Aún a riesgo de recibir toda suerte de injurias, ser calificado de ignaro y enterrar cualquier resto de credibilidad como madridista, tengo una opinión muy clara sobre quién debe ser el reemplazo de Ancelotti una vez finalice su contrato e inicie su periplo como seleccionador de Brasil. Rectifico, no la tengo sobre quién debe ser, sino sobre quién no debe ser o, al menos, a quién no quiero ver ni en pintura.
Quien haya leído las cosas que escribo, habrá deducido que Zidane no se cuenta entre los entrenadores a los que venero. Si bien su primera época en el Madrid fue intocable, gloriosa e incontestable, su segundo advenimiento se me antojó innecesario. Aún a pesar de ello, tiene un lugar reservado en el Asgard madridista con todo merecimiento, tanto como jugador como en su labor como entrenador, mientras mis recelos se dirigen a otro morador de ese Olimpo, en este caso, y por ahora, sólo por los méritos contraídos sobre el terreno de juego.
No me escondo si digo que nunca idolatré a Raúl González Blanco aún a pesar de tener una primera mitad de carrera sólo a la altura de los elegidos. Comenzando por las apariencias, corría feo, y no me estoy refiriendo al cruel vídeo en que lo llaman “hijo del viento” por darse una carrera tribunera en pos de un balón al que nunca llegaría y al que jamás llegó. Raúl corría feo, entre giboso y ortopédico, por mucho que su sacrificio y espíritu fueran indiscutibles. Esa falta de estética le hacía parecer torpe, si bien nunca dejó de mostrar detalles de una clase técnica muy por encima de lo normal. El problema vino a partir de 2002 ó 2003. Florentino Pérez fichó a Ronaldo Nazario, el mejor delantero de la historia, y Raúl se vio un tanto desplazado, tanto por posición como por funciones. El brasileño era todo lo contrario que él: técnica superlativa, una potencia en carrera que le hacía constituir una estampida por sí mismo y una marcada tendencia a la dejación de funciones en cuestiones como la presión, la defensa o la intensidad a la hora de aplicarse en los entrenamientos, especialmente a la hora de mantener la forma. Aún a pesar de todo lo anterior, seguía siendo decisivo e imparable, pues no olvidemos que se trataba de un superdotado desde el punto de vista no sólo técnico, sino también físico.
No me escondo si digo que nunca idolatré a Raúl González Blanco aún a pesar de tener una primera mitad de carrera sólo a la altura de los elegidos. No engaño a nadie cuando digo que, en la época del Madrid galáctico, iba al Bernabéu a ver a Ronaldo, Zidane, Figo o Beckham, pero no a Raúl
Raúl no era un virtuoso ni nunca quiso serlo, era un tipo que destacaba por su inteligencia e instinto, sabiendo siempre dónde iba a ir un rechace. El tópico decía que no era un 10 en nada, pero era un 8 en todo, lo cual, extrapolado al mundo de la música, es como hablar de una Fender Stratocaster, la navaja suiza del guitarrista, la chica para todo, y algo había de cierto en ello. El problema vino cuando su físico, afectado por las consecuencias de tener un entrenamiento de deportista de élite cuando aún no había terminado su proceso de crecimiento, hizo que perdiera chispa y que, con 25 ó 26 años, su cuerpo empezara a hacerle moverse como un veterano. Tampoco le favorecía la comparación con jugadores de unas prestaciones técnicas muy superiores a las suyas que le rodeaban ni el ciclo negativo en el que se vio sumido el equipo. No engaño a nadie cuando digo que, en la época del Madrid galáctico, iba al Bernabéu a ver a Ronaldo, Zidane, Figo o Beckham, pero no a Raúl.
En cuestiones de carácter, Raúl no parece un tipo fácil. Todos nos tomaríamos una cerveza con Steve McManaman, con Roberto Carlos o con Ronaldo, pero el gesto hosco y mohíno de Raúl, así como una gestión inexistente de su imagen y relaciones públicas, no lo hacían un tipo carismático, circunstancia esta que estoy convencido que tuvo influencia decisiva a la hora de no ganar un Balón de Oro cuya concesión no podía ser más merecida y que, sin embargo, acabó en manos de Michael Owen.
La cuota de poder que Raúl fue aglutinando en el vestuario fue en aumento hasta convertirse en capitán en 2002 tras la no renovación, e insisto mucho en esto, NO RENOVACIÓN, no despido, de Fernando Hierro por una serie de diferencias con Jorge Valdano y que dio con el malagueño y con Vicente del Bosque fuera del club. Esa creciente influencia le hizo dar la impresión de tener mañas y formas de cacique en el vestuario, presuntamente vetando fichajes que pudieran hacerle la competencia y creando una camarilla de adláteres entre los que se encontraban Guti o Salgado, tipos con mucho peso dentro del equipo. Es célebre la anécdota de una pretemporada en la que, en un ejercicio de carrera continua, adelantó a toda velocidad a un grupo de canteranos que se lo estaban tomando con más calma charlando entre ellos mientras trotaban de manera despreocupada. La leyenda dice que les espetó algo parecido a “Si por mi fuera, os volvíais a Madrid ahora mismo”, afeando la falta de esfuerzo de los referidos jóvenes a la hora de realizar tan tedioso ejercicio. Hay quien considera que fue un gesto de liderazgo o de “animal competitivo”, mientras que, personalmente, me parece una maña de amargado veterano de los de colmillo retorcido, llámenme raro.
He mencionado que Raúl gestionaba de manera peculiar sus relaciones públicas, pero no dejemos de percibir que contaba con el apoyo de una notable parte de la prensa deportiva. Tampoco debemos olvidar que estamos hablando de una época en la que los periodistas, aunque menos de lo que creen y mucho menos de lo que les gustaría, tenían influencia en el equipo. Eran tiempos de ruedas de prensa diarias, de invitaciones a comer al asador de moda que, oh casualidad, siempre redundaban en una campaña de halagos o lisonjas de los periodistas agasajados en favor del jugador que, en cada comida, abonaba la dolorosa con el convencimiento de que una campaña de marketing en una agencia especializada habría salido mucho más cara que unos chuletones para los juntaletras de guardia y cuyo nombre nos imaginamos todos.
se acabó creando una percepción de Raúl como el madridistaverdadero, el guardián de las esencias que sentía la camiseta y demás tópicos vetustos que apestan a Brummel o Varón Dandy. Eso está muy bien, pero creo que todos queremos mucho al Real Madrid, y ese amor y entrega que podemos ponerle no constituyen carta de naturaleza para poder entrenar al primer equipo con un rendimiento conforme a las exigencias que la historia del Club impone
Todo lo anterior referido a la prensa y sus periodistas, acababa creando una percepción de Raúl como el madridistaverdadero, el guardián de las esencias que sentía la camiseta y demás tópicos vetustos que apestan a Brummel o Varón Dandy. Eso está muy bien, pero creo que todos queremos mucho al Real Madrid y ese amor y entrega que podemos ponerle no constituyen carta de naturaleza para poder jugar en el primer equipo con un rendimiento conforme a las exigencias que la historia del Club impone. Ese argumento choca frontalmente con el hecho de que Raúl, igual que Casillas cuando marchó al Oporto, vio complementada la ficha que percibía en su club de destino, por el Real Madrid hasta completar la cantidad en que estaban fijados sus emolumentos al momento de su marcha y que se prolongó por un número de temporadas idéntico a la cantidad de años que quedaban al contrato suscrito por el jugador y el club blanco. Eso no es bueno ni malo, si bien empiezo diciendo que, al menos en mi caso, no perdonaría un euro, pero, por favor, un poco de tiento a la hora de convertir a alguien en epítome del madridismo.
