Uno de mis primeros recuerdos como madridista es el temible Bayern de Munich como un equipo desagradable y todopoderoso. Un monstruo hosco que se reflejaba en ese guardameta bravucón llamado Oliver Kahn. Ese equipo estaba entrenado por Ottmar Hitzfeld, un señor imperturbable que siempre llevaba gabardina y parecía estar tramando maldades tácticas para desarmar cualquier escuadra rival. En aquellos primeros años como aficionado al fútbol siempre escuchaba eso de que al Madrid le costaba ganar en Alemania, que si el Bayern de Munich era nuestra gran bestia negra y que el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Aquel Bayern estaba capitaneado por un Lothar Matthäus en retirada y parecía que ese equipo decimonónico se comía a los niños. Esa era la imagen que proyectaba. Nada edificante, la verdad. Tampoco ayudaba que aquel equipo estuviese poblado por sujetos desagradables como Stefan Effenberg o Salihamidžić.
Sin embargo, aquella temporada 1999/2000 me curtió en el fútbol y me sirvió para comprender la dimensión legendaria del Real Madrid. Aunque hubiera pergeñado algún manual informativo de qué es el Madrid, nada ni nadie me podría haber explicado mejor la esencia del madridismo que esa campaña tan vacilona como una noria. La machada de aquella generación que dio carpetazo por dos veces al Bayern me animó a perderle el miedo al mito. El tiempo le sentó bien a estos duelos y la toma de Munich por el Madrid aquella noche del 29 de abril de 2014 con ese 0-4 para el recuerdo nos llevó a la euforia en la que vivimos instalados desde entonces.
El tiempo le sentó bien a los Bayern-Real Madrid y la toma de Munich por los blancos aquella noche del 29 de abril de 2014 con ese 0-4 para el recuerdo nos llevó a la euforia en la que vivimos instalados desde entonces
Para el partido de anoche Ancelotti no se volvió loco con el once. Nacho partía de central y Tchouaméni de cinco en el centro del campo. El Madrid salió muy serio e incomodaba al Bayern con fútbol vertical y rapidez. El equipo bávaro se mostraba frágil en defensa pero peligroso en el ataque. El partido se movía en un ten con ten levemente inclinado a favor del Madrid. Y en esas estábamos cuando en el minuto 24 llegó el gol. La jugada es para esculpirla, pues el miedo de Tuchel se hizo realidad: el gol no se vio venir. En un momento de aparente zozobra, de movimiento mecánico y por automatismos, el señor Toni Kroos se sacó el pase del año. Únicamente un genio como el germano puede leer la jugada con esa inteligencia y realizar el pase en el momento propicio. El germano decide con tranquilidad cuándo y dónde ha de poner a Vinícius el balón y este define a placer ante Manuel Neuer. Si el pase es magistral, la definición del brasileño no se queda atrás. La carrera que pega desde la medular para plantarse por velocidad ante la portería es prodigiosa, y aún más saber definir con precisión de cirujano frente a un portero de la talla mundial de Neuer.
La segunda parte empezó con un Madrid dominador que tuvo una ocasión clarísima en las botas de Toni Kroos con un disparo marca de la casa que supo sacar Neuer. Entonces, el Bayern nos recordaría que tiene pólvora arriba y Leroy Sané hizo una genialidad sacándose un tiro fuerte al palo de Lunin. Cuatro minutos después, Lucas Vázquez derribó a Musiala dentro del área cometiendo un penalti claro. Harry Kane lo lanzó de maravilla. Los alemanes daban vuelta al marcador sin comerlo ni beberlo.
Pero el Real Madrid no iba a quedarse de brazos cruzados y siguió dominando el partido. Ancelotti introdujo a Camavinga por Nacho y retrasó a Tchouaméni. Como un picapedrero, el equipo continuaba en sus ofensivas. Modric entró por Kroos y Brahim por Bellingham. Y en una de esas contras, Kim Min-jae cometió la torpeza de hacerle un penalti de manual a Rodrygo dentro del área. Vinícius lo transformó con clase. Doblete del brasileño. Otra noche europea en la que el siete blanco resulta decisivo. Tras el empate en el minuto 83, los equipos parecían firmar tablas y fiarlo todo a la vuelta en el Santiago Bernabéu. Joselu entró por Rodrygo e insufló de oxígeno a sus compañeros. El gallego fue una molestia para los centrales. El 8 de mayo asistiremos a la resolución de esta semifinal y sabremos si estaremos en Wembley el sábado día 1 de junio.
El 8 de mayo asistiremos a la resolución de esta semifinal y sabremos si estaremos en Wembley el sábado día 1 de junio
El Real Madrid llegaba al partido de anoche tras la victoria frente a la Real Sociedad en Liga. Aprovechando nuestra inmejorable posición en la competición doméstica, Ancelotti optó por dar refresco a sus jugadores más habituales y sacó un once plagado de novedades: Kepa volvió a la portería, Militao pudo volver a ser titular, Ceballos, para la medular y al fin Arda Güler. El turco fue el autor del primer y único gol de la noche que fabricó Tchouaméni con un cambio de juego perfecto y centró tal y como venía Carvajal. Con frialdad, Güler definió desde el segundo palo.
A falta de 4 puntos, la Liga está hecha. Este sábado recibimos en casa a un Cádiz C. F. agonizante que lucha aún por no descender matemáticamente. Seguramente, el partido lo disputará la unidad b y podamos seguir disfrutando de jugadores como Militao o Güler. Y mientras tanto, todos seguiremos esperando con ansias la vuelta en casa con el Bayern, ese gran clásico europeo.
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Arbitró el francés Clément Turpin. En el VAR estuvo su compatriota Jerome Brisard.
Actuación muy europea. Dejando jugar bastante y permitiendo los duelos físicos. En el tintero le faltó señalar alguna falta más sobre Vinícius en la primera mitad y dos amarillas: una a Camavinga por pisotón a Musiala y otra a Kane por derribo duro a Kroos.
Los que sí se llevaron amonestación fueron Mazraoui por llegar tarde ante Bellingham en el 43', Kroos por una patada por detrás a Kane en el 64’, Kim por protestar el penalti en el 81' y Lucas al agarrar a Davies en el 91'.
Los dos penaltis de decretados eran cristalinos. Lucas zancadilleó a Musiala y Kim agarró arriba y trabó abajo con su rodilla a Rodrygo.
Turpin, BIEN.
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Lunin (6)
Serio y sólido. Aunque entró por el palo corto el tanto de Sané, es un prodigio de violencia en el disparo, seco y pérfido. No hubo milagro ucranio en el penalti.
Lucas Vázquez (4)
Mal día para Lucas después de su exhibición ante el Barcelona. Desbordado y amonestado, cometió un inocente penalti sobre Musiala que insuflo al Bayern una vida que no tenía.
