La última vez que fui al Bernabéu me leí la letra pequeña del estadio. Resulta que en los vomitorios hay una plaquita con la indicación de un enlace de internet (esta) sobre la que me abalancé en cuanto llegué a casa, porque uno tiene estas rarezas. En mi descargo diré que las hay peores, como atestigua precisamente el documento, un catálogo de simbologías prohibidas en el estadio y una pequeña enciclopedia del extremismo.
Lo primero que llama la atención es conocer que existen fantasías como esta:
... Emblema del colectivo neofascista *******, proetarras, antiespañoles, europeístas, proislámicos, indigenistas, y sobre todo fascistas.
Es decir, que hay gente capaz de ser todo eso a la vez. He tenido sueños con más coherencia interna, la verdad. Y todo esto sería muy gracioso si no fuese porque de verdad deben de existir.
Ir al Bernabéu antaño era encontrárselos. Gente que daba miedo, que trepaban los escalones de hormigón con botas militares y que se arrogaban ser el alma del club. De adolescente me sentí contrariado por ello porque ¿tenía que ser como ellos para ser madridista? Parecía ser que sí.
Ir al Bernabéu antaño era encontrárselos. Gente que daba miedo, que trepaban los escalones de hormigón con botas militares y que se arrogaban ser el alma del club
En 1996, el periódico español con más lectores —es un decir— publicó en su portada que Seedorf ya era blanco. Nunca agradeceré lo suficiente la lucidez de mi tutora Lourdes, que al verlo sobre el pupitre de uno de esos chicos que les gustaba uniformarse dijo una frase que nunca olvidé: “ahora ya sabemos que el Marca, además de madridista, es racista”.
Ella no debía de ser lo uno ni lo otro, pero la distinción es pertinente, porque durante mucho tiempo fueron sinónimos. A mí me han llegado a decir “tú no tienes pinta de ser del Madrid”, pretendiendo ser elogioso. Y para remate: “¡Pensaba que eras del Atleti!”. Y no, amigos. Por ahí sí que no paso, porque el segundo club de la capital ha conseguido la vitola del equipo del pueblo y a su afición se le perdona hasta resolver conflictos arrojando gente al río, al modo prescrito en el código de Hammurabi. Pero los colchoneros caen bien, por sufridores, y tienen, digámoslo así, carta rojiblanca para hacer y decir lo que les venga en gana, por muy atávico que resulte.
Obviamente, escribo esto al hilo del aquelarre tardo-ochentero vivido en el Estadio de la Peineta (nunca podrá tener un nombre más adecuado que el original, visto lo visto). Y lo califico así porque una de las cosas en que más ha cambiado en las últimas décadas el fútbol y la sociedad que lo parió es en la intolerancia pública al racismo.
Recuerdo haber escuchado que Freddy Rincón no funcionaría en el Madrid porque era negro. Y recuerdo que no me sonaba raro porque mi memoria futbolera no llegaba más allá de la Quinta. Pero claro, ahí también goleaba un esplendoroso sudaca, el mejor rematador de la historia de la Liga. ¿Cómo se comía eso? Pues de alguna manera, porque el fascismo es así. En contra de sus pretensiones, cada uno monta el suyo, un conglomerado de ideas aleatorias.
Los negros son buenos mientras sean los nuestros. Nuestros racistas son admisibles porque son los nuestros. Y no, no debería ser así. Los del odio eterno al fútbol moderno deberían conceder que, por el camino de la globalización y la mercadotecnia, también ha sucedido la mejora de echar a la calle a los grupúsculos que secuestraban a los clubes. Ojalá el Atleti se atreva.
Orgullosos de no ser cómo vosotros, dicen, al tiempo que acogen a medio Valdebebas. A esta frase hay que agradecerle que refleja con nitidez la base del pensamiento sectario: la ajenidad del otro que, claro está, siempre es peor que uno mismo. Algo perfectamente normal en clubes de la misma ciudad se convierte en una anomalía misteriosa. Porque en Madrid abundan con naturalidad las familias con hermanos exóticos: ovejas negras, blancas o rojiblancas, como cada cual quiera entenderlo, cuyas rivalidades domésticas se sobrellevan con casticismo. Pero uno se asoma a las cuentas de twitter de los ultras y escucha que los madridistas son raza mixta —en terminología rigurosamente nazi—, y que los del Atleti son judíos, o gitanos o lo que toque. Qué más da.
Los negros son buenos mientras sean los nuestros. Nuestros racistas son admisibles porque son los nuestros. Y no, no debería ser así. Los del odio eterno al fútbol moderno deberían conceder que, por el camino de la globalización y la mercadotecnia, también ha sucedido la mejora de echar a la calle a los grupúsculos que secuestraban a los clubes. Ojalá el Atleti se atreva
Todo esto está ya fuera del fútbol, aunque siga existiendo alrededor. Pero los tics del racismo son contagiosos. En la década prodigiosa blaugrana (sí, me refiero a la que se ha cerrado con cinco Copas de Europa más en las vitrinas de Concha Espina), se popularizó aquella chorrada del ADN Barça. Ahora no es infrecuente escucharlo como una apelación esencialista de la identidad de los clubes. Por ejemplo, cuando leo que el Madrid lleva en el ADN sus valores me escandalizo, porque es la antítesis de la realidad. En el Bernabéu sólo permanecen los que saben o los que aprenden, y sí no que se lo pregunten a Asensio, camino de la redención en cuanto ha entendido que nadie duda de su calidad pero que, si quiere el puesto, va a tener que sudarlo.
Hoy el Madrid —como todos los clubes— presenta una nómina de futbolistas de todas las razas y la admiración de los aficionados por unos y otros es indistinta. ¿Amamos nosotros a Modric y a Kroos más que a Casemiro por ser europeos? Quiero creer que a nadie se le puede haber ocurrido semejante imbecilidad. Es más, estamos empezando a idolatrar a Tchouaméni, el supuesto sustituto de uno de los vértices del Triángulo de las Bermudas, que ayer sirvió un balón apoteósico. Habrá que creer que no existe mejor antídoto contra la intolerancia que admirar a alguien de otra raza.
Personas que miran a otras personas y reconocen en sus virtudes la mejor inspiración posible. Todo lo demás son los delirios de la raza blanca, condenados a ser la letra pequeña del futuro, el efecto secundario improbable e indeseado del que se habla en la prescripción que nadie lee, más al fondo que cualquier fondo. En la puta calle.
Getty Images.
Buenos días, amigos. Aclaramos, buenos días en el supuesto de que no seáis racistas, si algún descerebrado ha llegado a este lugar por error, que sepa que no es bienvenido y lo mejor que puede hacer es marcharse a alguna web propia de acéfalos. En La Galerna hemos condenado siempre el racismo con independencia de la camiseta que vistiese el damnificado. Es una postura natural, no forzada, cualquiera que no sea un miserable está en contra de comportamientos execrables como el racismo, la esclavitud, el abuso de menores o el tráfico de órganos, por poner algunos ejemplos.
