Las mejores firmas madridistas del planeta

Existe un cierto sector del madridismo a quien le parece importantísimo que los jugadores extranjeros del primer equipo aprendan español lo antes posible.

Pienso que, para un jugador del Madrid, no hablar español puede ser incluso una ventaja. En 1823 la reina Desireé, esposa de Carlos XIV de Suecia, desembarcó en su reino por primera vez. Los suecos la recibieron como a Courtois en el Metropolitano porque no querían saber nada de aquella extranjera que ni siquiera hablaba su idioma. Se daba además el caso de que la nación estaba pasando por una dura sequía, así que cuando la reina desfiló frente al pueblo, este gritó sin parar “vi vill ha regn!”, que en sueco significa “¡queremos lluvia!”. Para el oído francés de Desireé aquello sonaba casi idéntico a “Vive la Reine! (¡Viva la Reina!). Por lo tanto, la buena mujer se puso muy contenta pensando que había conquistado los corazones de sus súbditos gracias a su carisma arrebatador.

Bale insultos

Tengo la sospecha de que los madridistas más emperrados en que los fichajes nuevos aprendan el idioma son, precisamente, los que más les insultan a la primera de cambio. Quizá por eso tienen tantas ganas de que aprendan español, para que les entiendan bien cuando les gritan sobre sus madres desde la grada. Recuerdo a Roncero, Lama, Castaño y otros devotos guardianes de la pureza de la lengua española ponerse bastante pelmas con lo de que Bale no hablaba español. Igual les fastidiaba que cuando le llamaban “parásito” no se diera por aludido. O tal vez a Gareth Bale le pasaba como a la reina Desireé y la expresión “pesetero sinvergüenza” es fonéticamente parecida a algo que en galés significa “pero qué tío más majo”. No lo sé.

Ignoro en qué medida el conocimiento de uno u otro idioma mejora las cualidades de un jugador de fútbol. Es más, sospecho que no lo hace en absoluto, como en otros campos de la vida. Michael Curtiz era un director de cine bastante bueno responsable de clásicos del cine americano del calibre de Casablanca, pero, al ser de origen húngaro, hablaba un inglés casi ininteligible. El actor David Niven, que trabajó a menudo a sus órdenes, recuerda cuando durante el rodaje de La carga de la brigada ligera, Curtiz se hizo un lío al ordenar que pusieran ante la cámara a los caballos sin jinete y dijo: “¡Traigan los caballos vacíos!”. (A Niven le hizo tanta gracia la frase que la utilizó como título para sus memorias: Bring on the empty horses). Curtiz tenía muy mal genio y a menudo perdía la paciencia cuando se reían de su espantoso inglés:

— ¡Hijos de perra! —gritaba. — ¡Estoy harto de vosotros y vuestro asqueroso idioma! ¡Creéis que no sé un jodido nada! ¡Pues bien: sé un jodido todo!

Ancelotti rueda de prensa

Si bien las pifias idiomáticas de Curtiz no alcanzaban ni de lejos las épicas patadas al idioma que solía propinar otro gigante de Hollywood, como era Samuel Goldwing, a quien en cierta ocasión le advirtieron de que un guion resultaba demasiado cáustico. “No me importa lo caro que cueste —respondió—, haré con él una gran película”; o cuando volvía loco a su productor favorito, Irving Thalberg, con indicaciones como esta: “Vamos a modernizar esta película con un dinámico diálogo del siglo XIX.”

Ancelotti es un poco como Michael Curtiz pero en bonachón. Cuando habla español es como si lo triturase, pero en su mente bullen las ideas del genio. Rafa Benítez hablaba un español perfecto y lo utilizaba para explicarle a Modric cómo tenía que dar los pases, lo cual es todo un desperdicio lingüístico.

El español es un idioma bellísimo cuando se usa bien. La inmensa mayoría de la gente que habla o escribe sobre fútbol en los medios no sabe utilizarlo. Manejan un vocabulario muy pobre y, a menudo, desconocen el significado de las pocas palabras que emplean, y cuando articulan frases son como gatos vomitando bolas de pelo. Esa gente es la que se escandaliza cuando un recién llegado como Güler, Bellingham o cualquier otro no muestra por nuestro idioma el respeto que ellos consideran adecuado.

Real Madrid entrenamiento

En mi modesta opinión, un jugador o entrenador del Madrid no necesita hablar bien español, lo que necesita es hablar mal muchos idiomas para de ese modo entenderse en un vestuario que es como una torre de Babel. El Real Madrid es un equipo universal y multilingüe, no tiene ningún sentido exigir a quienes forman parte de él que se manejen en un solo idioma. A los madridistas no debería preocuparnos si Bellingham habla español, porque se empieza así y se acaba durmiendo mal porque en un partido no hay suficientes jugadores andaluces en el once titular, porque la plantilla tiene muchos negros o por alguna otra memez xenófoba por el estilo. El día que a la mayoría del madridismo le inquiete que su equipo parezca poco español, el Real Madrid dejará de ser el Real Madrid y se habrá convertido en el Atleti pero con copas de Europa. Que igual eso es con lo que sueñan algunos seguidores aficionados a las pipas Facundo.

Tengo un amigo que dice que no quiere morir sin ver al Madrid ganar una Champions con once tíos nacidos en el barrio de Salamanca. Lo veo poco probable y, si ocurriera, me imagino a Errejón quemando su carné de madridista, y a ver entonces cómo hacemos luego para presumir de club transversal ahora que se nos ha ido Isco Alarcón. En lo que a mí respecta, no necesito a once jugadores madrileños o de otra región española para identificarme con ellos o para comprenderlos.

Tampoco exijo que Bellingham o cualquier otro hable español. Ya lo hará si quiere, y se lo agradeceremos como corresponde, porque estudiar el idioma del país donde resides debe hacerse por cortesía, nunca por imposición. Y cuando alguien se toma la molestia de aprenderlo, ha de valorarse como un acto de generosidad y no exigirse como un impuesto.

Bellingham rueda de prensa

Se puede amar y respetar el país en el que vives sin necesidad de dominar su idioma. Una vez conocí a un prestigioso artista de Bangladesh que residía en Madrid desde hacía lustros, en un piso de la Castellana con unas vistas privilegiadas sobre el Paseo. Como era un hombre muy entrañable, cada 5 de enero solía invitar a las familias de sus amigos a su casa para que los niños vieran la cabalgata de reyes desde su balcón. Era una costumbre española que disfrutaba aunque no comprendía. “Esto no parece cabalgata, parece desfile putas”, solía decir. Tras más de 15 años residiendo en España era incapaz de articular una frase más compleja que esa. Eso no impedía que sintiera verdadera pasión por este país, sobre todo por la ciudad de Toledo, que le encantaba. Y, por supuesto, era —y sigue siendo— profundamente madridista. Seguramente porque el Real Madrid habla un idioma universal que incluso un pintor bangladesí puede entender como propio.

Así pues, querido Jude Bellingham, querido Arda Güler o querido quien corresponda: en lo que a mí respecta, podéis aprender español si os hace felices; o podéis aprender francés, alemán, mozárabe, klingon, dialecto pitufo o lo que os dé la gana.

Me parecerá perfecto. Pero yo lo que quiero es que juguéis muy bien y marquéis muchos goles, que ya veréis como los goles en el Madrid suenan bonito y se entienden perfectamente en cualquier idioma.

 

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Muy buenos días. Viene coplero el día, con el desgarro que suele transmitir el género popular, no del todo bien ponderado por vaya usted a saber qué tipo de prejuicios. Pocos estilos como la copla para dejar constancia de un dolor, de un amor desgraciado, de una pérdida o de una pasión desbocada, entroncando con el tango, con el fado y con toda aquella manera de cantar que se aproxime a lo más hondo sin florituras ni ambages, con una sinceridad directa y pelín demagógica que eriza la piel y exalta el corazón, ebrio y siempre a punto de detenerse por exceso.

Así creemos leer las portadas culés, sentidas ellas por el aciago debut de pretemporada del ahora equipo de camiseta blanca, de Gündogan y Oriol Romeu (?). Cinco goles recibió el més que un club por parte del Arsenal, y llora Sportivo por los rincones como lloraba la Zarzamora, ella que siempre reía y presumía de que partía los corazones.

