Las mejores firmas madridistas del planeta

Buenos días, galernautas. Quienes ya peinéis canas y quienes, directamente, no peinamos nada por lucir unas sienes brasileñas que mejoran nuestro perfil aerodinámico, recordaremos aquella época en la que los diarios presuntamente deportivos se dedicaban a informar sobre cosas que ocurrían de verdad. Qué desfachatez. Hace eones (o al menos lo parecen) los protagonistas de la actualidad deportiva eran los propios deportistas, técnicos y directivos. Vivimos ahora en una época en la que ese rol principal parece haberse tornado hacia el periodista, siendo lo de menos la respuesta que obtenga. Su función ha dejado de ser informar en favor de tocar los pelendengues a quien él o su jefe consideren.

¿Que el jefe de Marca es un acérrimo seguidor del club otrora apropiado indebidamente por Michaelangelo Hill y Henry Cherry Tree? No se hable más. Satanicemos al club enemigo magnificando sus miserias y escatimando, cuando no negando, cualquier información positiva relativa a él. Tirar otra vez de WordArt para tildar de “explosivo” el asunto de Ceballos en el equipo blanco es tan mezquino como desubicado. El andaluz, buen jugador, ha tenido un papel, en el mejor de los casos, residual en las temporadas que ha estado en el club, cuando no abiertamente intrascendente. Su tendencia a lesionarse le ha restado aún más opciones de tener minutos, por lo que se antoja desproporcionado el empleo del término “explosivo”. Es un jugador que, con todo el respeto, no tiene trascendencia suficiente como para que se usen términos tan sensacionalistas para referirse a sus cuitas. Se irá a final de temporada. Gracias por todo, y que le vaya muy bien.

¿Que suena para el Real Madrid un entrenador que no gusta a alguien en As? Vayamos posicionando al sector más lanar de los lectores en contra mediante la introducción de conceptos negativos relacionados con ese técnico, pues nada hay más rencoroso que la prensa dizque deportiva española. Ante el esbozo de bosquejo de posibilidad de que José Mourinho vuelva al Real Madrid, velan armas que haría parecer un pelotón de hoy scouts a los hombre que prepararon las batallas del Abismo de Helm y Minas Tirith en el Señor de los Anillos. Están afilando los teclados, las plumas, las grabadoras y sus lenguas, y As califica de “embrollo” una potencial renovación del contrato del entrenador portugués con su actual equipo. En cualquier otro supuesto, la situación sería tráfico habitual en cualquier relación entre técnico y club. Su equipo lleva invicto en su país desde que llegó, así que la intención de prorrogar su vínculo tiene todo el sentido para cualquiera sin ganas de embarrar. ¿Acaso pedimos mucho? Sí, demasiado.

La prensa cataculé está a sus cosas. Sport clama “¡A por la liga!” sin especificar si se refiere a la competición doméstica española, esa cuyo vicepresidente de los árbitros recibió millones de un club durante dos décadas y, oh, casualidad, vivió su mejor época deportiva mientras se acumulaban escandalosos arbitrajes que reflejaban aberraciones estadísticas imposibles de explicar. Sí, hombre, haga usted memoria, esa liga a cuyo presidente varios clubes, incluido este, prestan dinero. Esa liga debe de ser. A esa liga debe referirse Sport cuando dice que hay que ir a por ella.

El diario del Conde de Godó, Grande de España, habla de ganar y al sofá. Prepotente en el mejor de los casos. ¿Se imagina el galernauta si eso mismo apareciera en el frontispicio de algún medio vinculado a lo que llaman “central lechera”? Complicado, porque para eso tendría que existir una prensa que sea tan del Real Madrid como los cataculés son del Barcelona. Las potenciales consecuencias de su existencia son tan amplias que conviene dejarlas con las cosas menores que no podemos entender, y tampoco es que queramos.

Pasad un excelente día 2 de mayo.

Hola, galernautas. Hoy es el Día del Trabajo, y debe ser esta la razón por la que este pringao que les escribe está currando  hoy. Ahora que lo pienso, no debe de ser esa la razón, dado que la inmensa mayoría del género humano no está currando hoy, y ello es precisamente por ser el Día del Trabajo.

Ha de existir, pues, otra razón por la que hoy me encuentro aquí, al pie del cañón, rebozándome en portadas intrascendentes y rumores que, fuera o dentro de las portadas, conducen invariablemente a una puesta en tela de juicio de la conveniencia de la existencia misma, en el entendido de que somos madridistas, primero, y de que la ausencia de actualidad de calado en el club que nos quita el sueño abre la espita a la rumorología, segundo, mayormente a la rumorología negativa, claro. Tanto los youtubers y XTuiteros que se presentan como madridistas como la prensa tradicional nos bombardean en esta hora aciaga con historias que ponen en entredicho la profesionalidad de los jugadores blancos, y atribuyen a esa falta de ética del trabajo gran parte del fracaso de esta campaña.

Ética del trabajo. Os aseguramos que es coincidencia el habernos encontrado de pronto manejando ese sintagma en el día del ídem, o sea, del trabajo. ¿Son realmente los hombres que Arbeloa (por el momento) tiene a sus órdenes una panda de vagos caprichosos, con escasa propensión al laburo y limitada pasión por lo que les da (generosamente) de comer? Es muy posible que haya alguna exageración al respecto, pues no solo de la verdad vive el insider (alguien alegará que nunca vive de ella), pero son ya tantas y tan variadas las fuentes que no queda más remedio que conceder veracidad  a la hipótesis.

He aquí, pues, el último y más desesperante servicio que los jugadores del Real Madrid han hecho a quienes viven de meter mierda contra la institución: darles la razón.

Asimismo, no es imposible que todo esto suceda porque, en efecto, la cultura de la relajación haya impregnado al club en su conjunto, o al menos una cierta permisividad ante actitudes que no hablan de los futbolistas del equipo como gente que se distinga por un compromiso superlativo. Ha de ser difícil lidiar con grandes estrellas como ellos pero, en el difícil equilibrio entre la procura de su bienestar y la necesaria exigencia, da toda la sensación de que las tornas se han volcado de manera excesiva hacia lo primero. El madridista que peine canas y recuerde la Quinta del Ferrari sabrá a qué nos referimos. Lorenzo Sanz pudo permitirse poner en la frontera a una panda de magníficos jugadores visiblemente aburguesados. Muy loable desde esta perspectiva histórica, pero ni siquiera en caso de que fuera necesario podría el Madrid plantearse una limpia como aquella. El mercado es otro, los tiempos son otros y nadie se quiere marchar del Madrid ahora. La solución pasa por unos sabios retoques y un técnico capaz de imponer esa ética del trabajo de la que hablamos. Si además alguien es capaz de dar la vuelta al negreirismo, pues mejor aún, pero esta variable exógena parece por desgracia inamovible. Los malos han vencido. Centrémonos en aquello que de verdad podamos modificar, y una revisión de la actitud ante el trabajo en el día a día resulta obviamente necesaria si queremos relanzar a esta plantilla. Lou Reed y John Cale lo definieron sin la menor ambigüedad.