Sin embargo, no se puede afirmar que los medios españoles se rijan por este mismo principio moral. Depende del futbolista objeto de insultos racistas, del equipo al que pertenezca, de lo bien o mal que caiga, de si le ha insultado solo uno o muchos, o vaya usted a saber de qué otro interés propio o ajeno, se condena por todo lo alto, por todo lo bajo, se trata con condescendencia como si se justificase o, lo que es peor, se azuza el fuego con gasolina.
Veamos la portada de hoy de Marca:
En la parte superior derecha leemos que LaLiga denunciará los cánticos racistas contra Vinícius y, en letra más pequeña, se anuncia un artículo de opinión de Salva R. Moya: “Nos hemos relajado contra el racismo”, donde afirma que se ha bajado la guardia en la lucha contra este mal.
Recordemos la portada de ayer de Marca tras los insultos racistas a Vinícius fuera y dentro del Metropolitano:
Ahora veamos la primera plana de Marca del 5 de abril de 2022.
La intención de Salva R. Moya es loable, pero lo que demuestran los hechos —hemos elegido en este caso Marca porque es donde aparece el artículo— no es que nos hayamos relajado en la lucha contra el racismo, sino que no se tratan igual todos los casos que ocurren.
toda lacra social lo es porque una parte de la población piensa que en el fondo quien es objeto del daño o acoso lo merece
Podemos ver que Marca dedicó una portada íntegra a la denuncia de Diakhaby cuando afirmó que Cala le había proferido insultos racistas, lo cual no fue captado por las cámaras, micrófonos o equipo arbitral. Ayer no había referencia alguna a los cánticos de cientos de atléticos fuera del Metropolitano llamando mono a Vinícius, hecho verificable en multitud de vídeos reproducidos por cuentas como las de Tiempo de Juego, que incluso emitió el audio en su programa. Tampoco había referencia a los cientos, o miles, de aficionados que gritaron lo mismo a Vinícius durante el partido, que le espetaron “Vinícius, muérete”, que simularon el sonido emitido por un mono o que arrojaron multitud de objetos, entre ellos botellas de cristal, al campo.
¿Por qué? Existen varios motivos.
Sabemos que La Liga no es amiga de la transparencia informativa, el propio Tebas ha dejado claro que no le gusta que se muestren imágenes que puedan dañar la imagen de su competición. Y los medios tienen intereses que pueden verse perjudicados si se desvían del carril.
Sabemos que el antimadridismo es un movimiento que genera mucho dinero para los medios, que a su vez están trufados de antimadridistas, por lo que se cuidan mucho de no defraudar a su público.
Tampoco podemos olvidar que toda lacra social lo es porque una parte de la población piensa que en el fondo quien es objeto del daño o acoso lo merece. En el mediocre hay siempre un espíritu de venganza nacido de la frustración que le incita a odiar al que destaca cuando no es de los suyos. Y esa capacidad (futbolística, intelectual, física o cualquier otra) superior del objeto de su ira es motivo suficiente para que, según su criterio enfermizo, tenga bien empleado cualquier daño que sufra.
Pero quien de verdad ha dado en el clavo escribiendo sobre el caso de Vinícius ha sido Antonio Valderrama, aka Fantantonio, en su brutal y sublime artículo de hoy en La Galerna: “Bailaré sobre tu tumba”.
Sobre las consecuencias disciplinarias, legales o cualesquiera que tengan estos sucesos para el Atleti la verdad es que no tenemos muchas esperanzas. La solución real es que el propio club expulse a los nazis de sus instalaciones y deje de otorgarles prebendas, pero ya sabemos que Gil Marín y Enrique Cerezo no están dispuestos a hacerlo.
"Racismo no siempre", porque siempre hay que decir no al racismo y porque para algunos no siempre es racismo.
"Racismo no siempre", porque siempre hay que decir no al racismo y porque para algunos no siempre es racismo
Este mismo año los del Frente Atlético fueron a Inglaterra haciendo el saludo fascista y la UEFA les detectó. También profirieron insultos racistas contra Peter Federico y Marvel en la Youth League y la UEFA, de nuevo, les sancionó con 30.000 € y un partido a puerta cerrada, que el club solventó llenando el campo con los chavales de las categorías inferiores porque la normativa de la propia UEFA permite que en estos casos acudan menores de 14 años. Todo muy ético, Atleti.
Cambiamos de tercio y nos vamos a la cosa culé.
La portada de Sport pasará sin pena ni gloria a ningún anal de la historia. Un requiebro más a Xavi sin mayor fuste.
La de Mundo Deportivo tiene más enjundia, afirma que “Siguen a Asensio”, el Barça, se entiende. Imaginamos a Laporta subiendo a un taxi a toda prisa y exigiendo a su conductor: “¡siga a ese tipo!”. La verdad es que el apocamiento que en ocasiones manifiesta Marco ha llevado a más de uno a pensar que encajaría en un club como el Barça, pero veremos qué ocurre.
La cara agradable de las portadas es la selección española de baloncesto, esa familia feliz, como titula As, que provoca que tengamos el corazón contento con su espléndido e inesperado triunfo en el Eurobasket.
Pasad un buen día.
Y Vini bailó. Danzó sobre la ciénaga, bailó sobre el filo de las hachas, que le buscaron todo el tiempo la tibia y el peroné. Vini puso a bailar a todo el cementerio, como Michael Jackson en el videoclip de Thriller: enterró a la famélica legión de los frustrados, que es la gente más ruidosa de España. Digo bien lo de cementerio porque el estadio Metropolitano es un lugar donde no puede florecer la alegría. Por eso querían arrancar a Vini, como arrancarían cualquier milagro de color blanco que osara cegarlos aunque fuera por un instante. Es como si fuera gente nacida con la lamentable imposibilidad de amar: sus amores son reactivos, aman odiando, se cuentan a sí mismos a la contra. Debe ser muy pesado. Sobre todo debe ser muy triste. Lo que ha ocurrido con Vinicius a lo largo de esta semana pasaría a los anales de la infamia periodística y social si en España esos anales no fueran ya más extensos que la Crónica del reinado de Ramsés II. En un programa de televisión, por rellenar horas de absurdo contenido, se le puso una diana y a partir de ahí empezó a burbujear esa charca mefítica que es la opinión publicada en torno al Atlético de Madrid. Los miasmas infectaron todo el aire y aunque Carletto dijo que no, sí que terminaron afectando a Vinicius, quien no obstante en su peor partido de la temporada, descentrado por la cacofonía del Metropolitano, fue decisivo en un gol y provocó siempre peligro. Lo que ha quedado claro, por encima de toda la espuma, es que el chaval es ya el heredero absoluto de Cristiano Ronaldo: el antimadridismo ha terminado de ungirlo con sus coprolíticos santos óleos.
