El Real Madrid atraviesa su momento más dulce en el último año y medio, quizá de la forma más inesperada que uno pudiera llegar a pensar. La racha de victorias del equipo se puede entender gracias a muchos factores, pero el principal y más importante es que Arbeloa ha encontrado el equipo.
Bien es cierto que las lesiones le han facilitado el poder gestionar de manera mucho más eficiente al grupo, e introducir alguna variante como la entrada de Thiago Pitarch en las alineaciones. Podría decirse que se ha encontrado con la alineación debido a las circunstancias actuales, aunque aportando alguna solución directamente desde su pizarra.
Y esto último es algo que debe ponerse en valor. Ha demostrado que, gestionando una plantilla de mínimos, es un entrenador más que válido. Ha pasado esa prueba con nota. Ahora, Arbeloa se enfrenta a un reto mayor.
Arbeloa debería seguir apostando por el equipo que ha ido alineando estas últimas semanas, con Thiago Pitarch en el centro del campo, y con Brahim flotando en la mediapunta
Este reto consiste en ver cómo gestiona los regresos de Mbappé y Bellingham en un equipo que, a pesar de no ser brillante y mostrar cierto margen de mejora en algunas zonas, funciona. Los jugadores tienen los automatismos adquiridos. Un ejemplo podría ser la salida de balón vista ante el Atlético de Madrid, en el que pudimos atestiguar cómo tanto Arda Güler como Thiago Pitarch se lateralizaban para generar ventajas y ver el fútbol de cara.
Los cambios más fáciles de adivinar serían los dos jugadores ya mencionados por Thiago Pitarch y Brahim. Uno puede pensar, y sería totalmente razonable, que el equipo funcionaría hasta mejor si se intercambian estos dos jugadores por otros dos que son ampliamente mejores, ¿verdad?
Bueno, pues hay veces que el fútbol no funciona así. Poner a los mejores y esperar a que sean capaces de resolver los partidos es una estrategia validada y que les ha funcionado a muchos entrenadores. Sin embargo, a veces se olvida que el fútbol, ante todo, es un deporte colectivo. Ganan los equipos. Lógicamente, contar con jugadores de una gran calidad acerca en la gran mayoría de los casos a ganar de manera más sencilla. Pero esto no tiene por qué venir acompañado con que se sea mejor equipo.
Por esta razón, Arbeloa debería seguir apostando por el equipo que ha ido alineando estas últimas semanas, con Thiago Pitarch en el centro del campo, y con Brahim flotando en la mediapunta.
El rendimiento de estos dos jugadores es una de las múltiples noticias positivas que se pueden extraer del mes de marzo.
Thiago Pitarch es un jugador que, por el momento, no ha mostrado ninguna cualidad diferencial con balón. Sin embargo, su movilidad sin él y su entendimiento del juego han sido de gran ayuda para naturalizar el centro del campo del Real Madrid en ataque, y volverlo un equipo más compacto en defensa con el 4-4-2 visto recientemente. No porque Thiago sea un especialista defensivo o tenga cualidades especiales para defender, sino porque sabe cómo colocarse. Es un jugador que entiende el fútbol y sabe qué hacer en cada momento.
Brahim, por su parte, ha reconectado con su mejor versión. Se ha vuelto a ver a ese jugador eléctrico, con una gran habilidad para la conducción, y preciso a la hora de combinar en corto para acelerar jugadas. En un contexto ideal, debería ser un jugador para poder dar entrada desde el banquillo y revolucionar un partido, porque ese es su techo como futbolista, pero las circunstancias son las que son, y debe seguir siendo titular.
Brahim no es el jugador que se le pueda venir a la cabeza al espectador promedio cuando piensa en uno de los mejores atacantes del mundo. No es ese nivel, y nunca va a serlo. Sin embargo, es un futbolista muy aprovechable en su rol y que tiene valor para una plantilla. Brahim pertenece a esa clase de mediapuntas: baja estatura, ágiles, y potentes a la hora de desplazarse.
Arbeloa ha conseguido recuperar la mejor versión de este futbolista, y debe aprovecharlo. Ha conseguido asentar su idea de juego y formar un equipo competitivo que responde en partidos de alta exigencia. Por tanto, y por muy radical que pueda sonar, debe morir con sus ideas. Porque son las que más le van a acercar a cosechar éxitos.
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No por rutinario deja de ser hastiante esta corriente moderna (o quizás no tanto, sólo que potenciada por el altavoz de las redes sociales de esta la actual era tecnológica que nos ha tocado vivir) basada en la absurda y constante necesidad del madridismo de crear bandos excluyentes dentro del mismo. Estos bandos no se basan meramente en el apoyo incondicional a un jugador (de por sí sólo, esto no me parecería demasiado mal), sino también en defenestrar y demonizar al que presuponen que representa al bando contrario. Los ejemplos más palpables son los de los clanes de Mbappé versus Vinícius o los de Arbeloa versus Xabi Alonso, aunque también he tenido la desgracia de acabar leyendo barbaridades de otros de menor calado como Mendy y Carreras (hasta este punto estamos llegando).
Para alguien puramente madridista, que no desea otra cosa que simplemente disfrutar de las victorias de su equipo, resulta extenuante que, tras un triunfo de los nuestros, eches un vistazo a las redes sociales y estas se encuentren pobladas no de elogios a los nuestros, sino de insultos a los que no jugaron o ya no están. De verdad que, por mucho que le doy vueltas a esto, le veo el mismo sentido a estas críticas que a acordarte de un rival cuando estás celebrando algún título. Precisamente el Madrid se ha caracterizado (la mayor parte de las veces, siempre existirá algún caso aislado en el que haya ocurrido lo opuesto) por celebrar sus victorias limitándose a disfrutar del botín obtenido, mientras que las celebraciones rivales acostumbrar a estar plagadas de cánticos contra los nuestros.
es disparatado debatir si es mejor Vini o Mbappé cuando uno es el mejor productor de ocasiones de gol y el otro el más prolífico delantero del planeta. No sé si tocaremos metal este año, pero mi única certeza es que celebraré igual el gol de dicha hipotética victoria tanto si lo marca uno como si lo hace el otro
No sólo desde el madridismo, sino también desde los medios se está cuestionando sin conocimiento de causa que este Madrid que ha recuperado Arbeloa no rendirá con el mismo compromiso cuando Mbappé se incorpore al once inicial, y ponen en duda el funcionamiento del equipo cuando ni siquiera aún el jugador francés ha estado en condiciones de ser juzgado. Es verdad que Kylian ha jugado partidos a las órdenes de Álvaro, pero lo ha hecho mermado físicamente y en un equipo que aún se encontraba en la dinámica negativa en la que llevaba navegando casi año y medio. Que haya madridistas y medios que acusen de “cargarse” el equilibrio de los blancos cuando todavía no hemos visto un partido suyo desde el inicio en este renovado Real Madrid, me parece querer adelantarse a los acontecimientos, intencionadamente y por una pura inquina personal.