He'd say, "I've got to bring home the bacon

someone's got to bring home the roast."

He'd get to the factory early

If you'd ask him he'd have told you straight out

"It's just work!"

Os dejamos con las portadas del día. Toda la suerte al Rayo. Feliz Día del Trabajo, a ser posible a una gran distancia del mismo. No seáis como este portanalista.

En el fútbol de élite, donde la urgencia suele imponerse al análisis, emergen figuras cuya influencia trasciende lo estrictamente competitivo para instalarse en una esfera más compleja: la de la comprensión estructural del juego y la gestión inteligente del ecosistema humano. Toni Kroos pertenece a ese linaje escaso.

Adiós, príncipe vikingo

Reducir su trayectoria a un compendio de títulos sería una simplificación impropia de su figura. Sin embargo, conviene recordar que el alemán ha sido eje vertebrador en uno de los ciclos más dominantes del Real Madrid moderno, acumulando Ligas de Campeones, campeonatos domésticos y consolidándose como campeón del mundo con Alemania en 2014. Pero su legado no se mide en metal, sino en método.

En un fútbol cada vez más acelerado, donde el ruido amenaza con sustituir al criterio, la posible irrupción de Kroos en la estructura del Real Madrid supone algo más que un movimiento simbólico

Kroos ha sido, esencialmente, un organizador del caos. Un interior de orientación posicional que entendía el juego desde la pausa, la ventaja y la ocupación racional de los espacios. Su dominio del tempo no respondía únicamente a una cuestión técnica, sino a una lectura anticipada de los escenarios: fijaba alturas, inducía presiones rivales y liberaba líneas de pase en carriles interiores con una naturalidad impropia del ritmo contemporáneo.

En fase de inicio, su capacidad para incrustarse en salida —interpretando mecanismos cercanos a la salida lavolpiana— ofrecía superioridades limpias. En campo rival, su gestión del tercer hombre y su precisión en cambios de orientación desarticulaban estructuras cerradas. Pero, más allá de lo táctico, Kroos ejercía una influencia invisible: la del jugador que ordena el contexto emocional del equipo.

Gloria al maquinista

Ese perfil es el que hoy invita a imaginar su retorno al Real Madrid en una función de enlace entre vestuario, cuerpo técnico y presidencia. En un club donde la presión estructural es constante y la toma de decisiones debe convivir con la gestión de egos, la presencia de una figura con su legitimidad interna no es un detalle menor: es una ventaja competitiva.

Porque Kroos no solo fue respetado, sino también escuchado. Su liderazgo nunca se construyó desde el exceso verbal, sino desde la coherencia sostenida. Hombre de discurso sobrio, de compromisos firmes y de una relación institucional impecable con Florentino Pérez, representa una figura de equilibrio en un entorno donde la estabilidad es un bien escaso.

Sonrisa Zidane

Este posible nuevo rol dibuja inevitablemente un paralelismo con el itinerario que en su día recorrió Zinedine Zidane. Aquel tránsito, desde asesor presidencial hasta entrenador del primer equipo, no fue fruto del azar, sino de una comprensión profunda de las dinámicas internas del club. Zidane no llegó al banquillo; se formó para él.

Kroos podría iniciar ahora un recorrido de naturaleza similar. No como réplica, sino como evolución. Si Zidane representó la gestión emocional del grupo desde la intuición y el carisma, Kroos puede aportar una dimensión más analítica, más estructural, sin perder la autoridad que otorga la experiencia.

Pensar en él como un “Zidane 2.0” no es una etiqueta mediática, sino una hipótesis funcional: la del futbolista que, tras dominar el juego desde dentro, decide reinterpretarlo desde fuera. En un fútbol cada vez más acelerado, donde el ruido amenaza con sustituir al criterio, la posible irrupción de Kroos en la estructura del Real Madrid supone algo más que un movimiento simbólico. Supone recuperar una idea: que entender el juego sigue siendo la mayor ventaja posible.

 

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Buenos días. En el momento en que escribimos las primeras líneas de este portanálisis, es técnicamente posible que el Atlético de Madrid sea el próximo campeón de Europa. Esta frase la dices en agosto y no tiene nada de particular, puesto que el Atleti suele estar en la amplia gama de equipos que inician la Champions League. Pero lo dices ahora, cuando ya solo quedan cuatro, y hay que reconocer que la cosa impresiona. Ayer jugaron la prímela vuelta de su semifinal contra el Arsenal, y lo cierto es que siguen vivos.

La prensa española les apoya sin fisuras. Incluso el diario Sport, demasiado culé hasta para Joan Gaspart, se muestra hoy capitalino al máximo. Madrid ens roba, pero solo el de la coronita. El del oso y el madroño con ventanas al río nos gusta, aunque solo sea porque de vez en cuando toca algo los dídimos al de la coronita, que es el que ens roba. O a lo mejor es solo que vamos a fichar a Julián Álvarez a precio de ganga, que los de Coslada y sus altavoces no saben ya en qué idioma decir que nos lo regala. Julián marcó ayer, de penalti y sin hacer un gran partido, pero ello nos sirve para elevar el hype de la parroquia afín, en la idea de que puede ser el sustituto de Lewandowski.

Sí, el Atleti empató a uno, y no resulta un disparate pensar que podrían llegar a plantarse en la final contra PSG o Bayern. Solo necesitan ganar al Arsenal en Londres, y sabemos, que si existe un equipo en el mundo que supera al Atleti en capacidad para sufrir percances a centímetros de la meta, ese es el Arsenal, conocido como el Losernal en algunos círculos más o menos maliciosas. Pupas vs. Losernal, con al atractivo añadido (por el reglamento) de que uno de los dos debe ganar por mucho que se empeñe en lo contrario.

 

Las terminales mediáticas cerecistas arden en apoyo a la causa cholista y fe en sus posibilidades. En el segundo tiempo hicieron méritos para ganar el partido, arguyen, como si ese fuera argumento de fe en lugar de lo contrario. Merecer ganar y no hacerlo es, precisamente, el epítome del pupismo.

¿Qué pasaría si el Atleti ganara la Champions? Es una hipótesis improbable por cuanto, aun en el caso de llegar a la final, el rival sería de órdago. El fútbol, sin embargo, es todavía un punto más caprichoso que la vida misma, por lo que nada puede descartarse. ¿Qué pasaría? ¿Cómo deberíamos tomarlo los madridistas?

Obviamente, cada uno sería muy dueño de tomarlo como quisiera, y el espectro de reacciones posibles es amplio. El madridista memorioso recordará las múltiples afrentas dialécticas del entorno atlético hacia el Real Madrid, y legítimamente elegirá posicionarse en contra. Aunque sobre el césped apenas nos han rozado, nos han insultado con un odio tan ciego e inveterado fuera del mismo que ir con el rival no parece descabellado.