Finalmente, la trayectoria de Raúl como entrenador no tiene grandes hitos, más allá de seguir sin conseguir ascender a segunda división al Castilla. No sé cuánto de responsabilidad recae sobre él, cuánta sobre los jugadores o qué proporción es Negreirae Causa, si bien Zidane contaba con una experiencia magra y no hace falta recordar el resultado.
Añado como último dato, y, aunque baladí, para mí grave en extremo, es que Raúl, y creo que sigue haciéndolo, se refería a sí mismo en las ruedas de prensa en tercera persona, y eso no puede consentirse.
Cuando se habla de los peligros del verano, hay quien piensa de inmediato en aquellos relacionados con las olas de inclemente calor, o incluso en los que se derivan de marcharse de vacaciones a algún lugar de riesgo. Quiá. Este es un pensamiento superficial, prácticamente huero. El principal peligro del verano no procede de lo que hay, sino de lo que falta. El verano, como saben muy bien los niños, es ante todo una ausencia. A veces una ausencia de límites, lo que ya de por sí conlleva cierto riesgo. Pero también puede ser una ausencia de los estímulos cotidianos. Seguramente ustedes, madridistas que están leyendo esto, mes semblables, mes frères, saben, ay, a qué me refiero.
El otro día, tratando de ocupar las largas horas sin ese amigo que nunca falla, se me ocurrió hacer zapping por cadenas generalistas. Para quien no recuerde esta práctica, se trata de una costumbre antiquísima, del siglo I a. N. (antes de Netflix), con la que se podía acceder a contenidos audiovisuales gratuitos. Estos eran aproximadamente tan malos como la mayoría de los actuales, personalizados y de pago, pero tenían un carácter compartido antes que estabulado, de manera que le regalaban a uno algún tema de conversación en el incómodo instante de la máquina del café de la oficina, mientras se maldice entre dientes que el chorrito no caiga más rápido. En esta ocasión, la señal de televisión me devolvía una telenovela tras otra al cambiar de canal, hasta que de repente me topé con el rostro impasible de Kylian Mbappé, que explicaba no sé qué asuntos publicitarios en una rueda de prensa de hace meses. Otro culebrón más, pensé; aunque reconozco que a continuación subí el volumen. Ya hemos dicho que el verano es una ausencia, y uno de sus principales peligros es la necesidad de rellenarla con cualquier cosa.
Por otro lado, el mundillo del fútbol no es en absoluto ajeno a los culebrones. Todos tenemos en nuestra memoria la estampa de un Valdano arremangado a escasos minutos de la medianoche, o la de un Florentino negando tres veces antes de que cante el gallo, o la de una presentación feliz el 1 de septiembre. No obstante, la telenovela que tiene como protagonista al chico de Bondy ha superado cualquier límite anteriormente explorado. La combinación de ingredientes tan dispersos, entre los que se incluyen hasta condicionantes geopolíticos, convierte la trama en el culebrón de todos los tiempos. Y, por primera vez, no existe unanimidad entre el madridismo acerca del final deseado. Yo mismo, partidario acérrimo de su llegada, considero que los juegos y las idas y venidas de las temporadas anteriores merecerían una lección que le bajase los humos. Analizada desde un punto de vista poético, esta telenovela requiere de un momento catártico que se adorne con una melodía melancólica, a ser posible de Jacques Brel, el francés más francés de la historia -resulta irrelevante el nimio detalle de que naciera en Bélgica-. Hay quien no desea la llegada de Kylian al Madrid sin un acto de contrición previo por parte del jugador, y mi corazón de hincha se halla secretamente de acuerdo. Quizá sea el calor el que me haga desvariar, pero mi mente sueña con la posibilidad de ver salir de la boca de Mbappé la letra de Ne me quitte pas. Al fin y al cabo, la historia de la canción encaja como un guante: se trata de una composición del propio Brel a su amante Suzanne Gabriello -apodada, lo que son los azares del destino, Zizou (¡!)-, en la que se arrastra por el suelo y le pide perdón por ser un cobarde y no atreverse a abandonar a su mujer y huir con ella. La esposa, el marido, la amante, el miedo, la ambición, la incapacidad para renunciar a la cómoda existencia, el amor, la traición a las expectativas. Definitivamente, acabe como acabe este culebrón, su banda sonora tiene nombre. Además, la ambigüedad final permite asociarla a cualquier desenlace.
El principal peligro del verano no procede de lo que hay, sino de lo que falta. El verano, como saben muy bien los niños, es ante todo una ausencia. A veces una ausencia de límites, lo que ya de por sí conlleva cierto riesgo. Pero también puede ser una ausencia de los estímulos cotidianos. Seguramente ustedes, madridistas que están leyendo esto, mes semblables, mes frères, saben, ay, a qué me refiero
Afortunadamente, no todos los culebrones son tan intensos. Tras contemplar embobado la inane rueda de prensa de Mbappé, continué con la travesía por otros canales y, dejando atrás la languidez parisina, me sumergí en el colorido mundo de las novelas turcas. Me he informado sobre el tema y he comprobado que ahora son hegemónicas. No me extraña: a pesar de que apenas esconden la intención propagandística por parte del gobierno que las financia, estos productos turcos no adolecen de esa pesada carga de trascendencia que se adhiere a la piel peor que el calor. Pueden ser mejores o peores, más ocurrentes o más tópicas, más tendentes al drama o a la comedia, pero siempre ligeras, coloridas, plácidas. Como un fichaje que sale bien, sin tanta doblez interesada ni tanto recoveco: hola, buenas, quise venir al Madrid y aquí estoy. Veni, vidi, vici. Arda Güler, sin ir más lejos. Qué quieren que les diga, es de agradecer. Si el verano es una ausencia, anticipémonos al peligro y procuremos combatirla con finales felices mientras tanto. No desesperen, si hay algo seguro es que ya llegará el otoño. Y, lo que es aún más importante, la liga. Se lo prometo.
Buenos días, amigos lectores.
Ahí lo tienen, está en todas las portadas, hoy nos encontramos un denominador común en la figura de “nuestro” Carlitos Alcaraz, quien ayer mismo alcanzó la final de Wimbledon con brillantez y menos problemas de los esperados con el granítico Medvedev. En solitario o compartiendo portada, pero por su presencia está claro que el Portanálisis de hoy debe acercarse por un día al tenis y dejar un poco de lado el Real Madrid que suele copar nuestras alegrías y desvelos, ¿seremos capaces?
Hemos comenzado diciendo que Carlos Alcaraz es “nuestro” por ser español, de Murcia, de El Palmar, pero también por la profesión de fe madridista que ha hecho numerosas veces ya a lo largo de su corta y exitosa carrera. En cierto modo, podemos encontrar un paralelismo entre su peso en el circuito y el de ese otro gran ilustre madridista de éxito que es Rafa Nadal. Cuando los rivales se frotaban las manos porque la veteranía de Nadal (37 años) iba apartándolo de la primera línea de éxitos continuados, algo así como lo sucedido con los Benzema, Cristiano, Modric, Kroos, te llega un ciclón de 20 palos al número 1 del mundo. Qué desesperación, pensarán algunos, es como la irrupción de Vinícius, Camavinga, Rodrygo, Fede o (esperamos y deseamos) Bellingham y Güler.