Portada Mundo Deportivo 28-07-23Portada Sport 28-07-23

Está sin rodaje la Barçamora. Estuvo tierna incluso. El Arsenal fue duro y eso molestó a Xavi, que quiere hacer algún fichaje. El club se apalancará por enésima vez para obtener 60 millones con los que pagar acaso las nóminas, algo de gasolina para el regreso de Estados Unidos, dos o tres paquetes de clínex, o una nueva máquina para cortar el césped. Lo que sea por volver al café de Levante entre palmas y alegrías. Lo que sea por llenarse de brillantes de la cabeza a los pies, es decir, lo que quiera Roures.

La UEFA, esa noble institución que vela por los intereses de los niños del mundo, ya ha hecho su parte para que las penas sean menos, permitiendo que la Barçamora pueda jugar la Champions porque aquí, ya se sabe, no ha pasado nada, porque la copla, tan sentida, nos alcanza como disfrute por ser simulacro y representación, pues, de ser un hecho crudo lo que canta, no habría quien la cantara y sólo cabría el cierre por derribo, el silencio y la culpa. Pero nada de eso hay en la parroquia culé, y menos en sus voceros, que ganan cuando ganan y no tienen pudor alguno en querer seguir ganando cuando pierden la decencia y el decoro.

Que publiquen mi pecao y el pesar que me devora, cantaba la Zarzamora. Y qué to's me den de lao, continúa ella, haciendo gala de una dignidad que no alcanzamos a ver en la prensa culé, no vaya a ser que se les caiga el chiringuito. Aquí está todo publicado, pero no parece haber más pesar que el que provoca el victimismo revanchista, ni asomo alguno de exhortación al ninguneo público por reconocimiento de una falta. ¿Qué falta ni qué ocho cuartos? Faltas las que hicieron los del Arsenal la otra noche y que no dejaron que nuestro juego fluyera como fluyen limpias las aguas de la más refrescante cascada que en el mundo ha sido.

Portada Marca 28-07-23Portada As 28-07-23

Se podría decir que, para frescor, el que ha traído Jude Bellingham al Real Madrid, según lo demostrado en los dos primeros partidos de pretemporada, especialmente en el segundo, contra el Manchester United de Casemiro (uno di noi). Así lo hace notar la prensa madrileña, especialmente el diario As, que llena su portada con la imagen de la celebración del estupendo gol del todocampista inglés, vaselina mediante, y que aparece en la crónica del partido que Jesús Bengoechea ha dejado escrita.

Nótese que, dicho sea de paso, los goles de vaselina se llaman de muchas maneras, según leemos tras una somera búsqueda en internet: emboquillada, sombrero, picadita, clareada, globito, y así hasta palanca, término tan querido por la Barçamora, quien, ya decimos, no sabemos qué tiene, ella que siempre reía y presumía de que partía los corazones. Tendrá lo mismo de siempre, tal vez. Tendrá eso de sentirse en antediluviano agravio, motivo perfectamente acondicionado como relato exculpatorio de todo lo que sea necesario para seguir cayendo de pie y bailar y cantar coplas como quien de verdad ha sufrido lo que canta.

Andrés Calamaro, a quien La Galerna ya entrevistó en su momento gracias a Sebastián Auyanet,  está en pleno Tour 2023. El músico argentino lleva su arte a lo largo y ancho de la piel de toro. A estas alturas, la gira está siendo un éxito total de crítica y público. En términos taurinos podríamos calificar este hecho incontestable de Calamaro como el fenómeno de un torero caro y revienta-taquillas.  Como todo el mundo sabe, Calamaro es un gran madridista. Es bastante habitual leerlo en Twitter comentando los partidos con bastante sabiduría futbolística. Es gran aficionado y buen conocedor del balompié, pero nunca resulta grosero ni hincha exacerbado. No podíamos esperar menos del autor de himnos como La libertad o Estadio azteca. Todo un caballero don Andrés. A lo largo de esta columna detallaremos algunas semejanzas entre su trayectoria y la de nuestro Real Madrid. Quédense leyendo, no les pienso defraudar.

Calamaro

El próximo 28 de septiembre se cumplirán 33 años de la llegada a España de Andrés Calamaro. Dicha efeméride bien vale una valoración pausada. Lógicamente, el tiempo pasa pero Calamaro es eterno. Como nuestro club, pasarán las décadas y caerán los gobiernos pero Calamaro seguirá cantando. Vendrán otros siglos, se alzarán nuevos régimenes, pero el Santiago Bernabéu seguirá erguido espectacularmente en mitad de la Castellana. Los chavales del mañana pasarán la Nochebuena del 2030 viendo en sus teléfonos de ultimísima generación los mejores goles de Cristiano Ronaldo mientras los jóvenes de hoy les pondremos de fondo las canciones de Calamaro. Y así hasta el infinito. O hasta que una IA tome conciencia tipo Skynet y pasemos todos a ser algo etéreo o fluido en el más allá.

Decía que la relación de Calamaro y nuestro país cumple ya 33 años. Ha llovido lo suficiente como para considerar a Calamaro uno más de entre nosotros.  Año a año, canción a canción, Calamaro ha cimentado una carrera musical de alto voltaje. En un viaje de tantos años, alguna uña se habrá facturado en el camino, pero su sempiterna figura parece resistir intacta a las modas más arbitrarias o, inclusive, al derrumbe de la industria discográfica. En la era digital del consumo rápido por el usar y tirar, Calamaro sigue siendo aquél. Porque Calamaro, como Karim Benzema, hace música para los que saben de música. Porque, como monsieur Benzema, Calamaro puede ser exquisito pero también popular. No en vano, a pesar de aparentes excentricidades y decisiones disonantes, el gran cantante argentino ha sabido componer una cantidad inestimables de exitazos sin llegar a resultar nunca previsible ni redundante. ¿Acaso no es así como un auténtico gaucho saca adelante su vida errante?

Andrés Calamaro

Cuando Calamaro aterrizó en Madrid reinaba la Quinta del Buitre. No era un mala época para llegar a vivir. Aquel Madrid de la  posmovida bullía en el ciclón de colorines que fueron aquellos años dorados. José Luis Garci, nuestro primer director de cine capaz de ganar un Oscar para nuestra lengua,  siempre cuenta que la España de entonces tenía ganas de vivir y todo el mundo parecía estar estrenando una nueva experiencia. Así pues, el joven Calamaro aterrizó en un país diferente al de hoy. Parece mentira que existiera una España alegre de verdad, ¿no? Parece mentira que España encadenara el Mundial del ‘82 con la Expo de Sevilla del ‘92 y los Juegos Olímpicos de Barcelona en ese mismo verano.

Por lo tanto, los años noventa serían de Calamaro como lo fueron del Real Madrid. La década comenzaría algo incierta para el artista pues comenzar de cero en otro país y en otro continente siempre tiene lo suyo. Más aún cuando en España gobernaban las viejas glorias de la canción con las figuras de la Movida. Y, para más inri, las radios y las salas habían apostado por la incipiente escena indie o por grupos de pijos universitarios cantando en inglés. Cuando Calamaro forma Los Rodríguez junto a Ariel Rot, Julián Infante y Germán Vilella, parecían cuatro ex combatientes del Vietnam fuera de lugar. Del otro lado, el Madrid de Ramón Mendoza transitaba hacia el de Lorenzo Sanz. Bajo su mandato el club de Chamartín volvería a tocar el Cielo con las manos.

Lorenzo Sanz tenía claro que el hombre en el banquillo debía de ser Fabio Capello y que los fichajes disruptivos eran los mejores. De una tacada: Panucci, Bodo Illgner, Seedorf, Roberto Carlos, Šuker y Mijatović. ¡Albricias! Pedja fue el elegido por el destino para anotar uno de los goles más importantes en nuestra historia: el gol de la Séptima. Tras 32 años, el Madrid volvía a ganar la Champions. Tras 32 años, el Madrid volvía para renovar sus votos con su novia eterna, la Copa de Europa. Esta gesta se produjo un 20 de mayo de 1998. En ese año Calamaro estaba inmerso en pleno proceso de grabación de Honestidad brutal, una obra excelsa y su álbum más icónico.  Por cierto, un año antes, en 1997 había publicado Alta suciedad, álbum que habría de consagrarlo como la estrella del rock del momento y que musicalmente rozaría la matrícula de honor. Ese álbum fue grabado íntegramente en New York con el legendaria productor Joe Blaney y músicos de primerísimo nivel mundial como el batería actual de los Stones, Steve Jordan, o el guitarrista Marc Ribot. Como anécdota comentar que la pista número 13 es una canción existencialista con ritmo reggae en la que aparece el filósofo madridista Antonio Escohotado, tan importante para La Galerna, con una voz lejana cual rapsoda beatnik. Este tipo de cosas suceden en un disco de Calamaro y entre grandes madridistas.