Habrá madridistas en el extremo opuesto, madrileños (o no) con simpatías por los rojiblancos, plasmadas en sus mejores deseos para tantos amigos y familiares que profesan la religión india. Hablamos de madridistas que pueden llegar a desear que este año, de una vez por todas, la suerte sonría al vecino. Tampoco nos parece un dislate, y además, no nos engañemos, esta postura es la que más les duele a ellos. Dile tú, madridista, a un atlético eso de que “el Atleti es mi segundo equipo”, así, con un leve deje de displicencia, y verás brotar de sus ojos chispas de rabia sarracena.

En La Galerna preconizamos una saludable indiferencia a este respecto. Siempre habrá un cuñado que intentará hacer pasar por empate un marcador de 15-1. De ser así, en su propia caricatura llevará la penitencia. Lo único que nos resulta vagamente incómodo en la posibilidad de que el Atleti alce la Orejona es tener que jubilar el meme del hombre con el brazo en blanco (¡en BLANCO!) presumiendo de haberse tatuado en el mismo todas las Champions de su equipo.

Pasad un buen día.

El Real Madrid ya está a once puntos del líder, el Barcelona. Una distancia que retrata muchas cosas, pero sobre todo una: el tamaño del desplome. Y conviene recordarlo porque no hace tanto la fotografía era exactamente la contraria. A principios de noviembre, el conjunto blanco se encontraba cinco puntos por delante de su eterno rival y, además, ya le había ganado en el primer Clásico de la temporada. Tenía ventaja, sensaciones y una posición privilegiada para dominar el curso.

Hoy, sin embargo, observa la cima desde lejos, atrapado en una espiral de excusas, culpables improvisados y análisis de conveniencia. Pero lo más llamativo no es haber perdido la ventaja. Lo verdaderamente sorprendente es la facilidad con la que, alrededor del club, se ha ido señalando a cualquiera menos a quienes de verdad manejan el timón. Todo comenzó, o al menos así se quiso vender, con aquel cambio de Vinícius. Cada uno eligió el motivo que mejor le encajaba: un gesto, una mala cara, un desencuentro, una supuesta ruptura interna. Da igual cuál fuera la versión preferida, porque el objetivo era el mismo: encontrar una cara visible a la que responsabilizar de la caída. Durante semanas se repitió que el problema del Madrid era Vinícius, su actitud, su influencia o su bajón de nivel. Parecía que, retirando una pieza, todo volvería a su sitio.

La situación del Madrid: 1. Xabi

Pero, como los resultados no mejoraban, hizo falta un siguiente señalado. Y entonces apareció Xabi Alonso. Se nos explicó que el entrenador había perdido el vestuario, que no sabía gestionar egos, que el equipo ya no jugaba a nada y que la convivencia era insostenible. El relato estaba listo: los futbolistas ya no creían en él y, como no se puede despedir a veinte jugadores, lo lógico era cortar por el eslabón más débil. Así funciona muchas veces el fútbol moderno: pagan justos por pecadores, y el técnico suele ser el primero en pasar por caja. Xabi Alonso salió del club convertido en el gran responsable del desastre. Algunos llegaron incluso a presentar su marcha como una liberación. El problema era él, no los jugadores, no la planificación, no la falta de compromiso en determinados encuentros. Él.

El Madrid de Arbeloa ha hecho clic

Llegó Arbeloa desde el Castilla y, de repente, todo eran sonrisas. Según se contaba, por fin había un entrenador que entendía mucho mejor lo que significa vestir esa camiseta, alguien cercano al vestuario, alguien capaz de devolver la armonía perdida. La atmósfera cambió de un día para otro... al menos en los titulares. La realidad tardó poco en responder. Apenas 48 horas después, el Madrid cayó eliminado de la Copa del Rey en Albacete tras una actuación vergonzosa. Quizás tanto buen ambiente confundió a alguien, porque conviene recordar algo básico: al fútbol se juega con los pies, no con abrazos, sonrisas ni discursos vacíos. Pero tampoco pasó nada. El culpable ya estaba localizado y despedido. Xabi Alonso era el origen de todos los males, así que solo quedaba esperar a que llegaran los resultados.

algunos futbolistas viven demasiado cómodos. quienes toman decisiones parecen convencidos de que todo seguirá funcionando por inercia

No llegaron. El equipo terminó por tirar la Liga de manera casi incomprensible. No hizo falta una decisión oficial ni una renuncia pública. Bastó con la inercia, con la dejadez, con esa peligrosa costumbre de asumir que siempre habrá una Champions que salve el año. Como si el campeonato doméstico fuese una molestia menor y no la prueba más constante de regularidad y competitividad. Muchos compraron otra vez el discurso. No pasa nada, la Liga Negreira puede escaparse, lo importante es Europa. El problema es que para ganar la Champions no basta con la camiseta ni con la nostalgia, hay que jugar contra los mejores. Y cuando tocó hacerlo, el Bayern Múnich eliminó al Madrid ganando ambos partidos. Sufriendo más de lo esperado, sí, pero acabó ganándolos al fin y al cabo.

Entonces apareció una nueva explicación de urgencia: la expulsión de Camavinga y el árbitro. De nuevo, la culpa estaba fuera. Nunca en el juego mostrado, nunca en los errores estructurales, nunca en la gestión deportiva, nunca en haber menospreciado competiciones o en haber regalado partidos por el camino, no. El culpable era Camavinga. O el árbitro. O ambos. Y así, en pocos meses, la lista de responsables ya incluía a Vinícius, Xabi Alonso, Arbeloa, Camavinga, los árbitros y cualquiera que pasara por allí.

Hace unos días incluso leí otro giro argumental: también la afición del Bernabéu había contribuido al fracaso. Según algunos, pitar al equipo en determinados partidos generó una presión insoportable para unos futbolistas multimillonarios acostumbrados a la élite. Lo que debía haber hecho el público, al parecer, era animar más. Claro que sí. Supongo que también debió extender una alfombra roja tras la eliminación copera. O aplaudir con entusiasmo después de perder en casa frente al Celta o al Getafe. O celebrar la derrota en la Supercopa de España. O agradecer el papelón de Lisboa, donde se dejó escapar una posición privilegiada en la fase liga de Champions. Pobrecitos los jugadores, víctimas del entorno.

El Madrid lleva dos temporadas consecutivas decepcionantes porque arrastra problemas de planificación, de hambre competitiva, de estructura deportiva y de autocrítica. Porque se ha instalado en la convicción de que el escudo resuelve por sí solo lo que no se corrige en los despachos ni en el césped

Lo fascinante de todo esto es la creatividad para encontrar causas secundarias mientras los principales permanecen blindados. Porque, cuando parecía que ya estaban todos señalados, todavía faltaba uno más: Arbeloa. Ahora resulta que el técnico es responsable por ser demasiado blando, por no criticar nunca al vestuario, por no dar más minutos a Ceballos y Carvajal. Esta última teoría merece un museo aparte. La temporada del Madrid, se dice, ha sido mala porque no han jugado más un futbolista castigado por molestias constantes y otro cuyo rendimiento ha sido, siendo generosos, muy discreto. Es maravilloso. Imagino a Álvaro Arbeloa levantándose por la mañana y pensando: “¿Cómo puedo perder hoy? Ya sé, dejaré en el banquillo a mis mejores jugadores y sacaré a los peores”. Hay análisis que no resisten ni diez segundos de lógica.

