Las mejores firmas madridistas del planeta

Un pacto de Navidad

 

Sábado, 19 de diciembre de 2025

 

¡Dios mío Santo! ¿Se puede saber cuál es la razón por la que cada año guardas las cosas de Navidad en el estante más alto y recóndito del trastero? —preguntó él desfondado, apoyando una caja de cartón de un tamaño considerable sobre la mesa del comedor.

Siguiendo mi método, bueno, adaptando el de Marie Kondo, lo que menos se usa debe quedar más oculto, y lo de uso frecuente, más a mano. Así de sencillo, todo en su sitio, ordenado.

Él la miró con resignación, era demasiado temprano para comenzar a discutir.

—¿Vas a presentar el relato a La Galerna? Yo ya he enviado el mío a primera hora.

Él sacó al Niño Jesús de su caja, lo miró con ternura y puso todo su empeño en dulcificar el tono de su respuesta.

—Pues no lo sé. Ando tarde, como siempre. No sé por qué se empeñan en hacer pública la convocatoria con tan poco margen de tiempo.

—No hay por qué esperar, yo empecé a trabajar en mi cuento a finales de septiembre.

Él se centró esta vez en la mirada de José que despertaba de su letargo anual. Si el santo pudo solventar con éxito una paternidad puesta en entredicho —pensó—, a él no iba a amilanarle el poco tiempo con el que contaba para escribir un relato de 500 palabras.

—Esta tarde me pongo.

—¿No vas al partido?

¡El partido! Andaba tan despistado como el Rey Baltasar, que acababa de liberar del papel de periódico, en su camino hacia Belén.

—Sí, claro, termino de montar el belén y me voy.

—¿Y el relato?

Ya no quedaban figuras que mirar para edulcorar su réplica.

—Soy bastante más rápido que tú escribiendo, no necesito empezar a pensar en la Navidad allá por finales de verano.

Hacía frío, pero el sol brillaba en la última tarde de otoño.

Fue con tiempo. Viajó en metro. Bajó en Concha Espina y recorrió paseando la calle homónima. Tenía la esperanza de encontrar un punto, una pequeña traza de inspiración.

Tomó un café americano, como acostumbraba antes de cada encuentro, en un bar de los aledaños del campo. La televisión retransmitía la misma información pseudodeportiva y aburrida de siempre: la crisis blanca, lo crucial del partido frente al Sevilla, Xabi Alonso… Por un momento se imaginó al míster poniendo el nacimiento en su casa, intentando asumir las críticas, aplacando la ira, como él había hecho horas antes, contemplando las dulces caras de los protagonistas del misterio. Sentía un vínculo objetivo con él; había nacido en el mismo pueblo guipuzcoano, había conocido a su abuelo, conservaba un autógrafo de su padre y, como euskaldún, llamaba jaiotza al belén.

Ni el paseo ni el café ni el informativo llegaron a inspirarle. Hubo un conato con Xabi Alonso, pero no fraguó.

El partido terminó. Parafraseando a otro ilustre vasco, el Madrid venció pero no convenció.

Domingo, 21 de diciembre de 2025.

Se levantó temprano por eso de que a quien madruga Dios le ayuda. Se sentó frente al ordenador, fue un esfuerzo baldío. Leyó el relato de ella, buscando inspiración; de nada sirvió, solo para sentir una sana envidia. ¡Cómo podía ser así de organizada!

Miró las crónicas del partido mientras desayunaba por segunda vez. Se había propuesto cuidarse antes del pistoletazo de salida de la Navidad, pero desde la Inmaculada se había sumido en un caos gastronómico del que no sabría salir a flote hasta Reyes y eso, con mucha suerte.

Abrió la página de La Galerna para cerciorarse de que había leído bien las bases del concurso, con la esperanza de que el plazo de presentación se hubiese demorado: “y se cierra el 23 de diciembre del mismo año a la misma hora”. La misma hora eran las cinco de la tarde.

No consiguió levantar ni una línea. No había esquema de juego, ni brillo, ni transición efectiva ni gol tras un argumento en profundidad, ni sorpresa en el añadido. En conclusión, la inspiración ni venía ni se la esperaba. Pensó en abandonar.

 

Lunes, 22 de diciembre de 2025

 

Sin saber cómo, se encontró de buena mañana en la salida del Metro. Enfiló la calle que había recorrido tantas veces. Recordó la explosión blanca de la busiana en el enfrentamiento de los blancos contra el Arsenal en la Copa de Europa, desde su inicio en Concha Espina hasta la Plaza de los Sagrados Corazones.

Entró en un bar que no solía frecuentar, se sintió atraído por el soniquete del sorteo de la lotería que escuchó cuando la puerta del establecimiento se abrió inesperadamente ante él.

Se acercó a la barra; sin mediar palabra el camarero le sirvió dos Aperol Spritz.

A través del espejo vio tras de sí a una mujer con sombrero, morena, de ojos profundos, sentada a una mesa, que le hizo una seña para que se reuniese con ella.

Cogió los cócteles en sendas manos, se giró sobre sí mismo y se encaminó hacia ella. Saludó. La mujer le sonrió. Dejó las copas sobre la mesa y se sentó.

Ella tomó su copa y dio un sorbo largo y pausado a la bebida. Él la imitó.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días —respondió él mirando a su alrededor y percatándose de que estaban solos.

—Supongo que no sabe quién soy, aunque conozca de sobra mi nombre.

Él, un tanto confundido, negó con la cabeza.

—Tranquilícese, estoy aquí para ayudarle.

Acto seguido la mujer sacó un cartapacio y lo abrió; de él afloraron unos folios amarillentos.

—Esto es para usted. Un regalo de Navidad. Los escritores estamos para ayudarnos cuando la inspiración se va de vacaciones.

Él tomó el manuscrito y leyó en voz alta el título de la portada: Un pacto de Navidad.

—Solo tiene que teclearlo en su ordenador y enviarlo.

Él asintió.

—A cambio le pido una única cosa—manifestó ella en un tono afable—: quiero el premio, quiero la camiseta firmada.

—La camiseta es suya, señora…

Ella apuró la copa de Aperol, acto seguido rodeó su cuello con una bufanda blanca, se levantó y dio media vuelta en dirección a la puerta de salida. Antes de franquearla se giró y dijo en voz alta: “Concha, me llamo Concha Espina”.

El Guardián Blanco

 

Nadie en Palancares del Alba recordaba una Navidad como aquella, en la que el frío llegó antes que los villancicos y el silencio cayó sobre las calles como un mantel recién lavado. El pueblo entero parecía suspendido en un sopor antiguo, como si los días no avanzaran y las noches se quedaran detenidas en un resuello de escarcha y luna. Fue entonces cuando volvió Martín Santacruz, después de diecisiete años lejos de su tierra, cargando en la mirada la sombra de los que regresan sin saber si aún pertenecen al lugar que los vio nacer.

Lo primero que hizo al llegar fue empujar la puerta de la vieja casa de su abuela, aquella mujer de manos tan fuertes que podía amasar pan y esperanza con la misma facilidad. Desde el umbral reconoció el olor a madera envejecida, a limón y romero, a invierno vivido muchas veces. Pero lo que más le estremeció fue ver, sobre la mesita del salón, el mismo objeto que recordaba de niño: un pequeño belén dorado y púrpura, coronado por una estrella de blanca y por una figura extraña, un ángel con una camiseta diminuta del Real Madrid, bordada por la abuela en un gesto de humor que la familia nunca supo si era ironía o devoción.

Porque en Palancares del Alba no había religión más arraigada que el madridismo, que allí se vivía como un rito casi mitológico. Cada partido era celebrado como si en juego estuviera el destino de la vida misma. Bastaba que el equipo ganara para que los naranjos dieran más frutos, para que el pan creciera más esponjoso y para que las lluvias, siempre caprichosas, decidieran bendecir los campos. Y cuando perdía, los ancianos del lugar aseguraban haber visto al cielo volverse más gris, a las aves emigrar antes de tiempo y a la esperanza marchitarse un poco.

Martín había heredado ese fervor como se hereda un apellido. Lo llevaba en el pecho como una cicatriz luminosa, incluso cuando vivió en otros países y en otras vidas. Por eso, al ver aquel belén madridista, sintió que el tiempo lo golpeaba con la fuerza de las memorias que nunca se fueron.

Su abuela ya no estaba. Había fallecido dos inviernos atrás, mientras escuchaba un partido en la radio, celebrando el enésimo gol de un muchacho del que nadie en la familia recordaba el nombre. Pero la casa seguía intacta, como si ella hubiera salido un momento a comprar pan.