El resto es historia del rock en español, e historia por hacer del balompié, que diría Jabois en el himno de La Décima. Si los noventa acabarían coronando a Calamaro en el Olimpo de la Canción, el nuevo siglo contemplaría cómo volvía a la corona de laurel a adornar la cabeza del Real Madrid. El 11 de diciembre del 2000, la FIFA eligió al Real Madrid como el Mejor Club del Siglo XX y a día de hoy vamos camino de serlo otra vez cuando el presente siglo agonice.

Este jueves 27 de julio volveré a ver a Calamaro. El recital será en el Festival Tío Pepe (Jerez de La Frontera), y a buen seguro que Dios volverá a ser testigo de la existencia de su canto. Las ganas y la emoción por ver a El Salmón actuar son parecidas a las que experimenté cuando Sergio Ramos metió ese cabezazo en Lisboa en el minuto 93. ¡Hala Madrid y larga vida a Andrés Calamaro! 

 

Buenos días, amigos. El Real Madrid jugó ayer (anoche para el lector con horario europeo) el segundo de sus partidos de la gira estadounidense, derrotando por 2-0 al Manchester United en una actuación tan convincente, considerando que estamos en pretemporada, como lo fue el 3-2 ante el Milan. Las sensaciones del equipo son buenas, muy en particular las que transmite el fichaje estrella, que no es otro que un Jude Bellingham que nos tiene encandilados a todos. El resto de nuevas incorporaciones (Fran García, Joselu y Brahim, aún no Güler) también están rindiendo bien. Joselu en concreto fue en encargado de cerrar el marcador con un remate de chilena que recordó las mejores exhibiciones de Cristiano Ronaldo o Hugo Sánchez. Espléndido Camavinga. Colosal Rüdiger.

De todo esto, nada de nada en las portadas del día. Es lo que tiene la prensa escrita. Todavía existe, pero la inmediatez del acceso digital a los contenidos convierte el periódico en papel de hoy en una cosa que no es ya que en realidad sea de ayer, sino que es del cuaternario. Son portadas que nacen ya descatalogadas. Afortunadamente, La Galerna trasnochó para ver al Madrid, y aquí tenéis la crónica en la cual Jesús Bengoechea os detalla qué le pareció el partido al tiempo que homenajea a Sinead O´Connor, a quien Dios tenga ya en un rincón del Cielo distinto al de Juan Pablo II.

Por cierto, después del Madrid jugó el Barça, que no tuvo más remedio que encajar 5 goles 5 por parte del Arsenal. Pero es que no os lo vais a creer: los londinenses jugaron a ganar. Es una desconsideración absoluta para con los inventores del fútbol por el cual suspiran los niños. Xavi está justificadamente indignado por las ambiciones de victoria mostradas por su rival, que no tuvo la menor consideración con el Barça por haber sufrido un virus. Hosti, tú, no saben ganar. Ni perder. Son mourinhistas.

Desconsiderados. Mourinhistas. ¿Qué hacen intentando ganar? ¿Cómo se atreven a ponerle intensidad? ¿No ven que la semana pasada estábamos malitos? Xavi Hernández se supera día a día. Como señalaba nuestro amigo Quillo Barrios, ya puede hacer tick en las siguientes casillas (no confundir con Iker) de excusas: césped alto, calor excesivo y también excesivo deseo de ganar por parte del oponente.

En el fondo, Xavi Hernández no es más que un dignísimo continuador de la estirpe de quejicas con ínfulas políticas que marca el rumbo histórico de la institución. En 1943, el Barça perdió 11-1 contra el Madrid. Para la historia la cosa quedó como que en el descanso un alto cargo franquista les amenazó con que no saldrían vivos si no se dejaban derrotar. La leyenda tiene dos máculas: una, es mentira; dos, en el descanso ya perdían 8-0.

Qué mal los del Arsenal, de verdad. Qué falta de valors. Testigos que vieron el partido a altas horas de la madrugada nos aseguran que Gabriel Jesús tiraba a trallón, cosa que no se valía, se dijo antes del partido.

Aparte de la goleada infligida por los de Arteta, la actualidad culé pasa por su nueva equipación blanca. Han hecho incluso un vídeo promocional de la misma, en el cual se ve a Laporta birlando una camiseta de una caja de cartón y huyendo a esconderse de la policía. El que, estando imputados por corrupción deportiva entre otras muchas cosas, el mandatario culé tenga el cuajo de hacer un paripé donde se presenta a sí mismo como ladrón dice mucho del grado de impunidad de la cual esta gente se sabe beneficiaria. Como subraya nuestro colaborador Alberto Cubero, miccionan en la piscina de todos, pero no discretamente relajando esfínteres bajo el agua, sino desde lo alto del trampolín y entre carcajadas etílicas.

El caso es que están muy contentos y orgullosos de su nueva equipación blanca, que según Sport ha causado un gran “impacto”.

Fijaos bien en el texto que acompaña a la foto porque no tiene desperdicio. “El Barça presenta su segunda equipación blanca y causa furor y morbo en el mundo futbolístico”. La admisión de que ver al Barça de blanco trae consigo “morbo” es la confesión en toda regla de que la búsqueda del morbo es deliberado, lo cual nos lleva a una conclusión que por lo demás no es ninguna sorpresa: están obsesionados con el Madrid, y su complejo de inferioridad no puede ser más sangrante. Ya que no pueden ser como el Madrid, buscan al menos vestir como él. En la línea de creación de relatos psicotrópicos que caracteriza a estos amics, lo que se pretende hacer colar, subliminalmente, es que por el hecho de vestir de blanco ya son tan grandes como el Madrid, es más, que son mejores en realidad, y que este pretendido sorpasso conceptual jode sobremanera a los madridistas, que en realidad nos despelotamos de risa, como no podía ser de otro modo, al asistir a este amor truculento por el blanco freudiano de los reyes del complejo.

Marca revela la negativa de Mbappé a enrolarse en las filas de ningún equipo arábigo. Eso despeja un rival más del camino para que recale en el Madrid, y además parece dar a entender una escala de prioridades por parte del jugador que, esta vez, podría realmente hacerle entender que el dinero no lo es todo. Esperemos acontecimientos.

El resto de portadas tienen poco interés desde un punto de vista blanco (blanco madridista, no blanco secundón culé). ¿Qué esperabais? Son portadas de verano. Deseamos, eso sí, toda la suerte a la selección española de fútbol femenino, y en particular a nuestra querida Athenea, que ayer sufrió una lesión. Que no sea grave, querida nuestra.

Pasad un buen día.

El Madrid se impuso por 2-0 al Manchester United, en la segunda victoria de la pretemporada, merced a dos acciones muy brillantes por parte de Jude Bellingham y Joselu, respectivamente, al comienzo y al final de este choque amistoso.

Los comienzos fueron intensos, registrándose a los cinco minutos un gran pase en profundidad de Rüdiger para que Bellingham controlase y marcara de vaselina. Pareció estar en fuera de juego, pero la ausencia de VAR en este torneo validó su exquisitez técnica inaugurando el marcador. Se diría que espoleados por el error, los ingleses reaccionaron de inmediato con una gran ocasión de Garnacho, que la mandó por encima del larguero.

Dominaba el Madrid con un juego vivaz en el medio campo y blandiendo el rombo, con Jude como estilete de dicha línea y enlace con los dos delanteros. Vinicius se viene más al centro de lo acostumbrado al jugar en una línea de dos, y está por verse si esto le beneficia o lo contrario. Menos fijado a la banda, el brasileño pierde protagonismo, pero considerando que casi todo el fútbol ofensivo del Madrid lleva años mostrando cierta dependencia de Vini quizá no sea mala noticia que aprenda a aparecer menos y ser, a cambio, más decisivo aún cuando lo haga. Es una de las incógnitas que sólo el tiempo podrá despejar en este apasionante nuevo Madrid del porvenir, sin que podamos precisar si una eventual llegada de Mbappé arrinconaría estas novedades tácticas. Probablemente sí, desterrando el rombo.

