Hay en la historia del fútbol una mística en torno a ciertos jugadores del pasado, leyendas consideradas como los mejores de la historia. Pelé y Maradona siempre han estado en la cúspide, Brasil y Argentina como potencias futbolísticas. El carisma de ambos jugadores y sus victorias en los mundiales han aumentado su imagen.
Y como leyendas que son, todo el fútbol posterior se ha dedicado a buscar un sucesor digno. Para Argentina no hubo nadie como Maradona hasta la llegada de Messi. Casi un clon a nivel físico y futbolístico, pero siempre con el debate acerca de la diferencia de liderazgo entre y uno.
Y con Pelé nunca ha habido esa similitud. Y han aparecido grandísimos jugadores después del genio del Santos. Desde Ronaldo Nazario hasta Romario, pasando por futbolistas como Rivaldo, Ronaldinho o Neymar. Todos ellos talentos naturales, cada uno con sus cualidades físicas, pero ninguno parecido a Pelé. Ni físicamente ni en rendimiento global. Claro, hablamos del jugador con más mundiales de la historia y con un número de goles solo al alcance de muy pocos.
Por eso, cada nuevo jugador que sale de Brasil es un Pelé en potencia. No a nivel real, sino como proyección de la esperanza del país por encontrar a un sucesor. Con lo prolífico que es el fútbol brasileño, surgen jugadores con altas expectativas cada año. Muchos llegan a Europa y muchos triunfan como Vinicius, Gabriel Jesús o Rodrygo. Pero claro, hablamos del próximo Pelé...
Cada nuevo jugador que sale de Brasil es un Pelé en potencia. No a nivel real, sino como proyección de la esperanza del país por encontrar a un sucesor
El último nuevo Pelé lleva el nombre de Endrick, es brasileño (claro) como Pelé, mide incluso lo mismo que la leyenda, 1,73, y ha debutado en el fútbol casi a la misma edad. Uno con 15 y otro con 16, la diferencia es de unos pocos meses. Y como en la foto adjunta, Endrick despierta esa ilusión en los aficionados, con un carisma impropio de un niño de 16 años, y un rendimiento inaudito en sus primeros partidos.
Pero el debut temprano en una liga como la brasileña no garantiza ni mucho menos el éxito. Este es el listado de los jugadores más jóvenes en debutar en las últimas dos décadas. Por cierto, Rodrygo y Vinicius Junior figuran en el puesto 17º y 18º, respectivamente. El resto se quedó por el camino o todavía no ha explotado.
Pero con Endrick puede ser diferente, precisamente por el precedente de esos dos jugadores. Así que ya tenemos al nuevo Pelé. O al menos, al nuevo “nuevo Pelé”, hasta que la realidad ponga todos los datos en su sitio. A poco que siga haciendo goles, Endrick empezará a tener esa etiqueta. Que es como cargar un saco de kilos de esperanza de todo un país. Concretamente el país con la mayor tradición futbolística del mundo.
Esa carga será parecida a muchos otros jugadores que debutaron jóvenes y con gran proyección. Y la capacidad de sostener esa carga será la que determine qué clase de jugador será Endrick. Podrá ser un fabuloso futbolista si rinde a buen nivel en el Real Madrid y marca goles. O podrá ser uno más que pasó sin pena ni gloria si algún factor se tuerce, o podrá ser una gran leyenda si su físico, cabeza y talento le acompañan. Pero va a necesitar todo eso y la pizca de suerte necesaria para serlo en un club con la exigencia del Real Madrid.
A poco que siga haciendo goles, Endrick empezará a tener la etiqueta de nuevo Pelé
La gran ventaja para Endrick es que el Real Madrid ha implantado un modelo de éxito para los jóvenes. Tanto el caso de sus compatriotas Rodrygo y Vinicius, como otros (Valverde), validan este modelo. Se ha hablado históricamente del éxito económico y de imagen del Real Madrid, pero poco de este modelo deportivo que ha logrado fichar a muchos jóvenes y convertirlos en leyendas. Los dos nombres que se me vienen a la cabeza son el de Sergio Ramos y Marcelo, fichados con 19 y 17 años respectivamente. O Casemiro, que jugó en el Castilla y se formó de joven en la cultura blanca.
Precisamente, tanto Marcelo como Casemiro ejercieron de mentores y padrinos de los tres jóvenes brasileños: Rodrygo, Vinicius y Militao. Aprendieron junto a estas dos leyendas los valores del club y fueron adquiriendo poco a poco peso en el vestuario hasta el rendimiento actual.
Con 22 años, hoy Vinicius afronta su 5ª temporada y Rodrygo con la misma edad la 4ª. Ambos jugadores se han instalado como titulares y para cuando Endrick aterrice en el 2024, Rodrygo probablemente ya sea una estrella mundial mientras Vinicius indudablemente ya lo es.
Así que el joven brasileño tendrá como mentores a dos chicos que pasaron exactamente por el mismo proceso. Primero tuvieron que debutar en su país y demostrar su nivel. Cada uno con un equipo distinto, del Flamengo, del Santos y del Palmeiras, respectivamente, los tres pasaron por ese periodo de prueba. Y luego al Real Madrid con 18 años, como jóvenes estrellas de una liga menor como la brasileña, y con altísimas expectativas para triunfar.
Y ahí, ambos le podrán narrar sus respectivas experiencias. La necesaria paciencia hasta ir entrando poco a poco en el once titular, la dificultad de manejar las expectativas y la constante exigencia diaria.
Endrick tendrá como ejemplo a dos jugadores que tendrán 24 años y serán ya casi líderes del vestuario, cada uno con un mínimo de una Champions levantada y ya muchas noches de gloria. Como uno de los fichajes más caros de la historia de un juvenil de solo 16 años, las nuevas expectativas estarán puestas en él. Y por eso, todo Brasil y todo el mundo vigila su rendimiento en estos meses próximos hasta que recale en el Real Madrid.
Por primera vez, el Real Madrid puede tener una tripleta atacante brasileña. Y por primera vez, parece que esos jugadores permanecerán mucho tiempo en el club. Los precedentes de futbolistas brasileños atacantes son Didi, Ronaldo o Robinho, que no tuvieron estancias de demasiados años. Aunque en el caso de Ronaldo Nazario, la huella fue tan grande que estos chicos tendrán que luchar por reemplazarla.
Tres brasileños jóvenes, talentosos a los que les une sobre todo una gran personalidad. Desde hace tiempo, el Real Madrid no solo ficha futbolistas con talento, sino que ficha jugadores con una gran personalidad, por encima de todo. Al fin y al cabo, la técnica, la táctica e incluso el físico se puede conseguir. Lograr una mentalidad de hierro es mucho más difícil.
Queda un año y medio para el aterrizaje de Endrick y veremos si por el camino algún factor no influye negativamente. Pero hasta que la realidad nos ponga a todos en su sitio, pensaremos que él sí es el nuevo Pelé.
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Hubo un tiempo en el que los futbolistas sentían los colores de su equipo y conducían vehículos utilitarios; los árbitros iban de negro —una reminiscencia de las togas, el atuendo de los jueces—, no como ahora que se visten con elásticas fluorescentes y, por descontado, no existía el VAR, ese malhadado invento de las nuevas tecnologías que lejos de subsanar los errores de los colegiados sólo ha servido para alimentar más suspicacias todavía.
In illo tempore tampoco habían aparecido los clubes-Estado, esos mastodontes en manos de jeques árabes, magnates chinos u oligarcas rusos que se han adueñado del mercado, el corolario de la Ley Bosman, así denominada por aquel modesto futbolista del Lieja que tras casi un lustro litigando con la UEFA ha hecho archimillonarias a tantas estrellas del balompié para acabar sus días subsistiendo en comedores sociales. Lo cual no deja de ser un sarcasmo.
A partir de esa revolucionaria sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea, que dio luz verde a la circulación de los jugadores comunitarios, el fútbol definitivamente dejó de ser un deporte para transformarse en un negocio...
Corría el otoño de 1970 y Pelu, nuestra entrañable niñera —y acérrima seguidora merengue—, estaba a punto de cumplir noventa años.
Por eso, mi padre, aunque no era aficionado al fútbol, le pidió a su viejo amigo Gregorio Paunero —a la sazón directivo del Real Madrid y con quien tenía en común, entre otras cosas, ser ambos inspectores de Hacienda y padres de familia numerosa—, una fotografía de la plantilla del equipo blanco para obsequiársela a nuestra nonagenaria tata por su aniversario.
En la foto —que Pelu conservó como oro en paño en un marco repujado de alpaca hasta el fin de sus días—, junto a sus rúbricas y una afectuosa dedicatoria, figuraban además de algunos jugadores blancos difuminados en las brumas de la memoria, como Manolín Bueno, Fleitas, Planelles, Espíldora o Babiloni, los legendarios Amancio, Pirri, Velázquez, Grosso, Zoco... integrantes del mítico Madrid "ye-yé" que el 11 de Mayo de 1966 se proclamó campeón de Europa, por sexta vez, en una memorable final disputada en el estadio Heysel de Bruselas frente al Partizán de Belgrado —mi bautismo de fuego como madridista, apenas una semana antes de hacer la Primera Comunión—, tras haber doblegado contra todo pronóstico en unas reñidas semifinales al gran favorito de la competición aquella temporada, el poderoso Inter de Milán del "Mago" Helenio Herrera que contaba en sus filas con Giacinto Facchetti, Sandro Mazzola y nuestro único Balón de Oro, el gallego Luis Suárez.
Procedente de su Asturias natal, Pelu llegó a Madrid poco antes de estallar la Guerra Civil a servir en casa de mis abuelos maternos que residían en el número 13 de calle Lagasca, pero al fallecer los dos, no tuvo más remedio que abandonar la vivienda.
Fue entonces cuando mis padres —de quienes durante su noviazgo ella ofició de carabina en sus paseos por el Retiro—, le propusieron cuidar de todos nosotros, convirtiéndose al cabo de los años en una más de la "tribu". Tan es así que un día en el colegio el profesor nos mandó hacer un dibujo de nuestra familia y yo la incluí, sin titubear, con su moño y su sempiterno delantal, junto a mis padres y mis diez hermanos.
Nada más venir uno al mundo, mi madre contrajo la hepatitis y para no contagiarme estuve a todas horas en sus brazos de modo que entre los dos se estableció un vínculo aún más estrecho —si cabe— que con el resto de mis hermanos. Además, mi padre vivía absorbido por la política y tenía diversos compromisos que le obligaban tanto a él como a mi madre a estar continuamente fuera de casa, así que durante mi niñez pasé mucho rato a su lado.
Fue ella quien, pacientemente, antes de pisar el colegio, me enseñó los colores, los números y el abecedario; a sumar y restar; a leer y escribir, ayudándome a apiñar los dedos en un lápiz para trazar en un cuaderno de caligrafía las primeras letras de mi vida y, como si quisiera seguir guiándome por el buen camino, me inoculó también el veneno del club de sus amores: el Real Madrid.
Decía Bertrand Russell que la felicidad es lo que siente un gato al acurrucarse junto al fuego de la chimenea. Y así me hallaba yo en el pequeño y cálido cuarto de Pelu en compañía del murmullo de su inseparable transistor "Vanguard", tendido en la moqueta, jugando a los soldaditos o pegando cromos en el álbum de la liga, mientras ella, sentada en una butaca, junto a una caja de hojalata que contenía un acerico erizado de alfileres, hilos de colores, dedales y tijeras, zurcía unas rodilleras o sacaba lustre a los zapatos de toda la casa.
En sus ratos de ocio, Pelu se leía de cabo a rabo la revista mensual "Real Madrid", cuyos ejemplares coleccionaba, con mimo y por orden, apilados en una estantería. Y también escuchaba atentamente, aguzando el oído, los programas deportivos, especialmente los análisis juiciosos de Pedro Escartín que antes de ejercer el periodismo en Radio España fue todo lo que se puede ser en el mundo del futbol: jugador, árbitro y seleccionador nacional.
Los domingos, al terminar "El Virginiano", la serie de vaqueros que nos congregaba a todos en el cuarto de estar durante la sobremesa frente a la televisión y por cuyo apuesto protagonista,"Trampas", encarnado por Doug McCloure, suspiraban mis hermanas mayores, yo me dirigía apresuradamente al cuarto de Pelu donde, con la puerta cerrada, aislados de la cacofonía y el guirigay propios de una familia numerosa: los teléfonos repicando incesantemente, el timbre estridente de la puerta de servicio, el centrifugado de la lavadora, el campanilleo de los platos en la cocina, las baladas de Adamo sonando en un tocadiscos de vinilo, las ruedas de unos patines deslizándose por el pasillo, los agudos acordes de una armónica, el zumbido de un secador de pelo, las visitas...escuchábamos con el alma en vilo "Carrusel Deportivo", el programa de radio dirigido por Vicente Marco y animado por Juan de Toro que, entre anuncios de "Sidra el Gaitero" y "Anís de la Asturiana", seguía en vivo el marcador de la jornada.
Solo respirábamos aliviados cuando, precedida por unos inconfundibles pitidos en código morse, irrumpía en las ondas la voz vibrante de Pepe Bermejo cantando desde el Bernabéu:
—¡Goool del Real Madrid!
Nos agarrábamos al Madrid como a un clavo ardiendo porque nunca nos fallaba. O casi... Cuando perdía, era como si nuestra vida no tuviera sentido.
Lo dijo Bill Shankly, el carismático entrenador del Liverpool: "El fútbol no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más que eso".
Durante la cena permanecíamos en silencio, sin probar bocado, y luego Pelu, tras dejar la servilleta de tela sobre la mesa de la cocina, se ponía en pie cabizbaja, me daba las buenas noches y desaparecía entre las sombras del pasillo.
Por la mañana ella aún se mostraba apesadumbrada al prepararme el bocadillo de jamón de york con mantequilla que yo llevaba al colegio envuelto en papel de estraza y del que daba cuenta en el recreo sin dejar de intercambiar cromos con mis compañeros.
Cuando los mayores jugaban en el campo de fútbol, desde el ventanal de clase se me iban los ojos tras el cuero mientras el profesor de matemáticas garrapateaba con una tiza la pizarra de ecuaciones o quebrados hasta que al volverse me sorprendía distraído.
—¡Espinosa, estás en las musarañas!
Si sacaba malas notas, que era casi siempre, mi padre no sólo me leía la cartilla a mí, también la pobre Pelu recibía otra reprimenda colateralmente por llenarme la cabeza de pajaritos con el "dichoso" fútbol.
Aunque, como quien comparte una adicción prohibida, los dos nos las ingeniábamos para escuchar los partidos clandestinamente en su transistor en cualquier rincón de la casa y luego ella, a hurtadillas, me compraba con sus ahorros, que guardaba en una hucha de barro, los cromos del álbum de la liga en el kiosco de la esquina.
¿Qué sería de los niños sin la desobediencia?, se preguntaba Jean Cocteau.
Mientras yo recitaba la alineación del Madrid de carrerilla, ella me escuchaba con orgullo, como si fuera su discípulo aventajado.
—¡Qué memoria! —exclamaba mientras me acariciaba la mejilla.
—Si la empleara para estudiar... —rezongaba mi madre.
A la hora de la merienda, los lunes, en la cocina, Pelu comentaba las incidencias de la jornada de liga con el portero, cuando subía la correspondencia, o con el chófer de mi padre, que eran del "Atleti".
- El Madrid es el equipo del Gobierno —le chinchaban mientras yo removía con una cuchara los grumos del Cola Cao balanceando las piernas en un taburete.