Rüdiger (6)
Valiente y decidido. Sostuvo varias acometidas del Bayern.
Nacho (6)
De más a menos. Oficio. Sustituido.
Mendy (5)
No es frecuente verlo superado. Sané le hizo un traje en el empate del Bayern.
Tchouaméni (5)
Superado y acogotado por la presión del Bayern y el Allianz Arena. Justito.
Kroos (9)
Magisterio de Toni en su antiguo hogar. Una asistencia para Vini que ni los Harlem Globetrotters. Si llega a marcar con ese disparo con rosquita ante Neuer le pongo un 10.
Valverde (7)
En todas.
Bellingham (4)
Alicaído, como si estuviera triste y deprimido, incluso lesionado o dolorido. Inquietante, que diría Iker Jiménez.
Rodrygo (7)
De menos a más. Provocó el penalty del empate tras otra fantasía de Vinícius.
Vinícius Jr (8)
Agradeció el regalo de Kroos con una fantasía que vale el empate en Múnich.
Camavinga (6)
Aportó energía y nuevos bríos.
Brahim (5)
No tuvo espacio ni tiempo para destacar.
Modric (6)
Destellos de su excelsa categoría.
Joselu (-)
Sin tiempo.
Ancelotti (7)
Business as usual. Previsible y tardón en los cambios, pero tiene la Liga ganada y al equipo a un partido en el Bernabéu de luchar por la decimoquinta Copa de Europa.
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Regresar a Munich a finales de abril siempre es halagüeño en Europa. Que se lo digan a otros. Aquí estaba el Madrid, de nuevo fuera de casa, esperando no sufrir sofocos recientes.
Cómo son las cosas.
Cuarenta y cuatro segundos tardó el Bayern en dar el primer susto en la meta de Lunin, bien desbaratado por mi tocayo. Eran las primeras chispitas de los célebres árboles de Rummenigge, recordando aquellas botellas de vino que descorchaba junto a Pep en tantas bávaras noches. A su lado, siempre tan locuaz, se sentaba Uli Hoeness, clon de Steve Ballmer, aquel CEO sudoríparo de Microsoft, dicho sea de paso.
18 minutos duró la tortura. La lluvia que no cesa. Gotascaen, como se dice en alemán. Tchouaméni, empapado; el Madrid, acogotado, mientras Goretzka, con ese apellido de Gaintxurizketa y figura de forzudo de circo, repartía sus credenciales a cualquier merengue a tiro. El Bayern empujaba, el Fussball Arena rugía, el Madrid resistía como aquella vez en Manchester, ¿recuerdan? Ríase usted del Manual de Resistencia del que ustedes ya saben. El caso es que los de Carletto aguantaron el chaparrón. Pronto acabaría en sirimiri.
El tiempo que tardó Toni en tomar el control del partido. Cuando peor lo pasaba su equipo, aportó pausa, sosiego, socorro. Y algo más. Transcurrían 23 minutos cuando Herr Kroos divisó lo que sólo él divisa y dibujó desde la medular un pase que atravesó todo el centro del campo del Bayern, un pase que era una autopista hacia el cielo muniqués. Allí aparecería Vinícius, en solitario, para, a sólo un toque —no necesitó más, cortesía de Toni— ejecutar a Neuer y poner el 0-1 en las semifinales de la Champions.
Una ocasión, un gol, máxima eficacia, homenaje a nuestros germanos anfitriones.
El Bayern reaccionó con gallardía, pero sin el empuje de antaño. Y entre algún pequeño resoplido provocado por aturullada jugada alemana en el área llegamos al descanso. De los vestuarios no volvería Goretzka para alivio de toda espinilla merengue. Guerreiro, más profundo, primer cambio de Tuchel. Pretendía el Bayern nuevos bríos, pero Herr Kroos seguía al mando pudiendo incluso coronar su magisterio con un disparo enroscado que desbarató Neuer a mano cambiada. Sin embargo, para jolgorio de su parroquia y por soprensa, Sané empataba el partido a los 55 minutos tras un fulgurante caracoleo —donde dejó atrás a Mendy, por increíble que parezca— y un latigazo seco y duro al palo corto de Lunin.
No acabaron ahí las desgracias.
Vinícius asumió la responsabilidad para empatar el partido a falta de siete minutos y llevar la eliminatoria indemne al Santiago Bernabéu. Qué mejor lugar para celebrar que lucharemos por la decimoquinta Copa de Europa
Así es Munich y así de inhóspitas son las grandes cumbres europeas. Apenas un momento después, Lucas cometía un inocente penalti sobre Musiala que Harry Kane, especialista, ejecutó sin florituras ni milagros ucranios. 2-1 y media hora para el final. Camavinga, game changer, calentaba en la banda. Entraría por Nacho a los 64´ para desplazar a Tchouaméni al eje de la zaga. Embocado y sorprendido, el Madrid se mostraba perdido. Desde el banquillo, Carletto reclamaba una reacción mientras Lunin atrapaba con solidez y por dos veces un prominente testarazo desde las alturas de Dier a sendas salida de un córner.
Así las cosas, un revulsivo, Brahim, y un veterano curtido en mil batallas, Modric, se preparaban para alistarse a la batalla de München. Lo harían en lugar de un alicaído Bellingham e incomprensiblemente Toni Kroos a falta de poco más de un cuarto de hora para equilibrar las semifinales.
Ante la fervorosa actitud de ambos contendientes, el resultado momentáneo prometía quedarse corto. Tanto fue así que una delicatessen de Vinícius dentro del área muniquesa provocó un sonoro penalty sobre Rodrygo cometido por un chino glandullón que juega en el Bayern. Vinícius asumió la responsabilidad para empatar el partido a falta de siete minutos y llevar la eliminatoria indemne al Santiago Bernabéu.
Qué mejor lugar para celebrar que lucharemos por la decimoquinta Copa de Europa.
Hala Madrid.
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El viaje a Múnich es el último que debe realizar el Madrid para lograr una plaza en la final de la Champions que deberá certificar la semana que viene en el Bernabéu.
Pocos partidos pueden verse más grandes que un Bayern de Múnich-Real Madrid, y los amigos de fcQuiz no podían dejar pasar la ocasión de poner a prueba vuestros conocimientos sobre este verdadero clásico europeo.
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Buenos días. Solo hay dos cosas en el mundo que no pierden un ápice de intensidad por muchas veces que se repitan: los enamoramientos y las Copas de Europa, porque, como dice el maestro Guasch, un Bayern de Múnich-Real Madrid es Copa de Europa, y un City-Real Madrid es Champions. El partido de hoy es el clásico de Europa, según refleja a la perfección la portada de As.
La foto es puro Real Madrid: Lunin, concentrado; Rüdiger, vigilando la retaguardia preparado para disipar cualquier mal; Vini, con la sonrisa primaveral típicamente madridista de quien quiere, puede y sabe que va a comerse el mundo; y Modric… Modric le guiña un ojo al futuro, a la vida, a la Champions, enamorándola una vez más.