Qué bien sienta el blanco, qué impoluta imagen transmite este color. En un mundo del deporte tan corrupto en ocasiones (ahí se asoman el fútbol y el ciclismo en la parte inferior de la portada), se agradece la tradición del All England Club de imponer la vestimenta blanca en sus instalaciones, quizás por su afán por transmitir al mundo una imagen de pureza del deporte sin la mancha que otros colores suelen llevar consigo. Con esa inmaculada estampa y un escudo del Real Madrid en el pecho, Manolo Santana se impuso en Londres en 1966, en lo que celebramos como un éxito más de la larga trayectoria de nuestro club.
Carlitos se señala el ojo como diciendo “mirad, fijaos bien, ojito”, y nos ha dado por hacer eso mismo: mirar en las portadas, bucear en ellas, tratar de fijarnos si aparecían por algún lado las noticias referentes a la sanción de la UEFA al Barça por manipulación contable del control del fair play financiero. Y la verdad es que no, no hemos encontrado una sola mención. Como tampoco hemos visto (y lo agradecemos) referencias a los bochornosos comentarios que la incontinencia tuitera del presidente de LaLiga, Javier Tebas, dejó ayer en las redes.
El presidente de la entidad que organiza el campeonato nacional debería ser neutral, imparcial, moderado, y no reaccionar como un Seitán de la vida cada vez que un periodista publica una noticia sobre su gestión.
La figura de Carlitos Alcaraz se agiganta en la portada de Marca, se triplica como ayer en la hierba londinense para alcanzar todos los bolazos de su rival. Alcaraz comparte espacio con el presidente del gobierno Pedro Sánchez, quien declara algo con lo que es difícil no estar de acuerdo: “El deporte no debería tener ideología”. Y así es, el deporte es sencillo, es afán de mejora y progresión, competitividad pura con las mismas reglas para todos, y los clubes no deberían entrar en si son de derechas o de izquierdas, ni fomentar campañas por la independencia o por otras cuestiones que no sean el propio deporte en sí.
Y los organismos deportivos están para facilitar que así sea, para que haya neutralidad y no favoritismos. El ministro del ramo, Miquel Iceta, se despachó hace unos meses sobre el caso Negreira diciendo que “no lo sigo muy de cerca”. Vaya por Dios, el mayor escándalo del deporte español en décadas y el ministro que debería preocuparse por ello afirma no estar muy al tanto de ello. Como suponemos que tampoco lo está del hecho de que el director general del Consejo Superior de Deportes hasta poco antes de que estallara el caso, Albert Soler, redactara una Ley del Deporte que contribuyera a salvar al club del que era vicepresidente apenas unos meses antes de tomar posesión del cargo.
El presidente Sánchez dice también: “Si lo dice la presidenta de la Liga F., seguro que podemos mejorar”. Pues yo le animo, tanto a él como al resto de candidatos, a que mejore los estamentos del deporte español, a que limpien de una vez los organismos infestados de tipos que hacen negocios con clubes, miran para otro lado cuando salta un escándalo, o tuitean como un adolescente para atacar a un club que lleva la “Marca España” a todos los rincones del mundo.
Por cierto, ni rastro de las sanciones de la UEFA al Barça y al Manchester United en la portada del Marca, ni del cachondeo que supone que el PSG o el City queden absueltos de toda posible infracción.
Espectacular foto en la portada del Mundo Deportivo: “Ciclón Alcaraz”. Y un titular incompleto en la parte superior: “Bernardo espera que el Barça se mueva… en los despachos”. Que es donde suele hacerlo para firmar palancas que computan, pero no se cobran, o modificar las normas de control financiero de LaLiga. Y terminamos con el diario Sport, el único que no lleva a Carlitos Alcaraz a la noticia principal del día.
Esperamos que los lectores entiendan que no nos apetezca hablar del Jardiner y de los nuevos juguetes rotos de la Masía, los otrora megacracks de talla mundial que deberán salir del club en breve junto a los jugadores de los salarios diferidos.
Que pasen un buen sábado, ojalá “nuestro” Carlitos Alcaraz pueda descansar bien todo el día. El partido de mañana huele a fecha histórica, a Día D y Hora H, al momento en el que un joven veinteañero derribe el muro serbio que arrasa el tenis mundial con la “lozanía” de sus 36 años. Es el momento de echar la puerta abajo, de decirle a Djokovic que “aquí estoy yo para marcar una nueva época”. Puritito Real Madrid.
Buenos días, amigos. O tardes. Esperamos que os hayáis acomodado sin mucho trauma a este horario más relajado que manejamos ahora en esta vuestra sección favorita. El estío trae consigo una relajación de las costumbres que moverían a la tranquilidad incluso a Chucky el muñeco diabólico, Jordi Alba (valga la redundancia) y otros grandes exponentes de histerismo.
Hoy os traemos mierda de la buena. Es un decir, claro. Resulta que el Barça ha presentado a Íñigo Martínez como nuevo jugador.
-Pero ¿no lo había presentado ya?
Nosotros también tenemos esa sensación, pero parece ser que no. Lo que tiene el Barça, en su proverbial afán propagandístico, es que pseudopresenta cuarenta y tres veces y media a sus fichajes, primero con la consabida foto en el Sport agarrando la camiseta, luego con el publirreportaje con el descubridor del futbolista loando sus talentos, después con el abrazo con Xavi (antes Xavi ya ha tenido su portada hablando del jugador), más tarde con la información confirmando que Tebas ha encontrado una falla en el cálculo de la masa salarial que nadie entiende pero permite la inscripción del futbolista, y finalmente con la presentación en sí. Muchas de estas fases se dan antes de que el jugador haya, de hecho, estampado su firma. En muchos casos, en efecto, no llega a estamparla jamás.
En el caso de Íñigo Martínez, voluntarioso central vasco curtido en convocatorias de Luis Enrique (pese a lo cual no dudamos que tenga algún talento), sí parece que hay firma fehaciente. Ayer lo presentaron, y cuentan las crónicas más chuscas que Laporta bajó al terreno de juego con él y le hizo un túnel. Las perspectivas, pues, son inmejorables.
Nos parece todo fenomenal. Bueno, casi todo. Que Íñigo (ya Iñi para los amigos, siguiendo la estela de Xavi, Pedri, Busi, Abi, Puyi, Gavi y tantos otros) mienta no nos gusta del todo. No es el mejor comienzo posible. ¿Qué es eso de que ha fichado pro “el mejor club del mundo”?
El “mejor” es una medida objetiva o que aspira a serlo. El mejor club del mundo es aquel cuyo palmarés es el más deslumbrante, y ese palmarés lo posee el Real Madrid, por mucha urticaria que por ahí fuera produzca la exposición de esta verdad diáfana. La grandeza (y con ella la condición de “el mejor”) se cifra fundamentalmente en la cantidad de Copas de Europa cosechadas, que para eso es con diferencia el más prestigioso de los títulos, y en ese apartado el Madrid da sopas con onda al Milán, el Liverpool, el Bayern y desde luego el Barça, que a lo largo de su centenaria historia ha logrado reunir las mismas que Isco. En cuanto a ligas españolas, también la entidad blanca posee más que la catalana, dándose además la circunstancia de que un buen número de los campeonatos nacionales logrados por los azulgrana están bajo la eterna sospecha del villanegreirato. ¿Cuánto valen de verdad las ligas arregladas bajo cuerda con el
estamento arbitral, por mucho que el Barça tuviera también jugadores de la calidad de Messi, Iniesta o Eto’o? Calidad. También Lance Amstrong tenía calidad.
