Leo por ahí que el Madrid está dispuesto a escuchar ofertas por Mendy y veo de inmediato una cabra con siete cuernos en cuyas cumbres se yerguen siete ciudades, como contaba Gabino Diego que sucedía en el Apocalipsis apócrifo de “Así en el Cielo como en la tierra”. En la película se quedaban sin presupuesto para el Apocalipsis y aquí tenemos la tentación de aceptarlo a trueque de unas decenas de millones de euros mal contados. No, hombre, no, Mendy no se vende. No queremos ese Apocalipsis.
-Oiga, depende de cuánto nos den por él.
Pues tampoco, porque ahora mismo no hay en el mercado ninguna pieza por la que valga la pena invertir la tajada que nos dieran por Mendy, por abundante que fuese. Uno puede vender para volver a comprar y así mejorar lo que hay, pero nadie en ningún equipo, nadie, mejora las prestaciones defensivas de Ferland, que es la pieza con la que hace clac el engranaje de la zaga blanca, el héroe no cantado del escuadrón de la gloria, el ingrediente secreto en la sequía de goles encajados que nos ha traído a este puerto idílico donde las vacaciones lo son de verdad merced a la sensación de plenitud que nos ha deparado el equipo. Sin Mendy no hay plenitud. Sin Mendy será el Apocalipsis. Todo, absolutamente todo se jodería sin Mendy.
No sé si hay estadísticas de esto, pero su nombre no es mencionado muchas veces, en tono épico, por el narrador del partido. Ni falta que le hace. Es el bajo que otorga solidez al sonido del conjunto, el John Paul Jones de nuestra abrazada negritud, la sonrisa de Cheshire de nuestro éxito. Los ratos en que no oyes su nombre solo son atribuibles al pánico que el rival manifiesta a pasar por su banda, no porque le vayan a partir la tibia, que aquí no practícanos el cholismo, sino porque nadie quiere ir a donde no le llaman.
-¿Por esta banda? Mejor pasa tú que a mí me da la risa.
Sin Mendy será el Apocalipsis. Todo, absolutamente todo se jodería sin Mendy. Es el bajo que otorga solidez al sonido del conjunto, el John Paul Jones de nuestra abrazada negritud, la sonrisa de Cheshire de nuestro éxito
¿Podría atacar mejor? ¿Qué clase de objeción es esa? Su única misión preponderante en ataque debe ser servir de apoyo a Vini, que ES esa banda. No subestimemos con todo sus incorporaciones, no siempre supremas estilísticamente pero de reconocida eficacia, con golazos importantes como el del Atalanta y un buen número de asistencias a Karim o a quien pase por allí. Es un jugador maravillosamente heterodoxo que te los pone de corbata en algunas salidas arriesgadas con balón controlado pero que inexorablemente triunfa en sus aventuras.
-Ya, pero podemos recomprar a Fran García, o dar de una vez la iniciativa a Miguel, o poner a Alaba a la izquierda.
No me cuenten cuentos. Pongan a Alaba a la izquierda si quieren, lo hará muy bien, y así hacemos hueco a Rüdiger junto a Militão, hagan lo que quieran, pero no renuncien a tener en la plantilla a quien está llamado a ser el jugador número cinco de esa línea, y en esta temporada tan cargada y tan atípica, con Mundial de por medio, el cinco puede ser tan crucial como el tres o el uno. Quédense con Mendy y luego pónganlo donde les dé la gana, sin perder nunca de vista que puede jugar perfectamente de central o de lateral derecho. Quédense con Mendy y después ideen las combinaciones que quieran para la línea de atrás, pero quédense con él porque es granítica exhibición, es pulmón y es hombre de club en esta gloriosa constelación de estrellas donde todos los son, los veteranos y los recién llegados, los viejos y los jóvenes, sin importar los egos ni las nóminas. Todos estos hombres de club son necesarios, pero Mendy es contingente.
Mendy no se vende. Seguir insistiendo comienza a procurarme sonrojo. No acostumbro a repetir lo obvio.
Otra cosa obvia es que hay que renovarle.
Buenos días. La mayoría de las portadas del día tienen como argumento principal a la futbolista del Barcelona y de la selección nacional Alexia Putellas, que ha sufrido una lesión grave justo cuando el equipo nacional femenino se dispone a disputar la Eurocopa. Son pésimas noticias para dicha selección, de la que Alexia es la máxima estrella, y sobre todo es un contratiempo muy serio para la deportista, cuya extraordinaria carrera se verá seriamente afectada. Desde este humilde portal enviamos a Alexia todo nuestro ánimo y un abrazo fortísimo.
Como podéis ver en estas primeras planas, y a pesar de que Alexia es la gran protagonista, aún colea el asunto de Pablo Laso, a quien se dedican faldoncillos o altillos aquí y allá. El Real Madrid confirmó ayer el nombramiento de Chus Mateo como técnico para la próxima campaña, cosa que hizo a través de un comunicado en el que también ponderaba como es debido la figura de Laso, mostrando agradecimiento y gratitud, algo que se había echado en falta en el comunicado del día anterior. Pablo Laso es una leyenda absoluta del club, y cualquier homenaje es poco para lo que merece. No somos capaces de descartar (o mejor: nuestro corazón se niega a descartarlo) que los caminos de equipo y técnico vuelvan a unirse en el futuro. Ojalá. El panorama sin él se intuye sumamente complejo.
El comunicado completo del Real Madrid es el siguiente:
El Real Madrid C. F. comunica que Chus Mateo será el entrenador del primer equipo de baloncesto las dos próximas temporadas, hasta el 30 de junio de 2024.
Chus Mateo ha estado vinculado al Real Madrid como entrenador de la cantera o como entrenador ayudante desde 1990 hasta 2004 y, desde 2014 hasta la actualidad, como entrenador ayudante de Pablo Laso.
Asimismo, el Real Madrid C. F. y Pablo Laso han decidido de mutuo acuerdo finalizar su vinculación como entrenador del primer equipo de baloncesto.
El Real Madrid quiere mostrarle su agradecimiento y su cariño a Pablo Laso por dirigir a nuestro equipo en una de las etapas más exitosas de nuestra historia.
Durante las 11 temporadas que ha estado al frente de nuestro primer equipo de baloncesto, Pablo Laso ha ganado 22 títulos: 2 Copas de Europa, 1 Copa Intercontinental, 6 Ligas, 6 Copas del Rey y 7 Supercopas.
Con este palmarés, Pablo Laso se convierte en una de las leyendas más grandes de nuestro club y más queridas por todo el madridismo, igualando con estos 22 títulos el palmarés de Lolo Sáinz, y teniendo solo por delante a Pedro Ferrándiz, con 27 títulos.
Pablo Laso ha finalizado su etapa en el Real Madrid como el entrenador con más partidos dirigidos (860) y más victorias conseguidas (659).
El Real Madrid le desea todo lo mejor a él y a toda su familia en esta nueva etapa de su vida. El Real Madrid siempre será su casa.
Las suspicacias de los medios y de las redes sociales contra Juan Carlos Sánchez prosiguen, de manera muy aventurada a nuestro juicio. Nadie ha logrado demostrar ni razonar convincentemente que haya habido razones, más allá de las médicas, que hayan desembocado en esta situación. El afecto y la gratitud que todos sentimos por Pablo no debería llevar a nadie a decidir que el Madrid no tiene derecho a recabar sus propios informes médicos y establecer su propio umbral del riesgo, como parece desprenderse de muchos comentarios. Es evidente que las cosas han podido hacerse mucho mejor, lo que nos habría ahorrado un espectáculo poco edificante. Háganse mejor ahora. Del comunicado de anteayer al de ayer hay un mundo, y es necesario continuar la senda del acercamiento entre el club y la leyenda de cara al futuro.
El que Laso tuviera el alta de su cardiólogo no significa que el Madrid no puede tener sus propios criterios de prudencia. De hecho, ya afloran testimonios de cardiólogos que no ven claro que, tras su accidente cardiovascular, Laso sea una persona que esté en condiciones óptimas para entrenar. Entrevistado ayer en Cope Salvador Álvarez, Jefe de Cardiología de Rúber Internacional, declaraba sin tapujos respecto a Laso que "No le aconsejaría que siguiera entrenando" y que "El Real Madrid está actuando correctamente". Si existen ciertas dudas entre los especialistas, no se entiende a tanto entendido y encendido defensor ciego de la postura de Laso que parece tenerlo todo clarísimo. Ni somos cardiólogos ni por querer muchísimo a Pablo nos van a dar ningún diploma express en la ardua disciplina del corazón.
Son, en todo caso, días muy tristes. Os dejamos con la portada de Mundo Deportivo, que ciertamente no va a aplacar vuestra melancolía, nos tememos.
Pasad un buen día.
Uno de mis mejores amigos, el más antiguo, acaba de tener un hijo. Ha nacido un mes después, día arriba, día a abajo, de que el Madrid levantara en París su Copa de Europa número catorce. Ahora, mientras lo pienso, siento un poco de envidia y también otro poco de tristeza. Me gustaría tener la oportunidad, como él, de poder vivirlo todo de nuevo, como si fuera un sueño, como si fuera la primera vez. Admirarme de todo, engolosinarme de todo, asombrarme de todo. Poder conocer de nuevo y desde el principio la extraordinaria historia del incomparable Real, o sea, enamorarme otra vez de él, pues conocer es amar, ¡qué goce! Pero a la vez creo que si me hubiera perdido todos los momentos de esa historia que he vivido a través de mis 34 años, mi vida sería mucho más pobre. Menos bonita, menos splendente. No, no es que lo crea, lo sé. Tengo la certeza. Si me pusiera a contar los momentos de alegría, tristeza y desespero que el Madrid me ha ofrecido, tardaría tanto como en contar los granos de arena que hay en una playa. Mi memoria sentimental está fundida en blanco y en púrpura. El Real, con su corona y con su escudo, está inserto en la luz de mis recuerdos, pues es una forma de mirar.
Como cumplir años me pone siempre un poco nostálgico, a esa sensación tan recurrente para mí a lo largo de mi vida se ha unido lo tierno (y por qué no decirlo, mucho más viejo) que me ha puesto el hecho de que dos buenos amigos hayan sido partícipes de eso que Dostoyevsky llamaba con razón uno de los dos milagros absolutos y misteriosos de la vida, el nacimiento y la muerte. Así que como además mi amigo no es para futbolero sino un acendrado odiador, especialmente de la camiseta blanca, quisiera dejarle aquí escritas, para cuando pueda leerlas, unas líneas a su primogénito: unas líneas donde yo le intente explicar a su hijo qué es ese fenómeno de la naturaleza y de la historia llamado Real Madrid que se va a encontrar en cuanto sea capaz de abrir sus preciosos y diminutos ojos y orejillas al mundo que los rodea.
A primera vista le podrías decir que ha llegado aquí cuando el Madrid ya lo ha hecho todo, así que, ¿qué razón tendría para interesarse por un hecho humano aparentemente finito? 14 copas de Europa, 35 ligas, noches europeas que se dilatan a través del tiempo y del espacio, tardes de gloria por los campos de España, en fin, todo eso lo puede encontrar en la Guía MARCA, que por cierto no sé si sigue editando, espero que sí, para mí fue una auténtica puerta abierta al conocimiento, una pequeña biblioteca de Alejandría futbolera. Pero lo que en realidad me gustaría decirle es que, al contrario de lo que se podría pensar, todo está por hacer. Y él podrá verlo.
El Madrid se parece también a los recién nacidos. Quiero decir que comparte con ellos uno de los rasgos fundamentales con los que yo definiría la naturaleza esencial de ambos prodigios. Los dos renuevan la capacidad que tenemos todos para imaginar
Pues eso también es el Madrid. No, no, mejor aún, eso empieza ser el Madrid: la oportunidad de quitarle el papel de regalo el mundo, de estrenarlo, una mañana de Reyes que no cesa. El Madrid no ha llegado al final de ningún trayecto, todo el futuro está por conquistar y por escribir. Todo está por hacer y el brillo de la camiseta blanca, blanca como la nieve, irradia confianza en el futuro bajo los monstruosos focos de halógeno de los estadios. Ese blanco refulge como una página en la que todavía no se ha escrito, como un pedazo de mármol al que el escultor aún no le ha clavado el cincel. Esa cualidad lumínica casi religiosa, esa cualidad santa, iluminadora de almas, aún la conserva el Madrid, y ese es un valor incalculable en un mundo que ya no mira el mañana con ilusión sino con miedo. En un mundo atenazado por una infinidad de oscuros molinos, el Madrid es un caballero blanco que sigue embistiendo contra gigantes.
El Madrid es, sobre todas las cosas, un amigo. Sé por experiencia que te intenten convencer todo el tiempo de cosas que no tienen sentido. Que eres del Madrid porque gana mucho, como si todo se redujera a una cuestión crematística. Que es fácil ser del Madrid, como si ganar fuera una actividad mecánica, un truco, la búsqueda del confort, de la comodidad material. El Bayern también gana mucho y, como dijo una vez un sabio, no hay niños en el Congo con camisetas del Bayern gritando Mia San Mia. El Madrid es la promesa de un mundo mejor, Pero eso es chino mandarino para quienes chamullan todas esas cosas. Es gente que no tiene ni idea y que chamulla mucho y mucho rato muy fuerte. El fútbol no tiene nada que ver con lo material y por supuesto no es nada racional. El fútbol es una cuestión de amor.
El Madrid es lo que era el cine para los niños de la posguerra española: Marte. Es ese Hollywood en Technicolor donde suceden todas las aventuras posibles. Es John Ford y es Emilio Salgari, es la India salvaje y fabulosa de Fritz Lang y es Julio Verne, en cuya mente no había imposibles. En Madrid es la suspensión de la incredulidad
En Madrid es, sobre todas las cosas y como decía antes, un amigo. Cuando llegas a una edad determinada los amigos empiezan a faltar. La vida y sus Escilas y Caribdis te obligan a navegar por aguas procelosas. Empiezas a bordear islotes pedregosos en los que oscuros poderes convierten sin que te des cuenta a toda tu tripulación en una piara de cerdos. Entonces miras atrás y haces recuento de todos los que te han acompañado a lo largo del camino. Te acuerdas de los que se quedaron mientras doblaba las esquinas, de los que se fueron y de los que siguen siendo. Te acuerdas de los tropiezos y también, por qué no, pues los ha habido aunque sean pocos, de los triunfos. Te acuerdas de las noches sin dormir y de todas (¡tantas!) las horas de espera. Te acuerdas de las decisiones equivocadas y de los caminos que no tuvieron retorno. De las tardes aquellas de las que nunca regresaste, de los caminos que no escogiste. De las cosas que se quedaron a medias. Te acuerdas de todo eso, ves las fotos y te fijas en lo que nunca cambió: el Madrid.
En todas las fotos está en Madrid, el gran, el viejo amigo. Esto me recuerda otra cosa importante. El Madrid se parece también a los recién nacidos. Quiero decir que comparte con ellos uno de los rasgos fundamentales con los que yo definiría la naturaleza esencial de ambos prodigios. Los dos renuevan la capacidad que tenemos todos para imaginar. Uno cuando conoce a un bebé por primera vez, y más si es de un amigo, piensa y evoca todo lo que ese niño puede ser en la vida. Se parece a tener delante un folio en blanco. ¡El mármol sin esculpir! Todo es posible porque el mundo empieza otra vez y estaba por escribir. Todos los hombres están dentro de ese pequeño hombrecillo. Todos los futuros serán a un mismo tiempo en el mismo sitio. Eso es el Madrid.
El Madrid es la capacidad de imaginar, que es el umbral del sueño. El Madrid es lo que era el cine para los niños de la posguerra española: Marte. Es ese Hollywood en Technicolor donde suceden todas las aventuras posibles. Es John Ford y es Emilio Salgari, es la India salvaje y fabulosa de Fritz Lang y es Julio Verne, en cuya mente no había imposibles. En Madrid es la suspensión de la incredulidad, la ruptura de esa frontera entre lo verosímil y la leyenda. En Madrid nos devuelve al estado de la niñez en el cual todo era cuesta abajo y siempre hacía un sol de media tarde, el mar ardía en destellos blancos y nada se pagaba. Esa capacidad de imaginar nuevos mundos posibles es la fuerza que desde la niñez nos impulsa hacia delante. La potencia motriz que nos saca de la abulia y de la grisura de la adultez. Por eso se llenan los cines. Por eso se llenan los estadios. Por eso, si Florentino construyera tres nuevos Bernabéus, se llenarían. Imaginar es salirse de las costuras con las que nos sujeta la vida. Desbordar el cauce, trascender. Nadie sabe lo que puede cultivarse en la mente de un niño sacudido por imágenes oníricas, envuelto en el incienso de seis minutos como los del milagro de Rodrygo contra el Mánchester City. No hay dinero que pague esas cosas porque el dinero es una moneda de cambio corriente y humana y las historias que alimentan nuestra fantasía proceden del más allá, de ese lugar tan alejado del concepto pragmatismo con el que los hombres entretienen en sus horas y entierran sus viejos sueños, que eran viejos, pero eran buenos sueños.
Por último, el Madrid es una cosa muy importante en este mundo avejentado y triste en el que de pronto vivimos. El Madrid es un motivo por el que festejar. Festejar con los nuestros, ahormarnos en un sentimiento espontáneo de júbilo que nos devuelve a ese territorio fuera del tiempo en el que celebramos los cumpleaños en el patio de casa con nuestros abuelos y en donde no había ninguna razón por la que no festejar. La alegría no había que explicarla. Festejar es importante porque el tiempo no sobra y las ocasiones escasean. El Madrid es una ocasión por la que reunirse. Es un motivo por el que estar feliz, un motivo para escribir a tus amigos antes de los partidos, una razón para llamar a tu padre, es el primer WhatsApp que mandas después de un gol de Vinicius.
Todo lo que hay de universal y majestuoso queda en el poso de la nación que descubrió, exploró y colonizó medio mundo, reside aún en el Madrid. El Madrid es un milagro, es una de las razones, pocas, que tiene el español de 2022 para sentirse orgulloso de lo que le dejaron sus padres. El Madrid es una razón para acordarte de tu abuelo y un motivo para sentirte hermano de millones de desconocidos. El Madrid es una quijotería, una justificación disparatada de la existencia, la cofradía de todos los desequilibrados de la tierra. La calma de Cervantes y el reposo de Velázquez en mitad del apocalipsis. Que la ballena te coma como a Jonás y salir de ella pegando un taponazo igual que si descorcharas una botella de champán. El Madrid, al fin y al cabo, es una razón para estar vivos.
“…sin poder resistir a su propia belleza, finalmente se tiró al agua y murió”
Una vez leí al maestro de maestros, Antonio Escohotado, en este mismo proyecto, La Galerna, decir que Cristiano Ronaldo era el jugador más humilde que había conocido porque nunca quería dejar de mejorar, que tenía terror a ser superado y eso le hacía imbatible. Ronaldo es el río de Heráclito en el que jamás podrás bañarte dos veces, no es Narciso para nada.