Cuando uno termina una relación, cuando ha estado perdidamente enamorado, hasta si se hunde sin ni siquiera haberse consumado esa relación, piensa que jamás podrá sentir algo ni remotamente parecido, cree que será la última vez que ha amado así, incluso cree que ha sido la única. Pero entonces surge otro enamoramiento y vuelve a desmoronarse cardíacamente sin remedio y piensa que jamás ha sentido algo ni remotamente parecido, incluso cree que ha sido la única vez.
La Copa de Europa, la Champions, es igual, las pocas veces que el Madrid cae eliminado pronto, al hincha le cubre, aunque sea por unos instantes, un velo de pesimismo, y cuando acaba de ganar una, o acaba de conseguir una remontada única, piensa que será irrepetible. Pero el madridista tiene el corazón tan blanco que, cada nueva edición, la Copa de Europa, la Champions, lo hace latir con desmesura hasta ponerlo al borde del síncope cuando llegan partidos como el de hoy y eliminatorias como la semifinal. Y lo que es más sensacional, vuelve a repetir lo irrepetible y a ganar otra vez y a sentir ese enamoramiento único.
La portada de Marca es el reflejo de que el Madrid no solo remonta partidos, sino que remonta la historia. Una historia cuyas páginas rezaban que los blancos no ganaban en Alemania y ahora, como dice Antonio Valderrama hoy en La Galerna, «en las últimas tres eliminatorias el Real ha jugado en Múnich más tranquilo, con más temple, sosiego y mando, que en el campo del Mallorca o en Mestalla».
Tuchel, como buen representante del enemigo íntimo del Madrid que es el Bayern, reconoce que «jugamos contra el mito y la leyenda». Ambos equipos se ponderan de igual manera que se dejarán la vida para destrozarse deportivamente en el campo. Es fútbol, es vida.
Ancelotti, por su parte, volvió a dar otra lección en la rueda de prensa y dejó, si cabe, más perlas de las habituales:
«Estoy feliz de estar aquí. Pocos, también en esta sala, pensaban que yo podía hacer esta rueda de prensa y lo hemos conseguido con esfuerzo, trabajo y compromiso».
«Hay dos tipos de entrenadores: los que no hacen nada y los que hacen mucho daño. Yo intento ser de los primeros».
Con Carlo sucede como con el Madrid, como con los enamoramientos, que si no existiese habría que inventarlo.
Si bajamos a lo terrenal, el técnico italiano ha asegurado que jugará Tchouaméni, pero no ha concretado si en el eje de la defensa o en el centro del campo. A nosotros lo que nos importa ahora es salir a dejarse la vida contra el Bayern y ganar, después ya habrá tiempo para criticar lo que merezca ser criticado.
Pasar de hablar de un Bayern-Madrid a un Barça-Valencia es como salir del museo del Prado para visitar el vertedero de Valdemingómez. Pero hasta Mundo Deportivo reconoce que el partido de esta noche es un «euroclásico».
Por lo demás, van a lo suyo. Ayer en Montjuic volvieron a suceder fenómenos arbitrales difíciles de explicar sin que el Barça haya pagado millones de euros al vicepresidente del CTA durante décadas y sin la necesidad de que quede segundo para que la RFEF, Arabia y varios más obtengan su beneficio mediante la investigada judicialmente Supercopa de España. El Girona-Barcelona del próximo sábado puede dejar el asalto al tren de Glasgow en una gamberrada de críos.
Nosotros estamos nerviosos, con el corazón tan blanco, ilusionados como ante un único pero nuevo enamoramiento, ante una única pero nueva semifinal de Copa de Europa, de Champions.
Pasad un buen día y hala Madrid.
El mundo, que es una mentira como cantaba Camarón, alberga sin embargo unas cuantas cosas que son de verdad. Por ejemplo, un Real Madrid-Bayern de Múnich siempre es de verdad. Es imposible esconderse en uno de estos partidos y quien lo hace está muerto para siempre. Son regalos que cada cierto tiempo nos hace el fútbol para que no lo abandonemos del todo. No hay nada más cruel, despiadado y voluptuosamente hiperrealista que un Madrid-Bayern, ese escenario afilado donde se caen todas las máscaras y, como en las grandes tempestades en alta mar, se desnuda al marinero y se saca lo que cada hombre lleva dentro.
Es un duelo conradiano cuyo origen está en el principio del tiempo y que ahora que vivimos en una época en la que todo es reciclable, renovable y biodegradable, está concebido para perdurar, como un palacio de piedra y mármol en medio de una ciudad de cartón. Un monumento a la guerra y a la conquista, a la voluntad de prevalecer y ganar. Un recuerdo imperecedero de que el juego tiene como fin único la victoria, no el disfrute. Nos reconcilian con lo que tanto quisimos.
Un Real Madrid-Bayern de Múnich es Un monumento a la guerra y a la conquista, a la voluntad de prevalecer y ganar. Un recuerdo imperecedero de que el juego tiene como fin único la victoria, no el disfrute
Es posible pasarse la vida acodado en la barra de un bar recordando todos los Madrid-Bayern que uno ha visto. Los míos son diez: cinco entre el 2000 y el 2004 y otros cinco entre 2007 y 2018. Heredé la creencia de mis mayores de que el Madrid no podía ganar en Alemania y resulta que en las últimas tres eliminatorias el Real ha jugado en Munich más tranquilo, con más temple, sosiego y mando, que en el campo del Mallorca o en Mestalla. En torno a ellos se levanta el edificio de nuestro tiempo. Los sucesos y las personas, las cosas que vimos, hicimos o padecimos, dimanan de estos partidos como ramificaciones o sarmientos de la vid que somos, sembradas en los años que tenemos.
Me acuerdo, por ejemplo, de uno de los Bayern-Madrid más amargos, el de marzo de 2007. El Madrid de Capello llegó al Allianz —era la primera vez que jugaba en ese nuevo estadio— defendiendo un 3-2 conseguido a duras penas en la ida, aquella noche en la que Van Bommel celebró con cortes de manga a la grada uno de esos chutazos desde la frontal, tras un despeje defectuoso de la defensa, que nos persiguen a los madridistas en los sueños desde que tenemos conciencia del mundo.