—¡Rabia es lo que les da! —contestaba ella a la vez que mojaba una galleta en su tazón de café con leche espumoso y humeante. Y luego, añadía respondona—: Ya lo dice D. Santiago: "Si la envidia fuera agua, los pantanos se desbordarían...".
A Bernabéu, por quien ella sentía un respeto reverencial, siempre le llamaba D. Santiago y lo escuchaba como si hablase el Oráculo.
Cuando Pelu rememoraba las cinco Copas de Europa consecutivas conquistadas por el Real Madrid en los años cincuenta y blasonaba de aquella delantera de ensueño: Di Stefano, Puskas, Kopa, Rial y Gento, le decían socarronamente:
—No le cuente batallitas al niño. Que no se vive de recuerdos...
Entonces ella se revolvía en su asiento y reivindicaba el linaje del Real Madrid:
—Nosotros hemos comido caliente. No como otros, que tienen hambre atrasada...
Una crónica del prestigioso diario inglés "The Times" afirmó por aquel entonces que el Real Madrid arrasaba el viejo continente como otrora lo hicieron los vikingos en Europa. Y ella lo repetía ufana.
Pelu y yo, los miércoles por la tarde, nos sentábamos expectantes frente a la televisión a ver la retransmisión de los partidos de Copa de Europa que arrancaban tras el solemne preludio del Te Deum del compositor barroco Marc-Antoine Charpentier —la célebre sintonía de Eurovision— y tan magistralmente narraba Matías Prats, con su verbo fluido y rimbombante, sazonado de jugosas anécdotas, haciendo alarde de su memoria de elefante y su enciclopédica erudición.
Aquel fútbol en blanco y negro —ay— tan injustamente desdeñado hoy por los nuevos ricos del balompié, como si Eusebio, Kubala, Bobby Charlton, Beckenbauer o George Best no tuvieran cabida en el Olimpo de los dioses del deporte rey.
Cuando durante el crudo invierno, el Madrid jugaba en cualquier capital del Este: Moscú, Varsovia, Praga, Sofía, Budapest...soportando gélidas temperaturas o bajo copiosas nevadas, pertrechado con guantes y medias de color negro, aunque Pelu era soltera y no tuvo hijos, con instinto maternal sufría por sus jugadores y si a alguno de ellos le daban una patada alevosa, hacía una mueca de dolor como si se la hubiesen propinado a ella en la espinilla.
Y le brillaban los ojos cuando el Madrid visitaba Austria, Francia, Bélgica, Suiza o Alemania al contemplar en las gradas una colonia de emigrantes entusiastas jaleándolo con sus pancartas, bufandas y banderas blancas.
De aquel tiempo data la primera bronca sonada de Bernabéu que alguien acuñó años después como la "santiaguina". Fue un 14 de noviembre de 1956 cuando el presidente blanco hecho un basilisco bajó al vestuario del campo del Rapid de Viena —situado a escasos metros de la gigantesca noria de El Prater en la que transcurre la antológica secuencia que inmortalizaron Orson Welles y Joseph Cotten en "El tercer hombre"—, y reprendió a sus jugadores por no echar el resto.
—¡Mujerzuelas! ¿No os da vergüenza? Los trabajadores españoles que hay en las gradas han hecho un gran sacrificio para venir a veros...
Ni que decir tiene que su rapapolvo surtió efecto.
Ciertamente, la visión de Bernabéu sobre los seres humanos difería bastante de la del malvado Harry Lime que desde lo alto de la cabina de la noria contemplaba a los viandantes como si fuesen insignificantes "puntitos negros".
Cuando en las postrimerías de los partidos, el equipo rival lanzaba un córner o una falta peligrosa, mientras yo me mordía las uñas, Pelu, hecha un flan, se aferraba al rosario musitando su jaculatoria más recurrente: Ave María Purísima.
El fútbol lo vivía como una religión laica y aunque a veces sus plegarias no eran atendidas, inasequible al desaliento, tenía siempre fe en la victoria por cuesta arriba que se pusiera el partido, como si la frase de Hemingway —"podrás ser vencido pero nunca te des por vencido"— resumiese a la perfección la idiosincrasia del Real Madrid en el que ella creía a pies juntillas.
Pero el tiempo pasaba y Pelu comenzó a mostrar síntomas de vejez: se le iba la cabeza, estaba cada vez más sorda y achacosa, le flaqueaban las piernas y necesitó usar bastón.
Un día, tras depositar contrariada la lupa sobre su mesilla de noche me pidió que le leyera el artículo de Gilera en el ABC. Y desde entonces se instituyó entre los dos esa costumbre cada tarde cuando regresaba del colegio.
Justo antes de cumplir noventa y cuatro años, Pelu cayó enferma y un sacerdote vino a casa a darle la extremaunción.
Por aquellas fechas, transcurría el frío invierno de 1974, el Real Madrid recibía la visita del Barcelona en el Bernabéu y aunque le acechaba la muerte, ella lo tenía presente.
Gregorio Paunero entonces le ofreció gentilmente a mi padre dos entradas en el palco. Pese a que el partido lo retransmitían por televisión, mi progenitor me propuso que fuese al campo con algún amigo para distraerme y yo invité a un compañero del colegio.
El Barça llegaba a la capital líder en la clasificación, con la vitola de favorito, entrenado por Rinus Michels, descubridor del llamado "fútbol total" y con un jugador que causaba sensación: Johan Cruyff; el Madrid, por el contrario, estaba haciendo una pésima campaña, alejado de los puestos de cabeza y poco antes de Navidad había cesado tras trece años en el banquillo a Miguel Muñoz, reemplazándolo por Luis Molowny.
Aunque Pelu a veces deliraba, antes de salir de casa, pasé por su habitación para despedirme. Cuando le dije que iba al Bernabéu, dio un respingo en la cama y tras mirarme fijamente a los ojos, me tendió su mano huesuda y exánime, como si me entregara el testigo de su madridismo y con un hilo de voz me deseó suerte.
El partido comenzaba a las ocho de la tarde. Descendí con mi amigo caminando por la calle Concha Espina en medio de una riada de aficionados provistos de banderas mientras a nuestro lado desfilaban los vehículos tocando festivamente la bocina.
Al llegar a la Plaza de los Sagrados Corazones, los guardias de tráfico, con sus porras y cascos blancos soplaban sin tregua sus chirriantes silbatos haciendo aspavientos para que fluyera el atasco. Los "grises" embridaban sus caballos que corcoveaban sobre el asfalto al tiempo que los reventas se desprendían subrepticiamente de sus últimas localidades a precios exorbitantes.
En el palco se palpaba la tensión mientras por la megafonía del estadio anunciaban las alineaciones. Allí estaban los dos presidentes, juntos pero sin mediar palabra: Santiago Bernabéu y Agustín Montal, a los que en medio del aroma de los puros, yo miraba de soslayo.
Entre otras personalidades y directivos —Raimundo Saporta, Luis de Carlos, Muñoz Lusarreta... — distinguí a unos asientos de mi localidad a Gregorio Paunero, alto y risueño, que al verme, me guiñó el ojo.
Cuando saltaron al césped iluminado los jugadores blancos fueron recibidos con una estruendosa ovación y los azulgranas con una sonora pitada.
Pronto se vio que el Madrid no tenía su noche. A la media hora de juego, tras una diana del astro holandés, el Barcelona ya vencía 0-2.
A mi lado vi pasar a dos miembros de la Cruz Roja transportando tendido en una camilla a un hincha al que le había dado un vahído.
Durante el descanso, en las gradas se oía un runrún de preocupación aunque nada hacía presagiar que a falta de veinte minutos para que concluyera el choque, el marcador electrónico señalaría un inapelable 0-5.
Junto al sonrojante resultado, como si de una broma cruel del destino se tratara, apareció el reclamo publicitario de un popular brandy: "Es oportuno tomarse un 501.¡Qué calorcillo!"