Hablo del Cristiano Ronaldo futbolista y lo hago por dos razones: la primera, porque me espantaría perder el tiempo hablando del Cristiano persona, eso se lo dejo a Netflix. Y segundo, porque su posible fichaje por el Barca, es por ser buen futbolista, no por ser rico ni guapo. Pocas cosas ha conseguido Ronaldo, de todo lo que tiene, por ser rico o por ser guapo, quizá el 1%. El resto le viene de ser “buen futbolista” por usar sus mismas palabras.
Y ahora me voy al mito. Narciso llega a un lago un día en el que se va a cazar ciervos, y queda mirándose en un estanque en el que luego se ahoga. Narciso es Quaresma, que tuvo 15 años de carrera profesional haciendo el mismo regate y la misma rabona; Narciso es Casillas, que se retiró sin darle a la pelota bien con la zurda, sin mencionar la diestra; y es tantos otros a los que no culpo, por cuanto recibir un gran don para jugar a un deporte que se paga tan bien no debe ser sencillo; pienso en Narciso Jesé o Narciso Tristán, con toda la pena que me da no haberles visto 200 partidos en el Madrid a cada uno.
Ahora Ronaldo quiere jugar en el Barca, como el año pasado quiso jugar en el Manchester city. aunque meta 35 goles con el Barca, será solo un pobre Eto’o que sigue hoy en día subiendo fotos y diciendo que él jugó aquí (en el Madrid)
Ronaldo es el anti-Narciso porque cuando la Diosa de la justicia, Némesis, le dijo que se mirara en el agua, él decidió dejar la banda y convertirse en el goleador más prodigioso de la historia del fútbol. Casi nada. Ronaldo llegó a Manchester porque en un amistoso regateó a todos los jugadores del Manchester en 45 minutos, poco más o menos. Fueron los propios jugadores del United quienes pidieron que le ficharan.
En ese partido tuvo un par de pases incisivos, pero lo que compraron fue “potencia” para que Ferguson lo hiciera “acto”. Pasó lo mismo con Raúl en La Romareda, nadie dudaba de que ahí había algo muy serio. En el fútbol, el jugador que triunfa es el que conoce o domina la fórmula, no el número. Para el número hay tiempo siempre, miremos a Vinicius y a Jovic. De uno fichamos que tenía la magic sauce para regatear y pensaron “ya marcará”. Del otro fichamos que tenía buenos números. Ahora resulta que el 9 del Madrid siempre ha tenido que regatear. Va camino de Florencia a intentar aportar números ante la falta de fórmula.
Volviendo a Ronaldo, Ferguson le dijo: sal de la banda al centro y comienza a chutar con la zurda, y pasó de 6 goles a -creo recordar- 42 en su mejor temporada. Además, a Ronaldo le pasó como a Stephen Curry, que cuando te haces el mejor tirador también se multiplican las opciones de ser un mejor pasador. “La amenaza”, que llaman en el “plus”.
Ahora Ronaldo quiere jugar en el Barca, como el año pasado quiso jugar en el Manchester City. Esto es Ronaldo y no le ha ido mal ni a él ni a nosotros los madridistas. Querámoslo por ello: aunque meta 35 goles con el Barca, será solo un pobre Eto’o que sigue hoy en día subiendo fotos y diciendo que él jugó aquí (en el Madrid).
Ronaldo no es Elvis, que puede pasar 6 años tocando las mismas canciones en un Hotel de Las Vegas, porque eso sería ser Narciso. Como dijo Tyler Durden (Brad Pitt) en la maravillosa ”El club de la lucha”: la autoperfección es simple masturbación. Con perdón. Ronaldo no quiere ser perfecto, Ronaldo solo quiere ganar desesperadamente el partido que nunca ganará, el del paso del tiempo, y eso le honra de alguna manera.
Ronaldo no es Narciso. Ronaldo es Dorian Gray.
Hola a todos. El día de ayer, 4 de julio, queda marcado en negro, ya para siempre, en la memoria colectiva del madridismo. Fue una jornada de inmensa tristeza. Pablo Laso, tal vez el mejor entrenador en la historia de la sección de baloncesto del Real Madrid, tras once años en el cargo y el logro de un palmarés que refleja fielmente la portada de Marca, deja de ser nuestro técnico.
“El Madrid prescinde de Laso de forma sorprendente”, reza el titular. La pregunta es si esto es justo y conveniente, no si es sorprendente. La pregunta es si verdaderamente no había más remedio que el que esto acabara así, y es una pregunta que puede formularse a las dos partes implicadas. El fondo de la cuestión es de enorme complejidad, tanto deportiva como ética, y no nos parece que sea la hora de emitir juicios de valor aventurados que pongan en duda la buena fe de todas las partes implicadas. No es una historia de blancos y negros, sino una que incorpora muchos grises y que, en última instancia, trata sobre discrepancias médicas, un asunto en el que La Galerna no es docta. No hay elementos de juicio suficientes como para poner en entredicho la veracidad de lo que sostiene el club, es decir, que se guía única y exclusivamente por el pavor de que se repita un suceso tan luctuoso como lo fue la muerte de Ignacio Pinedo a causa de un infarto. La profesión de entrenador de baloncesto del Real Madrid no es cualquier profesión.
Pablo Laso quería seguir trabajando como si no hubiera sufrido un accidente cardiaco hace apenas semanas, y el club ofrecía un tiempo de espera para comprobar que su salud iba en efecto por buen camino. Pablo se negó, quería empezar la pretemporada en su puesto de siempre. A su favor contaba el alta laboral del cardiólogo que le trató y del médico de la sección de baloncesto del club, que ha sido cesado por haber dado dicho alta. Esto último ha despertado suspicacias que nos parecen arriesgadas. Ese cese, afortunado o no, no demuestra por sí mismo que el club haya tomado la decisión por causas diferentes a la propia preocupación por la salud de Pablo. Se está atacando a Juan Carlos Sánchez Lázaro con saña injustificada, dando por buenas asunciones de indignidad de las que no hay prueba alguna, por mucho que su relación con Laso no fuera la mejor en los últimos tiempos.
El club, por su parte, se apoya en otros informes médicos y opiniones de expertos para insistir en que no era prudente la continuidad de Laso sin un tiempo de espera previo, en el que Chus Mateo siguiera a los mandos. Está en su derecho, y no nos compete poner en tela de juicio la idoneidad de esos informes. Lo explica en un comunicado que llegó cuando ya la prensa hervía en explicaciones torticeras, y que deja helado precisamente por su gelidez. El considerar que tienes razón no debería hacerte perder de vista la talla histórica de aquel de quien te despides. Se está a tiempo de hacer que la gratitud brille como debe hacerlo, que resplandezca tanto como lo hace el palmarés de Pablo (y de Juan Carlos) con independencia de las tensiones que haya podido haber en el tramo final de este desdichado proceso.
Pablo Laso no ha dejado de ganar al menos un título en ninguna de las once campañas de su desempeño al frente del equipo. De hecho, ha promediado dos por temporada, puesto que ha logrado veintidós. Son cifras que hablan de un éxito descomunal, con dos Euroligas, seis Ligas y seis Copas incluidas. Además, ha recuperado un baloncesto que siempre fue la marca de la casa, un baloncesto fulgurante, espectacular, que busca el campo abierto y levanta a la gente de la grada. Lo ha logrado con plantillas mejores y peores, aunque en líneas generales el club ha hecho siempre el esfuerzo de darle muy buenas piezas, que él ha manejado magistralmente sobre el tablero. Afirmar que ha sido el mejor entrenador de nuestra historia no parece desatinado pese a la dura competencia de Ferrándiz y Lolo Sainz.
Pablo Laso es artífice de algunos de los mejores momentos de nuestras vidas. El agradecimiento es eterno y emocionado por nuestra parte. Ha sido sobre la cancha el líder imprescindible para que dieran lo mejor de sí gigantes como Llull, Doncic, Rudy o Tavares. Le queremos muchísimo.
Gracias por tanto, Pablo.
Es un día triste. Os dejamos con el resto de portadas, querréis verlas.
En su conocida apuesta por la cantera, el Barça ha decidido ascender a los muchachos Lewandovski, Rapinha, Koundé y Bernat Silva. Los técnicos de La Masía confían también en Azpilicueta y Marc Alonso, hijo este del ex jugador del club de mismo nombre y apellido conocido como El Pichón. Y nieto, fíjense, nada menos que del gran Marquitos que en gloria está. Un señor con más copas de Europa que el 90% de la plantilla azulgrana. Darle un toque madridista al equipo siempre excita.
Esta misma semana cumplirán su sueño de pisar el Camp Nou otros dos canteranos, Christensen y Kessié. Una mezcla de culturas la mar de interesante y que viene a reforzar la apuesta de la casa con los formidables Eric García, Araújo, Gavi, Nico, Pedri y Ansu Fati. Las nuevas incorporaciones confirman la idea que nos repiten desde el club y alrededores sobre que su cantera es la mejor del mundo. Y que asentados estos se trataba de retocar la plantilla, ni mucho ni poco sino todo lo contrario, pues la base estaba y el futuro, bien encauzado.
Contaban entre el jolgorio popular que esos seis muchachos necesitaban un portero -figura inevitable- y cuatro acompañantes. Había columna vertebral para muchísimos años y como Dios aprieta pero no ahoga, la cantera iba ser el bálsamo/solución a los problemas financieros de la casa. Muchos de los cuales, qué cosas, derivan de los dineros que pagaron a otros chicos de la casa que precedieron a los de ahora, los que están y los que van a llegar. El club ha escarmentado y, por poner un ejemplo, a Gavi le van a pagar menos que a Kessié buscando el inevitable equilibrio perdido. Ya lo dejó dicho el presidente Núñez: hay que tener una línea de trabajo. Y también: cuando se hacen las cosas bien, llegan los resultados.
Está tardando en volver la Liga. Me pone mucho saber qué otros dos jugadores de la cantera acompañarían a un posible diez titular formado por Ter Stegen, Azpilicueta, Koundé, Christensen, Marc Alonso, Kessié, Rapinha, Lewandowski y Bernat Silva. Entre esos dos jugadores de casa incluyo también a Dest, Ferran Torres, Depay, pinta que también Dembélé, puede que De Jong, Aubameyang, Busquets, Alba, Piqué y su mayordomo Puig… En fin, esas otras buenas gentes.
Espero que el Barça acierte y sus jóvenes le sitúen en el mejor rumbo. Esta nueva fórmula persigue lo anterior: ser el Madrid. Es lo de toda la vida si acaso con una sutil diferencia. En el último intento se les fue la mano… y se arruinaron. Pero sí, soy de los que piensa que necesitamos un Barça fuerte, que se nos va la mano y montamos una liga francesa, liga con minúscula.
Está tardando en volver la Liga. Me pone mucho saber qué otros dos jugadores de la cantera acompañarían a un posible diez titular formado por Ter Stegen, Azpilicueta, Koundé, Christensen, Marc Alonso, Kessié, Rapinha, Lewandowski y Bernat Silva
Un Barça, Villarreal, Atleti, Sevilla, Betis, Valencia, Real, Athletic, Espanyol, Almería, lo más fuertes posible. No soy dudoso tampoco en esto. Espero que esta explosión canteril multiplique por mil las excelencias del juego azulgrana, asegurado como está lo más importante: la posesión seguirá siendo suya. El Spoty Arena será un clamor.
Ah, y otra cosa. Leo por ahí que el Madrid es el único que puede plantar cara a la millonaria Premier, clubes estado y tal. Bueno. Una cosa es admitir con mucho dolor que el Madrid sí gestiona bien, que su contable en prácticas podría ser perfectamente el presidente y el delantero centro del Barça en una sola pieza. Una cosa es eso y otra tragar.
No, no puedes plantar cara un año sí y otro también a clubes que tienen una Liga más fuerte -felicidades, nada que oponer si lo hacen mejor- y/o dueños a los que no les viene de un millón o cien y se les permite vivir sin control. Eso sí es inaceptable. Un año sí y al otro, más. El Madrid resiste, podríamos añadir al Bayern. Resiste y gana. Pero juega una partida de póker en la que unos utilizan comodines y otros, no. Coñas, las justas. Como el Barça y la cantera.
Buenos días. En una extraordinaria escena del biopic Man on the Moon, el comediante Andy Kaufman, interpretado por Jim Carey, sorprende a su público con un monólogo muy especial.
Ataviado como un lord inglés, sale a escena y anuncia a su audiencia que va a leer en su integridad Cumbres Borrascosas. La gente, entregada como está al humorista de moda, ríe a carcajadas ante la ocurrencia, pero las risas empiezan a mutar en perplejidad, y de la perplejidad al estupor, cuando Kaufman abre el mamotreto que reposa sobre el atril y empieza a leer con un arcaico acento del mismísimo Gloucester la magna obra de Emily Brönte. Los primeros abucheos se empiezan a oír al término del primer capítulo, y la gente no tardará mucho en ir abandonando la sala al comienzo del tercero, cuando ya han dado crédito al hecho de que el plan de Kaufman es en efecto leer la novela completa del tirón, sin parar más que unos segundos aquí y allá para beber agua.
Un tiempo indefinido después, vemos a un maltrecho Kaufman bostezando de pie junto al atril, sin afeitar y leyendo los últimos párrafos del clásico. “The end”, anuncia el cómico, cerrando el tocho por el final con la luz del amanecer entrando a raudales por la ventana del plató. El único espectador que queda en la sala se frota incrédulo los ojos, se incorpora en su butaca, y tras emitir una voz de alivio que casi raya en la admiración desencaja también tres aplausos y medio.
En la escena siguiente, vemos a Carrey reunido con su agente, magistralmente interpretado por un Danny De Vito que además trabajó con el verdadero Kaufman.
-¿Cómo coño pudiste hacer eso?- le reprende el agente, exasperado.
-Lo que no comprendo es que se quejen- replica Carrey/Kaufman.- Les he leído Cumbres Borrascosas, una obra maestra de la literatura universal. Es imposible ofrecer nada mejor.
Hoy nos hemos preguntado qué podíamos hacer nosotros con las cuatro portadas del día, prácticamente ajenas al Real Madrid e incluso al fútbol, que es de lo que hablamos aquí.
Finalmente hemos resuelto, en homenaje a Andy Kaufman, y en el entendido de que no podréis quejaros cuando os ofertamos un producto tan radicalmente TOP (y gratis además), poner a vuestra disposición La Metamorfosis, de Franz Kafka.
Disfrutadla y pasad un buen día cuando la acabéis, en el día y a la hora que sea del día que se tercie.
PD: ¡Felicidades, Carlos!
LA METAMORFOSIS
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.
«¡Dios mío! -pensó-. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!»
Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos.
Se deslizó de nuevo a su posición inicial.
«Esto de levantarse pronto -pensó- hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso podría intentar yo con mi jefe, pero en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él -puedo tardar todavía entre cinco y seis años- lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tic tac sobre el armario.
«¡Dios del cielo!», pensó.
Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. «¿Es que no habría sonado el despertador?» Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cuatro, seguro que también había sonado. Sí, pero… ¿era posible seguir durmiendo tan tranquilo con ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había dormido tranquilo, pero quizá tanto más profundamente.
¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete, para cogerlo tendría que haberse dado una prisa loca, el muestrario todavía no estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba especialmente espabilado y ágil; e incluso si consiguiese coger el tren, no se podía evitar una reprimenda del jefe, porque el mozo de los recados habría esperado en el tren de las cinco y ya hacía tiempo que habría dado parte de su descuido. Era un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio. Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y se salvaría de todas las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen hombres totalmente sanos, pero con aversión al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón? Gregorio, a excepción de una modorra realmente superflua después del largo sueño, se encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre.
Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama -en este mismo instante el despertador daba las siete menos cuarto-, llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama.
-Gregorio -dijeron (era la madre)-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje?
¡Qué dulce voz! Gregorio se asustó, en cambio, al contestar. Escuchó una voz que, evidentemente, era la suya, pero en la cual, como desde lo más profundo, se mezclaba un doloroso e incontenible piar, que en el primer momento dejaba salir las palabras con claridad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no se sabía si se había oído bien. Gregorio querría haber contestado detalladamente y explicarlo todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir:
-Sí, sí, gracias madre, ya me levanto.
Probablemente a causa de la puerta de madera no se notaba desde fuera el cambio en la voz de Gregorio, porque la madre se tranquilizó con esta respuesta y se marchó de allí. Pero merced a la breve conversación, los otros miembros de la familia se habían dado cuenta de que Gregorio, en contra de todo lo esperado, estaba todavía en casa, y ya el padre llamaba suavemente, pero con el puño, a una de las puertas laterales.
-¡Gregorio, Gregorio! -gritó-. ¿Qué ocurre? -tras unos instantes insistió de nuevo con voz más grave-. ¡Gregorio, Gregorio!
Desde la otra puerta lateral se lamentaba en voz baja la hermana.
-Gregorio, ¿no te encuentras bien?, ¿necesitas algo?
Gregorio contestó hacia ambos lados:
-Ya estoy preparado -y con una pronunciación lo más cuidadosa posible, y haciendo largas pausas entre las palabras, se esforzó por despojar a su voz de todo lo que pudiese llamar la atención. El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró:
-Gregorio, abre, te lo suplico -pero Gregorio no tenía ni la menor intención de abrir, más bien elogió la precaución de cerrar las puertas que había adquirido durante sus viajes, y esto incluso en casa.
Al principio tenía la intención de levantarse tranquilamente y, sin ser molestado, vestirse y, sobre todo, desayunar, y después pensar en todo lo demás, porque en la cama, eso ya lo veía, no llegaría con sus cavilaciones a una conclusión sensata. Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la cama algún leve dolor, quizá producido por estar mal tumbado, dolor que al levantarse había resultado ser sólo fruto de su imaginación, y tenía curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente sus fantasías de hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz no era otra cosa que el síntoma de un buen resfriado, la enfermedad profesional de los viajantes.
Tirar el cobertor era muy sencillo, sólo necesitaba inflarse un poco y caería por sí solo, pero el resto sería difícil, especialmente porque él era muy ancho. Hubiera necesitado brazos y manos para incorporarse, pero en su lugar tenía muchas patitas que, sin interrupción, se hallaban en el más dispar de los movimientos y que, además, no podía dominar. Si quería doblar alguna de ellas, entonces era la primera la que se estiraba, y si por fin lograba realizar con esta pata lo que quería, entonces todas las demás se movían, como liberadas, con una agitación grande y dolorosa.
«No hay que permanecer en la cama inútilmente», se decía Gregorio.
Quería salir de la cama en primer lugar con la parte inferior de su cuerpo, pero esta parte inferior que, por cierto, no había visto todavía y que no podía imaginar exactamente, demostró ser difícil de mover; el movimiento se producía muy despacio, y cuando, finalmente, casi furioso, se lanzó hacia delante con toda su fuerza sin pensar en las consecuencias, había calculado mal la dirección, se golpeó fuertemente con la pata trasera de la cama y el dolor punzante que sintió le enseñó que precisamente la parte inferior de su cuerpo era quizá en estos momentos la más sensible.
