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Así viví la Décima: Vicente Ruiz

Así viví la Décima: Vicente Ruiz

Escrito por: Vicente Ruiz24 mayo, 2019
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Nadie dijo que fuera fácil ganar una final de Champions. Tampoco vivirla. Y yo había vivido experiencias extremas tanto en Ámsterdam, como en París y Glasgow.  Pero lo de Lisboa superó todas las agonías.  Por mucha literatura de todo a 100 que nos cuelen, el sufrimiento no es propiedad atlética.

Como en cualquier final que se precie, la primera batalla era conseguir entrada. La obsesión por la Décima, unido a la cercanía de Lisboa y que el rival era nuestro vecino rojiblanco, había desatado una tormenta perfecta que disparó la demanda. Esos boletos eran el bien más preciado en aquel mayo de 2014. Yo movilicé a toda mi familia en la petición de localidades en un estudiado timing que me obligaba a coordinar una petición cada 8 horas para asegurarme alguna en el sorteo. Padre, hijos, primos y familia política. Cada número de socio era una bala en la ruleta rusa del sorteo. El agraciado fue mi suegro, que siempre generoso me la cedió. Que fueran nominales era un problema menor.

Con la entrada en el bolsillo, había que buscar donde dormir en una capital portuguesa desbordada por el evento. El amigo David Gistau consiguió una habitación en la casa que había alquilado un grupo de amigos en Sintra, a apenas 30 kilómetros de Lisboa. Que nos tocara dormir en la habitación de los niños con la mitad de las piernas desbordando aquellas pequeñas camas era de nuevo un problema menor.

El problema mayor aconteció en Trujillo, el viernes antes de la final, cuando paramos a comer camino de Portugal. Viajábamos en el coche de David la mujer de otro compañero del periódico y Luis, un gran amigo de David que se pasó el viaje echando pestes de la suciedad y el caos de la “subdesarrollada Lisboa”.

Las entradas batían récords en la reventa y la obsesión era tal que no me atreví a dejarla en el coche. Así que subí la cuesta hacia la plaza mayor de Trujillo con ella en el bolsillo de la chaqueta. Creyendo que cuanto más pegada fuera a mi cuerpo más segura estaría. Al acabar de comer y volver al coche aconteció el drama: en la chaqueta no había rastro de la entrada. Vuelta al restaurante donde nadie sabía nada, abaniqueo de manteles y allí que no caían nada más que migas, vuelta a recorrer el camino al coche y otra vez del coche al restaurante hasta que nos resignamos quedando yo en estado de shock. Nos acercamos hasta al cuartel de la Policía Local donde todavía se oyen las risas. Así que retomamos el camino a Lisboa con la mayor cara de imbécil de mi vida y con la sensación de que no iba a ver el partido después de todo. La entrada, por cierto, me enteré un mes después que se revendió por mil euros en el bar de una gasolinera de carretera.

Al acabar de comer y volver al coche aconteció el drama: en la chaqueta no había rastro de la entrada.

El camino transcurrió entre lamentos e intentos infructuosos porque alguien en las oficinas del Madrid se apiadasen de mí: tenía fotos de la entrada y esperaba que me la pudiesen imprimir de nuevo. Agua. Empezamos entonces a movilizar a cualquier contacto posible cercano al club. Agua también. No había una entrada en el planeta sin dueño.

La última bala fue apelar a la conocida superstición del presidente. Manuel Jabois, amigo y entonces compañero de El Mundo, sabía que el presidente había dado una entrada al piloto del avión que llevó al equipo a Lisboa, porque había sido también el piloto del avión de los vuelos a las míticas victorias de Múnich y de la final de Copa del año anterior. Y para la de Lisboa no tenía. Así que por ahí se abrió una rendija. Yo había estado en las finales de Champions de Ámsterdam, París y Glasgow y en cada una había sufrido una serie de calamidades diferentes antes de volver con la ‘orejona’. Era un jodido talismán y Florentino no se podía permitir dejarme en la calle. Así que conseguí que le contaran mi historia y me citó el día del partido en su hotel a ver si se podía conseguir algo. “Quién sabe si no se puede caer un invitado a última hora y no tengo que ver la final en las siempre deprimentes Fan Zone rodeado de ‘losers’”, pensé.

La última bala fue apelar a la conocida superstición del presidente.