De manera que Iñi no tiene ningún derecho a decir que llega al mejor club del mundo. No tiene ningún derecho a mentir. Puede decir que llega a su club favorito. Puede decir que llega al club al que quería ir. Puede decir (con los reparos del negreirato) que llega a uno de los grandes clubes de España, aunque sin Villar, Arminio, Negreira, Tebas, Rubiales y Roures sea en realidad poco más grande que el Valencia. Está en su perfecto derecho.
Pero desde esta humilde página le negamos la prerrogativa de mentir. Con todo el respeto. O sin él.
Por lo demás, Marca y As traen principalmente ciclismo, sin perjuicio de que el primero nos informe de que la plantilla del
Madrid se ha revalorizado en 400 millones en los últimos años.
Eso sí que es el mejor equipo del mundo, le pese a quien le pese.
Todo lo mejor, amigos.
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¡Mira, mira, miraaaa¡ La imperativa recomendación la pronunciaba Rakel, mi mujer, durante la celebración del primer encierro de las Fiestas de San Fermín, el pasado 7 de julio, cita televisiva a la que nunca faltamos, estemos donde estemos.
En la pantalla de la televisión, en la que enfocaban la bajada del callejón hacia la Plaza de Toros de Pamplona, aparecía un mozo de pantalones arremangados, luciendo gemelos y ceñida camiseta del Real Madrid, corriendo delante de los astados, con el pitón de un toro de La Palmosilla, literalmente pegado a su espalda. Fueron unos segundos, pero los que saben de encierros y de toros aseguraron que la carrera con el pitón rebañando espalda y prolongado en el tiempo es uno de los momentos de los ‘sanfermines 2023’.
Desde ese día, todas las mañanas, el mozo de la camiseta del Madrid ha estado presente en el mismo punto del encierro, corriendo el último tramo, desafiando a los astados de Jandilla, Cebada Gago o Miura arrimándose sin pudor, sin miedo y luciendo escudo madridista en Pamplona, una de las plazas históricamente más difíciles para el Real Madrid.
El mozo protagonista se llama Juanpe Lekuona, algo que descubrimos el último día del ciclo festivo , navarro de nacimiento, y resulta, para los que no somos entendidos en el mundo de los encierros, que es un corredor habitual, conocido y respetado por todos por su forma de entender los encierros, respeto en carrera y valentía delante de la cara de los toros. Incluso, en el encierro de los Miura, fue el protagonista en el set de RTVE, donde lució el escudo del Madrid delante de las cámaras en ‘prime time’ mañanero.
Toros y Pamplona, una combinación que pondría los pelos de punta a cualquier madridista, pero donde Juanpe, seguramente sin ser consciente de ello, ha establecido magisterio y marcado el camino a la plantilla del Real Madrid en la temporada que está a punto de comenzar.
Cuando, a los nuevos jugadores del primer equipo, recién incorporados a la plantilla a las órdenes de Carlo Ancelotti, les expliquen lo que es y lo que significa el Real Madrid, les pueden poner el vídeo de las milagrosas remontadas de la Champions League de hace dos temporadas ante Manchester City, Chelsea o Paris Saint Germain, o también aquellos partidos ante el Anderlecht , Borussia o Inter de Milán en los años ochenta, tiempo en el que se gestó la leyenda del ‘Miedo Escénico’, pero también pueden proyectarles el vídeo de Juanpe Lekuona, corriendo en el callejón de Pamplona, feudo históricamente fiero y muy difícil para el Madrid, con el pitón de un toro de La Palmosilla empujando literalmente su carrera.
Ese momento puntual es la esencia del madridismo: no perder nunca la cara al rival, con respeto, no eludiendo el contacto ni la lucha sin cuartel, aunque tu contrincante te supere en ‘kilos’ y potencial, no derrumbarte ni obligarte a bajar los brazos.
Ese toro sobrado de fuerza, metafórico símil de los clubes estado que compiten en el fútbol actual, con potencia financiera sin fin, no pudo con Juanpe, el madridista de San Fermín, que, sin quererlo, ha marcado el camino al equipo esta temporada: siempre adelante, sin rehuir el choque y la lucha.
Empieza en breve una nueva temporada, pero en San Fermín el Madrid ya ha marcado el primer gol. Juanpe ha señalado el camino.
Nos referimos, por supuesto, a Don Luis Suárez Miramontes, no a su penoso homónimo uruguayo, especialista en el juego de codos y en el vampirismo.
Se nos fue hace unos días un grande de los de verdad, el único jugador español nacido en España capaz de lograr el codiciado Balón de Oro de France Football, en 1960 (recordemos que nuestro Alfredo Di Stéfano logró previamente, en 1957 y en 1959, otros dos galardones ya como ciudadano español, ya que hasta 1995 tan solo los futbolistas europeos podían optar a conquistarlo, de ahí que, por ejemplo, ni Pelé ni Maradona se hicieron con este trofeo).
Posiblemente, el Balón de Oro de 1960 podía haber sido el tercero de Don Alfredo, o el primero (y único) de Ferenc Puskas (recordemos los 4 goles del hispano-húngaro en la final de la Copa de Europa ante el Eintracht de Francfort), pero tras 3 años de dominio madridista (con el logrado por Raymond Kopa en 1958), la revista francesa posiblemente quiso premiar a algún jugador de otro equipo, y Don Luis se llevó el ansiado trofeo a casa tras una temporada en la que el FC Barcelona se llevó la liga española 1959-60, tras empatar a 46 puntos con el Real Madrid y por diferencia de goles.
Se nos fue hace unos días un grande de los de verdad, el único jugador español nacido en España capaz de lograr el codiciado Balón de Oro de France Football, en 1960
En cualquier caso, Don Luis (o “Luisito” como él mismo declaró muchas veces le gustaba ser llamado), sí que tenía que haber conquistado el Balón de Oro en 1964, tras conquistar aquél año la Copa de Europa (ante el Real Madrid en Viena por 3-1) y la Eurocopa de selecciones nacionales, al derrotar España a la Unión Soviética en el estadio Santiago Bernabéu por 2-1, con el célebre gol de Marcelino, de cabeza, al gran meta Yashin. Nadie se explica cómo en aquella edición del galardón fuese nombrado ganador el buen delantero escocés Denis Law, ya que ni siquiera ganó ese año la liga inglesa su club, el Manchester United. Luisito, como en 1961, tuvo que conformarse con la segunda posición en la puntuación del entonces semanario francés.
Tras su notable paso por el Coruña (antiguamente nadie lo llamaba Deportivo), Suárez fue fichado por el equipo catalán en 1954, con 19 años, y permaneció allí 7 temporadas. Llegó en plena etapa de esplendor del Barça de Ladislao Kubala, que venía de ganar 3 Copas de Generalísimo seguidas (1951 a 1953) y dos ligas (51-51 y 52.53), con los célebres Ramallets, Biosca, Segarra, Gonzalvo III, Basora, César, Manchón y compañía. Kubala era un dios absoluto en Barcelona y todos los historiadores coinciden en que fue por él por lo que el estadio de Les Corts se quedó pequeño y se emprendió la construcción del Camp Nou, que fue inaugurado en 1957.
Enseguida chocaron Kubala y Suárez en el equipo. No personalmente, por supuesto, ambos siempre presumieron de tener una exquisita relación personal, pero sí sobre el terreno de juego. Los “kubalistas” le silbaron casi desde el principio, lo que conllevó a que los primeros años como azulgrana fueran tremendamente complicados para Suárez, que incluso fue cedido en la temporada 1954-55, a un equipo barcelonés de la Segunda División, el España Industrial.
