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11-1: el inicio de la propaganda antimadridista

11-1: el inicio de la propaganda antimadridista

Escrito por: Antonio Valderrama28 febrero, 2019
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En 1943, el Madrid venció por 11 a 1 al Barcelona en el partido de vuelta de las semifinales de la Copa, entonces del Generalísimo, remontando el 3-0 de la ida que los barcelonistas traían como ventaja. Es hasta el momento la mayor victoria registrada en estos partidos. Es recordada, menos de lo que se debiera, por algunas de las consecuencias que la abultada goleada trajo a los dos equipos: recrudeció de forma fatal la enemistad entre ambos clubes, malquistándola quizá para siempre, hizo fracasar la política de amistad patriótica con la que el nuevo régimen quería tamizar las relaciones deportivas entre los clubes españoles y, sobre todo, coadyuvó a que Santiago Bernabéu se convirtiese en el presidente del Real Madrid. Este 11-1 de una fecha tan lejana merece una exégesis porque sirve estupendamente para explicar muchas cosas de la España de entonces y también por qué no, de la de ahora. En todo caso, constituye uno de esos “momentos estelares” a los que la propaganda victimista, en este caso barcelonista, recurre a conveniencia cuando retrata al Madrid como un agente político al servicio de la dictadura franquista, su tema vehicular, estrella podríamos decir.

Imagen del 11-1

El 11-1 no fue, como se cree, el inicio de la rivalidad “eterna” entre ambos clubes. Ya en 1936, comenzada la Guerra Civil, el Barcelona había trabajado para impedir, finalmente con éxito, que el Madrid jugase en el Campeonato de Cataluña, único torneo que permanecía activo en la España republicana. Sin embargo, el ambiente como se puede imaginar era completamente distinto en junio de 1943, en plena postguerra. En ese momento, con las heridas a flor de piel y el país recuperándose de la devastación material y humana, el “primer franquismo” quiso “hermanar a los diferentes pueblos de España”, en palabras del historiador Ángel Bahamonde: la “teoría de un fútbol sin conflictos como exponente del sentimiento de unidad que debía prevalecer” en la nueva España ultranacionalista de los vencedores. Se trataba en una palabra de desarraigar de la vida pública española toda división considerando esa polaridad, política y de cualquier naturaleza, la causa primitiva de la fractura que produjo la guerra. Por supuesto esta teoría debía aplicarse a rajatabla en el fútbol, que muy pronto recuperó y aun dobló su popularidad tras el gran trauma, embocando definitivamente el camino que lo llevaría a convertirse en apenas una década larga en el espectáculo de masas por antonomasia del mundo occidental. El fútbol, como prácticamente único lugar ya, en el nuevo régimen, en el que las masas podían permitirse una cierta espontaneidad, algo parecido a una libertad colectiva inmediata, se convirtió en un asunto delicado, un asunto que las autoridades no podían descuidar dada su potencialidad subversiva; sobre todo porque ya durante la República se habían acentuado las manifestaciones episódicas de carácter político y el Barcelona por ejemplo actuaba de portavoz oficioso de causas como el catalanismo: como ahora, pero más elegantemente, con menos desfachatez, más ajustado a los tiempos.

Ya en 1936, comenzada la Guerra Civil, el Barcelona había trabajado para impedir, finalmente con éxito, que el Madrid jugase en el Campeonato de Cataluña, único torneo que permanecía activo en la España republicana

Así las cosas, el partido de ida de esa eliminatoria de semifinales entre Barcelona y Real Madrid, disputado en Las Corts el 7 de junio, contradijo por completo la política franquista de la “amistad patriótica”. La crónica del ABC del día siguiente es muy explícita en ese sentido: “Como en las más furibundas ocasiones mitinescas de otro tiempo, hay una cuestión previa, y, por descontado, muy importante. No se trata del fútbol, sino de lo que le rodea. No se refiere al deporte sino al antideporte. Más claro: ha surgido de nuevo, y ahora, nada menos que en el campo de Las Corts, el más locuaz impresionante espectáculo de la agresividad unánime, de la vehemencia, lindando con el cien por cien, y sería necio e insensato escamotear la verdad: frente a un Barcelona que, justamente, aspira a alcanzar un año más el título de campeón de España, al Real Madrid no le ha sido posible jugar durante todo el primer tiempo, porque se ha puesto, más que el equipo azulgrana, el público; antes que las dificultades del lance o la superioridad del juego, el árbitro”.