Martín despertó sobresaltado por un murmullo que no conocía. Era un sonido tenue, casi musical, como un cántico antiguo. Al abrir los ojos vio que la estrella blanca del Belén brillaba con una intensidad que no tenía explicación. La luz se derramaba por las paredes, dibujando sombras que parecían moverse con voluntad propia.

Y entonces, escuchó una voz.

— Has vuelto justo a tiempo.

No había nadie más en la habitación. Sin embargo, la luz se onduló, y de ella surgió la figura del ángel madridista, que ya no era de cerámica sino un ser vivo, con alas translúcidas que vibraban como cristales al viento. Su camiseta blanca emitía un resplandor puro, y el número diez brillaba en su espalda con un fulgor sobrenatural.

Martín no sintió miedo. Solo una nostalgia tan honda que casi le hizo llorar.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy el guardián del espíritu blanco —respondió el ángel—. Y vengo porque esta Navidad tu abuela te dejó una tarea que solo tú puedes cumplir.

La casa tembló ligeramente, como si confirmara aquellas palabras.

—Palancares del Alba se está apagando —continuó el ángel—. La gente ha perdido la fe: en la vida, en los milagros y en el equipo que siempre los mantuvo soñando. El pueblo se ha quedado sin luz por falta de esperanza. Y la esperanza es como la hierba del campo: si no se alimenta, muere. Tu abuela sabía que el pueblo necesitaba un nuevo guardián. Te eligió a ti.

Martín no entendía, pero sintió un calor agudo en el pecho, como si un fuego antiguo hubiera despertado.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Recordarles quiénes son. Recordarles lo que eran cuando creían. Esta Navidad, devuélveles la luz.

Y así, la habitación volvió a ser la de siempre: oscura, silenciosa, inmóvil. El ángel se había ido, pero había dejado una estela de luz blanca que tardó horas en desvanecerse.

Durante los días siguientes, Martín comenzó a recorrer el pueblo. Visitó a los aficionados más longevos, a los niños que nunca habían visto un partido completo, a las familias que ahora vivían con una rutina sin ilusión. Les hablaba de su abuela, de las noches en que el pueblo entero se reunía en la plaza para escuchar los partidos por la radio, cuando cada gol hacía temblar las ventanas, cuando cada victoria era una fiesta y cada derrota una excusa para juntarse y consolarse. Algo comenzó a cambiar.

Primero, un niño colgó una bufanda madridista en su ventana. Luego, una anciana puso una vela en el balcón “para que vuelva la luz del espíritu”, dijo. Después, unos jóvenes desempolvaron una bandera enorme que llevaban años sin desplegar.

El 24 de diciembre, sin que nadie lo planeara, el pueblo entero salió a la plaza. Llevaban camisetas, bufandas, gorros blancos. Algunos cargaban instrumentos, otros dulces navideños, otros simplemente ilusión recuperada. Había música, risas y un brillo en los ojos que no se veía desde hacía años.

Fue entonces cuando las campanas repicaron solas, aunque el campanero juró que no las había tocado. En el cielo apareció una estrella enorme, blanca, que iluminó el pueblo con una claridad de mediodía.

Martín supo en ese instante que la misión estaba cumplida. No había hecho un milagro: solo había recordado al pueblo lo que siempre había sido.

Un niño se acercó a él y le preguntó:

—¿Esto es Navidad o es el Real Madrid?

—Es las dos cosas —respondió—. Porque aquí la Navidad siempre fue blanca, y el madridismo siempre fue liturgia.

Y mientras la gente cantaba villancicos transformados en himnos, mientras el aire frío traía olor a esperanza recién nacida, Martín sintió que su abuela lo abrazaba desde algún rincón del tiempo.

La estrella brilló una última vez, y el pueblo entero quedó envuelto en una luz tan pura que, durante un instante, pareció que la Navidad y el madridismo eran la misma devoción.

 

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Este año he sido bueno

 

Queridos Reyes Magos, me llamo Leandro, y hace mucho tiempo que no os escribía. Acordaros, fue desde aquel año en el que cole; primero mi amigo Pedro, y luego también otros compañeros me dijeron que no erais reales y que los regalos que pedíamos los niños en las cartas que os mandamos por Navidad los traían los padres. Aunque he de deciros que, a pesar de dejaros de escribir, por mi parte, yo nunca acabé de creérmelo del todo.

Pero hoy, no sé muy bien por qué, he sentido la ilusión por escribiros de nuevo, y como creo que este año me he portado muy bien, quiero aprovechar estas fiestas navideñas para pediros un regalo muy especial para mí.

Veréis, queridos Magos de Oriente, os cuento el motivo y el porqué de pediros este regalo en la carta que os remito. Mi papá ha falleció, y como mi mamá también falleció hace unos años, ahora soy huérfano.

A mi madre nunca le gustó el fútbol, pero a papá sí. Él era muy aficionado. Era socio del Real Madrid. Con él he ido muchas veces al Santiago Bernabéu. Yo, al principio, no iba al campo porque me gustara mucho el fútbol. A mí lo que más me gustaba era ir con mi padre. Subir al autobús para ir hasta el campo, porque mi papá decía que luego no había quien aparcará cerca del Bernabéu, y que lo mejor era el transporte público.

Luego, y una vez en el campo, luciendo ambos nuestras respectivas camisetas y bufandas del Madrid, me encantaba vivir el ambiente tan bueno y escuchar a papá comentar las buenas jugadas o los goles del equipo, con los otros aficionados de los asientos vecinos. Luego, comernos el bocadillo en los descansos, y a la vuelta, recordar todo las anécdotas de la jornada en el viaje de vuelta a casa. Todo eso era lo que me gustaba. Era fenomenal.

Y así, partido a partido, me fui aficionando a ir al fútbol también por ver los partidos, hasta hacerme tan madridista como papá. Y como consecuencia de esa afición, como no podía ser de otra forma, ahora tengo mi habitación llena de banderas, poster y camisetas de mis ídolos del Real Madrid.

Pero claro, ahora todo eso ha pasado, ya que no tengo a mi papá para que me lleve al futbol. Por ese motivo, deseo que, de nuevo, alguien me pudiera llevar a verlos partidos del Madrid.

Ojalá algún familiar, o algún amigo o conocido de mi padre, pudiera llevarme de nuevo al estadio, y aunque ya no sería igual porque ya no estaría con mi papá, pero me gustaría poder seguir disfrutando, viendo los partidos y a los jugadores de mi club. Eso es todo lo que os quiero pedir. Ojalá, Reyes Magos, pudierais hacer posible que pueda ir de nuevo al Bernabéu.

Sin otro particular, y aprovechando para decir que os quiero mucho, se despide de vosotros, Leandro.

 

—¡Leandro, Leandro! ¡Vamos, levántate que ya son las 5 de la tarde! Menuda siesta que te ha echado. Venga, hombre, arriba, que van a venir a buscarte y todavía te tienes que vestir. Claro, no me oyes, porque te tienes que poner el sonotone. ¿Ya? Bien. Que te decía, que son las cinco y te tienes que vestir, que vienen a buscarte.

—¿Cómo, que quién? Pues tu nieto, quien va a ser.

—¿Qué para qué? Pero bueno, Leandro, ¿es que no te acuerdas que este domingo venía tu nieto para llevarte al fútbol.

—Pues claro que sí. Acuérdate que cuando vino el paje de Sus Majestades a la residencia le diste en mano la carta que habías escrito a los Reyes Magos. En ella, les pedias que querías ir a ver jugar al Real Madrid y así poder ver también acabado el nuevo estadio Santiago Bernabéu.

—Pues que sepas que, por tu buen comportamiento, los Reyes Magos te han concedido ese regalo, y no sé cómo se ha enterado, pero tu nieto ya te está esperando en recepción, así que date prisa.

—No, no te preocupes, que no has perdido la bufanda. No ves que la tienes puesta. Anda, anda, vete tranquilo y pásatelo bien. ¡Ah!, y que gane el Madrid.

 

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El cromo

 

I.

 

En el barrio de Carboneras la Navidad duraba poco, salvo para los niños. Entre torres prefabricadas para obreros, algún colegio y el próximo polígono industrial, había poco tiempo para celebrar; sin embargo, los niños del colegio vecino, recién soltada la brida, se entregaban a feroces batallas, balón en mano, en el descampado próximo, apodado “La Cuadra” —quién sabe por qué— como si no hubiera mañana. Entre asalto y asalto, en sesión de mañana y tarde, se dedicaban a la afanosa labor de intercambiar cromos.