Ni la mística del Bernabéu pudo arreglar el desaguisado.
Muchos aficionados, en medio de un denso silencio, abandonaron el campo antes de que acabara el partido y algunos socios furiosos increparon a Bernabéu desde la tribuna o al pasar a su lado, mientras Agustín Montal envuelto en las volutas de humo de su veguero esbozaba una sonrisa taimada.
—Si lo viera Pelu... —me dije para mis adentros, experimentando una extraña sensación de orfandad, como si hubiera perdido mi talismán.
Al pitar el colegiado Orrantia el final del partido, con el público ya puesto en pie, al tiempo que sonaba el himno del Madrid, volví a cruzar mi mirada con la de Gregorio Paunero que enfundado en su abrigo, con el sombrero en la mano y cara de circunstancias, se encogió de hombros como diciendo:
—Qué le vamos a hacer...
Al salir del estadio, la gente se dispersó en silencio igual que en un funeral.
Mi amigo y yo emprendimos nuestro particular víacrucis por la empinada calle Concha Espina, meditabundos, sin articular palabra, con las manos metidas en los bolsillos de nuestras trencas y tiritando de frío.
—¿Cómo contarle tamaña debacle a Pelu y los insultos que profirieron a su idolatrado Bernabéu? —me preguntaba compungido.
Del mismo modo que en la oscarizada película de Roberto Benigni, "La vida es bella", su protagonista, Guido, se inventa una realidad paralela para evitar el sufrimiento de su hijo Giosuè; o en el célebre cuento de Julio Cortazar "Queremos tanto a Glenda", un club de cinéfilos, fans de Glenda Garson —trasunto de la actriz británica Glenda Jackson—, deciden modificar algunas escenas de su filmografía por considerar que no están a la altura de su talento, yo rumié la posibilidad de alterar el resultado del encuentro, al creer que Pelu no se merecía marcharse de este mundo llevándose semejante berrinche y contarle, por ejemplo, que el Madrid había perdido por la mínima o que el duelo había terminado en tablas, incluso, ir aún más lejos invirtiendo el resultado del clásico y decirle que fue el Madrid quien derrotó 5-0 al Barcelona -una verdad a medias, al fin y al cabo- si bien me parecía excesivo y además requería de la complicidad de toda la familia.
Pero nada de eso fue necesario porque al llegar a casa la luz de su cuarto estaba apagada...
Pelu ya nunca más recuperó la plena consciencia. Tuvo, eso sí, algún rapto de lucidez pero no preguntó jamás por aquel Real Madrid-Barcelona de infausta memoria que se borró de su mente como tantos otros recuerdos, incluido su nombre. El resto de sus días, que ya fueron pocos, vivió sumida en una nebulosa ocupándose sólo en dar de comer migas de pan a los gorriones en el alféizar de la ventana, acaso su única forma de sentirse útil a alguien.
Más de una vez, viendo un partido de fútbol junto a ella, si el Madrid, con su inmaculado uniforme blanco, batía la portería del conjunto rival, señalaba exultante la pantalla de televisión con el dedo, creyendo que yo era el autor del gol, como si aflorara su sueño secreto y dormido...
Hasta que la llama de su vida se extinguió definitivamente, dejándonos a todos un gran vacío.
A raíz de aquella abultada derrota del Real Madrid, convertida en una efeméride para los culés, el diario catalán "Tele- Express" publicó una esquela que rezaba asi:
"Requiescat in pacem el Real Madrid que en la noche del 17 de Febrero de 1974 fue Sotilmente Asensinado y Marcialmente Cruyfficado por Juan Carlos", aludiendo a los jugadores blaugranas que profanaron el templo de Chamartín aquella noche luctuosa para el equipo blanco.
Pero el Madrid resucitó... Y continuó agrandando su colosal leyenda aunque la pobre Pelu ya no lo vio.
Otra pléyade de estrellas y otros deslumbrantes equipos escribieron con letras de oro las páginas más gloriosas del club blanco que todavía hoy sigue siendo el más laureado de la historia. Aunque también creció paralelamente otra leyenda —la negra—, que persigue como una sombra alargada y siniestra a los campeones.
Lo dijo el novelista mejicano Carlos fuentes: "La envidia es el fruto amargo de la gloria".
Cuando Santiago Bernabéu murió el 2 de junio de 1978, coincidiendo con el Mundial de Argentina, su viuda, Maria Valenciano, se quedó en una situación tan precaria que la junta directiva se reunió para ofrecerle ayuda económica, proponiéndole utilizar el Seat 1500 del que disponía Bernabéu para sus desplazamientos pero doña María —ese fue el expreso deseo de su esposo— declinó el ofrecimiento.
Tal vez el secreto del éxito —sin precedentes en la historia del fútbol mundial— de ese hombre visionario, que oía crecer la hierba, honrado a carta cabal, radicó en que al no tener descendencia supo dirigir el club como una gran familia, con una perfecta aleación de afecto y autoridad, tratando a sus empleados, desde el utillero a la más rutilante de sus estrellas como si fueran sus hijos.
De su dimensión humana da fe la anécdota que un día nos contó en casa Gregorio Paunero que colaboró con el estrechamente desde los años cincuenta al entrar en el club para asesorar fiscalmente a la plantilla.
Bernabéu tenía la costumbre cuando un jugador terminaba su etapa en la Casa Blanca de darle una gratificación. Aquella temporada, tras cinco años abandonaba el club José Luis Peinado, un centrocampista versátil nacido en Tetuán que dio un excelente resultado, llegando incluso a ser internacional.
Bernabéu sabía que su padre vivía humildemente en el Pozo del Tío Raimundo.
El día que José Luis Peinado recibió el finiquito, Bernabéu le comunicó que lamentablemente no podía ofrecerle nada más pero cuando el jugador se retiraba decepcionado, le entregó la escritura de propiedad de un piso para su padre. Entonces José Luis Peinado, con los ojos arrasados en lágrimas, se fundió en un abrazo con Bernabéu que tampoco pudo contener la emoción.
Para que luego algún necio diga que el Real Madrid es un club sin valores.
A la muerte de Bernabéu —tras la renuncia de Raimundo Saporta—, Gregorio Paunero sonó insistentemente en los mentideros deportivos como su sucesor en la Casa Blanca pero cuando ya era el presidente "in pectore", algunos socios animaron a Luis de Carlos a presentarse a las elecciones. Entonces Paunero se negó a enfrentarse en unos comicios a su amigo y acabó integrándose en su junta directiva en calidad de vicepresidente económico.
Cuando Gregorio Paunero falleció en enero de 2017, a los cien años de edad, tras haber recibido la insignia de oro y brillantes del Club de manos de Florentino Pérez, en el Bernabéu se guardó un respetuoso minuto de silencio por su alma, con Zidane y el resto de los jugadores puestos en pie e inmóviles sobre el césped.
Y mientras en mitad de la noche estrellada, como si se hubiera detenido el tiempo, se escuchaban a modo de homenaje póstumo los acordes de la banda sonora original de la película de Sergio Leone "Hasta que llegó su hora", compuesta por Ennio Morricone, me retrotraje por unos instantes a mi infancia:
El álbum de cromos de la liga; los domingos por la tarde escuchando "Carrusel Deportivo" en el transistor "Vanguard"; y, cómo no, aquella fotografía dedicada por la plantilla del Real Madrid a Pelu con ocasión de su noventa cumpleaños... hasta que el Bernabéu rugió como un león devolviéndome abruptamente al presente.
Parafraseando a Ramón Gómez de la Serna, si esa fría noche de invierno hubieran anunciado por los altavoces del estadio que se había perdido un niño probablemente ese niño sería yo.
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A finales de 1994, un compañero de clase, Alfonso, y yo solíamos esperar el autobús. Alfonso era un chico moreno de cejas pobladas, siempre impecablemente vestido con camisa y zapatos. Por otro lado, yo iba casi siempre en camiseta y con el pelo muy corto, con un estilo más informal.
Siempre solíamos hablar de fútbol. Era un tema de conversación ineludible, y nosotros no éramos la excepción. Hacía apenas unos días, un chico de la cantera del Real Madrid había debutado con el primer equipo. Su nombre era Raúl González Blanco, y su aparición había generado expectativas y comentarios entre los aficionados merengues y la prensa deportiva nacional.
Justo una semana, ese chavalillo desgarbado que apenas superaba el 1,75, hacía su primer gol en primera división en una contra dirigida por el fantasista danés Michael Laudrup, mientras que Iván Zamorano dibujaba un desmarque que se llevaba al central y dejaba solo al canterano. Al primer toque la puso en la escuadra justo al entrar en el área grande. Poco antes había realizado un centro por la banda izquierda que el cazagoles chileno, don Iván Zamorano, remató al fondo de las mallas.
El lunes después de ese fin de semana, Alfonso y yo nos encontramos en la explanada como de costumbre. Era mediodía y el sol brillaba intensamente en el cielo azul, haciendo que la temperatura fuera bastante agradable. Nos sentamos en un banco, esperando el autobús, mientras compartíamos nuestras impresiones acerca del joven futbolista.
"¿Has visto al chaval de la cantera del Real Madrid?”, le pregunté a Alfonso.
"Sí, he oído hablar de él. Parece que tiene talento, pero solo el tiempo dirá si será un buen jugador", respondió Alfonso, mostrando cierto escepticismo.
A pesar de su juventud y falta de experiencia, vi algo especial en Raúl y no pude evitar emocionarme. "Yo creo que va a ser uno de los mejores de la historia del Real Madrid", le dije a Alfonso con convicción.
A pesar de su juventud y falta de experiencia, vi algo especial en Raúl y no pude evitar emocionarme. "Yo creo que va a ser uno de los mejores de la historia del Real Madrid"
Alfonso se echó a reír y me miró con incredulidad. “Estás chalao’, tío. Ha sido un buen debut, pero todavía tiene mucho que demostrar”, contestó.
Después de aquella conversación en 1994, Alfonso y yo seguimos siendo compañeros de clase, pero no llegamos a desarrollar una amistad muy profunda. Aun así, nuestras vidas continuaron y ambos seguimos nuestras propias trayectorias. Yo fui más amigo de su hermano, Nacho, más del rollo informal y más afín musicalmente…
Con el paso de los años, Raúl González Blanco se fue consolidando como un símbolo del Real Madrid y como uno de los jugadores más destacados de la historia del fútbol español.
Aunque nuestras vidas tomaron rumbos distintos, siempre recordaré aquel momento frente a la explanada donde se celebra en días como hoy la Feria de Sevilla. Por un instante, nuestros destinos se cruzaron brevemente en torno a una predicción sobre el futuro de un joven futbolista.
El tiempo pasó y, a pesar de no haber vuelto a hablar de aquel episodio, estoy seguro de que Alfonso también recordará aquella conversación. Tal vez, al ver el éxito de Raúl en el campo y su legado en el Real Madrid, Alfonso haya pensado alguna vez en aquel día y en mi predicción.
La vida está llena de momentos fugaces y encuentros que nos marcan de diferentes maneras. Aquella charla en la explanada fue uno de esos momentos, y aunque no fuimos grandes amigos, aquel recuerdo siempre será parte de nuestras historias individuales y de la pasión que compartimos por el fútbol.
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Buenos días, amigos. Ya sabéis que en el portanálisis no discriminamos el análisis de contenidos periodísticos que no sean propiamente portadas, de igual modo que no discriminamos a nadie ni odiamos a nadie, ni siquiera a aquellos para quien el propio odio (en este caso el odio al Real Madrid) es tan cegador que les impide ver la extrema gravedad de lo que se está viviendo en el caso BarçaGate. Motivo este último por el que no vedamos la aparición en esta sección de Rubén Uría, periodista cuya legendaria tirria por lo blanco, procedente de su corazón colchonero, se ve últimamente sazonada por sus relaciones con el universo blaugrana, muy en particular por su filiación con el prestigioso diario Sport de Barcelona.
Uría ha descargado toda esta serie de complejos y servidumbres comerciales en un artículo publicado en Goal llamado “Negreira League”. En dicho texto, el autor ventea una serie de denuestos antimadridistas, mezclados de manera chocante con la realidad de lo que ya se sabe constituye el BarçaGate, componiendo un residuo metabólico suelto, deslavazado, sin cohesión de significado ni significado racional.
Uría ha descargado toda esta serie de complejos y servidumbres comerciales en un artículo publicado en Goal llamado “Negreira League”
En su artículo, Uría amasa el sobrante de una digestión pesada para intentar trasmitir a su público —amante de sobrantes de digestiones pesadas— que la Negreira League no es más que un recurso del madridismo que justifica toda clase de lo que él entiende por tropelías cometidas por el Madrid, mezclándolo todo en un amasijo que viene a constituir un involuntario tratado de cierta psique atlética filoculé que no puede soportar que el perpetrador del mayor fraude de la historia del fútbol mundial no haya sido su aborrecido Real Madrid, sino precisamente el máximo rival del propio Real Madrid.
Rubén evacúa: “Es el comodín perfecto, la dosis diaria de pienso que nos suministra un periodismo que trabaja de rodillas para evangelizar a las ovejas del rebaño”. Entendemos que la frase hace referencia a los pagos del Barça a periodistas de su cuerda, no a la publicación de partes del sumario que demuestran —entre otras muchas cosas— el pago continuado del Barça al vicepresidente de los árbitros durante décadas, porque se trata de un hecho demostrado. Se da la casualidad de que además es el propio Uría, que habla de trabajar de rodillas, quien aparece casi en tal postura en su foto de perfil de Twitter. El subconsciente, o inconsciente, a veces juega malas pasadas.
No sabemos si será casualidad o no que Rubén afirme esto el mismo día que se conoce que el hijo de Negreira ( a sueldo del Barça como el padre) hacía informes sobre “el nivel de los árbitros para su futura promoción o descenso”. Es literalmente parte del sumario.
La frase estrella de la deposición de Uría es: “Se usa un acto inmoral, pagar a un vicepresidente del CTA, como coartada y base para anestesiar a la masa, justificar todo y salir ileso siempre”. Vamos a ver, Rubén, pagar millones de euros durante lustros al juez de una competición no es solo inmoral —afortunadamente hasta tú comprendes que es así—, sino también ilegal, y de una gravedad que ni 17 años de artículos como este puede minimizar un ápice, como a ti te gustaría que se minimizara para que todo siguiera igual después de saberse lo que se sabe, que es lo que tú quieres. Ya está demostrado el pago mediante documentos de Hacienda, por lo tanto ya está demostrado el delito, con independencia de que el delito conlleve o no sanción, entre otras cosas porque Albert Soler ha compaginado en periodos alternos la perpetración del delito, el pago a Negreira, con la redacción de las leyes que dictaminan la prescripción o castigo de ese mismo delito. ¿Lo entiendes o estás demasiado ocupado anestesiando a la masa?
Pero no es que digamos nosotros que no solo es inmoral sino también ilegal apoquinar al vicepresidente del CTA, sino que la Fiscalía concluyó que el Barcelona pagó a Negreira para que le favoreciera en los arbitrajes y acusó al club de corrupción continuada en el ámbito deportivo, administración desleal y falsedad para los expresidentes Bartomeu y Rosell. ¿Ese día leíste la prensa, Rubén, o estabas también de rodillas?
Pagar al vicepresidente del CTA no solo es inmoral, sino ilegal. La Fiscalía concluyó que el Barcelona pagó a Negreira para que le favoreciera en los arbitrajes y acusó al club de corrupción continuada en el ámbito deportivo, administración desleal y falsedad para los expresidentes Bartomeu y Rosell. ¿Ese día leíste la prensa, Rubén, o estabas también de rodillas?