Heredé la creencia de mis mayores de que el Madrid no podía ganar en Alemania y resulta que en las últimas tres eliminatorias el Real ha jugado en Munich más tranquilo, con más temple, sosiego y mando, que en el campo del Mallorca o en Mestalla
Ese día tuve que ir al oftalmólogo y vi el partido de pie, al fondo del bar de siempre, con la vista dilatada y las gafas sucias de la lluvia que me cayó por el camino. A los diez segundos a Roberto Carlos se le escurrió el alma bajo los tacos de su pie izquierdo, que ya lo había hecho inmortal, y como todavía los goles fuera valían doble un Madrid catatónico sobrevivió a dos goles de pasar hasta que a Ramos le anularon un golazo legítimo después de que le partieran la nariz. Khan pudo vengarse de aquella otra vez de Helguera y el Madrid, aparentemente, quedó visto para sentencia de todo. Tres días después empató disparatadamente en Barcelona y empezó, con el entrenador desahuciado y la Justicia investigando unas elecciones amañadas, la remontada liguera más delirante de las que se tienen memoria.
El Madrid-Bayern es una relación íntima, una enemistad profunda y pasional, con raíces tan viejas como el Mediterráneo. Si se enumeran los grandes actores de esta tragedia, tan sólo los que yo he visto, sale la historia del fútbol europeo moderno: Khan, Casillas, Kuffour, Hierro, Salihamidzic, Roberto Carlos, Effenberg, Redondo, Zidane, Lizarazu, Elber, Cristiano Ronaldo, Benzema, Marcelo, Müller, Kimmich, Lewandowski, Guti, Robben, Carvajal, Ribery, Neuer, Keylor, Raúl, Ramos, Makaay, Jancker, Modric, Kroos, Casemiro, Ballack, Schweinsteiger, Alaba, Mourinho, Ancelotti, Heynckes, Ottmar Hitzsfield, Del Bosque…
El Madrid-Bayern es una relación íntima, una enemistad profunda y pasional, con raíces tan viejas como el Mediterráneo
Cada eliminatoria es en sí misma un ciclo heroico clásico, por eso estos dos equipos no pueden verse ni en finales, donde no hay redención posible, ni tampoco en competiciones menores. Sólo en la Copa de Europa es posible un enfrentamiento cosmogónico así. Las eliminatorias nunca son cerradas y nunca hay un desequilibrio tan grande entre los dos equipos que se produzca una asimetría. Los errores, incluso los garrafales, pueden ser remendados, en algún momento de la ida o de la vuelta se va a deparar una situación propicia para el perdón, para la enmienda. Las catástrofes casi nunca son definitivas y se suele terminar agónicamente, con el resultado final en un puño, tanto la vida como la muerte a un solo gol de distancia.
Como los Madrid-Bayern, en el siglo XXI, se han jugado prácticamente en todos los lustros, a un par mínimo por década, hemos visto transformarse a los villanos en seres de carne y hueso y a las personas en leyendas de Homero. Oliver Khan, que era un malo de cuento de Poe, quedó reducido a un pobre ciego, como Edipo, que imploraba por migajas de gloria en la Europa League, con lo que él había sido. Sergio Ramos descendió dos veces a los infiernos, la peor de todas en 2012 con aquel penalti lunar y lunático, para proyectarse desde la hora más oscura del alma hasta el firmamento de los ungidos por la divinidad a cabezazos. En el partido del que ahora se cumplen justamente diez años, el 0-4 al Bayern de Guardiola en la vuelta de las semifinales de la que terminaría siendo por fin la décima Copa de Europa del Madrid, Ramos derribó todas las estatuas y abrió la gran puerta montado en el caballo de los conquistadores.
Son tantas las imágenes que acumulo desde el primer Madrid-Bayern que recuerdo, un 2-4 en el Bernabéu en una de las dos liguillas que se inventó la UEFA para aquella edición de la Champions, la del 99-00 que acabó en París con la Octava saliendo por debajo del bigote hierático de Del Bosque, que podría aburrir al personal galernauta durante horas como un abuelo Cebolleta que cuenta batallitas. Aunque por otra parte creo que esa y no otra es la verdadera vocación con la que nací, porque todo el mundo me dice que soy un viejo en el cuerpo de un treintañero cada vez, por otra parte, más pasado.
Cada eliminatoria es en sí misma un ciclo heroico clásico, por eso estos dos equipos no pueden verse ni en finales, donde no hay redención posible, ni tampoco en competiciones menores. Sólo en la Copa de Europa es posible un enfrentamiento cosmogónico así
En el partido de allí, en aquella fase de grupos doble, el Madrid perdió 4-1 y Helguera metió un golazo desde 30 metros. Es curioso porque el Olympiastadion daba más miedo que ahora el Allianz, aunque el estadio moderno haya sido concebido mucho más vertical, sin pistas de atletismo, ideal para que la grada alemana aturulle y asfixie al rival a base de esos cánticos incansables tan germánicos. Pero el Olympiastadion tenía un aspecto más siniestro y, aunque las tribunas estaban mucho más alejadas del campo, daba la impresión de ser una de esas explanadas de Nüremberg donde los nazis hacían sus cosas, como las que retrató Leni Riefensthal en El triunfo de la voluntad.
Algo de esa oscuridad atávica, de los bosques de Teotoburgo donde Varo perdió las legiones de Augusto, de las leyendas nibelungas, palpitaba en aquellas gradas ondulantes que nunca vieron ganar al Madrid. Sin embargo, en el Allianz el historial de derrotas es mucho menor, de hecho el Madrid ha ganado más partidos allí de los que ha perdido. Las últimas tres eliminatorias entre ellos han desequilibrado tanto, con respecto a la tradición, el duelo en favor del Madrid, que a la vista de este nuevo choque, el primero de la tercera década del siglo, yo, que soy supersticioso, me tiento los machos.
El Madrid-Bayern, dice Ángel del Riego, es la batalla más larga del mundo, y es verdad. No tiene ni principio ni final. Remite directamente al tiempo de los buenos y los malos, de los héroes y de los villanos, el tiempo en que los niños recrean el mundo en su imaginación y se hacen una composición de lugar fantástica. El Madrid-Bayern es una parte de todo aquel decorado que aún camina con nosotros. Alemanes grandes, fieros, terribles, se imponen entre nosotros y la gloria. Visten de rojo y aman ganar tanto como nosotros. No hay deudas de identidad, los dos sangramos por la misma herida. En ese sentido es el superclásico más puro que existe. No hay política ni envilecimiento.
El pique Ramos-Neuer, fue un poco la versión moderna del Khan-Raúl o del Effenberg-Hierro de antes, que había sido la repetición suave y edulcorada del Mathaüs-Juanito
Las reglas son antiguas y conocidas por todos. La primera: el que habla primero, pierde. Por eso ahora Carletto y Tuchel, que ya se han visto en unas cuantas, son muy cautelosos. Antes había más salseo. El Madrid se caga en los pantalones, dijo Salihamidzic tras que remontaran aquel punterazo de Geremi que se comió Khan, en la primavera del 2002. El Madrid venía de palmar el centenariazo y entonces Roberto Carlos, Solari y Zidane convirtieron el carril izquierdo del viejo Olympiastadion en un canal de dibujitos animados. Fue un preludio de lo que se vería en la final de Glasgow, pero antes hubo que prender en llamas el Santiago Bernabéu como yo no he visto nunca más suceder en ese estadio frío y majestuoso que el Bayern suele encender en cuanto asoman sus casacas rojas por el túnel de vestuarios. Es curioso pero el Bernabéu adquiere un tono único cuando lo visita el Bayern, una elevación sublime, una seriedad preñada de fuego que ningún otro equipo, ni el Barcelona, ni Guardiola, ni nadie, es capaz de suscitar.
