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El gatillazo

El gatillazo

Escrito por: John Falstaff7 mayo, 2020
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*artículo escrito en mayo de 2019, reflotado en homenaje al primer aniversario del córner más famoso de la historia.

 

Yo creo que está muy feo reírse del gatillazo ajeno por más que, en el caso del Real Madrid, el calificativo mute en epíteto. Al gatillazo hay que tenerle respeto y consideración, descubrirse a su paso y saludarle con una leve inclinación de cabeza. El gatillazo, si bien se mira, es un género literario, una escuela de pensamiento, una actitud ante la vida. El gatillazo es la más incomprendida y acaso la más sublime de las bellas artes, la más elevada, la más noble y la más excelsa; una disciplina -en el más amplio sentido de la palabra- al alcance sólo de los elegidos para esa suerte de modalidad inversa de la gloria en la que tan bien se desempeñan nuestros rivales. El gatillazo es una filosofía de vida, en concreto de la vida de los segundones que de vez en cuando sueñan con hacer sombra a la grandeza del Real Madrid. Un respeto para el gatillazo, que tanto bien hace restableciendo el orden universal.

Y es que para el gatillazo hay que valer. Miren, si no, a nuestros queridos vecinos colchoneros, faro y guía de varias generaciones en la materia que nos ocupa. Uno, que como madridista no tiene sino un conocimiento somero de esta peculiar ciencia, pensaba que la cumbre insuperable del género estaba constituida por el grandioso gatillazo protagonizado por el Atleti en la famosa final de la Copa de Europa de 1974: ¡qué ejemplo preclaro de miel en los labios, qué fastuoso quiero y no puedo a los ojos del mundo entero, qué manera lujuriosa de saborear hasta la última gota la hiel del fracaso cuando la esquiva gloria parecía haber posado en ellos su caprichosa mirada!

Cualquier otro club que hubiere exhibido tan soberbias facultades para el gatillazo se habría dado por satisfecho, en el entendimiento de que era imposible mayor excelencia en tan noble arte. Pero no el Atleti. Para el Atleti, que como virtuoso del gatillazo lleva a timbre de gloria el continuo perfeccionamiento de su maestría en tan eminente oficio, no hay cota que le resulte inalcanzable ni excelencia que se le antoje insuperable cuando se trata de refocilarse en la amargura del desengaño. Así que siguió porfiando contra toda razón y toda esperanza con un empeño digno del mayor encomio, hasta que por fin, cuarenta años después, consiguió firmar una obra maestra absoluta en forma de minuto 93. Lo podamos entender o no, convendrán conmigo que tal tenacidad y tamaña fe en las propias aptitudes para el fracaso son de todo punto admirables.

 

 

El Barcelona, claro, no podía quedarse atrás. El Barcelona, que gana Ligas pero vive sin vivir en sí y muere porque no gana la Copa de Europa, llevaba ya muchos años enfrascado en un gatillazo continuado en cuartos de final. Pero era un gatillazo sordo, de oficinista, un gatillazo oscuro y sin brillo, como de andar por casa, un gatillazo con sello de entrada y número de expediente que acumulaba polvo en alguna sórdida dependencia gubernamental. Era un gatillazo que originaba una desilusión amortiguada y rutinaria, tímida, callada, que escocía un poco, sí, pero que no producía la quemazón apremiante que le es propia a todo gatillazo que se precie. He de confesar que durante algunos años me mortificó la idea de que el Barcelona se conformara con esa suerte de auras mediocritas y malograra las indudables facultades con que la naturaleza le ha adornado para brillar con luz propia en esta singular disciplina. Gracias a Dios, mis temores se han demostrado infundados.

Primero fue el año pasado, con la eliminación ante la Roma en cuartos de final. Con su desempeño en el partido de vuelta echando a perder una ventaja de tres goles, el Barcelona decididamente doblaba su apuesta por el gatillazo y demostraba que estaba dispuesto a disputarle al Atleti la supremacía en esta materia. El hecho de que, además, eligiera a un jugador llamado Manolas para que le diera el golpe de gracia, ponía de manifiesto que el Barcelona contaba con una inesperada capacidad para la orfebrería y el trabajo fino a la hora de fracasar. Fue un fracaso pinturero, adornándose en la suerte, de torero pleno de confianza que se gusta en el albero. Pero tenía el innegable inconveniente de que se producía en cuartos de final, y fracasar en esa fase indudablemente resta brillo a la hazaña. El Barcelona había estado torerísimo, pero era una plaza de segunda.

 

 

Por eso el 4-0 en Liverpool nos ha llenado de satisfacción a los que miramos con simpatía los denodados esfuerzos del Barcelona por ocupar la posición que le corresponde en el escalafón de los perdedores. El Atleti es un rival formidable a esos efectos, por lo que se equivoca quien piense que la tarea que el Barcelona está acometiendo es una empresa menor. Este gatillazo en semifinales es un enorme paso en el camino correcto, pero haría mal el Barcelona en confiarse: el Atleti tiene un historial que le avala y la experiencia demuestra que cuando uno menos se lo espera sorprende con un gatillazo atronador que empequeñece todos los anteriores. Así que yo animo al Barcelona a que no ceje en el empeño; de momento, y tras los exitosos ensayos de estos dos últimos años, no estaría mal que el año que viene se fijara como objetivo un gatillazo como Dios manda: es decir, en la final y con el Real Madrid distrayéndole la victoria en el último minuto del descuento. Porque ese, y no otro, es el listón.

Mientras tanto, los madridistas, a quienes nos está vedada la excelencia en el arte del gatillazo, no dejamos de admirar los progresos que el Barcelona viene mostrando y le animamos a que persista en el esfuerzo. Un respeto. You´ll never lose alone.