—Tengo a Quini repetido —decía Luis, apodado El Negro—. Te lo cambio por Satrústegui.

-No, que ese es muy malo. ¿No tienes a Rummenigge? —respondió Toni.

—Dos de Maradona y Quini por Sarabia.

—¡Hecho!

Y se volvían a casa felices, convencidos de que ni Sandokan con sus barbas y todo era tan rico como ellos.

Esos días Jose, el de la tienda de los jamones, andaba algo taciturno. Su abuelo había muerto hacía unos meses, y todo lo que le rodeaba le recordaba a él. El Agüelo Matías había sido el que le metió el virus blanco en la sangre; de muy chico le hablaba de los grandes del Madrid como si hubieran ido con él a la escuela, él que apenas pudo frecuentarla:

—Lo de Puskás era tremendo, hijo. Con lo gordito que estaba te pensabas que no iba a poder ni con su jopo. Pues cogía la pelota en la esquina del área y le pegaba cada zambombazo que los porteros ni la olían. ¿Y Kopa? Chiquinino como era, se ponía a regatear y los dejaba de culo en el campo —reía el Agüelo, feliz— no podían con él ni de dos en dos…”.

Las palabras del Agüelo Matías transitaban por su cabeza mientras Jose contemplaba el álbum de cromos que conservaba en el cajón de la cómoda, entre calcetines compartidos con su hermano mayor. Hojeaba sin mucho interés las alineaciones de la Real, el Sporting o el Valencia mientras pensaba en el último regalo: el último cromo de la colección, el cromo de Hugo Sánchez.

—Si me apruebas todo este trimestre, te regalo el cromo que te falta, hijo. Ya verás cuando tengas a Hugo Sánchez en el álbum. Lo que van a envidiarte tus amiguinos del colegio…”.

Cerró el álbum con los ojos húmedos, mientras se sentaba en la litera de abajo. Qué asco todo, pensó. Ya no tenía en casa la calidez de esas manos arrugadas, cansadas de cultivar la tierra, esa sonrisa permanente, esos luminosos ojos castaños que se iluminaban hablando de don Alfredo (siempre, siempre, se refería a Di Stéfano como don Alfredo).

—Con razón le llamaban saeta, hijo mío. Don Alfredo corría tan bien y jugaba con tanto arte que te daban ganas de cantarle. Lo veía claro cuando los demás todavía estaban colocándose en el campo. Un dios con camiseta blanca.

Se adormeció con la voz del Agüelo Matías mezclada con sus propios pensamientos. “Algún día, Agüelo, lo tendré entre mis manos. Tú y yo lo disfrutaremos juntos. Te lo prometo”.

 

II.

 

El piso del millonario, en la calle Serrano de Madrid, estaba vacío en Nochebuena; bien lo sabía Jose, que llevaba meses acechando a la familia desde que le había echado el ojo al diamante Forlani. La familia Zaldívar se había trasladado a la finca de Toledo para pasar las fiestas, sin embargo, en el edificio, uno de esos caserones señoriales del XIX, tres o cuatro familias se aprestaban a sentarse a la cena cuando Jose se dirigió al portal, impecablemente vestido de traje y corbata y portando una bolsa de The Winery en la mano.

—¿Qué desea? —le preguntó el portero.

—Buenas noches. Vengo a cenar con los Rosaleda, del 5º piso.

—Un momento —repuso el portero— mientras levantaba el auricular.

Jose asintió levemente mientras el portero llamaba al piso de los Rosaleda. “Será un milagro que te contesten, chaval. Sobre todo después de haberles hackeado la línea hace cinco minutos” —rió para sí.

—Pues no contestan.

—Seguramente no oyen el teléfono con tanto ruido. Tanta gente en casa y Carlitos que es un trasto, pues imagínese usted.

—Claro, claro. Bueno, puede usted subir. Y Feliz Navidad.

—Gracias —respondió— Feliz Navidad.

Al salir del ascensor giró rápidamente y en silencio hacia la izquierda, donde se encontraban las escaleras que le llevaron al tercer piso, al apartamento de la familia Zaldívar. De la bolsa de The Winery, inusualmente grande para una sola botella de vino (aunque fuera del bueno) extrajo unos guantes, un juego de ganzúas y unos alicates pequeños pero fuertes. Con la linterna de bolsillo en la boca se agachó y comenzó a trabajar en la cerradura. Era una Chubb de buena calidad, pero algo antigua. No tardó más de un minuto en oír el clic que esperaba; se dirigió rápidamente al cuadro de alarmas de su izquierda y con movimientos rápidos y terminantes, cortó y empalmó los cables y desactivó el timbre de la alarma. Sólo entonces encendió la luz, comprobando que el piso estaba vacío. Sin perder tiempo, se dirigió al cuadro de Mondrian que reinaba sobre el comedor. Al descolgarlo, apareció lo que buscaba. La caja fuerte era último modelo; sabía que tardaría horas en abrirla y ni se lo planteó. En su lugar, sacó de la bolsa una jeringa de tamaño considerable llena de agua y un pequeño tubo de plástico.

Su amigo le había explicado cómo usarlo: coges el tubo, sacas la masilla y la pegas. Después le inyectas el agua y en segundos te rompe lo que sea. Qué bueno es tener amigos en una empresa de armamento, pensó. Sobre todo cuando les gusta el juego.

Tomó una pella de masilla, la pegó en la cerradura y le inyectó el agua, no sin antes pegar una bolsa llena también de agua por encima por si acaso.

De repente, como llevada por una mano mágica, la cerradura se agrietó y la puerta de la caja se abrió, inerme, ligeramente colgada de la bisagra.

Tomó la bolsa y desplegó su contenido sobre la mesa. Allí estaba el diamante Forlani; uno de los pocos diamantes azules que quedaban en España, herencia de una rica familia de la Serenísima. Exultante, se dispuso a recoger el diamante en la bolsa cuando un fugaz destello le advirtió desde la mesa del salón. Al acercarse, vio que, en una funda de plástico, había un álbum de cromos.

 

III.

 

Sentado en la mesa de su salón, Jose prácticamente no podía creer lo que veía. Hojeaba el álbum con menguante sorpresa mientras leía los nombres de los jugadores de su infancia: Bakero, López Ufarte, Santillana…y por supuesto, Hugo Sánchez. Sonrió mientras sus ojos anegados en lágrimas de gozo contemplaban la breve figura del jugador, y pensó que a veces, la Navidad es verdaderamente blanca.

Un lugar eterno

 

Ser bueno en algo tiene muchas ventajas en la vida pero, como todo, también inconvenientes. Nicolás casi tiene por oficio su condición de emigrante. Gran parte de su carrera profesional ha transcurrido fuera de España, trasladando el hogar, la familia, separando a los abuelos de los nietos, viviendo lejos los episodios más tristes de la vida: perder una madre, un hermano. Ya no hay cómo curar la herida más profunda; ese dolor sordo, ese zumbido en los oídos al recordar; por no haber estado, por no llegar a tiempo para un último abrazo, para que la última imagen de este mundo en esos ojos tan queridos fuera la suya.

Los días transcurren para él con el ajetreo de las responsabilidades, a veces con la sensación de que la vida es como un octógono de la UFC y el trabajo como tener a Topuria enfrente administrando golpes donde más duele, golpes que consiguen desconcertar más que dejarle KO. A veces se las apaña para esquivarlos. Algunos días se puede permitir hacer una pausa para tomar un café rápido de media mañana y estirar las piernas calle abajo, en un barrio que ya le es familiar por la costumbre. Esas veces suele dedicar unos minutos, mientras espera su expreso, a poner la mente en blanco e imaginarse ingrávido, ausente, inalcanzable para la demanda exigente de una llamada o de un mensaje electrónico. Ese instante de paz siempre le trae a la mente la misma palabra, que define su vida de manera amargamente precisa: manicomio.

Vivir en el manicomio, sobre el alambre. Un error te manda al vacío, un olvido te mete en problemas. Un mal día de insomnio con la defensa baja te puede mandar a la lona. Hay muchos ojos alrededor, demasiadas bombillas fundidas que sustituir en el mapa. Demasiado. Es demasiado.

