Buenos días, amigos. Después de la noche del «Estos no saben lo que acaban de hacer» contra el Bayern y del fin de los fastos por la liga número 36, durante los cuales los chicos y la afición gozaron, Ancelotti ajustó la corbata a Güler y Florentino recordó que el Madrid consigue con sus victorias —cimentadas en sus valores y el juego limpio— ser el equipo más querido, comienza un compás de espera hasta la final de Champions durante el cual los madridistas sufriremos el síndrome de abstinencia de nuestra adicción favorita: el Real Madrid disputando competiciones interesantes, no descaradamente manipuladas, frente a equipos atractivos. Exactamente lo contrario de la liga de Tebas, una suerte de metadona cuya principal función, una vez ganada, es entrenar a los nuestros de cara a Wembley.
Lo confirman las portadas de As y Marca, aunque seguramente no fuese su intención denostar a nuestra liga, tan generosa siempre en el riego de los medios como Xavi en la aspersión de los céspedes. Menuda vida loca, loca, loca, con su loca realidad.
Para el equipo de Xavi también hay un hueco en los frontispicios madrileños, ayer recuperó —provisionalmente— la segunda plaza tras ganar a la Real, como estaba previsto. Los donostiarras vencen al Barça con la misma frecuencia que el cometa Halley pasa cerca de la Tierra, y solo lo hace cuando no le supone un perjuicio deportivo a los culés.
Recientemente, a los de la Real les sentó fatal que al Madrid le adelantasen el partido contra ellos (por primera vez en más de dos décadas) con motivo de la disputa de la Champions, sin embargo, ayer parecían regodearse en la derrota. Perdieron 2-0 un encuentro jugado horrendo, importante de cara a sus aspiraciones europeas, y al concluir su entrenador compareció junto al técnico rival bromeando, de risas, de cachondeo.
¿Qué mensaje lanza Imanol a su afición con esa actitud después de una derrota? Nosotros lo que observamos fue una genuflexión total de Alguacil ante Xavi y, por ende, ante el Barça, equipo que ha corrompido la competición durante décadas vía pagos al vicepresidente de los árbitros.
Compadreo con el corrupto y enfado con quien respeta las reglas. Bochornoso.
La prensa culé dedica sus primeras planas a Lamine Yamal, máximo responsable junto a la Real de la victoria de ayer y principal sostén de este Barça, recordemos que el brillante futbolista ya lleva la friolera de dos goles más que Güler. Como ya comentamos en La Galerna, si sigue así, el bueno de Lamine acabará en un grande.
De lo que no habla ninguno de los cuatro jinetes del apocalipsis es de que «Hacienda sospecha de la confusa y precipitada formalización del aval de Laporta de 2021», según informa El Triangle. El fisco ha abierto una investigación a fin de aclarar una operación financiera que pudo vulnerar la Ley del Deporte y los estatutos del Barça (ya se hacen trampas a ellos mismos), a pesar de que tanto la junta Gestora como la liga de Tebas se hicieron los suecos.
A estas alturas de la película, la verdad es que ya no nos causa sorpresa. Confiar en que Laporta siga los cauces reglamentarios y actúe con limpieza en los negocios es como invitar a una boda a Ortega Cano y pretender que no monte el espectáculo. Lo mismo se puede decir de Tebas respecto a que vele por el cumplimiento de la normativa de la asociación deportiva de carácter privado que preside.
No queremos concluir este portanálisis sin hacer un hueco a una noticia que hará especial ilusión a los antimadridistas: su programa favorito, Real Madrid Conecta, donde colabora nuestro editor Jesús Bengoechea y donde se emiten los vídeos de RMTV sobre los árbitros que tanto les gustan, ha sido galardonado por la Asociación de Profesionales de Radio y Televisión con la Antena de Plata por su apuesta por una comunicación innovadora y la promoción del deporte.
Una parte de este premio es vuestro, antis, sin vuestra promoción y difusión, aunque igualmente merecido, tal vez habría sido más difícil que Real Madrid Conecta lo ganara.
Nos despedimos recondándoos que esta noche a las 21:30 jugamos contra el Alavés en el Bernabéu. Más allá de la recepción en el Bernabéu al campeón de liga, para el Madrid deportivamente no es más, como ya hemos dicho, que un mero entrenamiento de cara a la final de Wembley, pero, debido a los valores a los que aludió el presidente en las celebraciones, competirá con profesionalidad por respeto al resto de participantes de la competición, como ya hizo frente al Granada.
Pasad un día estupendo.
Cursaba yo tercero de la antigua EGB en un humilde colegio de Vallecas, cuando irrumpieron en nuestras jóvenes vidas unos libros diferentes y novedosos que, al contrario que el resto de cuentos que habíamos tenido hasta entonces, con un único final ya escrito, ofrecían numerosos finales alternativos. Cómo llegar a uno u otro final dependía del propio lector que, en diferentes situaciones de la narración, se encontraba al término de la página con la opción de seguir la historia por un lado yendo a una página o, por otro, eligiendo otra distinta. “Si quieres entrar al oscuro túnel de la derecha, ve a la página 32. Si prefieres regresar a la superficie, continua en la página 70”. De este modo te obligaba el libro a elegir tu propia aventura en una colección con ese preciso nombre: “Elige tu propia aventura”.
Os aseguro que hicieron furor entre aquellos niños de mediados de los ochenta a los que, como ha sido mi caso, las letras empezaron a comerles cerebro y corazón. De hecho, más adelante, se convirtió en mi profesión. “Tú eres el protagonista de esta historia; elige entre 23 soluciones diferentes”, rezaban todas y cada una de las portadas de estos libros multiaventuras, tan solo cambiando la cifra de finales posibles, que iban desde los 19 en los libros más sencillos hasta más de 40 en los más gordos y complicados.
Títulos tan atractivos como “El misterio de Chimney Rock”, “El secreto de los ninja”, “El tesoro del galeón hundido”, “La guarida de los dragones” o “Conviértete en tiburón” se quedaron grabados a fuego en la memoria de una generación de niños españoles que crecíamos en una España nueva y sorprendente.
Aquellos libros de “Elige tu propia aventura” contenían en su novedoso formato narrativo un sinfín de valores ocultos, que despertaban en niños de apenas 8 o 9 años capacidades diferentes. Era la responsabilidad de elegir tu propio camino ante situaciones diversas, afrontar el riesgo en medio de una enorme incertidumbre y la madurez y aprendizaje que aporta la experiencia de la derrota para no repetir los mismos errores, ya que algunos de aquellos finales alternativos hacían que el libro acabara mal. No, no eran cuentos de hadas ni de flautistas de Hamelín que acababan siempre bien, sino que nos ponían en la posibilidad de que esa, nuestra aventura, no tuviera el final deseado, lo cual empezaba a atisbar en nuestra existencia las posibilidades de las derrotas que, antes o después, llegarían a nuestras vidas.
Eran los años 80 y la lectura ya despertaba en mí una gran afición. El fútbol y el Real Madrid era la gran otra. Nunca fui de los mejores en el patio del colegio, pero mi ansia por darle patadas a esa pelota en las horas de recreo se enardecía de cuando en cuando, marcada por el paso de las eliminatorias en aquellas dos gloriosas Copas de la UEFA ganadas a caballo entre los Juanito, Santillana y Camacho y esa joven generación de artistas contraculturales a los que apodaron La Quinta del Buitre. En esos tiempos aprendí una nueva palabra y su significado: Remontada.
Eran los años 80 y la lectura ya despertaba en mí una gran afición. El fútbol y el Real Madrid era la gran otra. En esos tiempos aprendí una nueva palabra y su significado: Remontada
Según la RAE, remontada es la “superación de un resultado o de una posición adversos”. Eso, según la RAE. Para un niño madrileño criado futbolísticamente de los pechos del Madrid de los 80, “remontada” supone mucho más que el significado de un vocablo. Remontada, en nuestro lenguaje, conlleva un sinfín de matices y recovecos que, como los buenos vinos, despiertan los sentidos y erizan la piel sin que los académicos de la RAE puedan catalogarlos: Remontada es para nosotros la épica del día a día, lo imposible como fin, lo abstracto siendo descifrado; una conjugación antagónica de fe y certeza, de esperanza y agonía, de Resurrección. La profundidad de esa mística palabra ya la conocemos, desde hace bastantes años, unas cuantas generaciones de madridistas mayores de 40 años.
