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La Copa del Mundo según Rick Blaine

La Copa del Mundo según Rick Blaine

Escrito por: Antonio Valderrama30 junio, 2026
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En 1938 Murray Burnett, un profesor de secundaria norteamericano, y su mujer, aprovecharon el cobro de una herencia para celebrar su reciente matrimonio con un Grand Tour por Europa. La luna de miel se enturbió pronto cuando descubrieron, en Bélgica, que los judíos alemanes corrían un serio peligro. Acababa de producirse el Anschluss, la anexión nazi de Austria. Unos parientes de la señora Burnett les rogaron que acudieran a Viena y ayudaran a unos familiares, de origen judío, a sacar de allí sus caudales. En la vieja ciudad de los Habsburgo, Freud, Klimt y Loos, que fuera la capital cultural del mundo a principios del siglo, los Burnett se horrorizaron al darse cuenta de que todo el mundo estaba enfervorizado por la unión pangermánica. La persecución de los hijos de Israel no le causaba ningún problema a nadie, más bien al contrario. De vuelta a casa hicieron escala en la Costa Azul francesa. Burnett ya estaba convencido de que en América debía escribir algo que moviera la conciencia de sus compatriotas, que les convenciera de actuar contra la amenaza del nazifascismo antes de que fuera tarde. Se quedó fascinado al hallarse una noche en Le Kat Ferrat, un local de ambiente cosmopolita cerca de Antibes, donde una abigarrada clientela de todas las nacionalidades disfrutaba en apacible mescolanza de la música que al piano tocaba un hombre de raza negra.

Burnett, en Estados Unidos, buscó la ayuda de Joan Alisson, una mujer de mundo con mano en Broadway. Juntos escribieron una obra de teatro basada en lo que los Burnett vieron en Europa: Everybody comes to Rick´s. El personaje central, Rick Blaine, sería un completo desconocido todavía hoy si los japoneses no hubieran bombardeado Pearl Harbor en diciembre de 1941. El ataque destruyó no sólo la importante base americana en Hawai sino también la estricta política de censura que dominaba Broadway y Hollywood en aquel momento, donde cualquier obra cuyo argumento incitara abiertamente a la entrada del país en la guerra contra los nazis se consideraba intolerable propaganda contra la neutralidad. La directora de guiones de la Warner encontró el manuscrito entre una montaña de inéditos, y Rick Blaine acabó por encarnarse para la posteridad en Humprey Bogart.

El protagonista de Casablanca tiene infinidad de frases y giros legendarios. Una de ellas es, por ejemplo, cuando el jefe de la Gestapo le interpela acerca de su nacionalidad. Borracho, responde Rick.

¿Qué puede responder un madridista español cuando se le pregunta por su nacionalidad en esta Copa del Mundo?

Lo que quiera, naturalmente. Pero en este caso el madridista interpelado (por mí mismo) soy yo, que es el que está escribiendo este artículo que algunos, probablemente, hayan confundido, por sus párrafos iniciales, con una disertación cinematográfica.

Como Rick Blaine, el madridista español es un expatriado. Se le desterró de la selección española de fútbol hace ya quince años, después de la victoria en el Mundial de Sudáfrica

Sirva toda esa cháchara como prólogo-homenaje al gran país de Hollywood, que es uno de los anfitriones de este Mundial que se viene celebrando desde hace un par de semanas en Norteamérica. Siempre he sentido envidia de los corresponsales de la prensa en los mundiales. Me parecen ocasiones perfectas para hacer disfrutar a la audiencia de radios, periódicos y televisiones con todas las historias que el país, o los países, que las organizan tienen por contar. Anda que no hay cosas que contar de los Estados Unidos y de México. De Canadá un poco menos…

¡En el Mundial no tocan el frame, oh, Kylian!

El libro Football Days, la recopilación de las crónicas y vivencias de José Luis Garci de los partidos del Mundial de Estados Unidos de 1994, es el perfecto ejemplo de esto que digo.

