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La música del derribo y no penalti

La música del derribo y no penalti

Escrito por: John Falstaff12 abril, 2018
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Uno, que ya tiene cierta edad, recuerda pocas noches más gloriosas que esta en que el Real Madrid se ha aferrado a la Champions con un nuevo minuto 93, acaso más agónico aún que aquel al que el Atleti de Cholo todavía le está cantando con Sabina lo de quién me ha robado el mes de abril. La leyenda del Madrid está forjada con lo que anoche volvimos a ver: la negativa rotunda a morir. El Real Madrid es como uno de esos héroes de película que caen al vacío por un precipicio sólo para que la toma siguiente nos lo muestre agarrado con una mano a una ramita que sobresale del barranco. El Madrid siempre acaba estirando la mano y se agarra a la rama del 93 o a la que sea, y al malo se le queda cara de bobo cuando ve incrédulo cómo el Madrid vuelve a asomar la cabeza por el borde del precipicio para apuntarle al entrecejo con su pistola.

Sí, lo de anoche fue pura gloria, madridismo en vena. Este Madrid de Zidane es glorioso incluso cuando pierde como la pasada noche, porque perdiendo gana a fuerza de una fe en sí mismo que agiganta su figura, una figura erguida sobre los hombros de su leyenda. Enfrentarse al Madrid en Champions es muy jodido, es lo más jodido del mundo porque no te enfrentas a once jugadores sino a toda una eternidad. Decía Juanito que noventa minuti en el Bernabéu son molto longo y en verdad que lo son, porque no son noventa minutos sino toda tu vida pasando por delante de ti y anunciándote tu propia muerte. Debe de ser muy jodido adquirir la certeza de tu propia derrota cuando tienes al rival malherido en el suelo, sangrando por la boca y con la respiración pesada, y sin embargo ves que todavía brilla en sus ojos la fe inquebrantable en la victoria, esa fe que sabes que le hará levantarse contra toda probabilidad y darte el golpe de gracia cuando creías haber hecho ya lo más difícil. Y entonces te das cuenta de que, cuando te enfrentas al Real Madrid, nunca has hecho lo más difícil hasta el momento mismo en que el árbitro pita el final del partido, porque lo más difícil es precisamente llegar vivo a ese momento.

cuando te enfrentas al real madrid en champions no lo haces a  once jugadores, sino a toda una eternidad

Es esa condición indestructible, la que nos acaba de llevar a semifinales de la Champions por octava vez consecutiva, la que nos hace únicos. Los mismos que callan que al Barcelona le pitan un penalti en contra cada dos temporadas son los que hoy nos alegran el desayuno con lo del penalti en el descuento, que es su letanía de perdedores. Poco les importará negar la evidencia de que el penalti es clarísimo, porque es nuestra grandeza lo que los antimadridistas no pueden masticar. Es ese orgullo irreductible, esa sed insaciable de gloria, esa negativa a rendirse, lo que a nuestros enemigos se les hace bola y les obliga a vomitar.

Miren si no las declaraciones de ese ilustre antimadridista llamado Iturralde González, las cuales me llegan a través de mi amigo Pepe Kollins. Le ha faltado tiempo al bueno (?) de Eduardo para decir que "el derribo de Benatia a Lucas Vázquez no es penalti". No atribuyan a la -estoy seguro que inexistente- cortedad intelectual de Iturralde el inconsciente reconocimiento de lo que tan torpemente pretende negar al hablar de "derribo". Impútenlo más bien a esa incapacidad de digerir la grandeza del Madrid, que se resiste a someterse a sus deseos. Es una digestión tan pesada y produce tanta bilis que los pobres antimadridistas como Iturralde acaban ahogándose en ella. Pero en el improbable caso de que alguien de buena fe abrigara alguna duda sobre si la acción de Benatia es o no penalti, las palabras de Iturralde deberían despejarlas definitivamente. Como dicen los juristas, a confesión de parte, relevo de pruebas. Y si no lo fuera -que lo es- uno estaría tentado de afirmar que todavía mejor: si uno no sintiera más bien lástima por esa caterva de perdedores, sería reconfortante ver cómo esa gentecilla prueba de vez en cuando su propia medicina.

Celebremos, por tanto, una nueva demostración de nuestra grandeza, y hagámoslo desacomplejadamente. Nunca una derrota en el marcador fue más gloriosa. Estamos en semifinales y lo estamos porque somos el Real Madrid. O sea, porque nunca -y nunca es nunca- nos resignamos a morir. Nuestros enemigos, esos perdedores, lo saben y por eso aúllan mientras se retuercen de envidia. Disfrutemos de la música.