La realidad seguramente sea bastante menos novelesca y bastante más incómoda. El Madrid lleva dos temporadas consecutivas decepcionantes porque arrastra problemas de planificación, de hambre competitiva, de estructura deportiva y de autocrítica. Porque se ha instalado en la convicción de que el escudo resuelve por sí solo lo que no se corrige en los despachos ni en el césped. Porque algunos futbolistas viven demasiado cómodos y porque quienes toman decisiones parecen convencidos de que todo seguirá funcionando por inercia.

Mientras tanto, en plena tormenta deportiva, llegó el Mutua Madrid Open. Torneo que nos ha dejado imágenes simbólicas: Florentino Pérez compartiendo protagonismo en un peloteo con Jude Bellingham y Courtois, entre risas y ambiente distendido. No hay nada malo en sonreír ni en acudir a eventos, el problema son los tiempos que corren. Cuando una parte importante del madridismo observa con preocupación la deriva del club, ver a quienes sí tienen capacidad real para cambiar las cosas instalados en una burbuja de normalidad resulta revelador.

Porque los únicos que de verdad pueden alterar el rumbo son ellos: quien ficha, vende y destituye, y quienes salen al campo a competir. Todo lo demás son distracciones. Yo no tengo por qué saber la solución, no me pagan para ello. Pero sí sé algo elemental: si quieres resultados distintos, no puedes repetir siempre los mismos errores. No puedes confiar eternamente en el talento sin trabajo, en la épica sin fútbol, en el marketing sin exigencia y en la nostalgia como modelo de gestión. Mientras tanto, el segundo año consecutivo amenaza con cerrar otra vez la sala de trofeos vacía. Y la secuencia ya la conocemos de memoria: primero fue un gesto de Vinícius, luego Xabi Alonso, después Arbeloa, más tarde la afición, luego los árbitros y finalmente Camavinga. Se nos acaban los culpables, pero seguimos con el problema. Pero qué más da, mañana ya veremos a qué suceso o qué actor secundario le endosamos el muerto.

 

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Buenos días. Ayer tuvimos la suerte de ver un partido de fútbol absolutamente excepcional. El marcador (5-4) habla por sí solo, aunque se queda corto al reflejar tanta y tan vertiginosa calidad como se vio sobre el campo. PSG y Bayern de Múnich recrearon la vista de millones de espectadores en el mundo. Lástima que todavía no esté en vigor la nueva Champions, la que difundiendo los partidos a través de un streaming hará llegar maravillas como esta a muchos más millones aún.

Fue en efecto, como comenta Sport, una oda al fútbol que muchas cuentas en redes sociales madridistas aprovecharon para despedazar a su propio equipo. “Eso es fútbol, cualquiera de los dos contendientes habría apalizado al Madrid de haberse cruzado en su camino”. Lo cierto es que el Madrid se cruzó en el camino de uno de ellos hace bien pocas fechas. Y no fue apalizado. El partido de ayer, en clave madridista, no da para un análisis catastrofista sino, a nuestro juicio, moderadamente esperanzado. El equipo de Arbeloa, con su plantilla altamente criticada, estuvo muy cerca de eliminar y tuvo contra las cuerdas a uno de los dos colosos de ayer, señal de que no estamos tan lejos de poder competir nuestra competición fetiche en los años venideros. A nuestro juicio, faltan retoques (retoques importantes, pero lejanos a una revolución que por otro lado es implanteable) y un entrenador capaz de implantar una ética de trabajo superior a la que ahora mismo impera en ese vestuario. No sabemos si dicho técnico debe ser Mourinho (como rezaba ayer la rumorología), Klopp o el propio Arbeloa, que nosotros nunca descartaríamos. El caso es que hay una base sobre la cual construir, como parece refrendar el papel jugado por nuestro equipo en la Champions. Falta el hábito, como decía Roberto Albáizar en estas mismas páginas hace poco. No es poca cosa, todo sea dicho también.

En el memorable partido de anoche, se produjo una jugada que da para un análisis del trabajo de los analistas, valga la redundancia. Fue un penalti por mano de Davies, en área bávara, que fue señalado como tal por el colegiado del VAR. La jugada es idéntica (o incluso menos clara) a la mano de Rodríguez del pasado viernes, en La Cartuja, a disparo de Brahim, pero en la piel de toro las jugadas se estiman de otra manera cuando hay por medio camisetas blancas. Curiosamente, y para subrayar aún más las diferencias ambientales, el mencionado árbitro de VAR era español, Del Cerro Grande. Los colegiados son un desastre en el contexto de la MLN, porque son fieles al putrefacto sistema. Cuando salen fuera (que es pocas veces, porque “fuera”’sabe de sobra lo corruptos que son) no desentonan en el aspecto técnico. No es él quién, es el dónde.

Por lo demás, hay que reírse muy fuerte ante una nueva exhibición de rostro pétreo por parte del ejército de opinión sincronizada, capitaneado por el incomparable Comandante Pável. Como resaltaba en X nuestro colaborador Rafa Gómez de Parada, la doble vara de medir del sujeto vuelve a quedar patente. No es de extrañar en quien, con sueldo pagado por el erario, en TVE1, llegó a tirar de IA para manipular las imágenes que presuntamente llevaban a la conclusión de que Brahim había cometido penalti.

Ayer no llegó a tanto. Simplemente, juzgó como pena máxima una mano idéntica (repetimos: quizá menos mano) que la que no fue señalada a Rodríguez en Sevilla.

 

En fin, amigos. Hoy se juega la otra semifinal de la Champions, es decir, la que enfrenta al Atleti con el Arsenal. La sensación clara es que, sea cual sea el equipo que pase a la final, lo tendrá crudo ante el otro finalista, PSG o Bayern, se verá la próxima semana. Pero el fútbol es una cosa muy loca, de manera que quién sabe.

Os dejamos con el resto de portadas. Pasad un buen día.

"El dedo de Mourinho enseña el camino".

 

La frase se me quedó clavada durante la etapa del entrenador portugués al frente del Real Madrid. No porque fuese cierta, sino precisamente porque condensaba todo lo que me inquietaba de aquel tipo.

Conviene empezar por una obviedad que no siempre conviene a los partidarios de las obviedades. José Mourinho fue de joven un gran entrenador. Su palmarés no necesita maquillaje. Pero al Real Madrid vino a ganar la Champions y no la olimos. Ganó una Copa del Rey, una Liga mítica arrebatada a uno de los mejores Barcelonas de todos los tiempos, y una Supercopa de España. La Champions la ganaron otros después de él.