Realmente, la primera campaña en la que Luisito fue titular fue la 58-59, 4 años después de aterrizar en la Ciudad Condal, en la que ya jugó casi 40 partidos. En las 3 temporadas anteriores, los diferentes entrenadores (Platko y, sobre todo, Domingo Balmanya) apenas le hacían jugar en los partidos de casa, ya que los silbidos y las broncas eran constantes contra el coruñés, mientras que sí jugaba habitualmente los partidos fuera de Barcelona. Recordemos que Ladislao Kubala fue titular prácticamente indiscutible desde 1950 hasta su salida del FC Barcelona 12 años después, en 1962. Y finalmente fue Helenio Herrera quien logró hacerles jugar juntos en las 2 temporadas (58-59 y 59-60) en las que estuvo al mando de los culés, conquistando dos ligas ante el todopoderoso Real Madrid de las 5 Copas de Europa consecutivas.
Luis Suárez no llegó nunca a ser plenamente feliz vestido de azulgrana, y lo contó en múltiples ocasiones en entrevistas más o menos recientes. En la selección española, en cambio, sí que se le respetaba y apreciaba, primero como delfín de los líderes de la selección, en particular de Di Stéfano – al que adoraba, fue precisamente Don Alfredo el que le apodó “el Arquitecto” – y Paco Gento, y posteriormente como líder indiscutible desde 1962, por delante de Amancio, Del Sol, Peiró, Zoco y Collar.
En una entrevista que le hizo Paco Grande durante la pandemia de 2020, Luisito confesó que “¡ojalá!” lo hubiera fichado el Madrid, lo hablaba a menudo con Alfredo en las concentraciones con la selección, sabiendo que aquello iba a ser por siempre una quimera, ya que el Barcelona jamás lo habría permitido.
Quien no perdió la ocasión de “llevárselo” fue precisamente el mago HH, Helenio Herrera, que. tras ganar la 2ª liga consecutiva con el Barcelona, fue fichado por el Inter de Milán, y su primera petición fue el fichaje del delantero gallego, por un traspaso galáctico por aquel entonces: 25 millones de pesetas. El Madrid, además del impedimento del FC Barcelona, jamás podía haber pagado dicha cantidad, ya que empezaba a sufrir problemas económicos que, entre otros asuntos, le hicieron vender al poco tiempo a Luis del Sol al fútbol italiano, concretamente a la Juventus de Turín.
Luisito confesó que “¡ojalá!” lo hubiera fichado el Madrid, lo hablaba a menudo con Alfredo en las concentraciones con la selección, sabiendo que aquello iba a ser por siempre una quimera, ya que el Barcelona jamás lo habría permitido
Vaya pues nuestro sentido homenaje y reconocimiento a una gran figura del fútbol mundial, más reconocido y laureado en Italia (estuvo 10 años en el Inter, ganando 2 Copas de Europa entre decenas de títulos más, y acabó viviendo allí hasta su muerte), maltratado por parte de su afición en Barcelona, y también por la prensa patria, que, como en otros casos (Pepe Santamaría, Vicente Miera…), se cebó con él en su corta etapa de seleccionador nacional en el Mundial de 1990, jugado precisamente en Italia. A muchísimos viejos socios de nuestro Madrid les hubiera gustado ver de blanco a Don Luis Suárez Miramontes, para recoger el testigo, quizás, de Héctor Rial, y para haber formado parte del ballet blanco de las 5 Copas de Europa. Nuestro respeto y admiración para una leyenda inolvidable.
Hola, amigos. Bienvenidos a este portanálisis casi vespertino. Disculpareis nuestra informalidad. O no. Es lo que hay, en todo caso. Con nuestra informalidad pasa como con el hecho de que haya que seguir jugando la liga como si no supiéramos que el Barça se ha comprado el estamento arbitral durante al menos veinte años, como si aquí no hubiera pasado nada, vamos. Lo tomas o lo dejas. Son lentejas, como decían nuestras abuelas en rima facilonga cada vez que dicha legumbre se posaba sobre la mesa familiar, en número de centenares y acompañada frecuentemente por morcilla, tocino y Jan Laporta.
Desde que supimos lo de Negreira, pero muy especialmente en las últimas semanas, estamos asistiendo a un espectáculo patético: el de los medios anti (incluyendo cuentas de twitter y YouTubers culers de la peor especie) tratando de encontrar en el Real Madrid algo chungo que les permita ventilar el negreirato (y el resto de los numerosos escándalos blaugranas) con un “¡Y tú más!” o por lo menos un “¡Y tú igual!”
Son enternecedores. Buscan y rebuscan en los bolsillos, buscan y rebuscan en la hemeroteca, en los vídeos de Seitan y otros prohombres, en busca de algo que se asemeje a la enormidad del BarçaGate y que permita apuntar hacia el Madrid con el ventilador, en la esperanza de que la mierda pueda alcanzar al Madrid. Esa es su ilusión, dado que la de sacar a su club del pozo del mas absoluto descrédito es ya una ambición inalcanzable.
En el marco de ese intento de poder gritar “¡Empate!”, con la excusa de cualquier tontería que pueda igualarse con la gravedad de lo suyo en su mente calenturienta, hay que situar los ridículos intentos de algunos por que haga fortuna la especie de que el Madrid ha sido beneficiado “a dedo” por el ayuntamiento en la concesión de la construcción de unos parkings cercanos al Bernabéu. Antonio Vázquez ya ha desactivado la tontería en La Galerna.
Ayer mismo llegó otra chorrada del mismo cariz al ámbito de lo público, y esta vez no la trajo ningún medio ni tuitero español, sino ni más ni menos que el Telegraph británico. Como veis, no todo consiste en hacer ver que el Madrid empate en corruptelas con el Barça, como infructuosamente tratan de hacer los medios medios nacionales, sino de hacer ver que el Madrid empata también en triquiñuelas con el Manchester City, flamante campeón de Europa, así como flamante ostentador de 117 expedientes de incumplimiento del fair play financiero que ha merecido el siguiente escrutinio por parte del Telegraph:
Esa (es decir, ninguna) ha sido la atención mediática que el Telegraph ha dispensado a las continuas pasadas por el arco del triunfo del fair play financiero por parte del equipo del Pepjeque. Sin embargo, se han creído que lo que sigue es una noticia relevante a efectos de lograr el empate en inmundicia que buscan.
Como veis, la cosa consiste en un titular sonoro tras el que luego, en el interior del texto, se reconoce con la boca pequeña (que en periodismo escrito es letra pequeña) que el Madrid no está cometiendo ilegalidad alguna, y que donde se dice que el Madrid “no responde” sobre ese desajuste quiere decir que no responde al propio The Telegraph, cosa por lo demás normalísima.
-Dígame.
-No, dígame usted. Dígame en qué ha gastado esos 122 millones.
-(…) ¿Qué 122 millones? ¿Quién es usted, por otro lado? ¿Ceferin? ¿Infantino?
-John Smith, del Telegraph.
-¿Y por qué debería yo explicar a un señor del Telegraph el detalle de mis gastos? Serán un cobrecoste de las obras de mi estadio. O será lo que me dé la gana.
-Entonces, ¿no podemos poner que ha empatado usted con los 117 cargos de incumplimiento del fair play financiero de nuestro City? Es que tenemos muchas ganas de ponerlo.
-Déjenos en paz, oiga.
-No responde, ¿eh? Usted verá. Pondremos como titular que “no responde” y la gente interpretará que se resiste a dar explicaciones a alguna autoridad que les está haciendo esa pregunta.
-Pero nadie nos está haciendo esa pregunta. Solo usted.
-CLINK.