Precisamente la misma que llevó tanto a periodistas que aún tenían rencillas y cuentas pendientes como a madridistas denominados desde el otro bando “viudas de Xabi Alonso” a querer matar demasiado pronto al técnico vikingo. Puedo entender, que no aprobar, a los periodistas que ahora callan y rezan esperando el próximo tropiezo del Madrid para abalanzarse sin pudor a por el gaznate del salmantino, pero de verdad que me cuesta horrores hallar la coherencia del que espera en secreto lo mismo con la esperanza de pasar una factura en favor del tolosarra.
Xabi llegó al club pareciéndonos a todos el técnico idóneo para este Real Madrid. Tuvo sus aciertos y sus errores, y seguramente en su fracaso como técnico haya un reparto de culpas con los jugadores, con porcentajes que dudo que ninguno de nosotros atináramos a acertar. Pero el caso es que se fue. Y de nada sirve que un sector del madridismo viva desgastándose en la cuestión de si el tolosarra es mejor que nuestro actual entrenador y nos lamentaremos cuando triunfe en el Liverpool. Son cuestiones tan absurdas como la de dividir al madridismo en fans de Vinícius y fans de Mbappé cuando tenemos la suerte de contar con ambos y que, además, tengan una relación fantástica entre ellos.
¿Es Arbeloa mejor entrenador que Alonso? Seguramente no. Seguramente, si Arbeloa aterrizara mañana en Leverkusen, sería incapaz de acercarse a reproducir lo que logró Alonso en el club germano. De la misma manera que Álvaro seguramente haya sido capaz de entender mejor que Xabi lo que esta plantilla del Real Madrid necesitaba. ¿Esto le convierte en mejor técnico que el tolosarra? ¿Es mejor Guardiola que Mourinho, a pesar de ser seguramente incapaz de repetir una hazaña como la del portugués ganando una Champions con el Porto? ¿Son ambos peores que Ranieri, que ganó una Premier League con el Leicester? Debates ridículos y rocambolescos que se acaban cuando uno llega a la conclusión de que, a estos niveles, no existen mejores o peores entrenadores que otros, sino entrenadores más o menos adecuados para determinados proyectos en según qué circunstancias.
Igualmente disparatado es debatir si es mejor Vini o Mbappé cuando uno es el mejor productor de ocasiones de gol y el otro el más prolífico delantero del planeta. No sé si tocaremos metal este año, pero mi única certeza es que celebraré igual el gol de dicha hipotética victoria tanto si lo marca uno como si lo hace el otro. Igual que estaré encantado de que siga Arbeloa la temporada que viene, por lo que eso implicaría, a pesar de lo mucho que me gustaba la pinta inicial del proyecto de Xabi Alonso y la zozobra que me invadió al ver cómo se hundía paulatinamente.
La gente se extraña cuando digo, no ya que me hubiera encantado que Xabi cumpliera su contrato, sino que lo hubieran hecho Benítez o Lopetegui, pero no por afinidad a sus proyectos, sino porque habría sido sinónimo de que estos habrían funcionado. Tengo la excéntrica costumbre de querer que el Madrid gane siempre, con independencia de quién se siente en el banquillo, quién lleve el brazalete de capitán o quién porte el 7 o el 9. Sé que es mucho pedir al grueso del madridismo. Sé que las temporadas son largas y las crisis frustrantes y estresantes, pero la primavera ya ha llegado. Hemos llegado a la parte final de la temporada con opciones en dos títulos y sería propicio abandonar todo tipo de rencillas y fobias personales y centrar toda nuestra energía en apoyar a los nuestros. Aunque sólo sea por decoro en el mes y medio que queda de temporada.
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Buenos días, galernautas.
Viernes Santo, corazón de la Semana Santa. También es víspera de una nueva jornada de la Mugrienta Liga Negreira (copyright Jesús Alcaide). El único acicate que encontramos es que termina el parón-bajón de selecciones y vuelve el Real Madrid, que no es poco.
En la jornada de ayer, el Real Madrid femenino volvió a ser avasallado por la versión femenil del equipo cliente de Negreira. ¿Es pertinente preguntarse para qué tiene el Real Madrid tal sección? ¿Realmente aporta algún beneficio, ya sea económico, deportivo, social o reputacional? ¿Ha aparecido el Real Madrid femenino en algún titular por un motivo distinto a las, lamentablemente, acostumbradas goleadas a manos del Barcelona?
Como comprenderéis, las portadas cataculés se solazan en la paliza. Podríamos afirmar que hasta se refocilan en ella. El diario del Conde de Godó, Grande de España, califica el triunfo de estratosférico, mientras muestra una fotografía de una jugadora barcelonista manteada por sus compañeras. Sport, más allá de su titular, destaca por la tipografía empleada para el mismo. Se trata de una mezcla entre escritura infantil y espagueti demasiado cocido, dándose la pícara casualidad de que es la misma empleada por el club cliente de Negreira en su serigrafía. Los modales y usos del club se trasladan también a su estética. Podríamos hacernos los sorprendidos, pero nadie nos creería. No sin razón.
El marcador global de los recientes tres enfrentamientos entre los equipos femeninos de Madrid y Barcelona es de 15-2. Urge un análisis sereno pero decidido de la situación de la sección femenina. La única forma de ser madridista y que no te avergüence es haber abrazado al respecto el sombrío alivio de la indiferencia. La sección se creó para cubrir una demanda social. Una vez satisfecha, y ya han pasado seis años, corresponde responder a una demanda deportiva, que en estos casos se cifra simplemente en no abochornar a sus aficionados/as. La paciencia no puede identificarse con resignación ante lo humillante. O se adecenta la sección, o se abandona la idea. Medias tintas no caben.
As lleva a su portada a Julián Álvarez y atribuye al segundo club de Madrid que más finales de Champions ha jugado la condición de juez de la liga. El excelente delantero argentino, en cambio, parece preferir centrarse en otras disciplinas deportivas, concretamente el lanzamiento de jabalina. Comprensible, pues debe ser durísimo que te guste el fútbol y militar en el Atlético de Madrid.
En todo caso, si el Atleti va a ser juez de una liga que potencialmente pueda ganar su odiadísimo rival capitalino, podemos hacernos una idea de su veredicto: 0-6.
Pasemos al diario marcaico de Gallardo. Su argumento principal es Endrick en imagen con su selección. Nos dicen que resurge, cuando lo que parece hacer es rugir. Qué ganas tenemos de volver a verle vestido de blanco. Tan grande es ese anhelo como las dudas sobre la posición que ocuparía, pues somos conscientes de la sobrepoblación de talento en la línea ofensiva del Real Madrid. El pellizco de monja habitual va a la parte superior, donde se glosa la nueva goleada de las féminas culés a las madridistas. Estilos.
Pasad un excelente Viernes Santo y, por favor os imploramos, la pasta siempre al dente, no como en Sport.