Algunos años fueron buenos. Los niños crecían sanos forjando cada uno su carácter en libertad. Viendo el mundo con ojos infantiles. Un mundo con menos aristas. Un mundo donde las injusticias eran resueltas invariablemente por la autoridad. Un mundo que olvidaba los errores y que perdonaba las ofensas sin rencor. La sensación de ver cómo se va desarrollando la personalidad de un hijo es incomparable a cualquier otro fenómeno de la naturaleza. Ver en ellos la sonrisa, los andares o el fruncir de ceño de un familiar cercano es un espectáculo con derecho de admisión: casi sólo los padres saben disfrutarlo. Hubo un tiempo en el que las actividades cotidianas no impedían a Nicolás tener vacaciones, las preocupaciones no le quitaban el sueño y hasta podía permitirse pasar casi todos los fines de semana sin trabajar. Últimamente, la cosa está peor. La velocidad frenética del mundo se acelera insensiblemente. Ni a los pasajeros de la bestia ni a los transeúntes que la observan les importa. No hay rastro de una mirada humana, de una sonrisa o de una pausa. Ya sólo existe la velocidad.

“La vida es como una caja de bombones”, decía un inesperado sabio contemporáneo. “Nunca sabes lo que te va a tocar”. Y a veces tocan los bombones que nadie quiere, como la soledad, la distancia en el espacio y en el tiempo, la envidia, la injusticia, la mezquindad, la insidia, el egoísmo.

Nicolás divide el tiempo entre la soledad y la completitud, los meses en los que ve pasar las semanas sin una conciencia clara de la dimensión del tiempo, subido en el tren, recorriendo una vía interminable entre lejanísimas estaciones, y los que traen el regalo de los abrazos y el contacto de la piel de los suyos. Sólo quien ha descendido en solitario hasta lo más oscuro de sí mismo es capaz de apreciar el verdadero valor de un abrazo, de un beso.

Algunos días están señalados en el calendario de Nicolás. Casi siempre con regularidad, pero a veces con periodicidad incierta. Su vida se asoma por una ventana mágica para mirar un rectángulo verde. En él observa, sufre y goza a ratos que siempre se quedan cortos, de una presencia colectiva, de una suerte de espíritu tribal que le conecta con su gente, con su ciudad, salvando un espacio inconmensurable y un océano de tiempo: "Sale el Madrid a luchar, sale el Madrid a ganar...". El Real Madrid ocupa un reducto en su cabeza que nunca será vulnerable para la locura que pugna por entrar y rebosarlo todo.

Para alguien que siempre está fuera de casa, el regreso, aun cuando no sea el definitivo, es un momento de emociones fuertes. La espera, los días previos al viaje... que no se te olvide nada. Que el diablo no aparezca con su traje de ejecutivo, como aquella vez, para aplazar o para cancelar los planes. El trayecto hacia el aeropuerto, esa despedida paulatina de las calles de cada día, de las tiendas, del ruido de esa ciudad que Nicolás ha llegado a querer tanto sin comprenderla del todo. Subirse al avión para un largo viaje siempre es especial. Escuchar el idioma y el acento con el que creciste cuando te estás acomodando en tu asiento te anticipa el olor de las sábanas de tu cama, la de casa, para acostarte y el color del cielo de Madrid desde las ventanas de tu habitación.

Los anuncios de Navidad de la tele están guionizados por personas que saben bien lo que significan los reencuentros. Hacer una maleta tú solo casi nunca es para irte de vacaciones. Es una tortura comparable con machacarte el pulgar (siempre es el pulgar) con el martillo mientras intentas clavar un clavo. Estar feliz mientras la preparas equivale a sonreír después del martillazo en lugar de blasfemar. Solo lo entiende el que lo ha vivido o quien, como Nicolás, odió preparar cada uno de los cientos de equipajes que llevaron sus huesos por el mundo durante todos estos años. Llegar a Madrid en la tercera semana de diciembre, con ese frío invernal tan conocido y, si hay suerte, en un día soleado, es lo más parecido al abrazo de una madre, para un emigrante madrileño.

Esperar la maleta, recogerla, dirigirse con ella a la salida de la terminal, le va acelerando el pulso y generando una hiperventilación que le nubla la vista. El recibimiento siempre es igual en estas fechas. Los ojos se humedecen. Los abrazos se prolongan. La oxitocina le circula por el cuerpo como cuando le pusieron anestesia aquella vez. La siente entrar por el dorso de la mano y nota cómo llega a cada extremidad mientras esa paz líquida le va desconectando el cerebro, va difuminando sinsabores, bajando la tensión eléctrica de sus mecanismos de alerta y el grado de atención de los sentidos.

Cada Navidad, invariablemente, Nicolás mantiene sus tradiciones atávicas: las comidas y cenas en familia y con los viejos amigos, con quienes compartió media vida, trabajo, pandilla, ilusiones y sueños de fútbol. Dedicar tiempo a sus hobbies. Repartir abrazos. Son días sin hora, recuerdos de fechas remotas, pero tan luminosos y coloridos como si fueran recientes. No importa que se repitan cada año las mismas anécdotas, son la chimenea encendida en una noche de nevada mientras te arropas con la vieja manta de alpaca que siempre está cerca del sofá. Las reuniones familiares se suceden en los fríos días de diciembre. Nunca falta la misma pregunta de cada año para abrir el cajón del alma que guarda el puñal que debería permanecer escondido hasta después del día de Reyes: "¿...y cuándo te vuelves a España, Nicolás?"

Las luces de la ciudad brillan como siempre. Los adornos navideños despiertan el niño interior que todos llevamos dentro, aunque aborrezcas otras navidades, aunque el mundo sea el lugar punzante, vertiginoso y caótico que vemos en las noticias. Nicolás conduce, los chicos y ella hablan de otras cosas mientras el coche avanza en dirección al destino: ese parking tan especial donde te cobran cuando llegas, para no hacerte esperar a la salida. El siguiente trayecto es a pie, unos cientos de metros. Es un camino que Nicolás recorrió decenas de veces, casi siempre en volandas entre la multitud. En algunas ocasiones, durante el paseo, soñó con viajes a bonitas ciudades en primavera.

En unos minutos va haciéndose enorme, delante de ellos, el templo, con todas las luces encendidas. Siempre la misma imagen impresionante. No importa cuántas veces la hayas visto. Ahí está, como ha estado siempre, imponente, dibujándose luminoso contra el cielo de Madrid: el Santiago Bernabéu. En medio de la ciudad. Una rareza. Un lujo excéntrico en el siglo XXI sólo posible por la voluntad de un general con un corazón de oro y un puño de hierro. Y dentro del templo, el rectángulo verde. Los 105 x 70 metros más famosos del mundo. La ventana a los sueños ya no es digital. Ahora es de verdad: es aquí y es ahora. No hay una sensación que transmita más nítidamente el presente que el momento de cruzar el umbral del estadio y contemplar el interior mientras llegas a tu asiento. Es el regalo navideño que cada año trae a Nicolás desde cualquier lugar del mundo en una peregrinación casi religiosa ("de lejos y de cerca, nos traes hasta aquí"), para despedir otro año, para reunirse con su familia, para celebrar la vida, para volver a sentir que pertenece a este lugar, traiga lo que traiga el futuro. Mientras suena la música, los jugadores blancos, que brillan como los ángeles del árbol de Navidad, van caminando sobre el césped para inmortalizar la formación que protagonizará el evento del día ("ya salen las estrellas, mi viejo Chamartín") y retumba en todas direcciones una verdad absoluta y una fe imperecedera:

¡Madrid, Madrid, Madrid, Hala Madrid!

¡Y nada más, y nada más!

¡Hala Madrid!

Feliz Navidad, madridistas.

El mejor regalo para Alfonso

 

Alfonso observaba la lista de nombres sobre la mesa de la cocina con una mezcla de afecto y agotamiento. La Navidad se había convertido, a fuerza de anuncios ruidosos y luces de neón, en un inventario de objetos. Un perfume para su hermana, la última consola para su sobrino, una corbata de seda para su padre, una esponjosa bata de baño para su madre, incluso su tía política, desde Cataluña, se había colado en la lista con un lujoso pack de Aloe Vera. Mientras tachaba nombres, sintió un vacío extraño. Estaba cansado de lo efímero, de las cajas que se abren con prisa y se olvidan en el fondo de un armario antes de que terminen los brindis de enero. Estaba un poco al borde del consumismo y del corto placismo.

Se detuvo un momento y, por puro juego intelectual, se preguntó: ¿y él? ¿qué querría él? Definitivamente no quería nada que tuviera precio. Quería algo intangible. Una experiencia, algo que no se pudiera envolver.

Ese algo debía ser realmente especial. Quería algo eterno, una constante que lo acompañara desde el primer café de la mañana hasta el último suspiro de la vejez. Un maestro que le enseñara a sufrir sin desmoronarse y a reír sin soberbia. Anhelaba una escuela de valores donde la lealtad no fuera una palabra hueca, sino un código de honor; un lugar donde aprender a gestionar la ansiedad de la espera y la explosión de la catarsis. Buscaba, en definitiva, un ancla para el alma.