Así pues, intentó en primer lugar sacar de la cama la parte superior del cuerpo y volvió la cabeza con cuidado hacia el borde de la cama. Lo logró con facilidad y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió finalmente con lentitud el giro de la cabeza. Pero cuando, por fin, tenía la cabeza colgando en el aire fuera de la cama, le entró miedo de continuar avanzando de este modo porque, si se dejaba caer en esta posición, tenía que ocurrir realmente un milagro para que la cabeza no resultase herida, y precisamente ahora no podía de ningún modo perder la cabeza, antes prefería quedarse en la cama.
Pero como, jadeando después de semejante esfuerzo, seguía allí tumbado igual que antes, y veía sus patitas de nuevo luchando entre sí, quizá con más fuerza aún, y no encontraba posibilidad de poner sosiego y orden a este atropello, se decía otra vez que de ningún modo podía permanecer en la cama y que lo más sensato era sacrificarlo todo, si es que con ello existía la más mínima esperanza de liberarse de ella. Pero al mismo tiempo no olvidaba recordar de vez en cuando que reflexionar serena, muy serenamente, es mejor que tomar decisiones desesperadas. En tales momentos dirigía sus ojos lo más agudamente posible hacia la ventana, pero, por desgracia, poco optimismo y ánimo se podían sacar del espectáculo de la niebla matinal, que ocultaba incluso el otro lado de la estrecha calle.
«Las siete ya -se dijo cuando sonó de nuevo el despertador-, las siete ya y todavía semejante niebla», y durante un instante permaneció tumbado, tranquilo, respirando débilmente, como si esperase del absoluto silencio el regreso del estado real y cotidiano. Pero después se dijo:
«Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido de la cama del todo, como sea. Por lo demás, para entonces habrá venido alguien del almacén a preguntar por mí, porque el almacén se abre antes de las siete.» Y entonces, de forma totalmente regular, comenzó a balancear su cuerpo, cuan largo era, hacia fuera de la cama. Si se dejaba caer de ella de esta forma, la cabeza, que pretendía levantar con fuerza en la caída, permanecería probablemente ilesa. La espalda parecía ser fuerte, seguramente no le pasaría nada al caer sobre la alfombra. Lo más difícil, a su modo de ver, era tener cuidado con el ruido que se produciría, y que posiblemente provocaría al otro lado de todas las puertas, si no temor, al menos preocupación. Pero había que intentarlo.
Cuando Gregorio ya sobresalía a medias de la cama -el nuevo método era más un juego que un esfuerzo, sólo tenía que balancearse a empujones- se le ocurrió lo fácil que sería si alguien viniese en su ayuda. Dos personas fuertes -pensaba en su padre y en la criada- hubiesen sido más que suficientes; sólo tendrían que introducir sus brazos por debajo de su abombada espalda, descascararle así de la cama, agacharse con el peso, y después solamente tendrían que haber soportado que diese con cuidado una vuelta impetuosa en el suelo, sobre el cual, seguramente, las patitas adquirirían su razón de ser. Bueno, aparte de que las puertas estaban cerradas, ¿debía de verdad pedir ayuda? A pesar de la necesidad, no pudo reprimir una sonrisa al concebir tales pensamientos.
Ya había llegado el punto en el que, al balancearse con más fuerza, apenas podía guardar el equilibrio y pronto tendría que decidirse definitivamente, porque dentro de cinco minutos serían las siete y cuarto. En ese momento sonó el timbre de la puerta de la calle.
«Seguro que es alguien del almacén», se dijo, y casi se quedó petrificado mientras sus patitas bailaban aún más deprisa. Durante un momento todo permaneció en silencio.
«No abren», se dijo Gregorio, confundido por alguna absurda esperanza.
Pero entonces, como siempre, la criada se dirigió, con naturalidad y con paso firme, hacia la puerta y abrió. Gregorio sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante y ya sabía quién era, el apoderado en persona. ¿Por qué había sido condenado Gregorio a prestar sus servicios en una empresa en la que al más mínimo descuido se concebía inmediatamente la mayor sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin excepción, eran unos bribones? ¿Es que no había entre ellos un hombre leal y adicto a quien, simplemente porque no hubiese aprovechado para el almacén un par de horas de la mañana, se lo comiesen los remordimientos y francamente no estuviese en condiciones de abandonar la cama? ¿Es que no era de verdad suficiente mandar a preguntar a un aprendiz si es que este «pregunteo» era necesario? ¿Tenía que venir el apoderado en persona y había con ello que mostrar a toda una familia inocente que la investigación de este sospechoso asunto solamente podía ser confiada al juicio del apoderado? Y, más como consecuencia de la irritación a la que le condujeron estos pensamientos que como consecuencia de una auténtica decisión, se lanzó de la cama con toda su fuerza. Se produjo un golpe fuerte, pero no fue un auténtico ruido. La caída fue amortiguada un poco por la alfombra y además la espalda era más elástica de lo que Gregorio había pensado; a ello se debió el sonido sordo y poco aparatoso. Solamente no había mantenido la cabeza con el cuidado necesario y se la había golpeado, la giró y la restregó contra la alfombra de rabia y dolor.
-Ahí dentro se ha caído algo- dijo el apoderado en la habitación contigua de la izquierda.
Gregorio intentó imaginarse si quizá alguna vez no pudiese ocurrirle al apoderado algo parecido a lo que le ocurría hoy a él; había al menos que admitir la posibilidad. Pero, como cruda respuesta a esta pregunta, el apoderado dio ahora un par de pasos firmes en la habitación contigua e hizo crujir sus botas de charol. Desde la habitación de la derecha, la hermana, para advertir a Gregorio, susurró:
-Gregorio, el apoderado está aquí.
«Ya lo sé», se dijo Gregorio para sus adentros, pero no se atrevió a alzar la voz tan alto que la hermana pudiera haberlo oído.
-Gregorio -dijo entonces el padre desde la habitación de la derecha-, el señor apoderado ha venido y desea saber por qué no has salido de viaje en el primer tren. No sabemos qué debemos decirle, además desea también hablar personalmente contigo, así es que, por favor, abre la puerta. El señor ya tendrá la bondad de perdonar el desorden en la habitación.
-Buenos días, señor Samsa -interrumpió el apoderado amablemente.
-No se encuentra bien -dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante la puerta-, no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado. ¡Cómo si no iba Gregorio a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio. A mí casi me disgusta que nunca salga por la tarde; ahora ha estado ocho días en la ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y lee tranquilamente el periódico o estudia horarios de trenes. Para él es ya una distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres tardes ha tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto abra Gregorio lo verá usted enseguida. Por cierto, que me alegro de que esté usted aquí, señor apoderado, nosotros solos no habríamos conseguido que Gregorio abriese la puerta; es muy testarudo y seguro que no se encuentra bien a pesar de que lo ha negado esta mañana.
-Voy enseguida -dijo Gregorio, lentamente y con precaución, y no se movió para no perderse una palabra de la conversación.
-De otro modo, señora, tampoco puedo explicármelo yo -dijo el apoderado-. Espero que no se trate de nada serio, si bien tengo que decir, por otra parte, que nosotros, los comerciantes, por suerte o por desgracia, según se mire, tenemos sencillamente que sobreponernos a una ligera indisposición por consideración a los negocios.
-Vamos, ¿puede pasar el apoderado a tu habitación? -preguntó impaciente el padre.
-No- dijo Gregorio.
En la habitación de la izquierda se hizo un penoso silencio, en la habitación de la derecha comenzó a sollozar la hermana.
¿Por qué no se iba la hermana con los otros? Seguramente acababa de levantarse de la cama y todavía no había empezado a vestirse; y ¿por qué lloraba? ¿Porque él no se levantaba y dejaba entrar al apoderado?, ¿porque estaba en peligro de perder el trabajo y entonces el jefe perseguiría otra vez a sus padres con las viejas deudas? Éstas eran, de momento, preocupaciones innecesarias. Gregorio todavía estaba aquí y no pensaba de ningún modo abandonar a su familia. De momento yacía en la alfombra y nadie que hubiese tenido conocimiento de su estado hubiese exigido seriamente de él que dejase entrar al apoderado. Pero por esta pequeña descortesía, para la que más tarde se encontraría con facilidad una disculpa apropiada, no podía Gregorio ser despedido inmediatamente. Y a Gregorio le parecía que sería mucho más sensato dejarle tranquilo en lugar de molestarle con lloros e intentos de persuasión. Pero la verdad es que era la incertidumbre la que apuraba a los otros hacia perdonar su comportamiento.
-Señor Samsa -exclamó entonces el apoderado levantando la voz-. ¿Qué ocurre? Se atrinchera usted en su habitación, contesta solamente con sí o no, preocupa usted grave e inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta usted a sus deberes de una forma verdaderamente inaudita. Hablo aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le exijo seriamente una explicación clara e inmediata. Estoy asombrado, estoy asombrado. Yo le tenía a usted por un hombre formal y sensato, y ahora, de repente, parece que quiere usted empezar a hacer alarde de extravagancias extrañas. El jefe me insinuó esta mañana una posible explicación a su demora, se refería al cobro que se le ha confiado desde hace poco tiempo. Yo realmente di casi mi palabra de honor de que esta explicación no podía ser cierta. Pero en este momento veo su incomprensible obstinación y pierdo todo el deseo de dar la cara en lo más mínimo por usted, y su posición no es, en absoluto, la más segura. En principio tenía la intención de decirle todo esto a solas, pero ya que me hace usted perder mi tiempo inútilmente no veo la razón de que no se enteren también sus señores padres. Su rendimiento en los últimos tiempos ha sido muy poco satisfactorio, cierto que no es la época del año apropiada para hacer grandes negocios, eso lo reconocemos, pero una época del año para no hacer negocios no existe, señor Samsa, no debe existir.
-Pero señor apoderado -gritó Gregorio, fuera de sí, y en su irritación olvidó todo lo demás-, abro inmediatamente la puerta. Una ligera indisposición, un mareo, me han impedido levantarme. Todavía estoy en la cama, pero ahora ya estoy otra vez despejado. Ahora mismo me levanto de la cama. ¡Sólo un momentito de paciencia! Todavía no me encuentro tan bien como creía, pero ya estoy mejor. ¡Cómo puede atacar a una persona una cosa así! Ayer por la tarde me encontraba bastante bien, mis padres bien lo saben o, mejor dicho, ya ayer por la tarde tuve una pequeña corazonada, tendría que habérseme notado. ¡Por qué no lo avisé en el almacén! Pero lo cierto es que siempre se piensa que se superará la enfermedad sin tener que quedarse. ¡Señor apoderado, tenga consideración con mis padres! No hay motivo alguno para todos los reproches que me hace usted; nunca se me dijo una palabra de todo eso; quizá no haya leído los últimos pedidos que he enviado. Por cierto, en el tren de las ocho salgo de viaje, las pocas horas de sosiego me han dado fuerza. No se entretenga usted señor apoderado; yo mismo estaré enseguida en el almacén, tenga usted la bondad de decirlo y de saludar de mi parte al jefe.
Y mientras Gregorio farfullaba atropelladamente todo esto, y apenas sabía lo que decía, se había acercado un poco al armario, seguramente como consecuencia del ejercicio ya practicado en la cama, e intentaba ahora levantarse apoyado en él. Quería de verdad abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver y hablar con el apoderado; estaba deseoso de saber lo que los otros, que tanto deseaban verle, dirían ante su presencia. Si se asustaban, Gregorio no tendría ya responsabilidad alguna y podría estar tranquilo, pero si lo aceptaban todo con tranquilidad entonces tampoco tenía motivo para excitarse y, de hecho, podría, si se daba prisa, estar a las ocho en la estación. Al principio se resbaló varias veces del liso armario, pero finalmente se dio con fuerza un último impulso y permaneció erguido; ya no prestaba atención alguna a los dolores de vientre, aunque eran muy agudos. Entonces se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patitas. Con esto había conseguido el dominio sobre sí, y enmudeció porque ahora podía escuchar al apoderado.
-¿Han entendido ustedes una sola palabra? -preguntó el apoderado a los padres-. ¿O es que nos toma por tontos?
-¡Por el amor de Dios! -exclamó la madre entre sollozos-, quizá esté gravemente enfermo y nosotros lo atormentamos. ¡Greta! ¡Greta! -gritó después.
-¿Qué, madre? -dijo la hermana desde el otro lado. Se comunicaban a través de la habitación de Gregorio-. Tienes que ir inmediatamente al médico, Gregorio está enfermo. Rápido, a buscar al médico. ¿Acabas de oír hablar a Gregorio?
-Es una voz de animal -dijo el apoderado en un tono de voz extremadamente bajo comparado con los gritos de la madre.
-¡Anna! ¡Anna! -gritó el padre en dirección a la cocina a través de la antesala, y dando palmadas-. ¡Ve a buscar inmediatamente un cerrajero!
Y ya corrían las dos muchachas haciendo ruido con sus faldas por la antesala -¿cómo se habría vestido la hermana tan deprisa?- y abrieron la puerta de par en par. No se oyó cerrar la puerta, seguramente la habían dejado abierta como suele ocurrir en las casas en las que ha ocurrido una gran desgracia.
Pero Gregorio ya estaba mucho más tranquilo. Así es que ya no se entendían sus palabras a pesar de que a él le habían parecido lo suficientemente claras, más claras que antes, sin duda, como consecuencia de que el oído se iba acostumbrando. Pero en todo caso ya se creía en el hecho de que algo andaba mal respecto a Gregorio, y se estaba dispuesto a prestarle ayuda. La decisión y seguridad con que fueron tomadas las primeras disposiciones le sentaron bien. De nuevo se consideró incluido en el círculo humano y esperaba de ambos, del médico y del cerrajero, sin distinguirlos del todo entre sí, excelentes y sorprendentes resultados. Con el fin de tener una voz lo más clara posible en las decisivas conversaciones que se avecinaban, tosió un poco, esforzándose, sin embargo, por hacerlo con mucha moderación, porque posiblemente incluso ese ruido sonaba de una forma distinta a la voz humana, hecho que no confiaba poder distinguir él mismo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba el silencio. Quizás los padres estaban sentados a la mesa con el apoderado y cuchicheaban, quizá todos estaban arrimados a la puerta y escuchaban.
Gregorio se acercó lentamente a la puerta con la ayuda de la silla, allí la soltó, se arrojó contra la puerta, se mantuvo erguido sobre ella -las callosidades de sus patitas estaban provistas de una sustancia pegajosa- y descansó allí durante un momento del esfuerzo realizado. A continuación comenzó a girar con la boca la llave, que estaba dentro de la cerradura. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos -¿con qué iba a agarrar la llave?-, pero, por el contrario, las mandíbulas eran, desde luego, muy poderosas. Con su ayuda puso la llave, efectivamente, en movimiento, y no se daba cuenta de que, sin duda, se estaba causando algún daño, porque un líquido parduzco le salía de la boca, chorreaba por la llave y goteaba hasta el suelo.
-Escuchen ustedes -dijo el apoderado en la habitación contigua- está dando la vuelta a la llave.
Esto significó un gran estímulo para Gregorio; pero todos debían haberle animado, incluso el padre y la madre. «¡Vamos, Gregorio! -debían haber aclamado-. ¡Duro con ello, duro con la cerradura!» Y ante la idea de que todos seguían con expectación sus esfuerzos, se aferró ciegamente a la llave con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A medida que avanzaba el giro de la llave, Gregorio se movía en torno a la cerradura, ya sólo se mantenía de pie con la boca, y, según era necesario, se colgaba de la llave o la apretaba de nuevo hacia dentro con todo el peso de su cuerpo. El sonido agudo de la cerradura, que se abrió por fin, despertó del todo a Gregorio. Respirando profundamente dijo para sus adentros: «No he necesitado al cerrajero», y apoyó la cabeza sobre el picaporte para abrir la puerta del todo.
Como tuvo que abrir la puerta de esta forma, ésta estaba ya bastante abierta y todavía no se le veía. En primer lugar tenía que darse lentamente la vuelta sobre sí mismo, alrededor de la hoja de la puerta, y ello con mucho cuidado si no quería caer torpemente de espaldas justo ante el umbral de la habitación. Todavía estaba absorto en llevar a cabo aquel difícil movimiento y no tenía tiempo de prestar atención a otra cosa, cuando escuchó al apoderado lanzar en voz alta un «¡Oh!» que sonó como un silbido del viento, y en ese momento vio también cómo aquél, que era el más cercano a la puerta, se tapaba con la mano la boca abierta y retrocedía lentamente como si le empujase una fuerza invisible que actuaba regularmente. La madre -a pesar de la presencia del apoderado, estaba allí con los cabellos desenredados y levantados hacia arriba- miró en primer lugar al padre con las manos juntas, dio a continuación dos pasos hacia Gregorio y, con el rostro completamente oculto en su pecho, cayó al suelo en medio de sus faldas, que quedaron extendidas a su alrededor. El padre cerró el puño con expresión amenazadora, como si quisiera empujar de nuevo a Gregorio a su habitación, miró inseguro a su alrededor por el cuarto de estar, después se tapó los ojos con las manos y lloró de tal forma que su robusto pecho se estremecía por el llanto.
Gregorio no entró, pues, en la habitación, sino que se apoyó en la parte intermedia de la hoja de la puerta que permanecía cerrada, de modo que sólo podía verse la mitad de su cuerpo y sobre él la cabeza, inclinada a un lado, con la cual miraba hacia los demás. Entre tanto el día había aclarado; al otro lado de la calle se distinguía claramente una parte del edificio de enfrente, negruzco e interminable -era un hospital-, con sus ventanas regulares que rompían duramente la fachada. Todavía caía la lluvia, pero sólo a grandes gotas que eran lanzadas hacia abajo aisladamente sobre la tierra. Las piezas de la vajilla del desayuno se extendían en gran cantidad sobre la mesa porque para el padre el desayuno era la comida principal del día, que prolongaba durante horas con la lectura de diversos periódicos. Justamente en la pared de enfrente había una fotografía de Gregorio, de la época de su servicio militar, que le representaba con uniforme de teniente, y cómo, con la mano sobre la espada, sonriendo despreocupadamente, exigía respeto para su actitud y su uniforme. La puerta del vestíbulo estaba abierta y se podía ver el rellano de la escalera y el comienzo de la misma, que conducían hacia abajo.