Hay abrazos que duran apenas unos segundos y, sin embargo, contienen años enteros. Abrazos que no necesitan palabras porque todo está dicho desde hace mucho tiempo, abrazos en donde la memoria ya se encargó de construir un idioma propio entre dos futbolistas que compartieron el corazón del mejor equipo del mundo. El de Luka Modric y Casemiro, en la previa de ese Brasil contra Croacia, fue uno de esos abrazos. Breve, sincero, natural. Un gesto que, para cualquiera, podría parecer simplemente el saludo entre dos viejos compañeros, pero que para el madridismo fue un golpe directo a la nostalgia, un recordatorio de una era irrepetible, de una sociedad que dominó Europa con una naturalidad que hoy parece casi imposible.
Verlos frente a frente, con camisetas distintas, con años a la espalda, pero con la misma mirada cómplice de siempre, fue como abrir un álbum de recuerdos que parecía guardado en lo más profundo del Bernabéu. Porque Luka Modric y Casemiro no fueron simplemente dos grandes futbolistas del Real Madrid, fueron parte de un engranaje perfecto, de una armonía futbolística que se sostuvo durante años y que permitió al club conquistar Europa una y otra vez con una mezcla de talento, carácter y liderazgo difícil de igualar. Entre ambos suman once Copas de Europa. Once. Una cifra inalcanzable para el 95% de los mortales, pero que define mejor que cualquier adjetivo la magnitud de lo que representaron.
Luka Modric siempre fue la elegancia del fútbol. Un jugador capaz de transformar cualquier partido con un gesto técnico, con un giro suave, con un pase que parecía desafiar a la lógica. Su exterior se convirtió en una firma, en una obra de arte repetida con naturalidad. Ese golpeo con el empeine exterior, aparentemente improvisado, era en realidad una herramienta quirúrgica para romper defensas y encontrar huecos donde nadie más los veía. Luka Modric era un perfil de jugador que sobre el césped no corría, flotaba. No aceleraba, deslizaba el tiempo a su ritmo. Y, cuando el partido pedía calma, aparecía él, pidiendo el balón con esa serenidad que transmitía confianza al resto del equipo. Era el futbolista que transformaba el caos en orden, y que convertía los momentos difíciles en oportunidades.
Casemiro, en cambio, representaba la contundencia, el equilibrio, el músculo invisible que sostenía el espectáculo. Fue durante años el mejor del mundo en lo suyo, el mejor yendo al suelo, el mejor interpretando cuándo frenar una contra, cuándo meter el pie, cuándo hacer esa falta táctica que salvaba al equipo de una situación comprometida. Casemiro no necesitaba adornos. Su fútbol era directo, eficaz e imprescindible. Protegía a sus compañeros con una determinación casi paternal, siempre dispuesto a dar un paso adelante, a asumir la bronca y a encender la chispa competitiva cuando el equipo lo necesitaba. Era un liderazgo silencioso, pero también voz firme cuando hacía falta. Un escudo que permitía que los demás pudieran jugar con libertad. Entre ambos, la conexión era perfecta. Se entendían sin mirarse. Sabían exactamente dónde estaba el otro, qué iba a hacer, cuándo había que acelerar y cuándo frenar. Modric encontraba en Casemiro la seguridad para arriesgar; Casemiro encontraba en Modric la salida limpia para dar sentido al juego.
Era una relación de equilibrio absoluto con roles perfectamente definidos. Cada uno sabía qué debía hacer y cuándo hacerlo. No había dudas, no había solapamientos, no había egos. Solo fútbol. Mientras tanto, Toni Kroos, ese tercer vértice que completaba la obra maestra, era el hilo conductor de todo. El alemán, ya retirado, era la pausa, la precisión milimétrica, el jugador que cosía cada línea del equipo. Pero aquel abrazo en la previa del Brasil-Croacia no lo incluía, y quizás por eso mismo resultó aún más especial. Porque ese reencuentro entre Modric y Casemiro evocaba también la ausencia de Kroos, como si el madridismo completara mentalmente la imagen, imaginando al alemán sumándose a ese gesto. Habría sido, sin duda, el abrazo perfecto.
Ese abrazo, en la previa de un Brasil contra Croacia, fue la confirmación de que algunos vínculos no se rompen nunca. Fue un abrazo cargado de sinceridad y memoria
Pero incluso sin él, la escena tiene un valor incalculable. Porque aquellos tres futbolistas formaron uno de los centros del campo más dominantes de la historia del fútbol. Y lo hicieron con una regularidad que hoy parece impensable. Partidos cada tres días, temporadas interminables, exigencia máxima... y ellos siempre estaban. Sin prácticamente lesiones, rendimiento constante y con una profesionalidad absoluta. Durante años, el madridismo supo que, mientras ese centro del campo estuviera en el terreno de juego, el equipo tendría el control. Era una sensación de seguridad difícil de describir, una confianza que se construía partido a partido, título a título. Sabías que a la hora de la verdad no iban a fallarte.
Modric, con su visión y su capacidad para acelerar o frenar el juego. Casemiro, con su lectura defensiva y su contundencia. Kroos, con su precisión e inteligencia táctica. Tres perfiles distintos, tres personalidades diferentes, pero con un mismo objetivo. Y el resultado fue una época dorada que marcó para siempre la historia del club blanco. Por eso ese abrazo en la previa del Brasil contra Croacia disputado el otro día fue mucho más que un gesto, fue una puerta abierta al pasado, a aquellas noches europeas inolvidables, a las remontadas imposibles y a finales dominadas con una autoridad que parecía instintiva.
Fue recordar a Modric girando sobre sí mismo en el centro del campo mientras el rival perseguía sombras. Ver a Casemiro lanzándose al suelo para cortar una contra que parecía peligrosa. Escuchar las broncas, las órdenes, los gestos de complicidad. Un abrazo para revivir la conexión perfecta entre dos futbolistas que entendieron el fútbol de la misma manera. Entendieron, que no ejecutaron. Y también fue, inevitablemente, echar de menos. Porque el fútbol, como la vida, avanza sin detenerse. Los años pasan, los equipos cambian, las generaciones se renuevan, pero hay recuerdos que permanecen intactos. Y ese abrazo, breve pero sincero, fue uno de ellos.
Ese abrazo, en la previa de un Brasil contra Croacia, fue la confirmación de que algunos vínculos no se rompen nunca. Fue un abrazo cargado de sinceridad y memoria. Intercambiaron camisetas, sonrieron, y recordaron todo lo que un día hicieron defendiendo el mismo escudo. Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. El madridismo, al verlo, seguro que no pudo evitar mirar atrás, agradecer, y sonreír con nostalgia. Porque hay abrazos que valen más que mil palabras. Y el de Luka Modric y Casemiro fue, sin duda, un abrazo de un valor incalculable.
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Buenos días. Ayer quedó clara la postura de La Galerna respecto a cualquier manifestación de odio o animadversión por causa de raza o religión. La palabra más importante en la frase anterior es precisamente “cualquier”. Modestamente, pensamos que estamos donde hay que estar, es decir, en el desprecio a cualquier actitud racista, xenófoba o de ataque a las creencias íntimas de las personas, sean cuales sean esas personas.