Miró el reloj. Faltaban pocos minutos. Dejó la pluma, apagó la luz del comedor y encendió el televisor.

Una vista aérea del Bernabeu fue lo primero que apareció en la transmisión. Impresionante estructura llena de historia hecha e historia por hacer, iluminada de manera perfecta y dejando claro su majestuosidad al ver los diminutos asistentes deambulando por sus alrededores, ya prestos a entrar. Alfonso sonrió ligeramente al ver a los relatores afuera del estadio, recordaba dulcemente una medida tomada por el club con respecto a algunos medios de comunicación. La pantalla se iluminó con el verde impecable del césped. En ese instante, el consumismo de la tarde se disolvió. La cámara enfocó a la grada: un padre le ajustaba la bufanda a su hija pequeña, cuyos ojos reflejaban por primera vez el brillo de los focos; al otro lado, un grupo de aficionados del flanco sur ondeaban sus banderas blancas mientras cantaban sin cesar, mas allá un anciano de manos nudosas lloraba en silencio, acariciando el asiento como quien toca un altar, cumpliendo el sueño de una vida entera de radio y nostalgia, a su lado, su hijo daba muestras de infinita felicidad. Alfonso sintió un nudo en la garganta. Ahí estaba la parte humana, la cadena invisible que une a los que ya no están con los que acaban de llegar.

Luego, el plano cambió al palco, donde un hombre de ademanes sobrios y mirada visionaria vigilaba su obra con la calma de quien sabe que el tiempo siempre le da la razón.

Empezó el partido. No hacían falta nombres. Vió a un extremo izquierdo, eléctrico y desafiante, bailar sobre la cal con la alegría de quien juega en el patio de su casa, convirtiendo cada regate en un acto de rebeldía contra el pesimismo. En el centro del campo, un correcaminos incombustible, un espigado de zancada infinita, se multiplicaba en cada rincón, recordándole a Alfonso que el talento sin esfuerzo es solo un adorno. Bajo los palos, un gigante, una torre inexpugnable que parecía detener el tiempo con sus manos, transmitía la paz de quien sabe que, mientras él esté allí, nada malo puede pasar. También corría un moreno impertérrito, ocupaba gran parte del engramado, estaba en todos lados, músculo y sutileza mental en proporción perfecta. Un cerebro con patas, enjuto, pequeño, pero cuyos pases milimétricos deleitaban al universo. El ariete parecía que tenía pegamento en los pies, su velocidad con el balón nunca se había visto en el Bernabéu; cada pelota que tocaba era una oportunidad para tomar aire y gritar gol hasta quedar ronco.

El juego fluía como una sinfonía de tensiones. Alfonso sufrió cuando el balón rozó el poste y gritó cuando la red se estremeció tras una jugada colectiva que parecía coreografiada por el destino. Percibió la impotencia de los jugadores merengues con algunas decisiones arbitrales y vio como seguian bregando en el campo con mucha resiliencia. También vio al director técnico dar indicaciones con vehemencia y celebrar los goles con mucha efusividad. Alfonso sintió esa ansiedad punzante que solo conocen quienes han visto remontadas imposibles, esa fe ciega que dicta que, en el Barnabeu, el último minuto nunca es el último.

Al terminar el encuentro, el resultado era lo de menos. Los jugadores se abrazaban, el público cantaba y Alfonso, en la penumbra de su salón, se quedó mirando los créditos en silencio mientras se oía el himno de la décima.

Miró de nuevo la lista de regalos sobre la mesa. Sonrió con una claridad nueva. Ya no sentía envidia por los paquetes que llegarían el día 25. Comprendió que el regalo perfecto, el que buscaba con tanto anhelo, ya lo había recibido hacía muchos años, quizás en el regazo de su abuelo o en una tarde de radio bajo las sábanas.

Tenía un maestro que le enseñaba que rendirse no es una opción. Tenía una patria sin fronteras. Tenía una emoción que no caduca y un sentido de pertenencia que lo elevaba por encima de lo material. Se sintió fuerte, se sintió honesto y pleno. Se levantó del sofá y se tomó una sopa caliente antes de irse a dormir, supo que no necesitaba pensar nada más.

El regalo perfecto, simplemente, es ser del Real Madrid.

 

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Las Rocas Blancas de Dover

 

Era 1954 y el año estaba llegando a su fin. Las Navidades se presentaban felices para Dora. La austeridad obligada con la que se vivía en su pueblo alicantino de La Nucía y, en general, en toda la España de los cincuenta, no le impedía tener aquella sensación de plenitud. Sobre todo, si lo comparaba con lo vivido hacía algo más de 15 años. Ella era una niña cuando estalló la guerra. Recuerda con horror la marcha de su tío y su primo al frente. Siempre pensó que la muerte de su abuelo se debió a la pena que sufrió por verlos partir. Aún le duele que no estuviera para verlos volver al pueblo sanos y salvos.  Tampoco ayudó la situación familiar a la que tuvieron que enfrentarse después de que la autoridad competente les confiscara sus tierras para que fueran gestionadas en comunidad. Aún sentía rabia cuando recordaba a aquel buey que tenían que, viniendo de la huerta y cargado de naranjas, seguía yendo directo a su casa. El mozo encargado de llevarlo le pegaba para tratar de reconducirlo a su nuevo destino. Ella, desde la puerta y pegada a sus faldas, veía como su madre le gritaba para que dejara de hacerlo y les devolviera lo que era suyo. Fue una época muy dura.

Afortunadamente, aquel tiempo pasó. Las posesiones arrebatadas fueron devueltas y muchos de los hombres que partieron a luchar volvieron a casa. Como su tío y su primo. La gente empezó a vivir mejor después de aquellos años aciagos. La mayoría trabajando las tierras en el vecino Benidorm, donde además la construcción empezaba a ser una salida muy habitual y próspera. A otros, en cambio, les bastaba con vender sus terrenos. La situación de bonanza generalizada no era el único motivo de felicidad para Dora. Después de varios meses sin verlo, ese día de Nochebuena volvería Ignacio al pueblo. Él, a pesar de que su familia materna era originaria de allí, residía en Madrid. Lo hacía desde que había obtenido una plaza para trabajar en el Banco de España tras terminar sus estudios de comercio. Solía viajar bastante a La Nucía y eso le permitió conocer a Dora el verano del año anterior.

En el pueblo no era lo habitual, pero Ignacio dijo que quería hacer las cosas bien desde el principio. Por eso, un mes después de haberse conocido ya estaba a en casa de los padres de Dora para pedirles permiso para salir con su hija y mostrarles sus intenciones de casarse con ella en cuanto fuera posible. Así era Ignacio. Una persona recta que siempre parecía hacer lo que la gente esperaba que hiciera, además de tener una capacidad enorme de querer y cuidar de la gente que le importaba. Por eso, durante los últimos seis meses, había pasado poco por el pueblo. Su hermana había enfermado gravemente y sus viajes a visitarla a Murcia eran constantes. Hasta que llegó el fatal desenlace allá por el mes de noviembre. El destino quiso que falleciera el mismo día que le habían comunicado por telegrama que por fin tenía una plaza de maestra en la vecina Caravaca. Fue una época dura para ambos. Sobre todo, para Ignacio.

Pasado aquel trance, el joven cumplió su palabra de volver a ver a Dora antes de que finalizara el año. Las cartas intercambiadas eran casi diarias, aun así. Dora se moría por volver a verle. La última vez, recordaba que habían podido pasear de la mano por la calle principal del pueblo y en la misa, durante el acto de “la paz”, había sentido un apretón de mano mucho más cariñoso de lo habitual, a pesar de estar en la iglesia. Cosa que en Ignacio era algo a valorar. El día 24 de diciembre por fin llegó y a eso del mediodía Ignacio llamó a la puerta de la casa de Dora. Abrió su madre y al momento Dora hizo aparición después de haber bajado corriendo las escaleras. Sentía que casi volaba. La presencia de la futura suegra de Ignacio hizo que el saludo fuera menos efusivo de lo que Dora tantas veces se había imaginado. A ella le impactó el aspecto de su enamorado. Vestía de luto y se le apreciaba mucho más delgado. Aun así, no pudo esconder una enorme sonrisa, que llamaba especialmente la atención por la presencia de un fino bigote que tan de moda se había puesto entre los jóvenes de la época.