Sin embargo, los periodistas desplazados suelen aburrirnos con informaciones banales, cuando no directamente majaderías: lo que comen los futbolistas, a lo que dedican el tiempo libre (jugar a la play, dormir la siesta y hacer scroll infinito en Instagram: pocas cosas con menos literatura, en nuestro tiempo, que un futbolista de élite) y, en fin, esta clase de tonterías que no interesan a nadie mayor, mentalmente hablando, de cinco años.

Como Rick Blaine, el madridista español es un expatriado. Se le desterró de la selección española de fútbol hace ya quince años, después de la victoria en el Mundial de Sudáfrica. Como al personaje de Bogart en Casablanca, ocurrió por motivaciones ideológicas. Durante el mourinhismo, al madridista se le consideró un quintacolumnista: un enajenado cuyo amor por su club interfería perjudicialmente en la paz del equipo nacional.

La selección española se convirtió en el refugio de todos los que odian España de manera inveterada. Como un Rick´s, Café Americain, pero al revés. Nacionalistas periféricos, antiespañoles de toda laya y en general individuos que hacen profesión de despreciar a la mitad del país al que pertenecen, a buena parte de su historia y a su tradición cultural, aprovecharon para proyectar en el madridista todo ese rechazo, de manera que su España, la Roja, era ahora un espejo del país diverso y «limpio» con el que pueden presumir, por fin, ante el mundo.

en esta Copa del Mundo, mi selección es el Madrid: Ancelotti y su aventura brasileña, con Vinicius; Cristiano Ronaldo y Modric, con su último pulso al reloj del tiempo…

En esas circunstancias, para un futbolero, cuyo vínculo con este espectáculo es básicamente sentimental, resulta complicado, si uno tiene las ideas claras al respecto de su propia identidad, compartir barco con quien sabe que lo detesta. El amor es la base de todo, el lazo sagrado con las cosas (y sobre todo, las personas) por las que estaríamos dispuestos a morir. Desde luego que la selección de la federación corrupta, Lamine Yamal y su bandera de Marruecos en las botas, Gavi, Mónica Marchante y Juanma Castaño, no es para mí una de ellas.

Se puede compartir un mismo trámite administrativo pero no una misma emoción.

El fútbol de selecciones es, para el madridista melancólico, un desierto, como el de Casablanca al que Rick Blaine fue a tomar las aguas. Me informaron mal, dice Bogart, y puede que también podamos decir nosotros, los que compartimos el mismo mal de la alienación: el día que debutó España contra Cabo Verde volví a ver chavales con la camiseta de la selección y banderas rojigualdas en las calles, sentados en las terrazas, y me vi a mí mismo, a mi yo del pasado, pero no me reconocí. ¿Quién tiene la culpa de este desarraigo? Supongo que nadie, claro. As Times Goes By. El propio Bogart, tras triunfar con Casablanca, se fue de gira por África occidental e Italia tras los pasos de las tropas norteamericanas, actuando gratis para elevar la moral de los soldados. En una ocasión declaró que su país era «el ejército». Del mismo modo podría decir que, en esta Copa del Mundo, mi selección es el Madrid: Ancelotti y su aventura brasileña, con Vinicius; Cristiano Ronaldo y Modric, con su último pulso al reloj del tiempo…

Si con cada Mundial nos alejamos más de nuestra niñez y, por lo tanto, nos acercamos a la muerte, permanecer neutral, al modo de Rick Blaine, equivaldría a preservarnos en un planeta remoto donde el Tiempo, como en Interstellar, va de otra manera. Aunque la neutralidad del madridista español como yo es un poco triste, algo forzada: como la de Rick, que todavía se emociona no al escuchar La Marsellesa, sino la Marcha Real. Esa que, empero, tan poco significa para los patriotas de temporada, quienes seguirán apostatando de lo español en cuanto la selección palme y para quienes el Madrid, en septiembre, volverá a ser la quintaesencia de lo españolísimamente proscrito.  

 Si la final del Mundial fuera España contra Portugal o Croacia o Brasil y alguien me preguntara con quién voy, sólo podría contestarle, como Rick, que no hago planes a largo plazo.

 

Getty Images

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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A nosotros lo de las selecciones nacionales no nos puede gustar más. Nos pirra ese rollo. Pero no de ahora, de siempre

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