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Putamadreadas

Putamadreadas

Escrito por: Jesús Bengoechea30 marzo, 2018
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El huracán desaforado de improperios argentinos que ha traído consigo la abultada derrota de la selección de Sampaoli frente a España ha encandilado a los usuarios de las redes sociales de este lado del Atlántico. El europeo medio no está acostumbrado a usar ese despliegue de creatividad para soltar putamadreadas. Llamar a un presunto gordo cementerio de canelones, sugerir que el técnico llena de preguntas el culo de sus pupilos o dejar caer que podría ser no ya una, sino un camión de Iveco atestado de prostitutas quien dio a luz a este o aquel jugador es cima estilística que demanda no poco refinamiento. Pocos genios de las letras son asimismo duchos en rudimentos epidemiológicos, por lo que no debe tenérseles en cuenta a estos maestros del barroquismo insultador la ignorancia de un hecho ineludible: tener relaciones ïntimas con un gorila con o sin malaria es de hecho indiferente, por cuanto no se trata de una enfermedad de transmisión sexual.

La escuela argentina del insulto tiene, y no es un fenómeno nuevo, ramificaciones en España. Argentina exporta a España futbolistas e insultos para el fútbol. Como sucede allí, se trata de insultos mayormente aplicados a jugadores del propio equipo y no tanto del rival, y la versión española del insulto argentino tiene en el madridismo tuitero exponentes muy destacados, como Galán y así. Lamentablemente, como suele suceder con las fotocopias geográficas, carecen de la autenticidad del original. Sus representantes no son tan genuinos. Hay un aire de malditismo forzado y la sospecha incómoda de que no solo no es fácil tomarse en serios a estos insultadores, sino que ni siquiera ellos mismos lo hacen. El argentino que llama a Higuaín bolsa de SIDA puede tal vez hacerlo por simple diversión, pero suena a ira real. Su equivalente español, en cambio, suena a parodia, a refrito de puro cachondeo: insultan como forma de divertirse, lo cual hace que impongan poco. Algunos pretenden hacer pasar su cólera por algo sentido y serio, pretenden quedar como marginales furibundos pero no cuela, se perciben las costuras. Van de malotes con nicknames pero se impone calladamente la insoportable verdad, a saber, que son chicos ejemplares que van a año por curso en su ingeniería y colaboran con ONGs en los ratos libres que les deja el yoga. 

Personalmente, no cultivo el insulto directo ni en redes sociales ni en mis artículos, y es una renuncia que carece de mérito y de la que ni siquiera estoy orgulloso. No insulto porque carezco del talento para hacerlo, pura y simplemente, y establecí en La Galerna la prohibición del insulto por miedo a que alguien se lanzara a insultar, demostrara aptitud para ello y me hundiera así en un pozo de envidia sarracena. Si en el portanálisis optamos por la ironía en lugar de la descalificación no es en obediencia a un dictado ético. Nada de eso. Ojalá. Es en cambio la clásica maniobra por la que un jefe mediocre corta las alas a sus subordinados en el intento denodado de impedir que brillen más que él. A ver si algún portanalista va a revelarse maestro en el arte del insulto argentino y la gente, en comparación, va a detectar mi ineptitud. 

Hace pocos días el periodista Antonio Romero, en un programa de televisión, fue cazado por un micrófono inconvenientemente abierto llamando hijoputa a Benzema. El tono era coloquial y el comunicador, traicionado por el directo, no pretendía que su insulto tuviera proyección alguna, de modo que el incidente no llama demasiado la atención. Lo que sí la llama, y mucho, es la tardanza en pedir disculpas por parte de Romero, que se pasó casi dos días rumiando si valía la pena decir perdón a Benzema o no, y que cuando lo hizo fue por Twitter en lugar de en el programa donde soltó su machada, sin mencionar (con su arroba) a Benzema y pseudoexcusándose por su "expresión desafortunada" (hijoputa=expresión desafortunada como Jack el Destripador=micromachista persistente). 

¿Por qué tardó dos días Antonio Romero en pseudodisculparse con Benzema? ¿Qué pasó por la cabeza del reputado periodista que le mantuvo en duda sobre la conveniencia de emitir un "lo siento", aunque sea el "lo siento" de aquella manera que corresponde a un colaborador de As? Es mucho tardar, ¿o no? Sí, Sir Elton, ya sabemos que Sorry seems to be the hardest word, pero una cosa es un ligero titubeo previo al gran esfuerzo y otra cosa es tan larga sucesión de minutos y horas.

Tuve una amiga porteña que solía acusarme de querer ser argentino. Secretamente, le di la razón alguna vez. Y tengo para mí que, durante esas 48 horas de silencio, con Twitter entero bramando por la necesidad de disculpas (cuando no por la necesidad de que el Madrid le niegue su correspondiente acreditación), Romero meditó aplicar, cuanto menos, a la doble nacionalidad. Todos queremos ser argentinos en algún momento de nuestra vida, y esta tentación pudo muy bien surcar su mente en esas horas de indecisión. ¿Pido perdón o asilo político en la embajada de la calle Fernando el Santo? Debatirse en esa duda ha de ser jodido, ¿viste?

No puede culpársele, por más que la jugada le saliera mal y terminara claudicando. Romero juega a veces a enfant terrible, ya sea a micro abierto o cerrado, pero le sucede como a esos tuiteros españoles que tratan de imitar a los de Buenos Aires o Jujuy: al final el niño bueno que es termina desmintiendo todo atisbo de un canallismo al que aspira pero no, por la sencilla razón de que no es arrabalero quien quiere sino quien puede, no insulta con enjundia y gracia quien quiere sino quien puede. Al final, humillado por su propia incapacidad para ser malote con un mínimo de clase, maltrecho ante su propia y frustrante inargentinidad ("hijoputa", así de soso, es decir, hijo de una sola puta y no de un camión o sistema solar absolutamente petado de ellas), Romero decidió pedir perdón con la boca tuitera pequeñita. Historia triste y rabiosamente española de un insulto y su (muy) posterior retirada, o lo que sea.

Quién fuera argentino, amigos.

 

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea