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Hazard está aullando a la luna

Hazard está aullando a la luna

Escrito por: Mario De Las Heras15 febrero, 2020
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Yo estaba pensando en Hazard, que no viene, y en hasta dónde ha llegado el Madrid sin su presencia fulgurante. Estaba Hazard moviendo muy deprisa las piernas, un poco a lo Messi, pero sin flotadores, y daba la impresión de que el impulso de esas piernas iba a llevar al Madrid hasta el espacio, cuando nos lo rompieron. Han tenido sus compañeros que bajarse y empujar una carreta a puro huevo cuando estaban ya a bordo de un viaje iniciático en tren.

Viajar en tren es bonito. Van pasando los pueblos y los andurriales y las llanuras y los bosques mientras el caletre se relaja como las mandíbulas que no se aprietan y dejan correr ligeros los pensamientos. Uno en tren se deja llevar a su destino a través de mundos imaginarios, mecido por el traqueteo que es como un metrónomo, el principio de la música hacia la que se avanza y que algún día escucharemos.

Estaba pensando en Tom Wolfe, no en el de Ponche de ácido lisérgico, en el de Lo que hay que tener o en el de La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques sino en el primero, en el Tom Wolfe de la generación perdida (el mejor de todos ellos, dijo Faulkner, quien se puso a sí mismo en segunda posición) que murió joven y escribía novelas de cinco mil páginas que Maxwell Perkins trataba de recortar desesperadamente y con relativo y absoluto éxito.

Del tiempo y el río, un novelón inmenso de setecientas palabras diminutas, comienza con un viaje en tren. El viaje del joven Eugene Gant que deja su pueblo para ir a Harvard. Estaba pensando en Eugene, el héroe lleno de furia y de deseos, como en el Madrid, y en Harvard como en la gloria que les espera a ambos al final del camino. El viaje en tren que de momento se ha retrasado, aunque ya no se ve, ni siquiera borrosa, la estación de origen.

El Madrí, como decía Gistau, es líder de la Liga a pesar de ir en una de esas vagonetas del ferrocarril del Oeste en las que salían pitando de las ciudades los tahúres emplumados. Se la ha quitado al Barcelona, por supuesto, el tramposo atávico y pertinaz (que ahora va con los bolsillos limpios y sacados, quitándose el sombrero para secarse el sudor y caminando por el borde de la vía en busca de algún incauto a quién volver a estafar [su sino vital]), y mueve la palanca con brío inusitado y hermoso tino para mantener el rumbo invariable y emocionante hacia los grandes títulos.

Ha sido un cambio de vehículo, pero el Madrid no se ha parado. El Madrid está ahí en su génesis explosiva, progresiva, retenida tan sólo por la ausencia repentina del motor que ya aceleraba, del propulsor que casi nos nublaba la vista ante su previsible potencia. Estaba pensando en el Hazard de justo antes de la patada a traición y en ese Madrid que parecía estar a punto de dejar atrás a sus rivales de una vez como el correcaminos al Coyote.

Ese viaje del Madrid pintaba ser como el viaje de Eugene, que bebía güisqui casero de la petaca afuera, entre los vagones, y le gritaba al cielo, desesperado y dichoso, enloquecido de rabia en su juventud. Aquel Madrid pleno de Hazard iba a dejar de empujar y se iba a dejar llevar por su locomotora mientras fluían los pensamientos y las jugadas y el ritmo que ya tocaban, que ya sentían el belga y Benzema y Vinícius o Valverde aullando a la luna.

Ahora van despacio (lo que se perdió y lo que viene apunta a supersónico), pero aun así más rápidos que los demás, sólidos y líderes sobre raíles, observando “magníficos atardeceres, salvajes y solitarios, llenos de alegría, misterio y presagio” de la primavera que se acerca con Hazard, con el que subirán al tren, con el que subiremos todos al tren que van a entregar a la tierra (y soñaremos, calientes y cómodos mientras pasan los partidos como los pueblos) y soltar el regulador cuando llegue lo importante (allá por Pennsylvania, que es como llegar a las eliminatorias europeas, al City de ese tahúr que ya busca refugio) y sintamos, como Eugene en Harvard, que la vida empieza.