La prensa deportiva que padecemos no parece tener clara la importancia de ese determinante (“cualquier”), dado que para ellos existen víctimas de primera y de segunda. Las portadas de hoy, todas ellas, hacen piña en torno a la misma idea de apoyo cerrado a Lamine Yamal a cuenta de los insultos de la grada de Cornellà (“musulmán el que no bote”). El consenso es total, como pocas veces se ha visto en la prensa deportiva patria.
Nos sumamos a ese apoyo a Lamine, futbolista y ser humano que se ha visto ofendido en sus creencias más profundas. Como comienza diciendo en su comunicado, Lamine profesa la fe musulmana, confesión digna de respeto en su versión no extremista ni violenta. Los insultos de la grada iban dirigidos a la selección egipcia, pero Lamine se sintió vilipendiado en su condición islámica.
Nos sumamos, como decimos, a ese apoyo a Lamine, si bien nos llama poderosamente la atención la doble vara de medir de nuestra clase periodística. Es imposible no advertir el agravio comparativo con Vinícius. El brasileño ha cosechado insultos racistas que la prensa deportiva patria ha condenado siempre con la boca pequeña, agregando siempre un pero a su condena. “Es condenable PERO algo hará Vinícius cuando solo él recibe esos insultos”. “Está feo, PERO Vinícius lo facilita con su conducta”. “Estoy contra el racismo, PERO Vinícius debería reflexionar”.
Mientras Vini solo activa este antirracismo adversativo, de salón, Lamine concita un antirracismo incondicional, que es como deberían ser todos los antirracismos si no se jerarquizara el respeto que nos merecen las víctimas en función de qué tal nos caen.
Nadie escribe ni dice hoy “Es condenable, pero algo hará la selección egipcia (y/o Lamine) cuando solo ellos reciben estos insultos”, ni “Está feo, pero los egipcios lo facilitan con su conducta” ni “Estoy contra el racismo, pero los egipcios deberían reflexionar”.
Por denunciar el racismo que sufría, y por si no tenía suficiente con esos ataques, se criticó duramente a Vini. Aunque parezca inconcebible, se criticó a la víctima.
Se le espetó que tachaba a todo un país de racista (cosa que nunca hizo), y fue acusado de torpedear la designación de España como sede de un próximo Mundial por parte de los mismos que hoy se arriesgan a torpedearla con tal de defender a Lamine (y a los egipcios, suponemos). La diferente asignación de prioridades y las disímiles aproximaciones a esta lacra social, en un caso y otro, indignarán y escandalizarán a cualquier espíritu racional dotado de una mínima humanidad.
En lo más alto del acoso mediático y sociológico a Vini, teñido siempre de un componente asquerosamente racista, Marca, convirtiendo en reo a la víctima de la xenofobia, enfangó el planeta con esta portada legendariamente oprobiosa.
Ojalá pueda ahora entenderse que esa portada era entonces tan improcedente como hoy lo habría sido titular “La selección egipcia, en el foco”. La lucha contra el racismo no admite peros, ni escrutar a la víctima en busca de comportamientos que expliquen y/o presuntamente justifiquen el acoso que sufre. Se está contra el racismo siempre y siempre con la misma intensidad (cien sobre cien), con independencia de los sentimientos que nos suscite la víctima.
No entender esto es no entender nada.
Pasad un buen día.
A pesar de que estos días vivimos unos días de exaltación de la fe cristiana, es innegable que la sociedad está cada vez más secularizada. Sobre todo, en occidente. Sin embargo, porque la naturaleza humana es así, la gente sigue necesitando creer en algo. Unos creyeron que el wokismo les iba a salvar la vida, otros pusieron todas las esperanzas de su día a día en las frases de Mr. Wonderful y otros, muchísimos, se limitan a creer en el Real Madrid.
A mí, en cierto modo, también me pasa. Lo reconozco. Fui el último en bajarme del barco de Xabi Alonso. Incluso una derrota frente al Barça me pareció que podía tener una lectura esperanzadora. Hasta llegué a confiar en los proyectos de Benitez y Lopetegui. Ahora, con la aparición de unos chavales, porque no dejan de ser eso, vuelvo a pensar que el Madrid es favorito a todo y que los traspiés anteriores se debían únicamente a que faltaba “un Thiago Pitarch” que corriera y presionara. Así somos. Con los años aprendimos a dejar de creer en los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, pero somos incapaces de hacerlo con el Real Madrid.
si sigo dejando los zapatos cada noche del 5 de enero delante del belén, ¿cómo no voy a pensar que este año, como poco, va a llegar “La Dieciséis”?
En cierto modo es comprensible. Algún día compruebas que los regalos dejan de aparecer milagrosamente, pero con el Madrid es diferente. No deja de darnos motivos para creer. Cuando todo apunta al desastre, aparece un gol en el 93 o un Karim Benzema de turno diciendo que el Madrid va a hacer algo mágico (que es ganar)… y sucede.
No es culpa nuestra. Como decía Sabina: “Nos sobran los motivos”. La verdad es que con los años uno aprende que la felicidad es solo cuestión de expectativas. El problema con el Real Madrid es que genera muchas y muy elevadas. Y algo inherente a las expectativas es la decepción. El Real Madrid sólo ha ganado quince de las sesenta y nueve ediciones de Copa de Europa Disputadas. Aunque dicho así es una barbaridad, las matemáticas no mienten y confirman que las decepciones históricamente han superado en número a las alegrías. Aun así, hay aficionados que cada vez que el Madrid no gana algo consideran el hecho como algo inaceptable, procediendo de inmediato a tratar de reinventar el club. Tiene sentido, todos alguna vez hemos jugado a ser Florentino Pérez.
Se vienen fechas clave para el Real Madrid. El equipo apunta hacia la mejoría, pero, pensándolo fríamente, las posibilidades de que al final no se gane son altas. Y eso implica enfrentarse a millones de decepcionados de entre los que se encuentran algunos organismos parasitarios (internos y externos) que ven en la derrota blanca una oportunidad inmejorable para ganar y rentabilizar una efímera notoriedad con los que no quedará otra que seguir bregando. O quizá no, porque, si sigo dejando los zapatos cada noche del 5 de enero delante del belén, ¿cómo no voy a pensar que este año, como poco, va a llegar “La Dieciséis”?
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El bulo de los más de 70 años de presidentes del CTA con vínculo madridista no ha sido el único que se ha propagado desde el barcelonismo tras el estallido del caso Negreira. Otra noticia falsa objeto de polémica y, sobre todo, mucha desinformación, ha sido la de los sistemas de designación por José Plaza en sus dos etapas como presidente del Colegio Nacional de Árbitros.
Se ha construido un falso relato entre los títulos del Real Madrid y el poder del presidente arbitral designando en solitario (13 temporadas y 11 títulos) y cuando lo hizo en una comisión tripartita (5 ligas y 0 títulos). De igual manera que la realidad documentada demostró que el bulo de los presidentes del CTA no solo era falso, sino que, precisamente, al contrario, hace más de 70 años que ningún presidente del CTA tiene pasado madridista, a continuación, explicamos y documentamos que este relato en torno a las designaciones de Plaza también es falso, incorrecto e incierto.