-Bueno- dijo Gregorio, y era completamente consciente de que era el único que había conservado la tranquilidad-, me vestiré inmediatamente, empaquetaré el muestrario y saldré de viaje. ¿Quieren dejarme marchar? Bueno, señor apoderado, ya ve usted que no soy obstinado y me gusta trabajar, viajar es fatigoso, pero no podría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted, señor apoderado? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará usted todo tal como es en realidad? En un momento dado puede uno ser incapaz de trabajar, pero después llega el momento preciso de acordarse de los servicios prestados y de pensar que después, una vez superado el obstáculo, uno trabajará, con toda seguridad, con más celo y concentración. Yo le debo mucho al jefe, bien lo sabe usted. Por otra parte, tengo a mi cuidado a mis padres y a mi hermana. Estoy en un aprieto, pero saldré de él. Pero no me lo haga usted más difícil de lo que ya es. ¡Póngase de mi parte en el almacén! Ya sé que no se quiere bien al viajante. Se piensa que gana un montón de dinero y se da la gran vida. Es cierto que no hay una razón especial para meditar a fondo sobre este prejuicio, pero usted, señor apoderado, usted tiene una visión de conjunto de las circunstancias mejor que la que tiene el resto del personal; sí, en confianza, incluso una visión de conjunto mejor que la del mismo jefe, que, en su condición de empresario, cambia fácilmente de opinión en perjuicio del empleado. También sabe usted muy bien que el viajante, que casi todo el año está fuera del almacén, puede convertirse fácilmente en víctima de murmuraciones, casualidades y quejas infundadas, contra las que le resulta absolutamente imposible defenderse, porque la mayoría de las veces no se entera de ellas y más tarde, cuando, agotado, ha terminado un viaje, siente sobre su propia carne, una vez en el hogar, las funestas consecuencias cuyas causas no puede comprender. Señor apoderado, no se marche usted sin haberme dicho una palabra que me demuestre que, al menos en una pequeña parte, me da usted la razón.
Pero el apoderado ya se había dado la vuelta a las primeras palabras de Gregorio, y por encima del hombro, que se movía convulsivamente, miraba hacia Gregorio poniendo los labios en forma de morro, y mientras Gregorio hablaba no estuvo quieto ni un momento, sino que, sin perderle de vista, se iba deslizando hacia la puerta, pero muy lentamente, como si existiese una prohibición secreta de abandonar la habitación. Ya se encontraba en el vestíbulo y, a juzgar por el movimiento repentino con que sacó el pie por última vez del cuarto de estar, podría haberse creído que acababa de quemarse la suela. Ya en el vestíbulo, extendió la mano derecha lejos de sí y en dirección a la escalera, como si allí le esperase realmente una salvación sobrenatural.
Gregorio comprendió que de ningún modo debía dejar marchar al apoderado en este estado de ánimo, si es que no quería ver extremadamente amenazado su trabajo en el almacén. Los padres no entendían todo esto demasiado bien: durante todos estos largos años habían llegado al convencimiento de que Gregorio estaba colocado en este almacén para el resto de su vida, y además, con las preocupaciones actuales, tenían tanto que hacer, que habían perdido toda previsión. Pero Gregorio poseía esa previsión. El apoderado tenía que ser retenido, tranquilizado, persuadido y, finalmente, atraído. ¡El futuro de Gregorio y de su familia dependía de ello! ¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista; ya había llorado cuando Gregorio todavía estaba tranquilamente sobre su espalda, y seguro que el apoderado, ese aficionado a las mujeres, se hubiese dejado llevar por ella; ella habría cerrado la puerta principal y en el vestíbulo le hubiese disuadido de su miedo. Pero lo cierto es que la hermana no estaba aquí y Gregorio tenía que actuar. Y sin pensar que no conocía todavía su actual capacidad de movimiento, y que sus palabras posiblemente, seguramente incluso, no habían sido entendidas, abandonó la hoja de la puerta y se deslizó a través del hueco abierto. Pretendía dirigirse hacia el apoderado que, de una forma grotesca, se agarraba ya con ambas manos a la barandilla del rellano; pero, buscando algo en que apoyarse, se cayó inmediatamente sobre sus múltiples patitas, dando un pequeño grito. Apenas había sucedido esto, sintió por primera vez en esta mañana un bienestar físico: las patitas tenían suelo firme por debajo, obedecían a la perfección, como advirtió con alegría; incluso intentaban transportarle hacia donde él quería; y ya creía Gregorio que el alivio definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance; Pero en el mismo momento en que, balanceándose por el movimiento reprimido, no lejos de su madre, permanecía en el suelo justo enfrente de ella, ésta, que parecía completamente sumida en sus propios pensamientos, dio un salto hacia arriba, con los brazos extendidos, con los dedos muy separados entre sí, y exclamó:
-¡Socorro, por el amor de Dios, socorro!
Mantenía la cabeza inclinada, como si quisiera ver mejor a Gregorio, pero, en contradicción con ello, retrocedió atropelladamente; había olvidado que detrás de ella estaba la mesa puesta; cuando hubo llegado a ella, se sentó encima precipitadamente, como fuera de sí, y no pareció notar que, junto a ella, el café de la cafetera volcada caía a chorros sobre la alfombra.
-¡Madre, madre! -dijo Gregorio en voz baja, y miró hacia ella. Por un momento había olvidado completamente al apoderado; por el contrario, no pudo evitar, a la vista del café que se derramaba, abrir y cerrar varias veces sus mandíbulas al vacío.
Al verlo la madre gritó nuevamente, huyó de la mesa y cayó en los brazos del padre, que corría a su encuentro. Pero Gregorio no tenía ahora tiempo para sus padres. El apoderado se encontraba ya en la escalera; con la barbilla sobre la barandilla miró de nuevo por última vez. Gregorio tomó impulso para alcanzarle con la mayor seguridad posible. El apoderado debió adivinar algo, porque saltó de una vez varios escalones y desapareció; pero lanzó aún un «¡Uh!», que se oyó en toda la escalera. Lamentablemente esta huida del apoderado pareció desconcertar del todo al padre, que hasta ahora había estado relativamente sereno, pues en lugar de perseguir él mismo al apoderado o, al menos, no obstaculizar a Gregorio en su persecución, agarró con la mano derecha el bastón del apoderado, que aquél había dejado sobre la silla junto con el sombrero y el gabán; tomó con la mano izquierda un gran periódico que había sobre la mesa y, dando patadas en el suelo, comenzó a hacer retroceder a Gregorio a su habitación blandiendo el bastón y el periódico. De nada sirvieron los ruegos de Gregorio, tampoco fueron entendidos, y por mucho que girase humildemente la cabeza, el padre pataleaba aún con más fuerza. Al otro lado, la madre había abierto de par en par una ventana, a pesar del tiempo frío, e inclinada hacia fuera se cubría el rostro con las manos.
Entre la calle y la escalera se estableció una fuerte corriente de aire, las cortinas de las ventanas volaban, se agitaban los periódicos de encima de la mesa, las hojas sueltas revoloteaban por el suelo. El padre le acosaba implacablemente y daba silbidos como un loco. Pero Gregorio todavía no tenía mucha práctica en andar hacia atrás, andaba realmente muy despacio. Si Gregorio se hubiese podido dar la vuelta, enseguida hubiese estado en su habitación, pero tenía miedo de impacientar al padre con su lentitud al darse la vuelta, y a cada instante le amenazaba el golpe mortal del bastón en la espalda o la cabeza. Finalmente, no le quedó a Gregorio otra solución, pues advirtió con angustia que andando hacia atrás ni siquiera era capaz de mantener la dirección, y así, mirando con temor constantemente a su padre de reojo, comenzó a darse la vuelta con la mayor rapidez posible, pero, en realidad, con una gran lentitud. Quizá advirtió el padre su buena voluntad, porque no sólo no le obstaculizó en su empeño, sino que, con la punta de su bastón, le dirigía de vez en cuando, desde lejos, en su movimiento giratorio. ¡Si no hubiese sido por ese insoportable silbar del padre! Por su culpa Gregorio perdía la cabeza por completo. Ya casi se había dado la vuelta del todo cuando, siempre oyendo ese silbido, incluso se equivocó y retrocedió un poco en su vuelta. Pero cuando por fin, feliz, tenía ya la cabeza ante la puerta, resultó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar por ella sin más. Naturalmente, al padre, en su actual estado de ánimo, ni siquiera se le ocurrió ni por lo más remoto abrir la otra hoja de la puerta para ofrecer a Gregorio espacio suficiente. Su idea fija consistía solamente en que Gregorio tenía que entrar en su habitación lo más rápidamente posible; tampoco hubiera permitido jamás los complicados preparativos que necesitaba Gregorio para incorporarse y, de este modo, atravesar la puerta. Es más, empujaba hacia delante a Gregorio con mayor ruido aún, como si no existiese obstáculo alguno. Ya no sonaba tras de Gregorio como si fuese la voz de un solo padre; ahora ya no había que andarse con bromas, y Gregorio se empotró en la puerta, pasase lo que pasase. Uno de los costados se levantó, ahora estaba atravesado en el hueco de la puerta, su costado estaba herido por completo, en la puerta blanca quedaron marcadas unas manchas desagradables, pronto se quedó atascado y sólo no hubiera podido moverse, las patitas de un costado estaban colgadas en el aire, y temblaban, las del otro lado permanecían aplastadas dolorosamente contra el suelo.
Entonces el padre le dio por detrás un fuerte empujón que, en esta situación, le produjo un auténtico alivio, y Gregorio penetró profundamente en su habitación, sangrando con intensidad. La puerta fue cerrada con el bastón y a continuación se hizo, por fin, el silencio.
Hasta la caída de la tarde no se despertó Gregorio de su profundo sueño, similar a una pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese despertado mucho más tarde, aun sin ser molestado, porque se sentía suficientemente repuesto y descansado; sin embargo, le parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado. El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí en el techo de la habitación y en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se encontraba Gregorio, estaba oscuro. Tanteando todavía torpemente con sus antenas, que ahora aprendía a valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que había ocurrido allí. Su costado izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba desagradables tirones y le obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por cierto, una de las patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana -casi parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida-, y se arrastraba sin vida.
Sólo cuando ya había llegado a la puerta advirtió que lo que lo había atraído hacia ella era el olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de leche dulce en la que nadaban trocitos de pan. Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que por la mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la leche casi hasta por encima de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con desilusión. No sólo comer le resultaba difícil debido a su delicado costado izquierdo -sólo podía comer si todo su cuerpo cooperaba jadeando-, sino que, además, la leche, que siempre había sido su bebida favorita, y que seguramente por eso se la había traído la hermana, ya no le gustaba; es más, se retiró casi con repugnancia de la escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro de la habitación.
En el cuarto de estar, por lo que veía Gregorio a través de la rendija de la puerta, estaba encendido el gas, pero mientras que -como era habitual a estas horas del día- el padre solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico vespertino, ahora no se oía ruido alguno. Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba y le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo en los últimos tiempos. Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a pesar de que, sin duda, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan apacible lleva la familia!», se dijo Gregorio, y, mientras miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana la vida que llevaban en una vivienda tan hermosa. Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase ahora a un terrible final? Para no perderse en tales pensamientos, prefirió Gregorio ponerse en movimiento y arrastrarse de acá para allá por la habitación.
En una ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña rendija una vez en una puerta lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar rápidamente; probablemente alguien tenía necesidad de entrar, pero, al mismo tiempo, sentía demasiada vacilación. Entonces Gregorio se paró justamente delante de la puerta del cuarto de estar, decidido a hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante, o al menos para saber de quién se trataba; pero la puerta ya no se abrió más y Gregorio esperó en vano. Por la mañana temprano, cuando todas las puertas estaban bajo llave, todos querían entrar en su habitación. Ahora que había abierto una puerta, y que las demás habían sido abiertas sin duda durante el día, no venía nadie y, además, ahora las llaves estaban metidas en las cerraduras desde fuera.
Muy tarde, ya de noche, se apagó la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese tiempo, porque tal y como se podía oír perfectamente, se retiraban de puntillas los tres juntos en este momento. Así pues, seguramente hasta la mañana siguiente no entraría nadie más en la habitación de Gregorio; disponía de mucho tiempo para pensar, sin que nadie le molestase, sobre cómo debía organizar de nuevo su vida. Pero la habitación de techos altos y que daba la impresión de estar vacía, en la cual estaba obligado a permanecer tumbado en el suelo, lo asustaba sin que pudiera descubrir cuál era la causa, puesto que era la habitación que ocupaba desde hacía cinco años, y con un giro medio inconsciente y no sin una cierta vergüenza, se apresuró a meterse bajo el canapé, en donde, a pesar de que su caparazón era algo estrujado y a pesar de que ya no podía levantar la cabeza, se sintió pronto muy cómodo y solamente lamentó que su cuerpo fuese demasiado ancho para poder desaparecer por completo debajo del canapé.
Allí permaneció durante toda la noche, que pasó, en parte, inmerso en un semisueño, del que una y otra vez lo despertaba el hambre con un sobresalto, y, en parte, entre preocupaciones y confusas esperanzas, que lo llevaban a la consecuencia de que, de momento, debía comportarse con calma y, con la ayuda de una gran paciencia y de una gran consideración por parte de la familia, tendría que hacer soportables las molestias que Gregorio, en su estado actual, no podía evitar producirles.
Ya muy de mañana, era todavía casi de noche, tuvo Gregorio la oportunidad de poner a prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la hermana, casi vestida del todo, abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No lo encontró enseguida, pero cuando lo descubrió debajo del canapé -¡Dios mío, tenía que estar en alguna parte, no podía haber volado!- se asustó tanto que, sin poder dominarse, volvió a cerrar la puerta desde afuera. Pero como si se arrepintiese de su comportamiento, inmediatamente la abrió de nuevo y entró de puntillas, como si se tratase de un enfermo grave o de un extraño. Gregorio había adelantado la cabeza casi hasta el borde del canapé y la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la leche, y no por falta de hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no caía en la cuenta por sí misma Gregorio preferiría morir de hambre antes que llamarle la atención sobre esto, a pesar de que sentía unos enormes deseos de salir de debajo del canapé, arrojarse a los pies de la hermana y rogarle que le trajese algo bueno de comer. Pero la hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo alrededor se había vertido un poco de leche, y la levantó del suelo, aunque no lo hizo directamente con las manos, sino con un trapo, y se la llevó. Gregorio tenía mucha curiosidad por saber lo que le traería en su lugar, e hizo al respecto las más diversas conjeturas. Pero nunca hubiese podido adivinar lo que la bondad de la hermana iba realmente a hacer. Para poner a prueba su gusto, le trajo muchas cosas para elegir, todas ellas extendidas sobre un viejo periódico. Había verduras pasadas medio podridas, huesos de la cena, rodeados de una salsa blanca que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y almendras, un queso que, hacía dos días, Gregorio había calificado de incomible, un trozo de pan, otro trozo de pan untado con mantequilla y otro trozo de pan untado con mantequilla y sal. Además añadió a todo esto la escudilla que, a partir de ahora, probablemente estaba destinada a Gregorio, en la cual había echado agua. Y por delicadeza, como sabía que Gregorio nunca comería delante de ella, se retiró rápidamente e incluso echó la llave, para que Gregorio se diese cuenta de que podía ponerse todo lo cómodo que desease. Las patitas de Gregorio zumbaban cuando se acercaba el momento de comer. Por cierto, sus heridas ya debían estar curadas del todo porque ya no notaba molestia alguna; se asombró y pensó en cómo, hacía más de un mes, se había cortado un poco un dedo y esa herida, todavía anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré ahora menos sensibilidad?, pensó, y ya chupaba con voracidad el queso, que fue lo que más fuertemente y de inmediato lo atrajo de todo. Sucesivamente, a toda velocidad, y con los ojos llenos de lágrimas de alegría, devoró el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni siquiera podía soportar su olor, e incluso alejó un poco las cosas que quería comer. Ya hacía tiempo que había terminado y permanecía tumbado perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía retirarse, giró lentamente la llave. Esto lo asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse bajo el canapé, pero le costó una gran fuerza de voluntad permanecer debajo del canapé aun el breve tiempo en el que la hermana estuvo en la habitación, porque, a causa de la abundante comida, el vientre se había redondeado un poco y apenas podía respirar en el reducido espacio. Entre pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco saltones cómo la hermana, que nada imaginaba de esto, no solamente barría con su escoba los restos, sino también los alimentos que Gregorio ni siquiera había tocado, como si éstos ya no se pudiesen utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un cubo, que cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó todo. Apenas se había dado la vuelta cuando Gregorio salía ya de debajo del canapé, se estiraba y se inflaba.
De esta forma recibía Gregorio su comida diaria una vez por la mañana, cuando los padres y la criada todavía dormían, y la segunda vez después de la comida del mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la hermana mandaba a la criada a algún recado. Sin duda los padres no querían que Gregorio se muriese de hambre, pero quizá no hubieran podido soportar enterarse de sus costumbres alimenticias más de lo que de ellas les dijese la hermana; quizá la hermana quería ahorrarles una pequeña pena porque, de hecho, ya sufrían bastante.
Gregorio no pudo enterarse de las excusas con las que el médico y el cerrajero habían sido despedidos de la casa en aquella primera mañana, puesto que, como no podían entenderle, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera entender a los demás, y así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía que conformarse con escuchar de vez en cuando sus suspiros y sus invocaciones a los santos. Sólo más tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo -naturalmente nunca podría pensarse en que se acostumbrase del todo-, cazaba Gregorio a veces una observación hecha amablemente o que así podía interpretarse: «Hoy sí que le ha gustado», decía cuando Gregorio había comido con abundancia, mientras que, en el caso contrario, que poco a poco se repetía con más frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Hoy ha sobrado todo».
Mientras que Gregorio no se enteraba de novedad alguna de forma directa, escuchaba algunas cosas procedentes de las habitaciones contiguas. Y allí donde escuchaba voces una sola vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente y se estrujaba con todo su cuerpo contra ella. Especialmente en los primeros tiempos no había ninguna conversación que de alguna manera, si bien sólo en secreto, no tratase de él. A lo largo de dos días se escucharon durante las comidas discusiones sobre cómo se debían comportar ahora; pero también entre las comidas se hablaba del mismo tema, porque siempre había en casa al menos dos miembros de la familia, ya que seguramente nadie quería quedarse solo en casa, y tampoco podían dejar de ningún modo la casa sola. Incluso ya el primer día la criada (no estaba del todo claro qué y cuánto sabía de lo ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la despidiese inmediatamente, y cuando, un cuarto de hora después, se marchaba con lágrimas en los ojos, daba gracias por el despido como por el favor más grande que pudiese hacérsele, y sin que nadie se lo pidiese hizo un solemne juramento de no decir nada a nadie.
Ahora la hermana, junto con la madre, tenía que cocinar, si bien esto no ocasionaba demasiado trabajo porque apenas se comía nada. Una y otra vez escuchaba Gregorio cómo uno animaba en vano al otro a que comiese y no recibía más contestación que: «¡Gracias, tengo suficiente!», o algo parecido. Quizá tampoco se bebía nada. A veces la hermana preguntaba al padre si quería tomar una cerveza, y se ofrecía amablemente a ir ella misma a buscarla, y como el padre permanecía en silencio, añadía para que él no tuviese reparos, que también podía mandar a la portera, pero entonces el padre respondía, por fin, con un poderoso «no», y ya no se hablaba más del asunto.
Ya en el transcurso del primer día el padre explicó tanto a la madre como a la hermana toda la situación económica y las perspectivas. De vez en cuando se levantaba de la mesa y recogía de la pequeña caja marca Wertheim, que había salvado de la quiebra de su negocio ocurrida hacía cinco años, algún documento o libro de anotaciones. Se oía cómo abría el complicado cerrojo y lo volvía a cerrar después de sacar lo que buscaba. Estas explicaciones del padre eran, en parte, la primera cosa grata que Gregorio oía desde su encierro. Gregorio había creído que al padre no le había quedado nada de aquel negocio, al menos el padre no le había dicho nada en sentido contrario, y, por otra parte, tampoco Gregorio le había preguntado. En aquel entonces la preocupación de Gregorio había sido hacer todo lo posible para que la familia olvidase rápidamente el desastre comercial que los había sumido a todos en la más completa desesperación, y así había empezado entonces a trabajar con un ardor muy especial y, casi de la noche a la mañana, había pasado a ser de un simple dependiente a un viajante que, naturalmente, tenía otras muchas posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones, se convierten inmediatamente en dinero constante y sonante, que se podía poner sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz. Habían sido buenos tiempos y después nunca se habían repetido, al menos con ese esplendor, a pesar de que Gregorio, después, ganaba tanto dinero, que estaba en situación de cargar con todos los gastos de la familia y así lo hacía. Se habían acostumbrado a esto tanto la familia como Gregorio; se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo entregaba con gusto, pero ya no emanaba de ello un calor especial. Solamente la hermana había permanecido unida a Gregorio, y su intención secreta consistía en mandarla el año próximo al conservatorio sin tener en cuenta los grandes gastos que ello traería consigo y que se compensarían de alguna otra forma, porque ella, al contrario que Gregorio, sentía un gran amor por la música y tocaba el violín de una forma conmovedora. Con frecuencia, durante las breves estancias de Gregorio en la ciudad, se mencionaba el conservatorio en las conversaciones con la hermana, pero sólo como un hermoso sueño en cuya realización no podía ni pensarse, y a los padres ni siquiera les gustaba escuchar estas inocentes alusiones; pero Gregorio pensaba decididamente en ello y tenía la intención de darlo a conocer solemnemente en Nochebuena.
Este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que le pasaban por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y escuchaba. A veces ya no podía escuchar más de puro cansando y, en un descuido, se golpeaba la cabeza contra la puerta, pero inmediatamente volvía a levantarla, porque incluso el pequeño ruido que había producido con ello había sido escuchado al lado y había hecho enmudecer a todos.
-¿Qué es lo que hará? -decía el padre pasados unos momentos y dirigiéndose a todas luces hacia la puerta; después se reanudaba poco a poco la conversación que había sido interrumpida.
De esta forma Gregorio se enteró muy bien -el padre solía repetir con frecuencia sus explicaciones, en parte porque él mismo ya hacía tiempo que no se ocupaba de estas cosas, y, en parte también, porque la madre no entendía todo a la primera- de que, a pesar de la desgracia, todavía quedaba una pequeña fortuna; que los intereses, aún intactos, habían aumentado un poco más durante todo este tiempo. Además, el dinero que Gregorio había traído todos los meses a casa -él sólo había guardado para sí unos pocos florines- no se había gastado del todo y se había convertido en un pequeño capital. Gregorio, detrás de su puerta, asentía entusiasmado, contento por la inesperada previsión y ahorro. La verdad es que con ese dinero sobrante Gregorio podía haber ido liquidando la deuda que tenía el padre con el jefe y el día en que, por fin, hubiese podido abandonar ese trabajo habría estado más cercano; pero ahora era sin duda mucho mejor así, tal y como lo había organizado el padre.
Sin embargo, este dinero no era del todo suficiente como para que la familia pudiese vivir de los intereses; bastaba quizá para mantener a la familia uno, como mucho dos años, más era imposible. Así pues, se trataba de una suma de dinero que, en realidad, no podía tocarse, y que debía ser reservada para un caso de necesidad, pero el dinero para vivir había que ganarlo. Ahora bien, el padre era ciertamente un hombre sano, pero ya viejo, que desde hacía cinco años no trabajaba y que, en todo caso, no debía confiar mucho en sus fuerzas; durante estos cinco años, que habían sido las primeras vacaciones de su esforzada y, sin embargo, infructuosa existencia, había engordado mucho, y por ello se había vuelto muy torpe. ¿Y la anciana madre? ¿Tenía ahora que ganar dinero, ella que padecía de asma, a quien un paseo por la casa producía fatiga, y que pasaba uno de cada dos días con dificultades respiratorias, tumbada en el sofá con la ventana abierta? ¿Y la hermana también tenía que ganar dinero, ella que todavía era una criatura de diecisiete años, a quien uno se alegraba de poder proporcionar la forma de vida que había llevado hasta ahora, y que consistía en vestirse bien, dormir mucho, ayudar en la casa, participar en algunas diversiones modestas y, sobre todo, tocar el violín? Cuando se empezaba a hablar de la necesidad de ganar dinero Gregorio acababa por abandonar la puerta y arrojarse sobre el fresco sofá de cuero, que estaba junto a la puerta, porque se ponía al rojo vivo de vergüenza y tristeza.
A veces permanecía allí tumbado durante toda la noche, no dormía ni un momento, y se restregaba durante horas sobre el cuero. O bien no retrocedía ante el gran esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, trepar a continuación hasta el antepecho y, subido en la silla, apoyarse en la ventana y mirar a través de la misma, sin duda como recuerdo de lo libre que se había sentido siempre que anteriormente había estado apoyado aquí. Porque, efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos claridad las cosas que ni siquiera estaban muy alejadas: ya no podía ver el hospital de enfrente, cuya visión constante había antes maldecido, y si no hubiese sabido muy bien que vivía en la tranquila pero central Charlottenstrasse, podría haber creído que veía desde su ventana un desierto en el que el cielo gris y la gris tierra se unían sin poder distinguirse uno de otra. Sólo dos veces había sido necesario que su atenta hermana viese que la silla estaba bajo la ventana para que, a partir de entonces, después de haber recogido la habitación, la colocase siempre bajo aquélla, e incluso dejase abierta la contraventana interior.
Si Gregorio hubiese podido hablar con la hermana y darle las gracias por todo lo que tenía que hacer por él, hubiese soportado mejor sus servicios, pero de esta forma sufría con ellos. Ciertamente, la hermana intentaba hacer más llevadero lo desagradable de la situación, y, naturalmente, cuanto más tiempo pasaba, tanto más fácil le resultaba conseguirlo, pero también Gregorio adquirió con el tiempo una visión de conjunto más exacta. Ya el solo hecho de que la hermana entrase le parecía terrible.
Apenas había entrado, sin tomarse el tiempo necesario para cerrar la puerta, y eso que siempre ponía mucha atención en ahorrar a todos el espectáculo que ofrecía la habitación de Gregorio, corría derecha hacia la ventana y la abría de par en par, con manos presurosas, como si se asfixiase y, aunque hiciese mucho frío, permanecía durante algunos momentos ante ella, y respiraba profundamente. Estas carreras y ruidos asustaban a Gregorio dos veces al día; durante todo ese tiempo temblaba bajo el canapé y sabía muy bien que ella le hubiese evitado con gusto todo esto, si es que le hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la habitación en la que se encontraba Gregorio.
Una vez, hacía aproximadamente un mes de la transformación de Gregorio, y el aspecto de éste ya no era para la hermana motivo especial de asombro, llegó un poco antes de lo previsto y encontró a Gregorio mirando por la ventana, inmóvil y realmente colocado para asustar. Para Gregorio no hubiese sido inesperado si ella no hubiese entrado, ya que él, con su posición, impedía que ella pudiese abrir de inmediato la ventana, pero ella no solamente no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar que Gregorio la había acechado y había querido morderla. Gregorio, naturalmente, se escondió enseguida bajo el canapé, pero tuvo que esperar hasta mediodía antes de que la hermana volviese de nuevo, y además parecía mucho más intranquila que de costumbre. Gregorio sacó la conclusión de que su aspecto todavía le resultaba insoportable y continuaría pareciéndoselo, y que ella tenía que dominarse a sí misma para no salir corriendo al ver incluso la pequeña parte de su cuerpo que sobresalía del canapé. Para ahorrarle también ese espectáculo, transportó un día sobre la espalda -para ello necesitó cuatro horas- la sábana encima del canapé, y la colocó de tal forma que él quedaba tapado del todo, y la hermana, incluso si se agachaba, no podía verlo. Si, en opinión de la hermana, esa sábana no hubiese sido necesaria, podría haberla retirado, porque estaba suficientemente claro que Gregorio no se aislaba por gusto, pero dejó la sábana tal como estaba, e incluso Gregorio creyó adivinar una mirada de gratitud cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco para ver cómo acogía la hermana la nueva disposición.
Durante los primeros catorce días, los padres no consiguieron decidirse a entrar en su habitación, y Gregorio escuchaba con frecuencia cómo ahora reconocían el trabajo de la hermana, a pesar de que anteriormente se habían enfadado muchas veces con ella, porque les parecía una chica un poco inútil. Pero ahora, a veces, ambos, el padre y la madre, esperaban ante la habitación de Gregorio mientras la hermana la recogía y, apenas había salido, tenía que contar con todo detalle qué aspecto tenía la habitación, lo que había comido Gregorio, cómo se había comportado esta vez y si, quizá, se advertía una pequeña mejoría. Por cierto, la madre quiso entrar a ver a Gregorio relativamente pronto, pero el padre y la hermana se lo impidieron, al principio con argumentos racionales, que Gregorio escuchaba con mucha atención, y con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde hubo que impedírselo por la fuerza, y si entonces gritaba: «¡Déjenme entrar a ver a Gregorio, pobre hijo mío! ¿Es que no comprenden que tengo que entrar a verlo?» Entonces Gregorio pensaba que quizá sería bueno que la madre entrase, naturalmente no todos los días, pero sí una vez a la semana; ella comprendía todo mucho mejor que la hermana, que, a pesar de todo su valor, no era más que una niña, y, en última instancia, quizá sólo se había hecho cargo de una tarea tan difícil por irreflexión infantil.
El deseo de Gregorio de ver a la madre pronto se convirtió en realidad. Durante el día Gregorio no quería mostrarse por la ventana, por consideración a sus padres, pero tampoco podía arrastrarse demasiado por los pocos metros cuadrados del suelo; ya soportaba con dificultad estar tumbado tranquilamente durante la noche, pronto ya ni siquiera la comida le producía alegría alguna y así, para distraerse, adoptó la costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el techo. Le gustaba especialmente permanecer colgado del techo; era algo muy distinto a estar tumbado en el suelo; se respiraba con más libertad; un ligero balanceo atravesaba el cuerpo; y sumido en la casi feliz distracción en la que se encontraba allí arriba, podía ocurrir que, para su sorpresa, se dejase caer y se golpease contra el suelo. Pero ahora, naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy distinta a como lo había hecho antes y no se hacía daño, incluso después de semejante caída. La hermana se dio cuenta inmediatamente de la nueva diversión que Gregorio había descubierto -al arrastrarse dejaba tras de sí, por todas partes, huellas de su sustancia pegajosa- y entonces se le metió en la cabeza proporcionar a Gregorio la posibilidad de arrastrarse a gran escala y sacar de allí los muebles que lo impedían, es decir, sobre todo el armario y el escritorio. Ella no era capaz de hacerlo todo sola, tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre; la criada no la hubiese ayudado seguramente, porque esa chica, de unos dieciséis años, resistía ciertamente con valor desde que se despidió a la cocinera anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina constantemente cerrada y abrirla solamente a una señal determinada. Así pues, no le quedó a la hermana más remedio que valerse de la madre, una vez que estaba el padre ausente.
Con exclamaciones de excitada alegría se acercó la madre, pero enmudeció ante la puerta de la habitación de Gregorio. Primero la hermana se aseguró de que todo en la habitación estaba en orden, después dejó entrar a la madre. Gregorio se había apresurado a colocar la sábana aún más bajo y con más pliegues, de modo que, de verdad, tenía el aspecto de una sábana lanzada casualmente sobre el canapé. Gregorio se abstuvo esta vez de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver esta vez a la madre y se contentaba sólo conque hubiese venido.
-Vamos, acércate, no se le ve -dijo la hermana, y, sin duda, llevaba a la madre de la mano. Gregorio oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su sitio el pesado y viejo armario, y cómo la hermana siempre se cargaba la mayor parte del trabajo, sin escuchar las advertencias de la madre que temía que se esforzase demasiado. Duró mucho tiempo. Aproximadamente después de un cuarto de hora de trabajo dijo la madre que deberían dejar aquí el armario, porque, en primer lugar, era demasiado pesado y no acabarían antes de que regresase el padre, y con el armario en medio de la habitación le bloqueaban a Gregorio cualquier camino y, en segundo lugar, no era del todo seguro que se le hiciese a Gregorio un favor con retirar los muebles. A ella le parecía precisamente lo contrario, la vista de las paredes desnudas le oprimía el corazón, y por qué no iba a sentir Gregorio lo mismo, puesto que ya hacía tiempo que estaba acostumbrado a los muebles de la habitación, y por eso se sentiría abandonado en la habitación vacía.
-Y es que acaso no… -finalizó la madre en voz baja, aunque ella hablaba siempre casi susurrando, como si quisiera evitar que Gregorio, cuyo escondite exacto ella ignoraba, escuchase siquiera el sonido de su voz, porque ella estaba convencida de que él no entendía las palabras.
-¿Y es que acaso no parece que retirando los muebles le mostramos que perdemos toda esperanza de mejoría y lo abandonamos a su suerte sin consideración alguna? Yo creo que lo mejor sería que intentásemos conservar la habitación en el mismo estado en que se encontraba antes, para que Gregorio, cuando regrese de nuevo con nosotros, encuentre todo tal como estaba y pueda olvidar más fácilmente este paréntesis de tiempo.
Al escuchar estas palabras de la madre, Gregorio reconoció que la falta de toda conversación inmediata con un ser humano, junto a la vida monótona en el seno de la familia, tenía que haber confundido sus facultades mentales a lo largo de estos dos meses, porque de otro modo no podía explicarse que hubiese podido desear seriamente que se vaciase su habitación. ¿Deseaba realmente permitir que transformasen la cálida habitación amueblada confortablemente, con muebles heredados de su familia, en una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en todas direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como contrapartida, que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por completo, de su pasado humano? Ya se encontraba a punto de olvidar y solamente le había animado la voz de su madre, que no había oído desde hacía tiempo. Nada debía retirarse, todo debía quedar como estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia de los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado para otro, no se trataba de un perjuicio, sino de una gran ventaja.
Pero la hermana era, lamentablemente, de otra opinión; no sin cierto derecho, se había acostumbrado a aparecer frente a los padres como experta al discutir sobre asuntos concernientes a Gregorio, y de esta forma el consejo de la madre era para la hermana motivo suficiente para retirar no sólo el armario y el escritorio, como había pensado en un principio, sino todos los muebles a excepción del imprescindible canapé. Naturalmente, no sólo se trataba de una terquedad pueril y de la confianza en sí misma que en los últimos tiempos, de forma tan inesperada y difícil, había conseguido, lo que la impulsaba a esta exigencia; ella había observado, efectivamente, que Gregorio necesitaba mucho sitio para arrastrarse y que, en cambio, no utilizaba en absoluto los muebles, al menos por lo que se veía. Pero quizá jugaba también un papel importante el carácter exaltado de una chica de su edad, que busca su satisfacción en cada oportunidad, y por el que Greta ahora se dejaba tentar con la intención de hacer más que ahora, porque en una habitación en la que sólo Gregorio era dueño y señor de las paredes vacías, no se atrevería a entrar ninguna otra persona más que Greta.
Así pues, no se dejó disuadir de sus propósitos por la madre, que también, de pura inquietud, parecía sentirse insegura en esta habitación; pronto enmudeció y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, en caso de necesidad, Gregorio podía prescindir del armario, pero el escritorio tenía que quedarse; y apenas habían abandonado las mujeres la habitación con el armario, en el cual se apoyaban gimiendo, cuando Gregorio sacó la cabeza de debajo del canapé para ver cómo podía tomar cartas en el asunto lo más prudente y discretamente posible. Pero, por desgracia, fue precisamente la madre quien regresó primero, mientras Greta, en la habitación contigua, sujetaba el armario rodeándolo con los brazos y lo empujaba sola de acá para allá, naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio. Pero la madre no estaba acostumbrada a ver a Gregorio, podría haberse puesto enferma por su culpa, y así Gregorio, andando hacia atrás, se alejó asustado hasta el otro extremo del canapé, pero no pudo evitar que la sábana se moviese un poco por la parte de delante. Esto fue suficiente para llamar la atención de la madre. Ésta se detuvo, permaneció allí un momento en silencio y luego volvió con Greta.
A pesar de que Gregorio se repetía una y otra vez que no ocurría nada fuera de lo común, sino que sólo se cambiaban de sitio algunos muebles, sin embargo, como pronto habría de confesarse a sí mismo, este ir y venir de las mujeres, sus breves gritos, el arrastre de los muebles sobre el suelo, le producían la impresión de un gran barullo, que crecía procedente de todas las direcciones y, por mucho que encogía la cabeza y las patas sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo, tuvo que confesarse irremisiblemente que no soportaría todo esto mucho tiempo. Ellas le vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía cariño, el armario en el que guardaba la sierra y otras herramientas ya lo habían sacado; ahora ya aflojaban el escritorio, que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de la escuela primaria. Ante esto no le quedaba ni un momento para comprobar las buenas intenciones que tenían las dos mujeres, y cuya existencia, por cierto, casi había olvidado, porque de puro agotamiento trabajaban en silencio y solamente se oían las sordas pisadas de sus pies.
Y así salió de repente -las mujeres estaban en ese momento en la habitación contigua, apoyadas en el escritorio para tomar aliento-, cambió cuatro veces la dirección de su marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que debía salvar primero, cuando vio en la pared ya vacía, llamándole la atención, el cuadro de la mujer envuelta en pieles. Se arrastró apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo cristal lo sujetaba y le aliviaba el ardor de su vientre. Al menos este cuadro, que Gregorio tapaba ahora por completo, seguro que no se lo llevaba nadie. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de estar para observar a las mujeres cuando volviesen.
No se habían permitido una larga tregua y ya volvían; Greta había rodeado a su madre con el brazo y casi la llevaba en volandas.
-¿Qué nos llevamos ahora? -dijo Greta, y miró a su alrededor. Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregorio, que estaba en la pared. Seguramente sólo a causa de la presencia de la madre conservó su serenidad, inclinó su rostro hacia la madre, para impedir que ella mirase a su alrededor, y dijo temblando y aturdida:
-Ven, ¿nos volvemos un momento al cuarto de estar?
Gregorio veía claramente la intención de Greta, quería llevar a la madre a un lugar seguro y luego echarle de la pared. Bueno, ¡que lo intentase! Él permanecería sobre su cuadro y no renunciaría a él. Prefería saltarle a Greta a la cara.
Pero justamente las palabras de Greta inquietaron a la madre, quien se echó a un lado y vio la gigantesca mancha pardusca sobre el papel pintado de flores y, antes de darse realmente cuenta de que aquello que veía era Gregorio, gritó con voz ronca y estridente:
-¡Ay Dios mío, ay Dios mío! -y con los brazos extendidos cayó sobre el canapé, como si renunciase a todo, y se quedó allí inmóvil.
-¡Cuidado, Gregorio! -gritó la hermana levantando el puño y con una mirada penetrante. Desde la transformación eran estas las primeras palabras que le dirigía directamente. Corrió a la habitación contigua para buscar alguna esencia con la que pudiese despertar a su madre de su inconsciencia; Gregorio también quería ayudar -había tiempo más que suficiente para salvar el cuadro-, pero estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse con fuerza, luego corrió también a la habitación de al lado como si pudiera dar a la hermana algún consejo, como en otros tiempos, pero tuvo que quedarse detrás de ella sin hacer nada; cuando Greta volvía entre diversos frascos, se asustó al darse la vuelta y un frasco se cayó al suelo y se rompió y un trozo de cristal hirió a Gregorio en la cara; una medicina corrosiva se derramó sobre él. Sin detenerse más tiempo, Greta cogió todos los frascos que podía llevar y corrió con ellos hacia donde estaba la madre; cerró la puerta con el pie. Gregorio estaba ahora aislado de la madre, que quizá estaba a punto de morir por su culpa; no debía abrir la habitación, no quería echar a la hermana que tenía que permanecer con la madre; ahora no tenía otra cosa que hacer que esperar; y, afligido por los remordimientos y la preocupación, comenzó a arrastrarse, se arrastró por todas partes: paredes, muebles y techos, y finalmente, en su desesperación, cuando ya la habitación empezaba a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de la gran mesa.
Pasó un momento, Gregorio yacía allí extenuado, a su alrededor todo estaba tranquilo, quizá esto era una buena señal. Entonces sonó el timbre. La chica estaba, naturalmente, encerrada en su cocina y Greta tenía que ir a abrir. El padre había llegado.
-¿Qué ha ocurrido? -fueron sus primeras palabras.
El aspecto de Greta lo revelaba todo. Greta contestó con voz ahogada, si duda apretaba su rostro contra el pecho del padre:
-Madre se quedó inconsciente, pero ya está mejor. Gregorio ha escapado.
-Ya me lo esperaba -dijo el padre-, se los he dicho una y otra vez, pero ustedes, las mujeres, nunca hacen caso.
Gregorio se dio cuenta de que el padre había interpretado mal la escueta información de Greta y sospechaba que Gregorio había hecho uso de algún acto violento. Por eso ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle explicaciones no tenía ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues, Gregorio se precipitó hacia la puerta de su habitación y se apretó contra ella para que el padre, ya desde el momento en que entrase en el vestíbulo, viese que Gregorio tenía la más sana intención de regresar inmediatamente a su habitación, y que no era necesario hacerle retroceder, sino que sólo hacía falta abrir la puerta e inmediatamente desaparecería. Pero el padre no estaba en situación de advertir tales sutilezas.
-¡Ah! -gritó al entrar, en un tono como si al mismo tiempo estuviese furioso y contento. Gregorio retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre. Nunca se hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es verdad que en los últimos tiempos, puesta su atención en arrastrarse por todas partes, había perdido la ocasión de preocuparse como antes de los asuntos que ocurrían en el resto de la casa, y tenía realmente que haber estado preparado para encontrar las circunstancias cambiadas. Aun así, aun así. ¿Era este todavía el padre? ¿El mismo hombre que yacía sepultado en la cama, cuando, en otros tiempos, Gregorio salía en viaje de negocios? ¿El mismo hombre que, la tarde en que volvía, le recibía en bata sentado en su sillón, y que no estaba en condiciones de levantarse, sino que, como señal de alegría, sólo levantaba los brazos hacia él? ¿El mismo hombre que, durante los poco frecuentes paseos en común, un par de domingos al año o en las festividades más importantes, se abría paso hacia delante entre Gregorio y la madre, que ya de por sí andaban despacio, aún más despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre apoyando con cuidado el bastón, y que, cuando quería decir algo, casi siempre se quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a su alrededor? Pero ahora estaba muy derecho, vestido con un rígido uniforme azul con botones, como los que llevan los ordenanzas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta sobresalía su gran papada; por debajo de las pobladas cejas se abría paso la mirada, despierta y atenta, de unos ojos negros. El cabello blanco, en otro tiempo desgreñado, estaba ahora ordenado en un peinado a raya brillante y exacto. Arrojó su gorra, en la que había bordado un monograma dorado, probablemente el de un banco, sobre el canapé a través de la habitación formando un arco, y se dirigió hacia Gregorio con el rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme echadas hacia atrás, y las manos en los bolsillos del pantalón. Probablemente ni él mismo sabía lo que iba a hacer, sin embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregorio se asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero Gregorio no permanecía parado, ya sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre, con respecto a él, sólo consideraba oportuna la mayor rigidez. Y así corría delante del padre, se paraba si el padre se paraba, y se apresuraba a seguir hacia delante con sólo que el padre se moviese. Así recorrieron varias veces la habitación sin que ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto de una persecución, como consecuencia de la lentitud de su recorrido. Por eso Gregorio permaneció de momento sobre el suelo, especialmente porque temía que el padre considerase una especial maldad por su parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregorio tuvo que confesarse a sí mismo que no soportaría por mucho tiempo estas carreras, porque mientras el padre daba un paso, él tenía que realizar un sinnúmero de movimientos. Ya comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco anteriormente había tenido unos pulmones dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intención de reunir todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos abiertos; en su embotamiento no pensaba en otra posibilidad de salvación que la de correr; y ya casi había olvidado que las paredes estaban a su disposición, bien es verdad que éstas estaban obstruidas por muelles llenos de esquinas y picos. En ese momento algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregorio se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle. Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregorio, pero resbaló sin causarle daños. Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la espalda de Gregorio; éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente desconcertado.
Sólo al mirar por última vez alcanzó a ver cómo la puerta de su habitación se abría de par en par y por delante de la hermana, que chillaba, salía corriendo la madre en enaguas, puesto que la hermana la había desnudado para proporcionarle aire mientras permanecía inconsciente; vio también cómo, a continuación, la madre corría hacia el padre y, en el camino, perdía una tras otra sus enaguas desatadas, y cómo tropezando con ellas, caía sobre el padre, y abrazándole, unida estrechamente a él -ya empezaba a fallarle la vista a Gregorio-, le suplicaba, cruzando las manos por detrás de su nuca, que perdonase la vida de Gregorio.
III
La grave herida de Gregorio, cuyos dolores soportó más de un mes -la manzana permaneció empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a retirarla-, pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la repugnancia y resignarse, nada más que resignarse.
Y si Gregorio ahora, por culpa de su herida, probablemente había perdido agilidad para siempre, y por lo pronto necesitaba para cruzar su habitación como un viejo inválido largos minutos -no se podía ni pensar en arrastrarse por las alturas-, sin embargo, en compensación por este empeoramiento de su estado, recibió, en su opinión, una reparación más que suficiente: hacia el anochecer se abría la puerta del cuarto de estar, la cual solía observar fijamente ya desde dos horas antes, de forma que, tumbado en la oscuridad de su habitación, sin ser visto desde el comedor, podía ver a toda la familia en la mesa iluminada y podía escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el consentimiento general, es decir, de una forma completamente distinta a como había sido hasta ahora.
Naturalmente, ya no se trataba de las animadas conversaciones de antaño, en las que Gregorio, desde la habitación de su hotel, siempre había pensado con cierta nostalgia cuando, cansado, tenía que meterse en la cama húmeda. La mayoría de las veces transcurría el tiempo en silencio. El padre no tardaba en dormirse en la silla después de la cena, y la madre y la hermana se recomendaban mutuamente silencio; la madre, inclinada muy por debajo de la luz, cosía ropa fina para un comercio de moda; la hermana, que había aceptado un trabajo como dependienta, estudiaba por la noche estenografía y francés, para conseguir, quizá más tarde, un puesto mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había dormido, decía a la madre: «¡Cuánto coses hoy también!», e inmediatamente volvía a dormirse mientras la madre y la hermana se sonreían mutuamente.
Por una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras estaba en casa; y mientras la bata colgaba inútilmente de la percha, dormitaba el padre en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese preparado para el servicio e incluso en casa esperase también la voz de su superior. Como consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en un principio, empezó a ensuciarse a pesar del cuidado de la madre y de la hermana. Gregorio se pasaba con frecuencia tardes enteras mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus botones dorados siempre limpios, con la que el anciano dormía muy incómodo y, sin embargo, tranquilo.
En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre en voz baja y convencerle para que se fuese a la cama, porque éste no era un sueño auténtico y el padre tenía necesidad de él, porque tenía que empezar a trabajar a las seis de la mañana. Pero con la obstinación que se había apoderado de él desde que se había convertido en ordenanza, insistía en quedarse más tiempo a la mesa, a pesar de que, normalmente, se quedaba dormido y, además, sólo con grandes esfuerzos podía convencérsele de que cambiase la silla por la cama. Ya podían la madre y la hermana insistir con pequeñas amonestaciones, durante un cuarto de hora daba cabezadas lentamente, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba del brazo, diciéndole al oído palabras cariñosas, la hermana abandonaba su trabajo para ayudar a la madre, pero esto no tenía efecto sobre el padre. Se hundía más profundamente en su silla. Sólo cuando las mujeres lo cogían por debajo de los hombros, abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana, y solía decir: «¡Qué vida ésta! ¡Ésta es la tranquilidad de mis últimos días!», y apoyado sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él mismo fuese su más pesada carga, se dejaba llevar por ellas hasta la puerta, allí les hacía una señal de que no las necesitaba, y continuaba solo, mientras que la madre y la hermana dejaban apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y continuar ayudándolo.
¿Quién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener más tiempo del necesario para ocuparse de Gregorio? El presupuesto familiar se reducía cada vez más, la criada acabó por ser despedida. Una asistenta gigantesca y huesuda, con el pelo blanco y desgreñado, venía por la mañana y por la noche, y hacía el trabajo más pesado; todo lo demás lo hacía la madre, además de su mucha costura. Ocurrió incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la madre y la hermana habían lucido entusiasmadas en reuniones y fiestas, hubieron de ser vendidas, según se enteró Gregorio por la noche por la conversación acerca del precio conseguido. Pero el mayor motivo de queja era que no se podía dejar esta casa, que resultaba demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabían cómo se podía trasladar a Gregorio. Pero Gregorio comprendía que no era sólo la consideración hacia él lo que impedía un traslado, porque se le hubiera podido transportar fácilmente en un cajón apropiado con un par de agujeros para el aire; lo que, en primer lugar, impedía a la familia un cambio de casa era, aún más, la desesperación total y la idea de que habían sido azotados por una desgracia como no había igual en todo su círculo de parientes y amigos. Todo lo que el mundo exige de la gente pobre lo cumplían ellos hasta la saciedad: el padre iba a buscar el desayuno para el pequeño empleado de banco, la madre se sacrificaba por la ropa de gente extraña, la hermana, a la orden de los clientes, corría de un lado para otro detrás del mostrador, pero las fuerzas de la familia ya no daban para más. La herida de la espalda comenzaba otra vez a dolerle a Gregorio como recién hecha cuando la madre y la hermana, después de haber llevado al padre a la cama, regresaban, dejaban a un lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentándose muy juntas. Entonces la madre, señalando hacia la habitación de Gregorio, decía: «Cierra la puerta, Greta», y cuando Gregorio se encontraba de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres confundían sus lágrimas o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar.
Gregorio pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que la próxima vez que se abriese la puerta él se haría cargo de los asuntos de la familia como antes; en su mente aparecieron de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el encargado; los dependientes y los aprendices; el mozo de los recados, tan corto de luces; dos, tres amigos de otros almacenes; una camarera de un hotel de provincias; un recuerdo amado y fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien había hecho la corte seriamente, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían mezclados con gente extraña o ya olvidada, pero en lugar de ayudarle a él y a su familia, todos ellos eran inaccesibles, y Gregorio se sentía aliviado cuando desaparecían. Pero después ya no estaba de humor para preocuparse por su familia, solamente sentía rabia por el mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no podía imaginarse algo que le hiciese sentir apetito, hacía planes sobre cómo podría llegar a la despensa para tomar de allí lo que quisiese, incluso aunque no tuviese hambre alguna. Sin pensar más en qué es lo que podría gustar a Gregorio, la hermana, por la mañana y al mediodía, antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie cualquier comida en la habitación de Gregorio, para después recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida había sido probada como si -y éste era el caso más frecuente- ni siquiera hubiera sido tocada. Recoger la habitación, cosa que ahora hacía siempre por la noche, no podía hacerse más deprisa. Franjas de suciedad se extendían por las paredes, por todas partes había ovillos de polvo y suciedad.
Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregorio se colocaba en el rincón más significativamente sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta posición. Pero seguramente hubiese podido permanecer allí semanas enteras sin que la hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veía la suciedad lo mismo que él, pero se había decidido a dejarla allí. Al mismo tiempo, con una susceptibilidad completamente nueva en ella y que, en general, se había apoderado de toda la familia, ponía especial atención en el hecho de que se reservase solamente a ella el cuidado de la habitación de Gregorio. En una ocasión la madre había sometido la habitación de Gregorio a una gran limpieza, que había logrado solamente después de utilizar varios cubos de agua -la humedad, sin embargo, también molestaba a Gregorio, que yacía extendido, amargado e inmóvil sobre el canapé-, pero el castigo de la madre no se hizo esperar, porque apenas había notado la hermana por la tarde el cambio en la habitación de Gregorio, cuando, herida en lo más profundo de sus sentimientos, corrió al cuarto de estar y, a pesar de que la madre suplicaba con las manos levantadas, rompió en un mar de lágrimas, que los padres -el padre se despertó sobresaltado en su silla-, al principio, observaban asombrados y sin poder hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse conmovidos. El padre, a su derecha, reprochaba a la madre que no hubiese dejado al cuidado de la hermana la limpieza de la habitación de Gregorio; a su izquierda, decía a gritos a la hermana que nunca más volvería a limpiar la habitación de Gregorio. Mientras que la madre intentaba llevar al dormitorio al padre, que no podía más de irritación, la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños, y Gregorio silbaba de pura rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle este espectáculo y este ruido.
Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de Gregorio como antes, tampoco la madre tenía que sustituirla y no era necesario que Gregorio hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta. Esa vieja viuda, que en su larga vida debía haber superado lo peor con ayuda de su fuerte constitución, no sentía repugnancia alguna por Gregorio. Sin sentir verdadera curiosidad, una vez había abierto por casualidad la puerta de la habitación de Gregorio y, al verle, se quedó parada, asombrada con los brazos cruzados, mientras éste, sorprendido y a pesar de que nadie le perseguía, comenzó a correr de un lado a otro.
Desde entonces no perdía la oportunidad de abrir un poco la puerta por la mañana y por la tarde para echar un vistazo a la habitación de Gregorio. Al principio le llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «¡Miren al viejo escarabajo pelotero!» Gregorio no contestaba nada a tales llamadas, sino que permanecía inmóvil en su sitio, como si la puerta no hubiese sido abierta. ¡Si se le hubiese ordenado a esa asistenta que limpiase diariamente la habitación en lugar de dejar que le molestase inútilmente a su antojo! Una vez, por la mañana temprano -una intensa lluvia golpeaba los cristales, quizá como signo de la primavera que ya se acercaba- cuando la asistenta empezó otra vez con sus improperios, Gregorio se enfureció tanto que se dio la vuelta hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta y débil. Sin embargo, la asistenta, en vez de asustarse, alzó simplemente una silla, que se encontraba cerca de la puerta, y, tal como permanecía allí, con la boca completamente abierta, estaba clara su intención de cerrar la boca sólo cuando la silla que tenía en la mano acabase en la espalda de Gregorio.
-¿Conque no seguimos adelante? -preguntó, al ver que Gregorio se daba de nuevo la vuelta, y volvió a colocar la silla tranquilamente en el rincón.
Gregorio ya no comía casi nada. Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida tomaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la mayoría de las veces acababa por escupirlo. Al principio pensó que lo que le impedía comer era la tristeza por el estado de su habitación, pero precisamente con los cambios de la habitación se reconcilió muy pronto. Se habían acostumbrado a meter en esta habitación cosas que no podían colocar en otro sitio, y ahora había muchas cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa había sido alquilada a tres huéspedes. Estos señores tan severos -los tres tenían barba, según pudo comprobar Gregorio por una rendija de la puerta- ponían especial atención en el orden, no sólo ya de su habitación, sino de toda la casa, puesto que se habían instalado aquí, y especialmente en el orden de la cocina. No soportaban trastos inútiles ni mucho menos sucios. Además, habían traído una gran parte de sus propios muebles. Por ese motivo sobraban muchas cosas que no se podían vender ni tampoco se querían tirar. Todas estas cosas acababan en la habitación de Gregorio. Lo mismo ocurrió con el cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. La asistenta, que siempre tenía mucha prisa, arrojaba simplemente en la habitación de Gregorio todo lo que, de momento, no servía; por suerte, Gregorio sólo veía, la mayoría de las veces, el objeto correspondiente y la mano que lo sujetaba. La asistenta tenía, quizá, la intención de recoger de nuevo las cosas cuando hubiese tiempo y oportunidad, o quizá tirarlas todas de una vez, pero lo cierto es que todas se quedaban tiradas en el mismo lugar en que habían caído al arrojarlas, a no ser que Gregorio se moviese por entre los trastos y los pusiese en movimiento, al principio obligado a ello porque no había sitio libre para arrastrarse, pero más tarde con creciente satisfacción, a pesar de que después de tales paseos acababa mortalmente agotado y triste, y durante horas permanecía inmóvil.
Como los huéspedes a veces tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta permanecía algunas noches cerrada, pero Gregorio renunciaba gustoso a abrirla, incluso algunas noches en las que había estado abierta no se había aprovechado de ello, sino que, sin que la familia lo notase, se había tumbado en el rincón más oscuro de la habitación. Pero en una ocasión la asistenta había dejado un poco abierta la puerta que daba al cuarto de estar y se quedó abierta incluso cuando los huéspedes llegaron y se dio la luz. Se sentaban a la mesa en los mismos sitios en que antes habían comido el padre, la madre y Gregorio, desdoblaban las servilletas y tomaban en la mano cuchillo y tenedor. Al momento aparecía por la puerta la madre con una fuente de carne, y poco después lo hacía la hermana con una fuente llena de patatas. La comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que había ante ellos como si quisiesen examinarlas antes de comer, y, efectivamente, el señor que estaba sentado en medio y que parecía ser el que más autoridad tenía de los tres, cortaba un trozo de carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo suficientemente tierna, o quizá tenía que ser devuelta a la cocina. La prueba le satisfacía, la madre y la hermana, que habían observado todo con impaciencia, comenzaban a sonreír respirando profundamente.
La familia comía en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de entrar en ésta, entraba en la habitación y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para el cuello de su camisa. Cuando ya estaban solos, comían casi en absoluto silencio. A Gregorio le parecía extraño el hecho de que, de todos los variados ruidos de la comida, una y otra vez se escuchasen los dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a Gregorio que para comer se necesitan los dientes y que, aun con las más hermosas mandíbulas, sin dientes no se podía conseguir nada.
-Pero si yo no tengo apetito -se decía Gregorio preocupado-, pero me apetecen estas cosas. ¡Cómo comen los huéspedes y yo me muero!
