El 4 de junio de 1980 tuvo lugar la primera gran gesta del Castilla, preludio del parto más maravilloso que alumbraría el fútbol español, La Quinta del Buitre, pocos años después. Hablamos de su excelso recorrido en la Copa del Rey, que sólo pudieron arrebatársela los mayores, el Real Madrid, en un partido que dejó una lectura poco visitada: tras la explosión, el sueño de verse como jugadores de éxito en Chamartín fue la excepción y no la norma de aquella gran hornada del filial blanco.
El Castilla, hijo del extinto Plus Ultra, sólo llevaba dos años en Segunda División cuando se propuso y consiguió deslumbrar al mundo del fútbol patrio. El buen trabajo de sus técnicos y, en especial, de Molowny como jefe de orquesta, configuró un equipo completo, talentoso y con enorme futuro que arrasó a varios primeras en la Copa 79/80.
Como aperitivo, apeó con solvencia a Extremadura (1-4 y 6-1), Alcorcón (1-0 y 1-4) y Racing (3-0 y 0-0). Entonces llegaron las batallas de verdad. En octavos, el Athletic de Dani y Goicoetxea sucumbió ante los cachorros blancos ¡en Bilbao! por 1-2 tras empatar en Madrid sin goles. La Real, que lucía una hoja de servicios sin derrotas en toda la campaña, ganó en Atocha, pero sufrió una remontada en el Bernabéu (2-0). No sería la primera. En semifinales, el Sporting, un equipo correoso y aspirante a títulos por entonces, también se impuso en casa (2-0) para caer con estrépito, por 4-1, como anticipo de la final inédita entre un equipo y su filial.
Más allá del resultado final, el 6-1 marcado por el excesivo respeto del Castilla y el pie sostenido en el acelerador por los Juanito, Santillana, Camacho y compañía, la clave, como decíamos, reside en el futuro de los que dieron la campanada ese año. Hagamos memoria. De los que jugaron la final (Agustín, Juanito, Herrero, Castañeda, Casimiro, Álvarez, Gallego, Bernal, Pineda, Paco Sánchez, Lorenzo, 45’ y Cidón, Balín, 73’), sólo uno triunfó de veras en el Real Madrid, Gallego, y únicamente dos más se asentaron en el primer equipo aunque nunca con la vitola de titularísimos: Pineda y Agustín.
El madrileño, elegante centrocampista, jugó en Chamartín desde la siguiente temporada hasta 1989. Fue el ancla de La Quinta, disputó 372 partidos oficiales (28 goles) y ganó dos Copas de la UEFA, cuatro Ligas, dos Copas, una Copa de la Liga y una Supercopa. El portero Agustín, aunque disputó un año más que Gallego en las filas blancas y ganó una Liga y una Supercopa más, no logró afianzarse (la temporada que más partidos jugó, 29, fue la 82/83) y terminaría en las del Tenerife en los años de infausto recuerdo para el Madrid y la limpieza del fútbol, que todo hay que decirlo. Y respecto a Pineda, el genial delantero malagueño, militó en el primer equipo cinco años, en los que ganó una Copa, una UEFA y una Copa de la Liga antes de recalar en el Zaragoza y terminar en el Málaga que volvió a Primera de la mano del gran Juanito.
Ahora que se avecina una temporada de cambios en el Madrid después de dos muy mejorables (por adjetivar de manera generosa) no está de más recordar que la suerte de los canteranos nunca ha sido regalada. Ante la acuciante necesidad de volver a la cima, será difícil sostener el sello de Arbeloa, su apuesta por Valdebebas, y no es descabellado pensar que los minutos incluso para el más adelantado de la clase, Thiago, van a cobrarse muy, muy caros. Y es que jugar en el Real Madrid nunca fue sencillo.
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