Julián García Candau, en su biografía de Bernabéu, achaca esta hostilidad a la “manifestación de cierto sector del público catalán de un modo político”. El Madrid por supuesto aún no había sido motejado como “el equipo de Franco”. Lo cierto es que estaba en plena reconstrucción institucional, deportivamente estaba saliendo del pozo sin apenas dinero; “partido por el eje” desde 1939, como cuenta el profesor Bahamonde en su libro El Madrid y la Historia de España, sufría además, como la ciudad de Madrid al completo, un proceso de depuración y transformación simbólica impulsado desde la misma jefatura del Estado, proceso que había beneficiado directamente a su primer rival madrileño, el Atlético, convertido en instrumento de propaganda del régimen a través del patrocinio del Ejército del Aire. No obstante, al parecer el público barcelonés pagó con el Madrid una suerte de rencor catalanista contra Madrid; sin duda eso no ha cambiado a lo largo del tiempo, la restauración democrática en cambio parece haber empeorado las cosas en ese sentido. El Madrid perdió 3-0 aquel partido en Las Corts pero como recoge la crónica del ABC no hubo “ni fútbol, ni juego, ni monsergas. Choques y violencias recíprocas, con una desventaja enorme para el Madrid: cada vez que algún jugador azulgrana sufría una que él consideraba falta, los gestos, los aspavientos, la carrera en busca del árbitro para exponerle las quejas mientras el público, ¡naturalmente!, respondía a las excitaciones con la vehemente protesta de chillidos y voces” recuerda mucho a la característica actitud de los actuales jugadores del Barcelona, desarrollada desde la etapa de Guardiola en el banquillo culé.

Choques y violencias recíprocas, con una desventaja enorme para el Madrid: cada vez que algún jugador azulgrana sufría una que él consideraba falta, los gestos, los aspavientos, la carrera en busca del árbitro para exponerle las quejas

El árbitro, superado por el público, “perdió la ponderación” en efecto, como “el público quería: quería que sus jugadores ganasen a toda costa, que resultaran intangibles, y lo consiguió”.

El contraste con la crónica que del partido hizo La Vanguardia resulta curioso: “Ni la táctica, extremadamente defensiva adoptada por el Madrid, ni el juego violento que imperó a lo largo del primer tiempo, iniciado por el equipo madrileño y adoptado, al fin, con todas las consecuencias, por el azulgrana, pudieron lograr que prevaleciera la conveniencia de los forasteros de mantener su puerta tan incólume como les fuera posible”. No se hace en ella mención alguna al excesivamente caldeado ambiente de las gradas, ni a la parcialidad arbitral, aunque en la última línea se menciona que “presenció el partido el teniente general Moscardó, delegado nacional de Deportes”. El héroe del Alcázar de Toledo debió quedar impresionado por la ruidosa animadversión del público barcelonés porque lo cierto es que la Delegación, a través de la Federación, advirtió a los dos equipos de que aquello no se podía repetir en la vuelta.

Imagen del 11-1

Aquí empieza de verdad la leyenda negra antimadridista. Incluso hoy una breve consulta a Google arroja resultados reveladores: en El Economista, nada menos, se recuerda en diciembre de 2017 el episodio, pero con un marcado sesgo barcelonista, citando a los autores (Manuel Tomás y Frederic Porta) de un libro que se llama Barça inèdit. Las sugerencias de amaño, trampa y “encerrona” así como las menciones a las exageraciones de “la prensa de Madrid” como responsables de la derrota barcelonista lo dicen todo. En una nota de febrero de este mismo año, en goal.com, se cita a un historiador barcelonista, Joan Barau, que califica el partido de vuelta jugado en Madrid como “un espectáculo más cercano a lo que podía verse en un circo romano que a un partido de fútbol”. Continúa Barau diciendo en Goal que el 11-1 “se recuerda como el partido de la vergüenza, un resultado que el Real Madrid jamás ha sacado a relucir porque destapa los peores fantasmas de la España más oscura”. En la nota, firmada por Ignasi Oliva Gispert, se presenta melodramáticamente el libro de Barau, del que no se cita el nombre, como un texto que “devuelve al lector a una época de cruda posguerra en la que el hambre estaba tan presente en la vida de los españoles como la propia censura con la que convivirían las próximas tres décadas”.

