La Liga española vaga por el mundo con un pecado original, el caso Negreira, y Tebas se niega a bautizar al niño. Está en juego el prestigio, está en juego el negocio, y está en juego el fútbol. Le da igual. Para Tebas no es más que un chicle que se estira y se estira. Le aburre. Le incomoda. Le crispa. Jamás un denunciante se ha mostrado tan comprensivo, cariñoso, y hasta peligrosamente pizpireto con el denunciado.
Ahorra palabras Tebas con el Caso Negreira. Ahorra tantas palabras que cuando dice algo, no dice nada. Su única tesis conocida al respecto es que el Barcelona pagó al vicepresidente del CTA durante 17 años, pero que en modo alguno puede hablarse de compra de árbitros, tan solo de una tenue tentativa de influir, un pecadillo de intención, sin llegar a consumar. Lo que vienen siendo unos malos pensamientos de nada, en la mente calenturienta de cuatro presidentes culés consecutivos, que ya es calentón hereditario, vicio del bueno, guarrería contagiosa. Para todos menos para Tebas.
Para Tebas el Negreirato no es más que un capricho de Florentino.
Y ahí sí que habla. Porque cuando el presidente de la Liga escucha el nombre de Florentino Pérez, se le nublan los negreiras y se le suelta la lengua, como a Zacarías en el evangelio de San Lucas, tras haber enmudecido por dudar del ángel Gabriel. Tebas, por su parte, quedó mudo por arte mágica tras dudar de la honradez del F. C. Barcelona una vez, y desde entonces bendice lo blaugrana a diario esperando el milagro, que le briden una copa, o qué sé yo, que pongan su nombre al estadio: Spotify Javier Tebas.
Pero el milagro de la lengua movediza solo ocurre cuando ha de hablar de Florentino y el Real Madrid. Ni siquiera emulando las Sagradas Escrituras es capaz Tebas de comportarse como Dios manda. Cada vez que veo a un Tebas, o cualquiera de los mil Tebitas, pedir que arrojemos pelillos a la mar sobre el caso Negreira, pienso en las ilusiones traicionadas. El fútbol es, además de un negocio, una ilusión, y ese es su gran poder –por eso es un negocio-. Pienso en los críos de comienzos del siglo XXI que pudieron ver al Real Madrid por primera vez en un estadio, en las lágrimas de los aficionados por ligas perdidas en extrañas circunstancias, como en extrañas circunstancias las ganó el Barcelona, en los miles de seguidores que viajaron por España animando al equipo, dejándose a menudo en esta gran pasión sus ahorros, o en los jugadores merengues de aquellos años que tuvieron que renunciar a éxitos merecidos por culpa de sospechosos movimientos entre bambalinas, y en sus familias, y en sus amigos.
La Liga española vaga por el mundo con un pecado original, el caso Negreira, y Tebas se niega a bautizar al niño. Está en juego el prestigio, está en juego el negocio, y está en juego el fútbol
Pienso en todos ellos y, en consecuencia, me resulta mucho más ofensiva y grave la actitud inmoral de los Tebas y Tebitas. Al aficionado del Real Madrid le han robado 17 años de competición limpia y deportiva. Todos tenemos la sensación de haber sido testigos de una gran estafa. Como víctimas de tal escándalo de corrupción deportiva, mantenido en secreto por unos y otros durante tantos años, lo mínimo es que redoblemos las voces hoy cuando las actuaciones arbitrales parecen una continuación del Negreirato. Nadie pide que se nos beneficie por lo que antaño se nos hurtó. Pero nadie puede pedirnos silencio cuando la sombra de la sospecha del caso Negreira sigue siendo larguísima, entre otras cosas porque nadie de los que deberían actuar han hecho nada útil desde que se descubrió el pastel. Es más, su especialidad es cachondearse de los que lo denunciamos siempre que tenemos ocasión.
Y debemos denunciarlo, lo pasado y lo presente, porque tan lamentable es el Negreirato de 17 años –y lo que surja-, como la actitud de La Liga española hoy, que parece haber olvidado que el prestigio es muy difícil de lograr y muy fácil de perder. No es normal que el aficionado madridista pueda distinguir si está viendo un partido de Liga o de Champions solamente mirando por un pequeño agujero un primer plano del árbitro; es decir, pueda distinguir si está en un extraño circo donde a todos los blancos nos toman por payasos, o si está en una competición que, mal que bien, aspira a ser profesional, seria, y confiable.
Las palabras de Pochettino sobre el escándalo de Manchester City podrían dirigirse perfectamente al escándalo Negreira: “Hemos vivido un engaño, lo que lograron y celebraron no fue real”. La diferencia es que, en la Premier, una comisión independiente investigó las 115 acusaciones que pesaban sobre el City. En la Liga española, para el que manda, Negreira es solo un chicle. Un chicle de 8,4 millones de euros, dos años sin un solo penalti en contra, 59 partidos sin una sola expulsión, y otras casualidades muy casuales.
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Vaya, mi comentario contiene alguna palabra que no le gusta al puñetero algoritmo...
A mí tampoco, y eso que he sido moderado.