De unos años a esta parte, diría yo que desde el minuto 93 del cabezazo de Ramos, esa épica dormida y añorada durante tal vez dos décadas ha salido de su sepulcro para instalarse de nuevo en nuestro desquiciado sentido de la razón: el de saber que todo es posible para el corazón que late bajo el amparo del escudo de un club de fútbol fundado en 1902: el del Real Madrid.
En estos años, meses y semanas, en los medios hay una inexplicabilidad de la situación. Periodistas, analistas, narradores y comentaristas han llegado al acuerdo común de que esta capacidad que está mostrando el Real Madrid para salir adelante, una y otra vez, de situaciones absolutamente imposibles es inexplicable. Lo cual no deja de ser gracioso. Sin embargo, discrepo. Sí tiene explicación y la voy poner negro sobre blanco. O mejor escrito, blanco sobre negro, que es como se escriben las remontadas de la Copa de Europa de nuestro Real Madrid.
Remontada es para nosotros la épica del día a día, lo imposible como fin, lo abstracto siendo descifrado; una conjugación antagónica de fe y certeza, de esperanza y agonía, de Resurrección
La primera explicación es que el presidente Florentino Pérez ha construido, desde su segunda venida en el año 2009, un superequipo. Quince años después, esa forma de construir un superequipo, lo ha convertido ya en método, de manera que, por muy brillante que fuera la estrella que se marcha, el equipo parece no sentirlo. Desde ese minuto 93 de Lisboa hasta hoy se han ido, échense a temblar, Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Gareth Bale, Karim Benzema. Xabi Alonso, Iker Casillas, Ángel Di María, Marcelo, Casemiro, Varane, Isco, Pepe o Arbeloa. Entre tantos otros. Desde entonces hasta ahora han llegado jugadores en muchos casos no tan conocidos o totalmente desconocidos, cuando no sencillamente despreciados por sus clubes de origen: Toni Kroos, Courtuois, Vinícius Jr., Rodrygo, Fede Valverde, David Alaba, Eduardo Camavinga, Tchouaméni, Rüdiger, Mendy o Militao. Nacho y Lucas Vázquez llegaron vía cantera, y Modric y Carvajal han permanecido en todo este tiempo.
Florentino Pérez y su directiva han hecho de la construcción de un superequipo un método. Y esta es la primera de todas y cada de las explicaciones. Es asombroso y hasta vergonzante —si se me permite la palabra— el desprecio y la falta de respeto con el que se ha tratado a este equipazo, en mi opinión y nombre por nombre, el mejor equipo del mundo de hoy y de la última década, más allá de los citis, barsas, pesegés, liverpules y derivados, equipos plagados de estrellas rutilantes y entrenadores superpagados con dineros traídos de países y estados que tiene por castigo el petróleo, cuando no que se han apuntalado pagando al sistema arbitral. Esta es la primera explicación de todas, que lleva, inevitablemente, a la segunda.
Florentino Pérez ha construido, desde su segunda venida en el año 2009, un superequipo. Quince años después, esa forma de construir un superequipo, lo ha convertido ya en método, de manera que, por muy brillante que fuera la estrella que se marcha, el equipo parece no sentirlo
Este superequipo es el mejor del mundo y, como tal, es superior futbolísticamente a los demás. Su superioridad se manifiesta en el dominio casi absoluto que tiene a la hora de desarrollar diferentes registros en un mismo partido, o en varios. Cuando la moda de los adeenes y los estilos parece haber apresado a clubes y futbolistas dentro de una jaula que les impide desarrollarse y, en tantas ocasiones, ganar, el Real Madrid juega a lo que el partido le pida, ya que —y esto no hace falta ser Aristóteles para saberlo— no hay dos partidos iguales a lo largo de ningún campeonato o competición. Si hasta el sol, el césped o la hora del partido pueden condicionar a tus jugadores, imagínate la cantidad de situaciones diferentes que te ves obligado a enfrentar, con la misma obligación de ganar, a lo largo de los 38 partidos de una Liga o los 13 partidos de la Copa de Europa. Sol, césped, horario… por no hablar de ligamentos cruzados rotos de jugadores insustituibles.
El Real Madrid le da a cada partido lo que el partido le pide. Camaleónico, le dicen. Especialista, digo yo. Especialista en ganar. El Madrid le da al choque lo que este le pide, primero, porque sabe leer el encuentro como nadie lo sabe leer; y, segundo, porque son tan buenos que tienen la capacidad de elegir qué aventura han de correr, según te marquen gol antes o después, te defiendan arriba o abajo, te esperen atrás y salgan a la contra o te sometan con una calidad desbordante de toque y precisión.
Repasemos y titulemos: aquellas finales contra el Atlético de Madrid, una con gol en el 93 y goleada en la prórroga, y otra ganada por penaltis; aquel sustazo en 2017 en el viejo Calderón del que nos sacó por arte de magia Karim Benzema, pintando un cuadro con la cal como acuarela y un pie como pincel; o ese otro de 2018 que nos dio la Juve y se resolvió con un penalti de Benatia una semana después de la mejor chilena de la Historia; el hat trick de Cristiano ante un Wolfsburgo que nos pintó la cara un día que elegimos mal la aventura; esa final contra un rival invencible defendido por un portero de mentira en 2018, para ganar no dos seguidas —que no ocurría desde ese monstruo de siete cabezas llamado Milan de Sacchi—, sino tres; o, sencillamente, todo lo que pasó en 2022, culminando con una final a la que se llega este año, siendo protagonistas de la aventura Lunin de portero y Joselu de goleador… Todo este manojo de capítulos podrían llevar como títulos de sus crónicas evocaciones tan elocuentes como los ya citados. Cualquier equipo que viene al Bernabeu se enfrenta a partidos que bien podrían titularse “El misterio de Chimney Rock”, “El secreto de los ninja”, “El tesoro del galeón hundido”, “La guarida de los dragones” o “Conviértete en tiburón”. Este último, el favorito de la colección de Juanma Rodríguez.
Todo se reduce a que el Real Madrid es tan superior que, sencillamente, le da a cada partido lo que el partido le está pidiendo en cada momento al equipo y al jugador. Un valor inmenso en el deporte de competición y en la vida
Esto hace este Real Madrid y esto es lo que lo explica. Ante cada partido y según se van pasando las páginas, minuto a minuto, el Real Madrid va eligiendo su propia aventura: si el partido le pide un gol, mete un gol. Si le pide dos, mete dos. ¿Que ahora conviene esperar? Esperamos. ¿Que ahora hay que apretar? Apretamos. ¿Que se nos lesiona el mejor portero del mundo? Lunin responde. ¿Que hay que encerrarse como nunca antes lo habíamos hecho durante 120 minutos? Pues es por ahí, porque por otro lado el libro acaba mal… ¿Que nos meten un gol en el 68’? Sacamos a Joselu. ¿Y por qué no lo hemos sacado antes? Porque el partido no nos lo pedía. ¿Y por qué sí después? Porque no somos presos de esa moda hortera del adeene y el estilo. Un equipo apresado por el adeene y el estilo no es otra cosa que un libro que ya hemos leído y nos sabemos el final. Puede ser bueno, no digo que no. Bueno pero previsible, condenado a no saber cómo ganar al multiaventura Real Madrid.
Me sorprende que ningún analista ni comentarista haya sabido ver —o reconocer— que todo se reduce a que el Real Madrid es tan superior que, sencillamente, le da a cada partido lo que el partido le está pidiendo en cada momento al equipo y al jugador. Un valor inmenso en el deporte de competición y en la vida. Esa es la explicación: única y sencillamente, somos muy superiores en la mayoría de los casos. Tanto, que podemos elegir nuestra propia aventura que, de un modo u otro, haciendo las cosas bien y con método, acaba siempre igual: los ninja sorprenden al enemigo cuando menos se lo espera; el misterio se desata desde su origen ancestral, los dragones despiertan desde su recóndita guarida y, al final, el galeón hundido reflota con su tesoro escondido y los malos se hunden en el olvido de la historia. El final suele contar que el Real Madrid acaba ganando otra Champions League. O, como la conocemos los chicos de los 80, la Copa de Europa. Otra.
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Joselu, el héroe de la semifinal contra el Bayern, asistió como un paisano más a la última final de la Copa de Europa disputada por el Madrid, la de París, hace dos años. Yo mismo ni siquiera recordaba que debutó en Primera con el Madrid el último partido de la primera temporada de Mourinho, en una goleada al Almería. Aquel día se despidió Adebayor y Joselu, que venía de hacer grandes registros en el Castilla, hasta metió un gol. Fue el momento más glorioso de toda su trayectoria.
Este verano pasado, con 33 para 34 años, su carrera como striker a la vieja usanza parecía más o menos acabada. El misterio que son la vida y el fútbol: nueve titular del Real Club Deportivo Español de Barcelona, su equipo bajó a Segunda en el mismo partido en que el Barcelona de Xavi festejó el alirón. Era el segundo descenso que encadenaba Joselu, un tanque gallego nacido por manos del destino en Stuttgart, Alemania. Los augurios no podían ser peores, pero entonces llegó la última vuelta de tuerca del affaire Mbappé y resultó que Joselu, casi dos metros de tío, buen cabeceador, delantero centro de corte clásico, atemporal, sueldo más que razonable y además salido de la cantera, era una opción interesante para el puesto libre que la salida de Benzema había dejado en el ataque del Madrid: un goleador de perfil bajo con experiencia en la Liga que diera descanso a las versátiles bestias brasileñas y que se fajara en los fangales españoles en esos partidos feos y desagradables de los miércoles de invierno por la noche que parecen soñados por un registrador de la propiedad.
Delantero de saldo al final de una carrera de jornalero itinerante, el outlet del fútbol profesional le ofrecía a Joselu la ocasión de su vida. Nueve meses después, él, como buen nacido, un hombre agradecido, ha devuelto el regalo dando a cambio un recuerdo imperecedero a millones de personas que al día siguiente se levantaron con otro ánimo distinto. ¿Cuánta gente afrontó el jueves por la mañana la batalla cotidiana de la vida, gris y sucia, ordinaria y anodina, con algo grande en el pecho, una especie de fuego en los ojos? Eso, amigos, no hay dinero que lo pague en este mundo.
¿Cuánta gente afrontó el jueves por la mañana la batalla cotidiana de la vida, gris y sucia, ordinaria y anodina, con algo grande en el pecho, una especie de fuego en los ojos? Eso, amigos, no hay dinero que lo pague en este mundo
Constituye gran parte de ese capital moral que cada uno de nosotros debe procurarse y atesorar a través del amor, el arte, la literatura o el cine, y sin el cual no es vivible la vida. Eso, al fin y al cabo, en esta prórroga de la Historia en la que estamos, de vuelta de tantas y tantas cosas, es ya el Madrid. La posibilidad remota, pero real, de que algo grande nos esté esperando en cualquier momento detrás aquella oscura esquina, igual a todas las demás esquinas, pero quién sabe si diferente. ¡La esperanza! En esta época de uniformidad, pesimismo y decepciones en serie, en este tiempo en que al individuo se lo disuelve en una papilla indigerible y se le priva de la ocasión siquiera de soñar con lo infinito, que haya aún un horizonte de libertad parece casi un milagro. El Madrid es el último lugar del mundo donde los viejos y buenos sueños pueden, todavía, incluso muy al final de todo, cumplirse. Joselu es la prueba.
El Madrid es el último lugar del mundo donde los viejos y buenos sueños pueden, todavía, incluso muy al final de todo, cumplirse. Joselu es la prueba
Su primer gol, el del empate, que prende la mecha y mete fuego al estadio, es un golazo. Debería enseñarse a los niños como ejemplo de aquello que nos decían nuestros mayores cuando éramos pequeños: las cosas hay que hacerlas bien. También debería usarse como modelo en la asignatura Técnicas y métodos de aproximación a la portería contraria en el primer curso de la FP del Gol. Joselu lo hace de maravilla. Sin perder ripio de la jugada, que es el abecé del delantero, sigue el chut de Vinícius y acude al primer palo por si las moscas, como mandan los cánones.
Lo que Carletto decía de los defensas pesimistas, hablando de Nacho, es decir, aquellos que siempre cuentan con lo peor, se puede decir, a la inversa, de los delanteros. Joselu, así, es un delantero centro optimista, porque siempre cuenta con lo mejor. Lo mejor que podía pasar ahí era que Neuer, quizá el mejor portero de la última década y de seguro uno de los mejores porteros europeos de siempre, se comiera el bote del tiro lejano de Vini. La probabilidad era muy pequeña pero Joselu fue, como está mandado, a por ella, y se la encontró.
La ocasión premió su fe pero la pelota, el rechace, había que ganárselo. Ahí Joselu volvió a demostrar que todos los años de su carrera y todas las camisetas de todos los equipos que se había puesto a lo largo de ella lo han preparado para momentos como este. Para hacerse con el rebote le tuvo que ganar la posición al defensa del Bayern, que iba con su marca. El Bayern, en fin, no es el Stoke City: los centrales del Bayern, aunque sean coreanos, son, o se supone, patanegra, al ser el Bayern uno de los transatlánticos del fútbol mundial y uno de los clubes más ricos del planeta. Joselu sin embargo logró deshacerse de él con un movimiento académico, de bailarín.
Con el sitio ganado, no obstante, no le pegó al balón de cualquier manera, que habría sido lo sencillo y que para qué vamos a mencionarlo si lo sabemos de sobra es una de las circunstancias que finiquitan carreras deportivas en la élite si no se ejecuta correctamente. Joselu, en un pispás, acomoda el interior de su pie derecho y la pica abajo, como los buenos. Es una acción fulgurante que no da lugar al pensamiento, madre del error. Es una de esas acciones que se tienen que repetir una y otra vez en los entrenamientos, mecánicamente, hasta que salgan solas. A Joselu le salió sola. Es un gol trabajado y de excelencia profesional, patanegra. Un gol de artesano que conoce la tradición y ejecuta la manera mejor de hacer las cosas, probada por la experiencia.
Joselu, en un pispás, acomoda el interior de su pie derecho y la pica abajo, como los buenos. Es una acción fulgurante que no da lugar al pensamiento, madre del error. Es un gol trabajado y de excelencia profesional, patanegra
El segundo gol es más de lo mismo: Joselu está donde tiene que estar, como la Sevilla de los toreros, por eso recibe el pase de Rüdiger y la mete al vuelo, pescándola. Como el Madrid y el Bernabéu estaban en trance, ese centro lo podía haber dado Rüdiger, Lunin o Ancelotti. Habría dado lo mismo y a nadie le habría parecido extraño. El mérito de Joselu es conocer su sitio, algo que lleva desde cadete aprendiendo.
Como el Madrid y el Bernabéu estaban en trance, ese centro del segundo lo podía haber dado Rüdiger, Lunin o Ancelotti. Habría dado lo mismo y a nadie le habría parecido extraño. El mérito de Joselu es conocer su sitio, algo que lleva desde cadete aprendiendo
En una España en la que el ascensor social se ha roto definitivamente y las oportunidades sólo llegan por enchufe, conveniencia o lamesablismo, él, un tipo destinado a la tercera y cuarta fila, consiguió la suya por ser un hombre con un oficio. El miércoles pasado marcó los dos goles con los que sueñan todos los niños madridistas desde el primer día del mundo. Su triunfo es el del futbolista sencillo. Dejó la lección de que atender y comprender el juego, estar dentro de él y buscarse las mañas de su trabajo valen más, en el momento de la verdad, que las celebraciones de videojuego, los gestitos y los trucos de saltimbanqui que son el espejo donde se mira la chavalería ahora, por desgracia.
Cuando el Bayern eliminó por última vez al Madrid de la Copa de Europa, en mayo de 2012, Joselu era canterano. Aquella noche del lamento eterno por Mourinho, sin que lo imagináramos siquiera, se estaba fraguando otra final en la cabeza despejada y dura de un chico normal que sólo quiso aprender a hacer bien su trabajo.
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Cuando Ancelotti vio las trazas de la corbata de Güler en el ayuntamiento de Madrid, elevó los ojos al cielo para luego dejarlos caer lentamente junto con el resto de la cabeza mientras se le escapaba un imperceptible suspiro. Como buen italiano, no podía dejar pasar por alto que el turco luciese un nudo desastrado.
Se acercó a su joven pupilo para poner remedio a la mácula estética y, dicen, que mientras ajustaba la corbata de Güler le fue susurrando:
Hijo, tienes una zurda brillantísima, pero me he fijado que has firmado en el libro de la Comunidad de Madrid con la mano derecha, de modo que para el asunto que nos atañe te trataré como a un diestro.
Primero tomas la corbata con las dos manos, como si sostuvieras una Orejona. ¿Sabes lo que es una Orejona, verdad? Así es como llamamos los madridistas mayores a la Champions. Disculpa, Arda, seguro que ya lo conocías y pensarás que este viejo te toma por tonto, pero cuando uno se hace mayor le pasan estas cosas.
Levantas la corbata, también como una Champions, o como la copa de la liga, la que acabas de alzar en Valdebebas y agitarás dentro de un rato en Cibeles, y la pasas por detrás de la cabeza hasta dejarla colgada sobre el cuello del mismo modo que cuando uno llega al Real Madrid se cuelga la ilusión de millones de aficionados. Para sostenerla es importante trabajar los músculos de la responsabilidad y de la perseverancia. Hay que mantenerla en equilibrio entre los impulsos nerviosos de la autocomplacencia y el desaliento.
La parte ancha de la corbata ha de quedar a la derecha, donde a veces te coloco en el campo, y la parte estrecha de la banda algo por encima del ombligo, el lugar al que un jugador del Real Madrid nunca debe mirarse si no quiere echarse a perder ni contaminar el vestuario. En este club se debe mirar al frente, atrás solo para aprender de los errores; se debe mirar a los ojos del rival, para que sepa que un madridista no tiene miedo; se debe mirar a los veteranos, para aprender de ellos; y, sobre todo, no se debe perder nunca de vista la historia. Pero no se debe mirar jamás el ombligo propio, el ego puede ser el peor veneno de un futbolista en formación como eres tú. Si alguna vez dudas, fíjate en Vini y Jude.
Ahora circunvalas horizontalmente la parte ancha de la corbata sobre la angosta, como un pase de Toni Kroos, uno de los pocos jugadores que sabe discernir cuándo es el momento de jugar horizontalmente sin aburrir al espectador y matar el ímpetu de un partido.
Sin soltar la zona más ancha, la gobernada por Modric durante más de una década, la elevas hacia arriba desde un lado y la dejas caer por detrás cuando tienes el nudo en la garganta, como el propio Luka hizo con aquel balón a Rodrygo en la noche del Chelsea del año de la Catorce.
Después, esa misma zona de la corbata, la introduces por el cuello y tiras hacia abajo y a la izquierda, con decisión, sin miedo, como cabalga Camavinga sobre la adversidad, para, acto seguido, cruzar el nudo por delante hacia la derecha, pero, ojo, sin perder la sutilidad, piano piano, como Rodrygo.
En este punto, tiras hacia arriba de la corbata y sorteas el nudo por detrás de la parte pegada al cuello del mismo modo que sortea Bellingham rivales lentamente a velocidad de vértigo en la zona más peligrosa del campo.
Es el momento de encestar el extremo ancho de la corbata en el hueco que ha quedado, como una mandarina de Llull, como un zapatazo de Valverde por la escuadra.
Y, para terminar, estiras la prenda mientras sostienes el nudo, aprietas el lazo como apretaban Camacho y Santillana, y tiras del extremo como Juanito tiraba del equipo cuando venían mal dadas. ¿Sabes quién es Juanito, verdad? Juan Gómez, el Siete eterno del Madrid, aquel del «90 minuti en el Bernabéu son molto longo». Disculpa, Arda, seguro que ya lo conocías y pensarás que este viejo te toma por tonto, pero cuando uno se hace mayor le pasan estas cosas.
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Cuando Alphonso Davies hacía el gol del Bayern de Múnich, Raúl González Blanco —sentado en el estadio cerca de Manuel Jabois— le explicaba que era lo peor que podían haber hecho: "Estos no saben lo que acaban de hacer".
En pandemia, todo ser humano aficionado al deporte (y no aficionado) pudo gozar del maravilloso documental “The last dance”, donde entiendes por qué Michael Jordan es el mejor deportista de la historia. Cuando era retado por: un equipo, un rival, un entrenador, una afición o por sí mismo, habiéndose creado un reto a veces inexistente en su propia cabeza, su respuesta ante ese “desafío” era incontestable.
“Estos no saben lo que acaban de hacer".
Su último anillo fue gracias a una jugada que se inventó como réplica a su enemigo Karl Malone en los últimos segundos, con un pabellón en contra silbando y, lo que es peor, la presión de su propia mente diciéndole: “tienes que volver a hacerlo”. Y lo hizo, cerrando una carrera perfecta con un broche perfecto.
A lo largo de la historia, los magos más famosos del mundo fueron las estrellas de su show. Un espectáculo que llenó cuevas, plazas, teatros, ciudades y pueblos cada noche, y cada noche les debían volver a salir todos los trucos, no podían fallar jamás, y cada noche debían intentar algo novedoso, más difícil, algo prodigioso que no hubiese visto nadie aún.
Porque su carrera depende de que cada noche lo vuelvan a hacer, sin fallo, sin red.
“Estos no saben lo que acaban de hacer".
La magia creada por un mago es una combinación entre: destreza, técnica, labia, carisma y una “trampa” que jamás sabremos. He ahí ese truco final, ese prestigio, ese momento, ese misterio secreto es la clave de todo.
Los elegidos como Michael Jordan eran magos, pero no hacían trampas, simplemente hacían magia cuando hasta los contrarios lo esperaban, lo defendían, pero, sobre todo, lo temían.
“Estos no saben lo que acaban de hacer".
Brad Pitt en Troya reta a Héctor en medio de un sol de justicia, la arena ardiente y los dos ejércitos más fabulosos del mundo antiguo expectantes a cada movimiento de sus espadas.
Aquiles dicen que era inmortal; Héctor, el único ser humano que le podía mirar directamente a los ojos en una contienda; el mejor de los hombres contra un semidios. Pero Aquiles nació para ser un héroe del mundo antiguo, nació para ser el espejo de Alejandro Magno, nació para no perder nunca como él.
“Estos no saben lo que acaban de hacer".
El propio Alejandro, hijo del rey Filipo el Grande, es el único gran conquistador que no cayó jamás en una batalla. No perdió porque no solo era el mejor estratega de la historia antigua en el campo de batalla o el más valiente luchando en la vanguardia con sus macedonios. No perdió jamás porque había nacido para ganar, incluso cuando el rey Poros y su fabuloso ejército de elefantes le retó como nadie durante una contienda que casi le derrota en la batalla de Hidaspes.
“Estos no saben lo que acaban de hacer".
Contra el Bayern, nuestro Real casi cae en su Hidaspes, el ejercito germano les llevó al límite, estuvimos asomados al abismo, resistiendo las embestidas como los Espartanos en las Termópilas. Pero nuestro destino en la noche del Bayern no era caer, porque no luchábamos contra nuestro gran rival histórico en Europa, luchábamos contra la historia.
Porque este Real Madrid y esta generación ha superado ya a la de sus ancestros, espejos durante generaciones como Alejandro tuvo a Aquiles y Jordan a Julius Erving. Nuestros espejos de la antigüedad fueron don Alfredo Di Stéfano y Puskas.
Hoy, algunos jugadores de esta generación están a un paso de igualar el hasta ahora número extraordinario para un mortal de seis Copas de Europa levantas por don Francisco Gento, el cual da nombre a esta maravillosa “Galerna” donde escribimos.
"Porque los hombres se elevan y caen como el trigo en invierno, pero estos nombres nunca morirán". Como dijo Ulises, en La Ilíada.
En la noche del Bayern, los dioses auguraron algo grande:
Alfredo, Rial, Kopa, Gento, Puskas, Amancio y Juanito nunca desaparecieron, porque saltaron al campo de batalla junto a nuestros guerreros modernos, luchando codo a codo, espalda con espalda, sin bajar nunca el escudo ni perder pulso en la espada. Todos siendo uno, atacando y defendiendo a la vez, como un equipo, como una guarnición romana, como un tercio español, como el mejor equipo de la historia.
La noche del 8 de mayo del 2024 Alfredo fue Jude, Gento fue Vini, Amancio fue Brahim, Rial fue Rodrigo, Puskas fue Camavinga y Juanito, Joselu.
La noche del 8 de mayo del 2024 “la gloria coronó las acciones de aquellos que se expusieron al peligro”.
Por eso, ¡que digan que caminé con gigantes! Que vi galopar a Vinícius Junior. ¡Que digan que viví en el tiempo de Aquiles, el de los pies alados! En los de la rencarnación de un dios egipcio llamado Bellingham y un inmortal caballero teutón de armadura color plata y cabello rubio llamado Kroos. ¡Que digan que viví en la época de Héctor, domador de caballos!".
