no tenemos nada en contra del muy respetable gremio de los tartamudos. No pretendemos ofenderles con este sencillo comentario. Tampoco pretendemos ofender en el portanálisis de hoy a aquellas personas que pertenezcan al colectivo de asexuales o simplemente de personas no interesadas en la búsqueda del placer sexual. La renuncia a los placeres de la carne, incluso al subapartado de los placeres solitarios, nos parece una opción tan digna de respeto como cualquier otra, por más que de primeras produzca alguna perplejidad.
Apuntando que la opción produce alguna perplejidad no pretendemos ofender al colectivos de los castos, al cual, por lo que dice en portada Mundo Deportivo, parece pertenecer Frenkie De Jong.
No, amigos. Frenkie no se toca. Nos parece (nunca insistiremos suficientemente en ello) profundamente respetable. De hecho, no podemos decir que nos extrañe si nos dejamos guiar por ese rostro angelical que parece denotar no solo que Frenkie ama a Laura pero esperará hasta el matrimonio, sino que se abstendrá incluso de aliviarse manualmente cuando la concupiscencia apriete. Según Mundo Deportivo, Frenkie observa el cumplimiento del sexto mandamiento en toda su extensión.
Nos parece bien, ya decimos, si bien nos permitiremos sugerir al por lo demás excelente centrocampista que la retención de determinados fluidos corporales durante más tiempo del estrictamente necesario puede causar tensiones pélvicas innecesarias, carraspera y sabañones en invierno, todo ello según médicos muy reputados aunque profundamente madridistas.
En cualquier caso, respeto ante todo. Hay que admirar a quienes apuestan por ir contracorriente, y no cabe duda de que quienes perseveran en la pureza pueden ser catalogados como tales. Ayer mismo (os lo juramos) “tocarse” era tendencia en twitter, no sabemos exactamente por qué. Tenemos pruebas de ello.
Y, sin embargo, De Jong, con el ademán impávido de un monje cisterciense, permanece alejado de la tentación, y sin necesidad de que nadie le ate las manos a la espalda como ya ha empezado a hacer Asensio para no cometer penalti. Nos cuentan que Frenkie es un acérrimo seguidor de Radio Futura, y no podemos sino alabarle el gusto.
Lo dicho: es una opción como otra cualquiera, y si bien estamos enteramente a favor de la libertad de prensa no entendemos porque el diario del conde de Godó, grande de España, considera imprescindible mantenernos al tanto de estos pormenores, tan personales.
De hecho, y según nos cuenta Sport, Lewandowski ha sentido hoy un prurito de vergüenza al ver en el quiosco la portada del otro diario barcelonés. No parece tener interés el polaco por la (no) vida venérea de su compañero. De ahí que le dé corte este engorroso asunto. “Vergüenza”. Lo entendemos.
Lewandowski sí que se toca, aunque sólo en la zona de las napias. No baja del ombligo. Su autoimpuesta restricción no le rinde cuentas, no obstante, por cuanto le han metido un palo de tres partidos. Intulerapla. Si le meten tres partidos a Lewandowski por tocarse las napias, ¿cuánto le meterían a De Jong por tocarse más abajo? Visto así, se entienden sus reticencias onanistas.
Os dejamos con el resto de portadas. Pasad un buen día, entregados en cuerpo y alma a la abstinencia sexual o a todo lo contrario. Si optáis por la segunda opción, celebrad el que Madre Natura nos haya dado la opción de derramar en tierra sin necesidad de ayuda externa. Diógenes lo dejó claro cuando le recriminaron que se tocara en plena calle. “Tocándome sacio mi apetito carnal. Ojalá pudiera saciar mi hambre palpándome el estómago”.
A cuenta de los incidentes del reciente Osasuna-Barcelona, el Comité de Competición ha sancionado a dos jugadores del Barça, a uno en vida y al otro allá donde esté.