Aquel día lo dedicaron a pasear de nuevo de la mano, tal y como habían hecho la última vez que se vieron en el pasado mes de julio durante las fiestas de San Jaime. Se notaba el ambiente festivo y navideño del pueblo. Los niños corrían de casa en casa y pedían el aguinaldo, que solían ser almendras tostadas, rosegones1, también de almendra, u otros frutos secos cultivados por la zona. Comieron algo en el bar de la plaza junto con muchos primos y amigos que compartían. Quizá animadas por la mistela, Dora y sus amigas, que llevaban tiempo ensayando con el coro de la iglesia, se arrancaron con algunos villancicos tradicionales cantados en valenciano.

La tarde pasó volando. No querían que llegara el momento de la cena de Nochebuena porque la harían por separado, cada uno con sus correspondientes familias. Pero prometieron verse después. Al salir del bar se vieron sorprendidos por una espesa bruma que allí algunos llamaban humo de mar, provocado por el contraste del viento frío y la cálida temperatura con la que el Mediterráneo solía cuidar a quien vivía en sus proximidades durante el invierno. Aquello hacía que la escena de despedida fuera, si cabe, aún más de película. Dora creía que estaba en un sueño. El adiós fue un simple “Feliz Navidad” y un beso en las manos por parte de Ignacio.

Para Dora, la cena de Nochebuena solía ser el mejor momento del año. Su padre acostumbraba asar chuletas y alcachofas en la chimenea y se juntaba toda la familia, incluidas cuatro primas que rondaban su edad. Comían, bebían y cantaban villancicos mientras daban cuenta del turrón casero que hacía la tía Choleta. Pero aquella vez estaba deseando que todo aquello terminara para volver a estar con Ignacio. Quizá algo antes de tiempo se levantó de la mesa y se dirigió a la habitación para terminarse de arreglar y ponerse el vestido azul que hacía unos meses se había encargado en una modista de Alicante. Estaba deseosa de salir al encuentro de Ignacio. Sus padres no pusieron problemas a la celeridad con la que quería abandonar la cena, pues se imaginaban el motivo. Además, iba acompañada de su hermana Vicen, algo mayor que ella y que también quería reunirse con sus amigos.

El plan nocturno era verse en la Misa del Gallo y después acudir a una sesión de cine que el alcalde había organizado para los jóvenes del pueblo en la sala de plenos del ayuntamiento. Dora no se imaginaba mejor opción. Prácticamente corría por la calle que le llevaría de nuevo a la plaza del pueblo, hasta el punto de que su hermana tuvo que frenarla y pedirle por favor que la esperara. La niebla seguía siendo densa. Una vez llegada, vio a Ignacio que, a pesar de estar hablando con otros jóvenes, estaba constantemente pendiente de la bocacalle por la que sabía que tenía que aparecer Dora, aunque la persistente niebla complicaba la visión. Por fin, al verla abandonó su conversación y acudió a su encuentro. Con su típica contención de la efusividad se limitó a poner el brazo izquierdo en jarra para que ella “hilvanara” el suyo y así subir juntos las escaleras de la iglesia.

La misa pasó rápido. A ojos de Dora fue muy bonita. El coro en el que ella participaba cantó algunas piezas de Schubert y otras canciones populares. Por fin, llegó el momento de dirigirse al improvisado cine. La película elegida para aquella noche era “Las Rocas Blancas de Dover”. Dora no sabía de qué trataba el argumento. Tampoco le importaba. Sólo esperaba que fuese “de amor”. Tal vez así Ignacio rompiera por fin su coraza y se decidiera a abrazarla. Eran casi medianoche y entraron a la sala. Se sentaron hacia la mitad del recinto, “ni muy delante, que es molesto ni muy detrás, no vaya a ser que piensen mal”, dijo Ignacio.

La luz se apagó, entonces una sección del noticiario-documental conocido como el NO-DO comenzó con una felicitación institucional y algún reportaje que hablaba sobre cómo algunos españoles estaban viviendo la Navidad en el extranjero. Después apareció una última noticia sobre temática deportiva. En este caso era sobre el fútbol. A Dora ese deporte le resultaba totalmente ajeno. En la pantalla aparecía un grupo de jóvenes haciendo gimnasia y algunos ejercicios con balones. De repente apareció hablando en primer plano un joven con acento argentino, aparentemente rubio pues el blanco y negro de la pantalla no permitía bien distinguir los colores. El tema versaba sobre lo ilusionado que estaba por jugar en su nuevo equipo, un tal Real Madrid al que había llegado hacía poco más de un año y las grandes esperanzas que tenía en conquistar una nueva competición sobre la que se empezaba a hablar. Esta les enfrentaría a los mejores equipos de Europa. En ese momento, súbitamente, todo cambió. De repente Ignacio agarró con fuerza la mano de Dora hasta apretarla contra su pecho. En un principio ella se sobresaltó, pero luego se dio cuenta de que la sensación le gustaba. Ignacio, al oído, empezó a contarle que aquel chico se llamaba Alfredo di Stefano. Que era el mejor jugador del mundo y que había llegado el año pasado al equipo del que él era seguidor. Le contó que solía ir muchas veces a verlos al estadio. Aquel año, precisamente, estaban jugando muy bien. De hecho, pensaba que el barrio de ensanche donde se encontraba el estadio de Chamartín era una buena zona donde merecería la pena invertir en una casa, ya que en un futuro acabaría siendo una zona muy exclusiva de la ciudad. Continuó diciendo que, aunque una vez casados tuvieran que vivir en algo más pequeño y posiblemente en las afueras, él trabajaría duro para poder acabar viviendo cerca del estadio e ir con toda la familia, que estaba por llegar, a ver los partidos todos los domingos. Además, le contó que acaba de ser ascendido dentro de su departamento y que con el dinero extra estaba pensando en montar un negocio junto con un amigo de Madrid para vender gafas de sol.

Aquella aparición del equipo que vestía de blanco pareció obrar una metamorfosis en la forma de ser de Ignacio. Sin saber cuándo había sucedido, el brazo del joven estaba por encima de los hombros de Dora estrechándola con fuerza y ella estaba con su cabeza recostada en el cálido abrigo de pana gris oscura de Ignacio. No podía encontrarse mejor que hablando con él sobre planes de futuro. De hecho, no deseaba que aquel reportaje terminase nunca. Ella no sabía de fútbol, pero en ese momento nada le importaba más que hacer feliz a su prometido. Y si ese equipo llamado Real Madrid era capaz de generar tal entusiasmo en él, ella sería su fan número uno. Además, la forma de hablar de aquel argentino le dio la seguridad de que tenían muchas alegrías por vivir. Y ella se encargaría de que no fueran sólo gracias a ese deporte. En ese momento la pantalla se fundió a negro y él, por fin, aprovechó para darle un beso en la mejilla, no pudo ni quiso evitar que sus labios rozaran los de Dora. La película y una nueva historia, mejor dicho, historias, estaban comenzando en aquellos momentos tan cercanos a 19552.

 

1 El rosegón s un dulce típico de la Comunidad Valenciana hecho con masa de harina, huevo, azúcar y trozos de almendra.

2 El Real Madrid conquistó su primera Copa de Europa en la temporada 55-56 tras haberse proclamado campeón de liga aquel año de 1955.

 

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Los Reyes son blancos

 

Cuando se habla del viaje de los Reyes Magos de Oriente, se cuenta que vieron una estrella señalando el camino y así pudieron predecir y confirmar el nacimiento de Jesús, que se lanzaron a un viaje largo siguiendo la luz de esa estrella, conjunción planetaria o cometa o lo que demonios fuera, por la ruta del incienso, que duró no menos de cuarenta días, aunque hay estimaciones de que pudieran ser hasta dos años.

Ahora piensen ustedes en este viaje.

Dos años de tres señores durmiendo a la intemperie, pasando fatigas y preguntándose cada día si no se habrían equivocado al consultar el cielo. Esos mismos sabios también tuvieron que dormir, y soñar, y en uno de estos nos encontramos, sin saber cómo, por obra de La Galerna, imaginando cómo debió ser una de estas noches mirando las estrellas e intentando descansar un rato antes de retomar el penoso viaje.

—Despierta,  despierta, ¡DESPIERTA!, Melchor, POR FAVOR.

—Qué pasa, Gaspar, duérmete, aún es de noche. Si no puedes dormir, mira las estrellas que nos alumbran, cuéntalas.

(gggrrr bbbbrrrrrr gggggrrrr bbbrrrr gruñidos y ronquidos, suenan a Baltasar, plácidamente dormido al raso).

—No, ya no quiero dormir más, no puedo, he tenido un sueño… perturbador.