Uría sigue descendiendo por su particular tobogán intestinal: “Champions limpias, ligas manchadas. Así funciona la ‘Negreira League’”. Más allá de que la expresión mezclar churras con merinas se inventó para Rubén, no es cierto lo que escribe, existen también sospechas de que algunas Champions no fueran limpias —recordemos por ejemplo a Ovrebo— en virtud de la relación existente entre Barça, UNICEF, Şenes Erzik, Villar, etc. ¿De eso te has enterado, Rubén, o estabas con las ovejas?
Sigue Uría:
“Es la ‘Negreira League’. Real Madrid caballero del honor, Barça club corrupto”. Rubén, el Barça fue condenado penalmente como entidad en 2016 por cometer dos delitos fiscales en el caso Neymar. El Madrid no está condenado, de modo que llevas razón en tu afirmación.
“VAR teledirigido, árbitros a dedo. ‘Negreira League’”. Rubén, es un hecho que al frente del VAR se encuentra Clos Gómez, reconocido antimadridista con unas estadísticas (ver artículo de Javier Vázquez) que demuestran una anomalía contra el Madrid cuando menos sospechosa. Rubén, es un hecho que Roures es accionista del Barça y selecciona a dedo las imágenes que llegan al VAR, y que básicamente crea el relato que cunde entre los espectadores al tiempo que ejerce de socio y avalista de uno de los clubes en liza en la competición, cosa que por lo que se ve te parece estupenda.
“Ancelotti señor, Xavi llorón. ‘Negreira League’”. Exactamente. Nada que oponer, en este caso, a tu aseveración.
“Neymar provoca, Vini baila. 'Negreira League’”. Las churras con las merinas siguen presentes en todo su esplendor. Pero, Rubén, nos permitimos deducir que no merece condena por tu parte que un estadio entero entone cánticos racistas hacia Vini, que lo agredan físicamente partido sí, partido también (en Europa no sucede, pero sí en la Negreira League), que los neonazis del club que admiras cuelguen un muñeco con su figura de un puente, que… ¿hace falta seguir, te has puesto ya de pie o sigues arrodillado?
Nos despedimos diciendo: Negreira League, sí. Mientras no haya justicia deportiva y penal con el crimen cometido —crimen que, aunque a Uría le parezca una minucia, ha consistido en el robo de la inocencia de millones de espectadores durante lustros—, y mientras no se depure la Federación y el Comité, en cuya vicepresidencia sigue Laporta y entre cuyos dirigentes siguen los esbirros de Negreira (¿recordáis?: “Puedo ayudaros con el VAR”), mientras todo eso no cambie, decimos, esta será eterna e irremediablemente la Negreira League, por mucho que moleste a Uría.
Pasad un buen día. Os dejamos con las portadas.
Se lamentaba el otro día un amigo –madrileño y madridista– de lo corta que es la primavera en Madrid. No le falta razón, pues el clima de la capital describe el recorrido de un péndulo entre los dos extremos y pasa a toda velocidad por unas semanas mágicas en las que ofrece el espejismo de ser el lugar más bonito del mundo. Es el tiempo de la fragancia y de los vencejos, la perspectiva de los benditos puentes laborales encadenándose sobre el calendario. Son las semanas de la promesa de mayo que es, entre otras muchas cosas, el mes de Madrid y del Madrid.
Este año salimos de un invierno que, como tantos, ha tenido su sombra lúgubre, que en esta temporada habrá que considerar tan amenazante como reveladora. Ahora sabemos que la liga lleva décadas siendo una pantomima, un cruel insulto para quienes alguna vez se tomaron la molestia de helar sus riñones en los graderíos. Y en cierto modo el descubrimiento nos reconcilia con un espíritu hibernador que siempre ha acompañado a la ciudad y, por herencia, a nuestro club. El Madrid se despereza en primavera y por eso el cacareado valle pintusiano ha encontrado entre la afición tantas simpatías, pues vemos reflejado sobre la hierba lo mismo que nos grita el espejo: no somos los mismos mientras dura el invierno y lo que somos, lo que realmente queremos ser con todas nuestras fuerzas, sobre todo tras fiascos imprevistos como el de Girona, es el yo luminoso de la primavera.
¿Son los mismos los futbolistas que brillan en las rondas finales aquellos que languidecen en los campos del invierno? ¿Cuál de los dos carvajales es el auténtico? ¿Cuál de los benzemas? ¿Cuál de los valverdes? Sólo habrá que excluir de la cuenta las excepciones pletóricas de Courtois y de Vinicius, que se pasa el invierno sembrando flores sobre a pesar del acoso de los perros del hortelano. Pero ¿y si de pronto llega el tiempo luminoso y todos brillan a la vez? Quizás dure poco tiempo, pero ojalá ocurra en el momento justo, cuando todo importe.
Este es el deseo del destello de la primavera, que engancha con la mentalidad de un club construido desde hace tiempo para alcanzar la cota de las semifinales y, una vez ahí, que sea lo que tenga que ser. Sin embargo, no debe malinterpretarse esta ambición con el menosprecio hacia el empeño por el esfuerzo continuado. Triunfar en una competición que atraviesa estaciones con regularidad ferroviaria es un mérito admirable –siempre y cuando no hayas sobornado al revisor–, pero hay que admitir que las mejores historias se escriben ahora, cuando se acaba el dominio de la mediocridad y manda la belleza. Y en todo caso, la gran continuidad, la regularidad con mayúscula, no se escribe por semanas, sino por décadas, y en esa escala hace tiempo que el Madrid galopa solo, construyendo una historia que es la suma de muchos instantes portentosos, de muchos mayos inagotables.
¿Son los mismos los futbolistas que brillan en las rondas finales aquellos que languidecen en los campos del invierno? ¿Cuál de los dos carvajales es el auténtico? ¿Cuál de los benzemas? ¿Cuál de los valverdes?
El Real Madrid existe por y para este tiempo que se avecina, porque ambos se pertenecen y quienes vivimos contando los minutos hasta el próximo partido tenemos la fortuna de asistir al milagro cotidiano de un club con vocación universal que cada año guiña a su ciudad y le regala el sueño de una primavera que dure eternamente. Uno casi puede imaginar a los señores bigotudos de hace ciento veintiún inviernos paseando por campos que hoy son calles, rumiando qué podía esperarse de la inminente primavera y cayendo en la tentación de pretender mejorarla. ¿Qué más se le puede pedir a la primavera en Madrid? Sobre una pregunta parecida a esa debió de edificarse la idea de lo que rodando el tiempo se convirtió en el mejor club de fútbol del mundo durante el siglo pasado y en lo que llevamos de este.
Así que hágase un favor. Salvo que usted sea un desmemoriado o un cenizo, sonría primero al calendario y luego al espejo. Antes de que las nubes vuelen lejos llámese guapo –o guapa, según proceda– y hágalo con convencimiento. Dígase a la cara que el invierno ya pasó y que el verano habrá que ir a buscarlo, aunque aún se ciernan sobre nosotros las sombras oscuras de todos los gigantes noruegos, de todas las manos negreiras, de todos los mediocres y de todos los jeques del mundo. Y si el amor propio no le da para tanto, hágalo al menos por apego a las costumbres. Ya han sido suficientes veces como para querer creérselo.
Otra primavera que se nos hará corta, otro mayo que puede durar para siempre.
Nada podemos reprocharle al Real Madrid en cuanto entrega y deseo, aunque sí sea exigible mayor control y acierto en momentos decisivos. El partido fue duro, muy duro, porque éste es el sello de Obradovic cuando llega la hora de la verdad. Aún más si su equipo es más pequeño y quizás más rápido. El serbio planteó un encuentro en busca de las debilidades madridistas, mientras que la estrategia habitual de Mateo pronto se malograría por las tempranas faltas de Musa y Hezonja y la lesión de Tavares.