Según la versión más extendida popularmente un “alto cargo de la policía” entró al vestuario azulgrana en Chamartín, antes de empezar el partido para poco menos que “avisarles”, al modo mafioso, de que se dejaran ganar. En la nota de Goal se afirma que “incluso intervino el ejército español, haciendo acto de presencia en el vestuario barcelonista”. Según Barau esa “es una historia que no se ha podido probar jamás y no queda ni uno solo de los miembros del Barcelona que estuvieron en aquel vestuario pero es obvio que para que te metan once goles hay que jugar ante un rival ausente, porque no es habitual en ningún caso” y que las “advertencias (de la prensa madrileña) hicieron que algunos de los jugadores del Barcelona se plantearan si valía la pena oponer resistencia y no lo hicieron”.

Según la versión más extendida popularmente un “alto cargo de la policía” entró al vestuario azulgrana en Chamartín, antes de empezar el partido para poco menos que “avisarles”, al modo mafioso, de que se dejaran ganar

Hasta Alfredo Relaño, en un artículo en AS, niega la cuestión de las amenazas. “No hubo nada de eso, sino una advertencia previa a los dos equipos de buena conducta. El Barça se derrumbó por el ambiente, sin más”. Lo aclara Candau en su libro: “Antes de que comenzara el partido un alto cargo de la Direción General de Seguridad -nunca quedó claro si fue el propio director general o el jefe superior de Policía” entró en el vestuario barcelonista a recordar que no se deseaba el mínimo incidente y que se tuviera en cuenta que algunos de los jugadores del Barcelona podían seguir practicando el fútbol gracias a la generosidad del régimen”. Con esto, contrariamente a lo que sostiene Barau cuando menciona, también en Goal, no se aludía a la “Ley de Responsabilidades Políticas, según la cual todo aquel que no fuera fiel a los principios del régimen era sospechoso” sino más bien a lo contrario: precisamente jugadores barcelonistas como Escolá, Balmanya y Raich habían pasado la guerra en Francia, jugando en la primera división francesa,  huidos de Cataluña desde muy temprano por miedo a sufrir persecución y castigo no de franquistas, sino de anarquistas, trotskistas y comunistas (por ejemplo Raich había pertenecido a la Acción Católica de su pueblo, Molins de Rei). Como a Ricardo Zamora, el franquismo les afeó la conducta al término de la guerra por haberse quedado jugando en Francia y haberse mostrado renuentes a regresar a la España sublevada durante la guerra; no había sido por tanto una persecución particular contra los jugadores barcelonistas, precisamente, ni una amenaza de purga política lo que recibieron en Chamartín aquel día.

Alfredo Relaño, en un artículo en AS, niega la cuestión de las amenazas. “No hubo nada de eso, sino una advertencia previa a los dos equipos de buena conducta. El Barça se derrumbó por el ambiente, sin más”

Lo cierto no obstante es que el ambiente en la grada madridista estaba muy tenso. Según Candau “durante la semana la prensa madrileña caldeó el ambiente, surgió un excesivo deseo de revancha y a la hora del partido hubo taquillas que junto a la localidad regalaban un silbato. El graderío estaba hasta los topes”. Escribe Relaño que “cada vez que un blaugrana coge el balón más de 20 000 silbatos emiten un sonido insoportable”. Al descanso, el Madrid gana 8-0 y la eliminatoria está finiquitada. El portero barcelonista, Miró, se retiró tras el partido, traumatizado por la experiencia. La Vanguardia, en su crónica, menciona que “muy pocos partidos se han esperado con tanta expectación como este” y que “desde el primer momento se ve que el Barcelona está cohibido. Y en las primeras jugadas lo que hace es lanzar balones fuera. Se trata de un partido completamente raro, debido a la diferencia de ánimo entre los dos equipos: mientras los madrileños salieron con el máximo de entusiasmo, el Barcelona salió apagado”. Resulta interesante la mención al árbitro en el periódico barcelonés: “Buen arbitraje para un partido muy difícil”.