Guardiola, que como dije el otro día es la nueva bestia negra, la bestia negra moderna, también quiso participar de la rivalidad más extraordinaria de la historia del fútbol. Urdió un Bayern de juego interior implacable y luciferino con el que encerró al Madrid en su campo durante los quince minutos más perturbadores que recuerdo. Pero perdió. Perdió ese partido y sobre todo el segundo, la victoria más clara ocurrida en un Madrid-Bayern, el día que iban a arder los árboles de toda Baviera y que yo terminé levantando a mi madre en brazos en el salón de mi casa cuando Ramos se puso el don delante y le metió el segundo frentazo a Neuer en diez minutos.
Ese, el pique Ramos-Neuer, fue un poco la versión moderna del Khan-Raúl o del Effenberg-Hierro de antes, que había sido la repetición suave y edulcorada del Mathaüs-Juanito. El Madrid y el Bayern parece que se llevan citando desde los 70 para reinventar esa dimensión ambiental y simbólica del fútbol que muchos llevan tiempo olvidando, como si la misión de estos dos mastodontes primigenios fuera recordar que este juego no es el soccer del entertainment blanco anglosajón que están comprando los árabes sino una forma incruenta (aunque no del todo) de hacer la guerra.
La vida puede explicarse con un Madrid-Bayern y seguirá siendo así mientras exista el fútbol y a nosotros nos dejen verlo
He visto a Mourinho de rodillas llorando por la Copa de Europa que siempre tendremos dentro por ganar, que era la suya, y a los mejores lanzadores de penaltis de toda una generación fallar el suyo, todos a la vez. He visto a Asensio desdoblarse en el gigante que fue en una realidad paralela y a Casillas empotrado contra el larguero como si fuera un murciélago sin alas. A Higuaín romper de un martillazo en fuera de juego la Piedad de Miguel Ángel que Marcelo esculpió para él en la prórroga de 2012. Escuché a Helguera tirándose al vacío para empujar un rechace que echó abajo Chamartín dentro de los auriculares de mi walkman y vi la portada del Toma y toma que le dedicó el Marca a Oliver Khan al día siguiente, con Zidane enganchado del cuello de Guti. La vida puede explicarse con un Madrid-Bayern y seguirá siendo así mientras exista el fútbol y a nosotros nos dejen verlo. Al final podremos contar que todos estos partidos fueron nuestra propia guerra de Troya.
El Bayern es el rival del Real Madrid por un puesto en la final de la Champions League 2024. Al cuadro alemán solo le resta esta bala en una temporada pobre en su país donde ha sido superado claramente por el Bayer Leverkusen de Xabi Alonso. Los de Baviera han mostrado una cara diferente en Europa, más sólida. Realizaron una fase de grupos estupenda, en octavos remontaron la derrota de la ida ante el Lazio y en cuartos eliminaron al Arsenal tras conseguir empatar en Londres y vencer por la mínima en su feudo.
Su técnico, Thomas Tuchel, no seguirá la próxima temporada y el Bayern anda buscando entrenador. Sin embargo, el entrenador alemán todavía puede dar una gran alegría a su equipo y busca su segunda Champions en el palmarés individual. Después de hacer campeón al Chelsea, en el Bayern no ha conseguido hacer un equipo de autor como era habitual en otros conjuntos. No ha dado con la tecla y ha hecho muchos cambios tanto de esquema como de apuntes tácticos para encontrar el mejor camino. Al final ha instalado un sistema con cuatro defensas, en lugar del exitoso de tres centrales con el que triunfó en el Chelsea.
Después de hacer campeón al Chelsea, en el Bayern, Tuchel no ha conseguido hacer un equipo de autor como era habitual en otros conjuntos
Contra el Real Madrid se espera el 1-4-2-3-1 que lleva desempeñando ya unos meses, aunque falta por ver las bajas con las que cuenta, ya que tiene entre algodones a muchos futbolistas: De Ligt, Laimer, Sané, Musiala y Gnabry. En la portería seguro estará Neuer. En la defensa, como lateral derecho, jugará Kimmich, que ha vuelto a esa posición dejando la media; como centrales, Kim, si no se recupera De Ligt, y Dier; mientras que como de lateral izquierda lo normal es que estuviera Davies, pero hay alguna opción para Mazraoui. En la media, el doble pivote estaría conformado por Goretzka y Pavlovic (si no llega Laimer). En la línea de tres por delante, si están aptos tanto Sané por la derecha como Musiala por el centro, son fijos, y en la izquierda gana enteros el portugués Guerreiro. En la punta, el fichaje estrella de los muniqueses el pasado verano: Harry Kane. Para el banquillo contaría como revulsivos a jugadores de ataque como Choupo Moting, Tel, el incombustible Thomas Müller o el casi inédito Bryan Zaragoza, una vez que Coman es baja para toda la eliminatoria.
Una seña de identidad de Tuchel en otros equipos, pero que en el Bayern no ha conseguido hacer con tanta precisión, eficacia y éxito. El equipo presiona en todas sus líneas, empezando por los delanteros, que son los primeros defensas para Tuchel. Sin embargo, no lo hacen apretando con mucha intensidad y agresividad. Se muestran cautelosos y timoratos, más por presencia o por error ajeno que por buscar un robo provocado en zona de tres cuartos del terreno de juego. Así el cuadro bávaro se hace un equipo más corto, con un bloque medio, pero siempre con la orden de ser un conjunto coordinado, con líneas bien definidas y homogéneas.
Es una parte clave de la táctica del alemán, que siempre busca una salida limpia y clara. Para ello apuesta por futbolistas de buen toque, visión y capacidad de primer pase eficiente. Se prioriza arriesgar en zonas peligrosas, no rifar el balón, jugar por bajo con constantes apoyos, combinaciones en corto, paredes o conducciones hasta dar con el espacio para avanzar y hacer girar al rival. Tanto Eric Dier, como De Ligt y Upamecano son futbolistas que se definen como defensas que sacan bien el cuero desde la zaga.
