Decía Eugenio d’Ors que lo que no es tradición es plagio, y parece que el mundo baloncestístico europeo ha preferido recurrir a la segunda opción antes que a la primera. La Euroliga se ha inventado una nueva competición con formato de cuatro equipos, mezcla de su Final Four y de algunas supercopas del fútbol, para inaugurar con plata que llevarse a la boca una temporada que suele caracterizarse por demasiados partidos relativamente intrascendentes. No será un servidor quien lo discuta, pese a que la localización, Abu Dabi, no parezca la más apropiada. Qué quieren que les diga, uno espera encontrar en una supercopa europea un cierto acervo, un mínimo de historia alrededor del pabellón. Sin embargo, en una ubicación como el Etihad, entre rascacielos, petróleo y arena, cualquier pretensión clásica constituye un espejismo. Sol, desde luego; solera, ninguna.
De cualquier modo, mucho me temo que la expedición madridista no ha tenido tiempo para reflexionar sobre estas cuestiones. El nuevo proyecto de Pedro Martínez —volantazo estilístico respecto a Scariolo— se supone que va a consistir en un retorno a las esencias de las épocas más divertidas del equipo blanco: velocidad, puntos, contraataque, posesiones consumidas enseguida y la sensación de que la cancha tiene más metros cuando se recorre hacia delante. No obstante, nada de esto se pudo dar en la semifinal de la supercopa. Por el contrario, se jugó al pastoso ritmo de Xavi Pascual, antigua némesis venida a menos. El equipo de Dubái, con esa pinta postiza de recién desembalado, quiso imponer músculo, control y defensa, y a fe que consiguió transformar el encuentro en un parto larguísimo y muy sufrido.
Gracias a su físico, a su querencia por el contacto y a la habilidad de los enormes cuerpos de sus integrantes para ocupar todo el espacio posible, el Dubai BC trató de sacar a empellones del parqué a los merengues. Mientras el Madrid trataba de aterrizar, los locales metieron los cinco primeros triples que lanzaron para lograr un 24-10 inmisericorde. En el desierto no había arena, pues, sino fuego. Aferrado a Tavares como referencia ofensiva y defensiva, el equipo blanco quiso refugiarse en lo conocido antes que en aplicar un nuevo libreto seguramente aún no interiorizado del todo. Por desgracia para todos, la otra estrella habitual, Campazzo, tuvo una actuación obtusa. Estuvo casi todo el partido sin anotar y, lo más extraño, demostró una falta de confianza inesperada en alguien con su personalidad. Todos los años surgen los agoreros que quieren obtener estatus de profeta a costa de su viejazo; naturalmente, algún día acertarán, no en vano el tiempo juega con ventaja y siempre termina cobrando. Convendría, eso sí, por el bien de las opciones del Madrid, que el Facu continúe ganando la carrera de la edad todavía.
El segundo cuarto intensificó la puesta en escena del primero, de modo que se hubo de recurrir a catecismos antiguos que sirvieran de detente bala. Deck y Feliz aparecieron con esos ramalazos de jugadores que nunca necesitan demasiadas instrucciones para recordar quiénes son, y a ellos se sumaron el atrevimiento y el coraje de Pradilla y la calidad exquisita de Luwawu-Cabarrot, fichajes que apuntan a un acierto total. Por desgracia, otras incorporaciones no estuvieron a esa altura: Shulga pareció descubrir que la Euroliga no deja demasiado tiempo para respirar, Jantunen tuvo un desempeño discreto y de Sarr mejor no hablar, pues su torpeza muy probablemente condicionó las rotaciones que había preparado Martínez, quien solo le concedió siete minutos sobre la pista, castigando en consecuencia a Tavares con una factura física a todas luces excesiva. Tras sobrevivir a las caricias de Kabengele gracias a los tiros libres, un portentoso parcial de 0-14 en la última parte del período dejó el electrónico en un ajustado 43-42.
El Madrid tiene todo aquello de lo que carece Dubái, lo que no servirá de nada contra Olympiacos si no es capaz de dar mucho más que en la semifinal
Tras el descanso, Xavi Pascual dobló la apuesta. El Madrid se vio obligado nuevamente a jugar a la velocidad que le imponían, sin lucidez suficiente ni en Campazzo ni en Maledon. Cada ataque parecía necesitar una deliberación parlamentaria —del Congreso actual, como mínimo—, y mientras tanto Okobo iba adquiriendo esa temperatura que alcanzan los grandes anotadores cuando descubren que la defensa empieza a temerlos. En el último cuarto, a la solvencia de un fatigado Tavares se añadió la explosión de Cabarrot, quien demostró no temer la asunción de ese rol hezonjiano del que acepta que le pidan canastas que a priori no estaban en el guion. De repente, a menos de cinco minutos para el final la peligrosa excursión al desierto daba la impresión de haber finalizado en el oasis anhelado: 74-81. Pero, en ese instante, Okobo consumó su metamorfosis y cambió su letra final por una e, empezando a meter triples como quien enciende luces en mitad de una carretera. Dubái volvió a creer y el partido viró de nuevo: a falta de 34 segundos, el 88-85 era a favor de los locales. Solo un triple milagroso e inverosímil de Cabarrot consiguió forzar la prórroga.
El mazazo hizo mella en los dubaitíes, y ese aturdimiento en el tiempo extra fue aprovechado por un astuto Feliz, que estiró el marcador con cinco puntos consecutivos. La única canasta en juego de Campazzo parecía cerrar el partido, si bien Okobo aún tendría fuerzas para protagonizar el enésimo intento de remontada, recogiendo un balón perdido casi en medio campo por la indecisión de sus compañeros y anotando de una manera increíble. Sin embargo, ni siquiera en el desierto arábigo el petróleo es inagotable y, pese a la inveterada costumbre de Belosevic de regalar injustamente posesiones al rival del Madrid —acaso pretenda compensar ciertos paralelismos puskianas en el perímetro abdominal—, el desastre no se consumó y el Real jugará la final contra el Olympiacos.
El Dubai BC no tiene historia. Tampoco recuerdos que transmitir, ni generaciones que explicar, ni tardes antiguas que vuelvan a sentarse en las gradas. Circunstancias que, por desgracia, no suponen ningún impedimento para casi nada en el deporte actual. Juegan la liga Adriática y la Euroliga como quien compra una entrada para un reservado: es un equipo de plástico, uno de tantos productos de esa Champions deportiva contemporánea en la que las fronteras pesan menos que la capacidad de poner dinero sobre la mesa. Aunque eso sí, tienen a Okobo, por más que a uno le siga chocando que un club tan artificial pueda contener a un jugador capaz de convertir una posesión moribunda en una epopeya.
El Madrid tiene todo aquello de lo que carece Dubái, lo que no servirá de nada contra Olympiacos si no es capaz de dar mucho más que en la semifinal. Necesitará que el resto de sus piezas nuevas aprendan sus nombres y que sus piezas antiguas recuperen sus hábitos en las finales, para así orientarse en un cielo todavía extraño. Las apuestas están en contra, si bien hay caminos que el Madrid lleva décadas recorriendo. Regresar de los Emiratos con una copa bajo el brazo parece la mejor forma de comenzar una temporada tan larga como —ejem— una travesía en el desierto. Ganar sin preguntarse por qué, he ahí la mejor tradición madridista. Ya habrá tiempo de comprobar si este torneo se acaba consolidando como un oasis o como un espejismo.
Fotografías realmadrid.com












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