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Real Madrid y Superliga europea

Real Madrid y Superliga europea

Escrito por: Antonio Valderrama27 octubre, 2020
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El fútbol que viene

La semana en que regresaba la Copa de Europa a nuestras vidas, volvía también, de nuevo, el espantajo de la Superliga europea. La cosa, esta vez, parece seria. Una información publicada por Sky Sports informaba de un proyecto impulsado por la FIFA y respaldado financieramente por JP Morgan: palabras mayores. Un torneo cerrado, de 18 clubes, a dos vueltas y con un play-off eliminatorio al final, al estilo del de la NBA o el de la Euroliga. Como para los ingleses la Premier League es intocable, este torneo, completamente ajeno al control de la UEFA, sustituiría de facto a la Copa de Europa, la competición más extraordinaria del mundo del fútbol, por encima, sin duda, de Eurocopas y Mundiales.

Es curioso. De toda la vida, cuando se hablaba de esto, el debate era sobre si “independizarse” de la Liga o no. De superar las ligas nacionales creando una competición superior. Aquí había cierto consenso entre el aficionado de a pie, o mejor dicho, de barra de bar y tuit. Pero era un debate, por así decirlo, coyuntural. Solía irrumpir con una derrota dolorosa en el campo, qué sé yo, del Osasuna o del Betis, una derrota especialmente acompañada de exacerbadas muestras de antimadridismo ambiental. Esta idea, claro, contaba con un problema en apariencia irresoluble: resultaba redundante, pues esa competición ya existe y es la Copa de Europa.

Real Madrid Champions

La nueva Superliga europea salva ese obstáculo, que yo personalmente creía insalvable. Es verdad que nada en este mundo es eterno, pero la Copa de Europa, ahora Champions League, ha alcanzado un nivel de organización, brillantez y sobre todo, misticismo, prestigio y seguimiento mundial, realmente únicos. Se dice que no hay que estancarse y que siempre hay que mirar hacia el futuro, y es verdad, pero también que lo que funciona es mejor no tocarlo, en particular si lo que funciona es rentable en términos económicos y emocionales, sentimentales. Que la Copa de Europa nos haya ofrecido a los futboleros casi todos los momentos más inolvidables de nuestras vidas como aficionados a este juego adquiere aún más valor teniendo en cuenta que muchos de esos momentos no han tenido que ver sólo con el equipo de nuestro corazón. Es más fácil simpatizar con la selección brasileña, por ejemplo, que con el Bayer Leverkusen. Sin embargo, esta competición excepcional ha obrado milagros aún más grandes.

Es verdad que nada en este mundo es eterno, pero la Copa de Europa, ahora Champions League, ha alcanzado un nivel de organización, brillantez y sobre todo, misticismo, prestigio y seguimiento mundial, realmente únicos

Uno de los axiomas de la modernidad, sobre los que está asentado nuestro mundo, es el del progreso, entendido como avance lineal: hay que estar en constante movimiento, el capitalismo siempre necesita más, producir, digamos, nuevas formas de consumo, nuevos formatos, nuevas “experiencias”. Vivimos en el mundo de las experiencias. Como ya no podemos comprarnos una casa, tener muchos hijos o conquistar una holgada independencia personal, a cambio se nos ofrece “coleccionar experiencias”. O sea, comer en un restaurante caro, viajar a Tailandia o pagar cien euros por una mala entrada para un partido de fútbol, y subirlo a Instagram. Pero, ¿es el progreso necesariamente bueno? ¿Es bueno per sé? A lo mejor hay un tope, una línea que mejor no rebasar: la Copa de Europa, por ejemplo, es la competición más depurada, con lo justo de una liguilla que se limpió hace veinte años aquellas absurdas dobles fases intrascendentes y con una fase eliminatoria extra, la de octavos, que añade emoción, suspense y momentos estelares. E introduce la dosis proporcional de aleatoriedad que convierte al torneo en un verdadero escenario donde todo puede pasar, el pequeño tiene la posibilidad real de comerse al grande y ni el campeón, ni el más rico, ni el más fuerte, tienen nada asegurado a priori.