Mason Mount la tuvo en un balón mordido, pero fue el propio Vini quien desperdició un gran contragolpe escurriéndose cuando se aprestaba a rematar un centro de Carvajal. Se estiraba el Manchester, que chocaba con la contundencia de Rüdiger. El alemán se bastaba para frenar las acometidas de los de Ten Haag al tiempo que Modric y Camavinga destapaban el tarro. Le faltaba no obstante pausa al Madrid, animado por la verticalidad de un Bellingham que está condicionando la forma de jugar de sus compañeros. Lo dijo Ancelotti: “Tenemos que acostumbrarnos a su calidad”.

Vinícius la tuvo tras una gran jugada individual, pero Onana respondió muy atento, sin que Rashford, a los pocos minutos, pudiera hacer valer una gran acción de Eriksen. Bellingham tejía jugadas electrizantes, y Lisandro se ganó la amarilla en una acción impropia de un amistoso para frenarlo.

Con el 1-0 se llegó al descanso de un primer tiempo caracterizado por la exuberancia de Camavinga, la robustez de Rüdiger y el buen tono general del resto de sus compañeros.

Tras el descanso se procedió al carrusel de cambios de rigor en este tipo de enfrentamientos, aunque fue Camavinga, uno de los pocos que se mantuvieron sobre el campo, el protagonista de la primera gran acción, con un balón de lujo a Lucas Vázquez del que no supo sacar partido el gallego. Sin embargo, fue el Manchester quien tuvo las mejores ocasiones, en las botas de Bruno Fernandes y Lisandro. Los mancunianos dominaban ahora ante la exhibición de Garnacho, que volvía a exigir a Lunin antes de que llegara el aluvión de cambios de Ten Haag.

Quedaba media hora, y 22 tíos básicamente distintos a los que habían comenzado jugaban para llevarse la gloria de un encuentro clásico en Europa, aunque sea un amistoso. El juego, a ráfagas, no cesaba de resultar atractivo, y de una manopla de Lunin se pasó a un contragolpe armado por Joselu que el propio canterano remataría con intervención de Onana. Sin solución de continuidad, el mismo Joselu remató de cabeza un gran centro de Lucas Vázquez. Camavinga seguía imperial, bien secundado por Kroos, y precisamente tras una buena apertura de Toni llegaría otro centro de Lucas Vázquez, ya al borde del final, que resultaría en una espectacular chilena de Joselu, autor de un golazo que nunca olvidará.

PS: Sweet dreams, Sinead, you beautiful and tortured soul.

Yo, que no debía de tener más de dos años, no sabía lo que era un siete, pero sí sabía que lo que Raúl llevaba en la espalda, aquel palo horizontal de cuya esquina nacía una diagonal mucho más grande hacia abajo, aquello respondía al nombre de siete. Así que deduje que lo que llevaba Raúl en la espalda debía de ser un siete. Con idéntico proceso mental, y fijándome en Roberto Carlos y en Redondo, llegué a darle forma en mi cabeza a la geometría de los treses y de los seises, a pesar de que a esa temprana edad yo no tenía conciencia de lo que era un tres, ni un seis, ni un lateral izquierdo ni tampoco un mediocentro defensivo. Y fue así, con la simpleza y el encanto de las inesperadas casualidades, como aprendí los números, gracias a esa plantilla del primer Capello, que además de ganar una Liga, sumó también a la causa blanca el corazón de un futbolero purista y repelente para siempre.

Raúl 7 aguanís

Desde entonces creo en el poder de los símbolos y en el valor de la belleza de las imágenes. Y ello, aplicado al fútbol, me lleva a un respeto reverencial a la numerología. Porque un central no puede llevar en la vida el dos o el tres, hombre, de ninguna manera, del mismo modo que un delantero centro nunca puede ser el diez, por muy bueno y goleador que sea.

Quizá fue por esa obsesión que raya en la paranoia, pero la noticia de que este año Vini llevaría el siete y Rodrygo el once me causó una incómoda excitación. A decir verdad, en mi desarrollo ideal de los acontecimientos, los números con los que nuestros brasiniños estaban llamados a marcar una época eran los anteriormente citados, sí, pero con los dueños intercambiados. Porque visualizaba a un Rodrygo rebañando goles en el área pequeña con el siete, al mismo tiempo que soñaba con un Vinicius con el once a la espalda jugando a ser Gento en esa banda izquierda del Bernabéu cada domingo durante una década. Sea como fuere, celebro como un título menor el nuevo bautismo textil de los dos cracks, así como la lectura que subyace de todo esto y que no es más que el respeto del club a los dorsales y a los símbolos sagrados. ¿O acaso alguien cree que se puede ganar una Copa de Europa con varios veintimuchos en el once titular y algún que otro treintaytantos?

Creo que hay algo telúrico en el cambio de número. Le pasó a Cristiano cuando dejó el nueve por el siete de Raúl, le pasó a Messi cuando dijo "aquí estoy yo y para mí el diez de Ronaldinho", les ha pasado a todos. No se hereda sólo un número, sino el peso de la historia, un sitio preferencial en el autobús del equipo y en el vestuario, la convicción plena de querer ser leyenda del club pase lo que pase y una interminable serie de intangibles que no vamos a citar aquí por respeto a la paciencia del lector, pero vamos, que cualquiera que haya visto más de una centena de partidos sabe a lo que me refiero.

celebro como un título menor el nuevo bautismo textil de los dos cracks, así como la lectura que subyace de todo esto y que no es más que el respeto del club a los dorsales y a los símbolos sagrados. ¿O acaso alguien cree que se puede ganar una Copa de Europa con varios veintimuchos en el once titular y algún que otro treintaytantos?

Por eso me sorprende tanto que los protagonistas de este período estival hayan sido los Fabrizios Romanos y demás charlatanes de turno, un Bellingham por el que sus 100 millones gastados nos van a parecer pocos, Messi retirándose definitivamente, el monstruo árabe que viene a vernos, el clásico disputado en los despachos por Güler, aquella semana en la que todos dábamos por buena la llegada de Harry Kane como remedio al luto por Benzemá y, por supuesto, el elefante francés que lleva en la habitación demasiados veranos y que, como en los anteriores, parece que este será el último.

En un mes de julio con tantísimos nombres propios como no se recuerda en años, nadie parece recaer en Vinicius JR y en Rodrygo, que no sólo han heredado los dos números más legendarios del club, sino que han decidido agarrar con ambas manos la inmortalidad y no la piensan soltar.

Volveremos

No me caben dudas, esta va a ser su temporada. No la de su explosión, ambos explotaron hace tiempo, sino la de su consagración definitiva. La que marca la frontera entre los buenos, buenísimos jugadores, y las leyendas del club. Lo que fue para Cristiano la 2013/14, para entendernos. La de derribar récords cada mes, la de sonar cada semana desde enero como favorito al Balón de Oro en esas tertulias de radio y televisión que tanto detestamos.

Y eso que Vini y Rodrygo coleccionan noches europeas como el que más -quitando los jerarcas pentacampeones, claro-, lo que pasa que de tan recientes (o será por la costumbre) parece que las hacemos de menos.

Para empezar, el primero tiene la carrera más que justificada, aunque sólo sea por ese gol en la final de París, que para más inri fue el único de todo el partido. Que hay que remontarse hasta Mijatovic en el santoral blanco para encontrar algo así, vaya. Meter el tanto que te da la orejona ya es motivo suficiente para la canonización y elevación a los cielos pero es que, además del sacrosanto logro, Vini también ha sido absolutamente determinante en octavos, cuartos y semis varios años, metiendo dos golitos en cada una de todas esas rondas en apenas un par de temporadas. Nada mal para un jugador al que se acusaba de gafado ante la portería.

esta va a ser su temporada. No la de su explosión, ambos explotaron hace tiempo, sino la de su consagración definitiva. La que marca la frontera entre los buenos, buenísimos jugadores, y las leyendas del club. La de derribar récords cada mes, la de sonar cada semana desde enero como favoritos al Balón de Oro en esas tertulias de radio y televisión que tanto detestamos

Y luego está Rodrygo, empecinado en salir en las portadas de los periódicos los días que madrugamos para ir al kiosko. Díganme un jugador, Cristiano y Raúl aparte, que con 22 años pueda presumir de dobletes en semis y cuartos de Champions, finales de Copa del Rey o partidos del alirón en Liga.

