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El Real Madrid Ye-yé

El Real Madrid Ye-yé

Escrito por: José María Faerna27 marzo, 2020
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Mi Real Madrid favorito

El Real Madrid Ye-yé

 

Yo que nací con la década no fui consciente del año en que vivía hasta 1966. Desde luego, tengo muchos recuerdos anteriores, pero esa es la primera fecha que recuerdo haber escrito en el encabezamiento de los dictados escolares, probablemente porque fue entonces cuando comencé a escribir con la soltura suficiente como para someterme a ellos. No es un dato cualquiera, es la primera señal de conciencia de que uno vive en un tiempo determinado, antes del cual todo es pasado y después del que todo es horizonte. Así que puede decirse que mis tiempos empezaron cuando el Madrid ganó la que durante la mayor parte de mi vida hasta hoy fue su última Copa de Europa.

Yo quedaría muy bien ahora desgranando mis recuerdos infantiles de la noche del miércoles 11 de mayo en el estadio Heysel de Bruselas, a la vera de aquel Atomium ultramoderno que hoy nadie recuerda y entonces era un icono del optimismo tecnológico y pop, pero no los tengo. Supongo que aquellos dictados a lápiz que yo empecé a datar -entonces a los niños se nos vedaba el bolígrafo en la escuela, porque todo lo que escribíamos era provisional y estaba sometido a corrección- corresponden al principio del curso 66-67, así que en mayo yo aún no sabía en qué año vivía ni a mi casa había llegado la televisión. En mi conciencia, el Madrid no era el campeón de Europa de 1966, sino el inalcanzable hexacampeón de Europa. Inalcanzable porque nadie parecía capaz de desafiar el récord -el Milan no completó esa cifra hasta 2002, y el Liverpool hasta este mismo año-, pero también porque durante muchos años pareció que nunca llegaría el momento en que el Madrid volviera a ganar otra.

Portada del pase a la final, tras eliminar al vigente campeón, el Inter de Milán

En la temporada 65-66 llegó a la plantilla Manuel Velázquez después de tres años cedido en el Rayo y el Málaga. Con él se cerró el ciclo de renovación del equipo áureo de Di Stéfano y Puskas y compareció al completo la generación del Madrid yeyé. Yeyés eran entonces los chicos modernos dentro de un orden, Los Brincos, Karina y Camilo Sesto -entonces Camilo Blanes- en Los chicos del Preu y así. En realidad, nada que no estuviera dentro de un orden era visible entonces en España. Los yeyés se ponían un poco piripis en los guateques y decían mover el esqueleto por bailar. A los papás maduros de clase media que empezaban a salir de penas por entonces tanta alegría les parecía poco viril, aunque detectaban que era el fruto de una despreocupación que ellos no habían podido permitirse y de algún modo les tranquilizaba. A veces se desmandaban un poco, como cuando tocaron los Beatles en Las Ventas en el 64 o en las matinales del Price, y los grises tiraban de porra, pero más valía el niño en un conjunto -los grupos de los sesenta eran conjuntos, como los de la clase de matemáticas- y la niña con el pelo alborotado y las medias de color que en una célula. En la España de los Planes de Desarrollo se vivía mucho mejor que en la posguerra, pero repartir octavillas te podía llevar a morir defenestrado por la Brigada Político Social desde un sexto piso de la calle General Mola, como le pasó a Enrique Ruano en 1969. La misma temporada de la final de Heysel se estrenó Historias de la televisión, de José Luis Sáenz de Heredia, una película de episodios cuyo primer tramo, con Toni Leblanc y López Vázquez, es una comedia magistral que podrían haber firmado un Germi o un Monicelli. En ella Conchita Velasco cantaba La chica yeyé, de Augusto Algueró, el himno que atornilló el término al léxico cotidiano.

Betancort, Pirri, Zoco, De Felipe y Sanchís con pelucas, rodeando a Gento.

Salvo la edad, ni Pirri ni Zoco ni Amancio ni Grosso tenían mucho de yeyés. Quizá un poco Velázquez, al que los trajes le quedaban como el guante que tenía en la bota y que no se arredraba incluso si se trataba de discutir con Bernabéu. Y eso que Pirri se casó con Sonia Bruno, genuina chica yeyé del cine de la época que no hubiera desmerecido con calzas color parchís en el reparto de Blow-Up de Antonioni (cosecha del 66, asimismo), y Zoco con María Ostiz, que venía a ser como Judy Collins en una javierada. Lo del Madrid yeyé lo acuñó también esa temporada el periodista Ramón Melcón en El Alcázar y, para ilustrarlo, el periódico mandó al reportero Félix Lázaro y al fotógrafo Luis Ollero a la concentración habitual en el Arcipreste de Hita, en Navacerrada, pertrechados de unas pelucas como de cotillón. En aquellos tiempos los periodistas subían a las habitaciones como si tal cosa y a los chicos recién levantados de la siesta lo de las fotos les hizo gracia. Betancort, Pirri, Zoco, De Felipe y Sanchís se pusieron las pelucas y posaron con un Gento sonriente aunque destocado, un respeto oiga. Pero Bernabéu no estaba para bromas, el equipo no iba bien en la Liga por primera vez en la década y, cuando se enteró, los jugadores fueron severamente reprendidos. Como de costumbre, el marrón le cayó a Saporta, nuestro Señor Lobo, que estableció laboriosas negociaciones con José Luis Cebrián, director del periódico, del que obtuvo posponer la publicación a cambio de otros reportajes. Solo el triunfo final de Heysel acabó dando vía libre a la pieza y carta de naturaleza a la denominación.

Miguel Muñoz, Gento y Pirri.

La obtención de la Sexta en 1966 fue el eje de aquella generación paradójica. Amancio y Zoco fueron los primeros en llegar, en 1962, cuando todavía reinaba Di Stéfano. Pirri y Grosso llegaron en el 64, y Velázquez y Sanchís padre al año siguiente. Del equipo mítico de los cincuenta, Puskas y Santamaría aguantaron hasta Heysel, aunque ya de suplentes. Gento completó toda la década sin soltar el once -entonces los once primeros dorsales los lucían siempre los titulares-, aunque muchos creyeron ver su decadencia cuando lo perdió en la selección a manos de Collar y Lapetra durante unos años, pero la llegada de Velázquez volvió a desatar a la Galerna con sus aperturas clarividentes y siguió siendo imprescindible hasta su retirada en 1971, sin dar opción a Manuel Bueno como Anquetil no se la dio a Poulidor. El ocaso del equipo de Di Stéfano cuando perdió la hegemonía europea a manos de italianos y portugueses dio de sí lo suficiente como para establecerla en la competición nacional, donde en la década anterior se había repartido el pastel con culés y colchoneros. Los yeyés no bajaron el pistón y los sesenta del seiscientos, las suecas y las bombas de Palomares son un monólogo liguero blanco que solo cedió al Atleti la Liga del 66 y la del 70. Hoy resulta difícil apreciar lo que pesaba aquella púrpura y la extraordinaria dignidad con que la llevaron.