Referirse a la afición del Real Madrid como un todo homogéneo cuyas particularidades y personalidad fuesen comunes a cada uno de sus componentes es impreciso y necesariamente injusto con parte de sus integrantes, lo sé, evidentemente.
Sin embargo, hay pautas de comportamiento que son muy compartidas, tanto que hacen que se aprecien como mayoritarias, ya sea porque lo son en lo numérico, o porque lo aparentan en lo estridente. Esta condición de mayoritarias, real o impuesta, acaba por determinar la personalidad de la afición del Real Madrid, o “el Bernabéu”, que es su sinónimo. “El Bernabéu pitó…”, “al Bernabéu no le gusta que…”, son expresiones que se refieren a esa generalidad real o aparente, pero que implican a la totalidad, para desaliento de muchos, entre los que me incluyo.
Pues bien, uno de los rasgos de personalidad en alza de la afición del Real Madrid es el de despreciar su propio patrimonio. Tanto el económico como, lo que es aún peor, el histórico.
Me estoy refiriendo a que, en los últimos meses, y más de una vez, he oído, con incredulidad, a madridistas despreciando el valor de las 15 copas de Europa. He contemplado cómo se referían a ellas como algo del pasado de lo que no cabe ya presumir. He podido observar cómo se criticaba al club y al presidente por alardear de copas de Europa, cuando “lo que tendrían que hacer es ganarla otra vez y dejar de hablar del pasado”, ¡decían! (Un pasado, por cierto, de fecha 1 de junio de 2024. Al parecer, lejanísimo para quien así opina). ¡Llegaron, incluso, a cuestionar la calidad deportiva de las victorias!
¡No! Miren ustedes, aparten de mí la tristeza que les han inoculado desde las campañas antimadridistas y los Social Media Business, que a mí no me van a “quitar lo bailao”. Con independencia de que anhele triunfos futuros, el disfrute de los logrados forma parte de mi memoria episódica y emocional. ¡No me lo van a arrebatar! Por otra parte, sepan que el Real Madrid es lo que es porque antes fue lo que fue; despreciando su historia no cabe concebir ilusiones más allá de las que alberga cualquier participante de la competición. Las 15 copas de Europa son algo que se ha de recordar, y de lo que hay que presumir en todo momento, como así lo hace el estampado en la camiseta. ¡Los éxitos pasados se veneran!
La parroquia madridista —denominación en declive en forma y en significado— siempre se ha caracterizado por ser exigente, y en este rasgo característico tratan de justificarse conductas que nada tienen que ver con la exigencia, y sí más con el capricho, el aburrimiento, la insatisfacción personal, y, sobre todo, la expresión de un razonamiento intervenido por los mecanismos sociales y tecnológicos de estos tiempos.
De esta forma, despreciar las copas de Europa ganadas, y en particular las conquistadas en un pasado muy reciente, es una manifestación de un comportamiento más propio de la adicción que de la devoción. De igual manera que al adicto de nada le sirven dosis pasadas, pareciera comportarse así quien de nada le sirven triunfos pasados, demandando más, no con el deseo del devoto, sino con la necesidad que impone la abstinencia. Esto viene a estar en consonancia con lo que ahora se llama “consumo de experiencias”, y que viene a traducirse en que más importante que ganar la Champions es hacerse la foto en Cibeles, una vez hecho lo cual, y tras subirla a redes, hay que ir a por lo siguiente, siguiente lugar, siguiente sensación, siguiente Champions. Siguiente, siguiente, siguiente. Los niveles dopaminérgicos y serotoninérgicos se lo demandan. Este comportamiento social es alimentado desde los diversos mecanismos en redes, que lo son no porque conectan, sino porque atrapan. Como a peces. No justifiquen esta conducta con la exigencia.
Despreciar las copas de Europa ganadas es una manifestación de un comportamiento más propio de la adicción que de la devoción
En lo que afecta al patrimonio económico y deportivo, vemos también la tendencia creciente a pitar a los jugadores de una manera que, nuevamente, parece ampararse en la “natural exigencia” del Bernabéu para justificar algo que nada tiene que ver con ella, y sí más con socavar la moral y la valía de alguno de los (curiosamente más destacados) componentes del capital humano del equipo.
Vinícius puede caer bien, mal o regular. Pero, como jugador de fútbol y de nuestro equipo, ¿qué podemos decir? Primero: está en el grupo de mejores jugadores que ha tenido el Real Madrid en su historia. (Nutrido grupo, pues va creciendo por lo difícil que resulta sacar a uno para meter a otro; y de ranking incierto a partir del segundo puesto, en tanto que la historia y los testigos nos obligan a reservar el primero a D. Alfredo Di Stéfano). Segundo: aun no estando en su mejor momento, sigue siendo, en todo el panorama mundial, de los jugadores que más peligro generan, ya sea de manera directa con su juego, o indirectamente por la dedicación a que obliga en las defensas contrarias, atrayendo a jugadores y generando espacios y faltas (muchas más de las que le conceden, pero el Negreirismo ya lo traté en un artículo anterior).
Tercero: sabemos, porque lo ha demostrado, que incluso en un mal partido puede en cualquier momento sacar la jugada ganadora; sin ir más lejos, así lo hizo en el partido contra el Betis, dando, en los últimos minutos, la asistencia del gol y provocando un penalti; cosa distinta es que ni una jugada ni la otra dieran fruto porque pasó lo que sabemos que pasó. Cuarto: no escatima esfuerzo. Quinto: nada hay que impida pensar que vaya a volver a alcanzar su mejor nivel en breve. Y este es el quid de la cuestión; porque el deseo íntimo es que eso no ocurra: no se le pita porque juegue mal, se le pita para que no juegue bien; lo que se hace camuflándose en los desatinos, pues de otra manera sería difícil de justificar; aunque también es cierto que cada vez se disimula menos y se hace más evidente: los silbantes no le quieren en el Real Madrid ni jugando bien.