Dos brasileños, dos niños, que llegaron prácticamente de la mano, que son ya historia viva del club y que van a tiranizar la próxima década futbolera a ritmo de samba. Con esas sonrisas tan suyas, mitad de jugón, mitad de hijo de puta, que tanto desesperan a los rivales. No van a dejar de bailar por mucho que les joda a tres o cuatro gañanes, porque ellos son la alegría, son el amor adolescente, son la vida. Y con el siete y con el once, faltaría más.

Un día como hoy, un 26 de julio pero de 2006, se confirmó la contratación del delantero neerlandés Ruud van Nistelrooy por parte del Real Madrid. Un fichaje excelente calidad-precio-rendimiento que dejó un magnífico recuerdo y poso en la afición madridista, que todavía hoy en día lo menciona como ejemplo de refuerzo.

El delantero pudo aterrizar unos años antes en la casa blanca, cuando en la etapa como presidente de Florentino Pérez hubo interés por su firma al explotar en las filas del PSV. Sin embargo, para su club, el Manchester United, era una figura esencial del equipo y le cerró las puertas.

Fue en el verano de 2006, con Ramón Calderón recién elegido como mandatario merengue, cuando se dieron todas las circunstancias para su incorporación. Van Nistelrooy estaba en la lista del Director Deportivo que llevaba Calderón en su candidatura, Pedja Mijatovic, y también contaba con la aprobación del que sería el nuevo técnico blanco para el curso 2006-2007, Fabio Capello.

Con 30 años cumplidos en julio, muchos consideraban que había pasado lo mejor de la carrera del neerlandés pese a que venía de un curso en el fútbol inglés con 24 dianas. Van Nistelrooy pronto desmintió esa impresión. Aterrizaba tras su participación en el Mundial de Alemania que se saldó con un tanto en los tres partidos como titular que le alineó el seleccionador ‘oranje’ Marco van Basten.

Mijatovic y Capello lo vieron como un complemento de Ronaldo Nazário, aunque finalmente terminó siendo su sustituto en la delantera madridista. se apuntaba que Van Nistelrooy había sido ofrecido al Madrid y que el neerlandés quería dejar el Manchester United. El delantero soñaba con jugar en el club blanco y consideraba que su ciclo con los ‘red devils’ había terminado

Van Nistelrooy estaba considerado una máquina de hacer goles. Un nueve con la portería rival entre ceja y ceja, y eso que al principio de su carrera en el Nooit Gedacht actuaba como central. Sin embargo, en un entrenamiento le pusieron a rematar balones y ahí se comprobó su instinto y su extraordinaria eficacia de cara a puerta. El neerlandés tenía un gran físico que se vio mermado por la grave lesión de rodilla sufrida en el año 2000 cuando militaba en el PSV y ya estaba encaminado su pase al Manchester United. A partir de entonces se vio un Van Nistelrooy algo menos potente pero igual de letal. Un delantero, además, con una técnica notable, oportunista, inteligente, con grandes movimientos y que sabía jugar lejos del área.

Mijatovic y Capello lo vieron como un complemento de Ronaldo Nazario aunque finalmente terminó siendo su sustituto en la delantera madridista. Antes de llegar ellos dos y Ramón Calderón, ya surgió en la prensa su nombre relacionado con el equipo blanco. En ‘MARCA,’ el 19 de abril, José Félix Díaz apuntaba que Van Nistelrooy había sido ofrecido al Madrid y que el neerlandés quería dejar el Manchester United. El delantero soñaba con jugar en el club blanco y consideraba que su ciclo con los ‘red devils’ había terminado.

En el mes de junio y en plena campaña para las elecciones de la entidad madridista, Pedja Mijatovic, que iba en la candidatura de Ramón Calderón, admitió que Van Nistelrooy estaba en su lista de posibles incorporaciones junto a otros nombres como Cesc o Ricardo Carvalho.

El conocido interés del Real Madrid frenó la operación de Van Nistelrooy al Hamburgo, que el cuadro alemán tenía avanzada con el Manchester United. También se publicó en ‘AS’ el 9 de julio que el ‘Bayern se mete en la puja’ y ofrece 18 millones por el atacante. Mientras tanto, Mijatovic ya había hablado con los representantes del neerlandés y en los siguientes días lo haría con el equipo inglés.

Como es habitual en estos casos, el Real Madrid filtró otros nombres para que influyeran en sus negociaciones con el Manchester United. Esta vez el globo sonda fue el delantero de la Fiorentina Luca Toni. En ‘MARCA’ se habló que Franco Baldini, ayudante de Mijatovic, viajó a Florencia para hablar con la institución viola. Pero a mediados de julio la negociación por Van Nistelrooy ya era oficial. El día 14, ‘MARCA’ decía que Van Nistelrooy estaba al caer y ‘AS’ un día más tarde contó en su portada que el jugador y el club merengue tenían cerrado un acuerdo de tres años de contrato y unos cinco millones de euros netos por curso. Por ello se esperaba el viaje inminente de Mijatovic a Manchester para cerrar la operación.

Fueron días de tira y afloj,a aunque el equipo inglés conocía perfectamente el desenlace y le abrió la puerta de salida. Según ‘MARCA’, el 16 de julio, “el jugador estaba dispuesto a presionar a su club” y también recogieron unas declaraciones del agente del jugador afirmando que “el sueño de Ruud es jugar en el Real Madrid”. La primera oferta merengue fue de unos 11 millones de euros que el Manchester United calificó de insuficiente. En una noticia firmada por José Félix Díaz en ‘MARCA’, el día 17 de julio se decía que los ‘red devils’ pedían 16 millones sin ningún variable.

Dos días después ambos periódicos deportivos madrileños daban por hecho el acuerdo por el traspaso entre ambas entidades pero lo cierto es que Alex Ferguson apretó más las clavijas en la negociación y todavía no existía fumata blanca. Incluso hubo un error informático por parte de la web del Real Madrid, que colgó durante unos minutos un anuncio del fichaje del neerlandés. Más tarde lo borraron y el club se disculpó por el fallo.

El 20 de julio saltó la noticia en el periódico alemán Bild que informaba que el Bayern aseguraba tener atado a Van Nistelrooy. Mientras tanto, Mijatovic seguía hablando con David Gill, director ejecutivo del Manchester United intentando acercar posturas. Una fecha clave era el lunes 24 de julio que es cuando Van Nistelrooy debería incorporarse a los entrenamientos del Manchester United, y es algo que el jugador quería evitar.

La clave para desencallar la operación tuvo lugar cuando el Real Madrid subió su propuesta económica. Un total de 15 millones distribuidos en 12+3 en variables (número de partidos, goles y títulos) empezó a convencer al Manchester United aunque la cantidad del bonus era algo todavía a concretar. Alex Fergurson, el día 23, admitió que dejaba la entidad aunque reconoció que sería vendido al mejor postor porque el Bayern seguía en la pelea. Y es que el Director general bávaro Rummenigge insistía en que el futbolista “quiere jugar en el Bayern”.

Van Nistelrooy se convirtió entonces en el tercer neerlandés de la historia del equipo madridista tras Metgod y Seedorf. El 28 de julio llegó a Madrid y lo primero que hizo fue pasar el reconocimiento médico realizador por el doctor Alfonso del Corral. A continuación, el delantero neerlandés fue a comer al Meson Txistu y devoró el jamón

El día 25, el diario ‘MARCA’ afirmó que el Real Madrid había lanzado un ultimátum al Manchester United. Los blancos se habían plantado en esos 15 millones en la fórmula 12+3 y le daba “24 horas a los ingleses para decidir”. La presión de Van Nistelrooy manifestando que “si salgo, solo quiero ir al Real Madrid” descartó cualquier opción con el Bayern y lo llevó directamente a la capital de España. Finalmente el 26 de julio Mijatovic y Gill acordaron el traspaso del delantero que viajaría a Madrid para la presentación y después se marcharía a Irdning (Austria) para incorporarse al stage de pretemporada con los merengues.

