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Klopp, guardiolista

Klopp, guardiolista

Escrito por: Antonio Valderrama3 agosto, 2018
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Según Klopp, Ramos es despiadado y brutal. Lo fue, en concreto, cuando disputó un balón con Mohamed Salah en la final de Kiev. Aunque en las imágenes se aprecia con claridad cómo ambos se lanzan sobre la pelota hechos un amasijo y también cómo el delantero egipcio intenta cuerpear con Ramos enganchándose de su hombro en sospechoso ademán desequilibrante, Klopp aseguró el otro día en Estados Unidos que el capitán del Madrid derribó a su adversario “como un luchador de lucha libre”, de forma “despiadada y brutal”. Es interesante el matiz que añadió entre medias: “si recuerdas la acción y no eres seguidor del Real Madrid, sólo puedes pensar que fue despiadada y brutal”. Enternece la falacia. Se infiere que sólo puedes dudar de la crueldad de Ramos si eres un fanático. De lo contrario, la verdad reluce, como el sol. Evidentemente.

Se pueden decir muchas cosas de Klopp, pero no que sea tonto. Es una declaración muy guardiolista. Quizá en las cuatro temporadas que llevan conviviendo, primero en Alemania, luego en Inglaterra, haya tenido tiempo de aprender muchas cosas de Pep, no sólo en lo táctico. La retórica guardiolista está preñada de sentencias de este tipo, prácticamente axiomas budistas. Se podrían imprimir millones de sobres de azúcar para el café con frases así, ambiguas, ladinas, retorcidas como una broca; son declaraciones de las que chorrean verdades aceitosas, de estas que te impregnan, te manchan, de las que son imposibles de sacar si no es frotando fuerte con lejía bajo el chorro del grifo.

“No creo que volvamos a ver algo igual: ir a la portería y ponerle el codo al portero, derribar al goleador del equipo rival como un luchador y después ganar el partido. Para mi es historia del fútbol”. Parecía olvidado y más con la reciente proliferación, en el Mundial, de cantadas similares a las de Karius en Kiev, pero Klopp ha vuelto a la carga con “the concussion issue”. Es imposible no acordarse de cuando Guardiola criticó al linier de la final de Copa de 2011 por anular un gol por fuera de juego que en efecto, era. Es decir, por hacer bien lo que tenía que hacer. La agresión de Ramos a Karius en Kiev sólo existió en la mente de Klopp y en la de los dueños del Liverpool, que curiosamente mandaron al portero alemán a una clínica en Boston que también les pertenece, como el equipo inglés, para que allí le hicieran un paripé médico sonrojante. A lo mejor en las resonancias salió aquel pepinazo de Kolarov desde el quinto pino que Karius se comió en la ida de semifinales, muy parecido al segundo gol de Bale en la final. O puede que al hacerle un TAC se viera en alta definición la jugada del gol de Gabriel Jesús en la vuelta de cuartos de final, cuando el City se adelantó merced a una pifia de Karius en el inicio de la jugada, semejante a la que Benzema aprovechó en la final para marcar el primero. Nunca lo sabremos porque los resultados arrojaron una conveniente vinculación de la supuesta concussion kariusiana con una jugada intrascendente que pasó desapercibida para todo el mundo y en la cual ninguno de los árbitros de la final advirtieron nada extraordinario o digno de reprobación.

Es una declaración muy guardiolista. Quizá en las cuatro temporadas que llevan conviviendo haya tenido tiempo de aprender muchas cosas de Pep. La retórica guardiolista está preñada de sentencias de este tipo, prácticamente axiomas budistas.

Habría que añadir que a Ramos, en ese balón aéreo que termina con la fabulosa concussion, lo empujan por la espalda. Sin embargo ese tipo de detalles tan esclarecedores de la verdad jamás acompañan la queja lastimera de los perdedores: los atléticos menos pudorosos aún lloran por el supuesto fuera de juego de Ramos en su gol de Milán omitiendo descaradamente el agarrón al que estaba siendo sometido por Savic en ese mismo instante, como si fuese posible diseccionar las jugadas (que se suceden a una velocidad casi inaprensible para el ojo humano) y despiezarlas a semejanza del carnicero hace con el cerdo.

