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Fabio Coentrao, el Viriato que fumaba Bisonte

Fabio Coentrao, el Viriato que fumaba Bisonte

Escrito por: Carlos Mayoral11 julio, 2020
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Alguien pensó que era necesaria una sección para glosar los encantos de aquellos jugadores del Madrid que nunca recibieron cartas de amor, para rescatar a aquellos futbolistas que perecieron en la esquina de la página del periódico a la que nadie llega, para ofrecerles la mano a aquellos que se ahogaron en la orilla.

A Coentrao lo recuerdo bajando del autobús. El peinado, siempre dos modas por detrás. La tez morena, como de zíngaro del Caspio. Se intuía la figura del paquete de tabaco, marca Bisonte, bien guardado a presión bajo la manga de la camiseta Hugo Boss, regalo del club. Nadie supo de dónde vino ayer ni adónde podía llegar mañana. Era callado, prefería el invierno sin ti a la guerra contigo. Dicen que fumaba pinzando los dedos pulgar e índice, a medio camino entre Bogart y el Vaquilla. Las uñas amarillentas solían recordarle dos cosas: primero, que el tabaco dejaba formol en el esmalte; después, que seguía vivo. No importaban demasiado ninguna de las dos cosas: Fabio era un hedonista, y veía en el fútbol el reflejo de Aristipo de Cirene. Como todo alumno del placer, promovía la cultura de la contemplación. El fútbol para Fabio no era acción sino paciencia. Stendhal y Jimmy Mc Nulty, sus referentes.

Los meses con erre en el nombre, al contrario que al amante del marisco, solían caerle mal. Poco solía saberse de Fabio en ese periodo de penumbra invernal. Hay quien dice que dormía cavernariamente, como un plantígrado ibérico; hay quien sin embargo afirma que meditaba profundamente esperando la llegada del mes de mayo. Era entonces cuando observaba los tejados del Madrid crepuscular por el que solía moverse, y con la mirada ceñida se lo gritaba al viento: el campo estará verde, debe ser primavera. Estiraba así con los dientes la antena del móvil, para después abrir la tapa con un movimiento de muñeca. Suena el teléfono en Valdebebas. Descuelga el bedel: Sebastián, soy Fabio; resérvame la plaza de siempre. Aparecía por la Ciudad Deportiva y otra vez todo huele a nuevo. Es lo bueno de las reapariciones: mantienen viva la capacidad de sorprender.

Las primeras tardes en el Bernabéu, allá por el mes florido, solían resultar extrañas. La banda izquierda cambiaba la alegría de Ipanema por el recio caminar del último Viriato. Quien más quien menos amó a Fabio, aunque fuese sólo por un instante, que es como se ama a los grandes amores. De aquellas Champions que ganó como titular apenas queda en él la sombra de marcajes históricos a hombres más altos y más recios que él, además de un tatuaje de red de espinas rodeando el bíceps. Se marchó del club un mal verano, dicen que no se despidió de nadie al calar su Audi en la rampa del garaje de su casa de Pozuelo. No lo necesitaba, en cuestiones amatorias nunca fue un dandi, y en cuestiones de amistad siempre anduvo añorando al grupo del barrio. En las tardes furiosas del último Real Madrid, algunos niños todavía preguntan quién era el zíngaro cobrizo de cabello perlado que aparece en las fotos esas, las que cuelgan en el salón principal. En esas instantáneas, toda la plantilla excepto él celebran la consecución de la Copa de Europa.

Nadie sabe contestar: hay recuerdos que dejan en la razón su quemadura.

 

Carlos Mayoral
Madrileño y madridista. Filólogo en mi tiempo libre.

6 comentarios en: Fabio Coentrao, el Viriato que fumaba Bisonte

  1. Siempre pensé que a ese futbolista, al igual que a muchos otros, le perdió su mala cabeza. Porque sin ser Roberto Carlos, sí que tenía cualidades para haber estado más tiempo en la élite siendo importante