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Dos coreanos

Dos coreanos

Escrito por: Fred Gwynne13 abril, 2017
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Dos coreanos, un chino, cuatro italianos, tres franceses, una pareja de yankees, una alemana, una brasileña, un maño, dos menorquines, un balón, Sor Piedad, Sor Lucía, y el escribidor.

Para encontrar un grupo tan heterogéneo como este deberías asistir a alguna reunión de la extinta Sociedad de Naciones de Ginebra o hacer el Camino de Santiago y cenar en uno de sus múltiples albergues, rodeado de Peregrinos venidos de todos los rincones del mundo.

Y allí estaba, en el Camino, en plena Torre de Babel, el día que el Madrid iba a jugar contra el Bayern, flanqueado de idiomas desconocidos y cenando (¡a las siete de la tarde!) en el precioso Albergue del Monasterio de San Juan de Ortega. La cena había transcurrido cordial y las conversaciones se cruzaban en inglés (el esperanto del Camino), francés y español.

Como desgraciadamente mi nivel de ingles es figurado (me figuro que lo hablo y los demás se figuran que lo entienden), me tuve que conformar con sacar a relucir mi oxidado francés y hablar con aquellos jubilados de la Provenza. Los menorquines (una pareja de maestros recién jubilados) estaban enfrascados con los italianos y el maño se empeñaba en ligar ora con la alemana ora con la brasileña, aduciendo, como me había argumentado atravesando una densa chopera al amanecer, que siendo Santiago un Santo varón, es decir alguien en paz con Dios y bueno por naturaleza, y siendo además Patrón de España, no debería tener ningún inconveniente para que un español devoto como él conociese (en el sentido bíblico de la palabra) a peregrinas de otras nacionalidades con el fin de expandir y predicar las bondades de nuestra amada patria.

Una semana antes, aprovechando la perspectiva del buen tiempo que luciría en Castilla, había decidido lanzarme a caminar. Un buen amigo me dijo una vez que los peregrinos iban al Camino de Santiago para encontrarse a sí mismos, así que yo había decidido ir a perderme.

El año anterior había llegado hasta Santo Domingo de la Calzada y este tenía la intención de llegar hasta la frontera entre León y el cansancio. Mi primer problema (y posiblemente el más importante para un caminante de mis características) es hacer la mochila. Una mochila “normal” es hasta cierto punto, fácil de hacer. Hay que llevar el peso justo, ni un gramo más. Cada kilo extra supone un tirón, una luxación o el abandono. Hay que ser muy escrupuloso y dejar en casa todo lo innecesario. Los problemas vienen cuando uno es el Rey de los Supersticiosos y es incapaz de abandonar todos sus amuletos futbolísticos por mucho peso adicional que eso suponga. Tengo una equipación de la suerte para la Liga, otra para la Copa (ay) y una más para la Champions. A eso hay que sumarle calzoncillos, camisetas, balones, zapatillas, colonias…

Como no tenía muy claro ni cuánto iba a tardar, ni hasta dónde iba a caminar, decidí cargar mi mochila con todos mis fetiches. Cuando terminé de hacerlo mi mochila era una perfecta mezcla entre la chistera de un mago y el menhir de Obelix.

Hay quien hace el camino en burro, quien se acompaña de un perro o un gato y quien en lugar de un Bordón de avellano va botando un balón. Si alguna vez os cruzáis en el Camino con alguien así, saludadme. Si llevaba todos mis amuletos, no iba a dejar mi balón de la suerte en casa.

-Sor, ¿sabe si hay algún bar donde pueda ver un partido de fútbol?

En el albergue te recibían Sor Lucía y Sor Piedad. Sor Piedad esperaba a los peregrinos sentada en un pequeño taburete al lado de la puerta con un búcaro de barro y el sello presto. Era una enorme puerta de madera, un tanto desvencijada, con varias chapas metálicas que lucían cierta herrumbre y unos enormes clavos en todo su contorno. El tipo de puerta que, al acercarte a ella, no te decía su edad pero te enseñaba sus marcas y arrugas con orgullo. En cuanto la sobrepasabas, Sor Piedad te saludaba, esperaba a que te quitases la pesada mochila, cogía un vaso, lo llenaba de agua del búcaro y te lo ofrecía como si fuese a bautizarte, como si aquel vaso estuviese lleno de agua bendita. A su lado Sor Lucía, de pie, sonriente, y con un gran libro en las manos, cogía tu credencial, la apoyaba en aquel mamotreto, y después de apuntar la fecha en la casilla correspondiente se la devolvía junto con el libro a Sor Piedad que con un buen golpe de puño estampaba el sello con presteza. No entendía por qué en lugar de apoyarse en aquel libro no usaban una pequeña mesa para todos aquellos menesteres y a punto estuve de sugerírselo, pero me bastó un breve vistazo a mi alrededor para darme cuenta de que si aquel monasterio fundado por San Juan de Ortega llevaba en pie más de ocho siglos ofreciendo descanso, amor y agua entre sus muros, igual mi sugerencia podía ser pospuesta un par de siglos más.