-Oiga…
Y así está el tema, amigos. EMPATE.
Por lo demás, la prensa patria viene aburridísima, como corresponde a este momento del año.
Abrazos.
En los últimos años, Twitter Real Madrid ha acuñado el término niños-cracks para nombrar a todos esos muchachos, prácticamente adolescentes, que parecen diseñados en un laboratorio de lo buenos que son. Para los chavales que nacimos y crecimos en los ‘90s, nuestros niños-cracks se nos antojan dibujos animados de Oliver y Benji.
Personalmente, asisto anonadado al crecimiento exponencial de estos magos del balón. Rodrygo Goes es uno de nuestros niños-cracks. A sus 22 añitos ya ha justificado su fichaje de largo. Sus noches europeas nos han dado gloria bendita. Este niño brasileño es oro puro, macizo y legal. Mi admiración por él y su fútbol es máxima pues muchos de nosotros hubiéramos dado la vida entera por experimentar un centímetro de la gloria eterna que ha alcanzado ya Rodrygo vistiendo la elástica del Real Madrid.
Natural de São Paulo, Rodrygo Silva de Goes está llamado a ser una pieza central de este nuestro Madrid. En los próximos años, buena parte del quehacer del ataque merengue pasa por sus botas. Ya sea escorado a la banda izquierda o por la derecha, Goes ha asombrado al mundo con su finísima delicadeza técnica o con la aparente fría decisión en el regate cuando el contrario brama en tu nuca y solo una genialidad futbolística puede lograr que te zafes de él. Tal vez sea cuando más centrado está cuando más disfruta. De falso nueve, da gusto verle jugar.
Desde la marcha de Benzema, todos los focos apuntan a él. El jovencísimo brasileño ha de dar un paso hacia adelante. Es difícil su cometido pues muchos son los llamados a la gloria pero pocos son los elegidos. En este cambio de ciclo en el que los noveles asumen el lugar de los veteranos, me parece bastante significativo que Rodrygo sea el nuevo 11 del equipo
No obstante, más allá de sus virtudes técnicas, alabaría su fortaleza mental, pues no es fácil asumir tanta responsabilidad en momentos tan difíciles. Y si no que se lo pregunten a Pep Guardiola. El Filósofo de los Emiratos Árabes llevará siempre clavados aquellos dos goles en dos minutos. Aquella vuelta de semifinales de Champions jamás se le borrará ni a Pep ni a la afición del Manchester City. Sin el concurso decisivo de Rodrygo, no hubiésemos llegado a la gran final de Saint-Denis ni Vinicius, hubiera podido anotar ese gol que tantos miles de madridistas por todo el orbe celebramos con orgullo. Y en Liga, pues igual. Esos teóricos minutos del furgón de cola que disputa saliendo desde el banquillo son tan importantes como los 90 minutos de cualquiera del 11 inicial. Pues, como bien sabe el aficionado, salgas cuando salgas a jugar, lo importante es dejarse la piel en el campo y encarar el partido con sentido.
Y además, ahora ha de suplir a monsieur Benzema. Tarea homérica. Desde la marcha de Benzema, todos los focos apuntan a él. El jovencísimo brasileño ha de dar un paso hacia adelante. Es difícil su cometido pues muchos son los llamados a la gloria pero pocos son los elegidos. En este cambio de ciclo en el que los noveles asumen el lugar de los veteranos, me parece bastante significativo que Rodrygo sea el nuevo 11 del equipo. Históricamente el 11 es el jugador escorado a la banda izquierda, el extremo izquierdo diríamos los buenos aficionados. Y si bien Goes se siente cómodo partiendo desde ahí para entrar como cuchillo en mantequilla al área, y chutar con precisión tras regatear a diez mil defensas con peor leche que Jordi Alba, nuestro nuevo 11 está previsto que haga las labores del falso nueve. A falta de un fichaje de última hora, Mbappé el deseado, o el aterrizaje de Endrick con la mayoría de edad, el 9 será el 11. Confieso que en este baile de números y de conceptos futbolísticos no me siento cómodo. A mí me lo que me gustan son los 9 de toda la vida de Dios, tipo Erling Haaland, un killer total del área. Sin embargo, el 9 será Rodrygo y tampoco me parece mala alternativa. Al contrario, es una solución buenísima e imaginativa de Ancelotti. Carlo Ancelotti es un hombre de fútbol que conoce bien a sus jugadores. Don Carlo ve meridianamente claro que Rodrygo es su hombre para suplir a Karim Benzema y yo le creo.
¿Cómo no voy a creer ciegamente en un sabio como Don Carlo? Bajo la batuta del técnico italiano, nuestros jugadores más jóvenes han crecido enormemente. También Rodrygo. La pasada temporada fue fijo en el once. Su innegable crecimiento en las últimas cuatro temporadas y la baja forma de Benzema tras un rosario de lesiones, le afianzaron en la delantera. Ahora se le presenta la gran oportunidad de su carrera: afrontar toda una temporada como referente en el ataque del Madrid. Contará arriba con su socio y amigo Vinicius, ambos conforman una dupla de oro. Seamos felices y gocemos del buen fútbol de nuestros niños-cracks.
Qué tiempos aquellos en los que fichar molaba. Aún los recuerdo, aunque ya ciertamente borrosos por los muchos años transcurridos. La edad no perdona a nadie, ya se sabe. Echando la vista muy atrás, creo rememorar que hubo un verano en el que el barcelonismo celebraba con euforia cada llegada de una nueva incorporación a su disciplina. Si bien es cierto que algunos de ellos eran futbolistas de bastante renombre, también se recibió con orgullo, algarabía y cierta rechifla hacia los grandes rivales a otros jugadores mucho menos talentosos y que salieron (o se les intentó sacar) del Camp Nou rápidamente. Poco importó que hubiera que vender activos para reclutar caras nuevas; la ilusión y el afán por competir de inmediato lo eran todo, así que reforzarse era una necesidad indiscutible y el coste de hacerlo, una consecuencia mínima e inevitable. Ese credo se abrazó como un discurso oficial a nivel mediático. La foto de la firma, la presentación, la camiseta serigrafiada con el nombre sobre el dorsal, todo era una verdadera maravilla que contrastaba con la tristeza del otro lado de la trinchera, sin apenas novedades que llevarse a la boca. Los triunfadores del verano sacaban pecho como si se hubieran llevado todos los títulos de la próxima década de forma anticipada. Sí, todo aquello sucedió en el lejano periodo estival del 2022.
Este verano en cambio, hacer grandes fichajes se ha convertido en una práctica pérfida, que antepone el vil metal a los nobles sentimientos y que convierte a quien lo hace, aunque sus recursos propios lo permitan, en un malvado club estado. Eso dicen del Real Madrid, a pesar de que nunca una tele pública haya comprado sus derechos muy por encima de mercado para sufragar fichajes (TV3 y Telemadrid así lo hicieron con otros clubes), sin tener ni un metro cuadrado de suelo público a su disposición, y reformando por completo su estadio con dinero prestado por bancos a un interés bajísimo, conscientes de que recibirán cada uno de los pagos correspondientes sin demoras, diferimientos o refinanciaciones. Ser cigarra vuelve a no estar de moda; la tendencia este año es el negro hormiga. También se ha recuperado de repente la preocupación por el número de hospitales que se podrían haber construido de haber destinado el dinero de los fichajes de un solo equipo muy concreto a este menester. Aunque no me cabe ninguna duda de que si el Real Madrid decidiera erigir un hospital con sus propios fondos, esto también sería criticado.