Vini cayó sobre el antiguo Wanda como un paracaidista al que sueltan desde un avión. El Wanda, cuando lo ves desde la carretera, tiene forma de cazuela, de perol extraño. Está erigido sobre la inmensa escombrera sedimentada que rodea Madrid y uno puede ver las ondulaciones irregulares que forma el terreno por esa parte de la capital, unas afueras cuyos montículos han crecido conforme iban siendo amontonadas toneladas de restos salidos de las entrañas de la tierra a medida que crecía urbanísticamente la ciudad. La sensación es un poco lunar, pero sin el romanticismo de lugares como el Mont Ventoux. Todo evoca la decrepitud suburbana del arrabal perdido de la mano de Dios. Allí, el domingo por la noche, era como si todo estuviera listo para cocinar a Vinicius. La caldera la habían ido alimentando toda la semana. Cada chef echó en ella un ingrediente, cada uno el suyo, cada uno según su jaez y su estilo personal. Simeone y Koke, por ejemplo, añadieron ambigüedad, amenazas veladas y victimismo solapado. Todo contribuyó. Pero Vinicius es un toro de casta. Como tal, se creció con el castigo y ayudó a canalizar hacia él el exceso de testosterona de los rivales, como hacía Cristiano en su día. A picar al equipo de Simeone, vamos, como si fuera el tercio de varas de una corrida. Eso liberó al resto del equipo pero sobre todo fue el engaño con el que el Madrid de Ancelotti toreó al Atlético, llevándolo a su terreno desde el principio.
Toda la España amargada y mojigata se ha pasado una semana pidiendo a Vini “moderación”. La España vinagre fue la primera que torció el gesto cuando Vinicius llegó aquí
Toda la España amargada y mojigata se ha pasado una semana pidiendo a Vini “moderación”. La España vinagre fue la primera que torció el gesto cuando Vinicius llegó aquí. El Madrid no lo sabía pero acababa de fichar a Cristiano Ronaldo justo después de que Cristiano Ronaldo se fuera. En su debut con el Castilla un canterano del Atlético de Madrid (cómo no) le pegó un bocado en la nuca tras derribarlo como a una vaquilla del Grand Prix. Hubo muchos que aplaudieron. En eso Vini ha tenido desde siempre la cualidad bendita de hacer que los tontos se señalen. La semana giró en torno al “debate” idiota del ya consabido sí pero no: Vini puede celebrar como le dé la gana, faltaría más, pero. Siempre el pero, la adversativa más reveladora que ha creado el lenguaje humano. A Vinicius se le pide “que se centre” y que “se deje de tonterías” pues por lo visto al fútbol hay que jugar con sotana. Hemos asistido al último grado de moralización del deporte, lección impartida precisamente por los sultanes de la amoralidad que pululan en torno al juego más famoso del mundo. Pero no es una historia nueva. Pasó lo mismo con Ronaldo.
Vini ha tenido desde siempre la cualidad bendita de hacer que los tontos se señalen. A Vinicius se le pide “que se centre” y que “se deje de tonterías” pues por lo visto al fútbol hay que jugar con sotana
El asunto de Vinicius y sus bailes han puesto a España frente al espejo del mundo. Una reacción global de solidaridad con el brasileño sepultó de pronto el mugido rencoroso que se había alzado contra Vini con la pretensión de silenciarlo, de acallarlo, de domesticarlo. En el fondo es eso, lo que ha sido siempre: que el Madrid tenga que pedir permiso para todo, que el Madrid tenga que explicarse a cada paso, que no pueda hacer nada y mucho menos expresarse desacomplejadamente. Es decir, expresar su superioridad desacomplejadamente. No era sólo por Vinicius pero Vinicius es el estandarte de un campeón de Europa que disfruta del puñado de muchachos más prometedores, brillantes y ganadores que hay ahora mismo en el panorama internacional. Vinicius, Valverde, Rodrygo, Camavinga, Tchouaméni, son la alegría y el descaro del mejor, la superioridad efébica y olímpica que esa España de cerrado y sacristía no puede tolerar. ¡Y menos en el de siempre, en el Madrid! Al otro lado de esa raya, más allá de ese país feliz donde los niños sueñan con las gambetas de Vinicius, con los goles de Rodrygo y con las galopadas de dibujitos animados de Valverde, sólo está el Cholo haciendo aspavientos como un perturbado, junto a la banda, agitando los brazos ante miles de tipos de rojiblanco cuya única reacción es chillar desaforadamente e insultar. Ante la evidencia del desaire acude la brigada oficial de los equidistantes al rescate del equipo del pueblo, aunque el equipo del pueblo de verdad es el Madrid, cuyo corazón late en cada palmo de tierra del territorio nacional. Y el jugador del pueblo es Vinicius, que corre, salta y quiebra cinturas de contrarios como sólo los demás, los que nos levantamos los lunes por la mañana muy temprano, podemos únicamente soñar. El affaire Vinicius ha puesto a España y a su prensa deportiva cobarde y mediocre, intelectualmente zafia y más plana que la tabla de una mesa, ante un espejo. La realidad, a veces, es demasiado dura para soportarla. También por eso se inventó el Real Madrid.
Vini no podía bailar porque ofendía a Koke y a la ilustre afición del Atlético de Madrid, por lo visto. Qué apoteosis de la tristeza, Virgen Santa. Lo peor es la certeza de que si esto le hubiera pasado a algún jugador inglés de la Premier los mismos que disimulaban malamente su odio visceral hacia lo madridista (que es lo que está en el fondo de todo el asunto) buscando excusas tan viles como ridículas habrían sido los primeros en perder el culo por subirse a la ola global de rechazo “al racismo”. Pero no hay racismo si el negro insultado juega en el Madrid, ya lo comprobamos hace diez años con Marcelo. Entonces Busquets le llamó mono a la cara y como era un chico bueno de la Selección que había ganado el Mundial (y como todos aquellos chicos buenos eran santísimos querubines, sobre todo “los catalanes”) pues pelillos a la mar y si te he visto no me acuerdo. España, además, es un país empeñado en querer hacer de los tigres, gatos domésticos. También es un país donde muchos mentirosos tienen un micrófono delante para esparcir sus mentiras. El Atlético goza de la suerte de contar con un número no menor de mentirosos con micrófono y cuenta en Twitter encargados de blindar tanto a la institución como al equipo. La única “exigencia” aplicable a ambos es un supuesto (y telúrico) compromiso pasional de estos para con una afición que el estamento mediático no cesa de calificar como grandiosa y resulta raro pues las pruebas de cómo la familia Gil les birló la propiedad del club están a la vista de todo el mundo desde hace bastante tiempo y sin embargo el hincha atlético, en la opinión publicada, sólo es un ser que siente mucho. Y que sufre. Un mártir al que mantienen por toda la eternidad en un limbo de niñez, al que no se le presupone inteligencia ni espíritu crítico, cuya naturaleza es “animar” y, como digo, “sufrir”.