Un repaso estadístico y de jugadas cruciales desvela, para empezar, que el Real Madrid falló siete tiros libres. Demasiados en un encuentro a cara de perro, en el que las propias fuerzas han menguado, y, porque, además, también faltaba Poirier. Tampoco anduvo muy fino desde el triple, 7 acertados sobre 22 intentos. Mucho más certero se mostró el Partizán en ambas facetas. Anotó cuatro tiros libres más y un 50% en tiros triples, apartado en el que superó su promedio de lanzamientos de la temporada.
En cuanto a errores concretos, quizás, lo que más daño hizo al equipo blanco fueron las dos faltas adicionales, innecesarias, en las últimas jugadas que ayudaron a los serbios a culminar la remontada: un 2+1 y un 3+1. A ellas hay que añadir una falta señalada a Musa tras un triple del propio madridista por abrir las piernas después de su lanzamiento. Otros dos tiros libres de regalo porque la falta, bastante dudosa según las repeticiones de la realización, no fue señalada como ofensiva.
Demasiadas concesiones en un partido de choques constantes que se decidió por un triplazo en el último segundo de Punter, certero todo el encuentro
Digamos, para poner en antecedentes, que el Madrid tardó en encontrar estabilidad defensiva, y que Rudy fue fundamental en esta solución. Una vez lograda, las ventajas en el último cuarto se abrieron a favor madridista, aunque las malas lecturas o la falta de precisión impidieron el despegue definitivo. Sin ánimo de ser exhaustivo, un fallo en una bandeja de Musa en situación de dos contra uno, o dos palmeos sin oposición errados por Yabusele.
Demasiadas concesiones en un partido de choques constantes que se decidió por un triplazo en el último segundo de Punter, certero todo el encuentro. El Madrid había llevado la iniciativa en el último tramo, merced a la intensidad y a unos ajustes defensivos que se diluyeron en los últimos minutos. Aun así, daba la impresión de que el partido caería del lado español al que le pudo la pérdida de autocontrol, el exceso de ganas mal enfocado.
El margen de mejora para los partidos siguientes se encuentra en la estabilidad. No será fácil pues es una de las carencias más notables del equipo durante la temporada. Es cierto que la propia dinámica del baloncesto moderno, con la dureza defensiva que a veces soslayan los árbitros, y con la línea de tres puntos, abona alteraciones bruscas en el marcador. Pero eso no ha de ser impedimento para que determinada actitudes y despistes ofensivos y defensivos se corrijan en bien de la fluidez y la consistencia. Sin ir más lejos, hubo fases del encuentro en el que el equipo se coaguló en un ataque demasiado estático por insistir en jugar las ventajas en los desajustes defensivos contrarios, cuando Obradovic había previsto doblar la defensa o cerrarla casi como si estuvieran en zona.
Por lo demás, Deck, Yabusele y Rudy estuvieron sensacionales en esta faceta, y fue conmovedor el esfuerzo de Randolph, aún lejos de su mejor forma física. En general, los jugadores reaccionaron a un comienzo errático y a las embestidas del equipo serbio con rachas de buen juego y coraje. Remontaron mostrando convicción y sólo los pequeños desaciertos finales les privaron de una victoria que hubiera aclarado la eliminatoria. Ahora toca apretar los dientes y corregir errores.
Buenos días. Hoy es miércoles y eso, en clave madridista, significa un gran alivio porque ya no es martes, o al menos porque ya no es martes 25 de abril. Fue la de ayer una jornada oscura como pocas para el Real Madrid, tanto por la severa derrota en tierras gerundenses del equipo de fútbol como por la sufrida en el Wizink por el de baloncesto ante el Partizan. La primera, aunque dolorosa por la mala imagen general y los cuatro goles encajados, es poco trascendente al estar el campeonato local ya prácticamente decidido; la segunda puede pagarse muy cara en la Euroliga, sobre todo en combinación con la lesión de Tavares.
Martes negro.
Marca habla de “desconexión” y de un “Madrid apático”. La derrota fue más compleja que esa reducción a charla de barra de bar. La desconexión fue absoluta en defensa y eso arrastró al equipo, pero no nos parece que la actitud fuese inadecuada de forma generalizada ni desde el principio. Militao es sencillamente el mejor del mundo en su puesto, pero ayer tuvo una noche nefasta. Suele tenerlas de cuando en cuando, y es preferible que las tenga en Girona, con la Liga vista para sentencia, que en la final de Copa o frente al City. Lunin fue transparente ante los remates de los de Míchel, y seguramente no se le pueda culpar considerando que no juega nunca. Nacho y Rüdiger fueron igualmente superados. El edificio se resquebrajó por los cimientos hasta el punto de convertir en poco menos que Van Basten a un meritorio pero poco eximio delantero como Castellanos. Desde Lewandowski con el Dortmund, nadie le había metido cuatro goles al Madrid en un solo partido.
Sin embargo, nos sucede que para cuando llegamos a As, y observamos la misma dureza en el juicio que Marca, o aún peor, ya hemos superado la cuota del día de vitriolo sobre nuestro equipo sin que se admitan todos los atenuantes, que los hay y que llevan el nombre de Negreira. Negreira ya no está pero está, como sabe cualquiera que esté siguiendo el deleznable campeonato nacional. El arbitraje fue sibilino, en particular por la tradicional permisividad de la violencia nuestra de cada día contra Vinicius, y por eso nos irrita sobremanera que As despache la gran actuación individual del brasileño hablando de “sobredosis de jaleos”. ¿Por qué no mejor “sobredosis de hostias”, diario As? Que Vini podría tener más autocontrol es posible. Que el germen de su rebeldía contra el mundo reside en la impunidad de los continuos y durísimos mandobles que recibe es evidente, y ayer volvió a verse. Es un espectáculo dantesco la patente de corso que disfrutan los defensas ante Vini, todo ello en el enésimo contexto de insultos desde la grada y cantos racistas. Nada de esto le sucede al delantero madridista fuera del entorno de la Negreira League, que cada día que pasa da más asco.
¿No existe la posibilidad de irnos a jugar a otra parte?
A Mundo Deportivo hay que disculparle hoy un juego de palabras lamentable. Estamos para reír gracietas al culerío. En el supuesto de que existiera la palabra “fantátyco”, llevaría tilde en la segunda a por ser esdrújula, además, tal como lo acabamos de escribir. Gracietas de un culerío que se regodea con impudicia en la liga corrupta hasta las trancas que se dispone a ganar.
Ojalá todas las enmiendas a las portadas del día de hoy, y del resto de días del año, fueran ortográficas. ¿Qué decir del refocile sañudo con el que Sport celebra lo de ayer con un grito ronco? “¡Humillación!”, berrean, con sus exclamaciones y todo, los que se disponen a ganar la liga a lomos del negreirato, una liga más a lomos del negreirato con o sin Negreira. A todo esto, como también recoge Sport, Xavi dice que ganar este campeonato no será para el Barça la hostia “sino la rehostia”. Pasa un poco como lo de Vini, a quien no es que den hostias, como decíamos antes, sino rehostias, recontrahostias, supermegahostias, ultrasuperhostias, todo ello ante la mirada impasible de árbitros a sueldo final del cliente de Negreira, todo ello merced al combustible incesante del relato impuesto, según el cual es Vinicius el culpable, según el cual no existe el racismo si el negro es blanco. Según el cual, en definitiva, toda iniquidad operada sobre el Real Madrid es menos iniquidad, es iniquidad justa.
Pasad un buen día en medio del asco, si es que podéis.
Arbitró Javier Iglesias Villanueva del Comité gallego. En el VAR estuvo González González.
El pequeño de los hermanos Iglesias Villanueva dirigió el partido en Girona. A Ignacio, retirado hace unos años, ahora lo tenemos que aguantar en el VAR. De profesión, trepas. No puede explicarse desde otra perspectiva dada la calamidad que son con el silbato. España es el único país que promociona clanes familiares de trencillas como la espuma. Todavía recordamos con espanto a los Teixeira Vitienes.