Bernabéu Copa Europa

Además, me surge otra reflexión, acerca de las ideas de linealidad y de progreso. La Copa de Europa, en su génesis, año 1955, fue una idea del director de L´Equipe y de Santiago Bernabéu para elevar el fútbol como juego y a la vez negocio a un estrato verdaderamente superior: consagrarlo como industria de masas vertebrando Europa en un momento en el que ya existía el Benelux o la CECA y el Tratado de Roma estaba a la vuelta de la esquina. Es decir, en un momento histórico de cambio, de sinergia, de desaparición de fronteras, de democratización, en una palabra, aunque a España llegara la libertad mucho más tarde. El Madrid, no obstante, aprovechó su primer partido en suiza para invitar a toda la familia real española, cosa que a Franco no le hizo ninguna gracia. Al mismo tiempo, aquellas giras europeas servían para que muchos españoles que habían salido a Europa a prosperar y a respirar la libertad se emocionaran con un trozo de España, de blanco puro, en movimiento. La Copa de Europa era, pues, un símbolo estupendo del progreso material y espiritual de la Europa de la postguerra mundial. Pero esta Superliga, ¿qué beneficios trae al conjunto de los clubes de España, Francia, Inglaterra o Alemania? La Copa de Europa la podía, y la puede, jugar cualquiera. Es una aristocracia del mérito en sentido estricto. La Superliga europea se plantea de forma obscena como una reunión de plutócratas que acabarán desconectándose de las competiciones domésticas, devaluadas probablemente en cuanto los participantes en la Superliga empiecen a jugarlas con equipos B, al estilo de lo que hace el Maccabi en la liga israelí de baloncesto. Seguramente también esto sea un signo del tiempo, de nuestro tiempo, como la creación de la Copa de Europa lo fue del suyo. Un tiempo, sin duda, peor.

La Copa de Europa era, pues, un símbolo estupendo del progreso material y espiritual de la Europa de la postguerra mundial. Pero esta Superliga, ¿qué beneficios trae al conjunto de los clubes de España, Francia, Inglaterra o Alemania?

Me produce especial desazón que sea Florentino Pérez quien abandere este proyecto. Dice Taleb que la naturaleza rechaza las enormidades, las monstruosidades, y que acaba condenándolas. En lo que tiene que ver con la historia de los hombres en la Tierra, hay muchos buenos ejemplos. El desastre ateniense en Siracusa está bien documentado por Tucídides, pero evidentemente, ¿quién lee hoy a Tucídides? Napoleón y Hitler invadieron Rusia, con los resultados bien conocidos por todos. Abarcar mucho, como idea general, no parece buen negocio, en especial cuando el cuento de la lechera (los clubes participantes de la Superliga, en teoría, triplicarían sus beneficios) pone en peligro una gallina de huevos de oro, algo que funciona, y que funciona muy bien. El fútbol, sin la Copa de Europa, sería un juego infumable que necesariamente debería recortarse, hacerse pequeño y doméstico, como en los años 30 y 40. Esto, no hace falta decirlo, va contra la propia esencia del negocio, de la industria del fútbol tal y como está montada ahora mismo. Parece que Florentino embarca al Madrid en este proyecto como forma de garantizar su supervivencia entre los grandes equipos de Europa en un contexto, también bien conocido por todos, en el que resulta imposible competir financieramente con los clubes-Estado, y aún menos con el coronavirus. Ese, que es un problema real, evidente, puede llevar al Madrid a liderar una ruinosa inversión: sacrificar un torneo modélico en el que ha construido su leyenda imperecedera para degradar al fútbol a la condición de deporte estadounidense. Neutralizada la amenaza que el dinero de los jeques supone para la vieja aristocracia a base de elaborar una tarta cuádruple, el fútbol europeo quedaría así, pues, convertido, en la próxima década, en una NBA cutre, archirrica, pero archiaburrida.