Ancelotti

A mí me emociona todavía la expresión "caballero del honor". Caballero del honor puede ser Vinícius luchando contra la lacra del racismo y desafiando a quienes le insultan. Caballero del honor puede ser Toni Kroos diciendo "ganaremos más tarde", una frase que parecía escrita por alguien que sabía que la grandeza no siempre consiste en tener razón en el minuto noventa. Caballero del honor pueden ser muchas cosas, pero Mourinho no es nada de eso.

Siempre hay quien admira al pendenciero. Siempre hay quien admira al que busca pelea. Siempre hay quien cree que ganar justifica cualquier cosa, quizá porque para ellos ganar significa algo muy distinto de lo que significa para mí.

"Nos vamos a cansar de ganar", dijo Donald Trump. Y ahí sigue la frase, flotando como una advertencia. No porque haya traído grandes victorias a nadie, sino porque el Agente Naranja entendió algo elemental del ruido contemporáneo: a muchos les basta con que alguien pronuncie la palabra "ganar" con suficiente desprecio hacia los demás. No necesitan resultados. Necesitan un jefe de guerra.

Eso explica también la nostalgia mourinhista. Tras una mala temporada, siempre aparece el deseo de un sargento de hierro. Alguien que ponga firmes a esta panda de vagos. Alguien que reparta castigos. Alguien que diga lo que muchos quisieran decir desde la grada y desde el sofá. La tentación existe. Sería absurdo negarlo. Es muy fácil sentirse atraído por esa narrativa cuando el equipo ha jugado mal, cuando los jóvenes parecen blandos, cuando el Bernabéu se impacienta y cuando las tertulias convierten cada pérdida de balón en una prueba de decadencia moral.

Pero el Real Madrid no es el Getafe de Bordalás. Con todo el respeto para el Getafe y para Bordalás, a quien considero mucho mejor persona. El Real Madrid no puede reducirse a la épica del barro. El Real Madrid no debería necesitar odiarse a sí mismo para competir.

Si Mourinho vuelve al Real Madrid, los verdaderos ganadores serán otros. Los periodistas, los opinadores, los tertulianos, los que viven de estar a favor o en contra. Cada rueda de prensa será una excavadora. Se hablará de su declive. De su edad. De su capacidad, o incapacidad, para conectar con una generación de futbolistas que no tiene nada que ver con la que entrenó en el Manchester United, y mucho menos con la que dirigió en el Bernabéu hace más de una década. Se hablará de las guerras internas antes incluso de que existan.

Tras una mala temporada, siempre aparece el deseo de un sargento de hierro. Es muy fácil sentirse atraído por esa narrativa cuando el equipo ha jugado mal, cuando los jóvenes parecen blandos, cuando el Bernabéu se impacienta y cuando las tertulias convierten cada pérdida de balón en una prueba de decadencia moral

Y el club volverá a ser rehén de una pregunta equivocada. No qué necesita el Real Madrid. Sino qué necesita Mourinho.

Cuando su Benfica se cruzó con el Real Madrid en la Champions, escribí en esta misma Galerna un artículo que muy poca gente entendió. Quizá porque sugería, con demasiada sutileza o con demasiada mala leche, que había algo inquietantemente reconocible en lo ocurrido con Vinícius y Gianluca Prestianni, quien fuera sancionado por la UEFA con seis partidos, tres de ellos suspendidos. La UEFA no dio por probado el insulto racista que se denunció inicialmente, pero sí una conducta discriminatoria.

No tengo pruebas, ni pretendo tenerlas, de que Mourinho estuviera detrás de aquello. No hace falta imputarle lo que no se puede probar. Lo inquietante es otra cosa. Es que uno pueda imaginárselo perfectamente. Lo inquietante es que el clima moral del mourinhismo haga imaginable que un jugador joven, un chaval con más fútbol que cabeza, pueda ser empujado a creer que la mejor manera de sacar a Vinícius del partido es ensuciarlo. Lo inquietante no es el acto en sí. Es el ecosistema en el que el acto parece tácticamente concebible.

Pedir que vuelva Mourinho es pedir que vuelva eso. Que vuelva el ataque permanente a los periodistas, a los árbitros, a los rivales, a los propios jugadores y, si hace falta, al mobiliario.

Que vuelva una idea del Real Madrid como estado de excepción.

Los lectores de La Galerna no tienen por qué saber que me gano la vida combatiendo profesionalmente contra el mal, contra un monopolio de autobuses que ha convertido a España en el país más caro de Europa para beneficiar a unos pocos jetas. Y si disfruto de mi trabajo es porque en la vida me gusta estar del lado de los buenos. Me cuesta mucho ver una película de James Bond y apoyar a Ernst Stavro Blofeld frente a 007. Me cuesta aplaudir al señor que acaricia gatos mientras prepara trampas mortales con tiburones. Soy así de simple.

Habrá quien diga que, si nos trae la Champions, se le perdonará todo. Perdónenme, pero se lo perdonarán otros. Yo no. Pertenezco a una vieja generación, ya no del Real Madrid, ya no del fútbol, sino de la vida, para la que ganar no es lo único que importa

También me gusta ver a Jack Reacher venciendo a zambombazos, como un moderno Bud Spencer, a todos los villanos que se topa por el camino. Incluso acepto, por educación sentimental, que los y las protagonistas acaben encamados con los macizos de su gusto. Qué menos que un final feliz. Pero ahí empieza y termina toda la violencia que acepto en mi vida.

Admiro, es verdad, las historias de antihéroes. Pero me costaría muchísimo disfrutar de Heisenberg entrenando a mi equipo. El Real Madrid, caballero del honor, no puede estar bajo el pulgar de un hombre pequeño.

El Benfica en siete puntos

Habrá quien diga que, si nos trae la Champions, se le perdonará todo. Perdónenme, pero se lo perdonarán otros. Yo no. Pertenezco a una vieja generación, ya no del Real Madrid, ya no del fútbol, sino de la vida, para la que ganar no es lo único que importa. Me gusta ver buen juego en mi equipo. Me gustaría ver autoridad. Me gusta ver hambre. Pero no me gustaría verlo a costa de sentirme cómplice del mal.

Mourinho es la solución perfecta para cierto tipo de madridista. El mismo que cree que puede coger a un montón de chavales, muchos todavía con el córtex prefrontal por desarrollar, y humillarles de forma implacable. Quizá a algunos les falte actitud. Quizá necesiten un entrenador que les lleve por el lado luminoso de la fuerza. El problema vendrá cuando acusen a un joven de la cantera de hacer algo inaceptable en el campo.

