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89-93: El Madrid, feliz supercampeón de la Euroliga

89-93: El Madrid, feliz supercampeón de la Euroliga

Escrito por: Pablo Rivas20 septiembre, 2026
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De profecías en el desierto

 

Decíamos ayer que a Pedro Martínez le iba a costar bastante cambiar el estilo del Madrid. Servidor estaba convencido de que, tras heredar un equipo acostumbrado a cierta administración de las respiraciones y dominado a menudo por ese sensato afán de guardar algo para después, convertirlo en una incesante sucesión de contraataques y agilidad necesitaría de mucho más tiempo. Hoy, este humilde columnista se conforma con el cliché más conocido de Fray Luis de León para comenzar la crónica, puesto que se ha demostrado que una alusión a la profecía del Tajo estaría fuera de lugar. No en vano ha quedado evidenciado que uno posee escasas dotes proféticas. Menos de veinticuatro horas después de pedir paciencia y tiempo para la metamorfosis del Madrid de Martínez, el singular entrenador catalán me obliga a matizar mis palabras, consiguiendo que en una final europea aparezca ya —contra el rival que menos parecía prestarse a ello— una parte apreciable de ese baloncesto más dinámico y atrevido que ayer se auguraba aún lejano.

Un Olympiacos–Real Madrid, aun sin entrar en la cadena de venganzas por los agravios del pasado, siempre constituye una cita imponente, que incluso puede estar por encima de la competición donde se disputa —como aquellos Nadal-Federer disputados en un Masters 1000 en lugar de en un Grand Slam—. Solo el tiempo dirá si esta victoria concreta importa más que el propio trofeo. En cualquier caso, también comentamos ayer que el club blanco es poco dado a metafísicas y suele tomar el botín sin cuestionarse en exceso los motivos. El madridismo se acerca más a María Zambrano que a Fray Luis: toda pregunta indica la pérdida de una intimidad o el extinguirse de una adoración.

El partido comenzó con una sucesión compartida de errores que los más compasivos atribuirán a la tensión de una final y los más cínicos achacarán al poco rodaje de ambos conjuntos. Pero enseguida se pudo apreciar una diferencia en el cuadro merengue respecto a lo mostrado en la semifinal: el Madrid estaba dispuesto a equivocarse, si bien siempre hacia delante.

Campazzo continuó sin alcanzar el nivel excelso que le conocemos, aunque mejoró notablemente sus prestaciones. Por su parte, Tavares volvía a erigirse como ese faro —¿hay alguna analogía que no hayamos desgastado miserablemente?—, refugio de todos los navegantes perdidos. Alrededor de las piezas centrales, el resto del engranaje fue encajando hasta mejor de lo esperado: Luwawu-Cabarrot, Deck, Pradilla, Feliz... Las rotaciones de Pedro mantenían activados y concentrados a todos y la fluidez se vio reflejada pronto en el marcador, que señalaba un 15-24. No era una estampida, sino algo mucho más prometedor: una ventaja construida entre muchos. El rebote caía del lado blanco y Olympiacos, con todo su músculo defensivo, no encontraba una manera limpia de detener aquella sucesión de pequeñas heridas. Solo había un borrón en la hoja madridista: el intolerable número de pérdidas de balón. Es bien sabido que correr tiene un precio y que jugar deprisa exige conocer antes que nadie dónde estará el compañero, pero los atenuantes resultan irrelevantes en un contexto competitivo. La hemorragia en ese apartado transfundía el oxígeno que requería la desarbolada escuadra helena.

Bartzokas reaccionó y sacó a su artillería pesada: Montero, Fournier y Vezenkov, mientras Donta Hall y el resto de colosos interiores convertían la pintura en una habitación cada vez más estrecha. Los secundarios del Madrid no se arredraron de primeras, con un Jantunen que se había sacudido la timidez de la semifinal y aportaba intendencia en ambos lados de la cancha, y con un Jones que hizo olvidar el desconcierto con el que Sarr acusó las ausencias de Tavares frente al Dubai BC. Pese a todo, la ventaja comenzó a encogerse. Conviene señalar que ayudó el peculiar criterio arbitral de Belosevic, sospechoso habitual de una determinada manera de interpretar los contactos. Olympiacos aprovechó el carrusel de tiros libres para limar más fácilmente la diferencia, y se llegó al descanso separados por apenas cuatro puntos. 43-47.