Precisamente aquella noche -Gregorio no se acordaba de haberlo oído en todo el tiempo- se escuchó el violín. Los huéspedes ya habían terminado de cenar, el de en medio había sacado un periódico, les había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres fumaban y leían echados hacia atrás. Cuando el violín comenzó a sonar escucharon con atención, se levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del vestíbulo, en la que permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros. Desde la cocina se les debió oír, porque el padre gritó:
-¿Les molesta a los señores la música? Inmediatamente puede dejar de tocarse.
-Al contrario -dijo el señor de en medio-. ¿No desearía la señorita entrar con nosotros y tocar aquí en la habitación, donde es mucho más cómodo y agradable?
-Naturalmente -exclamó el padre, como si el violinista fuese él mismo.
Los señores regresaron a la habitación y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril, la madre con la partitura y la hermana con el violín. La hermana preparó con tranquilidad todo lo necesario para tocar. Los padres, que nunca antes habían alquilado habitaciones, y por ello exageraban la amabilidad con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyó en la puerta, con la mano derecha colocada entre dos botones de la librea abrochada; a la madre le fue ofrecida una silla por uno de los señores y, como la dejó en el lugar en el que, por casualidad, la había colocado el señor, permanecía sentada en un rincón apartado.
La hermana empezó a tocar; el padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguían con atención los movimientos de sus manos; Gregorio, atraído por la música, había avanzado un poco hacia delante y ya tenía la cabeza en el cuarto de estar. Ya apenas se extrañaba de que en los últimos tiempos no tenía consideración con los demás; antes estaba orgulloso de tener esa consideración y, precisamente ahora, hubiese tenido mayor motivo para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que reinaba en su habitación, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él mismo estaba también lleno de polvo. Sobre su espalda y sus costados arrastraba consigo por todas partes hilos, pelos, restos de comida… Su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para tumbarse sobre su espalda y restregarse contra la alfombra, tal como hacía antes varias veces al día. Y, a pesar de este estado, no sentía vergüenza alguna de avanzar por el suelo impecable del comedor.
Por otra parte, nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta en la música del violín; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las manos en los bolsillos, se habían colocado demasiado cerca detrás del atril de la hermana, de forma que podrían haber leído la partitura, lo cual sin duda tenía que estorbar a la hermana, hablando a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron pronto hacia la ventana, donde permanecieron observados por el padre con preocupación. Realmente daba a todas luces la impresión de que habían sido decepcionados en su suposición de escuchar una pieza bella o divertida al violín, de que estaban hartos de la función y sólo permitían que se les molestase por amabilidad. Especialmente la forma en que echaban a lo alto el humo de los cigarrillos por la boca y por la nariz denotaba gran nerviosismo. Y, sin embargo, la hermana tocaba tan bien… Su rostro estaba inclinado hacia un lado, atenta y tristemente seguían sus ojos las notas del pentagrama. Gregorio avanzó un poco más y mantenía la cabeza pegada al suelo para, quizá, poder encontrar sus miradas. ¿Es que era ya una bestia a la que le emocionaba la música?
Le parecía como si se le mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado alimento. Estaba decidido a acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así a entender que ella podía entrar con su violín en su habitación porque nadie podía recompensar su música como él quería hacerlo. No quería dejarla salir nunca de su habitación, al menos mientras él viviese; su horrible forma le sería útil por primera vez; quería estar a la vez en todas las puertas de su habitación y tirarse a los que le atacasen; pero la hermana no debía quedarse con él por la fuerza, sino por su propia voluntad; debería sentarse junto a él sobre el canapé, inclinar el oído hacía él, y él deseaba confiarle que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio y que si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino la Navidad pasada -probablemente la Navidad ya había pasado- se lo hubiese dicho a todos sin preocuparse de réplica alguna. Después de esta confesión, la hermana estallaría en lágrimas de emoción y Gregorio se levantaría hasta su hombro y le daría un beso en el cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba siempre al aire sin cintas ni adornos.
-¡Señor Samsa! -gritó el señor de en medio al padre y señaló, sin decir una palabra más, con el índice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció. En un principio el huésped de en medio sonrió a sus amigos moviendo la cabeza y, a continuación, miró hacia Gregorio. El padre, en lugar de echar a Gregorio, consideró más necesario, ante todo, tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregorio parecía distraerles más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abiertos, empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un poco, no se sabía ya si por el comportamiento del padre, o porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin saberlo, habían tenido un vecino como Gregorio. Exigían al padre explicaciones, levantaban los brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente, retrocedían hacia su habitación.
Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que había caído después de interrumpir su música de una forma tan repentina, había reaccionado de pronto, después de que durante unos momentos había sostenido en las manos caídas con indolencia el violín y el arco, y había seguido mirando la partitura como si todavía tocase, había colocado el instrumento en el regazo de la madre, que todavía seguía sentada en su silla con dificultades para respirar y agitando violentamente los pulmones, y había corrido hacia la habitación de al lado, a la que los huéspedes se acercaban cada vez más deprisa ante la insistencia del padre. Se veía cómo, gracias a las diestras manos de la hermana, las mantas y almohadas de las camas volaban hacia lo alto y se ordenaban. Antes de que los señores hubiesen llegado a la habitación, había terminado de hacer las camas y se había escabullido hacia fuera. El padre parecía estar hasta tal punto dominado por su obstinación, que olvidó todo el respeto que, ciertamente, debía a sus huéspedes. Sólo les empujaba y les empujaba hasta que, ante la puerta de la habitación, el señor de en medio dio una patada atronadora contra el suelo y así detuvo al padre.
-Participo a ustedes -dijo, levantando la mano y buscando con sus miradas también a la madre y a la hermana- que, teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias que reinan en esta casa y en esta familia -en este punto escupió decididamente sobre el suelo-, en este preciso instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré, naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles, créanme, de justificar.
Calló y miró hacia delante como si esperase algo. En efecto, sus dos amigos intervinieron inmediatamente con las siguientes palabras:
-También nosotros dejamos en este momento la habitación.
A continuación agarró el picaporte y cerró la puerta de un portazo. El padre se tambaleaba tanteando con las manos en dirección a su silla y se dejó caer en ella. Parecía como si se preparase para su acostumbrada siestecita nocturna, pero la profunda inclinación de su cabeza, abatida como si nada la sostuviese, mostraba que de ninguna manera dormía. Gregorio yacía todo el tiempo en silencio en el mismo sitio en que le habían descubierto los huéspedes. La decepción por el fracaso de sus planes, pero quizá también la debilidad causada por el hambre que pasaba, le impedían moverse. Temía con cierto fundamento que dentro de unos momentos se desencadenase sobre él una tormenta general, y esperaba. Ni siquiera se sobresaltó con el ruido del violín que, por entre los temblorosos dedos de la madre, se cayó de su regazo y produjo un sonido retumbante.
-Queridos padres -dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa-, esto no puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No quiero, ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por eso solamente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche.
-Tienes razón una y mil veces -dijo el padre para sus adentros. La madre, que aún no tenía aire suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante la boca, con una expresión de enajenación en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre y le sujetó la frente. El padre parecía estar enfrascado en determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se había sentado más derecho, jugueteaba con su gorra por entre los platos, que desde la cena de los huéspedes seguían en la mesa, y miraba de vez en cuando a Gregorio, que permanecía en silencio.
-Tenemos que intentar quitárnoslo de encima -dijo entonces la hermana, dirigiéndose sólo al padre, porque la madre, con su tos, no oía nada-. Los va a matar a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan duramente como lo hacemos nosotros no se puede, además, soportar en casa este tormento sin fin. Yo tampoco puedo más- y rompió a llorar de una forma tan violenta, que sus lágrimas caían sobre el rostro de la madre, la cual las secaba mecánicamente con las manos.
-Pero hija -dijo el padre compasivo y con sorprendente comprensión-. ¡Qué podemos hacer!
Pero la hermana sólo se encogió de hombros como signo de la perplejidad que, mientras lloraba, se había apoderado de ella, en contraste con su seguridad anterior.
-Sí él nos entendiese… -dijo el padre en tono medio interrogante.
La hermana, en su llanto, movió violentamente la mano como señal de que no se podía ni pensar en ello.
-Sí él nos entendiese… -repitió el padre, y cerrando los ojos hizo suya la convicción de la hermana acerca de la imposibilidad de ello-, entonces sería posible llegar a un acuerdo con él, pero así…
-Tiene que irse -exclamó la hermana-, es la única posibilidad, padre. Sólo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregorio? Si fuese Gregorio hubiese comprendido hace tiempo que una convivencia entre personas y semejante animal no es posible, y se hubiese marchado por su propia voluntad: ya no tendríamos un hermano, pero podríamos continuar viviendo y conservaríamos su recuerdo con honor. Pero esta bestia nos persigue, echa a los huéspedes, quiere, evidentemente, adueñarse de toda la casa y dejar que pasemos la noche en la calle. ¡Mira, padre -gritó de repente-, ya empieza otra vez!
Y con un miedo completamente incomprensible para Gregorio, la hermana abandonó incluso a la madre, se arrojó literalmente de su silla, como si prefiriese sacrificar a la madre antes de permanece cerca de Gregorio, y se precipitó detrás del padre que, principalmente irritado por su comportamiento, se puso también en pie y levantó los brazos a media altura por delante de la hermana para protegerla.
Pero Gregorio no pretendía, ni por lo más remoto, asustar a nadie, ni mucho menos a la hermana. Solamente había empezado a darse la vuelta para volver a su habitación y esto llamaba la atención, ya que, como consecuencia de su estado enfermizo, para dar tan difíciles vueltas tenía que ayudarse con la cabeza, que levantaba una y otra vez y que golpeaba contra el suelo. Se detuvo y miró a su alrededor; su buena intención pareció ser entendida; sólo había sido un susto momentáneo, ahora todos lo miraban tristes y en silencio. La madre yacía en su silla con las piernas extendidas y apretadas una contra otra, los ojos casi se le cerraban de puro agotamiento. El padre y la hermana estaban sentados uno junto a otro, y la hermana había colocado su brazo alrededor del cuello del padre.
«Quizá pueda darme la vuelta ahora», pensó Gregorio, y empezó de nuevo su actividad. No podía contener los resuellos por el esfuerzo y de vez en cuando tenía que descansar. Por lo demás, nadie le apremiaba, se le dejaba hacer lo que quisiera. Cuando hubo dado la vuelta del todo comenzó enseguida a retroceder todo recto… Se asombró de la gran distancia que le separaba de su habitación y no comprendía cómo, con su debilidad, hacía un momento había recorrido el mismo camino sin notarlo. Concentrándose constantemente en avanzar con rapidez, apenas se dio cuenta de que ni una palabra, ni una exclamación de su familia le molestaba. Cuando ya estaba en la puerta volvió la cabeza, no por completo, porque notaba que el cuello se le ponía rígido, pero sí vio aún que tras de él nada había cambiado, sólo la hermana se había levantado. Su última mirada acarició a la madre que, por fin, se había quedado profundamente dormida. Apenas entró en su habitación se cerró la puerta y echaron la llave.
Gregorio se asustó tanto del repentino ruido producido detrás de él, que las patitas se le doblaron. Era la hermana quien se había apresurado tanto. Había permanecido en pie allí y había esperado, con ligereza había saltado hacia delante, Gregorio ni siquiera la había oído venir, y gritó un «¡Por fin!» a los padres mientras echaba la llave.
«¿Y ahora?», se preguntó Gregorio, y miró a su alrededor en la oscuridad.
Pronto descubrió que ya no se podía mover. No se extrañó por ello, más bien le parecía antinatural que, hasta ahora, hubiera podido moverse con estas patitas. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los dolores se hiciesen más y más débiles y, al final, desapareciesen por completo. Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro.
Cuando, por la mañana temprano, llegó la asistenta -de pura fuerza y prisa daba tales portazos que, aunque repetidas veces se le había pedido que procurase evitarlo, desde el momento de su llegada era ya imposible concebir el sueño en toda la casa- en su acostumbrada y breve visita a Gregorio nada le llamó al principio la atención. Pensaba que estaba allí tumbado tan inmóvil a propósito y se hacía el ofendido, le creía capaz de tener todo el entendimiento posible. Como tenía por casualidad la larga escoba en la mano, intentó con ella hacer cosquillas a Gregorio desde la puerta. Al no conseguir nada con ello, se enfadó, y pinchó a Gregorio ligeramente, y sólo cuando, sin que él opusiese resistencia, le había movido de su sitio, le prestó atención. Cuando se dio cuenta de las verdaderas circunstancias abrió mucho los ojos, silbó para sus adentros, pero no se entretuvo mucho tiempo, sino que abrió de par en par las puertas del dormitorio y exclamó en voz alta hacia la oscuridad.
-¡Fíjense, ha reventado, ahí está, ha reventado del todo!
El matrimonio Samsa estaba sentado en la cama e intentaba sobreponerse del susto de la asistenta antes de llegar a comprender su aviso. Pero después, el señor y la señora Samsa, cada uno por su lado, se bajaron rápidamente de la cama. El señor Samsa se echó la colcha por los hombros, la señora Samsa apareció en camisón, así entraron en la habitación de Gregorio. Entre tanto, también se había abierto la puerta del cuarto de estar, en donde dormía Greta desde la llegada de los huéspedes; estaba completamente vestida, como si no hubiese dormido, su rostro pálido parecía probarlo.
-¿Muerto? -dijo la señora Samsa, y levantó los ojos con gesto interrogante hacia la asistenta a pesar de que ella misma podía comprobarlo e incluso podía darse cuenta de ello sin necesidad de comprobarlo
-Digo, ¡ya lo creo! -dijo la asistenta y, como prueba, empujó el cadáver de Gregorio con la escoba un buen trecho hacia un lado. La señora Samsa hizo un movimiento como si quisiera detener la escoba, pero no lo hizo.
-Bueno -dijo el señor Samsa-, ahora podemos dar gracias a Dios -se santiguó y las tres mujeres siguieron su ejemplo.
Greta, que no apartaba los ojos del cadáver, dijo:
-Miren qué flaco estaba, ya hacía mucho tiempo que no comía nada. Las comidas salían tal como entraban.
Efectivamente, el cuerpo de Gregorio estaba completamente plano y seco, sólo se daban realmente cuenta de ello ahora que ya no le levantaban sus patitas, y ninguna otra cosa distraía la mirada.
-Greta, ven un momento a nuestra habitación -dijo la señora Samsa con una sonrisa melancólica, y Greta fue al dormitorio detrás de los padres, no sin volver la mirada hacia el cadáver. La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la ventana. A pesar de lo temprano de la mañana ya había una cierta tibieza mezclada con el aire fresco. Ya era finales de marzo.
Los tres huéspedes salieron de su habitación y miraron asombrados a su alrededor en busca de su desayuno; se habían olvidado de ellos:
-¿Dónde está el desayuno? -preguntó de mal humor el señor de en medio a la asistenta, pero ésta se colocó el dedo en la boca e hizo a los señores, apresurada y silenciosamente, señales con la mano para que fuesen a la habitación de Gregorio. Así pues, fueron y permanecieron en pie, con las manos en los bolsillos de sus chaquetas algo gastadas, alrededor del cadáver, en la habitación de Gregorio ya totalmente iluminada.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y el señor Samsa apareció vestido con su librea, de un brazo su mujer y del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; a veces Greta apoyaba su rostro en el brazo del padre.
-Salgan ustedes de mi casa inmediatamente -dijo el señor Samsa, y señaló la puerta sin soltar a las mujeres.
-¿Qué quiere usted decir? -dijo el señor de en medio algo aturdido, y sonrió con cierta hipocresía. Los otros dos tenían las manos en la espalda y se las frotaban constantemente una contra otra, como si esperasen con alegría una gran pelea que tenía que resultarles favorable.
-Quiero decir exactamente lo que digo -contestó el señor Samsa, dirigiéndose con sus acompañantes hacia el huésped. Al principio éste se quedó allí en silencio y miró hacia el suelo, como si las cosas se dispusiesen en un nuevo orden en su cabeza.
-Pues entonces nos vamos -dijo después, y levantó los ojos hacia el señor Samsa como si, en un repentino ataque de humildad, le pidiese incluso permiso para tomar esta decisión.
El señor Samsa solamente asintió brevemente varias veces con los ojos muy abiertos. A continuación el huésped se dirigió, en efecto, a grandes pasos hacia el vestíbulo; sus dos amigos llevaban ya un rato escuchando con las manos completamente tranquilas y ahora daban verdaderos brincos tras de él, como si tuviesen miedo de que el señor Samsa entrase antes que ellos en el vestíbulo e impidiese el contacto con su guía. Ya en el vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus bastones de la bastonera, hicieron una reverencia en silencio y salieron de la casa. Con una desconfianza completamente infundada, como se demostraría después, el señor Samsa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados sobre la barandilla veían cómo los tres, lenta pero constantemente, bajaban la larga escalera, en cada piso desaparecían tras un determinado recodo y volvían a aparecer a los pocos instantes. Cuanto más abajo estaban tanto más interés perdía la familia Samsa por ellos, y cuando un oficial carnicero, con la carga en la cabeza en una posición orgullosa, se les acercó de frente y luego, cruzándose con ellos, siguió subiendo, el señor Samsa abandonó la barandilla con las dos mujeres y todos regresaron aliviados a su casa.
Decidieron utilizar aquel día para descansar e ir de paseo; no solamente se habían ganado esta pausa en el trabajo, sino que, incluso, la necesitaban a toda costa. Así pues, se sentaron a la mesa y escribieron tres justificantes: el señor Samsa a su dirección, la señora Samsa al señor que le daba trabajo, y Greta al dueño de la tienda. Mientras escribían entró la asistenta para decir que ya se marchaba porque había terminado su trabajo de por la mañana. Los tres que escribían solamente asintieron al principio sin levantar la vista; cuando la asistenta no daba señales de retirarse levantaron la vista enfadados.
-¿Qué pasa? -preguntó el señor Samsa.
La asistenta permanecía de pie junto a la puerta, como si quisiera participar a la familia un gran éxito, pero que sólo lo haría cuando la interrogaran con todo detalle. La pequeña pluma de avestruz colocada casi derecha sobre su sombrero, que, desde que estaba a su servicio, incomodaba al señor Samsa, se balanceaba suavemente en todas las direcciones.
-¿Qué es lo que quiere usted? -preguntó la señora Samsa que era, de todos, la que más respetaba la asistenta.
-Bueno- contestó la asistenta, y no podía seguir hablando de puro sonreír amablemente-, no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de la cosa esa de al lado. Ya está todo arreglado.
La señora Samsa y Greta se inclinaron de nuevo sobre sus cartas, como si quisieran continuar escribiendo; el señor Samsa, que se dio cuenta de que la asistenta quería empezar a contarlo todo con todo detalle, lo rechazó decididamente con la mano extendida. Como no podía contar nada, recordó la gran prisa que tenía, gritó visiblemente ofendida: «¡Adiós a todos!», se dio la vuelta con rabia y abandonó la casa con un portazo tremendo.