—Querido Gaspar, tranquilo, a no ser que hayas soñado cómo vamos a esquivar al tal Herodes, mañana me lo cuentas.

—No, no, tiene que ser ahora. Melchor, escucha, es importante, ¡ESCÚCHAME!

—Mañana tenemos un camino largo, salimos al alba, la estrella ya es apenas visible y tenemos que seguirla o perderemos el rastro, mañana me lo cuentas.

—No, que no quiero que se me olvide. A ver cómo te lo explico, era todo blanco, pero todo. TODO.

—Soñaste con la nevada de ayer, normal, este viaje nos está alterando a los tres. Vamos a descansar un rato más antes de partir.

—Blanco, todo era de un blanco resplandeciente, intenso, que cegaba, pero no era el paisaje, aunque el paisaje se impregnaba de aquellos muchachos vestidos de blanco. Jugaban, reían, todos vestidos de blanco, seguían un artefacto redondo que golpeaban y se disputaban, todos corrían juntos hacia un portal…

—A ver, Gaspar, que has soñado con la nevada y se te ha juntado con nuestra misión, recuerda, vamos a adorar a un niño que va a nacer en un portal, en una cuadra, pero es…

—Por favor, Melchor, no me interrumpas, todos corrían juntos hacia un portal peleando y dando patadas a un artefacto redondo que parecía flexible. Qué sonrisas, Melchor, si llegas a verlo. Eran muchachos muy oscuros de piel, así como Baltasar, creía que le veía a él, y eran adultos pero sonreían como niños, para ellos era muy importante llegar al portal…

—¡Y para nosotros! Creemos que ese niño es la esperanza del mundo, y tú me hablas de un sueño de unos zagales corriendo tras una bola. Vamos, Gaspar, no habrás abierto la caja de incienso sin darte cuenta. Mira que tenemos que llegar con presentes, eso fue lo hablado antes de salir.

—Este Niño tiene que sonreír así, como vi en mi sueño, porque toda la alegría que yo he visto era blanca, pura, con todo lo que soñamos cuando somos niños, con un presente limpio y un futuro por estrenar, con…

—Ahora ya empezamos a entendernos. Cuéntame más, amigo Gaspar.

—Hay una cosa que no entiendo de mi sueño, todo lo que te he contado sí, porque he tenido una sensación preciosa al despertar, estoy sonriendo desde entonces, sin parar, pero hay una cosa que se escuchaba todo el tiempo, como una multitud gritando, un grito ensordecedor que no logro identificar, como un clamor que era imposible de contener…, no sé.

—¿Qué gritaban? ¿Eran los chicos de blanco?

—No, no. No sé quiénes eran, no se veía, pero gritaban de forma salvaje, como poseídos (no por el demonio, por Dios) por una fuerza poderosa que los empujaba. Gritaban “Madriz” o algo parecido.

—¿Madir?

—No, no, Madriz, o Madrid. Qué sé yo. Vamos a despertar a Baltasar, a lo mejor él sabe algo o ha soñado algo parecido.

—Baltasar, Baltasar, amigo, despierta, tenemos que seguir el camino.

No seré yo quien diga que los Reyes son blancos, pero es muy posible. Si no, cómo se explica su fe y su alegría, sin pensar en que después de llegar a Belén… tocaba el viaje de vuelta.

(Dedicado a los madridistas más confiantes, a los que siempre sonríen y creen, ellos saben quiénes son).

 

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Gloria in excelsis Deo

 

El Belén de mi casa es heterogéneo, mezcla todo tipo de figuras en diferentes espacios, formando combinaciones que, a primera vista, pueden parecer antagónicas, pero que con los años terminan convirtiéndose en inseparables. Los Reyes Magos, en su recorrido hasta el Portal de Belén, se pueden cruzar con Darth Vader, un dinosaurio o una vieja teja de una tenada de Burgos. En nuestro Portal conviven en armonía La guerra de las galaxias y la Sagrada Familia. Hay figuras clásicas —pastores, ovejas, gallinas, ríos y montañas— legadas por nuestros abuelos, cohabitando con las que mis hijos (hoy ya casados), mis padres (ya fallecidos) y mis nietos (que ahora mismo corretean por el salón) han ido añadiendo en forma de juguetes infantiles, recuerdos de viajes, tarjetas navideñas o celebraciones.

—¿Y si llevamos esa teja con musgo para el Belén?

No todos los juguetes encajan en nuestro Portal. Igual que hay personas que no se acoplan a nuestras vidas y otras que se hacen inseparables y nos acompañan hasta que partimos, hay juguetes que se cuelan para siempre entre pastorcillos y carpinteros, mientras que otros se quedan a las puertas. ¿Puede el Portal de Belén dar cabida a un velocirraptor? Nosotros sabíamos que Dios, en su infinita misericordia, había bendecido el dinosaurio que Lucas, mi sobrino, en pleno éxito de Parque Jurásico, había colocado hacía más de dos décadas junto al buey y la mula, allí, al ladito del Niño Jesús. Siempre imaginé que nuestro Belén, cuando nos acostábamos, cobraba vida, como si fuesen los juguetes de Toy Story. Podía ver el buey volando, al velocirraptor persiguiendo gallinas, a los Reyes mirando las estrellas y a san José subido a un coche de hojalata que nunca supimos de dónde había salido.

Felicitaciones navideñas de la familia, algunas de ellas de más de 75 años, pequeños belenes —desde miniaturas en metal hasta figuras africanas que había traído mi tía monja de Fernando Poo—, acebo, que siempre acababa pinchando nuestros dedos al colocarlo, un plato de la virgen de Lourdes, campanas, corales, un gato chino de esos que mueven el brazo sin parar, habas resecas de las que me tocan (casi siempre a mí) en el roscón… Todo tiene cabida en nuestra vida, en nuestro Belén y en nuestra dicha por vivir la Navidad.

El Belén de mi casa y el madridismo de mi familia siempre han ido de la mano. Entre todas las figuras hay dos que destacan, omnipresentes, las que coronan el Portal acompañando al Arcángel Gabriel. Son Raúl y Zidane, vistiendo la camiseta blanca y haciendo, cada uno de ellos, uno de sus gestos característicos: Zidane rematando la volea de las voleas y Raúl mandando callar a un estadio. Aparecieron allí de la mano de mi hija. No negaré que yo, encaminando sus pasos hacia esta pasión tan blanca, tuve algo que ver en ello. Digamos que guie su mano para que los colocase en lo más alto, al lado de ese Arcángel que dio la buenanueva al resto. Gloria in excelsis Deo.

Y ahí siguen, eternos, iluminando nuestra fe.

Ayer monté con mis nietos y mi mujer el Belén. Llevamos un par de años que lo hacemos así. Mis dos nietos vienen a casa, merendamos chocolate con churros, montamos el Belén y se quedan a dormir. Son felices y nosotros más. A nuestra edad, los niños nos iluminan.

Todo quedó perfecto, menos la guirnalda de luces, que no funcionaba. Hoy por la mañana me he levantado temprano y he salido a comprar una nueva. Al volver, he entrado en el salón, he enchufado las luces y las he colocado alrededor del Belén. Me he separado un par de metros y he notado que algo no iba bien, que algo faltaba. Tardé un poco en darme cuenta; algunas veces lo más visible suele ser lo más oculto: Zidane y Raúl habían desaparecido.

—Julia —pregunté a mi mujer—, ¿has cogido a Zidane y Raúl?

—No, ¿por qué?

—No están.

—¿Cómo que no están?

—Estaban en el Belén, ya sabes, donde siempre, y ahora no están.

—Se habrán caído.

—No, ya he mirado, no están ahí. ¿Habrán sido los niños?

—Imposible, ni se han levantado.

Abrí lentamente la puerta de su cuarto, que permanecía prácticamente igual que cuando mis hijos se habían emancipado de casa, y vi a mi nieta con las figuras en sus manos, moviéndolas en el aire. Al verme, dio un respingo y las escondió bajo las sábanas.

Me acerqué.

—Cariño, ¿no habrás cogido alguna figura del Belén?

Ana desvió la mirada.

Mi nieta sabía perfectamente quiénes eran Zidane y Raúl. Mil veces le había hablado de ellos, vistiendo sus hazañas, magnificándolas. Habíamos inventado juegos de buenos y malos, de leyendas, mitos, glorias y victorias. Mil veces le había inculcado, igual que mis padres habían hecho conmigo, mi madridismo.

—Sí, abuelo, he sido yo, pero ha sido sin querer.

—A ver, enséñamelos.