El Bayern presiona en todas sus líneas, empezando por los delanteros, que son los primeros defensas para Tuchel. Sin embargo, no lo hacen apretando con mucha intensidad y agresividad
Luego, en el medio, sin Kimmich, los dos futbolistas habituales, Laimer y Goretzka, no son jugadores de creación sino que tienen un perfil más físico, de fuerza y recorrido, por lo que su labor es hacer llegar el balón a Musiala que es el canalizador y el hombre con el que conectan el resto de jugadores. También es cierto que Kimmich, en ocasiones, se mete mucho al medio para apoyar e intentar una superioridad de jugadores en esa parcela del terreno de juego. La otra opción que utilizan es avanzar por sus laterales, ya sea por la velocidad y conducción de Davies, como por la asociación de Kimmich. Una última variante son los balones en largo para que Kane pueda bajar el esférico con su magnífico juego de espaldas.
El Bayern es un equipo repleto de talento y atacantes con enorme calidad. Varios de ellos pueden decidir un partido en una jugada individual. A lo largo del curso se ha visto un Bayern con varias caras. Su estilete arriba es Kane, que suma 42 goles entre Bundesliga y Champions. Para la eliminatoria contra el Real Madrid se espera que Tuchel juegue mucho con la búsqueda de espacios, las transiciones rápidas y un juego directo, vertical y vertiginoso. Al Arsenal también le dejó tener mucho la pelota, que llevase el ritmo y el peso del partido para luego robar y salir rápido a la contra. Tampoco descartan tener fases con la posesión para descansar con la pelota, pero el arma para hacer daño al Real Madrid será un estilo muy veloz, pocos toques y contra.
Para la eliminatoria contra el Real Madrid se espera que Tuchel juegue mucho con la búsqueda de espacios, las transiciones rápidas y un juego directo, vertical y vertiginoso
Por la banda derecha, a pierna cambiada, estará Sané. Se verá un bonito duelo con Mendy. Por la otra, sin Coman, cuando Gnabry esté al 100 %, se desempeñará por esa zona. Mientras tanto, se espera a Guerreiro, un lateral que subirá su posición y que es un futbolista menos vertical pero que se asocia bien y tiene una gran pierna zurda para pasar, centrar y disparar. Alrededor de todos girará Musiala, que es el termómetro del equipo. Por último, cabe añadir el peligro que suponen los centros de Kimmich desde la derecha para Kane o las llegadas sorpresivas de Goretzka desde la segunda línea, y también la estrategia que ejecuta el alemán con saques de faltas y córners tensos y muy bien puestos al corazón del área. Cabeceadores tiene muchos y contundentes: De Ligt, Dier, Goretzka, Kim y Kane, principalmente.
Pasaron los tiempos en que los equipos de Tuchel eran una roca, un sistema muy efectivo y difícil de quebrar. El año de la conquista de la Champions del Chelsea era una visita al dentista jugar ante ellos. El Bayern ha sido todo lo contrario. Un equipo débil, con enormes problemas atrás, al que llegan fácil y le cuesta dejar su portería a cero. En ese aspecto, la vuelta de Neuer subió el nivel en la portería. Sin embargo, las combinaciones en defensa han sido numerosas sin conseguir Tuchel ninguna que le diese una enorme seguridad. Ha cambiado los laterales, ha vuelto a situar a Kimmich en el lateral derecho, ha cambiado a Mazraoui al izquierdo, ha probado muchas parejas de centrales e incluso llegó Dier en enero como refuerzo.
Pasaron los tiempos en que los equipos de Tuchel eran una roca, un sistema muy efectivo y difícil de quebrar
Los alemanes no son fiables atrás, tampoco muestran contundencia ni solidez y varios de sus zagueros están sin confianza y lejos de su prime (el caso más evidente es Davies). Un equipo que circule bien la pelota, que logre crear desequilibrios y pueda eliminar defensas en el uno para uno les hace mucho daño. Las ayudas llegan tarde o incluso ni aparecen, dejan bastante espacio a las espaldas de los centrocampistas y les falta velocidad a campo abierto a sus dos centrales titulares. Por arriba, ambos, sí son futbolistas notables.
Tuchel siempre trató de construir equipos pragmáticos, prácticos, graníticos, con velocidad y verticalidad arriba y que eran muy complicados de meter mano. Lo que se puede decir de este Bayern es prácticamente lo contrario. Un equipo muy irregular, flojo y frágil atrás, desequilibrado, descompensado en muchas fases del juego y que no es para nada fiable. Te puede salir un Bayern con pegada, que con poco juego te marca goles, u otro más frecuente este curso al que le marcan fácil, le llegan y le crean ocasiones con mucha frecuencia y le hace daño cualquier equipo de la Bundesliga o de la tercera división germana, como en la Pokal.
El Bayern en la Copa de Europa es el Bayern. Y son alemanes
Pese a todo, el Bayern en la Copa de Europa es el Bayern. Y son alemanes. La Champions es la única bala que les queda para salvar una temporada mediocre en la que ni siquiera han ganado la Bundesliga como hacían fácilmente desde hace una década. La calidad de sus jugadores puede marcar la diferencia pese a no dominar el partido o tener el control del balón. Jugadas rápidas por banda aprovechando los espacios, construyendo contras en pocos toques y con enorme vértigo. Físicamente son fuertes y potentes y la mentalidad en ese club es top en Europa.
Musiala es el canalizador del juego del Bayern. Es el hombre capital. Si él está bien, el Bayern carbura. En ocasiones baja demasiado a ayudar al medio para que el balón fluya, pero es en tres cuartos cuando más peligro crea. Y lo hace por puro talento y calidad individual. Tiene un desborde excelente, maneja las dos piernas con solvencia, conduce el balón con la cabeza levantada y saca unos latigazos excelentes con la pierna derecha.
Además, se asocia con sus compañeros, se mueve y aparece por muchos lugares en el frente del ataque y en el área se desenvuelve genial en espacios reducidos. Un jugador que ya es una estrella mundial y que habrá que ver su condición, especialmente en la ida por los problemas que arrastra en un tendón. Sus números en cuanto a goles y asistencias son parecidos al año pasado a esta altura del curso y hasta la fecha lleva 12 dianas y 7 asistencias entre el campeonato alemán, la Pokal, la Supercopa y la Champions.
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Effenberg: “El Real Madrid tuvo suerte ante el City. Yo no me proclamaría favorito”.
Xavi Hernández: “Hemos dominado, hemos tenido buenas ocasiones, pero hemos perdido. Sólo puedo analizar el juego que hemos hecho, que hemos estado mejor que el Real Madrid”.
Rodrigo Hernández: “Sólo he visto un equipo hoy y el Madrid se lleva una eliminatoria que hemos merecido pasar”.
Kubo: “El que ha visto el partido sabe que hemos merecido ganar”.
Ya lo ven, amigos galernautas, el Real Madrid lleva dos semanas que no hace otra cosa que ganar partidos que en realidad merece perder. Ya es casualidad; o suerte, según muchos; o los designios divinos (de un Dios que nos debe querer mucho), a saber. Porque, al parecer, el (descomunal) talento de nuestros jugadores o la astucia de nuestro cuerpo técnico son argumentos directamente descartables a la hora de explicar una victoria del Real Madrid.