Como guía orientativa previa a este estudio, nos sirve este resumen de los distintos sistemas de designación que habían sido utilizados desde el final de la Guerra Civil, que expuso, en la Asamblea de la Real Federación Española de Fútbol del 15 de julio de 1971, Antonio Calderón, gerente del Real Madrid:
El 19 de julio de 1967, a las ocho y media de la noche, en los locales de la Federación Española de Fútbol, José Plaza Pedraz tomó posesión del cargo de presidente del Colegio Nacional de Árbitros, en sustitución de Manuel Asensi.
La designación será hecha por el Comité Nacional de Árbitros y será controlada por la Federación Española.
Los clubes de Primera División redactarán su lista, consignando los árbitros por orden de preferencia, eliminando los del Colegio de su regional y hasta un veinte por ciento de los restantes. La designación deberá recaer en el árbitro cuyo nombre coincida preferentemente en las listas de los dos clubes.
Dentro de los cuatro días siguientes en el que se juegue un partido, los clubes están obligados a informar a la Federación Española sobre la actuación del árbitro y los jueces de línea, utilizando los impresos oficiales en el que dicha calificación será cifrada en los signos 2, 1, 0 que significan bueno, regular y malo. Esas calificaciones serán remitidas a la Federación en sobres lacrados, y así permanecerán en la Federación hasta el fin de temporada, en que serán abiertos para proceder a la calificación general de los colegiados por su campaña a lo largo de la temporada.
El 22 de julio de 1970, José Plaza dimitió como presidente del Colegio Nacional de Árbitros. Aunque no sea explicar este asunto el objetivo del presente artículo, al contrario de lo que siempre se ha afirmado, Plaza no dimite por el hecho de que se sancione al colegiado Guruceta, tras un error grotesco al pitar un penalti a favor del Real Madrid en un partido de Copa frente al F.C. Barcelona. A Guruceta se le sanciona seis meses, como responsable de los desórdenes públicos ocurridos en dicho partido. Este hecho, que un árbitro sea considerado responsable de lo que ocurra fuera del terreno de juego, solivianta al colectivo arbitral y termina motivando la dimisión de su presidente. Junto a él, dimitieron numerosos presidentes regionales y la totalidad de los árbitros castellanos y guipuzcoanos.
En palabras del propio Plaza, en su carta de despedida al colectivo arbitral: “Quiero que quede constancia de una cosa: no me voy por Guruceta, por ‘el caso Guruceta’. Soy presidente de una organización y no de una sola persona. Dimití porque la autoridad arbitral ha sufrido un golpe duro, irreversible casi, y yo no sabría desenvolverme en ese clima. Me faltaría la seguridad que he tenido hasta ahora: que los árbitros respondían a actos de conciencia, de estimación inmediata, y no al temor ‘a lo que pueda pasar fuera’”.
La primera temporada se sorteó cada tres jornadas. El resto de las temporadas se probó distintas modalidades de sorteo.
Los clubes tendrán 8 días después de cada partido para informar a la Federación sobre la labor del árbitro. El cero ya no implicará recusación del árbitro, pero los clubes siguen teniendo la posibilidad de recursar a principio de temporada, con las listas.
El 11 de julio de 1975, en la reunión de la Junta Directiva de la RFEF, José Plaza vuelve a ser nombrado presidente del Comité Nacional de Árbitros, con Pablo Porta como presidente de la RFEF.
Las designaciones para cada partido se harán con una antelación de ocho fechas a cada encuentro y los clubes siguen teniendo la posibilidad de recusar árbitros.
El 6 de mayo de 1990, José Plaza Pedraz deja la presidencia del Comité Nacional de Árbitros al pactarlo así con el presidente de la Real Federación Española de Fútbol Ángel María Villar. Un mes después, y tras recibir telegramas de apoyo del colectivo arbitral, quiso presentarse a la reelección, pero la Junta electoral no se lo permitió y Pedro Sánchez Sanz fue elegido su sucesor el 9 de julio de 1990.
Un trabajo de Alejandro Colorado y Alberto Cosín
Continuación de la primera parte de la pieza dedicada a Carniglia.
Tras finalizar la campaña 1957-58, la plantilla se marchó de vacaciones y quedó citada para volver a los entrenamientos el 1 de agosto. En la secretaría técnica causó baja Ipiña y entró el húngaro Osterreicher, mientras que en la plantilla había colgado las botas el capitán Miguel Muñoz y se incorporaron, entre otros, Chus Herrera, Miche, el uruguayo Héctor Ramos y Ferenc Puskas, una estrella mundial cuyo rendimiento era una incógnita después de un año parado por una sanción de la FIFA tras exiliarse de su país. El fichaje del magiar no gustó demasiado a Carniglia por su estado físico al estar pasado de peso. Cuando Antonio Calderón, el gerente, se lo comunicó, le respondió: “¿Ah, sí? ¿Y qué hacemos con su barriga? Calderón replicó firme: “La barriga se la quita usted, ese es su trabajo”.
La pretemporada comenzó con cuatro partidos en Sudamérica donde se incorporaron Domínguez, Santamaría, Rial y Di Stéfano, que se perdieron los primeros entrenamientos. Un partido se disputó en Brasil, otro en Uruguay y dos en Buenos Aires. En el segundo en la capital argentina, ante River, el técnico alineó a una delantera mítica formada por Kopa, Puskas, Di Stéfano, Rial y Gento. Durante la campaña, y por distintos motivos, no sería el ataque más utilizado, y aparecerían juntos en el once mucho menos de lo esperado.
Carniglia volvió de la gira “orgulloso por ser preparador del Madrid, y después de sus actuaciones, todavía más”, y su trabajo físico con Puskas empezaba a dar sus frutos. En el choque ante San Lorenzo, marcó sus primeros tantos y en el Trofeo Carranza mostró una buena versión anotando cuatro goles al Wiener SK austriaco en semifinales. La Liga era un objetivo importante del club porque nunca en la historia se había ganado por tercera vez seguida, pero aquel año el equipo pinchó. No así en la competición que empezaba a ser fetiche: la Copa de Europa.
En la competición doméstica, los madridistas vivieron momentos de buen fútbol, en algunos casos espectacular, con otros mucho más discretos que costaron puntos. La línea no fue regular ni constante, y eso impidió el título ante un Barça de Helenio Herrera que falló menos que los blancos. El Real Madrid consumó grandes goleadas en casa al Gijón y el Atleti con cinco goles, seis a la Real Sociedad, ocho al Osasuna y Sevilla o diez a la UD Las Palmas. Sin embargo, las derrotas fuera contra el Barça por goleada, Atlético de Madrid y Atlético de Bilbao fueron una losa importante. Tampoco se consiguió ganar en Atocha y Mestalla, y por cuatro puntos de diferencia se dijo adiós a la Liga.