Desde el Bernabéu se convence a los nuevos jugadores siempre por dinero y nunca por proyecto deportivo. En cambio, en otros equipos que han llegado a tener su masa salarial por encima de sus ingresos, los fichajes llegan indefectiblemente perdonando grandes cantidades económicas, enamorados de la filosofía de juego y dispuestos a recibir su salario en lingotes de amor. Nunca hubo un caso más flagrante y repetitivo de disonancia cognitiva.
El ciego empeño en emplear el término club estado refiriéndose al Madrid es muy común entre los antis, incapaces o indecentes al obviar su verdadero significado. No, que un equipo fiche y se gaste mucho no le otorga la categoría de club estado. Es ciertamente ridículo estar repitiéndolo a estas alturas, pero el Real Madrid genera sus propios recursos económicos. No existen patrocinios ficticios, ni se recibe financiación pública de ninguna índole. Además, los blancos sí venden futbolistas que les interesan a nivel deportivo cuando llega una gran oferta, como operadores normales del mercado. Mientras, otros presumen de no tener la necesidad de respetar la lógica a la hora de hacer caja con traspasos. Sin ir más lejos, hace muy poco el presidente del club más endeudado de Europa se vanagloriaba de negarse a aceptar ninguna propuesta por los mejores futbolistas de su plantilla.
El ciego empeño en emplear el término club estado refiriéndose al Madrid es muy común entre los antis, incapaces o indecentes al obviar su verdadero significado. No, que un equipo fiche y se gaste mucho no le otorga la categoría de club estado. Es ciertamente ridículo estar repitiéndolo a estas alturas, pero el Real Madrid genera sus propios recursos económicos. No existen patrocinios ficticios, ni se recibe financiación pública de ninguna índole
Muchos idiotas repitiendo una idiotez no la van a convertir en una verdad, aunque en el imaginario de su idiocia todas estas tonterías y unas cuantas más convierten al Madrid en el supervillano perfecto. Quizás deberían preocuparse más de lo que tienen en casa, de la ruina que asola a una inmensa mayoría del fútbol español. En sus despensas apenas quedan telarañas, pero siguen obcecados en criticar lo que engulle el objeto de su obsesión, aunque este no tenga problema alguno de suministro alimentario. Demonizan y no valoran siquiera imitar al que demuestra brillantez en su gestión.
Existe un nivel inferior aún en cuanto a argumentaciones absurdas, el de los genios que vinculan los negocios personales de Florentino Pérez o de ACS, el gigante empresarial que preside, con el Real Madrid. Solo cabe explicarles que no ha existido jamás un trasvase de dinero entre las dos entidades que lidera Florentino. Las cuentas del Madrid son públicas y están a la vista de cualquiera con interés real en estudiarlas. Por otra parte, los accionistas de ACS ya habrían protestado o incluso denunciado de haberse producido transferencias económicas desde su empresa al club. Y no lo han hecho simplemente porque no ha ocurrido. De hecho, la mayor constructora de España, la que está edificando un dique para submarinos en la base estadounidense de Pearl Harbor o el estadio de los Buffalo Bills de la NFL, se abstrae directamente de presentarse a los concursos que tengan que ver con el Madrid, aunque legalmente podría hacerlo.
Incluso han intentado enfangar la noticia de una propuesta cuyo coste asume íntegramente el Real Madrid, pero beneficiará a la capital de España. Ante la posibilidad más que plausible de que el nuevo Bernabéu multiplique los eventos en la zona, y con ello la afluencia de público, el club madridista propuso al ayuntamiento la construcción de dos parkings en la zona de Castellana y Paseo de la Habana. A cambio de asumir el coste íntegro del proyecto (se estima que 561 millones de euros), el Madrid pidió que quien llevara a cabo la obra se quedara con la concesión de esos aparcamientos durante 40 años. La obra se licitó en concurso público, como corresponde, y la entidad capitalina obtuvo un 10% más de puntos como promotor de la idea original. Ningún otro competidor se ha presentado al concurso, y el ayuntamiento ha adjudicado la obra al Madrid. Como nadie más ha concurrido a esta licitación, los relatores de siempre han concluido que era un pelotazo a dedo, cuando no han alentado sospechas de amenazas a otros posibles constructores. La realidad es que por la complejidad de la obra y su montante, es complicado llegar a amortizarla, incluso en cuatro décadas. Las previsiones más optimistas limitan el beneficio a entre dos y cinco millones de euros anuales, pero es bastante posible que se acabe perdiendo dinero en llevar a cabo este proyecto. Y por eso nadie más quiere asumir ese riesgo. En cuanto al Madrid, lo emprende porque considera esa estructura esencial para poder explotar más y mejor su estadio. Por el camino, la ciudad de Madrid se llevará sin coste alguno dos aparcamientos, uno de los cuales tendrá plazas fijas para residentes y servicios como dársenas para autobuses escolares, puntos de recarga eléctricos o zona de parada para repartidores. Es decir, el barrio se beneficiará (una vez más), de actuaciones que afronta el club blanco con sus recursos.
Al final todo se resume en una práctica más que habitual cuando se trata de opinar sobre el Real Madrid. Hay que usar cualquier recurso, hasta el más grotesco y falaz, para no reconocer su superioridad. Ese relato, construido metódicamente mentira a mentira es lo único que les queda a los antis; la historia y los títulos les desmienten y el futuro les aterra.
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Sin que se enterase nadie hasta un día antes, el Madrid fichó a una promesa del fútbol turco y lo presentó acto seguido en el Bernabéu, en un emotivo acto que fue seguido masivamente en aquel gran país del Mediterráneo oriental. De Arda Güler sólo sé que tiene 18 años y que es, además de turco, zurdo, lo que hace pensar inmediatamente en Mesut Özil, el turco nacido en Alemania que levitó sobre el Bernabéu hace ya una década y que se fue una tarde de finales de verano dejándonos un agujero en el alma a los estetas. En la presentación de Güler lloró su madre y lloraron sus compañeros del Fenerbahçe. El muchacho mencionó a Özil, a Cristiano y a Guti. Con un sólo tuit, el del Madrid anunciando su contratación, Turquía ganó más en reputación exterior y publicidad nacional que en un lustro de producción y distribución masiva de telenovelas.
Arda Güler es el cuarto turco que juega en el Madrid aunque, en puridad, es el único nacido en Turquía. Los otros tres, Özil, Sahin y Altintop, nacieron en suelo alemán, aunque sólo Özil defendió los colores del país que acogió a sus padres: cuando lo fichó el Madrid, una de las primeras peticiones de Mourinho, había ya brillado en una Copa del Mundo, llegando con Alemania hasta semifinales, exhibición sobre Argentina incluida. Curiosamente, los tres turcos que preceden a Güler en la historia del Madrid jugaron juntos durante una temporada, aunque sólo Özil, objetivamente, triunfó de blanco: Sahin y Altintop ganaron con él la Liga de los Récords, aunque su contribución fue testimonial mientras que, con el 10 a la espalda, Mesut holló cumbres artísticas inexploradas en la tradición estética madridista.
Güler hace pensar en Özil y Özil, cuando llegó, hacía pensar en Zidane. Ambos nacieron en Europa pero pertenecen a dos razas de hombres de las montañas que comparten un perfil escuálido y felino ideal para ese fútbol armónico, ligero y musical, etéreo, como una danza, que en Benzema, años después, alcanzó su forma más pura. Precisamente con Benzema, que es el heredero espiritual de la cinética zidanesca, congeniaba Özil de maravilla: a Karim le dio los mejores pases de toda su carrera, que quedó reducida y concentrada en sus tres años en el Madrid como en un frasco de esencias.