Se podrían imprimir millones de sobres de azúcar para el café con frases así, ambiguas, ladinas, retorcidas como una broca.

Antes de la final de Kiev corrió por Twitter una frase de Klopp que nada tenía que ver con el fútbol. Hizo mucha fortuna en ciertos ambientes, sobre todo en los círculos  mediáticos antimadridistas nimbados con el prestigio profesional del que se presenta como neutral, equidistante, imparcial y todos esos adjetivos que valen perfectamente para disfrazar las verdades poco rentables. Dijo Klopp: “Soy de izquierdas, por supuesto. Más de izquierdas que de centro. Creo en el estado del bienestar. No tengo seguro privado y nunca votaré a quien prometa bajarle los impuestos a los más ricos. Si hay algo que nunca haré en mi vida es votar a la derecha”.

Esta es una frase que alimenta divinamente el combustible clásico de la propaganda antimadridista, sobre todo internacional. En el mundo anglosajón encaja perfectamente porque en España el tema de Franco ya está muy quemado. Ante la posibilidad de que el Madrid de Zidane completase una dinastía histórica, y de que el propio Madrid de Cristiano, Modric y Ramos se pusiera a la altura del de Di Stéfano, Gento y Puskas, hubo gente que recurrió a pretextos peregrinos para festejar una hipotética victoria del Liverpool en Kiev. El motivo ideológico, nada inocente, volvía a salir a flote de manera esquiva y huidiza porque, ya se sabe, el Liverpool, cuyos dueños son unos magnates norteamericanos, es el equipo de Oliver Twist y de los obreros dickensianos de la metalurgia del Mersey. El Madrid, en cambio, que es de sus socios todavía, es un regimiento de infantería motorizada del ejército de Franco, o algo parecido. Leyendo algunas cosas en inglés, ese tipo de relatos siguen circulando con una salud envidiable.

el Liverpool, cuyos dueños son unos magnates norteamericanos, es el equipo de Oliver Twist y de los obreros dickensianos de la metalurgia del Mersey. El Madrid, en cambio, que es de sus socios todavía, es un regimiento de infantería motorizada del ejército de Franco.

Lo mejor que se puede decir de la jugada de Ramos y Salah es lo que tuiteó @ohsibenik: "Salah quiso derribar a Ramos agarrándolo del hombro y es como si yo intento subirme al AVE en marcha". La gestión emocional de una derrota no debe ser sencilla y desde luego aún menos después de perder una Copa de Europa. Pero quizás hay clubes que responden mejor a la derrota que otros. Las razones son complejas, pero pueden resumirse en que les va mejor al relato que de ellos mismos cuentan, o que otros (prensa, aficiones rivales, la propia afición, quién sabe) contaron una vez, en un momento dado, de esos mismos clubes, y por las razones que sean lo han terminando asumiendo para sentirse mejor en el mundo. Para sentir que tienen un lugar. La exhibición de la derrota o el cuento del perdedor romántico parece ajustarse que ni pintado al Liverpool, cuyo entrenador, por lo demás un magnífico director deportivo, admirable pastor de grupos jóvenes y hambrientos que es capaz de exprimir las cualidades de futbolistas menores con eficacia e inteligencia, tiene experiencia en eso. En la derrota. Desde la supercopa alemana de 2013, no gana una final. Ese mismo año perdió su primera final de la Copa de Europa, en Wembley frente al Bayern; cayó contra el Bayern en 2014 en la final de la copa alemana, como también en 2015, en la misma final, contra el Wolfsburgo; en 2016 perdió dos finales con el Liverpool, la de la Copa de la Liga y la de la Europa League, completando el póker en mayo de este año contra el Madrid, en su segunda final de la Copa de Europa como entrenador.