Carniglia, durante más de mes y medio entre febrero y abril de 1959, tuvo que dejar la disciplina diaria del equipo por culpa de un cólico nefrítico. Primero se hizo cargo de la situación en los entrenamientos su segundo José Moleiro y más tarde, de forma interina, el entrenador fue Miguel Muñoz. El día 24 de febrero el argentino fue operado en el sanatorio de Nuestra Señora del Rosario por el doctor Hidalgo, que le extirpó un cálculo de un riñón. En total estuvo ausente nueve partidos entre la Liga y la Copa de Europa.
El argentino había estado presente en la primera eliminatoria europea ante el Besiktas, que fue muy dura. En el choque en el Bernabéu hubo expulsiones por cada bando, mucha intensidad y se pudo ver en acción a la delantera mítica blanca para ganar por 2-0. En la vuelta, el empate a uno en Estambul dio el pase a los merengues. La siguiente ronda, contra el Wiener SC, seguía de baja por la operación y se encargó de la preparación Muñoz. El Real Madrid se trajo un empate del Prater, a Puskas expulsado y a Muñoz protagonista en una tangana. Dos semanas más tarde el Real Madrid apabulló a los austriacos con siete goles en el coliseo blanco.
Yiyo retornó para la igualada eliminatoria de semifinales contra el Atlético de Madrid. En cada feudo ganó el equipo local y se tuvo que recurrir a un desempate en La Romareda. Un partido que decidió Puskas marcando el 2-1 antes del descanso, y también Domínguez con sus intervenciones evitando en los últimos minutos otra prórroga. Tras el partido, Carniglia declaró que “para el Madrid siempre suponen todos estos partidos una final. El Atlético luchó mucho, pero terminó defendiéndose. Merecimos un tercer gol, y ha sido una pena no haberlo logrado”.
La final celebrada en Stuttgart iba a tener un viejo conocido como adversario: el Stade de Reims. Los franceses, con el mítico Albert Batteux en el banquillo, ya no tenían a Kopa, que estaba en el cuadro blanco, pero tras su salida se había erigido como en gran estrella del equipo el atacante Just Fontaine. El partido tuvo una ausencia inesperada en la figura de Puskas por una decisión del entrenador Carniglia que Bernabéu aceptó, pero no olvidó. El argentino era de la opinión de que la presencia de Puskas podría predisponer a los aficionados alemanes en contra del Madrid, ya que la familia del magiar había renunciado a su origen germano. Además, el delantero estaba recién recuperado de una lesión, llegaba muy justo al encuentro y el entrenador temía que se pudiese resentir durante el juego y dejar al equipo con diez.
En la previa sobre el choque, Yiyo manifestó que “no será un partido fácil, ya que el Stade de Reims atraviesa un momento espléndido de juego, moral y preparación”. Los franceses, con muchos internacionales en sus filas, buscaron una revancha que no llegó. No fue el encuentro más brillante de los madridistas con un Kopa cojo a los quince minutos, pero que se acabó haciendo con la victoria por 2-0. Mateos hizo el primer gol y buscó el segundo en un penalti que erró. Luego, Di Stéfano, que no fallaba marcando en finales, logró el tanto de la tranquilidad. El Real Madrid era campeón de Europa por cuarta vez y Carniglia afirmó a los medios que “la lesión de Kopa trastocó el juego, pero en la segunda mitad el equipo ha mandado en el terreno. Estoy muy satisfecho del triunfo, hemos superado con amplitud a los franceses”.
En la última competición del año, la Copa, en esta ocasión el techo fueron las semifinales. En primera ronda doblegaron con facilidad al Extremadura. En octavos, se repitió la final del año anterior, pero esta vez los blancos fueron muy superiores al Atlético de Bilbao, venciendo en la ida y la vuelta. En cuartos, el triunfo en casa contra el Sevilla fue suficiente para pasar a unas semifinales en las que el Barça demostró estar de dulce, ganando en Chamartín y también en el Camp Nou.
Antes de terminar la temporada se produjo un acontecimiento especial con el homenaje a Miguel Muñoz. Fue en un Bernabéu repleto y con un invitado de categoría: el Santos de Pelé. Un choque que atrajo mucha atracción y congregó a periodistas de muchos lugares del mundo. El célebre capitán no jugó, pero sí se invitó a estrellas de otros equipos como Del Sol del Real Betis o Gaínza del Atlético de Bilbao. El partido fue atractivo y con muchos goles, se resolvió con 5-3 para los blancos.
Una semana después del homenaje a Muñoz, el técnico argentino dejó la entidad madridista. El diario Marca publicó el 24 de junio que el conjunto blanco le propuso la prórroga de su contrato por una temporada más y el argentino pidió unos días para pensarlo. La oferta era generosa, puesto que se le ofrecía, al parecer, doblarle las condiciones vigentes. Carniglia estaba en Roma y allí también negociaba con un equipo italiano. Finalmente, el argentino decidió aceptar la oferta muy jugosa de este conjunto, que era la Fiorentina, y en una reunión con la directiva madridista en la noche del 25 de junio se despidió de la junta agradeciendo el comportamiento que habían tenido con él. Carniglia expuso que prefería la oferta viola porque su creencia era que el entrenador no debe ni puede desgastarse con su permanencia durante muchos años en una sociedad. Después, también se despidió de los jugadores, a los que dio un discurso muy emocionado exaltando las virtudes y camaradería de la plantilla que había tenido a sus órdenes.
Yiyo prosiguió su carrera como entrenador durante casi dos décadas, entrenando sobre todo en el calcio. Allí dirigió a la Fiorentina, Bari, Roma, AC Milan, Bolonia y Juventus. También tendría un breve paso por el Deportivo de la Coruña, San Lorenzo en su país o el Girondins de Burdeos. Su mayor conquista fue la Copa de Ferias con el cuadro giallorossi en 1961.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
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1.- Entrenadores del Real Madrid: Mr. Firth
2.- Entrenadores del Real Madrid (II): Kinké
3.- Entrenadores del Real Madrid (III): Berraondo
4.- Entrenadores del Real Madrid (IV): Quincoces
5.- Entrenadores del Real Madrid (V): Quirante
6.- Entrenadores del Real Madrid (VI): Albéniz
7.- Entrenadores del Real Madrid (VII): Fernández
8.- Entrenadores del Real Madrid (VIII): Cárcer
9.- Entrenadores del Real Madrid (IX): Fleitas Solich
10.- Entrenadores del Real Madrid (X): Ipiña
11.- Entrenadores del Real Madrid (XI): Encinas
12.- Entrenadores del Real Madrid (XII): Scarone
13.- Entrenadores del Real Madrid (XIII): Villalonga
14.- Entrenadores del Real Madrid (XIV): Mr. Keeping
15.- Entrenadores del Real Madrid (XV): Hertzka
16.- Entrenadores del Real Madrid (XVI): Carniglia (I)
En los años ochenta, si existía un epítome del héroe, ese era Harrison Ford. Su participación en las sagas de Star Wars e Indiana Jones lo convirtió en una deidad. Rápidamente pasó de ser un actor anónimo a una figura de culto para el imaginario colectivo. Tanto es así que, actualmente, Harrison Ford pertenece a la memoria sentimental de millones de espectadores que se emocionaron con sus interpretaciones. No obstante, el actor natural de Chicago parece que siempre ha rechazado la mesianidad que la fama le pudo brindar en su momento y, por el contrario, se ha esforzado en declarar que para él la actuación es solamente su trabajo y el cine, su medio de vida.