Hala Madrid.
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Buenos días. El Real Madrid celebró durante toda la mañana de ayer (y parte de la tarde, que estaba celosa) el título de liga número 36 de la historia blanca. Los fastos sirvieron también para que tanto la presidenta de la Comunidad como el alcalde, pero sobre todo las hordas blancas congregadas en torno a Cibeles, insuflaran sus ánimos a la plantilla de cara a la gran cita del 1 de junio en Wembley.
Tenéis en La Galerna la exhaustiva crónica de Genaro Desailly, así como el descacharrante "Mira, chato" de Tomás Guasch de cada lunes, que en este caso aboga por dar descanso a la diosa con una alternativa interesante como contexto celebratorio.
Cada vez que se produce un encuentro madridista en Cibeles (es decir, con harta frecuencia), este viejo y humilde portanalista recuerda a Aurelio.
Aurelio era el portero que solía hacer el turno de noche en la casa de mis padres, donde aún vivía yo como buen treintañero español. Los viernes y sábados por la noche llegaba yo de madrugada, invariablemente etílico, y Aurelio me detenía en el portal a fin, con buen criterio, de evitar que yo subiera en semejante estado, despertara a mí madre chocando con todos los muebles y diera un disgusto a la pobre mujer, quien sin duda me reprendería.
—¿Tú crees que puedes llegar en este estado?
Cito palabras de Aurelio, no de mi madre. Aurelio me evitaba así la bronca materna, pero a cambio tenía que aguantar la suya propia, que me afeaba agriamente mi embriaguez.
—A tu edad. Parece mentira. Anda, pasa a la garita, que te doy un poco de café del termo y hacemos tiempo hasta que se te pase.
En la garita, Aurelio y yo repasábamos juntos la prensa del día, tarea concienzuda en la que invertíamos no menos de una hora u hora y media. Yo no estaba del todo de acuerdo con la necesidad de obrar de este modo, pero tampoco tenía fuerzas ni legitimidad moral para negarme a cumplir su voluntad. Aurelio abría el periódico y, aunque sabía que a duras penas podía yo articular palabra, me obligaba a emitir algún juicio de valor sobre al menos una noticia de cada sección del periódico. Pensaba que con eso y el café de su termo se despejaría mí mente. No sé hasta qué punto atinaba en esa idea.
—Mira, Corcuera.
—Qué tío tan bruto —respondía yo, con la mente emborronada por el alcohol y anticipando con fervor la cama.
—¿Le conoces?
Aurelio tenía una ingenuidad que ahora, retrospectivamente, me resulta deliciosa, aunque entonces desaprobara sus denuedos en pos de mi sobriedad. Iba pasando las páginas, entreteniéndose con especial morosidad en las páginas de cultura y espectáculos, por lo que fuera.
Una noche, Aurelio me metió en la garita de manera especialmente enérgica. El Madrid había ganado algo gordo, no recuerdo qué, y yo llevaba un par de días de celebración continuada. El pedo era estratosférico y acumulativo. Aurelio me sentó junto a él como ya era costumbre, me dio café de su termo y, hojeando El Mundo, topó con las fotos de la celebración en Cibeles, que calculo habría tenido lugar la víspera.
—Oye —inquirió, visiblemente interesado—, tú que eres universitario a lo mejor sabes esto. Cibeles ¿quién fue? Porque Neptuno sí. Neptuno sabemos todos que fue un personaje histórico, un rey muy importante en las guerras que fueran y tal. Pero Cibeles ¿quién fue? ¿Tú lo sabes?
Comprendí que aquella era mi oportunidad de lograr irme a la cama, y a pesar de mi deplorable condición azucé mis sentidos en pos de una buena historia.
—El verdadero nombre de Cibeles —declamé, seguro que con lengua resbaladiza— fue Aurora Méndez Porras. Se hacía llamar Cibeles en castiza metonimia, ya que tal era el nombre de su empresa, cuya explicación es debatida aún por los historiadores. Estamos hablando aquí de una auténtica pionera de las mujeres emprendedoras en la capital, allá por los años 20 y 30. Su compañía de servicios de coche de caballos lideraba el sector del transporte público en la villa y corte. Ella misma, según cuentan las crónicas, se hacía cargo de la conducción del vehículo, fustigando con su látigo a los cuadrúpedos y recogiendo cada noche de sábado "las migajas de las juergas", según rezan las crónicas matritenses.
—O sea, en aquellos tiempos tú habrías sido un gran cliente —apostilló Aurelio.
—El caso —proseguí, ignorando su puya—, es que a mediados de los años treinta el negocio de la empresa Cibeles, o sea, el negocio de Aurora Méndez Pérez...
—Porras —me corrigió Aurelio.
—Eso, Porras. El negocio de Aurora empezó a declinar por mor de la pujanza de los nuevos vehículos de tracción mecánica. El sector de los coches de caballos entró en franca crisis, pero Aurora se resistía a aceptar el signo de los tiempos y asumir la bancarrota. "¿Qué puedo hacer?", pensaba. "¿Cómo puedo seguir ofreciendo al cliente un servicio que le dé un valor añadido, más allá de la ordinariez de los nuevos coches esos con motor y gasolina?". Y tuvo una idea genial.
—¿Qué idea? —me preguntó Aurelio, en el brillo de cuyos ojos fascinados quise intuir un incipiente deseo de dejarme ir a la cama.
—Visto que los caballos no ejercían ya gran poder de atracción para los clientes, optó por probar con animales más exóticos que estimularan el espíritu aventurero de los madrileños. Así, llegó a un acuerdo con el zoológico de Madrid para que los viernes y sábados por la noche le cediese dos leones, los más cascados, para ceñirlos a su carruaje y ofrecer a los borrachos de Chamberí y Argüelles la posibilidad de un traslado a sus casas que les situaran en la duda de hallarse en un eventual delirium tremens, objetivo etílico muy de moda en la capital durante la Segunda República. A cambio, Cibeles llevaría, pegada a la puerta del carruaje, un anuncio que rezaba "Visite el zoo". Los nombres de los leones eran Chotis y Madriles. Los historiadores afirman que los leones de la estatua son fiel retrato de la apariencia de ambos. No así en el caso de Aurora. Parece que la Aurora real estaba un poco más entrada en años y kilos que su efigie, lo que no le impedía ser muy popular entre los lugareños.
—Y ¿tuvo éxito con este cambio en el negocio?
—Digamos que le funcionó durante un tiempo. Se convirtió en un negocio boutique, digamos, un servicio de lujo para borrachos VIP, pero claro, habría que hablar de los precios. Los bolsillos de los potenciales clientes, a ciertas horas de la madrugada...
—Como por ejemplo las horas a las que vienes tú...
Decidí volver a hacer caso omiso de su nuevo ataque sarcástico.
—Los clientes ya habían invertido demasiado en vino como para pagar los emolumentos asignados a traslado tan exclusivo, y la cosa decayó. A fin de atraer a clientes futboleros, Aurora contrató a Ciriaco y Quincoces para que ejercieran de copilotos, ayudando a subir borrachos al carruaje, pero ni por esas. Ciriaco, Quincoces y leones. Vaya oferta, ¿no? Pero, cuando el plan de negocio no es sólido, la cosa no va bien. Luego ya estalló la guerra, y el negocio de Cibeles no fue el único en irse a la mierda, como sabrás.
Se hizo una pausa. Aurelio me miró con lo que interpreté como el gesto de alguien atravesado por la revelación de un fraude, aunque fue muy sutil. Emitió un inquietante suspiro cuajado de astucia, merced al cual supe que no me sería dado llegar al anhelado catre hasta bien entrada la aurora (precisamente). Aurelio me sirvió un poco más de café del termo, me agarró el hombro, me miró a los ojos con una sonrisa aterradora y murmuró:
—Anda, toma un poco más de café.
Luego dobló El Mundo, lo echó a un lado de su mesa y del cajón extrajo la prensa cataculé, para que la comentásemos también.
Huyendo de las elecciones catalanas pasé el domingo en Pucela, que está magnífica. Me fui a los toros, Feria de San Pedro Regalado. Morante de la Puebla, Emilio de Justo y Roca Rey. Tengo un montón de aficiones, las que sé que encabronan a muchos me ponen especialmente. Mi amigo Julio lo explica como nadie: "Nos gustan los toros, los puros, las señoras, el Madrid, el Espanyol, el ruido...". Los toros son como el Madrid, un arte incomprendido para muchos, lejos de su alcance.