En la primera mitad dejó barra libre sobre Vinicius. No pitó falta de Bueno en el 10' tras lambretta del brasileño ni siete minutos después con una dura entrada de Arnau al tobillo del fluminense. Para culminar el despropósito, el 20 del equipo merengue fue amonestado después de recibir una falta de Bueno por empujón. Vinicius protestó un pelotazo del defensa gironí y el colegiado desenfundó. Arnau, finalmente, vio también tarjeta en el 43' después de dar a Vinicius en la cara y en la pierna cuando se marchaba a la altura de la medular.
En la segunda mitad continuó con su tónica de pitar bastante poco y permitiendo mucho. Militao vio amarilla por una entrada a Taty en el 64' pero no Bueno por una planta fea a Kroos en el 92'. El despropósito como guinda fue añadir solo tres minutos.
Iglesias Villanueva, MAL.
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Lunin: 4. Transparente.
Carvajal: 5. No lo hizo excesivamente mal.
Militao: 3. Alguna vez tenía que jugar fatal.
Rüdiger: 5. No mantuvo el buen nivel de los últimos partidos.
Nacho: 5. Gris.
Kroos: 5,5. Mantuvo el tipo.
Modric: 5. Sin pena ni gloria.
Valverde: 5. Partido modesto.
Asensio: 6. Dio una asistencia.
Rodrygo: 5. Falló las que tuvo.
Vinícius: 7,5. Marcó y asistió en un mar de patadas y desprecios públicos.
Camavinga: 6,5. Jugó bien, pero ya no servía para nada.
Tchouaméni: 5. Plano y funcionarial.
Lucas Vázquez: 6. Jugó un rato y anotó un gol.
Ancelotti: 5. No tuvo excesiva responsabilidad en el resultado.
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Gracias a lo bien organizado que está el fútbol actual, el Madrid se ha visto obligado a jugar una nueva jornada de liga, una competición limpia y honesta —no hay más que ver el reciente Sevilla-Villarreal (vean el primer gol de los hispalenses)—, porque de no ser así y haberse comprobado, por ejemplo, que algún club hubiera pagado al colectivo arbitral o que se hubiesen realizado permutas de futbolistas que en otros países implican sanciones, alguna autoridad habría tomado las medidas oportunas, y como no ha sido así podemos colegir que la liga es intachable.
Además, también debido a lo bien organizado que está el fútbol actual, el Madrid se ha visto obligado a jugar este partido contra el Girona, una franquicia del Manchester City, próximo rival de los de Ancelotti en el partido de ida de la semifinal de la Champions. Es decir, podría haberse dado el caso de que alguna de las patadas del Girona hubieran tenido influencia en los intereses económicos y deportivos de su club matriz. Todo fantástico, ¿verdad?
Ancelotti dio descanso a Benzema, que no viajó aquejado de un golpe, Courtois se había caído del once por una gastroenteritis y Camavinga, el jugador más ilusionante del momento, comenzaba el partido desde el banquillo. Ahí era difícil que le pegaran o le amonestasen. Visto lo visto, bien podría haber alineado Carletto al Castilla, se habría evitado riesgos y ahorrado cansancio.
El partido comenzó como una cerilla prendiéndose, Vini se cambio el personaje con Modric y fue quien filtró para que el croata llegase a línea de fondo y centrase a Rodrygo, cuya definición de tacón a punto estuvo de suponer el 0-1.
El Madrid tocaba (bien) y los siguiente acercamientos fueron un centro chut de Nacho desde la izquierda y un disparo lejano de Valverde. En ambas ocasiones, Gazzaniga envió a córner.
Los de Ancelotti dominaban el inicio del encuentro con la autoridad con que una suegra domina al nuevo yerno en la comida de los domingos, pero el yerno se rebeló y la primera que tuvo el Girona la metió dentro. Castellanos remató de cabeza solo a poca distancia de Lunin.
El gol había llegado tras una falta no pitada al Vini cuando hacía una lambretta sobre la línea de fondo. El brasileño la reclamó y tuvo que soportar lo de siempre. Poco después Vinicius sufrió una entrada dura y peligrosa —pudo partirle el tobillo—, mínimo de amarilla, que Iglesias Villanueva solventó sin pitar ni falta y los comentaristas con el consabido "Vinícius se ha hecho daño".
A pesar de todo, Vini en el 22 se fue de todos los empadronados en Girona y su pase atrás lo envió Rodrygo a las nubes. Acto seguido, 2-0. Otra vez Castellanos, que se fue en velocidad de Militao. No estaba realizando su mejor partido el defensa madridista, que tampoco se mostró acertado en el primer gol.
Valverde respondió cuatro minutos más tarde con otro chut lejano, que sin embargo se marchó fuera.
Poco después, Tsygankov a punto estuvo de anotar el tercero aprovechando que Militao se lanzó a defender a Nacho en lugar de al atacante del Girona. La defensa blanca era la verbena de la Paloma. El Madrid dominaba pero quien mandaba era el Girona, que es lo mismo que le ocurre a un padre con su hija.
En esas andábamos cuando apareció Asensio, que se encuentra en un gran momento de forma, quien asistió al segundo palo para que Vini marcase de cabeza el 1-2. Décimo gol en liga de Jr. Minuto 33.
A Santi Bueno no le debió de agradar que Vini hubiera marcado, y nada más sacar de centro le dio un pelotazo cuando el brasileño se encontraba en el suelo tras haber sido derribado por (el esta vez no bueno de) Bueno. El lance concluyó según la jurisprudencia vigente: amarilla para Vini. La jurisprudencia también dice que los comentaristas de televisión han de obviar los menosprecios y afrentas que sufre Vinícius para responsabilizarle de todo lo que ocurra. Al Madrid le estaban pegando por todos lados, pero la atención mediática se centraba en intentar encontrar como fuese una segunda amarilla para el 20 blanco.
Al borde del descanso, Arnau volvió a arremeter contra Vini, por arriba y por abajo. Lo arrojó fuera del campo del empellón y por fin vio la amarilla, esta vez no pudo escamotearla el negreiro Iglesias Villanueva.
En el minuto 44 hizo acto de presencia una pelota no reglamentaria en el área del Madrid mientras se seguía disputando el partido. Probablemente fuese de aftersun Nivea, que como estaba lloviendo, no era necesario. De ese modo se llegó al descanso.
Poco antes de comenzar la segunda parte, Castellanos marcó el tercero del Girona y de su cuenta. 1-3. Seguía la particular verbena de la Paloma de la defensa blanca.
Los más destacados estaban siendo Castellanos por parte del Girona, Vinícius por el Madrid y Carlos Martínez por parte del Negreirato mediático.
Vini precisamente se revolvió tras ese tercer gol y creó otro par de oportunidades seguidas mientras Carlos Martínez seguía empeñado en que le expulsasen: "Vinícius está jugando con juego". ¿Se quemarán las manos de Medina Cantalejo en ese fuego?
En el minuto 51, Camavinga sustituyó a Nacho en el lateral izquierdo cuando arreciaba la lluvia sobre Montilivi. Pero lo que arreciaba de verdad eran los goles del Girona. En el 62 Castellanos marcó el cuarto. Póker. Hasta hoy llevaba 7 en liga.
Ancelotti volvió a mover el banquillo y dio entrada a Tchouaméni en lugar de Modric.
La segunda parte estaba siendo un despropósito. Cómo sería la cosa que salió a jugar (al fútbol) Mariano. También lo hizo Lucas Vázquez. Sustituyeron a Carvajal y Rodrygo.
Cuando todos habían dado el partido por concluido, algunos ya se estaban duchando, Vini siguió insistiendo y su empeño tuvo premio: asistencia a Lucas para que marcara el segundo. Un poco de maquillaje, sombra aquí, sombra allá, para terminar el partido. El MiniCity nos había sacado los colores.
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