El Özil del Madrid fue el último fantasista de una Europa decadente donde la fuerza y la presión le ganaban ya la partida a la pausa. El 4-2-3-1 parecía hecho para él: un príncipe escoltado por pretorianos y brigadas motorizadas, con la bombilla del área del rival servida a placer para que él, calzado con mocasines de terciopelo, bailara por ella como por el gran salón de un palacio. Pero con Mourinho tuvo que trabajar pegado a la banda, en los días machos, cuanto tocaba fortificar el pasillo interior. Entonces su innata conducción arrabalera transformaba el carril en un descampado gris de Gerserkirchen por donde culebreaba entre adversarios como queriendo huir de aquel suburbio industrial de la cuenca del Ruhr donde tuvo que criarse. La fuerza de Özil estaba en los tobillos, cuya elasticidad sólo puede ganarse en las calles, jugando a matar las tardes transmutando mohosas pistas de fútbol-sala en glamurosos estadios de fútbol llenos a rebosar de fans coreando su nombre.
En Italia se inventaron ese nombre, el de fantasista, para llamar a los que eran capaces de manifestarse de improviso, es decir, de aparecerse como un dios antiguo, en mitad de un bloque de hormigón, y romperlo en mil pedazos, con un golpe de tobillo. Özil frenaba la posesión eterna del Barcelona de Guardiola acaparando el balón, sin espacio, como uno de esos espadachines que entretenía a seis enemigos a la vez con su acero -la mano desocupada siempre en la espalda, en grácil escorzo cinematográfico- mientras que los otros tres mosqueteros se abrían a sus costados esperando el pase con el que herir a la bestia. Era en esos asaltos a vida o muerte donde Özil suspendía el tiempo en un giro interminable, tras el que se colgaba el Madrid de Mourinho con la convicción del que se adentra en territorio enemigo sabiendo que su pellejo vale lo que tardase Busquets en quitarle la pelota. Özil miró a la cara a Iniesta y Xavi, precursores de ese fútbol nuevo y letal, híbrido de presión y técnica perfecta, cuyos sucedáneos anegan hoy todavía el fútbol de élite. Logró empequeñecerlos flotando sobre el Camp Nou como una balandra en mitad de la tormenta, hallando siempre el momento preciso para cerrar la lazada en torno al cuello del gran ogro con un envío quirúrgico al hueco libre. En aquellos pasos de claqué residían todas las esperanzas del Madrid de derrotar al Golem: el arabesco imposible, la trascendencia a partir del primer toque.
Güler hace pensar en Özil y Özil, cuando llegó, hacía pensar en Zidane. Ambos nacieron en Europa pero pertenecen a dos razas de hombres de las montañas que comparten un perfil escuálido y felino ideal para ese fútbol armónico, ligero y musical, etéreo, como una danza, que en Benzema, años después, alcanzó su forma más pura
Escribió Borges que “todo sucede por primera vez: el que abraza a una mujer es Adán. El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego. El que juega con un puñal presagia la muerte de César. El que duerme es todos los hombres”. Arda Güller es un niño turco que juega con la bola pegada al pie izquierdo como si llevara velcro, por lo tanto es Özil. No voy a mentir, apenas he visto dos vídeos de “skills” en Youtube y ya me he hecho una composición de lugar. Parte de la banda hacia adentro, amaga infinitamente y es capaz de clavarla en el ángulo, como dicen los argentinos, suficiente para evocar también a Robben, a Di María, incluso a Messi. Pero la nostalgia es una noria peligrosa, como avisaba Don Draper. El Madrid, urgido por los tiburones del petróleo, tiene que comprar a las estrellas del futuro siendo todavía pequeñas promesas. El cálculo implica un riesgo, como ya hemos visto en otros: Reinier, Kubo, Odegaard, Brahim, no todos han sido Vinicius ni Rodrigo, las puertas del paraíso son dos láminas de acero que pesan milenios, sólo los más fuertes logran empujarlas.
Ni siquiera Özil, que se metió al Bernabéu en el bolsillo con tres temporadas extraordinarias, pudo dar el gran salto. Se fugó del Madrid justo cuando empezaban la gran aventura, pero eso él, claro, no podía saberlo. Ahí está la gracia. Me refería antes a Kubo, Reinier, Odegaard y Brahim, y lo hacía por algo. Todos comparten con Güller una naturaleza ambigua de mediapunta versátil: en teoría, una de sus grandes bazas de cara al futuro siempre es que valen para jugar en cualquier posición entre la punta del rombo, el falso 9, los interiores y las alas. Pero luego llega el inevitable proceso de decantación, que no sólo es moral, sino técnico, futbolístico. El fútbol del siglo XXI no es país para mediapuntas, sin embargo este tipo de jugadores, a medio camino de tantas cosas, no paran de surgir, quizá porque el juego se ha tecnificado tanto que, en la base, los críos aprenden un abecé que se ha universalizado y que consiste en adorar la pelota como a un apéndice del propio cuerpo y en extremar la virtuosidad en el golpeo, destacando el toque horizontal. Per sé, es algo bueno: eleva notablemente la calidad media de los equipos, sobre todo comparado con dos o tres décadas atrás, por no hablar de los setenta. La contrapartida es que salen nadacampistas como setas, todos clónicos, casi todos incapaces de elevarse sobre sí mismos en los puntos culminantes de sus carreras y de especializarse.
El Madrid, urgido por los tiburones del petróleo, tiene que comprar a las estrellas del futuro siendo todavía pequeñas promesas
El nadacampismo también es un signo de nuestro tiempo. Jóvenes sobradamente preparados para prácticamente nada. Ya hubo antecedentes: por un Guardiola salían varios Celades, y por un Xavi o un Iniesta han salido muchos peloteros intrascendentes, aunque exquisitos. Probablemente sea una degeneración consecuencia del tremendo éxito de la selección española entre 2008 y 2012. Aquello marcó un rumbo: todas las escuelas nacionales quisieron tener sus propios enanitos prodigiosos, excepto Francia, abocada, seguramente por su propia inercia histórica, a concebir otra hornada de superfutbolistas de origen africano cuya propiedad elemental es la superioridad física. Pero hasta Camavinga, por ejemplo, es un epígono de la tradición coránica de Zidane, Özil y Benzema, aunque su abrumador poderío atlético lo coloca ya en otra magnitud, en otro registro, muy moderno, de techo todavía desconocido. Camavinga compartirá centro del campo con Güller, al que el Madrid ha fichado para poner a jugar ya, sin transición previa en el Castilla. El Madrid lleva tiempo apostando por ese perfil de jugador liviano con una bomba atómica en el empeine, como dice Ángel del Riego, seguramente desde Canales. Güller es el último intento y, a cambio, abre las puertas del mercado turco, siempre ansioso de legitimarse en la vieja Europa. En su presentación, mencionó a Guti, que es la quintaesencia del zurdo indolente y genial que todavía pervive en el imaginario madridista con la fuerza de un sebastianismo: el caudillo de los estetas que volverá sobre un caballo blanco, alado, llevando en el pie izquierdo una bota de mármol rosa. Comparte con él la palidez de su rostro y la poesía de sus pases filtrados, como con Özil la diéresis en el apellido, exotismo que hace pensar en mundos distantes y hermosos, desconocidos. Quizá Güller sí que sea el zurdo prometido que espera la grey madridista. Quizá el imperio que latía en Sahin florezca por fin con él, y dejemos de contarnos con lamento, por fin, las mil y una noches de Özil.