el Madrid ha hecho lo que resulta coherente con su manera particular de entender la historia. Esto es, plantar la bandera en un territorio sin cartografía

Tras la reanudación, el Madrid regresó del vestuario como si hubiera dejado algo importante allí dentro. Una serie de pérdidas —de nuevo el castigo— consecutivas regalaron al Oly el combustible que necesitaba. A esas alturas Vezenkov ya estaba caliente, y Miller-McIntyre entendió que el partido podía ganarse en la frontera de los contactos, cargando en una ocasión tras otra contra la zona madridista. Los griegos habían encontrado una puerta y se dedicaron a golpearla con violencia, nada de sutilezas de caballos huecos de madera. El doloroso parcial de 29-14 a su favor seguramente atrajo los fantasmas del pasado al subconsciente blanco, especialmente cuando los muchachos se vieron cinco abajo y con Tavares y Luwawu-Cabarrot en el banquillo por miedo a cometer la cuarta y quinta personal de sus casilleros.

En ese instante crucial ocurrió algo que sin duda explica el tipo de equipo que quiere construir Pedro Martínez: aparecieron los secundarios. Si Deck había apoyado con un par de triples la solitaria actuación de Maledon como sostén merengue en el aciago tercer período, Abalde encontró también el aro desde la esquina, Jones combinó varios tapones con un par de mates guiando la bola cuando la canasta quería escupirla, Jantunen continuó fajándose contra exteriores o interiores indistintamente y Feliz, por encima de todos, volvió a surgir con el rictus heroico de los que no saben retroceder. 70-75, el Madrid de nuevo por delante. Y Martínez puso la guinda: introdujo de nuevo en el parqué a Cabarrot, convenientemente aleccionado para no cometer el error de la descalificación. El francés, que apunta a fichaje histórico, respondió con defensas valientes y un triple extraordinario. 72-82.

Olympiacos, no obstante, es de esa clase de monstruos a los que hay que derrotar varias veces. Un nuevo arreón por parte de sus tres jugadores dominantes, con Vezenkov lanzando con catapulta, volvió a colocar a la defensa del Madrid contra las cuerdas. Tavares también se encontraba con cuatro faltas, lo que le obligaba a caminar por el borde del precipicio sin mirar abajo. Por otro lado, Pradilla, que posee suficientes fundamentos y atrevimiento para hacernos olvidar que aún está aprendiendo, pagó la novatada y cometió un campo atrás que dejaba el electrónico tiritando: 89-91. El recuerdo de la última Final Four atenazaba a la afición hasta que Montero pisó la línea lateral, quién sabe si como gentileza inconsciente hacia su excompañero en Valencia.

Con la siguiente posesión madridista el partido quedó suspendido en esa clase de silencio que solo existe cuando una final está a punto de decidir si se confirmará como recuerdo o como cicatriz. Entonces apareció Feliz, que en las jugadas finales siempre parece dispuesto a convertir su apellido en la profecía que el cronista nunca se atreve a verbalizar. La puerta estaba cerrada, pero el dominicano avanzó, decidido a derribarla, y su penetración tuvo premio. 89-93, y los tiros postreros de Vezenkov y Fournier se demostraron impotentes. El reloj corrió, inexorable, y la bocina sonó a trompeta triunfal. El Madrid volvía a ser el primero en inscribir su nombre en la historia de una competición.

Todavía no sabemos si la supercopa de la Euroliga se consolidará como una tradición verdadera o quedará como uno de esos trofeos que se debaten entre la exhibición y el palmarés. De cualquier modo, el Madrid ha hecho lo que resulta coherente con su manera particular de entender la historia. Esto es, plantar la bandera en un territorio sin cartografía. Y, al mismo tiempo, ha dejado una pista. Decíamos ayer que Pedro Martínez quería otro Madrid. En la final vimos inesperadamente un esbozo bastante más concreto de lo esperado: un equipo nuevo que todavía no conoce del todo su identidad, pero capaz de reconocerse en medio de las dificultades. Dubái es una ciudad que parece erigida contra la memoria, levantando edificios donde solo había arena como si el hombre pudiera convencer al desierto de que olvide su naturaleza. En semejante escenario, paradigma de la ausencia de raíces, el Madrid ha salido campeón haciendo honor a su pasado, confirmando su presente e insinuando su futuro. Por fortuna para este cronista, no hace falta tener dotes de profeta para percatarse de ello y celebrarlo como merece.

 

Fotografías realmadrid.com

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