No me hablen de vestuarios unidos o desunidos sin recordar lo que fue el vestuario en tiempos de Mourinho. Aquello fue una novela de espías. Eran tiempos de topos y de ratas. De bandos. De sospechas. De filtraciones. El puente de los espías, pero con chándal. Mourinho no unió al Madrid. Unió a una parte del Madrid contra otra parte del Madrid. Unió a una parte de la grada contra otra parte de la grada. Unió a una parte de los jugadores contra otra parte de los jugadores. Lo recuerdo con repulsión.

El objetivo real lo consiguieron otros. Lo consiguió Del Bosque. Lo consiguió Zidane. Lo consiguió Ancelotti. Lo consiguieron, insisto, entrenadores mejores para el Real Madrid. No necesariamente mejores en abstracto. Mejores personas. Mejores para una institución que no debería ganar a costa de perder la compostura.

Actualización Caso Barcelona-Negreira. Parte VIII

Quizá lo único que se pueda reconocer de Mourinho, incluso desde la distancia crítica, es que algunas preguntas incómodas que hizo sobre el fútbol español no han envejecido tan mal como me parecía. Si entonces se preguntaba qué estaba pasando en una Liga que después resultó ser la Liga de Negreira, quizá no todo era paranoia. Quizá había, entre tanto ruido, alguna intuición verdadera. Pero Negreira está fuera de juego y tener razón una vez no absuelve de haber envenenado el aire muchas otras. Negreira no le impidió ganar una Champions.

Si no hubiéramos vivido el partido de Benfica. Si no hubiera llegado yo a imaginar lo que imaginé. Si creyese que Mourinho sigue siendo alguien capaz de cualquier cosa para prorrogar una leyenda que en realidad nunca fue tan grande como su propaganda, quizá podría aceptar su regreso como una posibilidad. Quizá. Solo quizá. Pero después de aquello recordé perfectamente contra quién estábamos jugando. Y, sobre todo, de quién estamos hablando cuando, a día de hoy, parece la opción más probable.

Mourinho: tres razones para que vuelva

Me he pensado mucho si escribir estas líneas. Exponerse al mourinhismo sigue siendo exponerse a una forma menor pero persistente de violencia verbal. Pueden insultarme. Pueden convertirme en un enemigo. Me llamarán blando, me dirán que no entiendo el fútbol, que prefiero la colonia al colmillo. Mourinho probablemente sería capaz de convertir a un grupo de antihéroes como Maffeo en unos Doce del patíbulo con botas. Pero eso no es lo que quiero para el Real Madrid.

Y del mismo modo que me reservo el derecho a no ver un Mundial organizado en un país que quiso ser una ciudad resplandeciente en la colina y ahora parece decidido a explotar algunas de nuestras peores pesadillas, tengo claro que, durante el tiempo que dure Mourinho como entrenador del Real Madrid, aparcaré mi afición. Nadie echará de menos un par de ojos o un par de líneas. Pero no voy a volver a pasar por aquello. Soy demasiado mayor y ahora tengo hijos. No puedo decirles que soy de un Madrid de Mourinho. Si gana cientos de títulos, espero que los disfrutéis. Yo dedicaré mucho menos tiempo al fútbol y más a escribir, leer o a cualquiera de las muchas cosas que disfruto de la vida.

El fútbol, como la vida, está llena de contradicciones. No todo lo que me gusta de la vida lo representa el Madrid. Pero a veces lo ha representado y me ha hecho feliz.

Si finalmente vuelve al Madrid, podéis seguir, tan contentos, el dedo de Mourinho. Pero yo recuerdo dónde apunta. Y antes que acabar ahí prefiero dirigirme hacia la puerta de salida. Ya sea sólo por unos meses o por unos años, se lo puede meter donde le quepa.

 

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Buenos días, amigos. En esta sección comentamos las portadas deportivas del día en clave madridista. Hoy carecen completamente de interés en ese sentido. Os las dejamos por aquí por mera costumbre.

Preferimos tratar lo que no tratan los medios como merece ser tratado: la mayor lacra de la historia del fútbol que, además, no ha tenido consecuencia alguna para los implicados.

Sobre este tema hay un nuevo capítulo protagonizado por Fran Soto. Fran Soto es un compendio antropomórfico de casi todas las virtudes necesarias para estar al frente del CTA. Cobardía, cinismo, hipocresía, equidistancia, amnesia, sofistería, docilidad, apesebramiento, bienquedismo, escapismo, etc. Le falta, de momento, estar encausado, como sus predecesores, y mostrarse más suelto. Su lenguaje corporal aporta mucha información sobre el personaje. No se ve la mano de su ventrílocuo, pero se nota.

Si uno lo escucha, se intuye otra virtud por su acento y cadencia rajoyanas: el dontancredismo. Una actitud que guarda cierta relación con el gatopardismo, exactamente lo sucedido en el CTA: cambiar todo para que nada cambie.

Anoche sentó cátedra de nuevo. Fue en la radio, en Onda Cero.

🔊 "Lo más que se puede hacer es lo que ha hecho la Federación"

⚽️ El presidente del CTA defiende la gestión de la RFEF con el arbitraje desde el estallido del Caso Negreira#CTA #Arbitros #Negreira #España pic.twitter.com/CYb0qaIm7j

— Radioestadio Noche (@RadioestadioN) April 28, 2026

No se puede decir que Soto no hable claro dentro de su no decir nada. Sus palabras y omisiones le delatan y le definen. El hombre que han colocado para hacer de jefe de los árbitros llama suflé al caso Barça-Negreira. ¿Podemos colegir que Fran Soto es el pastelero del Negreirato? Por qué no.

Calificar el caso Barça-Negreira como un suflé es como describir la Revolución Francesa como una suerte de desencuentro vecinal, un tanto escandaloso, provocado por el precio de los croissants.

Soto, una vez más, se ha reído en la cara de cualquiera que aún creyera en la limpieza del fútbol español.

Además de la masterclass repostera, Fran dejó otra perla, un «eso no se puede evitar» referido a que es imposible hacer nada ante el hecho de que el CTA siga infestado de gentes que medraron durante el largo periodo de Negreira.

Es como si tras desarticularse la mafia de Chicago se mantuviesen a los contables de Al Capone al frente de la Hacienda Pública.

¿Quiere decirnos Soto que entre los miles de millones de seres humanos —o similares— que pueblan el planeta no es posible encontrar árbitros, miembros y miembras que no hayan sido salpicados con la corrupción del Negreirato?

Negreira ya sale sin calentar

Realmente, lo que quiere decir es que no tiene la más mínima intención de cambiar el sistema. ¡Cómo va a cambiar el sistema si el sistema es el que le ha colocado en su cargo!

¡Que me quedo sin comer!

¿Quiere decirnos Soto que no es posible impedir que Alberola Rojas siga arbitrando porque pagó al hijo de Negreira y, casualmente, comenzó a ascender desde ese momento? Es solo un  ejemplo de tantos.

¿Nos toma por tontos?

Sí. Y ahí no le falta razón. Porque, en conjunto, la sociedad se sigue tragando —y con gusto— la dulce mentira continua que ofrece el fútbol español y sirve su pastelero, el chef Soto, repostero jefe.