Tuve ocasión de conocer a Emilio. Alex, un colega, trabaja con él y me invitó a visitarle mientras acababa de vestirse. Todo un ritual, un momentazo. Sabía que es un madridista de cabeza a pies y en cuanto entré en la habitación de su hotel le grité: ¡Maestro, cambiamos dos orejas hoy por la 15! Carcajadas hubo. Pero...
El rato que pasé yo, y seguro que él, durante la corrida fue tremendo. Esas machadas no se olvidan y fíjense: al primer toro le cortó una oreja y el presidente le mangó la segunda entre la ira popular. En su segundo realizó un faenón que seguí emocionado y sudoroso: este pincha y le dan sólo una. Una y una, dos y adiós 15. Por fortuna, un estoconazo evitó el mal mayor. Dos orejas más una, tres. No dos. ¡La 15 está salvada! Bueno, ya, con permiso del Borussia, pero esta amenaza malaje está superada.
¿Las elecciones? Más o menos. Voté por correo, a la CUP, naturalmente, y parece que hemos perdido escaños. Luego lo miro. En el fondo da igual: seguiremos trabajando para pagar a estos tíos todos. Tomar el pelo al personal otros cuatro años debe cobrarse y bien. Trabajar no lo ha hecho la mayoría en su vida. ¿Qué hacemos? ¿Que se pongan ahora? Casi que no. Además, los catalanes tenemos más impuestos locales que nadie, estamos acostumbrados. Sólo nos falta uno, el IPB: Impuesto Pro Barça. Todo se andará.
Los catalanes tenemos más impuestos locales que nadie. Sólo nos falta uno, el IPB: Impuesto Pro Barça. Todo se andará
Todo esto me impidió vivir en directo la fiesta del Madrid, pero a Cibeles la había visitado la víspera cuando gentes del ayuntamiento montaban el escenario. ¡Qué lío! Con la diosa tengo buen rollo desde un día que le hice una entrevista, también a Neptuno. Se publicó en AS. Con el rey también me llevo bien. Salí preocupado de la charla. Cibeles estaba ojerosa, cansada.
—¿No se encuentra usted bien?
—No del todo. Tengo ya una edad y estos tíos, que son los míos, que los quiero mucho, no paran de venir a verme. Y no vienen solos precisamente.
—Como los nietos.
—Algo así. Muy monos, pero cada dos por tres... Y si vinieran solos, todavía. Pero ya sabes...
—Ya. Aparecen con gente que sí, está bien, pero hasta hace cuatro días no eran de la familia. Y comen, beben, marean...
—Es eso. Esta noche —hablábamos pasadas la doce del sábado— a ver quién duerme aquí. Y en cosa de nada estos son capaces de presentarse otra vez y de madrugada. No será la primera vez. No sé, no sé...
—¿Sabe? Tengo la solución.
—Oiga, no quiero que me malinterpreten.
— Para nada. Se trata de cambiar el escenario de las celebraciones.
—¿Dónde?
—Por España, de momento. La 15 si llega me la llevaría a Canaletas.
—¿Barcelona?
—Barcelona. Un lugar magnífico. Oiga, a estos saraos van madridistas. No se trata de hacer la puñeta a nadie y sí que usted descanse. En Madrid hay culés, gente del Atleti, del Betis...
—Las Ramblas grandes son, espaciosas.
—Cabe un huevo de gente. Montas el escenario junto a la fuente y hasta Colón, pues imagínese. Y siempre puedes meter tíos en el mar. Llevar la alegría al madridismo no madrileño, acercárselo a sus casas. La universalidad. Y usted más tranquila.
La 15 si llega me la llevaría a Canaletas. Montas el escenario junto a la fuente y hasta Colón. Y siempre puedes meter tíos en el mar
—Pues me parece una magnífica idea. La 15, en Canaletas. La 16, en Valencia. La Liga 37, en Sevilla. El primer Mundial de clubes, en Manacor, en la academia de Rafa. ¡Me encanta!
—¿Ve como sí?
—¡Y lo contenta que me pondría cuando volvieran! ¡Sí, sí! ¿Podría decirle a Florentino que se pasara a verme?
—En cuanto vuelva de Pucela.
O sea, hoy. Es que es verdad. Lo del Madrid y Cibeles es un abuso, pero también una necesidad. Visto lo visto el mundo podría pensar que en España no ha habido campeón. Lo de dar el trofeo a las nueve de la mañana... Y querían hacerlo en Granada. La LFP tiene su guasa, la RFEF... Organizan dos competiciones de élite. Una, la Supercopa. No hablemos de eso, me da la risa. La otra es la Liga: no aciertan cómo dar el trofeo, su trofeo. En Wembley será otra cosa, claro. Estará presente. Y ya les voy advirtiendo: 50-50. Son alemanes. Como el Bayern, aquel Leipzig... ¿El Madrid es mejor? Son alemanes.
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Lo que voy a escribir a continuación es una reflexión que me vino a la cabeza entre el minuto 83 y el 87 del pasado partido de semifinal contra el Bayern Munich. Lo reconozco. Fui débil. Dudé. Sé que con el Real Madrid hay que creer hasta el final, pero hubo un momento en el que vi la eliminatoria perdida. No pude gestionar mis pensamientos negativos como un buen madridista habría hecho. Si bien aquella avalancha de pesimismo me hizo reflexionar sobre la importancia de la temporada que el Madrid nos había brindado hasta ese momento. Sin saber lo que estaba por llegar. En esa reflexión me di cuenta de que la liga recién conseguida, bien por la prudencia del Real Madrid o bien por la torpeza de los dirigentes de LaLiga, había sido relegada a un “segundísimo” plano. Tanto, que incluso parecía que el aficionado había dejado de darle importancia.
Es cierto que ganar Champions es insuperable. Es la competición que más nos ha hecho disfrutar y la que le ha dado al Real Madrid la dimensión que hoy tiene (y viceversa). Pero quizá este mimo por la competición europea daba la sensación de que se traducía en un cierto desprecio hacia el campeonato nacional. De hecho, incluso llegué a pensar que los propios jugadores llegaban a tirar en muchas ocasiones esa competición nacional, aun siendo claramente mejores que sus oponentes. Algo que me molestaba en exceso y por lo que eran objeto de mis críticas (ya he dicho que soy débil).
Una vez conocido el pastel del Negreirato, entiendo perfectamente ciertos comportamientos. Si los aficionados sospechábamos que había algo que olía a podrido, no me quiero imaginar lo que percibirían los jugadores. Al fin y al cabo, ellos tratan directamente con rivales, árbitros, presidentes y demás calaña. Así que habrán oído y vivido en primera persona todas esas fechorías que se han estado cometiendo durante tantos años. En ese caso, ¿cómo no se va a desfallecer en el esfuerzo de lograr algo que se sabe viciado? ¿Cómo no vas a concentrar tus objetivos en otras metas? Es como tratar de achicar agua del propio mar con un cubo de playa. Aun así, se logró el triunfo en muchas ocasiones. Muchísimas, diría yo viendo el percal que vemos hoy. Y por eso era tan importante ganar la liga de este año. Una vez destapada la corrupción y evidenciadas las famosas facturas, no podía permitirse dejar ganar al tramposo. Por eso se ha ganado como se ha ganado. Con cuatro jornadas de sobra y un claro dominio a pesar de los reveses humillantes como aquel “fucking goal”. No cabía otra manera de hacerlo.
Una vez destapada la corrupción y evidenciadas las famosas facturas, no podía permitirse dejar ganar al tramposo. Esta liga debe recordarse como “La Liga de la Justicia”
Esta liga debe recordarse como “La liga de la Justicia”. Un nombre inmejorable porque fue ganada de forma brillante por un grupo de superhéroes, como aquellos de DC Comics. Un grupo de jóvenes sobrehumanos que decidieron plantar cara a un villano hasta derrotarle y humillarle. Peleando hasta el último minuto en cada partido. Aunque matemáticamente la victoria final ya estuviera encarrilada. No había que darle aire a enemigo. Daba igual que el esfuerzo pudiera pagarse caro en Champions. Poco importaba que el empate contra el Barça en el último clásico valiera para asegurar el triunfo. Había que ganarles. Y se ganó. Por eso creo que esta liga es de las más importantes que recuerdo. Algunos quieren desprestigiarla. Como desprestigian los triunfos en la Champions. Pero esta liga es una revancha de todas aquellas perdidas injustamente, como las de Tenerife. Me niego a que sea un simple trofeo más en las vitrinas, ensombrecida por otra copa aún más importante que puede estar por llegar. Esta liga hay que lucirla, pasearla por todo Madrid. Como paseaban las legiones romanas a la vuelta de sus campañas bélicas.