Aunque la leyenda negra haya socavado el crédito de la verdad, lo cierto es que para el “primer franquismo”, como dice Ángel Bahamonde, no era importante el resultado ni el ganador, sino la exhibición pública de una animadversión visceral entre las dos aficiones que negaba por completo su política oficial de unidad patriótica. Por si fuera poco, un ambiente así exponía la situación a desbordarse de manera tumultuaria, algo inaceptable para la dictadura recién instaurada. Por lo tanto, ambos equipos fueron sancionados duramente con 25 mil pesetas por el tremendo espectáculo de ruido y presión ambiental de la afición de Chamartín, con 2500 pesetas añadidas de multa al Barcelona por la atmósfera similar que lo había precedido toda una semana antes en Las Corts. La recaudación fue destinada a pagar entradas, a la final de Copa, a las “juventudes” del Movimiento aunque en Barcelona fue vista la sanción como una especie de “ataque a Cataluña”, género victimista por otra parte de rancio abolengo en la región. La Delegación Nacional de Deportes, con Moscardó a la cabeza, “recomendó” también que los presidentes de los dos clubes dimitieran. Al Madrid lo presidía Antonio Santos Pedralba, un gallego que había sustituido tres años antes al general Meléndez, el hombre que tuvo como misión conducir al Madrid tras el comité de salvación convocado al terminar la guerra. Tanto Pedralba como el presidente barcelonista, el marqués de Asta, Enrique Pyñeiro, eran naturalmente hombres que contaban con la aprobación del régimen, así como sus sustitutos, un coronel que había entrado con Moscardó en Barcelona en 1939, José Vendrell, y un tal Santiago Bernabéu, también participante de la campaña catalana en un rango mucho menor, simple cabo en la División de Muñoz Grandes. Las autoridades habían fulminado las cabezas de Madrid y Barcelona con objeto de abortar la hostilidad pública que se desbordaba entre ambas aficiones, por lo que tanto Bernabéu como Vendrell acordaron jugar ese mismo año dos “partidos de la paz” como fueron llamados, uno en cada campo, que resultaron todo un espectáculo de concordia y amor fraterno y patriótico, estupendamente escenificado entre todos. Se entregaron una copa, la Copa de la Concordia como dio en llamarse, que finalmente ganó el Barcelona, y su capitán, curiosamente apellidado Franco, que se retiraba al término del segundo partido, le ofreció el trofeo a Ipiña, el capitán del Madrid, en fin, toda una algarabía de júbilo nacional que sin embargo duró poco.

para el “primer franquismo”, como dice Ángel Bahamonde, no era importante el resultado ni el ganador, sino la exhibición pública de una animadversión visceral entre las dos aficiones

Apenas un año después terminaba la Liga de la temporada 1943-1944. El último partido, en Barcelona, los enfrentó a ambos, el público olvidó por completo “la paz” sellada con grandes alharacas el verano anterior. También parece que se olvidaron de la ilusión pacífica los futbolistas y un barcelonista, Riba, acabó con la clavícula y un brazo roto. El Madrid ganó, pero el Barcelona fue nuevamente multado con 5 mil pesetas por la Federación “por el comportamiento inhospitalario y hostil del público para con el equipo visitante”. A pesar de que la leyenda negra antimadridista sitúa aquí el inicio de la colusión de intereses entre Madrid y dictadura, adjudicándole poco menos que un papel instrumental en una supuesta política propagandística trazada desde El Pardo, un vistazo al palmarés de Liga y Copa permite ubicarnos mejor. El Madrid, en 1943, no ganaba la Liga desde 1933, exactamente diez años antes. Tardó once años más en conquistar una, ya con Di Stéfano, en 1954. En Copa, perdió aquella final del 43 ante el Athletic de Bilbao. Ganó por fin tres años después, en el 46, su primer título en diez años, repitiendo al año siguiente en Copa, éxito inédito de nuevo hasta 1962. El Barcelona sin embargo ganó entre 1943 y 1960 siete Ligas y cinco Copas. En ese tiempo el ayuntamiento de Barcelona recalificó sucesivamente los terrenos donde se construyó el Camp Nou y los del viejo Las Corts, operaciones que sirvieron para que el Barcelona se instalase en un nuevo y ampliado estadio a la vez que saneaba generosamente sus cuentas. Mientras tanto el Madrid, de forma autónoma respecto de las autoridades, estaba embarcado en una estrategia de expansión social con la que pudo financiarse un nuevo estadio en Chamartín con capacidad suficiente para acoger al público necesario que pudiera sufragar un equipo campeón a escala internacional, con los resultados de sobra conocidos.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

14 comentarios en: 11-1: el inicio de la propaganda antimadridista

  1. Julián García Candau vomita antimadridismo cada día en las páginas del periódico digital republica.com. Respondió a la polémica por el penalti de Rulli a Vinicius diciendo que "fue peor lo de Guruceta".