El asunto de Vinicius y sus bailes han puesto a España frente al espejo del mundo. Una reacción global de solidaridad con el brasileño sepultó de pronto el mugido rencoroso que se había alzado contra Vini con la pretensión de silenciarlo, de acallarlo, de domesticarlo
Todo este martirologio y toda esta sacralización machirula de “los valores” es la esencia de lo que actualmente se conoce como Atlético de Madrid y en realidad vale menos que el peor de los regates que pueda hacer Vinicius. En eso consiste todo y ahí radica la abismal diferencia entre el Madrid y todos los demás, pero especialmente entre el Madrid y su vecino de La Peineta. Son dos formas de vida distintas, dos estadios diferentes de la evolución de las especies. Conceptualmente hablando el entendimiento es imposible pero el Madrid, como entidad, suele estar lento de reflejos cuando se trata de poner por delante sin ninguna duda y con la firmeza de un bloque de mármol lo suyo. Y lo suyo es Vinicius, síntesis de cómo ha caminado siempre el Madrid por el mundo: con la cabeza alta, con el talento y la alegría como bandera que no empaña y con ese punto de chulería y seguridad en sí mismo que sólo da la conciencia casi siempre delirante y suicida del elegido, del iluminado. Eso se tiene o no se tiene y si se tiene uno camina por encima del agua del mar. Esto por supuesto resulta intolerable en un país mezquino que lleva más de cien años acostumbrado a mirar hacia abajo, con la vista gacha, habituado ya a trotar como los bueyes. Miguel Hernández, el pobre, escribió un poema maravilloso que ya en España sólo aplica al Madrid, que es el animal varón que toda la Creación agranda. El resto, especialmente la cabaña del Civitas Metropolitano, medran como bueyes en los páramos de España.
Getty Images.
Una mañana de este agosto canicular, Quique Villalobos, vecino de veraneo, me contó la nueva. George nos invitaba a presenciar la ceremonia de su ingreso en el Hall of Fame de Springfield, Massachusetts. En un instante convinimos que teníamos que estar con él. Nuestro entrenador en el Real Madrid fue un maestro, una persona capaz de concitar la enseñanza con las relaciones personales. Al menos, le debíamos nuestra presencia.
Con la ayuda de Quique —experto en viajes a Estados Unidos, sus trámites y sus consecuencias— preparamos el trayecto. Quique es persona de mente ordenada, casi computacional, que planifica al detalle, previene lo no previsto y reacciona ante ello con presteza. Como es natural, nos pusimos en contacto con Emilio Butragueño, siempre tan atento, amable y capaz. El club debía estar al corriente de nuestro viaje, al igual que Cristóbal Rodríguez, nuestro presidente en la Asociación de Leyendas del Real Madrid.
George Karl nos invitaba a Quique Villalobos y a mí a presenciar la ceremonia de su ingreso en el Hall of Fame de Springfield, Massachusetts. En un instante convinimos que teníamos que estar con él
Con todos los procedimientos en orden, embarcamos desde la terminal satélite para aterrizar en Boston casi a la misma hora local en la que despegamos. Con la presteza que fuimos capaces nos dirigimos al autobús circular que nos acercaba a la zona de alquiler de coches, alejada de la terminal para descongestionarla de máquinas y humanos, tantos abundan por allí.
Aún teníamos un viaje de un par de horas por delante para llegar a la ciudad en la que nació el baloncesto, Springfield, Massachusetts. Obviaré a Los Simpson que te rondan la cabeza, para señalar que apenas soltamos el equipaje en el hotel nos dispusimos a mimetizarnos con el entorno, apretándonos una hamburguesa de tamaño estatal y una cervecita. Quizás sepan ustedes que mis gustos caminan por otras vías alimenticias, pero era necesario ambientarse cuanto antes. Allí surgió por primera vez una pregunta que se repitió sin respuesta tantas veces como entramos en algún local: ¡¿Por qué demonios está el aire acondicionado a tan baja temperatura?! Para que termines de congelarte en vida —no sé si por aquí lo llaman un Walt Disney—, grandes ventiladores en el techo esparcen el aire glacial por tu espalda o tu pecho, en función de donde te sientes. Eso me pasó por no hacer caso de mi consejero Villalobos: llévate una sudadera, al menos.
Al día siguiente, a causa de esa resaca que los estadounidenses llaman jet-lag, nos despertamos a una hora temprana, muy temprana. Tras un pasatiempo obligado y un par de cafés, por fin entramos en contacto con el contacto de George, Brett Goldberg, muy atento en cualquier circunstancia que nos concerniese. Se mostró encantado de conocernos y nos agradeció la visita, al tiempo que nos iba presentando a los aborígenes que se acercaban. Todos decían algo así como “¡Ah, sois los de Madrid!”, amables y en inglés. Dado que aún no teníamos noticias de George, decidimos visitar el museo del baloncesto, justo enfrente de nuestro hotel, sólo con cruzar por debajo de la S-30.
Se trata de un edificio de grandes dimensiones y color de nave espacial, en el que se exponen películas, imágenes, documentos, trofeos y detalles relacionados con el nacimiento y desarrollo de este bendito deporte, desde James Naismith hasta nuestros días. En Springfield concibió la criatura, así que, con buen criterio el museo del Hall of Fame tenía que estar en esta ciudad. Quiso la fortuna que nos encontráramos a Ettore Messina en el vestíbulo, siempre amable y con ánimo de conversar. Nos contó que venía invitado por Ginóbili, y nosotros le contamos nuestra película, de la que George era el principal protagonista. Como se puede observar en la foto se conserva muy bien, y nosotros, no. Al menos, seguimos siendo más altos.
Por fin, a eso de las dos de la tarde George pudo recibirnos en su suite. Había dormido en Connecticut, donde la noche anterior se había celebrado una cena de gala de esas que vemos en las películas. Nos invitaron a la misma, pero a pesar de que estábamos dispuestos a pagar los mil dólares que costaba, renunciamos porque los astros no se alineaban esa noche de forma correcta para nuestra fortuna.
Brett Goldberg nos dijo que no tendríamos mucho tiempo con el coach, un cuarto de hora, más o menos. Era lo lógico, porque en un par de horas comenzaban los compromisos oficiales para los premiados. Además, su familia estaba llegando y tenía medios que atender. El primer abrazo fue cálido, duradero. Y las primeras palabras llenas de nostalgia y alegría por el reencuentro.
