Esta mañana estaba repasando las promesas electorales de Enrique Riquelme y de Florentino Pérez en su carrera hacia la presidencia del Real Madrid. Uno dice que comprará a Haaland y otro, que hará una oferta de más de 150 millones de euros por un galáctico innominado, aunque ninguno de los dos tiene cerrado su respectivo fichaje. Leía las últimas líneas de una columna al respecto cuando he tenido que parar por el repentino, y no por ello poco esperado, regreso de un hombre.
Cada año, a finales de primavera o primeros de verano, aparece por mi barrio un tipo que dice vender melones en plena calle. Por evidentes motivos estratégicos, se hace llamar a sí mismo El Melonero, epíteto que anuncia a gritos apoyado en la baranda de la escalera que conduce calle abajo. El tío tiene una potencia de voz envidiable, tanto que cada vez que comunica su llegada o que insiste en su presencia dan ganas de retorcerle el pescuezo. El melonerooo, vocea una vez y otra como si estallara un bombazo.
La cuestión es que nunca lo he visto con un melón en la mano. Una vez una señora le pidió un par de ellos desde un balcón. El tipo desapareció por una esquina, regresó con una bolsa vacía, la dejó colgada de la baranda y se fue tan pancho a pregonar su género en otra calle. Hoy lo he visto marcharse sin que nadie haya respondido a su reclamo. Luego he vuelto a leer titulares sobre los anuncios de Riquelme y de Pérez, uno debutante en estas lides y otro desacostumbrado, tras 20 años sin elecciones a la presidencia del club, a batirse el cobre por demostrar su valía, y entonces he recordado lo que decía aquel pianista alcohólico de Muñoz Molina: “¿Tú nunca sueñas que te pierdes por una ciudad donde no has estado nunca?”.
Imagen generada con IA










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