-Esta noche la despido- dijo el señor Samsa, pero no recibió una respuesta ni de su mujer ni de su hija, porque la asistenta parecía haber turbado la tranquilidad apenas recién conseguida. Se levantaron, fueron hacia la ventana y permanecieron allí abrazadas. El señor Samsa se dio la vuelta en su silla hacia ellas y las observó en silencio un momento, luego las llamó:
-Vamos, vengan. Olviden de una vez las cosas pasadas y tengan un poco de consideración conmigo.
Las mujeres lo obedecieron enseguida, corrieron hacia él, lo acariciaron y terminaron rápidamente sus cartas. Después, los tres abandonaron la casa juntos, cosa que no habían hecho desde hacía meses, y se marcharon al campo, fuera de la ciudad, en el tranvía. El vehículo en el que estaban sentados solos estaba totalmente iluminado por el cálido sol. Recostados cómodamente en sus asientos, hablaron de las perspectivas para el futuro y llegaron a la conclusión de que, vistas las cosas más de cerca, no eran malas en absoluto, porque los tres trabajos, a este respecto todavía no se habían preguntado realmente unos a otros, eran sumamente buenos y, especialmente, muy prometedores para el futuro. Pero la gran mejoría inmediata de la situación tenía que producirse, naturalmente, con más facilidad con un cambio de casa; ahora querían cambiarse a una más pequeña y barata, pero mejor ubicada y, sobre todo, más práctica que la actual, que había sido escogida por Gregorio.
Mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven.
FIN
- Otro, por favor -dijo el hombre apoyado sobre la barra del bar.
El camarero lo miró con lástima. A continuación, de manera instintiva, buscó el reloj que tenía en la pared de enfrente, el que le servía para calibrar lo larga que iba a ser esa madrugada en función de los clientes a los que todavía le quedaba por atender. Las seis y cuarto de la mañana. Apenas quedaban una pareja de jóvenes que se daba el lote como si no hubiera un mañana y este hombre que pedía el enésimo chupito.
- ¿No cree que ha bebido demasiado? ¿Por qué no se marcha a casa?
Los ojos llorosos, arrugas de tanto contraer el rostro, la boca hacia abajo y balbuceante…
- ¡No puedo! ¡Soy portanalista! -respondió el cliente justo antes de echarse a llorar.
El camarero ni se lo pensó. Sacó una botella de debajo del mostrador, le mostró la etiqueta y sirvió un par de vasos.
- Es nuestro whisky estrella, el mismo que le sacaba mi padre a William Faulkner cuando venía aquí a buscar inspiración. Cuénteme, ¿tan difícil es su oficio?
El portanalista miró el contenido del vaso como si buscara a las musas en el fondo del mismo, examinó el color al trasluz y finalmente se lo llevó a la boca. Despacio, saboreando el líquido elemento, moviéndolo por la boca como si fuera colutorio dental.
- No, en absoluto. Normalmente es sencillo, es un trabajo divertido, ¡y muy bien remunerado! Los periódicos te lo dan todo hecho con sus chorradas y doble rasero, y cuando hay partidos o polémica, o interviene el VAR, se escribe del tirón, pero… ¡este whisky está cojonudo!, otras veces, con el parón del verano, es un trabajo más que arduo.
- Si puedo ayudarle, aunque yo antes que dueño de este bar era profesor de Historia y le confieso que sé poco de deporte, apenas lo que oigo por ahí, que el Barça es el equipo que mejor juega y el Madrid consigue títulos por la suerte y los árbitros.
El portanalista miró al profesor-barman con lástima. "Otro producto de la leyenda negra, en fin”.
- Mire esta portada, a ver qué le inspira, dígame lo primero que siente al leer los titulares.
- Carlos Primero de España y Quinto de Alemania -contestó el profesor.
- Hubo un tiempo en el que decían que el primero de España no sería ni quinto en Inglaterra.
- Eso fue hace mucho, ¿no?
- Sí, lo menos tres o cuatro meses. Era cuando el Madrid de Ancelotti lideraba la Liga con comodidad, pero los gurús decían que no le daba para competir en Europa, que los grandes de la Premier se lo ventilarían sin problemas. Claro que luego se vio que ese equipo se llevó por delante a los infieles del Chelsea, el City y el Liverpool y se tuvieron que comer sus palabras.
- Carlos Primero era hijo de Juana la Loca y de Felipe el Hermoso, por si le sirve de algo. Reyes, por supuesto, a pesar de lo que pueda pensar por los apelativos.
- No sé si podré utilizarlo. Nuestro Carlos Sáinz, un gran tipo, madridista para más señas, llamado a reinar en el mundo del volante, es hijo de Carlos Sáinz, no necesariamente Hermoso, pero sí un rey de los rallies, un gran campeón. Y también es hijo de Reyes, pero Vázquez, una gran mujer que de loca no tiene nada, sino todo lo contrario, es una gran mujer.
- Veo en la parte superior que Valverde ha sido atropellado. ¿Ese no es el entrenador del Barça? ¿Ha sido atropellado metafóricamente, no le han pagado lo que le debían o algo así?
- No, ese es Ernesto Valverde, y el atropellado es Alejandro, otro ilustre madridista, que ha sufrido un desgraciado accidente, que además, parece que no ha sido un accidente, sino premeditado.
- Esperemos que se recupere pronto. ¿Lo ve? Casi sin pretenderlo ya hemos pasado la primera portada. Muéstreme otra.
- ¿Quién es el tipo ese? Con esa pose y el chándal me recuerda al segurata que ponemos en la puerta para no dejar pasar a la gente que viene con unas copas de más.
- Pues sí, es una portada muy poco glamurosa. Sobre todo porque se trata de Karim Benzema, el mejor jugador de este año, el futuro Balón de Oro, sin duda. Tratan de contarnos que su renovación es prioritaria cuando todos sabemos que se retirará en el Madrid cuando quiera, no hay urgencia alguna. Además, ahora es nuestro Gran Capitán, un líder, como puede leer en este artículo de ayer mismo.
- Para la Historia, por si puede utilizarlo, el Gran Capitán era Gonzalo Fernández de Córdoba, un militar muy capacitado que coincidió unos años en vida con Carlos Primero…
- Y Quinto de Alemania.
- Y Quinto de Alemania, por supuesto. Para la posteridad ha quedado la expresión “las cuentas del Gran Capitán” como ejemplo de chapuza contable, de hinchar los gastos o no detallar los mismos, como si valiera cualquier cosa.
- Eso me interesa -inquirió el portanalista-. ¿Podríamos decir que Joan Laporta realiza los presupuestos del Barça como las cuentas del Gran Capitán?
- Si eso significa que las hace de manera torticera y poco claras, sumando y restando “de aquella manera”, por supuesto. Mire en la portada que me acaba de enseñar; en la parte inferior pone que “Laporta pone un precio máximo a Lewandowski: 40 millones”. Entiendo que está tratando de vender a un jugador y lo tasa en el mercado, así a globo, ¿no?
- Bueno, digamos que eso es lo normal, los clubes vendedores ponen el precio y los compradores contraofertan, pero con el Barça suelen pasar cosas inverosímiles, de ese porte y más. Otro día con varios copazos más le hablo de Umtiti, Mattheus y las vacas de Setién.
- Pues ya tenemos la segunda portada, ¿ve como este whisky nos trae la inspiración? ¿Vamos con otra?
- No sé quién es Dembélé, usted me perdonará.
- Ousmane Dembélé, un tipo al que trataron de echar con malos modos, hoy mejor que mañana, “Vendelé”, “no vas a volver a jugar”, “búscate equipo” y todas esas cosas, y ahora parece que todos se tragan su orgullo y van a llegar a un acuerdo.
- ¿Ousmane? Tiene nombre de “infiel”, si me permite la expresión, puesto que hemos hablado de los siglos XV y XVI, y en esos tiempos en España se consideraba a los musulmanes “infieles”.
- Pues acaba usted de darme la clave para la última portada. Voy a escribir una chorrada, pero a estas horas… compréndame. Voy a poner que el Barça los quiere ahora con todos los sacramentos: bautizados, con la comunión hecha y…
- ¡Confirmados!
El camarero no entendía la sonrisa de satisfacción del portanalista, pero le rellenó de nuevo el vaso.
- A este invita la casa, me alegro de haberle ayudado. Pero, disculpe la pregunta, ¿esos Christensen, Kessié, Lewandowski, Umtiti, el otro… Ousmane, aquí arriba Leo sobre Messi… no son muchos jugadores para un solo equipo?
- Y Marcos Alonso, Bernardo Silva, Raphinha, Azpilicueta, más los que llegaron en enero, como Ferran Torres, Aubameyang, Adama… pues sí. Para eso hacen las cuentas del Gran Capitán, para tratar de combatir con el Primero de España y no Quinto de Alemania, sino Primero de Europa.
- Brindemos por el portanálisis.
Levantaron sus copas, chocaron los vasos y bebieron con gusto.
Por el jodido portanálisis de hoy. Y que tenga usted un excelente día.
“Me alegra que venga, ya seremos dos guapos en el vestuario”. Con estas trascendentes palabras públicas recibió Roberto Carlos el arribo en el Real Madrid de David Beckham, de cuya fastuosa presentación vestido de blanco se cumplen hoy diecinueve años. Florentino había respondido con un memorable “Never, never, never” a los rumores, y ni se conoce un embuste más benigno ni otro cuya confirmación haya sido mejor recibida por las multitudes blancas.
Lo de multitudes debe en este caso ser entendido en el sentido más global del término. Zidane, Figo y Ronaldo fueron buenos ensayos de universalidad hollywoodiense, pero quien rompió el molde del glamour y la onda expansiva fue el inglés. Un niño saltó al campo mientras daba sus primeros toques al balón ante la marabunta, y David, el David por entonces del look coletero, lo acogió en sus brazos con amor. No estoy en condiciones de confirmar si fue espontaneidad o un acto preparado entre bambalinas, pero sí puedo a cambio revelar en absoluta primicia que ese niño era yo, que contaba por entonces con tan solo treinta y tres añitos.
Prefigurando lo que acontecería con Bale más de una década después, a los Beckham trataron de hacerlos pasar por antiespañoles los que con esta treta solo destapaban su sentimiento antiguiri. Triunfó el rumor de que a Victoria Madrid le olía a ajo, que es la cita más apócrifa en la nutrida historia de citas apócrifas del periodismo español junto a aquellas palabras de Mourinho arrodillado ante una botella de Solán de Cabras. Nadie sabe a ciencia cierta a qué huelen las nubes ni a qué le olía la capital a la Spice, pero a juzgar no solo por sus deslumbrantes primeros meses, sino por sus halagos anteriores a la firma, era evidente que a su marido el Madrid le olía a gloria, a amanecer fragante, a colonia de inmortalidad. Aún desde el Manchester se despachó en prensa con un alud de piropos a los que serían sus compañeros. Que sí Zidane es una bailarina. Que si Roberto Carlos es un defensa-delantero-todocampista. Que si yo tengo que jugar allí always, always, always.
Y vaya si jugó. Míchel comentaba partidos por entonces, y cuando le insinuaron una limitación de Beckham a la hora de llegar a la línea de fondo con fintas u otras herramientas (como el propio Míchel solía hacer), el madrileño replicó:
- ¿Y para qué necesita llegar a la línea de fondo, si es capaz de ponerla donde le da la gana desde donde le da la gana?
Fue efímero, pero no se ha visto fuego artificial más arrebatador que el de aquellos meses que precedieron al colapso. David se puso a ejercitar el periscopio para ponérsela a Zidane, a Ronaldo, al Rulas. Metió esplendorosos goles de falta y hasta algún cabezazo supercopero. Con Beckham vivió el galacticismo su máximo apogeo pero también principió su declive, y ambas cosas se sucedieron casi sin que nos diéramos cuenta. Cuando fuimos a contar los títulos que sin duda alguna se nos caerían de los bolsillos, reparamos en que el único botín era un nadaplete cuajado de chorreras. Fue devastador por todos pero sobre todo por David, que era probablemente el que menos culpa tenía de la hecatombe: jamás dejó de emplearse con una profesionalidad ajena a la prima donna que anunciaban los flashes. Un elemental sentido de la malicia mueve a relacionar su llegada con el derrumbe, por haber ambos coincidido en la misma temporada. Cualquiera que le viese jugar lo desmentirá con énfasis.
No solo Beckham sobrevivió al adiós de Florentino sino también (lo que tiene aún más mérito) al hola de Calderón, y hasta a su aquí estamos. Jubilado Zizou, transferido Figo, capellizado al Milan Nazário, el súbdito más melofo de Her Majesty se convirtió en un galáctico transicional, y este es sin duda mi Beckham favorito. Que Beckham conviviera con Nanín es una distopía imbarajable, como lo es que sobreviviera al apartamiento de Capello, que reapareciese con golazo en Anoeta y que acabara ganando la Liga del Clavo Ardiendo con el tobillo a la virulé ante la mirada orgullosa de Tom Cruise en el palco. (Todavía se cuenta que Calderón se negó a estrechar la mano de Cruise, temeroso de que le estuvieran dando gato por liebre como meses antes con Nicholas Cage). El caso es que Beckham ganó aquella Liga que ahora cuenta Julián Carpintero en su libro, y hay una paradoja esencialmente madridista en el hecho de que representara lo más refulgente del primer florentinismo pero ganara su único título de verdadera enjundia en el Madrid con el presidente menos sofisticado, con permiso de Boluda. Beckham es así transversalidad pura, belleza rabiosamente comprometida con la causa, madridismo en definitiva.
Amarás, pues, a David Beckham, porque los grandes éxitos pueden ser también grandes canciones.
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Desde el 1 de julio, Karim Benzema, tras 13 temporadas en el primer equipo, se ha convertido en el primer capitán del Real Madrid, tomando el testigo de Marcelo Vieira, despedido con honores tras haber batido el récord de títulos logrados –25– en el club.
En el Real Madrid se sigue manteniendo fielmente la tradición de dar el brazalete de capitán al jugador más veterano (veterano significa desde la primera vez que se viste la elástica merengue en partido oficial con el primer equipo) y no por criterios subjetivos, como, por ejemplo, una votación entre los compañeros, o una designación a dedo por parte de la directiva o del cuerpo técnico.
Una de las excepciones fue el caso de Miguel Porlán, Chendo, capitán desde 1990 hasta 1993, que renunció a seguir siendo capitán tras las presiones que tuvo por parte del presidente Ramón Mendoza, que optó, en una maniobra poco digna de su cargo, por dar dicho honor al más veterano de la Quinta del Buitre, Manolo Sanchís.
Ser capitán del Real Madrid no puede ser tan solo llevar el brazalete e intercambiar banderines con el homólogo del equipo rival. Tiene que ser mucho más
La relación de capitanes madridistas es de lo más ilustre, ya que han tenido este honor auténticas leyendas del club, como por ejemplo el mismísimo Santiago Bernabéu, Monjardín, Quesada, Ipiña, Barinaga, hasta los más recientes –y ya muchos de ellos laureados con Copas de Europa– Molowny, Muñoz, Juanito Alonso, Zárraga, Paco Gento (9 años de capitanía, récord aún vigente), Zoco, Amancio, Pirri, Miguel Ángel, Santillana, Camacho, Agustín, Chendo, Sanchís, Hierro, Raúl, Casillas y Sergio Ramos. O el ya mencionado Marcelo, por supuesto.
Tras más de 100 años de capitanes españoles (desde 1904, en que lo fue el delantero guatemalteco Revuelto, y anteriormente, en 1902, lo había sido durante unos meses el mítico centrocampista inglés Arthur Johnson), los dos últimos capitanes son de otra nacionalidad: el brasileño Marcelo y, ahora mismo, el francés de origen argelino Karim Benzema.
La relación actual de los capitanes madridistas posee un palmarés fabuloso. Estamos hablando, tras Benzema, de Nacho Fernández, de Luka Modric y de Dani Carvajal, quienes suman la mareante cifra de ¡20! Champions. Benzema luce 22 títulos con el Madrid (además de 8 con su anterior club, el Olympique de Lyon), Nacho Fernández, 20, los mismos que Luka Modric (a los que hay que sumar otros 6 entorchados con el Dinamo de Zagreb), y Carvajal, el más joven de los cuatro, con 30 años recién cumplidos, ya ha levantado 19 trofeos.
Para quien les escribe, ser capitán del Real Madrid no puede ser tan solo llevar el brazalete e intercambiar banderines con el homólogo del equipo rival. Tiene que ser mucho más. Debe suponer un liderazgo, sobre todo en el terreno de juego –aunque no solo–, que anteponga (circunstancia que no pasó siempre con recientes capitanías, como la de Iker Casillas o la de las últimas temporadas de Sergio Ramos) siempre el grupo a la individualidad, por lo que no debería servir para fomentar el lucimiento personal, sino para tirar del carro como ningún otro para el beneficio de todo el equipo. Debe pues imprimir carácter a los demás y, sobre todo, ser un ejemplo para el resto de compañeros, en particular para los más jóvenes.
Esta temporada que acaba de concluir ha mostrado una perfecta armonía en este sentido. El primer capitán, Marcelo, ha ejercido su rol mayoritariamente desde el banquillo, y, en su última rueda de prensa, declaró, por ejemplo, que esta 5ª copa de Europa que logró levantar en el Stade de France es la que más satisfacción le reportó, ya que pudo contribuir desde fuera del terreno de juego a ayudar y a apoyar a muerte al equipo y a los componentes con menos experiencia. Mientras tanto, Benzema aportaba toda su energía para el gran liderazgo, animando constantemente a los suyos, aportando y sacrificándose como el que más, sobre todo en los momentos tan difíciles que se vivieron durante las remontadas europeas vividas en el estadio Santiago Bernabéu.
Sin duda, Karim Benzema va a ser un primer capitán que hará honor a dicha jerarquía, ya que ha demostrado cientos de veces su compromiso con el club, con la camiseta y con el escudo, y además, desde hace años, se ha ganado con creces el respeto del resto de sus compañeros, en un vestuario que, por lo que se ve y lo que se intuye, está más unido que nunca y donde los egos individuales dejaron ya vía libre al interés y al beneficio general del colectivo.
Estará muy bien acompañado en sus tareas de liderazgo, con ese héroe silencioso –tremendamente eficiente- a quien tanto queremos y apreciamos, Nacho Fernández, con la bendición que supone poder ver de blanco, por undécima temporada, a Luka Modric (con experiencia de capitán de Croacia desde hace más de siete años), quien tiene una complicidad exquisita con Benzema en todos los sentidos, y también, cómo no, con Dani Carvajal, titular en las 5 Champions recientemente logradas, madridista de corazón desde siempre (en 2004 colocó la primera piedra de Valdebebas junto a Don Alfredo) y todo pundonor en el césped.
En este sentido, podemos estar tranquilos con la continuidad de los portadores del sagrado brazalete merengue, ya que el traspaso de valores y de ADN de una a otra generación se está haciendo muy adecuadamente, como se ve con otros componentes de la plantilla, como Kroos, Casemiro, Valverde y todos los jóvenes que han explotado en este último año. El camino eterno hacia la gloria se sigue forjando día a día y parece más esperanzador que nunca.
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