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El día que conocí a un héroe

El día que conocí a un héroe

Escrito por: Pepe Kollins21 octubre, 2020
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Es la única vez que he conocido en persona a una leyenda, que pude estrechar su mano y conversar un rato con él. No me refiero a un famoso, por más que se trate de un personaje que esté en boga. Me refiero a tratar con un mito, con alguien cuya trascendencia supera el factor generacional, cuya historia se convierte en una referencia que queda grabada en la memoria colectiva para siempre.

Y allí estaba él, Gento. La Galerna del Cantábrico. Don Paco había acudido invitado a la cena de Navidad del medio que, en su honor, lleva su sobrenombre. Minutos antes de empezar, los comensales departíamos unos con otros dispersados en corrillos. Fue precisamente en esos prolegómenos cuando me di cuenta de cómo su presencia dominaba el ambiente. Todos los allí congregados, hablásemos con él, o no, en ese momento, estuviésemos ubicados con mayor o menor distancia, no podíamos eludir su presencia. Nos habíamos reunido para compartir camaradería y amistad en unas fechas propicias para el afecto, pero desde el momento en que apareció don Paco solo cabía estar con él, aunque en realidad estuvieses charlando con otro que, a su vez, más que conversar contigo, también estaba con Don Paco mientras te hablaba.

Gento celebra un gol

Lo desconcertante del caso era que ese fulgor que nos dominaba no estaba determinado por ninguna actitud grandilocuente del protagonista sino más bien todo lo contrario. No recuerdo con exactitud cómo fue la corta conversación que mantuvimos. Aunque sí que le comenté que mi abuelo era de Astillero y que mi padre recordaba verlo, con frecuencia, por Santander siendo todavía jugador del Racing. En todo momento, don Paco se mostró cercano, incluso alegre, quizás al rememorar tiempos de juventud. La charla apenas duró unos minutos, pues el carrusel de encontradizos que llegaban a la posición estratégica era incesante y, por tanto, también el relevo.

Había también una predisposición, sobreentendida, para intentar no abrumar a nuestro invitado de honor Y entonces sucedió algo que me sorprendió sumamente. El camarero que paseaba una bandeja con bebidas, en la sala reservada en la que nos encontrábamos, se detuvo ante don Paco y tomó la posición de interlocutor, saltándose el orden de turno, presuntamente circunstancial, que cumplíamos hasta entonces.

-Don Francisco, es un placer saludarle – le tendió su mano -. Le mando recuerdos del personal de cocina que me piden que le salude ya que están muy contentos por su presencia.

Pero don Paco no se limitó a dar las gracias.

-Bueno, pues lléveme a la cocina para que pueda saludarlos.

Mi sorpresa, nuestra sorpresa, fue también la sorpresa del camarero que no podía disimular en su sonrisa la sorpresa que sabía iba a deparar a todos sus compañeros cuando apareciese con un mito entre cacerolas y fogones.

La Galerna con Paco Gento

Fue una muestra de humildad que dio sentido a la dimensión de nuestro héroe. Una humildad que también fue patente cuando, durante la cena, rememorando antiguas batallas, Alberto Cosín, con mucho tacto, le corrigió sobre un gol que había marcado y que él, sorprendido, tras repasar con los ojos apuntando hacia su memoria, rectificó entre risas, dando la razón a nuestro historiador. O la humildad de hacerse una foto con todos y cada uno de nosotros al termino de la cena, por más que nuestro editor nos advertía de que igual era excesivo, al ser muchos y muy tarde para alguien que no estaba acostumbrado a esas horas. Ante lo cual, don Paco no paraba de replicar: “Nada, todas las que hagan falta”.

Puede parecer una actitud normal, pero lo curioso era que aquel hombre, lejos de actuar protocolariamente, parecía agradecido por aquellos gestos. Que los sentía como una recompensa a la que respondía como buenamente podía. La última escena lo confirmó.

Terminada la cena, salimos del reservado atravesando el restaurante. Nada más aparecer Gento por el interior del establecimiento, enfilando el camino hacia la salida, un cliente lo reconoció y sin mediar palabra se puso de pie y empezó a aplaudir. El resto de mesas se giraron, al momento, y al darse cuenta del motivo reaccionaron como una marea, todos de pie, fundidos en el mismo aplauso. Don Paco sonrió y saludó con la mano, como hace un rey desde su carroza. Y fue en ese momento, como en ningún otro, cuando fui consciente de haber compartido una velada junto a un verdadero héroe.

Felicidades, don Paco. Aquí, mi aplauso también.