Sor Piedad era como la puerta, muy vieja, llena de arrugas, con la edad suficiente para ser tu abuela o haber fundado el Monasterio en el siglo XII, con el pelo muy blanco asomando por debajo de la toca y unos minúsculos ojos que, a pesar de que al sonreír casi desaparecían, daban la sensación de escrutarte de arriba a abajo. Sus manos eran huesudas, con unas venas tan marcadas que daba la impresión de que formaban enigmáticas figuras por encima de la piel. Ella era la puerta de entrada al convento, ella te recibía, saciaba tu sed y te sellaba la credencial. A pesar de su edad irradiaba una extraña vitalidad, como si debajo de aquellas arrugas y de su aparente quietud guardase una fuerza descomunal. Por  un momento tuve la impresión de que aquel monasterio descansaba sobre sus hombros. Si el Apóstol Santiago hubiese aparecido y se hubiese arrodillado delante de ella, me habría parecido lo más normal del mundo.

Sor Lucía era el contrapunto, pelo negro, muy joven, regordeta, con rasgos latinos, unos ojos achinados que le daban cierto aire familiar a Sor Piedad y una energía saltarina, vital, contagiosa. Ella fue la que me guió hasta mi litera y me enseñó dónde estaban las duchas y dónde  podía lavar la ropa. Para ir a los baños me dijo que desgraciadamente había que atravesar un pequeño claustro al aire libre ( a mi aquello me pareció un lujo) y caminar por un largo pasillo.

-Sor, ¿sabe si hay algún bar donde pueda ver un partido de fútbol?

-Si claro, en el pueblo solo hay dos bares, los peregrinos suelen ver el fútbol en el “Marcial”, el que está en la plaza, justo debajo del ayuntamiento.

-Gracias, Sor, otra pregunta.  ¿A qué hora cierran el albergue?

-A las nueve y media, y mañana para las ocho hay que abandonar las habitaciones. Tenemos que limpiar para recibir a los próximos peregrinos.

Los horarios de los albergues suelen ser bastante estrictos. No son hoteles y se rigen por el descanso. Se cena muy temprano y los peregrinos, después de largas jornadas caminando, se acuestan y se levantan muy pronto. El partido empezaba a las 20,45 y el horario del albergue trastocaba todos mis planes futbolísticos. Podía ver la primera parte, o quedarme en el convento y escucharlo por la radio. La última vez que lo había escuchado por la radio el Madrid había empatado y, fiel a mis supersticiones, me resistía a volver a hacerlo.

Por otra parte, tampoco me apetecía ver únicamente la primera parte y luego volver al monasterio. No sabía qué hacer, así que decidí echar una buena siesta para aclarar mis ideas. Me tumbé en la litera y caí rendido por el cansancio. Cuando desperté ya eran las seis, me vestí, salí a la calle y me acomodé en un banco al sol. El día era espléndido, con un tenue cielo azul, primaveral, que se recortaba contra el monasterio y lo bañaba en una luz pálida, sin la fuerza cegadora del verano pero ya alejado de la frialdad del invierno.

Estaba en un banco justo enfrente de la entrada y al fijarme en aquella enorme puerta que pocas horas antes me había recibido, decidí quedarme a escuchar el partido dentro de aquellos muros. Me daban confianza.

La cena (macarrones, lomo con patatas, fruta, agua, ocho euros y la voluntad) la servía en un enorme comedor Sor Lucía. A Sor Piedad ya no la había vuelto a ver pero podía imaginármela en la cocina, con las mangas del hábito remangadas, un impoluto delantal blanco y el Apóstol Santiago de pinche, obedeciendo sus atinadas órdenes sin rechistar.

Aquel comedor era, salvando las distancias, lo más parecido al salón de mi casa ya que en una esquina, muy alejado de la mesa donde estábamos cenando, había un viejo sofá,  y a su lado, brillando gracias al pan de oro que casi lo recubría por completo, un bargueño arrimado a la pared. Decidí que ese era el lugar adecuado para escuchar el partido y después del postre le pregunté discretamente a Sor Lucía (no quería ninguna compañía para escucharlo) si me podía quedar un rato leyendo en el comedor. Me contestó que sí, que aquella estancia no la cerraban y que podía quedarme cuanto quisiera.

Al terminar de cenar se formó una pequeña sobremesa y, aunque hubo un momento en el que pensé que tendría que escuchar la radio metido en el saco de dormir, poco a poco todos se fueron hacia las literas y me quedé solo. El tiempo se me había echado encima así que subí las escaleras de dos en dos hasta mi habitación, me acerqué hasta mi litera sin hacer ruido (aunque parezca mentira ya había varios peregrinos dormidos), saqué de mi chistera la equipación completa de la Champions, cogí mis amuletos, el balón de la suerte (fundamental para la victoria) y después de cerrar la puerta silenciosamente me lancé corriendo escaleras abajo para no perderme el comienzo del partido.

