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Escrito por: Julia Pagano21 febrero, 2019
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Los numerosos cinéfilos que frecuentan estas páginas habrán identificado enseguida la expresión que acuñó el inefable Samuel Goldwyn en ocasión de despegarse de un contrato que no le convencía.  Con su inglés verborrágico y rudimentario, el productor insignia del Hollywood durante los años dorados fue enhebrando una pintoresca fraseología, tan creativa como poco académica, cuya contribución a la lengua de Shakeaspeare es casi tan memorable como el insuperable legado que le dejó a la Academia.

Pero no voy a escribir de cine en esta página. Ni tampoco de fútbol mayormente. Acaso esta vez el fútbol sea apenas una excusa para hablar de jugadores hostigados porque no dominan el idioma de su país adoptivo con la desenvoltura deseada, aunque sus aportes en el campo de juego sobrepasen las expectativas despertadas a la hora de su contratación.

Pues resulta que ahora a un jovencísimo venido, apenas hace un lustro, de allende el Canal de la Mancha, con el cometido de hacer goles se le exige, además, una impecable gramática y la más pulcra pronunciación castellana, que profese un vehemente entusiasmo por los toros y la zarzuela, que meriende churros de lazo y torrejas cada tarde y que aprenda a tocar las castañuelas.

Presumo que, cuando a principios de su etapa en el Madrid, se señalaba a Bale como sucesor natural de CR7 nadie imaginaba que esa herencia se refería al acoso del que los medios de comunicación lo están haciendo objeto y que, al igual que en el caso del portugués, trasciende del ámbito deportivo a los aspectos más privados de su vida. No basta el manoseo conjetural acerca de la veracidad de sus lesiones, a quiénes favorece o perjudica si participa o no en un partido con su selección, si sus decisiones influyen en alza o en baja en su cotización o si se abstiene de responder trivialidades en ruedas de prensa; para ‘demostrar’ que Bale es un ser ruin y miserable, tienen que hurgar en  su familia, en la de su novia y sus cuñados, censurar que dedique su tiempo libre a jugar al golf en vez de echarse una partida de mus o de pelota vasca o de playstation -que no conoce fronteras-, que insista con llevar moño, que tenga acné, en definitiva que ‘no se haya adaptado’ sea lo que fuere que eso signifique.

Muchos adivinan, en la campaña que se ha desatado en estos días, la huella inconfundible del más rancio antimadridismo y parcialmente aciertan en la apreciación. Está claro que ni a Messi ni a Suárez se les recrimina no haber adquirido el más mínimo acento peninsular pese a los años que llevan en España, ni que la especialidad de la casa que sirven en su restaurante sea milanesa a la napolitana, un plato que, pese a la extraviada combinación de gentilicios, es una de las recetas emblemáticas de la cocina porteña.

Pero no han sido ellos los primeros beneficiarios de esa impunidad, tampoco la jerigonza en que se expresaba Cruyff provocó reacciones más sonoras que alguna sonrisa indulgente, casi cómplice. Siempre sospeché que su mentada genialidad residía precisamente en haber desarrollado un lenguaje parejamente ininteligible para holandeses y catalanes y, así y todo, haber llegado a convertirse en icono del balompié de ambas escuadras.

En cambio, cada vez que alguien proveniente del exterior ha descollado en el Real Madrid debió padecer despiadadas cacerías mediáticas que no van a la par con la cobertura periodística habitual que se dedica a jugadores de otros clubes. No más en lo que va de la década, Mourinho, Cristiano y James pueden contar la experiencia.

cada vez que alguien proveniente del exterior ha descollado en el Real Madrid debió padecer despiadadas cacerías mediáticas que no van a la par con la cobertura periodística habitual que se dedica a jugadores de otros clubes

Ahora le ha llegado el turno a Bale. A falta de pecados mayores, la acusación recae en sus dificultades de ‘adaptación’ a las costumbres locales, cuando su delito a lo sumo será no andar haciendo gala de un impostado pintoresquismo hispánico. Pretenderían que un muchacho nacido y criado en Gales se cuelgue, cual disfraz, todos los abalorios que componen el arquetipo ibérico.