Van Nistelrooy se convirtió entonces en el tercer neerlandés de la historia del equipo madridista tras Metgod y Seedorf. El 28 de julio llegó a Madrid y lo primero que hizo fue pasar el reconocimiento médico realizador por el doctor Alfonso del Corral que confirmó que “es un jugador que está en forma” y “está en perfectas condiciones”. A continuación, el delantero neerlandés fue a comer al Meson Txistu y devoró el jamón. La presentación por la tarde en el Santiago Bernabéu contó con la asistencia de unas 3.000 personas. En el acto junto a Ramón Calderón y Alfredo di Stéfano enseñó una camiseta sin dorsal y no quiso ponerse metas en cuanto a goles. Lo primero que dijo fue “¡Hala Madrid!”, explicó que “aceptaré el número que me den” y que “estaba encantado de vestir la camiseta blanca porque yo quería jugar en el Madrid”. Por último, tuvo un guiño hacia Ronaldo al que calificó de “fenómeno” y que le “encantaría jugar con él ya que es un grandísimo jugador”.

Van Nistelrooy acumuló tres temporadas y media en la casa blanca con unas estadísticas de 96 encuentros oficiales y 64 goles. Su primera temporada fue espectacular, siendo el ‘Pichichi’ de la Liga con 25 dianas y 33 entre todas las competiciones. Fue clave en la conquista liguera del ‘clavo ardiendo’ y dejó instantes para el recuerdo como un poker de tantos en Pamplona ante CA Osasuna, un golazo al Valencia o sendos goles en el Clásico contra el Barça en el Santiago Bernabéu y el Camp Nou. La segunda campaña también sumó una gran cantidad de tantos, un total de 20 (16 ligueros) y consiguió otra Liga para su palmarés. El bajón de los guarismos llegó en la temporada 2008-2009, debido fundamentalmente a una grave lesión de rodilla en el mes de noviembre que le hizo perderse el resto del curso. En el nuevo proyecto que arrancó Florentino Pérez con Pellegrini en el banquillo, en la temporada 2009-2010, aguantó medio curso, hasta que en enero se despidió del club blanco y se marchó al Hamburgo.

Buenos días, amigos. El sempiterno runrún con el posible fichaje de Mbappé está eclipsando el tema del cual deberíamos estar hablando todos, que no es otro que la ilusión que despierta Jude Bellingham. Los medios, al alimón en este caso con youtubers y twitcheros varios, inciden legítimamente en la posibilidad de la gran bomba, sin dar suficiente cancha a la bomba que ya está instalada en el fútbol patrio (pobrecillo, la que le espera, ¿lo sabrá?). Y esa otra bomba, que no es hipotética sino muy real, ya dio en su debut amistoso ante el Milan claras muestras de los estropicios que puede causar en los contrarios.

Menos mal que hoy Marca, que de vez en cuando acierta, pasa del posible fichaje de Kylian y se centra en la joya que el Real Madrid, a punta de puro prestigio, por la simple resonancia de su leyenda, ha birlado a toda la Premier League.

Hey, Jude.

Decimos que Marca esta vez acierta y nos  alegra decirlo. “Enganchados a Bellingham” parece una buena descripción de la realidad, si bien sonaría mejor en inglés, como sucede a veces, no siempre, con algunas frases. “Hooked on Bellingham” trae a la mente cosas que los más viejos recordarán, como aquella serie de discos genéricamente titulados “Hooked on classics” en los que piezas de Tchaikovsky (que es un apellido que, como el de Tchouaméni, hay que pensarse antes de escribir) y Vivaldi se enganchaban unas a otras con un acompañamiento rítmico.

Muchos nos odiaréis por comparar a Jude con estos precursores de Luis Cobos. No pretendemos dar a entender que Jude sea al fútbol lo que aquellos best-sellers que la gente oía en el coche fueran a la música. Pero sí es cierto que el clasicismo esteticista del inglés, que tanto recuerda a Zidane en algunos controles y conducciones, se ve complementado por un dinamismo futurista, casi robótico, que habría reforzado a Marinetti en su idea de que un coche de carreras que ruge es más bello que la batalla de Samotracia. O tan bello. O tan importante.

En Bellingham están las dos cosas: el automóvil centelleante y la escultura griega. Tiene la partitura, pero acompañada por el chunda-chunda que lo hace rigurosamente moderno y lo salvaguarda del riesgo de quedar para el paladar de los puristas. Si no os gusta ni Cobos ni similares, enganchaos al “Hooked on a feeling” de Blue Swede que popularizaron los Reservoir Dogs de Tarantino. Jude tiene la melodía, pero también el Uga-Chaca demoledor y chocante que aparece y desaparece por la canción. La combinación es sencillamente irresistible.

Así que sí, enganchados a Bellingham. Del todo. Tiene que pasar un tiempo para que se comprenda la importancia capital que está llamado a desempeñar en el futuro del club, pero ya podemos intuir atisbos de glorias futuras.

Por lo demás, As sigue erre que erre con Mbappé, planteando hoy una posibilidad que nuestro socio y colaborador Ramón Álvarez de Mon descarta según sus fuentes: que juegue un año en Arabia Saudí antes de incorporarse al Madrid en 2024 como agente libre. Si Ramón dice que lo ve poco factible, nosotros decimos lo mismo.

Os dejamos con la prensa cataculé, que igual queréis verla y tal.

Pasad un buen día.

En el verano de 2005 España se parecía, en su aspecto exterior, al mismo país que era en el verano de 2002. Pero, en realidad, habían cambiado muchas cosas, cosas profundas que no se veían a simple vista. Por ejemplo, Florentino ya no era el superhombre capaz de todo que había sido hasta un par de veranos antes. Por lo menos, no lo parecía. La imagen del hombre decidido y audaz, emprendedor, al que ningún obstáculo podía frenar en su empeño de colocar al Real Madrid sobre el techo del mundo, empezaba a resquebrajarse. En ese momento no teníamos ni idea de lo cerca que estábamos de ver cómo se resquebrajaba del todo. Todavía éramos lo suficientemente jóvenes como para ilusionarnos como chiquillos con la reindustrialización del proyecto galáctico que el presidente Pérez acometió, en el que sería su último estío al frente del club por una larga temporada. Pero sí. Florentino estaba cansado y nosotros apenas nos dábamos cuenta.

Aquel verano yo ya era un adolescente y empezaba a vivir el madridismo no como una bella canción infantil sino como una militancia con tintes obsesivos. Había cambiado las jornadas eternas en la playa por las clases particulares de matemáticas e inglés. El acné me traía por la calle de la amargura. Ya no estaba en el colegio, sino en el instituto. Llevaba vaqueros con chanclas porque me parecía moderno y me rapaba prácticamente al cero, en una más de todas esas dudosas decisiones de naturaleza estética a partir de las cuales, con mucho esfuerzo y bastante dolor, uno va buscando su propia identidad a lo largo de los terribles años de la madurez.

Mi madridismo militante era una cosa a medias de la edad y a medias de un hecho fundamental: el Madrid, el gran Madrid galáctico que había construido Florentino desde el año 2000, perdía. Se desmoronaba, y dado que mi infancia resplandecía con el recuerdo idealizado del Madrid de Zidane, su decadencia era tan insoportable como el momento inmediatamente posterior a que te digan que los Reyes Magos no existen. Desde marzo de 2004, un poco como la nación española, el proyecto feliz y majestuoso con el que Pérez había transformado el fútbol mundial venía finiquitándose de a poquito al mismo tiempo que el Barcelona, con Laporta, Rijkaard y Ronaldinho, ganaba y se engrandecía a ojos del universo. La idea suntuosa del enamoramiento global que subyacía en el programa florentinista de fichar a los mejores, y levantar con ellos una pirámide faraónica de fútbol y de emoción, se había trasladado al otro lado; Pérez quemaba entrenadores cada vez más rápido y tomaba decisiones cercanas al estrambote como recuperar a viejas leyendas del fútbol moderno como Sacchi en un intento desesperado por revertir la situación. De ese modo, se llegó a Vanderlei Luxemburgo.

