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Spasic, el agente doble macartista

Spasic, el agente doble macartista

Escrito por: Carlos Mayoral22 agosto, 2020
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Alguien pensó que era necesaria una sección para glosar los encantos de aquellos jugadores del Madrid que nunca recibieron cartas de amor, para rescatar a aquellos futbolistas que perecieron en la esquina de la página del periódico a la que nadie llega, para ofrecerles la mano a aquellos que se ahogaron en la orilla.

Lo primero que he hecho al darle vueltas a este texto es buscar el porqué del apodo: El Agente. Lo cierto es que impone, y que a un central como Spasic, calvo, gigante, fuerte y formal, le va como anillo al dedo. Pero ¿por qué? ¿Qué extraños designios llevan al mundo del fútbol a etiquetar con semejante puntería? Encuentro por fin una explicación, que al parecer dio él mismo al ser presentado con la voz cazallera de Mendoza a un lado y la calma del filósofo quesomancheguista Benito Floro al otro: «Cuando el entrenador me manda marcar a alguien, le arresto, no toca el balón», respondió. «Además, nací el día de la seguridad en Yugoslavia», terminó de sentenciar, colocando sobre sí esa aura de tipo duro, de hombre de la KGB dispuesto a derribar el macartismo. La realidad, mucho más prosaica y sincera, nunca corroboró sus palabras.

Spasic era un central de pierna larga y pecho alto, lento como todos los centrales entonces

Dicen que Di Stéfano recomendó su fichaje mientras se desarrollaba el Mundial de Italia 90. Busco vídeos en YouTube para recordar cómo jugaba, pero no encuentro ninguno. Tendrá el lector más joven que fiarse de mi vaga memoria, y el más veterano, para su desgracia, tendrá que desempolvar rincones escabrosos de su pasado. Spasic era un central de pierna larga y pecho alto, lento como todos los centrales entonces. Dado que estas descripciones no sirven para mucho, tiremos de analogía. El Agente parecía sacado de una novela de Eduardo Mendoza, podría aparecer en el área como aparecía el extraterrestre Gurb en la novela: junto a Gary Cooper, Marta Sánchez y el conde-duque de Olivares. Todo en él era fantasía, la sensación de que la Quinta del Buitre había dado paso a una realidad paralela donde gobernaba la históricamente inigualable sátira hispánica.

Spasic pugna por un balón.

Como todos los románticos de la saga, hay una acción que termina de marcar a fuego dicha etiqueta en la piel. En su caso, fue en el Camp Nou, 19 de enero de 1991, frío en las gradas, penumbra en el corazón. Renglones atrás dije que por YouTube no pulula ningún vídeo de Spasic: mentí. Esta jugada aparece por docenas. Clico en la primera, con decenas de miles de reproducciones. Lo primero que aparece es una imagen de Pedro Jaro, a la sazón portero del Madrid. Lo segundo, otra secuencia, en esta es Julio Salinas el que corre desgarbado. Tiempos recios, que diría Santa Teresa. Alguien del Barcelona saca un córner, se producen una serie de rechaces, y entonces se ve la figura plantígrada de Spasic. Con dudosa energía, en un movimiento casi de cámara lenta, frentea el esférico, remate en plancha que podría firmar el mismo Carlos Alonso Santillana. Tras el cabezazo, el madridista pestañea y la siguiente imagen con la que se encuentra es un balón colándose por la escuadra. A partir de ese gol en propia puerta contra el eterno rival ya nada fue lo mismo. La afición dejó de creer, así que el Agente recogió el petate y marchóse a Pamplona. «Forza Barça», llegó a gritar un día, para dar fe de su rencoroso paso por el Bernabéu. Podrá no haber poesía, pero siempre habrá poetas.

 

Madridistas malditos:

1- Fabio Coentrao, el Viriato que fumaba Bisonte

2- Walter Samuel, el muro gauchesco

3- Ognjenovic, el electrón de Palanka

 

Fotografías Getty Images.

Madrileño y madridista. Filólogo en mi tiempo libre.

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