No se puede decir que el tipo no haya dejado clara su postura desde que le subieron a la bici con ruedines del arbitraje. Recordemos grandes éxitos de Soto. No de José Manuel, sino de Fran:

Se presentó en julio de 2025 pidiéndonos que olvidáramos la corrupción: «hay que mirar hacia adelante sin mirar atrás», «no merece la pena que hable de Negreira», el nivel del fútbol español es «estratosférico». Más o menos un oiga, que sí, que ya sabemos que le han desvalijado la casa, pero es necesario pensar en el futuro y dejar este incidente atrás, no se queje, coja un cartón y duerma en el suelo.

La joya fue aquello de calificar el pago —solo el demostrado con facturas— de más de ocho millones de euros durante diecisiete años del Barça a Negreira como una situación «medio puntual». Es difícil tener la cara más dura, pero para eso lo han puesto ahí.

En noviembre le mandaron ir a la COPE. Repitió lo mismo: «es algo que tenemos que olvidar». Definió el asunto como «una cuestión entre unas personas físicas y unos directivos, o quien sea, pero que no hay árbitros implicados». Y ya adelantó lo refrendado anoche: «es imposible expulsar a todos los árbitros que hayan coincidido con Negreira».

¡Pero cómo va a ser imposible, hijo mío! ¿Acaso es imposible colocar al frente de una nueva central nuclear a personas que no hayan trabajado en Chernóbil?

Hace unos días, lo sacaron de nuevo de paseo. Le dieron una piruleta y un palito de esos que abajo llevaba una rueda y lo llevaron a la SER. Sobre Negreira dijo que «pensaría que es un golfo y lo echaría al segundo». Cuando le preguntaron sobre el papel del FC Barcelona soltó, con temor a perder el control de los esfínteres: «del club no quiero hacer valoraciones».

Sí, ya nos habíamos dado cuenta. En esta ignominia hay un corrompido y un corruptor, y, por lo que sea, no se puede hablar de este último. ¿Por qué? No hace falta ser muy listo para saberlo. A Negreira lo sepultaron dineros caídos del cielo. Nadie se los pagó. Negreira es muy malo y ha de ser condenado cuanto antes, pero solo a él, eh, al eslabón débil, no vayamos a meternos con quien parte el bacalao.

Es más fácil que el Barça fiche (más) que el Madrid reciba el Princesa de Asturia

Soto tiene un terror reverencial a llamar a las cosas por su nombre y a enfrentarse al verdadero elefante en la habitación, el FC Barcelona, reduciendo la corrupción sistémica a una anécdota culinaria. ¿Por qué? Porque sabe de sobra que el relato se construye con palabras.

Es la prueba de su obediencia debida a quienes le colocaron en el cargo, los mismos a los que no les interesa que el chiringuito se venga abajo.

¡Que me quedo sin comer! Again.

Nos despedimos con un dato curioso: Fran Soto fue socio de Garrigues, despacho que asesoró al Barça en lo del Espai. No hay ninguna prueba de que Fran participase en aquello, simplemente es una anécdota más a colocar en la vitrina de las casualidades españolas.

Pasad un buen día.

En esta vida hay clases y clases. Como el Madrid es universal y ha ganado más que nadie, es natural que tenga millones de aficionados en todas las partes del mundo, cada uno de su padre y de su madre. Por esa razón, puramente numérica, hay madridistas de todas clases, naturalmente. Hay madridistas guapos y madridistas feos; altos y bajos, gordos y flacos, listos y tontos. También hay madridistas con honra, cada vez menos, y madridistas sin dignidad, que son los que más abundan pues, en el género humano, como pasa con la mala yerba, lo malo se reproduce por esporas.

Los madridistas con honra se van quedando ya como el almirante Méndez Núñez en Cuba: sin barcos, es decir sin títulos ni reconocimiento en este mundo gobernado por el meme y la estupidez colectiva empantallada.

En esta vida, también, hay clases y hay clase. Esta última, como la suerte, se tiene o no se tiene. Es una cualidad un tanto etérea, algo que tiene que ver con el carácter. Con clase, se nace. O no. Se puede tener un palmarés único en el mundo y ser, al tiempo, un completo majadero. A diferencia de la honra, que es una virtud congénita, la gloria es, como bien sabían los antiguos, una ramera caprichosa. Elige a sus agraciados un tanto veleidosamente y al tuntún: funciona como la mente de un adolescente. Son las reglas viejas del mundo, ¿qué se le puede hacer?

Entre tantos madridismos posibles, innúmeros como las arenas del Ganges, están el de Arbeloa, por ejemplo, y el de Casillas

Son clases antagónicas de madridismo. Uno es el de quien cumple con su deber, por ingrato que sea y el otro, en fin…

El otro es puro quintacolumnismo, un delbosquismo revenido, el olor a armario con polillas que acecha siempre al Madrid en los interregnos y en las crisis. Un madridismo tacaño y mentiroso, raquítico, que nunca le sirve a nadie más que para encabronarse. Un madridismo que como el amigo que no da y como el cuchillo que no corta, si se pierde…

Arbeloa se hizo cargo, en enero, de un disparate sin remedio y durante unas semanas hizo que todos creyéramos posible que su equipo consiguiera algo grande

Hay pruebas que revelan la naturaleza de las personas. Arbeloa se hizo cargo, en enero, de un disparate sin remedio y durante unas semanas hizo que todos creyéramos posible que su equipo consiguiera algo grande.

Es decir Arbeloa, con su trazo del Greco, con su sobriedad castellana, y sobre todo con su amor incondicional al club, asumió una responsabilidad que no era suya y dio un paso al frente. Su madridismo viril y antiguo le hizo no quitar la cara aunque supiera, como lo sabíamos todos, que había grandes posibilidades de que se la terminaran partiendo. Al final, su impotencia ha servido para exponer a la vista de todo el mundo la inviabilidad de un sindiós. De pie ante el tren descarrilado ha parecido decirle a todo el mundo: «¿veis? Esto es lo que había».

Aquí me viene al pelo la palabra bizarro. En español, bizarro siempre había significado valor extremo, gallardía, hermosísimo concepto asociado al quijotismo que late en el fondo del madridismo tradicional.

Antes, en las guerras, daban medallas al valor temerario. Eran las condecoraciones a los locos, de los que están y estarán llenos siempre los cementerios. Pero son esos locos los que ganan las guerras. Arbeloa no ha ganado, desde luego, la guerra, pero ha sembrado una semilla quizá más moral que estrictamente deportiva. Estuvo donde tenía que estar e hizo lo que pudo, con lo que le dejaron: de él se puede decir mucho más que de otros que, más comprometidos en el fracaso estructural de la primera plantilla, se van de rositas. Como otros antes que Arbeloa, quizá se vaya por la puerta pequeña, por la que salen las cuadrillas. Sin embargo, su madridismo enraíza en el sustrato que hizo del Madrid el club más importante del mundo.