El mismo año que había empezado con el sueño del triplete y el fútbol-champán del Madrid de Queiroz terminó con un desconocido en el banquillo. Lo único que en España sabíamos de Luxemburgo era que le gustaba formar a sus equipos en torno a un misterioso “cuadrado mágico” y que concebía ideas audaces que parecían anunciar un fútbol del futuro: aquel verano de 2005, durante un amistoso, hizo jugar a Raúl con un pinganillo pegado a la oreja a través del cual él iba dándole instrucciones. Prescindía de los extremos y, se supone (por ser brasileño), iba a hacer que el Madrid jugara otra vez como los ángeles. Todo su poder de seducción procedía de su extraordinario debut, en aquellos seis minutos mágicos en la víspera de Reyes contra la Real Sociedad. Compadre de Roberto Carlos y de Ronaldo, hizo una digna media temporada con un equipo que entre Camacho y García Remón zozobraba siguiendo la estela de un Barcelona fulgurante. Luxa tenía ideas y mando en plaza. Después de dos temporadas decepcionantes, Florentino volvía a apostar a lo grande y acometía reformas que devolvieran al Madrid a la cumbre.

Llegaron muchos brasileños ese verano de 2005. Baptista, una sensación de la Liga, pagado a tocateja al Sevilla. Cicinho, un lateral derecho rápido, técnico y vistoso; Robinho, un fenómeno mundial, el nuevo Pelé con el que contrarrestar el efecto Ronaldinho. Llegaron también otras atracciones sudamericanas: dos uruguayos, uno bien contrastado en España, Pablo García, y otro vendido como un portento, Diogo, con el que iban a temblar los carriles de España. Se subieron canteranos: Jurado, que era el Zidane de Sanlúcar, la perla del Castilla, y Arbeloa, de perfil camachista y que ya había debutado con un gol en el Villamarín. Se fichó largo y tendido, se ficharon veteranos y noveles, mimbres como para cambiar medio equipo. Se había llegado al consenso de que el Madrid galáctico estaba viejo y quemado y que hacía falta refrescarlo, sangre nueva. Florentino escuchaba, demoscópicamente, al pueblo, y el pueblo le pedía eso como un año antes, ante el desplome queirocista, le había pedido cojones y centrales.

Y ese verano llegó, en un último culebrón infinito, Sergio Ramos.

Sergio Ramos llegó al Madrid semanas después de que lo abandonara Luis Figo. Ese reemplazo era un cambio de época, acentuado por la dimisión, meses después, del propio Florentino. El primer galáctico, el galáctico original, el tipo cuyo fichaje había hecho ganar las elecciones al desconocido y gris candidato Pérez, se iba al Inter, expedido de malas maneras por un Luxa para el que no contaba. En cambio, con otro clausulazo semejante al que cinco años antes había ejecutado en las oficinas de la Liga para adquirir al portugués, Florentino fichaba por fin a su galáctico español. Lo había perseguido con Mendieta y con Joaquín, pero el cainismo nacional había impedido que el Madrid los sacara de sus tribus. Al final fue Ramos, que entonces era todo lo contrario de lo que habían sido sus grandes fichajes anteriores.

Pero, ¿quién era Sergio Ramos en el verano de 2005? Visto desde ahora, fue el último golpe de vista genial de la mirada profunda, generacional, de Florentino Pérez. Aquel no era el mejor Florentino. Estaba ya desgastado por la deriva de su gran proyecto. Meses después reconocería que malcrió a sus estrellas, hasta el punto de que lo devoraron a él, que era su padre, como hacen todas las revoluciones. Florentino, un artífice extraordinario del cambio de rumbo absoluto que tomó la industria del fútbol en el cambio de siglo, fue superado por su propia obra. Y ese mismo hombre desbordado por una situación que no había previsto y que no supo reconducir, vio que había un tipo en el Sevilla que estaba cargado de futuro. Un niño de diecinueve años que no era una estrella consagrada, cuyo perfil no tenía nada que ver con el de Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham ni Owen. Un niño que costaba la mitad de lo que había pagado por Figo, que ya era Balón de Oro, y que era español. Florentino se anticipaba ya a la gran explosión del fútbol nacional fichando al que sería, a la larga, el símbolo de la selección campeona de todo un lustro después y lo hacía cuando ni Xavi ni Iniesta eran, ni mucho menos, titularísimos en el Barcelona.

Era el verano de La camisa negra de Juanes, el verano en que España comenzó a escuchar reguetón a porrillo. España quería más gasolina y bailaba en trance La tortura, como si se presintieran colectivamente todas las desgracias que estaban a unos años de acaecer sobre el país. Se empezó a relacionar a Ramos con el Madrid a mediados de la temporada anterior. Luis Aragonés lo hizo jugar con España sustituyendo a Puyol y es verdad que, por entonces, tenía un aire al ya consagrado defensa catalán: la melenita era algo puyolesca, aunque menos Tarzán. Ramos era muy moreno, de rasgos marcadamente andaluces. Llevaba una cinta en el pelo, igual que Guti, y en una época pre-Cristiano ya estaba mazado, su cuerpo era muy atlético. Jugaba en el lateral derecho y a esas alturas ya se discutía a Míchel Salgado en el Madrid. Además, tenía una garra absolutamente sudamericana, propia del equipo que lo alumbró, el Sevilla de Caparrós. El mítico Batman de Utrera lo adora, veinte años después sigue enamorado de él, y con razón, porque en un momento de esplendor de la cantera sevillista, Ramos era lo mejor que tenían: un par de años después, Navas y Puerta abrirían el gran ciclo triunfal del Sevilla en Europa, pero Ramos había dado el salto, el gran salto, no sólo al Madrid, sino a la historia del fútbol mundial.

ese mismo hombre desbordado por una situación que no había previsto y que no supo reconducir, vio que había un tipo en el Sevilla que estaba cargado de futuro. Un niño de diecinueve años que no era una estrella consagrada. Un niño que costaba la mitad de lo que había pagado por Figo, que ya era Balón de Oro, y que era español. Florentino se anticipaba ya a la gran explosión del fútbol nacional fichando al que sería, a la larga, el símbolo de la selección campeona de todo un lustro después

Al final de aquella temporada, Ramos le metió un golazo de falta al Madrid en el Pizjuán. Fue un zambombazo a lo Roberto Carlos. Por encima de su técnica, de su empaque y de su físico, lo que destacaba de él era su liderazgo natural. Tenía diecinueve años y jugaba como un jefe, montado a caballo como el mayoral de una ganadería de toros de lidia. Durante todo el verano, según el modus operandi legendario del presidente, Florentino había dejado claro, más o menos, que para que llegara Ramos tenía que irse Owen, cuyo paso por el Madrid fue como el de Anelka pero sin goles decisivos en la Copa de Europa. Cuando se fijó la venta del Balón de Oro inglés al Newcastle, pareció evidente que lo de Ramos era cuestión de tiempo. Pero el tiempo, en verano, en los antiguos veranos florentinistas, era más relativo que nunca. Del Nido, que siempre se ha confesado su amigo, se resistía a darle a Pérez a la joya de su corona, no sólo por dinero sino por la proverbial oposición tribal al Madrid que persiste en los pueblos de España. En el tira y afloja, Ramos demostró su arrolladora personalidad dejando un momento icónico: vestido todo de blanco, traje, camisa, corbata y zapatos, apareció por una concentración de la Selección insinuándose al Madrid con uno de esos gestos que, más tarde, serían tan suyos, gestos barrocos y teatrales que remiten a la Sevilla de los imagineros, de los grandes pintores de la Contrarreforma, de Murillo, de Herrera el Viejo y de Valdés Leal. En Ramos todo era ya pasión, tragedia y fuego, porque en Sergio Ramos estaba ya una de las vigas maestras sobre las que, andando los años, levantaría Florentino, a su regreso, el mejor Real Madrid de todos los tiempos.

