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Los cerebros de Zidane: Sucedió una noche en Cardiff (IV)

Los cerebros de Zidane: Sucedió una noche en Cardiff (IV)

Escrito por: Eduardo Ustáriz6 septiembre, 2019
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Isco no era titular. Había llegado en 2013 y aunque no se podría decir que hubiese contado con pocos minutos, el andaluz todavía no había pisado el césped con la firmeza del inicialista indiscutido. No por ello, su estancia de casi tres temporadas en el Madrid había sido ignota. Isco había sumado, había aparecido en los momentos más importantes, como la final de Lisboa, y había encandilado a la exigente grada merengue desde el primer control de balón. “Isco, Isco, Isco”.

El ex del Málaga era un futbolista de técnica colosal, personalidad y presencia. A nivel de talento, quien recogía el testigo de la generación de campeones. Eso lo sabía el Real Madrid cuando lo fichó con apenas veintiún años y todavía muchas dudas sobre cuál sería su evolución como futbolista. Isco era una amalgama de talento y determinación que recordaba a los grandes mediocampistas ofensivos de las décadas anteriores. Su relación con la creación en el mediocampo y con las jugadas de gol hacían de él una pieza a tener, pero de difícil encaje: existía el peligro de enfocarlo en demasía a una de las dos y perder al jugador al completo. No se trataba de un Iniesta o un Silva, futbolista de su estirpe y posición, pero con una relación menos íntima con la boca del área. Isco era Aimar, Raí, Zidane o el último Baggio.

No obstante, el fútbol profesional recibió a Isco con Pellegrini y este lo puso donde él supo congeniar talentos así con las exigencias del paradigma de este siglo. Desde la banda izquierda del mediocampo malagueño, Isco fluctuaba entre jugadas de Ronaldinho y otras de Djalminha. Y estos nombres no son escogidos al azar. El fútbol de Isco, aunque español del siglo XXI, también está estrechamente ligado por una filiación sentimental al fútbol brasileño de los ídolos que tuvo cuando crecía. Isco quiere tocarla todo el rato. Tenerla, jugarla y crear. Su adaptación a los menesteres tácticos y estándares de juego de sus paisanos mediocampistas ha sido difícil y por eso su paso por la selección española ha sido complicado. Al finalizar el Mundial de Rusia 2018, Isco fue uno de los señalados por los analistas: su cuerpo estaba vestido de rojo, pero su corazón de verde y amarillo.

En estas seis temporadas, el mejor Isco solo lo hemos podido ver de forma continua bajo la dirección de Zidane. El jugador nunca ha detenido su crecimiento ni dejado de parecer uno de los mejores de su quinta. Sin embargo, la sensación de que algo no termina de encajar no lo ha abandonado salvo durante los grandes meses de juego de Zidane como entrenador del Madrid.

Cuando llegó, Isco fue titular por un tema circunstancial. La apuesta de Zidane fue de balón y control. En el 4–3–3, Kroos era el mediocentro, Modric el interior derecho e Isco iba por izquierda. Sería inexacto decir que fuese el interior izquierdo. La dinámica de movimientos de Alarcón era más parecida a la de los viejos enganches de los 70’s cuando todavía el 4–3–3 era el sistema de moda y no el 4–4–2. Isco intercambia alturas al son de su voluntad, siempre un escalón por encima de Modric, y se permitía moverse sobre el eje horizontal. No se podía decir que era un interior alzado, puesto que no fijaba su posición, sino que bajaba, subía e iba a los lados. La correcto sería decir que jugaba de lo mismo que Zidane cuando era futbolista, más allá de cómo estuviese compuesto el mediocampo.

Desde esa zona, Isco no participaba mucho en salida, aunque sí bajaba como auxilio y apoyo, escorando su posición sobre la banda al modo en el que lo haría Kroos meses después. El resultado era distinto porque lo de Isco no era ordenar, sino crear. Recibir, conducir, encarar y filtrar el balón para construir un nuevo mundo, destruyendo el anterior. Ese primer mes de Isco con Zidane fue el mejor del andaluz en su andadura en Madrid hasta entonces. Todo su juego tenía sentido para que lo que quería el equipo: su técnica sumaba golpes de calidad a la tenencia del balón y su deseo eterno de balón se traducía en una posesión más larga. En otros escenarios, esas dos características del juego de Isco crean desequilibrio; en el Madrid de Zidane, ofrecían estructura. Había nacido un matrimonio.

La luna de miel acabó rápido. El Madrid comenzó a encontrar inestabilidad en su fútbol y pronto Zidane sacrificó un puesto en el XI para dar entrada a Casemiro, regresando Isco a su rol de suplente de oro del que solo saldría a final de año. Las lesiones de jugadores blancos favorecieron la rotación de Isco, que dejaba buenas actuaciones cuando podía en el sitio que le tocara. Pero cuando el lesionado fue Casemiro, Isco tuvo su segunda gran oportunidad.

El Madrid de fines de 2016 era un equipo mucho más atacante y asentado que el que había ganado la Champions meses antes. Una de las consecuencias era que presionase más como mecanismo principal de recuperación de balón: el equipo se juntaba sobre una de las bandas y si perdía la pelota, el triángulo de posesión presionaba, forzaba el error y atrás aparecía Casemiro como coche escoba para ganar la pelota. Sin la lateralidad y agresividad del brasileño, y con Isco como reemplazo, Zidane cambió su sistema: siguió jugando 4–3–3, pero invirtió el triángulo, centrando a Isco por delante de un doble pivote. Desde esa posición más al medio, el español podía acudir a donde estuviese el balón con más libertad y tranquilidad respecto a su posición en defensa. El Madrid a cambio ganaba otro pedazo de Zidane: creatividad, soltura, rebeldía con el balón y tenencia de la pelota en el último cuarto gracias al fútbol de Isco, menos urgente que, por ejemplo, el de James Rodríguez, su competencia. Por otra parte, perdía capacidad para presionar. Tanto por la ausencia de Casemiro como por la estructura: tal y como descubriesen muchos equipos en los 80s, es muy difícil cubrir el ancho del campo con solo tres mediocampistas, especialmente si uno tiene libertades especiales en la recomposición de la figura defensiva.

La plantilla del Real Madrid para la temporada 2016/2017 es una de las candidatas a mejor nómina de la historia del fútbol. La acumulación de talento por cantidad, calidad y diversidad es muy difícil que tenga parangón. Por eso, Zidane elaboró un sistema de rotaciones según la competición que finalmente se rompió a final de temporada, pero que permitió explotar el capital futbolístico que tenía de modo que compensara sus decisiones estructurales en cuanto a lo táctico. Cambió el juego de posición por una cuota imposible de talento y eso le permitió competir todo hasta el final de forma de regular y también darle a Isco preponderancia como puente entre las dos unidades del Madrid. No era lo ideal, pero Isco podía sumar minutos y juego como comandante del Madrid.