Así que a mediodía del sábado del partido, sin apenas haber podido dormir y con un nudo en el estómago, me presenté en el hotel de la directiva y allí se hizo presente Florentino Pérez junto a José Ángel Sánchez. Mi compañero le explicó la situación y me presentó como ese pardillo talismán que había perdido la entrada. Y, tras la pertinente reprimenda semi paternal, llamó a su inseparable Manolo Redondo, que me trajo una nueva entrada. En apenas 24 horas había pasado de ir a la final a lo más alto del fondo madridista, a tener que verla en la fan zone o cualquier bar decadente de Lisboa y, finalmente, a verla en tribuna rodeado de los invitados del club. En aquel hotel también me enteré de que Illarra no sería el sustituto del sancionado Xabi Alonso y que Ancelotti tendría que forzar a Khedira, que salía de una lesión y no estaba ni mucho menos al 100%. Pero ya todo me daba igual. ¡Cómo no íbamos a ganar después de todo lo que había pasado!

Cómo disfruté aquellas horas hasta el partido agarrado a mi entrada con una mano y a una cerveza con la otra. No sabía entonces que toda esa agonía sólo había sido el ‘training’ para lo que nos esperaba en el Estadio da Luz. A mi izquierda se sentó la cinco veces Mejor Jugadora del Mundo Marta Vieira y una compañera de su entonces club sueco. Y a mi derecha cinco señores trajeados que llevaban unas chapas de un partido político nuevo que acababan de crear como una escisión del PP y que yo entonces desconocía: VOX. Entre ellos, el hoy diputado Iván Espinosa de los Monteros.

El partido, que después he debido ver no menos de 50 veces, es de una superioridad del Madrid insultante y habría sido la primera vez que un equipo pierde una final sin que le tiren a puerta. Ese dominio se transformó en acoso y derribo durante la segunda parte con las entradas de Isco y Marcelo por el renqueante Khedira y el mítico Coentrao, del que pocos recuerdan el temporadón que hizo aquel año. Pero el gol no llegaba de ningún modo y cuando andábamos por el minuto 80 yo perdí hasta la fe.  Incliné la cabeza sobre las piernas como si no quisiera ver más, recriminándome que si para eso había vivido un viaje tan esquizofrénico. Pero el Madrid nunca muere. Y llegó el minuto 92 y aquel córner. Y Modric poniendo el balón a Ramos para que marcara el gol de nuestras vidas y el que seguramente cambió el curso de la historia del Madrid y del Atleti. Rodé por el suelo, lloré llamando a mi mujer y mis hijos como no lloraba desde Ámsterdam y agoté mis últimos gramos de fuerza celebrando un gol que todos sabíamos que valía un título. Esa ansiada Décima que certificaríamos en la prórroga y que seguramente haya sido el momento de más éxtasis madridista de nuestra historia.

 

ÍNDICE, ASÍ VIVÍ

Así viví la Primera: Paco Gento

Así viví la Segunda: Andrés Amorós

Así viví la Tercera: José Emilio Santamaría

Así viví la Cuarta: José Emilio Santamaría

Así viví la Quinta: Canario

Así viví la Quinta: Luis Miguel Beneyto

Así viví la Sexta: “Pirri”

Así viví la Sexta: José Araquistain

Así viví la Séptima: Pedja Mijatovic

Así viví la Octava: Steve McManaman

Así viví la Novena: Roberto Carlos

Así viví la Novena: Luís Alberto de Cuenca

Así viví la Décima: Juanma Rodríguez

Así viví la Décima: Vicente Ruiz

Así viví la Undécima: Álvaro Arbeloa

Así viví la Duodécima: Antonio Esteva

Así viví la Decimotercera: Jesús Bengoechea

 

Vicente Ruiz
Subdirector de El Mundo, responsable de su edición digital

3 comentarios en: Así viví la Décima: Vicente Ruiz

  1. Que recuerdos Lishboa,yo me fuí sin entrada a la aventura y me resigné a verlo en la Fan zone. En el minuto 85 ya pensaba en como regresar a la estacion de buses y entonces en el 92 el milagro de Luka.

  2. Qué nervios, me pasé media segunda parte cagándome en la flojera de piernas de los atléticos (sus desplomes fingidos causaron los 5 minutos concedidos) y la otra media repitiendo que era imposible perder ese partido con media ocasión rival. Pero llegó el milagro del noventayRamos, y luego viví la prórroga casi casi tranquilo, esperando que llegara el momento. Gareth Bale, por cierto, que a veces parece que haya que recordarlo.

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