Justo había doblado el segundo tramo de la escalera para acceder al pasillo que desembocaba en el comedor, cuando me choqué de frente con Sor Piedad. Creo que un momento antes de que los platos que llevaba en la mano se hicieran añicos contra el suelo, y mi balón de la suerte saliese disparado contra su rostro, dio un pequeño grito que acabó rebotando en todos los rincones del monasterio.

-No le parece a usted que ya tiene suficiente edad para ir corriendo por los pasillos –dijo Sor Piedad mientras se tocaba la parte de la frente donde le había golpeado el balón.

Yo me quedé mudo. Intenté hablar, intenté buscar una explicación convincente, pero las palabras no venían a mi boca. Pasaron unos angustiosos segundos y sin darme cuenta balbucí:

-Cincuenta. Cin... Cin...

-¿Cincuenta? Cincuenta, ¿qué?

-Cincuenta y tres, Sor. Tengo cincuenta y tres años. Le ruego que me perdone -dije mientras me agachaba y empezaba a apilar los restos de aquellos platos.

-Pues no lo parece –contestó Sor Piedad mirándome desde arriba con sus minúsculos ojos-. Esto no es el patio de un colegio.

-Le pido perdón, Sor, de verdad, le pido perdón. Lo siento. No sé en qué estaba pensando.

-En las musarañas –zanjó Sor Piedad-. Esta juventud solo piensa en las musarañas.

A mi lo de la juventud me alivió sobremanera. En aquel momento no me atreví a decírselo pero por un momento deseé que siguiese por ese camino.

-Tengo que madurar, Sor. Tengo mucho que madurar. Le importa traerme una bolsa o algo donde echar todo esto. Lo recojo en un momento, ¡Ah! y dígame cuánto es para abonárselo.

-Olvídelo. Ahora le traigo una bolsa.

-¿No le parece a usted que ya tiene suficiente edad para ir corriendo por los pasillos? –dijo Sor Piedad

Quince minutos más tarde, después de solucionar el estropicio y disculparme con Sor Piedad varías veces, conseguí encender la radio en el sofá del comedor. Antes de hacerlo dediqué un par de minutos a realizar varios conjuros ya que una de mis supersticiones es oír o ver los partidos desde el principio.

No habían pasado ni veinte segundos cuando marcó Vidal confirmando que mi retraso había afectado a todos mis amuletos y el partido se iba a poner muy cuesta arriba. Me levanté del sofá y comencé a dar vueltas por el comedor como una fiera. Estuve a punto de subir a cambiarme de calzoncillos pero decidí agotar la primera parte con los que llevaba puestos ya que hasta ese momento me habían dado un excelente resultado.

Cuando pitaron el penalti, y antes de que lo lanzasen, me metí el móvil en el bolsillo y salí a la carrera del comedor. Tenía que hacer algo, tenía que salvar aquel partido fuese como fuese. A veces, los supersticiosos tomamos decisiones incomprensibles, basadas en pequeñas conjeturas, en pistas que van y vienen, en pequeños detalles que se insinúan, o en la desesperación más absoluta. Mezclamos todo, lo ponemos en una balanza y actuamos. Una vez tomada una decisión, no hay marcha atrás. Y yo, en un alarde de inconsciencia, había decidido ir a ver el partido al bar del pueblo. Tenía que ver el partido. No sabía el motivo pero si quería que ganase el Madrid tenía que verlo.

Sabía que el albergue ya estaría cerrado pero confiaba en poder abrir la puerta de alguna manera. Si no lo conseguía estaba dispuesto a despertar a todas las monjas del monasterio con tal de salir de allí. Estaba en peligro la Duodécima y nada me iba a parar.

La puerta de entrada, como ya me imaginaba, estaba cerrada. Recordé que desde la calle había visto otra puerta a unos ocho o diez  metros a la derecha de donde se encontraba la principal. Era una puerta bastante más pequeña, pero coronada por un gran dintel de piedra tallada. Sitúe mentalmente la puerta y al mirar hacia su supuesta posición vi un pequeño arco que estaba tapado con una cortina de tela. Me dirigí hacia el, corrí la cortina y entré en una alargada estancia completamente vacía. Al fondo vi la puerta, aligeré el paso y cuando llegué a su altura respiré aliviado al ver que en la pared, a la derecha de la puerta, había una llave colgada de una alcayata con un enorme llavero de madera. La cogí tembloroso, la introduje en la cerradura, esperé un segundo y giré la llave. Cuando vi que la puerta se abría, di un largo suspiro y me metí con ciertas dificultades la llave en el pantalón. Ya había anochecido, la noche era fría y corrí haci