Esta liga hay que lucirla, pasearla por todo Madrid. Como paseaban las legiones romanas a la vuelta de sus campañas bélicas
Hace poco se celebraba el veinticinco aniversario del disco “Honestidad Brutal” de Andrés Calamaro. Obra maestra de la música rock (aunque no sólo era rock) en castellano. En el libreto que acompañaba aquel CD, mejor dicho, aquellos dos CDs (37 canciones), había una frase que me marcó tanto como la mayoría de sus canciones: “La honestidad no es una virtud, es una obligación”. Pues sirva esta liga también para hacer un homenaje al gran Calamaro y para decir que ganar esta liga no era una virtud, era una obligación. Por suerte estábamos en las mejores manos. Y ahora, tirando también de repertorio “Andresiano” diré que pase lo que pase en Wembley “los quiero igual” por “las alegrías que le dan al pueblo” y que nunca cambien, porque “vivir es jugar y yo quiero seguir jugando”, con ellos.
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(Estas son mis reflexiones a vuelapluma mientras seguía los festejos de la Liga 36 del Real Madrid a través de RMTV).
09:55. Me estaba preguntando si veríamos en directo la entrega de la copa de la liga, o si (dada la calaña de quien iba a entregarla) la cosa tendría caracteres clandestinos. Pero ahí tenemos a Pedro Rocha junto a Florentino, un presidente que une a sus éxitos la pasmosa habilidad diplomática de codearse con los gañanes y chorizos que rigen el fútbol español, y se codea haciendo gala de la máxima cordialidad y sin aparente esfuerzo por contener la náusea. A Rocha se le ve sumamente campechano. Pasa Bellingham y le da unas palmadas la mar de cariñosas mientras una somera lectura de labios nos remite a un prolongado "¡Hombreeeee!" Jude no le replica "It was a fucking goal", porque si hubiera que recordar al sujeto hasta qué punto la liga se gana a pesar de los arbitrajes cocinados en su sórdido habitáculo de Las Rozas el autobús no saldría nunca de Valdebebas.
10:16. Vemos el autobús recorrer las autopistas que circunvalan la capital en dirección al centro mientras escuchamos a Alcaide, Rubio, De la Lama, Benjamín y Melchor comentar los aplastantes datos del fenomenal campeonato liguero de los blancos.
10:40. Llega el autobús a la sede de la comunidad. Ya está Florentino esperando allí a jugadores y cuerpo técnico, junto a la Junta Directiva y la presidenta Ayuso. Doña Isabel viste de manera curiosamente informal, quizá porque ya preveía saludar a Güler con un palmetazo millennial. Nacho lleva la copa en las manos y la presenta a los niños presentes en la sala del evento con la sonrisa más reluciente, irradiando esa normalidad exultante que apabulla.
10:48. Se emite un vídeo con los mejores goles blancos de la liga recién ganada y la narración de David Álvarez. Cuando sale el gol de Modric al Sevilla, se paran todos los relojes, ateridos por lo que nadie podrá evitar.
10:53. Entrega de trofeos y presentes entre Florentino y Ayuso. Esta última se pone la camiseta. Ahora entendemos el atuendo informal: con los vaqueros la camiseta sienta muy bien. Al menos a ella. A Rocha no le quedaría igual.
10:55. Habla Nacho. Ayuso le atiende incorporada desde su silla.
10:56. Habla Florentino. Ayuso sigue atendiendo sin apoyar la espalda en el respaldo y asintiendo a cada palabra sobre los valores blancos. "Hemos tenido la fortaleza de levantarnos ante lesiones de muy larga duración. Nos hemos rebelado ante estas circunstancias. Somos una actitud ante la vida. El sufrimiento de sus compañeros lesionados ha impulsado a sus compañeros. Nos dejaremos la vida para volver a esta casa con la Decimoquinta".
11:01. Habla Ayuso. Habla de euforia y de la región de Madrid como origen de un mito "cada vez más de moda en el mundo", habla del Real como reflejo de la "sociedad mestiza" madrileña. Menciona a Joselu. Su cuñado (el de Joselu, no el de Ayuso), sentado al lado, le hace un codazo-guiño-codazo ante el cual el aludido reacciona con un mohín de modestia. "Estaremos en Londres animando para que nos traigáis aquí la Decimoquinta. ¡Vaya años de gloria! Cómo no te voy a querer".
11:09. Sube todo el equipo al estrado para la foto con Ayuso, quien coquetuelamente se mete la camiseta por dentro del pantalón. Cada vez lo entendemos mejor todo.
11:13. Ante el panorama de la Puerta del Sol atestada de gente vestida de blanco, Alcaide exclama: "El Madrid es el equipo del pueblo".
11:17. A Rodrygo se le van las palabras hacia la Champions a pesar de que le insisten en que es su tercera liga ya. Todos firman en el Libro de la Comunidad de Madrid y salen al balcón. Con sus trajes y sus saludos se asemejan a hombres de estado, sólo que en esta cumbre internacional todos representamos a la misma nación. Ancelotti toma el micrófono y, aunque su estilo es más de crooner, pone a las masas a cantar a capella el himno como si fuera Freddie Mercury en Wembley (oh, precisamente). Las hordas reclaman a Joselu y Luka, cuyas palabras micrófono en ristre son acogidas con un "Modric, quédate" por las masas y con un sollozo ahogado por el cronista. Reclaman también el Balón de Oro para Vini, que se asoma y azuza a las masas para que canten. Hasta Jude agarra el micrófono y demuestra que habla español como tú y como yo, sólo que con los brazos abiertos. Hablan Kroos, Courtois y Rüdiger. "¡El loco está aquí!", dice de sí mismo este epitome de lo cool. Su condición de showman obliga a obligar a todos los demás a hablar también, a colleja limpia. No se salva ni el apuntador, y allí quien más quien menos se acuerda de la Quince. Hemos venido aquí a decir que venimos dentro de tres semanas.
12:01. Llega la comitiva al Ayuntamiento. Almeida recibe a todos, que le van saludando en fila india (no pun intended), hasta que llega a Lucas V, que le suelta lo que todos le soltaríamos: "¿Qué? ¿Ya te has hecho del Madrid?".
12:14. Habla el aludido. Da la enhorabuena a todos, se felicita como alcalde por el estadio y ensalza la ceja de Carletto, a lo que el susodicho responde intensificando el enarcamiento. Elogia la voracidad ganadora del equipo y presume de haber profetizado, vía WhatsApp con su flamante nueva esposa, los goles de Joselu. Dicen que uno termina pareciéndose a su cónyuge (otros dicen que a su perro), por lo que no podemos perder la esperanza de algún cambio en la respuesta a la pregunta de Lucas. Después hablan Nacho y Florentino, a quien se entrega el oso y el madroño en taimado guiño colchonero. Florentino demuestra haber captado el mensaje y corresponde a la dádiva con una camiseta blanca firmada por toda la plantilla. "Que se la ponga, que se la ponga", clama la multitud, Floren incluido. No se la pone. Habrá represalias maritales, y no podrá quejarse.
13:10. El autobús, abierto al cielo, surca ya las calles rumbo a Cibeles. Victorio Calero va junto a ellos y les arrima la alcachofa (suena más rubialesco de lo que es). Entrevista a Vini y Jude al alimón, y este último exclama, en castellano de Peñaranda de Bracamonte: "Aquí estoy, con el mejor jugador del mundo". Es la frase del día. No hay egos. Sólo hay Real Madrid hasta el tuétano.