Lo primero que hicimos fue mostrarle los obsequios que traíamos de parte del Real Madrid. El presidente, Florentino Pérez, le enviaba una carta de felicitación y reconocimiento muy afectuosa. Casi me sentí como el correo del zar. Además, el club le regaló una reproducción del nuevo Bernabéu, muy cuidada y de gran calidad. Una maravilla.
George se mostró encantado y agradecido, al tiempo que nos preguntaba por la actualidad del club. Después de la entrega, nos sentamos a charlar como charlan los amigos. Recordando los viejos tiempos y comentando los actuales en una mezcla desordenada, fluyendo mientras se salta de un asunto a otro. La memoria de George es prodigiosa. Recuerda muchos detalles, situaciones y sucedidos. También anécdotas, como cuando me lanzó con tanta fuerza un balón de fútbol americano al poco de llegar que no lo pude sujetar y terminó golpeándome en la cara.
George Karl se mostró encantado y agradecido, al tiempo que nos preguntaba por la actualidad del club. Después de la entrega, nos sentamos a charlar como charlan los amigos. Recordando los viejos tiempos y comentando los actuales en una mezcla desordenada, fluyendo mientras se salta de un asunto a otro
Al poco de sentarnos, Brett le recordó a George que el tiempo de la cita había concluido, pero éste despejó la recomendación con un gesto expeditivo. Se acordaba del éxito de nuestro juego con “pequeños” en circunstancias concretas, cuando batimos a la Jugoplastika y el Milán en el Torneo de Puerto Real. En cambio, no recordaba el nombre exacto del presidente de entonces —aunque se acercó bastante—, quizás como medida cerebral preventiva. Tuvo relación desigual con Mendoza, como con parte de la prensa, que no entendía sus ideas avanzadas. Durante años, muchos entrenadores siguieron ejecutando las novedades tácticas que trajo George. Ya se sabe, que las novedades siempre inducen recelo, y más cuando vienen de fuera.
En otro momento de la conversación, George nos preguntó si nos pareció un entrenador duro. Es la reputación que tiene en Estados Unidos: de entrenador exigente, inflexible. Quique y yo coincidimos en reseñar lo contrario. George fue un entrenador justo, con la virtud que escasea de trazar relaciones personales en otro ámbito que jamás se rozó con el profesional. Nunca influyeron en sus decisiones las cenas juntos, las conversaciones de café y las reuniones del equipo en las que nos mezclábamos como iguales. Al fin y al cabo, no estábamos más que tratando de integrar a un ciudadano extranjero en un país muy diferente al suyo. Luego, en el parqué, todos sabíamos y entendíamos quién era el jefe. George, incluido.
A estas alturas de la reunión, harto de reclamar su final, Brett —involucrado en la difusión mediática de la figura de nuestro entrenador favorito a través de su empresa— se rindió a su curiosidad y se convirtió en un participante activo de la conversación. Le atraía lo que estaba oyendo y preguntaba para conocer algún pormenor.
Sin pretenderlo, la charla derivó a las enormes dificultades que se encontró George el año que llegó. La marcha de Drazen, los problemas con la prensa, el accidente de Fernando, la lesión de Chechu Biriukov. Se sorprendió con el nivel de baloncesto que había en España y la pasión con la que se vivía. En aquella pretemporada, hicimos unos cuantos viajes en autocar para jugar partidos amistosos. Naturalmente, cada vez que parábamos a tomar un café en algún lugar muchos curiosos se acercaban a pedirnos un autógrafo o simplemente a conversar. En uno de ellos, George se acercó a mi lado para comentarme: “puedo ver la ilusión en los ojos de los niños por estar a vuestro lado. No sabía la importancia que tenía el Real Madrid para tanta gente”.
Llevábamos más de una hora hablando con él, riendo y recordando, como hablan los colegas que sufrieron y se divirtieron juntos, que aprendieron unos de otros, que se reencuentran de tanto en cuanto. George estaba disfrutando tan relajado que volvió a negar a Brett el cese de nuestro encuentro, pero nos dimos cuenta de que se estaba haciendo demasiado tarde para los compromisos que tenía pendiente. Así que, de común acuerdo, Quique y este humilde cronista nos levantamos, le dimos un abrazo y las gracias y quedamos en reencontrarnos más tarde.
George se acercó a mi lado para comentarme: “puedo ver la ilusión en los ojos de los niños por estar a vuestro lado. No sabía la importancia que tenía el Real Madrid para tanta gente”
Volvimos a nuestro hotel para descansar un rato y engalanarnos, en nuestra medida, para la ceremonia. Con el propósito de husmear, llegamos con cierta antelación al teatro, el Symphony Hall, que nos recibió con su magnífica fachada neoclásica y columnas corintias defendidas por una escalinata. Por supuesto, rodeada de cámaras y preguntadores, la alfombra roja estaba presente: justo al lado opuesto de nuestra puerta de entrada: el gallinero, la casta inferior o el carrito del pescado, como ustedes prefieran.
La sala es tan magnífica por dentro como por fuera. Esos pedazos de teatros de la ópera que ya conocen ustedes, así que no perderé tiempo en describirlo. Con tres alturas, su capacidad es de 2.500 asistentes a ojo de buen cubero y de 2611 a ojo de Google. Al menos ahí, estuvimos acertados. Poco a poco fueron presentándose los premiados y sus testigos, así como invitados de alta alcurnia baloncestística, como nosotros. Reconocimos a Bill Walton, Greg Popovich y Tony Parker. También, al citado Messina. Estos tres últimos invitados de Ginóbili, quien, por cierto, hizo un discurso magistral. Escuchándole se entiende su eminencia como jugador. Por supuesto, muchos de sus compañeros de la selección argentina: Pepe Sánchez, Oberto, Scola, etc. Cerca de ellos estaba Tim Hardaway Jr., ya que premiaban a su padre, del mismo nombre, pero sin el Jr.
También me llamó la atención que estuviera el hijo del policía, así le llamaba Antonio Díaz-Miguel. Nada más y nada menos que Chris Mullin, al que nuestro seleccionador conocía muy bien por sus continuas visitas a la Universidad de Saint John. En fin, el listado era muy largo y espléndido. Por parte de George estaban Bobby Jones —excelso compañero que jugó junto a nuestro protagonista en aquel célebre Torneo de Navidad con North Carolina— y Gary Payton. Cómo no, también estaba el Comisionado de la NBA, Adam Silver, sentado en la fila séptima. Comparen con lo que ocurre aquí y saquen sus consecuencias.
