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Drenthe, el holandés errante en tiempos recios

Drenthe, el holandés errante en tiempos recios

Escrito por: Carlos Mayoral19 septiembre, 2020
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Alguien pensó que era necesaria una sección para glosar los encantos de aquellos jugadores del Madrid que nunca recibieron cartas de amor, para rescatar a aquellos futbolistas que perecieron en la esquina de la página del periódico a la que nadie llega, para ofrecerles la mano a aquellos que se ahogaron en la orilla.

Cuenta Jorge Freire en su magnífico ensayo Agitación, publicado por Páginas de Espuma, que una fragata se adentró una mañana en las turbulentas aguas del océano con el objetivo de buscar una corbeta extraviada, sin éxito en el hallazgo durante horas, hasta que por fin uno de los marineros alzó la mano para señalar un bulto al que, en lontananza, todos reconocieron como la malhadada corbeta. Se acercaron felices, habían cumplido con su cometido y salvado decenas de vidas. Pero al llegar al bulto, se dieron cuenta de que no se trataba de la embarcación perdida, sino de un montón de ramas flotando a la deriva. Este clásico ejemplo de alucinación colectiva lo utiliza Freire para tratar el tema de la psicología de masas, y yo hago lo propio para hablar de Royston Drenthe. El holandés llegó al Madrid en época de hambre y desnutrición, y cuando todo el madridismo lo vio aparecer aquel verano creyó ver en él la corbeta extraviada, el fin de las plagas y las hambrunas, la Ítaca de todos los viajeros.

Royston Drenthe.

Con los muslos duros como el día, que diría el poema de Sabines, con el centro de gravedad bajo como todos los futbolistas de dibujos animados, con la velocidad antítesis de la escuela holandesa que tanto ama el Bernabéu, Drenthe se descubría en la Supercopa veraniega como el remedio para un equipo entonces adormecido por Ronaldinhos y Robbenes. Empezamos a sospechar que algo no iba bien el día que se estampó contra un coche de la policía en dirección contraria, a la altura de la calle Velázquez, seis carriles a su disposición. Cuando los agentes le cuestionaron la locura, Royston respondió: ustedes no saben quién soy yo. La promesa se fue diluyendo entre partidos de Copa del Rey y partidos basura de liguilla de Champions. Creímos ver la luz con la cesión al Hércules, pero el día de la presentación obligó a las autoridades a que separaran cuatro metros a los aficionados con vallas concertinescas, en clara metáfora del desarraigo que vendría después. Drenthe era ya un juguete roto, otrora reluciente, y como tal, como un producto para niños, terminó por verle el madrileñismo.

Royston Drenthe.

Por desgracia, el desengaño se desarrolla con la lentitud con la que no surge el amorío, y durante años anduvimos señalando el montón de ramas como quien se niega a perder a la tripulación de la corbeta. Era ya entonces evidente que el holandés errante llevaba años a la deriva, y que no se podía hacer nada para recuperarlo. La última vez que lo vi, alcanzaba los 180 km/h con cualquier coche de alta gama por las calles de mi pueblo, Villaviciosa de Odón, mientras un colega grababa la hazaña con un móvil de última generación (#TrueStory). Supongo que la imagen sigue por YouTube, o por ahí. Cuentan las lenguas del fútbol que acaba de renovar con un equipo de la tercera división holandesa. Y que parece feliz, como lo fuimos nosotros entonces, aquellos instantes en que, en maravillosa conjunción astral, la alucinación colectiva nos hizo soñar.

 

Madridistas malditos:

1- Fabio Coentrao, el Viriato que fumaba Bisonte

2- Walter Samuel, el muro gauchesco

3- Ognjenovic, el electrón de Palanka

4- Spasic, el agente doble macartista

5- Balic, el cantante que inventó la aliteración

 

Fotografías Getty Images.

 

Carlos Mayoral
Madrileño y madridista. Filólogo en mi tiempo libre.

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