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La blanca palidez del jinete

La blanca palidez del jinete

Escrito por: Athos Dumas31 mayo, 2020
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“Y contemplé un caballo pálido; y el nombre de su jinete era La Muerte. Y el infierno le perseguía.” (Libro del Apocalipsis, capítulo 6)

Clint Eastwood es sin duda el mejor director de cine del universo, em la actualidad, a sus increíbles 90 años que cumple hoy, y todavía en plena actividad creativa (el año pasado estrenó la muy notable Richard Jewell). Ya lleva a sus espaldas 41 largometrajes dirigidos, amén de 50 producidos y 71 en los que ha actuado, la mayor parte de ellos como protagonista. Resulta cuanto menos curioso que el podio de los mejores directores vivos, que Clint preside como número uno, lo completen otros dos veteranos como Steven Spielberg (73) y Woody Allen (84), y entre ellos y el resto haya unas distancias siderales. Y es que la veteranía es un grado, ciertamente.

Clint pasó de los terrenos de juego, en los que la “Trilogía del dólar” de Sergio Leone y su saga de los “Harry” le habían convertido a finales de los 60 y principios de los 70 en uno de los actores mejor remunerados del mundo, a los banquillos, un paso que muchos actores quieren dar pero que pocos logran hacerlo con éxito: Chaplin, Keaton, Welles, Laurence Olivier, Allen, Robert Redford, Kenneth Branagh. Paul Newman y John Wayne, dos de los más grandes, no cuajaron como realizadores de primera. En la historia del Real Madrid, tan solo Muñoz, Molowny, Del Bosque y Zidane lograron triunfar (y no todos en la misma medida) en ambos cometidos.

De sus 41 películas como director, una decena al menos (casi un 25%, un porcentaje altísimo, más que el del Madrid ganando 13 de las 64 Copas de Europa hasta ahora disputadas, un 20,3%) fácilmente se pueden considerar obras maestras, y el resto de ellas se mueven siempre entre el aprobado alto y el sobresaliente.

Clint, que debe su fama al Western, en forma de aquellos espléndidos “Spaghetti” de los años 60, quiso devolver a este género, que ya estaba en decadencia (tras dos décadas de esplendor como fueron los años 40 y 50), parte de lo que éste había hecho por él. Podemos decir que hay una trilogía separada en el tiempo (1973, 1985 y 1992) en la que Eastwood rinde un homenaje de muchos quilates al viejo género que hemos heredado de los John Ford, Howard Hawks, Raoul Walsh, Henry Hathaway, John Sturges o Anthony Mann. La trilogía la forman Infierno de cobardes, El jinete pálido y Sin perdón, y en ella el propio personaje de Clint va evolucionando en el tiempo, pero manteniendo características comunes como una identidad secreta —o casi oculta como la del ignominioso pasado de William Munny en Sin perdón— , y un carácter justiciero, que se rebela ante la maldad o la inacción cobarde o pusilánime de los habitantes del pueblo de turno.

Infierno de cobardes es muy interesante, apunta las mejores maneras como un buen canterano de Valdebebas, aunque peca algo de bisoñez, lo cual es lógico ya que fue tan sólo su segundo largometraje dirigido. Se trata ya de una producción propia, de su compañía Malpaso y con su fiel Bruce Surtees dando una lección de arte fotográfico. De Sin perdón, ya vamos a comentar en este mismo blog: es un western excepcional, absolutamente crepuscular, oscuro y bastante siniestro. Me quedo con la segunda, obra que va mostrando la madurez y la maestría que acabaría por cuajar en los años 90.

En El jinete pálido, el personaje de Clint, “Predicador”, es, como escribió hace poco José Luis Llorente “ese bueno con trazos de perverso, ese malo del que todos se enamoran”. Ángel y demonio al mismo tiempo. Zidane y Mourinho, aunque Zidane también tuvo sus ataques de ira –que se lo pregunten a Materazzi – y Mourinho tiene en su haber cientos de ejemplos de comportamientos angelicales. El maniqueísmo al que tantos analistas mediocres lo reducen todo. También el Madrid, por supuesto, que ni es una escuela de monjes tibetanos ni es una manada de hienas dispuestas a despedazar animales indefensos. Ni una corte de serafines ni un grupo de seguidores de Pedro Botero. No olvidemos que el guion de El jinete pálido bebe directamente de las fuentes de Raíces profundas, donde el aparentemente bondadoso Shane (Alan Ladd) es capaz de ser el frío pistolero que derrota sin pestañear a malvados como Jack Palance y sus secuaces.

El “Predicador” es el héroe venido de no se sabe dónde para insuflar coraje y espíritu de equipo a un grupo de mineros que se ven amenazados por una compañía de minería industrial que se quiere quedar con sus tierras para conseguir más oro. Pero también es el frío ejecutor, con pasado desconocido –aunque aparentemente inquietante y temible– capaz de enfrentarse a 6 de los más sanguinarios pistoleros de la región más montañosa de California a los mandos del mercenario Stockburn. Héroe y villano, enamorando a la vez a una madre y a su hija quinceañera, sembrando la intranquilidad y la inquietud allá por donde pasa. Puede ser una de las múltiples reencarnaciones del Real Madrid, que no convence a algunos, enamora a muchos, molesta a bastantes y que, con su talento, inconformismo, profesionalidad y atractivo, acaba por llevarse siempre el gato al agua, con pocas bromas y repartiendo justicia —casi divina— finalmente.

Sin querer desvelar nada trascendente, las escenas finales recuerdan a un Predicador/Zidane tan tranquilo antes de la tanda final de penaltis en Milán, totalmente convencido de lograr la victoria, y preparando como Clint los disparos mortíferos de sus Lucas Vázquez, Marcelo, Bale, Ramos y Cristiano a los mercenarios de John Russell/Stockburn, mientras estos ni le rozan con sus múltiples tiros y apenas llegan a pasar cerca como en el famoso poste de Juanfran que nos proporcionó media Undécima. Todo ello sin adornos ni aspavientos, con un manejo de los tiempos y con un oficio y una sangre fría verdaderamente propios de un ser sobrenatural, de poderes ocultos e imbatibles.

Es un personaje heredero del que encarnó el propio Eastwood en 1966, el “Rubio” de El bueno, el feo y el malo. Curiosamente, los tres protagonistas son, básicamente, malos: cazadores de recompensas, delincuentes, pistoleros ávidos de dinero y sin escrúpulos. Pues bien, “el bueno” es Clint, que no es mucho mejor persona que “el feo” Tuco (magnífico Eli Wallach) o que “el malo” Sentencia (inolvidable Lee Van Cleef). ¿Por qué? Por ser el más atractivo, por su astucia, por su ingenio, en definitiva, por su saber estar, por su definición; los comentaristas de medio pelo dirían aquello que se nos achacaba en otras épocas “la pegada del Madrid”. Parece una reflexión infantil, pero ya saben que los niños muchas veces tienen más criterio que los adultos: y el lado bueno de la balanza, no lo duden, es siempre el Real Madrid.

Athos Dumas