Si algo caracteriza a Harrison Ford es ese aire despreocupado del que dota a su interpretación. La mayor parte de su carrera, Ford ha encarnado a héroes insolentes que encaran un reto con suficiencia. Cuentan que el actor es así. El propio Ford no se ha tomado nunca demasiado en serio su papel como estrella del cine ni tampoco se ha echado laureles. Y, personalmente, se lo agradezco. Agradezco que haya actores que no adopten una pose afectada de creadores torturados o artistas dotados de un gran mundo interior que cultivan para seducir a la audiencia. Dicho de otro modo, prefiero actores como Ford capaces de admitir su papel de ventrículo a afectados intelectuales como Joaquin Phoenix.
Un ejemplo de esto lo encontramos recientemente. Harrison Ford se ha unido al Universo Cinematográfico de Marvel para coprotagonizar la nueva película del Capitán América. En ella da vida a Thaddeus “Thunderbolt” Ross, a la sazón Red Hulk. Para ello, entre otras movidas, se ha requerido la tecnología de captura de movimiento. Preguntado por la experiencia: "¿Qué hizo falta? Hizo falta que no me importara. Hizo falta ser un idiota por dinero, algo que ya he hecho antes", respondió el actor de Chicago.
Es cierto que asociamos rápidamente a Ford con Steven Spielberg y George Lucas, los dos directores que le convirtieron en un icono, pero qué duda cabe que podríamos nombrar de memoria fácilmente sus trabajos más celebrados, como Apocalypse Now, La conversación, Presunto inocente, Armas de mujer, Air Force One, La costa de los mosquitos, El fugitivo o Único testigo, película que supuso su única nominación al Oscar. Como vemos, ha trabajado con otros grandes directores como Francis Ford Coppola, Alan J. Pakula, Mike Nichols o Peter Weir.
Si tuviera que elegir dos películas de entre toda su filmografía, sin duda escogería Blade Runner y A propósito de Henry. Sé que son dos películas muy diferentes, pero creo que retratan bien al actor. En la distopía de Ridley Scott, encontramos a un actor sobrio que reinterpreta el arquetipo de agente en una película noir. Su Rick Deckard en ese enjambre multicultural de Los Ángeles es tan turbio como fascinante. Sin este thriller negro de ciencia ficción, el género se hubiera perdido una obra maestra. En el film de Mike Nichols, Ford da vida a Henry Turner, un abogado exitoso y despiadado de un gran bufete. Retrata al tiburón de la época que por mantener su estatus es capaz de cualquier cosa. Durante un atraco en un supermercado es tiroteado y sufre graves daños cerebrales. Es emocionante cómo vuelve a la vida teniendo que aprender de nuevo a hablar, leer o caminar. Tal vez sea su papel más emotivo.
Es en la jeta donde lleva el madridismo marcado el señor Ford. ¿Qué es, si no, el madridismo sino mantener la mirada firme y la sonrisa de superviviente solvente ante los mayores desafíos?
A veces no entendemos bien cómo alguien que se dedica al cine manifiesta cierta indiferencia respecto a su papel de estrella. Ese desapego puede ser visto como un desaire al mismo cine. Por mi parte, creo que el malentendido viene al confundir cualquier producto audiovisual con arte. En el fútbol tenemos varios ejemplos de grandísimos futbolistas que quitan importancia a su labor dentro de la industria. Es más, existen muchos jugadores que han llegado a confesar que para ellos el fútbol no es lo más importante en sus vidas y que apenas consumen partidos por televisión. Esto no resta para que sean auténticos profesionales y jugadores de altísimo nivel.
En el Madrid hemos tenido el caso de Gareth Bale o el de Ronaldo Nazario. Para Bale, había cosas más enriquecedoras en su vida, como la práctica del golf, y eso no suponía ningún tipo de problema para que el galés fuera un grandísimo futbolista. Es sabida la anécdota del bueno de Ronaldo Nazario al llegar en autobús al estadio en el que tenía que jugar una tarde y, tras despertarse de la siesta, preguntar al compañero de al lado contra quién jugaban en un rato. De hecho, O fenômeno ha manifestado recientemente que en la actualidad ama más al tenis que al fútbol y que ver partidos enteros le resulta aburrido.
Por ello, es importante que aún existan entre nuestras filas sabios como Florentino Pérez. Nuestro amado presidente todavía encuentra dicha en trabajar por el Real Madrid. Florentino bien podría ocuparse de sus quehaceres, retirarse a la vida contemplativa. Sin embargo, lejos de la jubilación, Florentino sigue comandando el Real Madrid. Siempre se necesita alguien cerebral que con amor sepa administrar un legado. ¿Qué será del club tras el mandato de Florentino Pérez? Esta incógnita espero que tardemos en resolverla.
Y por lo que respecta a nuestro protagonista de hoy, estoy convencido de que la estrella de Harrison Ford no se apagará. Esa sonrisa perenne de héroe licencioso, de aparente galán despreocupado, esa luz interior que marca el carácter e ilumina a los demás, eso jamás se pierde. Es en la jeta donde lleva el madridismo marcado el señor Ford. ¿Qué es, si no, el madridismo sino mantener la mirada firme y la sonrisa de superviviente solvente ante los mayores desafíos?
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Hemos asistido recientemente, sobre todo tras las dolorosas derrotas ante Osasuna en El Sadar y ante el Getafe de Bordalás, a varios días que yo calificaría de penosos y muy lamentables dentro del madridismo. Gracias a Dios, tuve la suerte de abandonar las redes sociales —hablo de X, ese estercolero infame repleto de odio y de toda clase de frustraciones freudianas— hace más de un año, pero al final el hediondo olor que expelen numerosos tuiteros, y también no pocos de supuestos youtubers madridistas, también acaba por llegar a todas las pituitarias que siguen la actualidad del club merengue.
Desde este modesto atril, avalado por casi 55 años de pasión madridista dentro y fuera de nuestro estadio —amén de mi correspondiente condición de socio—, he de confesar que me he sentido más que nunca abochornado por abrazar los mismos colores futbolísticos que cientos, quizás miles, de cenutrios que se han expresado como verdaderos cabestros descerebrados. El colmo fue asistir al infame espectáculo de ver a decenas o cientos de espectadores en el Santiago Bernabéu nada menos que dirigirse al palco con ominosos gritos de “¡Florentino, dimisión!” tras la derrota por 0-1 ante el Getafe.
Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”. No sé si se trataba de aficionados de nuevo cuño, de espectadores jóvenes o no tan jóvenes, de personas manipuladas por algún interés oscuro. Escuchar dichos alaridos me dieron ganas de no volver a pisar un estadio al que habré acudido más de mil veces en mi vida.
No está de más recordar a todos esos energúmenos que el Real Madrid, mejor club del siglo XX según la FIFA y bien encaminado —nadie le hace la mínima sombra por ahora— para ser también el mejor club del siglo XXI, tuvo que atravesar un desierto de 32 años que transcurrió entre la Sexta y la Séptima Copa de Europa. 32 años es una barbaridad de tiempo. Para que se hagan una idea, los Juegos Olímpicos de Barcelona, olvidados ya casi por la mayoría, acabaron hace 34 años. 32 años es lo que tarda cualquier ser humano desde que nace hasta que más o menos se consolida en la vida como adulto responsable. Una eternidad.
Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”
Yo viví cada uno de esos 32 años, y los recuerdo muy bien, ya que soy asiduo a Chamartín desde finales de la década de los 60. No hubo consecución de trofeo de Copa de Europa, lo más cerca que estuvimos fue haber llegado a la final de 1981 o lograr alcanzar varias semifinales (1973, 1976, 1980, 1987, 1988 y 1989) en una época en la que tan solo el campeón de cada liga nacional tenía opción de competir por el máximo trofeo europeo.
Y sí, hubo muchas frustraciones, con derrotas tristes —y algunas lamentables— ante Ajax, Bayern, Hamburgo, Liverpool, AC Milán. Pero no recuerdo nunca haber asistido a un aquelarre absurdo, ignominioso e injusto como la escena de hace unos días. Ni con Bernabéu de presidente, ni con Luis de Carlos, ni con Ramón Mendoza.
¿Quizás porque en aquellos años nos conformábamos con menos? Pero también quizás gozábamos más, con victorias en eliminatorias, con las inolvidables noches del Derby County, del Oporto —jamás hubo más espectadores en Chamartín que aquel día, con el inolvidable gol de cabeza de Goyo Benito—, del Celtic, del Bayern.
Hoy habría cumplido 78 años Goyo Benito, un trozo del escudo del @realmadrid.
Siempre en nuestro recuerdo. pic.twitter.com/Bjrk9wClMp
— La Galerna (@lagalerna_) October 21, 2024
Aquellos años 70, ganando 3 de cada 5 ligas, con Amancio, con Pirri, con Velázquez, con Santillana. Aquella Quinta del Buitre, que primero nos regaló un campeonato de liga de 2ª división con el Castilla —que llenaba casi más el estadio que el primer equipo— y que luego logró 5 títulos de carrerilla con un fútbol inolvidable.
Chamartín se llenaba y la afición gozaba, me atrevo a decir muchísimo más que ahora. Claro que tuvimos épocas de vacas flacas y apenas un par de consuelos europeos en forma de Copas de la UEFA —competición en su momento que le daba mil vueltas a la Europa League actual—, que, para ser sinceros, se saborearon muchísimo en 1985 y en 1986, tras aquellas noches locas ante los Anderlecht, Borussia, Inter o Colonia.
No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural
Y ahora, ¿qué? Tras romper el maleficio de los 32 años en Amsterdam, volvieron los nuestros al pedestal más alto del continente. Y, tras dos aldabonazos más en 2000 y en 2002, volvimos al desierto otros 12 años. Entre otras cosas, con 6 caídas consecutivas en octavos de final de la Copa de Europa. Con alguna que otra alegría en forma de liga del clavo ardiendo o la Copa de Valencia ante el equipo que muchos creían que iba a dar la vuelta al contador de la Champions League.
Pero no fue así. Y resulta que, tras la Décima de Lisboa, este bendito club, dirigido por un genio, un —gracias, Butragueño— ser superior e irrepetible, nos ha regalado en una década tantas copas de Europa como en los mejores años de aquellos titanes irrepetibles capitaneados por Di Stéfano y por Gento.
Las nuevas generaciones, aquellos aficionados de menos de 25 años, han vivido ya 7 u 8 máximos galardones europeos. Y me temo que han visto estas conquistas como algo sencillo y, sobre todo, rutinario. No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural.
No es cierto que no haya mérito en ganarla, que “solo son un puñado de partidos”. Que se lo digan al Chelsea, que tiene 2 en toda su historia, al Manchester City, que tiene 1, o al PSG, que recién se estrenó el año pasado, y que cada año han tirado la casa por la ventana como si no hubiera un mañana para lograr lo que el Madrid ha conquistado ya 15 veces.
Da bastante tristeza que la memoria de muchos de los supuestos aficionados merengues sea tan corta y estrecha. Apenas 4 meses después de lograr la 15ª, ya había caras largas en el estadio, y qué decir de las odiosas redes sociales. Había que cerrar el club y derribar todas las instalaciones deportivas, gasearlas y bombardearlas sin piedad. Esa prisa, esa falta de paciencia que se detecta cada día más entre gran parte de la afición es, sencillamente, inadmisible.
No es fácil pasar de tener en un equipo a 7, 8, 9 de los mejores del planeta al mismo tiempo (Ramos, Varane, Marcelo, Modric, Casemiro, Kroos, Cristiano, Bale, Benzema), perderlos a todos ellos, la mayoría por razones de edad, y esperar que los que se incorporan vayan a hacer exactamente lo mismo que los anteriores en un tiempo récord. Aun así, cayeron la 14ª y la 15ª sin muchos de los nombrados. Y con un mérito increíble ambas veces.
Aceptemos la impaciencia. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud es pedir la dimisión de Florentino
Una cosa es ser exigentes —todos los madridistas lo somos— y otra cosa es querer milagros cada año. Los momentos de transición parece que ya no existen y que cualquier nueva incorporación que se vista con nuestra zamarra tiene que ser inmediatamente tan buena como la leyenda que se acaba de retirar.
Aceptemos la impaciencia, por lo tanto, tampoco hay que pedir a los nuevos madridistas que sufran un calvario de 32 años como los de mi generación. Seguro que no lo aceptarían y abandonarían al club transcurrida la mitad del tiempo. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud —y otros sustantivos peores— es pedir la dimisión a un presidente que nos salvó literalmente de la ruina en el año 2000, que volvió a poner en el mapa a nuestro club, que se gana día a día el respeto de organismos tan ególatras como la UEFA y la FIFA, que ha alzado un estadio que es buque insignia mundial en este planeta, y que le saca una diferencia de 8 Copas de Europa al segundo más laureado (Milán), y 9 a los terceros (Bayern y Liverpool).
Yo no quiero estar al lado de ese tipo de supuestos madridistas, ya que provengo de una sequía que me pareció eterna, pero con la cual muchos convivíamos y lográbamos ser felices. En estos tiempos, menos de 2 años ya les parece a muchos una espera inaguantable. Para inaguantables, que se miren ellos mismos al espejo.
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