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El Madrid y sus madrastras

El Madrid y sus madrastras

Escrito por: Mario De Las Heras13 abril, 2020
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Ayer vi Blancanieves por segunda vez en los últimos dos días. La película original de 1937. Es posible que Candela me pida hoy que la volvamos a ver. Y si eso sucede, probablemente mañana también la veamos. Supongo que algún día tendré que decir que hasta aquí he llegado con Blancanieves porque no veo cercano el fin del interés de mi hija, pero tampoco veo próximo el fin de mi interés por ver Blancanieves (o lo que sea) con mi hija, así que creo que voy a ver Blancanieves hasta que ella se canse. Siempre todo hasta que ella se canse.

Debería ser “Blancanieve” (Snowwhite) y no “Blancanieves”. Evidentemente, es una españolización, porque nadie se llama Nieve en España, pero sí Nieves. Yo tengo dos recuerdos regulares con las Nieves. Uno fue el de una Nieves compañera de trabajo más mala que la madrastra y además con el aspecto de cuando le da la manzana envenenada a la buena de Snowwhite, y el otro fue el de la Nieves panadera de mi pueblo en mi veraniega infancia, que se limpiaba el cuchillo de cortar el pan en el sobaco.

A mí cuando me mandaban a comprar el pan, siempre pedía una barra y media (la media luego la utilizaba como espada ahuyentadora) sólo para contemplar la famosa técnica. Uno entraba en aquel local, abriéndose paso a través de la cortina de cadenas, y allí estaba Nieves tras el mostrador sobre el que se podían ver los restos de las barras amputadas junto al cuchillo ensobacado. Aquel lugar se parecía al estanco de Amarcord, por lo que, después de ver la película, estuve una temporada sin poder entrar en la panadería. Aunque eso fue después.

Uno decía: “Buenos días, una barra y media, por favor”, y entonces Nieves cogía una barra y la metía en la bolsa, y luego cogía la otra, la ponía sobre aquel potro de tortura, cogía el cuchillo, hacía ¡zas! en el sobaco (a veces sonaba como una palmada el contacto del acero con la carne blanda de la cara interna del brazo de Nieves) y la partía. Era espectacular. Luego yo siempre pensaba con espanto, al ver cómo Nieves devolvía la mitad sobrante al estante de los panes, en el próximo cliente, porque había veces que era yo ese próximo cliente al que le tocaba la media barra, y entonces es cuando le decía que me lo había pensado mejor y que sólo quería una barra entera.

Quizá me haya extendido demasiado en este arranque, pero ustedes podrán comprender que el confinamiento estimula algunas cosas como los recuerdos fellinianos. Decía que ayer vi Blancanieves. Y antes de ayer también. Candela me preguntó las dos veces, entre otras cosas, qué eran los buitres que aparecen al final y si eran malos. Yo le dije que sí porque me recordaron ahí apostados en la rama a ciertos individuos que tratamos a menudo en esta revista.

Pero qué culpa tendrán los pobres buitres de ser buitres. Todos somos alguna vez un poco buitres en la escasez. Pero ya es casualidad que sólo aparezcan en determinados momentos. Hace poco los vi a propósito de Benzema y unas palabras sobre Giroud, y ayer los volvía a ver a cuenta de Hazard y la frase de los bollos, pero claro, Hazard no debe de saber que no se puede bromear ni un segundo, y menos en tiempo de escasez, porque siempre hay por ahí una madrastra.

Yo he leído lo de los bollos (decía Hazard ayer en una entrevista que durante el confinamiento procuraba no ir a la despensa a por bollos: madre mía, con la que le cayó por el sobrepeso con el que llegó a Madrid) e inevitablemente he pensado en Blancanieves, la tarta de moras y su ingenuidad asombrosa. Hazard era como Blancanieves (tan virtuosa en el campo y fuera de él como la heroína en 1937), capaz de dejar entrar a una bruja en la casa de los enanitos y de aceptar morder su manzana ponzoñosa.

Pero yo me alegro de tener en el Madrid a Blancanieves en estos tiempos. Yo voy con Blancanieves, aparte de porque es con quien va mi hija, porque además no es que Hazard (o cualquier otro) sea Blancanieves, sino que se lo hacen ser, no tanto por su candidez sino por la malicia intrínseca de quienes le provocan con falsas cercanías. En realidad, en este cuento no hay Blancanieves sino sólo madrastras. Sólo trata del mejor equipo de fútbol perseguido obsesivamente por decenas de madrastras que no pueden soportar que sea más guapo que ellas.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7