    1. Buenas tardes, le pongo a continuación la trayectoria de Guruceta con el Madrid, si no lee, no se cree, Garcia de Loza el poco dotado economicamente árbitro aragonés nos pitaba mejor.

      . Ustedes pensarán, a la vista de los bulos expandidos por ese club racista y pequeño burgués que los partidos que Guruceta le pitó al Madrid debieron ser bacanales de expulsiones, penaltis y goles en fuera de juego, todo favorable al Madrid. Lamento desilusionarles. Guruceta le pitó al Madrid 22 partidos de liga. El Madrid ganó 13, perdió 6 y empató 3. Enseñó 8 amarillas a jugadores del Madrid y 15 a sus rivales. Pitó 5 penaltis favorables al Madrid y 3 en contra. El Madrid ganó, con el blanco Guruceta, el 59.09% de sus partidos. Les recuerdo que con Clos el Madrid gano el 66.67% de sus partidos y que con Mallenco, en el período del closarato, gana el 57.58% de sus partidos. Guruceta, el árbitro de cámara del madridismo. Ya saben aquello de las mentiras repetidas hasta la saciedad. Goebbels, un principiante.

      Saludos blancos, castellanos y comuneros

  2. Excelente artículo, señor Valderrama.
    Espero impaciente los siguientes artículos sobre la histórica rivalidad.
    ¿Quizá sobre los fichajes de Kubala y de Di Stéfano?
    Mira por donde, según reproducía la crónica de ABC sobre el partido de ida de la copa del General Ísimo, pensaba en el Barça de Guardiola, cuyo estilo inconfundible de presión a los colegiados, sigue impregnando el modo de hacer de los farsantes.
    El Madrid tiene perdida la guerra de la propaganda desde hace décadas con el Barcelona, porque este equipo es un instrumento, gustoso, del nacionalismo catalán, y el Madrid es "sólo" un club deportivo.
    Por eso saludo sus esfuerzos por contrarrestar la propaganda culé nacionalista, que tanto daño nos ha hecho, en particular desde la transición, y en la que han colaborado encantados medios de comunicación de ámbito nacional.
    Enhorabuena por la serie.

  3. No conocía esta historia al detalle, solamente la brocha gorda de la versión culé. Ahora todo cuadra y todo tiene sentido, y los figurantes resultan seres humanos y no caricaturas. Muchas gracias

        1. Hola, Pepe

          No tengo Twitter. Puedes escribirme a la dirección de correo con la que me di de alta en La Galerna, o facilitarme alguna dirección de correo a la que escribirte

  4. Magnífico artículo. Me encanta leer la historia. Forma parte de la identidad.
    Y de paso, decir que ya apuntaban maneras desde antaño los catalanes... En mi particular experiencia todo el que comentaba sobre dicho partido decía que claro si era el Madrid de Franco. Y cuando les demuestras el erron, igual, pasan una mano frente a su cara, como apartando cualquier atizbo de moral, ética, razonamiento o lógica que pueda salir a relucir, y te dicen: -igual, eso fue hace muchos años. Y quién dice que eso que dice ahí no es inventado???
    En fin. El que no se consuela es porque no quiere. Saludos.

  5. En la esquinita tienen afición a inventarse la historia y siempre con toques victimistas. Es agotador. Cualquier día nos dirán que los Neandertales provenían de Cerdanyola y que se extinguieron por culpa de los malvados Sapiens mesetarios.

    Recuerdo una entrevista en el diario Ass a unos barcelonistas supervivientes se este partido allá por los años 90 (se puede rastrear por internet, supongo) que reconocían que no hubo nada raro, simplemente se derrumbaron.

    Aquellos resultados no eran raros entonces. No es que se vieran todos los días pero sí que era más común que hoy ver un marcador de dos cifras. Si el ambiente estaba caldeado, como rezan las crónicas, nada tuvo que ver en el resultado, si no los equipos turcos y griegos tendrían un palmarés impresionante.

    1. Lo de la esquinita es patológico. Es una tierra preciosa que hacen antipática a base de victimismo, manipulación y verdades a medias (que son peor que las mentiras).

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Estas son mis notas de la temporada a los jugadores del Real Madrid. Reconozco que he sido demasiado generoso. Me he dejado llevar por el pasado en algunos casos. Asumo el error. https://t.co/sFcrPguXta

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