Ana sacó las manos de debajo de las sábanas. En cada una de ellas tenía una figura. Raúl y Zidane sonreían.

—Quédatelos, corazón, contigo están muy bien. A Jesús le va a encantar; Dios es madridista.

 

Imágenes: Grok y Gemini

Siempre vuelve

 

Arturo tiró las cartas sobre la mesa del recibidor y cerró la puerta. Era Nochebuena y no tenía ganas de nada, aunque sólo era la una del mediodía. Aún no había nadie en casa, su hijo estaría jugando con los amigos y su mujer trabajando, y la cena era en casa de sus padres, no tenía que preocuparse de eso, pero estaba amargado por todo: el trabajo, problemas físicos, de salud, discusiones con Sonia a todas horas… y el Real Madrid que no arrancaba. Y le carcomía por dentro el hecho de que parecía que le preocupaba más eso que el resto de cosas, y eso no era normal. Estaba de mal humor todo el día, y quería que echaran a media plantilla y al entrenador, eran unos inútiles, y Florentino debía dimitir. Y Sonia le decía que no se centraba en la familia, que esto iba a acabar mal.

Entró en la cocina, abrió la nevera y cogió una cerveza, y al cerrarla pegó un grito y se le cayó el bote al suelo ya abierto, llenando todo de cerveza: allí, detrás de la puerta, había un hombre y notó que se mareaba y empezaba todo a dar vueltas y oscurecerse. Y notó que él también caía al suelo. Estaba perdiendo el sentido y de pronto empezó a ver de nuevo y a serenarse. No estaba en la cocina, miró a un lado y dio un respingo, ese hombre estaba con él. Le sonaba muchísimo, pero no sabía quién era. Miró alrededor, y estaba en un vestuario, pero muy antiguo, bancos no muy modernos, con ropa colgada, y no eran de esta época. Todo parecía de otra época. De pronto se abrió la puerta y empezaron a entrar jugadores de fútbol. Las botas eran, cómo decirlo, extrañas. Y sabía que eran del Madrid por el escudo, pero faltaba la corona de arriba. La camiseta era rara, con botones en el cuello.

Entró el técnico, cerró la puerta y empezó a dar un discurso. Les decía que a pesar de ir perdiendo tenían que darlo todo en la segunda parte, que después de un partido de desempate no podían perder la oportunidad, que había que levantarlo. Los jugadores no le veían, y al lado suyo había uno al que llamaban Eulogio, y uno de los jugadores se dirigía a él como hermano. No sabía dónde se encontraba. De pronto, el hombre que estaba en la cocina, le tocó en el brazo y aparecieron en la grada.

Se le acercó y le dijo “15 de mayo de 1917, partido de desempate del Campeonato de España entre el Madrid F.C. y el Arenas de Guecho. Estamos en Barcelona, en el Camp del Carrer del Muntaner. El Madrid pierde 0-1, minuto 74”. El hombre tenía un marcado acento argentino. Arturo miró el partido y enseguida el Madrid hizo gol. De pronto. el encuentro pareció acelerarse y jugaban como a cámara rápida. El hombre se acercó y le dijo “en esta época era todo diferente, se jugó una prórroga de 20 minutos, seguían 1-1, y entonces se juega otra prórroga. Estamos en el minuto 113”. Arturo, ensimismado, vuelve a mirar al campo y, al momento, gol del Real Madrid.

Se acerca el argentino y le dice “campeones del Campeonato de España, lo que hoy en día se conoce como la Copa del Rey, vamos. Sigamos”. Le tocó en el brazo y otra vez la sensación de mareo y todo dando vueltas. De pronto todo se calma, y ve que está sentado en el vestuario del Real Madrid. Lo sabe porque ha hecho el Tour del Bernabéu, lo conoce y ve las fotos de los jugadores encima de cada taquilla. De pronto, entran todos y no traen buena cara. Detrás, Xabi cierra la puerta y empieza a decirles que es infumable, que no han hecho las cosas que ha pedido. Todos están cabizbajos, van hablando y nota que es capaz de saber qué piensa Vinícius, Bellingham, Courtois, Carreras, Fran…

Se gira al argentino y le dice: “es el día del Celta, nos han ganado 0-2, yo estaba en la grada”, el argentino asiente. Oye los pensamientos, todos están fastidiados, tanto como lo estaba él, sienten que han hecho un partido para olvidar y que no han demostrado lo que saben hacer. Están dolidos, hundidos. Arturo siente una sensación rara, jamás hubiera pensado que se podrían sentir así. Él sólo piensa que son unos mercenarios, unos miserables y ve que están sufriendo y pasando un mal rato. Arturo vio que el brazalete de capitán estaba cerca de él, lo tocó con el pie y se movió, así que se agachó y lo cogió. Nadie lo observaba y se lo guardó en el bolsillo. Qué raro era todo aquello. De pronto escuchó a Xabi:

—De esta solo salimos juntos, apretando todos. Aquí no hay señalados, somos todos. El público va a pedir nuestras cabezas, la mía la primera, soy el máximo responsable y lo asumo, pero luego irán por vosotros, he estado ahí y sé lo que pasa. Vamos a salir juntos, pero tenemos que hacer un esfuerzo enorme y apretar. Tenemos que luchar cada minuto como si fuera el último, no podemos terminar el año de mala manera. Estamos muy cerca de dar con la tecla, de verdad, pero es juntos, con esfuerzo, y haciendo lo que entrenamos. De verdad, hacedme caso, tenemos tiempo, pero tenemos que luchar todos…

Dejó de escucharle, volvió a sentir que le tocaban el brazo y se mareaba, todo daba vueltas. Cuando se recuperó, había un grupo de gente en una sala de trofeos y miró alrededor: estaban en el Bernabéu, pero veía algo distinto a la última vez que estuvo. Se puso a contar copas de Europa, y parece que había mínimo 20, pero no pudo terminar, el argentino le agarró del brazo y lo llevó a un grupo de gente. Había una pareja de abuelos y luego un chico más joven con un niño pequeño que iba preguntando. Miró al abuelo y, ¡qué demonios!, ¡era él de viejo!, miró rápido a la mujer y era su adorada Sonia, viejita pero guapísima como siempre. Arturo se emocionó y dejó caer una lágrima. El chico más joven era su hijo Adrián, y ya tenía su propio hijo. Aquello le emocionó demasiado. Su hijo Adrián le decía a su hijo “por eso nos dieron el título de mejor equipo del siglo XX, y al paso que vamos, el del siglo XXI será nuestro también, ¿eh papá?”. Le volvieron a agarrar el brazo, se alejaron, el argentino le miró y le dijo:

—Recuerda la esencia del club: levantarse siempre y no dejarlo de intentar nunca. Eso vale no solo para el deporte, sino para la vida. Has visto una muestra del ayer, del hoy y del mañana, del equipo, de tu vida, todo se arregla cuando se lucha por ello, y la familia también. No lo olvides nunca.

Arturo estaba emocionado. Detrás del argentino había una inscripción en la pared “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos, Alfredo Di Stéfano”. Iba a agarrarle el brazo y sabía que venía el mareo. Se separó y le dijo: “pero tú eres Di Stéfano de joven, ¿verdad? ¿esto es un sueño?”, y le dijo el argentino: “dale, qué boludo que sos”... Vino el mareo y se sentía con mal cuerpo, le dolía todo.

Abrió los ojos, estaba en la cocina, en el suelo, y le dolía la cabeza del golpe que se había dado al caer. Se levantó y miró a todos lados. Menudo follón tenía, con cerveza por todo el piso y dolor en la cabeza. Se levantó, recogió todo y se fue a la ducha. Pensó en el sueño extraño que había tenido mientras estaba desmayado y se rio con fuerza, qué locura de sueño. No sabía cómo pero, al menos, eso le había devuelto las ganas de celebrar las Fiestas y celebrar la Navidad, ¡qué demonios!

Su cabeza estaba a tope. Nada estaba perdido y Sonia tenía razón, tenía que pensar más en la familia y preocuparse de las cosas importantes. ¿Y el Madrid? Y dijo en voz alta: “Siempre vuelve, y tú también, que eres madridista”. Sintió una energía renovada y ganas de hacer de todo y vivir con alegría. Pensó en qué regalar a Sonia, a Adrián, en ir pronto a ayudar a su madre con el asado para la cena.

Al salir de la ducha, metió la ropa en el cubo de la ropa sucia, y no se fijó en que del bolsillo del pantalón caía algo y se entremezclaba con el resto de la ropa. Era el brazalete de capitán del Real Madrid.

 

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