La Galerna

87-76: Ganó quien lo mereció

No hay más. En el mundo del deporte juegan dos y no siempre gana el Real Madrid. Aunque pueda sonar raro esto a muchos que creen que no hay rival, lo hubo. Parte de la debacle del Madrid en la Final de la Liga Endesa es culpa suya, por supuesto. Pero haríamos fatal en atribuir toda la responsabilidad al ya subcampeón de la ACB. Porque delante, y aquí luce lo de que juegan todos, estuvo el Valencia. Y hay que darle el mérito que tiene en todo esto, que es muchísimo. Se ha hablado de que otros equipos habrían aprovechado el bajón del Madrid para ganar el campeonato pero se da la circunstancia de que el único que le metió mano fue el cuadro dirigido por Pedro Martínez. Por algo será.

¿Sucumbió el Madrid porque se quedó tieso tras las Euroliga? Puede servir como explicación, pero a quien esto escribe no le sirve. Y menos si delante tenía a un equipo que no sólo había caído en una final, sino en dos, con el tinte dramático de dejarse una Eurocup que casi tenían en la mano.

¿Por qué perdió el Madrid? O más bien, ¿por qué ganó el Valencia? Los análisis pueden ser profundos y se harán a lo largo de las semanas, pero un repaso somero de la Final nos trae un plantel blanco fundido, no necesariamente de piernas, porque el arreón del último cuarto revienta esta teoría, sino de mente, de ideas, de calma, de paciencia, de confianza. ¿Cuánto tuvo que ver el Valencia en todo esto? Bastante. A los de Laso se les juntó que no llegaban frescos a la Final con tener un rival que, a pesar de dejarse la vida en dos finales previas este año, rindió a la altura de los campeones. Y ya lo es.

Desde el primer minuto del primer partido se vio que el Valencia lo tenía clarísimo. Sólo había que fijarse en el fluir del balón, en la frescura de circulación, en el movimiento de la pelota. Al otro lado, un Madrid a impulsos de individualidades, crónica de los últimos meses, crónica de una Final donde el Madrid vivió cuando Llull respiraba. Y eso es demasiado poco. Es casi nada si te mides a un equipo compensado, trabajado, inteligente y, curiosamente, con unos nervios y una paciencia mucho más controlada que la de su rival. Quizá por aquello de que no había nada que perder.

Tampoco en el cuarto partido necesitó el nuevo campeón de la ACB de su estrella, Bojan Dubljevic. Pesadilla en duelos previos. Nada. Hoy aparecieron Sastre, Sikma, San Emeterio, otra vez Will Thomas. Y fue suficiente. Impotencia en las filas rivales, que aguantaron hasta el segundo cuarto, lo que la mente le dio a los de Laso antes de caer ante un 29-11 de parcial en ese periodo.

Murió el Madrid ahí, únicamente espoleado por un Llull para el que se nos acaban los adjetivos. Gracias a su arrojo, a su madridismo, puso casi él solito al equipo en el partido. Llegó a estar el Madrid a 6, justo cuando al 23 le ayudaron, un poco aunque fuera, algunos otros compañeros.

Pero esta vez el Valencia no iba a dejar el momento más importante de su historia irse por la ventana. Amarraron la ACB con cabeza, con buena gestión de los minutos donde asusta vencer. Y al Madrid le quedó la actitud, el coraje y Llull. Otra vez escaso. A algunos no se les puede pedir más, a otros, ya saben que sí. Y no precisamente hablo de Laso, algo corto de reflejos quizá en momentos de este curso, con decisiones debatibles. Pero me niego a que empiece el aquelarre al que ya someten desde hace semanas al técnico vitoriano, responsable de la mejor época contemporánea de la historia del Madrid. A título grande por año, aunque sea esa Copa que ahora muchos desprecian y por la que habrían matado no hace demasiados años. Los ciclos son así y el Madrid no puede ganar siempre.  Y Laso y varios miembros de esta plantilla tienen crédito para el futuro. Si han seguido las evoluciones del Madrid, sabrán de quién hablo.

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