La producción del acto fue magnífica, tal y como se podía esperar de una organización estadounidense que cada año organiza este homenaje. Las tres horas que duró se hicieron cortas, cada invitado interpretando e improvisando su discurso escrito sobre un gran teleprónter colocado sobre una inmensa mesa de sonido. La ceremonia comenzó con un recuerdo al jugador más respetado de todos los tiempos, al Muhammad Alí del baloncesto, Bill Russell, sobre el que describimos en estas páginas hace poco su encuentro con Clifford Luyk. Uno tras otro, fueron pasando todos los condecorados, de méritos sobresalientes e impacto notable en el baloncesto estadounidense.
Por fin, casi al final, intervino George, con la voz castigada por la vida. Recorrió su vida baloncestística con detalle y se detuvo con emoción a revisar sus días en el Real Madrid, de los que extrajo un profundo aprendizaje y se llevó emociones que conserva intactas. Cómo no, se acordó de Fernando Martín y los días que sucedieron a su marcha, y agradeció nuestra presencia en la sala. Creo que es mejor que lo vean y escuchen ustedes que lo que este cronista les pueda contar.
El discurso de @CoachKarl22 en su entrada en el Hall of Fame tuvo un recuerdo muy emotivo de su paso por el Real Madrid, el fallecimiento de Fernando Martín, y gratitud para dos de sus jugadores, @quiquevich y @jluisllorente, que viajaron a Springfield para estar con él. Grande. pic.twitter.com/sFb6aQV43G
— Leyendas Blancas (@LeyendasRMB) September 11, 2022
Tras el acto, George reunió a los más íntimos en un restaurante-bar nocturno típicamente americano del norte y del sur de Canadá. El coach se presentó pronto, apenas llegados la familia, los amigos y una legión de ayudantes, los habituales que tiene cualquier entrenador de la NBA, que también quisieron estar a su lado. Relajado, satisfecho por el reconocimiento reservado a los más grandes, sonreía y recibía con afecto expreso las felicitaciones y abrazos francos que le repartimos en cantidades industriales de estima. Lindando la medianoche en Springfield, el hogar del baloncesto, Quique y yo nos retiramos y dejamos a George rodeado de sus asistentes, felices con él, escuchándole en su sereno momento de gloria.
Recorrió su vida baloncestística con detalle y se detuvo con emoción a revisar sus días en el Real Madrid, de los que extrajo un profundo aprendizaje y se llevó emociones que conserva intactas. Cómo no, se acordó de Fernando Martín y los días que sucedieron a su marcha, y agradeció nuestra presencia en la sala
Llegado al hotel, este cronista se sumergió en un duermevela hasta la una y media de la madrugada estadounidense, porque a las ocho de las de aquí comenzaba “Por fin no es lunes”, el programa de Onda Cero del que soy colaborador. Por más resaca horaria que tuviera no podía dejar de contarlo.
Al cabo de unas horas, a las 7 A.M., el señor Villalobos y quien escribe tomábamos un café mientras veíamos en los noticiarios de televisión cómo la sección de deportes abría con los premiados del curso correspondiente, ingresados ya en el Naismith Memorial Basketball Hall of Fame. Y nosotros hablábamos de la suerte vivida, de las emociones de la noche pasada y de la felicidad de George Karl, lo más importante, el propósito de nuestro viaje. El coach lo pidió y nosotros cumplimos. Como buenos pupilos. Como buenos amigos.
Getty Images.
En el Madrid, pregunto. Veamos. Los lunes no me afectan especialmente. En realidad, tampoco los martes, miércoles y así. Ni se trata de enajenación semanal más o menos transitoria. Es simple pregunta visto lo visto. ¿Ustedes sentarían a Vinicius, Rodrygo, Valverde? Y falta Benzema y ya saben: sin Benzema, el Madrid se va a segunda. ¿Y?
Vale, vale. Entiendo a quien se los traería mañana, incluso esta tarde. Pero reflexionen y contesten. ¿Serían titulares Mbappé y Haaland en el Madrid? Y más: si lo fueran, ¿sería en ataque? ¿En defensa, mediocampo? Un día nos contaron que el cachondo de Florentino sugirió que Beckham jugara de lateral. Que sí, que son muy buenos Mbappé y Haaland. Buenísimos. ¿Pero y los que están? Pues eso: ¿serían o no titulares?
¿Ustedes sentarían a Vinicius, Rodrygo, Valverde? Y falta Benzema y ya saben: sin Benzema, el Madrid se va a segunda. ¿Y?
Mientras, imagino que van ustedes entendiendo que el Barça prepare una camiseta blanca. Es un salvoconducto textil. Lo blanco gana. Es la tradición, ríanse de las británicas. Ayer, primero fue blanco Berlín y después, Madrid. El 16 de octubre habrá clásico en el Bernabéu. Sería bonito que el Barça estrenara su nueva zamarra en tan magno escenario. Y que el Madrid le hiciera el pasillo. El Madrid podría jugar desnudo. El pueblo lo entendería y la Liga lo agradecería, la verdad es que estamos huérfanos de emociones.
Ayer, en lo del fútbol, lo más excitante, hay que ver, fue si a Vinicius, o sea al Madrid, le insultarían poco, mucho o todo lo contrario. Pronto salimos de dudas: una hora antes del partido la turba le llamó mono. La Liga no habla de estas cosas. Le encanta jugar al escondite. A la Liga la debería patrocinar Heidi y no el Santander. Dicen que pensando en el producto. Para la Liga no pasa nunca nada. Debe creer que con las líneas cuando los fuera de juego vamos servidos. Por ahí es otra cosa. El Daily Mail se puso las botas con el futbol español y el racismo. El Daily y otros. Pero nada, sigamos en el ridículo.
En algo vamos avanzando y es justo reconocerlo. Periódicos y radios de Barcelona recogieron en sus webs la recepción a Vinicius. Nada dijeron cuando se escuchó lo mismo en el Camp Nou. ¿Y? El mensaje es que en Madrid pasan estas cosas y en Barcelona, no. Episodio, el de los insultos a Vinicius entonces, sabrán que se ha archivado. No han encontrado al insultador. Como le leí a un paisano, el día que me dé por atracar un banco que me persigan los mossos encargados de aquella investigación. Igual pruebo mañana.
En la pinturera tarde, lo blanco volvió a ganar y sin sufrimiento conejil. Una vez, los franceses se pusieron a tres, pero en un minuto estaban otra vez muchos abajo. El tío Rudy, los Hernángomez, el panocha, Lorenzo y tal. Scariolo, italiano como Carletto. Estos tíos tienen algo. Algo gordo, sí. Y luego, en cuanto embocó Valverde, pues bueno: si el árbitro pita el final el Atleti se habría ahorrado una hora larga de luz, una pasta gansa con tanto foco, las neveras, todo eso. Luz y gas que seguro los hay frioleros, entre los muchachos digo, y alguno pidió que enchufaran el termo. Estas cosas también debería estudiarlas Tebas. Lo que se pueda ahorrar, bienvenido.
