La Galerna

Merecimientos y otras imposturas

Una Champions League es un hecho consumado, no un compendio de méritos revisables a posteriori, en base a la consideración subjetiva de terceros. Cuando Mark Clattenburg pitó el final del encuentro en San Siro el Real Madrid se proclamó campeón de su undécima Copa de Europa. Una realidad irrefutable a la que no se puede dar marcha atrás por más que muchos se esfuercen en revertirla.

Harían bien los madridistas en no desperdiciar sus energías defendiendo el título conquistado en Milán. Ya es suyo. Ganar la orejona es como tener un hijo, no cabe plantearse su  legitimidad sino simplemente quererlo y presumirlo. Pocas experiencias resultan tan estimulantes como la de cantar por primera vez la nueva versión del “Cómo no te voy a querer”. Es el llanto vital de ese niño al nacer. Ganas otra vez la Copa de Europa y tras los gritos, los brincos y los abrazos, entonas feliz el mítico cántico activando una vez más el sumatorio que lleva incorporado en su letra, como el que se prueba un traje nuevo y aún duda si ajustarlo de aquí o de allá, pero con la ilusión de quien sabe va a terminar luciéndolo orgulloso hasta que llegue uno nuevo con un sumando más. Las Copas de Europa no se merecen, se ganan. Como los trajes o los niños, se tienen o no se tienen.

Solo una exigua minoría de los casi doscientos millones de espectadores de todo el planeta que fueron testigos de ese parto, mencionan a estas alturas el fuera de juego, tan innegable como ajustado, de Sergio Ramos en el gol. Solo un sector insignificante se resiste a la cruda realidad imbuyéndose en una argumentación tan estéril como ridícula en torno al estilo de juego del campeón o su más que discutible inferioridad durante el encuentro. Apenas cuatro gatos, en comparativa, sostienen todavía una letanía por la calidad de los rivales a los que se tuvo que enfrentar el Real Madrid en su periplo hasta la gloria. Casi resultan inapreciables los que, en relación con la ingente cantidad de aficionados que se rinden a la grandeza del rey del fútbol, esgrimen el impago de no sé qué deuda contraída por haber tropezado muchas veces en la misma piedra. Como tan solo un grupo de plañideras se rebajan hasta el extremo de participar en una campaña de recogida de firmas para solicitar que no se reconozca lo que no está sujeto a reconocimiento en virtud de no sé qué discurso político que se les inculcó desde la niñez a bien hacer más llevadero lo incontestable.

Sería fácil demostrar, punto por punto, la falsificación de esa historia paralela que por allí inculcan. No sería muy difícil hacer entender, a cuantos se aviniesen a razones, que acumular muchas derrotas no es ningún visado para que te entreguen el próximo trofeo. También sería sencillo convenir que no hay una sola afición que no haya celebrado, o que no lo celebrara de no haberse dado aún el supuesto, una victoria de un título con un estilo poco brillante o con un juego manifiestamente peor, inferioridad también debatible para el caso que nos compete. Del mismo modo que se podría entrecomillar el nivel de los contrincantes de algunos rivales que resultaron campeones en otras ediciones o hacer uso de la aritmética arbitral para revisar el balance de la propia final de San Siro o incluso para recordar otros arbitrajes de finales o semifinales, de Champions o de Europa League, recientes que harían sonrojar a aquellos que ahora nos señalan enrabietados. Pero no es necesario.

Ganar una copa de Europa es una gesta tan descomunal e insólita que no hay ninguna ciudad europea que reúna, juntando los títulos de todos sus equipos, más que las que se pueden encontrar en la sala de trofeos del Santiago Bernabéu. Más de una docena de clubs europeos han conseguido ganar más de treinta veces sus campeonatos locales y otros tantos más de veinte, circunstancias que entran por tanto dentro de cierta normalidad en la élite, pero solo uno, el Real Madrid, ha conquistado más de diez veces la máxima competición continental. La consecución de dicho título es el baremo adecuado para determinar la excelencia dentro del ámbito europeo. Y en el esfuerzo por afear o deslegitimar la última (o las anteriores) Champions del Real Madrid por parte de algunos se revela, precisamente, el porqué de la distancia con la que esos mismos atisban, desde allá abajo, el lugar en el que, allá arriba, se encuentra el club de Concha Espina.

No existen museos futbolísticos que alberguen en sus vitrinas méritos o modelos de juego. Tampoco esperen descubrir en algunas de sus salas la comparativa de sus  adversarios en contraposición con los del eterno rival que finalmente se proclamó campeón. Ni mucho menos se imaginen en la manga de la camiseta de ningún equipo la impresión de las Champions no ganadas y por tanto adeudadas. Las Copas de Europa no se merecen, se ganan tras el pitido final y no se tienen que volver a ganar con posterioridad en interminables debates con perdedores cuyo único argumento es la conjugación permanente del pluscuamperfecto.

Disfrute el madridismo de la Undécima como si de un hijo o un traje nuevo se tratase. Ya no se la pueden quitar. Es suya y para siempre.

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