A Lewandowski le han caído tres partidos por hacer un gesto despectivo (“usted esnifa”, “usted toma decisiones que apestan”, “a usted le huelen los pies”, qué más da) al colegiado, el mismo al que Piqué —el sancionado póstumo— insultó gravemente al término del choque. Se cagó en su puta madre, en la puta (siempre según Geri) madre del trencilla, así, literalmente, cuestión por la que se anuncia que le caen cuatro partidos. Cuatro partidos que Piqué se lleva al otro mundo. Uno más que Lewandowski, el vivo. Queda aritméticamente demostrado que un partido de fútbol puede ser cuestión de vida o muerte.
El polaco vivo cumplirá su condena (tres partidos de Liga en los que confío que su equipo le eche mucho de menos), pero el polaco fenecido no, por cuanto lo está (fenecido, metafóricamente, claro). Piqué se ha retirado, por lo que no pueden aplicársele sanciones. Quedan así sus cuatro partidos de sanción en el ámbito de lo simbólico, como los cuatro polvos que pensaba descerrajar aquel famoso empresario al que la Viagra le obró antes de tiempo y solo por vía cardiovascular. Que te sancionen después de (metafóricamente) muerto no tiene más que ventajas. Un encofrador levantino porfió en cometer cuantas sanciones de tráfico le dieran tiempo en 24 horas, solo para convertirlas en simbólicas vía su posterior suicidio. Una multa que llega en su sobre a la casa de un muerto es como una cuenta de Twitter que sigue ahí cuando el titular ya pasó al otro barrio, como su nombre formando aún parte de la lista de contactos en tu móvil. No lo quieres borrar pero no pasaría nada por hacerlo, como esas putamadreadas con las que Geri quiso despedirse del fútbol porque por qué no, por irse con un gesto a la altura de lo que ha sido, porque el insultar (como el saber) nunca ha ocupado lugar para él. Piqué no se ha ido al más allá pero sí lo suficientemente lejos como para que las multas no le alcancen. ¿Quién no firmaría un corazón que aún late pero ya no se acelera ante la perspectiva del poder coercitivo de los municipales o de la RFEF?
A cuenta de los incidentes del reciente Osasuna-Barcelona, el Comité de Competición ha sancionado a dos jugadores del Barça, a uno en vida y al otro allá donde esté
Para Rubi ha tenido que ser un alivio el que la sanción a su socio sólo pueda tener un carácter cosmético. Habría sido muy incómodo tener que meter la mano en el mismo bolsillo que otrora le llenó, o privarle de jugar partidos destinados a dejar al Barça en el lugar que ambos necesitaban para el negoci marchara. Al negoci tampoco llegan las sanciones. Que podría ser, eh. “Como usted se ha retirado, los cuatro partidos de sanción se canjearán por cuatro Supercopas arábigas sin facturar”. Pero no.
El período activo de un futbolista es el comienzo y el fin de su tiempo para merecer y desmerecer, pero también para purgar sus culpas. No así para recibir homenajes que suelen prodigarse al que fue por lo grande que fue. En el caso de Geri hasta eso se pone difícil, porque Geri solo fue grande en un ámbito muy concreto, que es el estrictamente futbolístico. No está mal, si se piensa. Poca gente reina en varios ámbitos, y los grandes futbolistas no tienen por qué ser también personas decentes. Hoy, por ejemplo, se ha sabido que Piqué, además de cagarse en las putas madres de los árbitros (putas siempre según Piqué), inyectó muchos millones de dólares en su FC Andorra tras cobrarlos de sus chanchullos con Rubi, que es justamente la persona que rige la competición en la cual juega su FC Andorra. Parece chungo, pero es natural. A la muerte le sucede exactamente lo mismo.
Eso sí, mucho nos tenemos (ay) que la faceta de businessman de Piqué no se rige por las mismas leyes que la otra, y que una eventual jubilación en ese apartado no supondrá, en cambio, la extinción de la obligatoriedad de cumplir con las sanciones que se le impongan. Lo que pasa es que tendrán que esperar, que estas cosas se cocinan en el palco del Bernabéu y por allí, hasta bien entrado el mes de enero, no aparecerá ni el proverbial Tato.
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