El 16 de octubre habrá clásico en el Bernabéu. Sería bonito que el Barça estrenara su nueva zamarra en tan magno escenario. Y que el Madrid le hiciera el pasillo. El Madrid podría jugar desnudo. El pueblo lo entendería y la Liga lo agradecería, la verdad es que estamos huérfanos de emociones
No recuerdo un derbi que el Madrid lo ganara jugando una parte a no cansarse. Hubo un tiempo, 14 años juraría, que no perdió uno, ni en Liga ni en Copa. Se puso de moda que al minuto había gol blanco. Lo de ayer lo recordó. Pim-pam. 0-2. Descanso y a ver, troncos, que esto va a ser muy largo. Pelotita p’acá, pelotilla p’allá… Como fue la cosa que el árbitro alargó sólo cuatro minutos cuando últimamente se sienten cómodos y meten seis, ocho, a veces diez.
Se aburría el trencilla y también Courtois: hay una toma antes del córner en que se le ve bostezando. Aburrido como estaba midió mal y encajó un gol histórico: el primero con la espalda en un derbi. No sé. Mientras Kroos, Modric, Tchouaméni y cía se la van pasando que salga Lunin y le tire balonazos a Courtois, activación pura. Ya verán como entonces sale y la agarra. En fin.
He citado a ‘Tchou’. El fichaje de la Liga, les dije. Este sí sería, es, titular en el Madrid.
Getty Images.
Getty Images.
Federico Santiago Valverde Dipetta —algunos añadirán al final: Parera—, nacido en Montevideo, Uruguay, dos meses y dos días después de que el Madrid ganase la Séptima, dato este para los amantes de las cábalas. Nació desnudo y ya con cuatro años de experiencia vital más que el resto de niños. Dicen que tras el alumbramiento el médico le dijo a su madre: “señora, ha parido usted a un pedazo de pelotero. Y madridista. Va a ser un pájaro de cuidado”.
He optado por elegir a Fede Valverde como el Man of the match de ayer porque no era posible otorgarle la distinción al Madrid como concepto. Sí, ayer el Madrid ganó el partido gracias al concepto de club que tiene, en contraposición con el del Atleti.
El Madrid eligió expulsar del estadio a sus seguidores violentos; el Atleti los apadrina como quien envía un bizum a Unicef. El Madrid optó por fichar futbolistas de calidad que además fuesen buena gente, siguiendo la estela que iniciaron Bernabéu y Saporta; el Atleti en ocasiones parece que selecciona a sus jugadores de entre los rechazados para un casting de una película de cine quinqui. El Madrid cuenta con un técnico como Ancelotti, capaz de adaptarse a las circunstancias de cada partido para ganarlo de la manera más inteligente pero siempre honesta; el Atleti cuenta con el funcionario más caro del mundo, Simeone, que hace lo que sabe hacer, ni más ni menos. El Madrid cuenta con Valverde; en el Atleti milita Koke.
El Madrid cuenta con Valverde; en el Atleti milita Koke
Cuando Zidane comenzó a hablar, o a pensar, maravillas de Valverde, muchos tal vez no fuésemos capaces de atisbar el potencial que veía en él el francés, pero bastaron un puñado de encuentros para apreciarlo. Su cadencia de marcha, su sacrificio, su llegada, su disparo, su solidaridad, su calidad. En resumen, un futbolista moderno. ¿Y qué es un futbolista moderno? Pues no lo sé, pero eso dicen los que saben.
Es cierto que Federico atravesó una etapa en la que jugaba menos y su acierto decreció. Muchos se apresuraron a guillotinarle, pero ¡demonios, era un crío!, sin un mínimo de paciencia no se puede conseguir nada decente ni en fútbol ni en ningún otro ámbito. Al final, la perseverancia del uruguayo tuvo su recompensa; la temporada pasada dio un salto de calidad brutal y expulsó del once a Rodrygo y a Asensio incluso jugando en una posición diferente a la suya. Terminó asistiendo a Vinícius en la final de Champions.
Este año ha subido otro escalón jerárquico, y por suerte no parece que vaya a ser el último. Su rendimiento ya no solo es intangible: lucha, exuberancia, compañerismo, juego de equipo, etc., sino que ha sumado lo más difícil —y más caro— del fútbol: goles y asistencias. Es difícil calcular el valor de mercado de Valverde, más aún si tenemos en cuenta su edad y margen de mejora, aunque tampoco importa, porque más vale pájaro en mano que ciento volando.
Es difícil calcular el valor de mercado de Valverde, más aún si tenemos en cuenta su edad y margen de mejora, aunque tampoco importa, porque más vale pájaro en mano que ciento volando
Ayer comenzó con lo primero, lo menos mesurable, no dejó de aparecer por todos lados del campo, Here, there and everywhere, como cantaba McCartney en el Revolver. Cuando el Atleti daba un paso al frente, Valverde se multiplicaba y se convertía en una suerte de McGyver blanco. Después volvió a marcar con el alma, porque Valverde remata con el pie (o la cabeza, esporádicamente), pero golpea con lo que hay ahí adentro del pecho. Del mismo modo que chutó contra el Mallorca o contra el Leipzig.
El médico tenía razón, Valverde es un pedazo de pelotero que marcará una época en el Madrid. Y él, tan tranquilo.
Getty Images.
Buenos días. Las portadas de la jornada van mayoritariamente para la gloriosa victoria de la selección española de baloncesto, que contra todo pronóstico y de manera emocionante ha ganado el Eurobasket de Alemania. De este modo, el derbi y su resultado (victoria del Madrid por 1-2) han pasado a un segundo plano, y no nos quejamos por ello, porque la gesta de los baloncestistas patrios es de las que serán recordadas durante muchísimos años.
Comandados por Sergio Scariolo (leed la carta que le dedica en La Galerna Lorenzo Sanz) que ha sacado lo mejor de una generación joven y con escasos nombres sonoros, España ha dado la campanada. Hemos dicho “nombres poco sonoros”. Será hasta ahora. Un nuevo impulso al baloncesto en nuestro país llega a través de esta victoria, y con ella los nombres de los hermanos Hernangómez, de Lorenzo Brown, de nuestro sempiterno Rudy Fernández y de otros muchos quedan para siempre en la posteridad. Todo lo que se loe a estos deportistas es poco. Esta generación ha logrado emparentarse con la gloriosa de Gasol, Navarro y la plata de Los Angeles.
Ahora ellos también son ángeles. Enhorabuena a todos.
