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¿Es Trump del Madrid?

¿Es Trump del Madrid?

Escrito por: John Falstaff12 noviembre, 2016
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De Donald Trump ya se ha escrito y se ha dicho todo, y créanme que aquí, en los Estados Unidos, varias veces. ¿Todo? Bueno, en realidad casi todo. Faltaba una tecla que tocar, una cuestión que dilucidar en torno a su figura. Una cuestión fundamental que incomprensiblemente había desatendido el ejército de sesudos analistas, políticos, politólogos, periodistas, expertos en lenguaje corporal, actores, músicos, humoristas, militares, solteros, casados y algún que otro cura despistado (que dirían los de Mecano) que han desfilado en los últimos meses por los platós de las televisiones americanas derramando con generosidad su perspicacia en auxilio del desvalido votante. Esa cuestión no es otra que la filiación futbolística del recién elegido presidente de los Estados Unidos.

Pero no se preocupe, querido lector, que para subsanar el error y colmar tan incomprensible laguna está La Galerna. A través de Twitter, esta publicación preguntaba a sus lectores el día siguiente a las elecciones si creían que Trump es del Real Madrid. La pregunta me parece más interesante y de respuesta más difícil de lo que a primera vista podría pensarse. Así que voy a echar mi cuarto a espadas en tan grave materia.

trump

Yo de política americana entiendo aún menos que de fútbol, de modo que lo prudente sería que me callara. Pero como nunca la ignorancia ha sido un obstáculo para ejercer de tertuliano, como he estado unos cuantos meses fijándome mucho en el proceso electoral sin quitarme las gafas de cerca, y como estoy un poco aburrido pero no quiero aburrirme solo, voy a soltar mi parrafada, aun a riesgo de hacer buena la máxima de Groucho sobre el silencio y la idiotez. En fin, amigo lector, considérese usted daño colateral, tómese mi opinión a beneficio de inventario y vamos de una vez al grano.

Trump es un especimen que desafía cualquier intento de clasificación en casi todos los órdenes en que se ramifica el árbol de la ciencia, desde la raza -salvo que aceptemos que existe la de color naranja- hasta la ideología -suponiendo que tenga alguna-, pasando por el fútbol. Así que afirmo desde el principio y con claridad que a mí me resulta imposible adscribirlo a ningún equipo.

Es verdad que hay en él elementos que permitirían trazar un cierto paralelismo con el Real Madrid. Me refiero a su condición de ganador nato y al cordón sanitario que casi toda la prensa ha extendido a su alrededor, atacándolo descarnadamente, sin descanso y sin vergüenza, tanto durante las primarias como durante la campaña propiamente dicha. Pero del madridismo lo alejan, como el aceite hirviendo aleja de sí al agua, su carácter atrabiliario, su matonismo barato, sus modales de patán, su populismo deslenguado, su falta de principios y su ausencia de valores. También su elección de peluquero.

Como barcelonista, qué quieren que les diga, no lo veo. A Trump se le puede acusar de casi todo menos de hipócrita, de sostener un discurso buenista y de jugar a favor de obra y con unos árbitros convertidos en sus cuerpos y fuerzas de seguridad. Carece, por tanto, de las notas esenciales del ADN culé, y en mi opinión eso hace innecesario abundar más en la hipótesis.

Concurren en él, por contra, rasgos marcadamente atléticos, o más bien giligilescos. Trump ha llegado al Despacho Oval como Gil y Gil llegó al Ayuntamiento de Marbella: a lomos de un cuñadismo chulesco y pendenciero de "esto lo arreglo yo en dos patadas", aunque afortunadamente sin subirse a los de Imperioso. También tiene un inconfundible tufillo atlético su victimismo, sus continuas afirmaciones de que las elecciones estaban peligrosamente preparadas para su rival, su populismo, su insistencia en que los problemas de Estados Unidos son culpa de los demás (la inmigración, el libre comercio), su constante apelación a las pasiones más bajas de la gente. Pero ya hemos dicho que es un ganador, y eso lo descarta incontestablemente como atlético, por lo que tampoco por este camino llegamos a ninguna parte.

Queda pues demostrado que Trump no es ni madridista ni culé ni colchonero. Así que, habida cuenta de que es en extremo improbable que beba los vientos por el Rayo Vallecano, por el Hércules de Alicante o por cualquier otro equipo de los que podría llegar a entrenar Paco Jémez, hemos de concluir que Trump carece de filiación futbolística. Sé que el desenlace es decepcionante, pero qué le vamos a hacer; la ciencia llega a sus conclusiones a través del rigor de la razón, no de los devaneos del deseo.

Pero no se desanime, caro lector, no todo está perdido. Esta triste orfandad futbolística no concurre en el rival de Trump en estas elecciones. El gatillazo que el martes por la noche protagonizó Hillary Clinton tiene las proporciones épicas que sólo a un atlético le es dado alcanzar. Fue un minuto 93 soberbio, grandioso, excelso, de admirable perfección, digno sólo de los elegidos para esta modalidad inversa de la gloria, y por ello hondamente atlético. Como atlética ha sido la reacción posterior de la afición. El día siguiente a las elecciones, el colegio público de la muy demócrata California al que asisten mis hijos eximió a los niños de hacer los deberes porque entendían que el duelo les impediría centrarse en sus estudios. La autoridad escolar envió un correo electrónico a los padres con recomendaciones para superar el dolor propio y el de los hijos. Hubo profesores que no pudieron reprimir las lágrimas ante los estudiantes. Alumnos que acudieron vestidos de negro a la escuela. En la relativamente pequeña población donde vivo, una mujer y su hijo improvisaron un pequeño tenderete en plena calle desde el que ofrecían a los viandantes un café y un abrazo para consolarse mutuamente ante la desgracia. Los últimos días han sido un tsunami de lloriqueo colectivo a cuyo lado un vuelo chárter de aficionados colchoneros de vuelta de Lisboa o de Milán debió de ser una fiesta. Está claro que la democracia le debe una presidencia de Estados Unidos a Hillary Clinton.

Así que el Atleti, un Atleti desenfrenado y quintaesenciado, ha desembarcado en América y lo ha hecho a lo grande, como sólo él sabe hacerlo: perdiendo con estrépito. Sirva pues de consuelo ante nuestra decepción el éxito ajeno. Aceptemos con elegancia la incomparecencia del Real Madrid, que le ha impedido ocupar el lugar que le es propio ganando las elecciones y, como aficionados madridistas y por tanto adornados con la virtud del señorío, felicitemos al Atleti, que sí ha conseguido conquistar con todos los honores el lugar que sólo a él corresponde.