Ramos y Seedorf

La dimensión de Ramos, entonces, era mucho menor que la de Ronaldo en 2002, pero el deseo seguía siendo el mismo. Y cuando España amaneció en septiembre de 2005, Ramos, por fin, era jugador del Real Madrid. Su salida de Sevilla fue como una extracción militar de alto riesgo: el club donde había nacido como futbolista alimentó, porque le convenía a su presidente, un odio absurdo y criminal contra él que ha perdurado a través del tiempo, dando lugar a escenas escabrosas como medio Pizjuán deseándole la muerte a uno de los suyos, años después de que allí mismo cayera fulminado por la desgracia el amigo del alma de Ramos, Antonio Puerta. Ramos se fue al Madrid llevando consigo todo el tiempo esa llama que muchas veces le hacía cometer excesos, pero que, como a Cristiano Ronaldo, terminaba siempre impulsándole hacia arriba, como el aire caliente hace con los globos aerostáticos. Recuerdo perfectamente su debut con el Madrid: en el segundo partido de aquella Liga que había empezado en Cádiz con el brillo dionisíaco de Robinho, Ramos saltó al descanso y su primer balón fue un despeje acrobático a tres metros del suelo, ganando una bola con el empeine en una suerte de levitación que anunciaba su tremenda superioridad sobre todos los demás. Muy pronto pasó de la derecha al centro de la defensa, a donde lo acomodó definitivamente Capello, años antes que Mourinho. En aquella Liga memorable Ramos fue el corazón latiendo todo el tiempo al borde del abismo de un equipo increíble, por disparatado. Fue su primer título de blanco, pero lo mejor estaba aún muy lejos. Hasta convertirse en leyenda, atravesó todos los infiernos que forjan al héroe, pero lo hizo siempre como Atila, en un caballo de fuego. Ramos era lo que siempre había creído que eran los defensas italianos, con la mentalidad de los viejos futbolistas yugoslavos y la sabiduría natural de los cancheros argentinos. Sin embargo, su talento estaba flotando en el futuro, en una noche lisboeta de la que, mucho tiempo después, salvó al adolescente que yo era en 2005 de comerme veinte horas de autobús con lágrimas rojiblancas en las mejillas. Como cantaba Enrique Morente, con él se cayeron las estatuas.

 

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Hastío, hartazgo, tedio o apatía son humanas emociones que es lógico que embarguen a los madridistas que en el mundo son al oír el nombre de Mbappé. Hemos llegado a un punto de empacho en el que lo de menos es que venga o no, siendo lo importante cubrir la plaza de delantero centro, ligeramente coja sin un complemento para Joselu.

Vivimos un tiempo en el que, por el fichaje de cualquier chaíñas (término gallego que insto al lector a incorporar a su imaginario, y más si eres el Real Madrid) te piden, para empezar, 70 millones de euros. Esta superinflación sólo puede paliarse mirando a improbables héroes alejados del oropel de las estrellas consagradas, así que propongo al amabilísimo lector que me otorga el honor de leer estas cosas que hagamos un ejercicio de imaginación y veamos a qué delantero madridista de épocas pretéritas podríamos rescatar para llevar la zamarra con el 9 a la espalda. Súbanse conmigo al DeLorean Galernauta Supermirafiori y volvamos a tiempos más sencillos, más analógicos y, si no mejores, muy diferentes.

El primero que se me viene a la mente es Manolo Canabal. El espigado delantero de Forcarei, precioso pueblo pontevedrés conocido por su observatorio astronómico, llegó al Real Madrid procedente del Mérida. Sí, ese mismo Mérida que jugó en primera división y cuyo presidente, José Fouto, rebautizó al estadio con su nombre. De Canabal sólo recuerdo que fue fichado por recomendación de Fabio Capello, sus imponentes hechuras, un gol que marcó en el torneo Santiago Bernabéu a la Portuguesa, club de procedencia de Zé Roberto y Rodrigo Fabbri, y que llevó el dorsal 12, heredado de Carlos Secretario. El técnico italiano nunca pudo entrenarlo y fue Heynckes, en la primera mitad de la temporada de la Séptima, quien lo tuvo a sus órdenes sin darle una sola oportunidad, por lo que salió cedido. Encadenó préstamos sin fin hasta el año 2000, en el que fue vendido al Málaga.

Girando la cabeza hacia el año de la Octava, nos encontramos con una dupla de la cantera. Un habilidoso delantero o extremo cuya alopecia prematura desmentía lo corto de su edad, natural de Águilas (Murcia) respondía al nombre de José Manuel Meca. Se trataba de un jugador bullicioso, combinativo y, al menos en mi recuerdo, que abría huecos para que su compañero en la vanguardia tuviera más oportunidades de marcar. Tal es así que sólo marcó un gol con el Real Madrid, si la memoria no me falla, al Valladolid. No puedo separar a Meca de otro hombre con el que hizo dupla en un año en el que los delanteros de la primera plantilla del Real Madrid parecían haberse puesto de acuerdo para lesionarse a la vez, pues Morientes, Raúl, Anelka y Savio estuvieron fuera de combate en varios partidos. El jugador al que me refiero es, evidentemente, Rolando Zárate. Dorsal 36 a la espalda, procedente del Castilla cuando aún se llamaba Real Madrid B, este argentino marcó un par de goles, alguno incluso de cierta importancia. De los rivales no se me ocurre acordarme, ruego me excusen. La jugada consistía en recibir el balón de Meca en la esquina izquierda del área grande, centrarse un poco y lanzar un disparo blandito con rosca al palo contrario. Sí, Zárate inventó la jugada de Robben y Messi, y aprovecho esta tribuna que la Galerna graciosamente me otorga, para reivindicar su figura.

Esta superinflación sólo puede paliarse mirando a improbables héroes alejados del oropel de las estrellas consagradas, así que propongo al amabilísimo lector que me otorga el honor de leer estas cosas, que hagamos un ejercicio de imaginación y veamos a qué delantero madridista de épocas pretéritas podríamos rescatar para llevar la zamarra con el 9 a la espalda

En esa misma época, había un delantero en la cantera del Real Madrid sobre el que la prensa, siempre rigurosa, ya había escrito bastantes líneas. Su nombre era David Aganzo y llevaba el número 34. Si no recuerdo mal, no metió un solo gol en los cuatro ratos que jugó en el primer equipo, pasando, como otros tantos, a encadenar cesiones para foguearse. Lo último que supe de él es que había sido novio de Milene Domingues, ex mujer de Ronaldo Nazario.

Remontándonos mucho más en el tiempo, en mi niñez tuve preferencia por los delanteros suplentes del Real Madrid. Era muy fácil venerar a Butragueño o Hugo Sánchez, y yo los idolatraba, pero mi debilidad era Pardeza, el verso suelto de la Quinta. De él recuerdo que era suplente y marcaba siempre que salía, pero, vistas sus estadísticas, éstas tampoco son para tirar cohetes. Cosas de la niñez.

Otro suplente recalcitrante fue Sebastián Losada. Fogueado en el Español cuando aún se escribía con Ñ, lanzó a las nubes el penalti definitivo que dio la final de la UEFA al Bayer Leverkusen en la temporada 87-88. El partido de ida había acabado 3-0 en Sarriá con doblete de Losada, pero el planteamiento de Javier Clemente en el partido de vuelta, en el que colgó del larguero cuales murciélagos a la totalidad de su equipo, fue superado por los teutones, que igualaron la final con otro 3-0. De los penaltis mejor ni hablar. En el Madrid marcó cerca de 40 goles en tres temporadas, cifra respetable, especialmente para un suplente. Buen delantero con un notable juego aéreo.

El último caso del que podría acordarme seguro que está en la mente del amabilísimo lector, al que pondero hasta el infinito haber llegado hasta este punto en el texto. Javier García Portillo, el goleador histórico de las categorías inferiores del Real Madrid, casi nadie al aparato. Formó una interesante dupla suplente con Tote, el especialista en rabonas y rebelde sin causa del Real Madrid. Mi padre dijo de él que, con ese peinado de punta tardonoventero-dosmilero, más propio de la Eclipse que de Concha Espina, tenía cara de lancha rápida. Su debut con el Real Madrid tuvo lugar contra el Panathinaikos en Champions en el año de la Novena. El primer balón que tocó fue un zurriagazo tremendo desde su Aranjuez natal a la portería griega. A partir de ahí, las portadas. Portigol. Delantero suplente en el Madrid de los Galácticos, tuvo relativamente pocas oportunidades, pero estaba claro que, sin quizá dar el nivel para el Real Madrid, era un excelente rematador. Sus cesiones a Anderlecht, Fiorentina y no sé cuántos equipos más dieron con sus huesos en el Hércules, donde se retiró siendo un ídolo.

Se nos acaba el tiempo, pero creo que he dejado claro que ha habido hombres de sobra en la historia del Real Madrid como para llevar la camiseta número 9 que tan huérfana ha dejado Benzema. Que sea Mbappé o no, es lo de menos. Hagamos fútbol ficción y demos a alguno de los mencionados aquí la oportunidad de volver a portarla. Es mucho mejor que nada.

 

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