13:18. Llega el autobús a Cibeles. Es como una busiana pero sin tener que hacer los deberes después. Los jugadores capturan en sus móviles la marea humana. Van en cubierta, con las gafas de sol puestas para protegerse del sol y del éxito. El sol restalla en las caras, la calzada y las marquesinas de los autobuses, a las que se encarama la marabunta. Suena el himno y la multitud lo corea. Nacho porta la copa. Los jugadores desfilan por la pasarela que conduce a la diosa. Todos están exultantes. Carvajal. Rodrygo. Brahim. Jude. Valverde. Lunin. Militao y Rüdiger con sus bailes espasmódicos. Mendy. Ceballos. Fran. Camavinga. Alaba, a quien ya sin blandir una silla parece que le falta algo. Kepa, cuya aciaga estancia en el equipo no parece ensombrecer sus ganas de celebrar. Qué acojonante colección de triunfadores no contaminados por el nocivo virus de la vanidad.
13:35. Nacho intenta hablar, pero Vini le arrebata el micrófono. "Antes de que hables, ¡Nacho, quédate! ¡Nacho, quédate! ¡Nacho, quédate!". El capitán coge el micrófono y se sobrepone a tanto amor para soltar un discurso articulado. Le sigue Modric. Lloremos todos.
13:.39. Habla Tchouaméni, que compone una canción nueva y se las apaña para que el gentío, que trepa por Castellana, Gran Vía y Cibeles, la coree. A mí ya se me ha olvidado. Canta Camavinga, canta Jude. Ancelotti reclama para sí un sueño. "Quiero bailar con Eduardo Camavinga". Es complacido, y se unen todos los demás en una conga vikinga eterna y además interminable (no es lo mismo) a través de la pasarela.
13:47. Llega el momento. Nacho engalana a la diosa con la bufanda y la bandera. Cuchichea con ella secretos de devoción y promesas de un junio destinado a nacer en el éxtasis. Qué hombre tan ejemplar, qué capitán excepcional. Suena We Are the Champions. La realeza es lo que tiene.
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Partido triste el de Granada. Salimos al terreno de juego sabiendo que nuestro rival ya estaba descendido de antemano. Una pena, el madridismo granadino es de los buenos y la acogida al Real Madrid fue magnífica, aun con la tristeza del descenso. El Granada es un rival histórico que no ha hecho una buena temporada y, lamentablemente, se va a segunda división. Esperemos que vuelva cuanto antes con los mejores.
Buen partido de los “meritorios” blancos. Con un Brahim estelar, el golito ya casi obligado de Arda Güler, un comienzo perfecto de Fran García, otra portería a cero con buenas sensaciones para Courtois y mucho respeto al rival y a la competición. 0-4 y adiós trámite.
Hoy toca celebración, toca entrega descafeinada del trofeo liguero en Valdebebas por la gestión lamentable y torticera de la Liga asquerosa de Tebas, que no tuvo el valor de igualar los horarios del Real Madrid y del FC Negreilona la semana pasada o, incluso, invertirlos, para que los nuestros supieran si eran campeones después de su partido contra el Cádiz y así poder celebrarlo con la afición en el estadio, como debe ser. Pues no, el señor Tebas, en el último episodio de acoso y derribo contra el madridismo, el Real Madrid y su presidente, no lo hizo, privando a la parroquia blanca de festejar como es debido el título, el tercero en cinco temporadas, que se dice pronto, junto al equipo en el campo.
El caso es que después del acto del trofeo, la plantilla ha ido a la sede de la Comunidad de Madrid, al Ayuntamiento y, después, a nuestra Diosa Cibeles a entregarle el trofeo y brindarlo a la gente que desde primera hora del domingo ha abarrotado la zona. Esperemos que el Ayuntamiento de Madrid, gobernado por el colchonero Almeida, permita que la bufanda blanca abrigue el cuello de nuestra Diosa al menos toda la jornada, no como siempre, que nos la quitan al ratito. Veremos.
El partido, curiosamente, no valía para mucho porque estaba todo el pescado vendido pero, en materia de datos, fue tremendamente productivo como un poco más adelante contaré. Hay encuentros en los que parece que se alinean los planetas y se dan varias (o muchas, como este caso) circunstancias reseñables para los locos que nos dedicamos a la recopilación y divulgación de datos curiosos.
Estos días que han pasado desde la clasificación para la final de la Copa de Europa, las redes sociales han sido un pozo sin fondo de antimadridistas soltando bilis por todo, desde el “no gol” del Bayern, hasta que si Joselu se la jugó al Espanyol, que si la abuela fuma… El caso es que ha sido curioso ver cómo todos estos personajes de todo pelo y condición se retorcían en sus aposentos viendo los triunfos de nuestro equipo. Les recomiendo muy vivamente que, si quieren ser felices, dejen el antimadridismo, con lo que hay y con lo que viene se van a hartar de sufrir si no lo hacen. Ánimo, muchachos, dejen el antimadridismo y sean felices.
Les recomiendo muy vivamente que, si quieren ser felices, dejen el antimadridismo, con lo que hay y con lo que viene se van a hartar de sufrir
Pero antes de los datos, vamos con un capítulo más de la ya afamada serie “El delito nuestro de cada día del FC Negreilona”. Resulta que Jaume Llopis, que fue miembro de la comisión que gestionaba el “Espai Barça”, dijo lo siguiente: “Pregunté en una reunión: ¿quiénes son los inversores (Espai)? Me contestaron: es confidencial… y el único que sabemos quién es, es un narcotraficante chipriota”. Espai Barça con socios narcotraficantes, lo que les faltaba. Uno no sabe qué es lo que les falta para sacar matrícula de honor en la asignatura “práctica y ejecución del Código Penal”, creo que casi nada, que ya lo tienen en la mano.
Bueno, lo que les decía. El partido ha dado para mucho en materia de datos. Todos referidos al Real Madrid. Y para despedirme, ya saben, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en la vida. ¡Hala Madrid!
Fran García ha marcado su primer gol como madridista, siendo el jugador nº 450 de la historia del club en marcar gol en partido oficial.
Brahim ha marcado su primer doblete oficial con el Real Madrid.
Modric ha cumplido su partido nº 400 de competición española.
Camavinga alcanza las 100 victorias oficiales.
Kroos llega a las 200 victorias en liga.
Arda Güler ha marcado el gol nº 1100 a equipos andaluces en liga.
El Real Madrid alcanza los 600 partidos oficiales imbatido jugando como visitante.
La mayor racha de victorias frente al Granada en liga es LA ACTUAL, desde el 26 de agosto de 2013 (16 partidos).
La mayor racha de partidos sin perder frente al Granada en liga fue desde el 28 de marzo de 1943 al 26 de septiembre de 1970 (20 partidos).
El R. Madrid NO PIERDE frente al Granada en liga desde el 2 de febrero de 2013 (16 partidos).
El Real Madrid ha ganado los últimos 8 partidos de liga jugados como visitante al Granada.
El R. Madrid HA GANADO los últimos 16 partidos de liga jugados frente al Granada.
El R. Madrid ha ganado 22 de los últimos 23 partidos de liga jugados contra el Granada.
ARDA GÜLER ha jugado su partido oficial nº 10.
NACHO iguala a RAPHAEL VARANE en la 31ª posición histórica del club con 360 partidos oficiales jugados.
LUCAS VÁZQUEZ iguala a IVÁN HELGUERA y MIGUEL ÁNGEL en la 34ª posición histórica del club con 346 partidos oficiales jugados.
RÜDIGER llega a las 70 victorias totales.
COURTOIS alcanza las 110 victorias en liga.
KROOS se ha convertido en el jugador nº 16 de la historia del Real Madrid con más victorias oficiales, con 298.
LUCAS VÁZQUEZ iguala a JOSÉ EMILIO SANTAMARÍA en la 29ª posición histórica del club con 237 victorias oficiales.
LUCAS VÁZQUEZ ha igualado a RAFAEL MARTÍN VÁZQUEZ en la 27ª posición histórica del club con 172 victorias en liga.
Ha marcado el gol nº 8660 en competición española, el gol oficial nº 60 en 2024, el gol nº 50 en liga al Granada jugando como visitante y el gol oficial nº 1350 a equipos andaluces.
Ha macado el gol nº 2470 en liga jugando como visitante, el gol oficial nº 3660 jugando como visitante, el gol oficial nº 150 al Granada y el gol nº 420 en liga a equipos andaluces jugando como visitante.
Ha jugado el partido oficial nº 60 contra el Granada.
Ha jugado el partido oficial contra el Granada jugando como visitante nº 30.
Alcanza las 460 victorias oficiales imbatido jugando como visitante.
Llega a las 1450 victorias totales jugando como visitante.
Ha llegado a las 40 victorias en liga contra el Granada.
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