Como buen amante de la hemeroteca, retrocedo frecuentemente en el tiempo para ver cómo éramos desde la superioridad moral del futuro. Hoy lo he hecho hasta el comienzo de la temporada 2019/2020 y me he encontrado a algún iluminado pidiendo la titularidad de Areola, aquel portero que vino cedido del PSG tras la marcha de Keylor Navas a París, por delante del que ha acabado siendo el guardameta con quien más seguro se ha sentido el madridismo en la historia, al menos en la historia televisada, porque del divino Zamora sólo nos ha llegado su leyenda.
No era esa ridiculez lo que he ido a buscar al pasado, sino algo que ocurrió en aquel tiempo en que la Liga aún estaba desperezándose, con la ilusión recién renovada tras la vuelta de Zidane y el fichaje deslumbrante de Hazard. El belga, que todavía estaba cogiendo ritmo, dejó su puesto en el partido contra Osasuna, jornada 6, al bisoño Vinícius. Con el dorsal 25, escorado en la banda izquierda, el brasileño recibió un pase de Kroos tras ganar un balón dividido (Toni, todavía no soy capaz de verte jugar sin que me duela tu ausencia), chutó y el balón, tras tocar ligeramente en un defensa, se coló por la escuadra rojilla. He vuelto a recordar la impresión que me causó lo que ocurrió a continuación: Vinícius, arrodillado, tapándose la cara para no enseñar las lágrimas que le brotaron espontáneamente, consolado por sus compañeros. Era el llanto frágil de un muchacho de 19 años, que en sus primeros 365 días en España había sufrido la furia de los antimadridistas por el coste de su fichaje (fue agredido con un mordisco en la cabeza en un derbi contra el Atlético de Madrid B), había sido infravalorado por su primer técnico en el club blanco (Lopetegui fue destituido en octubre sin hacerle debutar), había concentrado las pocas ilusiones que pudo disfrutar el aficionado aquella temporada hasta su lesión en la vuelta de los octavos de Champions contra el Ajax y empezaba a ver cómo muchos repetían "el bueno de verdad es Rodrygo" e imaginaban a Vinícius cedido en el Valladolid de Ronaldo como primera estación de una carrera desinflada antes de comenzar.
Ese chaval, a base de un tesón inquebrantable, acabó convirtiéndose en el mayor atajo del Madrid hacia la portería contraria. Su huella está grabada en dos Champions: fue el mejor socio de Benzema en el ataque para conseguir la vibrante decimocuarta, y sorprendió jugando por dentro para levantar la decimoquinta. Pasó de dar pena a ser temido y, por consiguiente, a ser odiado. Lógico en el antimadridismo, no tanto entre su propia afición. Después de ocho temporadas aquí, resulta comprensible que haya tenido bajones de rendimiento, como todos y cada uno de los mitos de la institución, y errores sin balón, como casi todos los mitos de la institución (varios a vuelapluma: Raúl fue reprendido por García Remón al grito de "¿quién te has creído, niñato?" después de que el entonces joven delantero mostrase su disconformidad con Arsenio Iglesias por ser sustituido, Figo y Ronaldo se marcharon al autobús tras ser cambiados mientras su equipo caía 3-0 en Leverkusen, Zidane despreció a Gareth Bale pidiendo su salida públicamente "mejor hoy que mañana", etc.).
Vinícius acaba de renovar su compromiso con el Madrid y hay gente disgustada por la continuidad de un jugador de 26 años al que estarían como locos por fichar si no vistiera de blanco. Lo siento por ellos y me alegro por el Madrid: Vinícius es nuestro.
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Pues muy bien García Remón y Zidane con sus palabras.
Areola no sería bueno, pero en las salidas por alto pocos he visto como él.