El equipo blanco viene de triunfar en el campo más difícil de Europa, de vencer en el clásico con un equipo que iba muy justito de gasolina tras la extenuante prórroga vivida en el Etihad y de derrotar a la Real Sociedad en Anoeta con un equipo plagado de suplentes. Todos los equipos juegan mejor que nosotros. Todos nos dominan a su voluntad pero encuentran imposible la tarea de abatirnos. Es buena noticia que después de tantos partidos sigan atribuyendo nuestras victorias a la buena fortuna, porque eso indica que están lejos de saber cómo derrotarnos.
Todos los equipos juegan mejor que nosotros. Todos nos dominan a su voluntad pero encuentran imposible la tarea de abatirnos
Equipos que presumen más de su estilo de juego que de los títulos que este les ha reportado vienen a explicarle al club más ganador de la historia cómo se consiguen los trofeos. Igualito que aquello de venir a explicarle a tu padre cómo se hacen los hijos. Porque, como dijo alguien (creo recordar que fue nuestro héroe de la Séptima) y enseguida el madridismo se apoderó de esa frase para hacerla su axioma: el estilo del Madrid es ganar. Por encima de estilos, metodologías y sistemas de juego. Al Madrid sólo le importa ganar. Y por eso el Madrid es un club que no muestra complejo alguno tanto a la hora de asir la vitola de favorito y dominar al rival con el balón al ritmo que marquen los Kroos y Modric del equipo como a la hora de ponerse el mono de trabajo y entregar el balón y el favoritismo al equipo rival con toda la humildad del mundo.
Hay quién se atreve a tachar de equipo pequeño esta actitud que ha reportado —no sólo al Real Madrid, sino también a otros grandes equipos de Europa como Inter o Chelsea, por poner ejemplos cercanos— grandes triunfos en la máxima competición internacional, cuando en realidad se trata de una de las características más meritorias que se pueden encontrar en este deporte plagado de egos. Que a un equipo acostumbrado a manejar el tempo del partido, a jugar con balón, a atacar constantemente la portería rival, de repente un día le toque cambiar radicalmente su estilo de juego a uno defensivo y no sólo sea capaz de hacerlo, sino que además se convierte en una roca inamovible incluso para el mejor equipo ofensivo de Europa es una hazaña que debería ser admirada por todos.
Es buena noticia que después de tantos partidos sigan atribuyendo nuestras victorias a la buena fortuna, porque eso indica que están lejos de saber cómo derrotarnos
Creo que no se pone en perspectiva lo suficiente el valor que tiene decirle a jugadores como Kroos, Bellingham, Vinícius o Modric que hoy les va a tocar ver poca bola porque el plan es defender y estos no sólo lo acaten de buena manera, sino que además den una exhibición durante todo el partido de solidaridad, sacrificio, compañerismo y tesón. Sólo en un deporte tan podrido como está últimamente el fútbol se podría criticar algo así. Sin ir más lejos, cuando en baloncesto un equipo defensivo vence a uno ofensivo, se aplaude el trabajo del equipo rocoso. En fútbol, la contaminación es tan grande que difícilmente veremos esto como algo habitual en el futuro próximo.
Si fuera tan sencillo esto de cambiar el plan, digo yo que lo harían también el resto de equipos con la misma eficacia que el equipo vikingo. Hace dos años, nos vimos las caras ante el mismo City avasallador de hace un par de semanas y hasta el 87, que tuvo Grealish la última, estuvo atacando. Después de esa ocasión, los citizen se echaron atrás para hacer eso que critican al Madrid. ¿Saben ustedes cuánto tiempo consiguieron contener al equipo blanco? Exacto. Ni dos minutos. Igual tiene algo de mérito lo que hace el Madrid. O igual tuvo mala suerte el City. Debe de ser esto último.
Equipos que presumen más de su estilo de juego que de los títulos que este les ha reportado vienen a explicarle al club más ganador de la historia cómo se consiguen los trofeos
En cuanto al clásico, ya dijo Kroos que si hubieran estado al 100 % les habrían podido meter 4 al Barcelona, y la verdad es que, aunque parece una sobrada, tampoco es muy difícil de imaginar. El Madrid jugó con lo justo y apretó cuando tenía que apretar. Prueba de ello es que la ventaja en el marcador le duraba muy poco al club negreiro. Aunque el aficionado blanco pudiera pensar que el Barcelona dominó más y que su presión era muy eficaz y nos incomodaba, a mí no se me quita la sensación de que esto formaba parte del plan de Carletto y los suyos: dejar que Xavi pensara que su presión estaba funcionando para que siguiera ejecutándola igual de envalentonado y dejara los espacios que tanto aprecian los Rodrygo, Vinícius y Bellingham en ataque. Aunque hubo muchas pérdidas, realmente sólo se sufrió a balón parado y por la banda de Yamal hasta que salió Fran García.
Contra la Real, el plan, también llamado suerte, de Carletto volvió a funcionar. Esta vez con los suplentes. El dominio estéril de los de Alguacil apenas inquietó de veras la portería de Kepa salvo en un par de acciones esporádicas, mientras que el equipo del italiano sí que sabía encontrar las cosquillas al equipo rival cuando atacaba. Para los amantes de las estadísticas, el Madrid tuvo una ocasión de “gran probabilidad” por ninguna de la Real.
Si fuera tan sencillo esto de cambiar el plan, digo yo que lo harían también el resto de equipos con la misma eficacia que el equipo vikingo
Lo que estos rivales denominan como suerte yo lo defino como conocimiento del juego, y aunque Carlo cuenta con mucho detractores, incluso dentro del propio madridismo, nuestro entrenador de fútbol sabe un rato. Hace mucho escribí un artículo llamado “¿Qué es jugar bien?” en el que defendía y defiendo que un equipo juega bien cuando sobre el campo pasa lo que a este equipo le interesa que pase. En estos tres últimos partidos tan afortunados del Real Madrid, me juego el pescuezo (porque poner la mano en el fuego por algo en este país es deporte de alto riesgo) a que en dichos encuentros han sucedido más cosas que deseaban Carletto y los suyos que las que deseaban los técnicos rivales, pero como según estos últimos, que por cierto perdieron, sus respectivos equipos dominaron al Madrid, pues supongo que estaré equivocado y pongo mi pescuezo a su disposición.
No nos queda otra, pues, que regocijarnos de la buena suerte del Madrid. La verdadera, no la que nos quieren otorgar condescendientemente quienes no nos guardan aprecio alguno. La verdadera suerte del Madrid es no tener un estilo al que renunciar cuando vienen mal dadas. Nuestra verdadera suerte reside también en la gran planificación llevada a cabo por nuestra inexistente dirección deportiva, que ha plagado nuestra plantilla de jugadores que son tan brillantes a nivel cualitativo o físico como a nivel de mentalidad ganadora.