Lo que más rechina en todo esto es la paradoja que se desvela con este tipo de reacciones, pues en un país donde las reivindicaciones regionales están a la orden del día, las comunidades autonómicas exigen cada vez mayor autonomía y la palabra ‘separación’ suena cada vez más alto; surgen por otro lado manifestaciones de intolerancia hacia todo sujeto que simplemente se limite a hacer ejercicio de su propia naturaleza individual.

Pero no se culpe a España por el malentendido, que ni en eso lleva exclusividad, la confusión entre adaptación y asimilación es un equívoco universal y por el que los peregrinos han de pagar precios muy altos si no están dispuestos a resignar su identidad. Una que por motivos que no vienen al caso ha ejercido la extranjería desde el nacimiento, aprendió en carne propia que las sociedades sólo aceptan de buen grado al forastero que se mimetiza con los clichés vernáculos. En el Rio de la Plata, que suele alzarse como epígono de cosmopolitismo y receptividad, el recién llegado sólo logra congraciarse con los anfitriones si consiente en sorber mate a toda hora y masticar asados tan pronto ha puesto pies en la costa. De lo contrario, y por mejores argumentos que esgrima para no adoptar uno u otro hábito, se lo mirará con recelo y su integración estará bajo riesgo de serias limitaciones.

Inclusión y diversidad conviven galvánicamente en el discurso de ciertos sectores y en el saco de esa diversidad caen sin distingos la burkha, el veganismo, la dislexia, la hidroponía y la constipación. A tales extremos llega el pánico a ser motejados de discriminadores.

El fantasma de la inclusividad recorre el mundo entero. Pero es un espectro de pacotilla, de esos que la brisa más leve les descorre la sábana dejando ver la trampa de escoba y balde que suplen al esqueleto de rigor.

Para no herir susceptibilidades de ninguna especie se descuelgan los crucifijos de las paredes, se borra el cerdo de menús y escaparates, se suprimen las calificaciones en los programas de estudio, los puntajes en las competencias y la declinación de género en las reglas gramaticales. Mas eso no ha impedido que proliferen los listones y los pañuelos de causas comprometidas, los abucheos, las pedreas y hasta las svásticas. Si hasta para enarbolar banderas legítimas se aplican recursos kukluxklánicos. Cada día aparecen mujeres que pintarrajean y exhiben sus cuerpos reclamando contra la cosificación, cometen violencia para denunciar maltrato, se organizan caravanas de automóviles en defensa del medio ambiente y se lanzan bombas para promover la paz.

Entre incoherencias y miedos, el concepto de ‘minoría’ se ha vuelto en contra del individuo y en el afán de evitar las injusticias grupales, el derecho del colectivo termina avasallando al de las personas.

el concepto de ‘minoría’ se ha vuelto en contra del individuo y en el afán de evitar las injusticias grupales, el derecho del colectivo termina avasallando al de las personas.

Sin ánimo de liarme con políticas de Estado o tendencias ideológicas, me ciño al ámbito deportivo para recoger apenas un ejemplo de los sinsentidos a los que conduce la fiebre de la inclusión. En los Juegos Olímpicos de la Juventud, celebrados recientemente, en Buenos Aires el COI dispuso que se eliminara la difusión del medallero global del evento con el argumento de que atentaba contra el espíritu del olimpismo. Los medios de comunicación acataron con bastante obediencia la moción de censura y se limitaron a ‘mencionar’ algunos logros de participantes locales y una fugaces y sesgadas tomas de los podios, convirtiendo en una auténtica aventura informativa la recolección de datos por parte del público. Pero me temo que quienes se llevaron la parte más triste fueron los propios atletas que ni si quiera pudieron gozar con plenitud de sus logros ni darlos publicidad, privándolos no solo de compartir el premio a su esfuerzo con familia y amigos, a veces al otro lado del planeta, sino con potenciales sponsors tan arduos de conquistar en el terreno del amateurismo.

Hace poco Jurgen Klopp declaraba con cierto dejo de comprensible amargura: "En la mayoría de los deportes, una medalla de plata es un orgullo. ¿En el fútbol? No vale absolutamente nada.”

Y sin negar la veracidad de la obser