Es el madridismo de Capello, de Mourinho. Un madridismo que sirve, sobre el que se puede hacer algo, que pone ladrillos para que otro construya otra cosa. Es el amor incondicional por la camiseta blanca, del cual nace el orgullo. Y el orgullo es el viento que ha impulsado siempre de vuelta al Madrid, por lejos que lo hubiera llevado antes la tormenta.

Es el madridismo de Arbeloa es el de Capello, el de Mourinho. Un madridismo que sirve, sobre el que se puede hacer algo, que pone ladrillos para que otro construya otra cosa. Es el amor incondicional por la camiseta blanca, del cual nace el orgullo

Pero bizarro, por culpa del inglés, significa ahora, en el patois del siglo XXI, «extraño», «grotesco». Algo bizarro es una cosa que podría estar en un cuadro del Bosco o haber sido imaginada antes por Dante. El madridismo de Casillas hace honor, en este caso, al personaje. Es bizarro porque da lache, como dicen los gitanos. Puede que nadie, nunca, haya dilapidado como Casillas un patrimonio simbólico y cultural semejante: nadie pudo ser tanto y acabó siendo tan poco.

El extra de Piqué en el decorado de Temu en que se ha convertido el entorno de las viejas glorias del fútbol español no pudo evitar su cagadita de paloma en X, antaño Twitter, al confirmarse en La Cartuja la claudicación total del Madrid esta temporada. Él seguirá a lo suyo, a sus cosas en las redes, a cobrar quién sabe si de la Fundación y quizá a hacerle el caldo gordo a los enemigos de Florentino ahora que viene movido el año electoral.

Arbeloa no ha logrado enderezar el rumbo de un proyecto fallido, muerto probablemente en su mismísima concepción. Sin embargo, el espartano estuvo a un Camavinga de las semifinales de la Copa de Europa. No dejó su lugar en la brecha de la muralla, que era lo que Sócrates le pedía a un ciudadano virtuoso. Hizo, no dijo: el madridismo atemporal son obras y amores mucho antes que buenas razones. Deja los mejores minutos de fútbol que se le han visto al Madrid en dos años y un puñado de canteranos con la puerta abierta del futuro. No es mucho pero es algo. Desde luego, mejor que un like en Instagram.

 

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Buenos días, amigos. El contrato de préstamo es un acuerdo de voluntades en virtud del cual una parte, llamada prestamista, se compromete a entregar a la otra parte, llamada prestatario, un bien -habitualmente una cantidad de dinero- con la obligación del prestatario de devolver dicho bien en un plazo determinado, por lo general junto con los correspondientes intereses.

El bien prestado puede ser un bien no fungible, en cuyo caso estamos ante un préstamo de uso o comodato. El comodato -no confundir con el villarato- tiene como elemento esencial la gratuidad. De haber contraprestación económica -en dinero o en especie- estaríamos ante la figura del arrendamiento, que ya sí presenta evidentes concomitancias con las figuras del villarato, del negreirato y del tebasato, que son los diferentes nombres que adopta la corrupción en el fútbol según la doctrina más autorizada.

En el supuesto de que el bien sea fungible (dinero, guita, parné, pasta, plata, lana, cuartos, chistorras, lechugas, soles o folios), nos encontraremos ante el contrato de mutuo. El mutuo es un préstamo en virtud del cual una persona (mutuante) entrega a otra (mutuario) dinero u otra cosa consumible, para que se sirva de ella y devuelva después otro tanto del mismo género y cantidad.

No sabemos si fue antes el huevo o la gallina, y por tanto desconocemos si fueron las componendas, chanchullos y enredos de Tebas y Laporta lo que inspiró a una conocida aseguradora para crear el eslogan de “vente al mutuo” (disculpadnos si la cita no es exacta, hablamos de memoria), o si fue precisamente esa publicidad la que inspiró a Laporta y Tebas para irse al mutuo. Pero el caso es que se fueron.

Ahora bien, es sabido que tanto Laporta como Tebas son abogados, y además de enorme prestigio. ¡Qué decimos, abogados de prestigio! ¡Auténticos próceres del derecho civil y penal, jurisconsultos y jurisprudentes de la estirpe de los Gayo, Ulpiano, Paulo, Papiniano, Modestino y Marciano! (por cuyos fichajes e inscripciones fuera de plazo cobraron las correspondientes comisiones, claro está, que una cosa es ser abogados y otra ser tontos). Así que no se contentaron con irse al mutuo, sino que alumbraron una nueva institución jurídica, que la doctrina ha dado en llamar el mutuo laportebaico.

Y es que el mutuo tradicional tenía el innegable inconveniente de que el dinero prestado había que devolverlo (“devolver otro tanto del mismo género y cantidad”), cosa que no satisfacía del todo a nuestros protagonistas. Y en la supresión de ese requisito tiquismiquis que se inventaron aquellos viejos trogloditas del derecho romano -unos aficionados- radica la genialidad del mutuo laporteico: yo te presto dinero y tú me pagas, no en dinero, sino en favores arbitrales, inscripciones fuera de plazo, fairplay financiero de la señorita pepis, aceptación de ventas y reventas de aire para inflar mis números, normas de elasticidad infinita para mí y de férrea rigidez para mi rival, manguerazos de dinero a la prensa para que se esté calladita, etc, etc. La creatividad de Tebas en estas lides es sólo comparable a la del Fígaro rossiniano (y que nos perdone Rossini por la odiosísima comparación): all'idea di quel metallo /portentoso, onnipossente, / un vulcano la mia mente / già incomincia a diventar!

- Oiga, pero esta sección es el Portanálisis: ¿A qué viene esta enfadosa digresión jurídica, y por qué no nos hablan de las portadas?

Tiene usted razón. Esta sección se llama Portanálisis. Ocurre, sin embargo, que las portadas del día se centran en la gesta histórica de Sabastian Sawe al pulverizar el récord de maratón y situarlo por debajo de las dos horas, y nos parece que su análisis corresponde más a publicaciones tan respetables como Runner´s World o Corricolari que a esta modesta página web. Bueno, todas las portadas salvo la de Sport, que dedica su primera plana, para variar, a un nuevo ejercicio de onanismo, y en La Galerna nos da pudor comentar públicamente ciertas actividades que sería mejor practicar en la intimidad del cuarto de baño. Se evita uno el riesgo de acabar salpicado, además.

Y la digresión ha sido enfadosa, efectivamente. ¿De qué otro modo podría ser cuando se trata de explicar los apestosos intríngulis del fútbol español, cuyo tufo se ve multiplicado exponencialmente por la falta de ventilación y el silencio ominoso de la prensa?

Así que si queréis ver las portadas, aquí abajo las tenéis. Pero si lo que queréis es entenderlas y, por extensión, entender el putrefacto fútbol español, recordad dos ideas clave: negreirato y mutuo laportebaico.

Pasad un buen día.

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