La verdadera suerte del Madrid es no tener un estilo al que renunciar cuando vienen mal dadas
Nuestra suerte es haber inculcado una cultura interna de club en la que se mezclan valores tan dispares como la grandeza y la humildad como si fueran hermanos gemelos. Nuestra suerte es haber sido capaces de transmitir esa misma cultura al exterior hasta el punto de que los mejores jugadores del mundo prefieren rechazar contratos mucho más lucrativos para venir a vivenciar el significado de este club. Nuestra suerte es ser capaces de convencer a todos los jugadores, miembros del cuerpo técnico y aficionados del Real Madrid de todo el mundo de que en este club, como reza uno de nuestros lemas, se lucha hasta el final. Porque hasta el final, amigos, hasta el final, va el Real.
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Buenos días. Si en el espectro de las emociones humanas cupiera una miscelánea de odio cordial, respeto infinito y admiración mutua, tal sentimiento nuevo sería el que uniría al Real Madrid y al Bayern de Múnich desde la noche de los tiempos. Cada enfrentamiento europeo entre ambos colosos es un choque de zepelines en lo más alto del firmamento, con pasajeros abordando el otro dirigible sin más orden de ataque que el puro frenesí guerrero, cuchillo en los dientes y sangre en el ojo.
Sí, amigos galernautas. El Real Madrid, que está facturando una temporada de ensueño, ha alcanzado ya las semifinales del torneo para el cual vive, se encuentra a las puertas del título por el cual late y respira, y el oponente casi último es un rival que aspira legítimamente —aunque esté lejos en número de entorchados— a combatir en grandeza y virulencia al rey de Europa, al cual mira cara a cara en cada duelo con una altanería que casi reconocemos como propia. Esto sí que es un Clásico y no el mal llamado clásico nacional contra el Barcelona, club sin embargo radicalmente despojado de grandeza alguna desde el momento en que su historia está enturbiada por la compra del sistema arbitral y una ominosa politización. No hay legítima fiereza en el Barça, tan sólo trampas, amaneramiento, hipocresía y falso supremacismo.
Dennos un rival (casi) a nuestra altura. Dennos un Liverpool, un United. En su defecto, dennos un Milan, una Juventus.
Dennos a don Bayern de Múnich.
Dice Kimmich en la portada de As que "jugar contra el Madrid es especial". ¿Es un cumplido? ¿Es una amenaza? Seguramente es todo ello, porque estos dos titanes no conocen mejor forma de loarse recíprocamente que la recíproca amenaza. Llevan décadas y décadas amándose con bravuconerías. Su rivalidad es entrañablemente enconada, y aunque en su momento se vivieran con indignación resulta imposible mirar atrás sin un conato de nostalgia hacia las eternas bravatas de tipos como Khan, Effenberg o Augenthaler. Es posible idolatrar a otro a base de mandobles, con emanaciones de sangre rebotando una y otra vez contra la coraza del contrincante. El Madrid y el Bayern son la mejor prueba. Gracias, fútbol, por volver a poner en nuestro camino un nuevo episodio de esta guerra sempiterna.
Real Madrid y Bayern de Múnich Llevan décadas y décadas amándose con bravuconerías
El Bayern tiene una historia que intimida, a pesar de que nuestros enfrentamientos contra ellos en los últimos quince años reflejan un saldo muy positivo, y es que hay un sustrato pretérito muy nutrido y doloroso de derrotas. Pese a ese pasado reciente mucho más halagüeño, los madridistas boomers aún se estremecen ante el recuerdo del rodillo alemán de los 80. Incluso en las derrotas que les infligimos de manera menos remota, vendieron tan caro su pellejo que la consideración sigue barnizada por una pátina de temor.
Pero el Bayern no sólo es historia. Tiene un técnico de absoluta élite como es Tuchel, a quien hace pocos días escuchamos describir la grandeza del Madrid con enorme tino: "Ves sus partidos en diferido. De pronto llega su gol. Pasas hacia atrás para detectar el peligro. No lo encuentras. A veces sí, pero en muchas ocasiones el gol del Madrid no se ve venir". Y tiene una plantilla descomunal, por mucho que este año el grandioso Leverkusen de Xabi Alonso les haya mojado la oreja en la Bundesliga que suelen ganar de calle. Nombres como Musiala, Neuer, Davies, Sané... Y, por supuesto, el hombre que Marca trae hoy en portada, un futbolista al que sólo cabe admirar desde cualquier punto de vista.
Harry Kane es un jugador de clase mundial que, por avatares de la vida, pero sobre todo por no haber jugado en clubes realmente punteros, no ha ganado aún ningún título. Es un contrasentido que esperamos acabe algún día, pero a ser posible no este año. Hablamos de un delantero completísimo, aparentemente feo y algo desmadejado, pero con tanta clase en sus botas que se le cae por arrobas, y con tanto gol que estremece.
Marca plantea el asunto como un duelo entre Kane y nuestro amado Rüdiger, cuando aún resuenan los ecos de su triunfal batalla con Haaland. Marca la recuerda, pero se olvida de la que tuvo lugar entre un asalto con Haaland y el siguiente, porque entre medias Rüdiger también anuló a Lewandowski en el mal llamado clásico español.
Si en cuestión de un mes Rüdiger logra imponerse a Haaland, Lewandowski y Harry Kane, no habrá instancia humana ni divina que le pueda discutir a ese maravilloso loco el título de mejor central del planeta. De vez en cuando, además de someter a los mejores rematadores del orbe, te marca el penalti decisivo en una tanda contra el City.
¿Alguna vez habéis caído desde un segundo piso a un sótano? Esperamos que, de haberos sucedido, la ruptura de huesos no fuera demasiado grave, como también esperamos que no os hayáis hecho daño con esta repentina bajada desde un Bayern-Real Madrid a Xavi Hernández.
El titular de Mundo Deportivo es apelotante desde cualquier punto de vista: "Xavi quiere más". La pregunta es inmediata: ¿cómo que más? ¿Más de qué? Para reclamar o desear más, se antoja necesario tener o haber conseguido algo antes, y el ínclito Jardiner está a punto de cerrar con su Barça una temporada tan nefasta que hasta el trauma de perder la segunda plaza contra el Girona asoma en el horizonte. Xavi Hernández puede conseguirlo. ¡Con lo que trabajaron en la sombra Rubi y Geri para que tal posibilidad no fuera ni siquiera contemplable!
Mundo Deportivo coge ese absoluto desastre, te lo envuelve con papel de purpurina que acaba de comprar por Amazon y te presenta la posibilidad de que el Barça quede segundo como el paradigma del éxito y de la ambición. ¡"Xavi quiere más"!
El proceso de colchonerización del Barça va por muy buen camino. Os dejamos con la portada de Sport como prueba auxiliar.
Pasad un magnífico día de previa.