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Clattenburg y el triunfo de la voluntad

Clattenburg y el triunfo de la voluntad

Escrito por: Antonio Valderrama26 mayo, 2020
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Se van a cumplir esta semana cuatro años de la final de Milán en la que el Madrid ganó por undécima vez la Copa de Europa, por segunda vez consecutiva al Atlético de Madrid. Como el madridismo lleva todo el mes de mayo recordando triunfos, matando el hastío del COVID gracias a una (¡por fin!) excelente comunicación de las gestas por parte del club, con unos vídeos extraordinarios, unas declaraciones del hombre que arbitró aquel partido en San Siro han venido a consolar moralmente a los adversarios en medio del recuerdo de tanto resplandor blanco. Mark Clattenburg le ha dado una patada al avispero de los Iñakos diciendo en el Daily Mail que debió anular el gol de Ramos que adelantó al Madrid en Milán por ocurrir en fuera de juego. Para rematarlo, reconoció que le dio un penalti al Atlético en cuanto pudo, en la segunda parte, tras ver en el descanso que su linier se había equivocado. Corrompido por el tiempo aquello de que el gol de Mijatovic en Ámsterdam fue en fuera de juego, el orsay de Ramos promete ocupar su lugar de privilegio en el libro negro del antimadridismo. Clattenburg ha hablado: para qué queremos más. El alcalde de Madrid, por ejemplo, acaba de decir también que este es el año de su Atlético pues, en Estambul, “no arbitrará Clattenburg”.

Yo estuve en Milán viendo aquella final. Como es natural, el juez de línea de Clattenburg tenía mejor visión que yo de la jugada en la que Ramos acabó marcando el 1-0. Lo que sí que vi estupendamente fue otra cosa. Podría utilizar para describirla el título del célebre documental de propaganda nazi de Leni Riefenstahl, porque no se me ocurre nada más preciso: el triunfo de la voluntad. Recordé aquella sensación, que me acompañó intensamente sobre todo durante la prórroga de la final, cuando leí otras declaraciones también de estos días, esta vez de Morientes en El Mundo. Rememorando otra final, la de París contra el Valencia en el año 2000, el 9 de aquel Madrid dice que “la tarde anterior, al acabar su entrenamiento, en el estadio, nos cruzamos con el Valencia y les vimos salir con mala cara, con una palidez extraña. Redondo lo detectó enseguida y nos dijo en el vestuario: ¿Los habéis visto? Hay que aprovecharlo”.

Las victorias, más que las derrotas, lo distorsionan todo. A Milán llegaron dos equipos distintos de los que se enfrentaron en Lisboa dos años antes. El Madrid, con toda la carga sentimental, cultural y hasta religiosa diría yo, con la que va el Madrid siempre a jugar una final de la Copa de Europa, estaba, desde el punto de vista físico, en las últimas. La temporada se sostenía en el precario eje táctico y moral levantado por Zidane (un entrenador novel entonces, no hay que olvidarlo) en menos de seis meses. Se enfrentaba a un Atlético pleno, con mejores jugadores, con la lección aprendida y ante la gran oportunidad de toda su Historia. Cuando en torno al minuto 80 del partido, y tras ir ganando hasta entonces, el Madrid perdió su ventaja, me figuré al ciclista que, escapado desde el kilómetro diez, afronta el último tramo de una etapa de montaña de casi trescientos con la lengua fuera y el pelotón, por fin, a rueda. Pero fue en ese momento precisamente cuando emergió la voluntad, quizá porque, como Redondo en París mirando la cara de los valencianistas, los jerarcas de Zidane vieron el miedo a ganar en los rostros atléticos.

Se puede remar como un desquiciado durante una hora para empatar y continuar con la inercia después, hasta volcar el campo hacia la portería del contrario. Eso es lo que hizo el Madrid de Ancelotti en Lisboa. En San Siro, la situación fue la inversa. Sin embargo, con el partido pensado, probablemente Simeone empezó a pensar: “Quedan diez minutos, ya está aquí la prórroga. Hay tiempo, no se tiene que ir a lo loco, puedo meter a Thomas y no a un delantero, ellos están fritos en el medio...”. Al año siguiente, en semifinales, le volvió a pasar lo mismo: a un gol de igualar el 3-0 del Madrid en la ida, Simeone desperdició el vórtice de energía que dominaba el Calderón con su mediocre tacticismo. En el siguiente programa de los Cowboys de Medianoche, Garci, que estuvo allí, se lamentó de que el entrenador echase al equipo atrás cuando tenían al Madrid en la lona. El Cholo dejó que el Madrid se recompusiera, como en Milán, pensando que le sobraba el tiempo. Zidane cambió a Kroos por Isco en uno de sus raptos místicos y reforzó el carril derecho con Vázquez. La prórroga fue suya porque fue a por ella y estuvo a punto de ganarla. Yo estaba en el campo. Los lobos blancos habían olido debilidad en el momento en el que esperaban el martillazo definitivo y eso fue todo el oxígeno que unos grandes campeones necesitan para continuar. Lo demás pertenece ya a la leyenda del club.

Ante la evidencia de lo poco que parece aprender Simeone de sus derrotas contra el Madrid, el alcalde Martínez Almeida debería preocuparse de que, en Estambul, en caso de que su Atlético llegue, quien estaría sería Simeone y no Clattenburg. Sin contar con que, por ahora, no se puede descartar tampoco que el Madrid participe de aquel jolgorio sin público. Si es posible jerarquizar los factores que deciden la victoria en el fútbol, se podía poner en primer lugar la circunstancia de contar con los mejores futbolistas, o al menos con un buen puñado de ellos; en segundo lugar, es muy importante tener un buen entrenador, al menos uno lo suficientemente bueno como para hacer mejores a sus peores jugadores y no hacer malos a los buenos. Quizá en tercera posición se encontraría el factor mental: hay que querer ganar, hay que querer ganar más que el contrario, hay que querer, con mucha fuerza, ganar, con tanta fuerza como para saber que se puede perder y, sin embargo, seguir insistiendo hasta el final. El triunfo de la voluntad.

El Madrid, en Milán, tenía mejores jugadores, tenía mejor entrenador y, por supuesto, quiso ganar mucho más fuerte, “a toda costa”. Antes del empate, la derrota era una certeza para Simeone, pues su equipo iba perdiendo. Con el 1-1, lo que afloró ante sus ojos fue la posibilidad cierta de la victoria. Si bien la esperanza nos mantiene vivos espantando el fantasma de la muerte, la cercanía real del éxito nos devuelve el espectro de perder de nuevo aquello por lo que se ha sudado tanto. Ante la eventualidad de repetir la más dolorosa de todas las derrotas, los atléticos se replegaron. Los madridistas, en contra, siguieron deseando por encima del miedo: eso es lo que significa ganar a toda costa, por lo civil y por lo criminal como decía Luis Aragonés, la leyenda atlética con el carácter más madridista.

En la discusión en torno al fútbol se sigue persistiendo en el error de separar el carácter y la inteligencia de los futbolistas de sus cualidades técnicas o de su mero virtuosismo: oler la sangre con la alegría salvaje de los tiburones también cuenta a la hora de ponderar a un jugador, pero es mucho más sencillo achacar una derrota al árbitro o al azar. Al fin y al cabo, son circunstancias que no se pueden controlar. Fichar a la gente con el espíritu adecuado, en cambio, entra dentro de lo que Epicteto consideraba que “depende de nosotros, es libre por su naturaleza y no puede ser impedido ni forzado de ningún hombre”. Y son los hombres los que forjan instituciones como el Madrid y como el Atlético de Madrid, claro. Distintos tipos de hombres.