Un programa, El Chiringuito, donde por cierto aún ayer, después del partido, se silenciaba lo sucedido en los alrededores del estadio y aun en el propio transcurso del partido, donde la facción neonazi de la afición atlética, ese Frente Atlético con muertos a sus espaldas que campa a sus anchas por el Metropolitano, con la aquiescencia de la cúpula rojiblanca, coreó consignas xenófobas contra Vinicius Jr.
Nada de esto apareció en El Chiringuito, a pesar de que se trató el tema del racismo. Alguno de los contertulios había censurado esto en sus redes sociales pero después lo ignoró en el transcurso del programa, lo que hace pensar que su director dio órdenes estrictas de evitar el tema. Ya sabemos que Tebas no quiere que la imagen de su competición se vea manchada, por lo que, en lugar de hablar con Cerezo y Gil para que acaben de una vez por todas con la lacra inmoral del Frente Atlético, prefiere apretar fuerte la correa con la que mantiene atados a los medios para que todo esto permanezca silenciado.
A nosotros nos nos ata con nada.
El Atlético de Madrid es un club que no merece el menor respeto mientras siga auspiciando el racismo fascista de parte de su afición. Pedrerol insistió ayer en que hay que respetar el Atleti. Que no cuente con nosotros. Respetamos y queremos a tantos y tantos amigos y familiares colchoneros a quienes tenemos cariño, como sucede a tantos y tantos madridistas madrileños. Pero no respetamos ni lo más mínimo a quienes esponsorizan, dan espacio y enaltecen, con el beneplácito de medios comprados, a una horda de criminales que abrazan como ideología el odio racial y cuentan en su haber con crímenes de sangre.
Lo mejor de España se vio ayer representado en los hombres de Scariolo. Bravo.
Lo peor de España se plasmó en esos bárbaros de los que se dirá que no representan a nadie, pero que de hecho lucen una muy determinada camiseta con el visto bueno y el apoyo inequívoco de Enrique Cerezo y Miguel Ángel Gil Marín sin que al parecer nadie (nosotros sí) tenga los arrestos de llamar a las cosas por su nombre.
Por lo demás, podéis saber cómo fue el partido leyendo la crónica de Andrés Torres.
Pasad un buen día.
9/9 y 9/21 antes del Mundial, ayer, dominando sin el balón. Ancelotti le regaló el tiempo (el balón) a un Simeone que solo sabe jugar con “el espacio” y el equipo se pasaba la pelota como si fuera un cuerpo extraño, completamente ajeno a su filosofía de juego. Si a la extrañeza de tener que ser un equipo “grande”, con perdón, le añades que llegaba Tchouaméni como el “Coco, que te va a comer” pues 1-2 y Benzema descansando.
El Madrid de esta temporada tiene una facultad que no todos los equipos tienen, que puede dominar con la pelota y sin la pelota. El City, ahora con Haaland, puede hacer lo mismo, pero no muchos más.
Ancelotti le regaló el tiempo (el balón) a un Simeone que solo sabe jugar con “el espacio” y el equipo se pasaba la pelota como si fuera un cuerpo extraño, completamente ajeno a su filosofía de juego
La planificación del equipo es tan sublime, a falta de Mbappé por supuesto (sniff, sniff), que hemos creado un equipo para correr y para trotar. El jugador que representa la más alta esencia “del correr y el trotar” es Modric, quién si no; jugador que en el Madrid ha sentado cátedra con Mourinho y con Ancelotti. Y no solo planificaron fichar a jugadores buenos sino que también han traído a gente solidaria, a gente honrada en el esfuerzo, a tíos cojonudos. Si te caen mal los jugadores del Madrid actual el problema lo tienes tú. Acepto que te caiga mal Courtois, pero no hay más villanos en el cómic.
El partido fue un tostón porque el Madrid siempre iba a meter uno más que el rival y porque Rodrygo y Vinicius o marcan o asisten en cada partido. Al final el destino se reirá de nosotros cuando vuelva el “gato” y sobre un delantero. Teniendo a alguien como Valverde, que está como para meter 20 goles por temporada. No acaba un partido sin que yo me pregunte cuánto valdría Valverde, si el Madrid tuviera que venderlo. Al que lo renovó en plena pandemia deberían darle un buen bonus por ello, le ha ahorrado al Madrid 30 millones de euros en el medio plazo.
Al final el destino se reirá de nosotros cuando vuelva el “gato” y sobre un delantero
Si tuviera que elegir dos jugadores para representar el partido serían Koke y Carvajal, símbolos de nuestra cantera y de la suya. Koke juega horrible y además es feo de ver para el juego, devalúa la competición que este tío lleve 500 partidos, la Premier tiene más atractivo porque allí no hay tanto Koke. Y Carvajal siempre juega al máximo los partidos estos, eso lo sé yo, lo sabéis vosotros y lo sabe José Ángel Sánchez. Carvajal y Koke, la cara y la cruz de este partido.
Getty Images.
Arbitró José Luis Munuera Montero del Comité andaluz. En el VAR estuvo Ignacio Iglesias Villanueva.
El partido se preveía caliente por los días que hemos pasado y a un genio se le encendió la bombilla de poner a José Luis al mando de "impartir" justicia.
En el minuto 4 Koke desde el suelo le da una patada a Valverde, pero el jienense debió pensar que era pronto para amonestar. Cuatro minutos después pita una falta a Felipe inexistente. En el 27', Reinildo pone la plancha en la corva de Rodrygo y solo se lleva amarilla. Una acción muy peligrosa que merecía irse a vestuarios. Tampoco le ayudó su colega Iglesias Villanueva (retirado hace años pero cobrando bien por ver el monitor) desde el VAR. Antes del descanso volvió a inventar, se creía Lukita. Una amarilla sobre Mendy tras entrada a Llorente donde toca balón el francés y una falta sobre Carrasco en la frontal bastante surrealista.
En la segunda parte, Reinildo, que estaba de prestado, hizo dos faltas en cinco minutos, sobre todo una dura realizada a Valverde con la rodilla. El andaluz no quería sacar la segunda amarilla y consiguiente roja ni en pintura al mozambiqueño. Koke, pasado de frenada, fue amonestado por ir a por Rodrygo en el 62' cuando este se escapaba. A partir de entonces hubo quince minutos donde estaba prohibido señalar falta a favor de los blancos. Pero si Modric robaba y montaba una contra ahí estaba Munuera para hacer sonar el silbato. Luka se desesperaba. En el tramo final vio amarilla justa Carvajal por ir a derribar de forma voluntaria a Reinildo. Hermoso le recriminó la acción de muy malas maneras y también se adjudicó una. El canterano blanco marcó con el hombro de forma legal el 1-2 y en el 91' enfiló los vestuarios por la segunda amarilla. En un córner se quitó de encima a Ceballos aunque no le golpea en la cara como parecía. Pudo ahorrarse la amonestación y pitar solo falta.
Munuera Montero, MAL. Todo mal.
Getty Images.