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Messi contra Real Madrid. La guerra ha terminado

Messi contra Real Madrid. La guerra ha terminado

Escrito por: Antonio Valderrama1 septiembre, 2020
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Es curioso pero que Messi deje el Barcelona me ha puesto triste. Esto se lo digo a mi yo de hace diez, nueve, ocho o siete años, o incluso a mi yo de hace cuatro, y me pega un tiro. Me lo pega y después se ríe. Pero es verdad. Messi se lleva quince años de mi vida y se los lleva de golpe, con un burofax. No me quiero ni imaginar lo que debe estar sintiendo un barcelonista cualquiera. Su marcha completa la de Ronaldo, es como la segunda parte del final del ciclo heroico cuyo primer acto tuvo lugar hace dos veranos. No sólo se va Messi de España sino que se acaba también una urgencia histórica que movió al Real Madrid a ser más grande, a renovar su leyenda. Por ejemplo, Cristiano Ronaldo pertenece a la memoria madridista, es, de hecho, el mejor jugador que ha vestido nunca la camiseta blanca tras Alfredo Di Stéfano, precisamente por Messi. Sin Messi no hay Cristiano Ronaldo ni hay Real Madrid contemporáneo: no hay Mourinho, no hay Ancelotti, no hay Modric, Benzema, Kroos, Varane, no hay threepeat ni tiranía histórica en Europa. Messi huye a esa Santa Elena de Manchester donde le esperan un atolón de oro macizo y Guardiola, su mentor. En la maleta, bien guardaditos, vamos también nosotros, madridistas del cambio de siglo, quienes no podemos explicarnos la madurez de nuestro amor al club sin la sombra gigantesca de un tipo que refundó el Barcelona a base de atravesarnos el corazón.

Messi y Cristiano Ronaldo

Recuerdo lo que escribí en Fans del Madrid más o menos sobre el otoño de 2008, después de que Messi ganase un partido en Sevilla (a aquel Sevilla, que era un equipazo, puede que uno de los seis o siete mejores equipos del momento en Europa), un sábado por la noche. Era algo así como que había nacido un golem que iba a ocupar nuestras pesadillas durante mucho tiempo. Yo no tenía ni idea de que sólo unos pocos meses más tarde, Messi destruiría mi autoestima como madridista liderando un 2-6 en el Bernabéu y que guiaría a su equipo hacia un triplete memorable. Messi era el castigo divino al Madrid por la hybris, por su trayectoria como institución siempre ascendente hacia un destino que era en sí mismo un desafío a España como país pequeñito y rastrero. Messi llegaba a nuestras vidas como una brecha en la secuencia temporal que desde 1956 llevaba encumbrando al Madrid por encima de todos los demás en la historia del fútbol mundial. Era disrupción, un cambio decisivo, la hora de la venganza para ese antimadridismo cultural y generacional, el antimadridismo Vázquez Montalbán, el antimadridismo PRISA, que vivió siempre a la sombra de la inasumible realidad. Parecía un cyborg diseñado por Joan Gaspart, imbatible, inatacable, imparable, la maldad diabólica, perfecta. Un Gran Redentor de los acomplejados del mundo, que con razón pronto empezaron a llamarlo Messías, pues encarnaba como nadie la esperanza rencorosa, sanguinaria, de los parias de la Tierra, arrogándose esa moral de los perdedores de la que hablaba Nietzsche.

Parecía un cyborg diseñado por Joan Gaspart, imbatible, inatacable, imparable, la maldad diabólica, perfecta. Un Gran Redentor de los acomplejados del mundo, que con razón pronto empezaron a llamarlo Messías

Lo había visto debutar. Años antes, en concreto tres. Contra el Betis, en la peña bética de mi pueblo, todo literatura. Aquel día yo no debía estar allí, al fin y al cabo ya el fútbol no me gustaba, sólo el Madrid, algo que con la edad se ha acentuado del todo. Supongo que fui a ver aquel partido con la vana ilusión de que el Barcelona perdiera y el Madrid (año 2005, Luxemburgo, aquella épica de vuelo bajo, épica mediopensionista de un Madrid tan crepuscular que duele recordarlo) se acercara en el tramo final de la primera Liga de Rijkaard. El Betis se adelantó dos veces y con el partido 2-2 entró ese chico del que todo el mundo hablaba, un nuevo Maradona. El primer balón que tocó lo metió para dentro con una cucharita raulista y en verdad aquella aparición tuvo algo de la misma epifanía de Raúl en el 94, algo de aquel relámpago, trueno y deslumbramiento. Se hablaba mucho de la bomba atómica que fabricaba el Barcelona en La Masía, pero como a cada dos por tres está naciendo un nuevo Zidane, un nuevo Ronaldo, un nuevo Pelé, que hubiera un nuevo Maradona, además tan parecido físicamente, argentino, bajito, zurdo, mismo corte de pelo, un clon del Diego en el fútbol moderno, era como algo de ficción, una historia demasiado perfecta.

Messi muestra camiseta al Bernabéu

Pronto descubriría que no. Sólo hay algo más íntimo que el amor y es el odio. Al ser odiado se lo conoce tanto y tan bien casi que como al ser amado. Se odia lo que se teme. A nadie ha odiado nunca tanto el madridismo como a Messi porque a nadie ha temido nunca más. Ni siquiera a Xavi, por supuesto tampoco a Guardiola, pues tanto el uno como el otro sólo se han servido de Messi para hacer realidad sus sueños húmedos de aniquilación total, o mejor dicho, de sustitución. La Gran Sustitución no es eso que cree mucha gente, ese malvado plan para destruir demográficamente Occidente, sino lo que Guardiola supo que estaría cerca de conseguir cuando descubrió lo que tenía entre manos con este muchacho de Rosario, convertir al Barcelona en el Madrid del siglo XXI. Cada vez que cogía la pelota en mi casa se paraba el aire, supongo que en una reacción semejante a la de los habitantes de Desembarco del Rey cuando vieron a Daenerys encima del dragón soltando fuego por la boca.

Si el Madrid es la historia más grande jamás contada, Messi es el enemigo perfecto.

Si el Madrid es la historia más grande jamás contada, Messi es el enemigo perfecto. Messi le recordó al Madrid su condición mortal, hizo que por primera vez en los tiempos modernos el Madrid se preguntase quién era. Fue la némesis, el malo total de una película única, un Vesubio para nuestra Pompeya, el meteorito de los dinosaurios. Hubo un tiempo, entre 2009 y 2012, en que realmente parecía posible que Messi, con Guardiola, alcanzaran al Madrid en Ligas y Copas de Europa. Todo lo malo pareció posible en ese tiempo. Ese horizonte se abría por primera vez en la vida de los madridistas y era aterrador. El estilo patriarcal y un punto suicida de no dudar jamás de uno mismo era el que había permitido al Madrid, en toda época y circunstancia, realizar proezas al límite de lo racional. Eso vino a casi demolerlo Messi a base de someter al Madrid a palizas sin número ni nombre, de modo que la derrota nunca era suficiente, se pretendía la sumisión. Eso estuvo cerca de pasar porque además el momento histórico era propicio: el sueño florentinista, agotado, dejó un reguero de cadáveres tan ampuloso y largo como pomposa había sido la gloria y el oropel.