Esto no resulta de la exigencia, sino de una antipatía surgida en la atmósfera contaminada por las continuas emisiones tóxicas que sobre ella se vierten para provocar ese comportamiento. Lo cual es otro éxito rotundo del antimadridismo. Al antimadridismo lo que es del antimadridismo y a Dios lo que es de Dios. Son unos fenómenos.
Caso peculiar es el de Valverde, jugador de calidad suprema y pilar del equipo; por tanto, objetivo de nuestros enemigos y de especuladores de la información para, con llamativos titulares sobre su figura, hacer caja. Digo peculiar porque a su impecable trayectoria deportiva le acompañaba una intachable trayectoria humana. Tendente a la timidez, sin decir una palabra más alta que otra, humilde en sus declaraciones… No había por dónde cogerlo. Hasta que llegó la ocasión, ¡zas! Se aprovechó aquella escaramuza de instituto que tuvo con Tchouaméni, dándole un tratamiento en términos de criminalidad. No sé cómo serán ahora las cosas, pero en mis tiempos de instituto, liarse a tortas con un compañero de clase era cosa natural, y hasta bien vista, que siempre se saldaba con un apretón de manos, o a veces hasta sin él, pues era tan leve la consideración del suceso que no merecía tanta solemnidad.
Y se abrió el filón: “Valverde no volverá a vestir la camiseta del Real Madrid”, vertía el efluvio ponzoñoso de algún denominado periodista, que, poniéndose el disfraz de bien informado mediante el uso de un lenguaje y un registro muy estudiado, le daba carácter de información contrastada y confirmada: era un hecho. Y él, el mismo, y algún otro (¿periodista?) han pasado el verano entero, día sí, día también, dale que te pego con titulares encaminados a sacar a Fede del club. Que si Mourinho no cuenta con Valverde; que si la directiva no quiere a Tchouaméni y a Valverde juntos otro año más y el elegido para vender es Valverde; que si el club no lo quiere porque no podría portar el brazalete de capitán tras lo ocurrido... Y venga y dale, un día y otro, a ver si causa algún efecto. Y claro que lo causa: ensucia, genera dudas, desafecto, y desanima: intoxica. Esto propicia que, aunque en los últimos partidos las críticas hacia su persona estén calmadas, se siente, se huele en el ambiente, que le tienen ganas. Están esperando un fallo, una mueca, un estornudo a destiempo.
Y así podríamos continuar y hacerlo extensible a cualquier otro jugador de nuestro equipo que sufra estas críticas modernas, que se amparan en la añeja severidad del madridismo, para, en realidad, no manifestar con ellas la demanda de un juego mejor, sino provocar lo contrario y así justificar su cabreo de origen espurio, articulado por los enemigos del Real Madrid y por quienes, sin ser constructores de estas campañas, las explotan y especulan con ellas en beneficio de su negocio.
He sido testigo de 9 de las 15 copas de Europa del Real Madrid y tengo casi la certeza de que veré ganar más. Hasta entonces, ¡a mí que me quiten lo bailao!
Y cómo hemos llegado hasta aquí…
Por una parte, tenemos el tentáculo periodístico del Negreirismo y campañas antimadridistas, componentes todos del mismo fenómeno. Ocurre que, además, ahora tenemos los nuevos business. El periodismo hace tiempo que abandonó su oficio para convertirse en vendedor de clics, y a ellos se suman advenedizos con la pretensión de vender su producto, lo cual sería legítimo. El problema es que no es la información el producto que comercializan, lo que venden es el clic, y la información es la herramienta que utilizan para que se lo compren. Eso no se consigue contando la normalidad, han de retorcer la información para fabricar sensaciones, han de “no dejar que la verdad les arruine un buen titular”, como reza el famoso eslogan. Que lo de Valverde y Tchouaméni sea algo normal no vende, hay que convertirlo en escándalo; que el juego de Vinícius se mueva dentro de unos márgenes normales de altibajos que todo futbolista tiene, no vende, hay que decir “¡¡es que no se va de ninguno!!”.
Claro, los negocios se abren cuando hay mercado para ello. Y lo hay: un notable sector de la sociedad moderna prefiere no elaborar los razonamientos y comprarlos ya preparados, como la comida. Al igual que esta, se encargan a golpe de clic o de pulsación, y en un plis plas se dispone de ello y se digiere: la pizza, la hamburguesa, el sushi, y la soflama.
Y así, teniendo más de consumidores que de parroquianos, observamos a una parte de la afición que, con certeza, reclamaría el fichaje de Vinícius y Valverde caso de ser jugadores de otro equipo, pero que una vez que están en el Real Madrid, reniega. Por supuesto, desearían ganar muchas copas de Europa, pero tras conquistarlas no conservan la satisfacción del logro, porque les han convencido de que caduca tras la foto. Una afición, en definitiva, a la que le quitan lo bailao.
No es mi caso (ni el de muchos otros). Estoy encantado de que jugadores que me parecieron increíbles cuando empezaron en el Real Madrid sigan estando en el equipo a día de hoy. También de que, de las 15 copas de Europa conquistadas por el Real Madrid, he sido testigo de 9 de ellas. Por esta razón, tengo enorme confianza, casi certeza, en que veré ganar más, pronto y en plural; pero, hasta que tal cosa ocurra, y aunque no ocurriese, ¡a mí que me quiten lo bailao!
¡Hala Madrid!
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Excelente.
¿Dónde hay que firmar?
Pero espera, que faltan por salir los del "hartazgo heredado"